Friedrich Engels

El socialismo en Alemania

(1891)

Escrito entre el 13 y el 22 de octubre de 1891; introducción y parte final, en enero de 1892.


Karl Marx/Friedrich Engels,
Werke
, t. 22, Berlín/RDA, pp. 245-260.

Lo que sigue es la traducción de un artículo que, a petición de nuestros amigos de París, escribí en francés para el
Almanach du Parti Ouvrier pour 1892
. Tanto a los socialistas franceses como a los alemanes les debo publicarlo también en alemán. A los franceses, porque en Alemania debe saberse con qué franqueza se puede discutir con ellos el caso en que los socialistas alemanes participarían decididamente en una guerra, incluso contra Francia, y cuán libres están estos franceses del chovinismo y la sed de revancha que todos los partidos burgueses, desde los monárquicos hasta los radicales, exhiben tan ostentosamente. A los alemanes, porque éstos tienen derecho a saber por mí mismo, de manera auténtica, lo que a los franceses les he contado sobre ellos.

Se sobreentiende —y lo repito expresamente— que en este artículo hablo sólo en mi propio nombre, y en modo alguno en nombre del partido alemán. Para ello únicamente tienen derecho las autoridades electas, los representantes y los hombres de confianza de ese partido. Además, mi posición internacional, adquirida en cincuenta años de trabajo, me prohíbe presentarme como representante de tal o cual partido socialista nacional, en oposición a los demás, aunque no me impide recordar que soy alemán y estar orgulloso de la posición que nuestros obreros alemanes han conquistado por encima de todos los demás.

I

El socialismo alemán data de mucho antes de 1848. Al principio presentaba dos corrientes independientes. Por un lado, un movimiento puramente obrero, ramificación del comunismo obrero francés; de él surgió, como una de sus etapas de desarrollo, el comunismo utópico de Weitling. Luego, un movimiento teórico, nacido de la descomposición de la filosofía hegeliana; esta dirección está dominada desde el primer momento por el nombre de Marx. El
Manifiesto Comunista
de enero de 1848 señala la fusión de ambas corrientes, una fusión completada y sellada en el ardiente crisol de la revolución, donde todos ellos, tanto obreros como ex filósofos, cumplieron con su deber de forma honorable
.

Tras la derrota de la revolución europea de 1849, el socialismo en Alemania tuvo que limitarse a una existencia secreta. Sólo en 1862 plantó Lassalle, discípulo de Marx, de nuevo la bandera socialista. Pero ya no era el audaz socialismo del
Manifiesto
; lo que Lassalle reclamaba en interés de la clase obrera era la creación de cooperativas de producción mediante el crédito estatal —una reedición del programa de la fracción obrera parisina que antes de 1848 se adhería al puramente republicano “National” de Marrast, es decir, un programa que los republicanos puros oponían a la “Organización del trabajo” de Louis Blanc—. El socialismo lasalleano, como se ve, era muy modesto. Y, sin embargo, señala el punto de partida de la segunda etapa del desarrollo del socialismo en Alemania. Porque, gracias al talento, al ardor fogoso, a la energía indomable de Lassalle, se logró llamar a la vida un movimiento obrero al que, por lazos positivos o negativos, amistosos u hostiles, se vincula todo cuanto el proletariado alemán ha hecho de modo autónomo durante diez años
.

En realidad, ¿podía el lasalleanismo puro, tal como era, satisfacer las exigencias socialistas de la nación que había engendrado el
Manifiesto
? Era imposible. Y así surgió pronto, gracias sobre todo a los esfuerzos de Liebknecht y Bebel, un partido obrero que proclamaba abiertamente los principios del
Manifiesto
de 1848. Luego, en 1867, tres años después de la muerte de Lassalle, apareció
El Capital
de Marx, y desde el día de su aparición data el declive del lasalleanismo específico. Las concepciones de
El Capital
se convirtieron cada vez más en patrimonio común de todos los socialistas alemanes, tanto de los lasalleanos como de los demás. Más de una vez, grupos enteros de lasalleanos se pasaron, con banderas desplegadas y a tambor batiente, al nuevo
partido “de Eisenach”. Éste aumentaba continuamente su fuerza, de modo que pronto estallaron hostilidades abiertas entre él y los lasalleanos; y se combatió con la mayor dureza, incluso a garrotazos, precisamente en el momento en que ya no existía ningún punto real de litigio entre los contendientes, en que los principios, los argumentos e incluso los medios de lucha de unos coincidían en todos los puntos esenciales con los de los otros.

Y éste era justamente el momento en que diputados de ambas corrientes
estaban sentados unos junto a otros en el Reichstag y la necesidad de una acción común se hacía doblemente sentir. Frente a los partidos del orden
, la mutua hostilidad entre socialistas se volvía simplemente ridícula. La situación se hizo sencillamente insoportable. Entonces, en 1875, se llevó a cabo la fusión. Y desde entonces, los antaño hermanos enemigos han constituido ininterrumpidamente una sola familia, íntimamente unida. Y, de haber existido la menor perspectiva de dividirlos, Bismarck tuvo la amabilidad de prevenirlo, al declarar fuera de la ley al socialismo alemán en 1878 mediante su infame ley de excepción. Los imparciales martillazos de la persecución forjaron definitivamente a los de Eisenach y a los lasalleanos en una sola masa homogénea. Hoy, el Partido Socialdemócrata publica por un lado una edición oficial de las obras de Lassalle, mientras por el otro —y con la colaboración de los viejos lasalleanos— expurga de su programa los últimos vestigios del lasalleanismo específico.

¿Debo enumerar todavía una por una las peripecias, las luchas, las derrotas, los triunfos que nuestro partido ha atravesado en su trayectoria? Cuando el sufragio universal le abrió las puertas del Reichstag, estaba representado por dos diputados |Bebel y Liebknecht| y cien mil electores; hoy cuenta con treinta y cinco diputados y un millón y medio de electores, más electores de los que puede presentar ningún otro partido en las elecciones del 90. Once años de proscripción del Reich y de estado de sitio han cuadruplicado su fuerza y lo han convertido en el partido más fuerte de Alemania. En 1867, los diputados partidarios del orden
podían considerar todavía a sus colegas socialistas como seres extraños caídos de otro planeta; hoy, les guste o no, tienen que ver en ellos a los representantes del poder al que pertenece el futuro. El Partido Socialdemócrata, que derribó a un Bismarck, que después de once años de lucha quebrantó la ley contra los socialistas, el partido que, como la marea ascendente, desborda todos los diques, que se derrama por ciudades y campos, hasta los más reaccionarios distritos agrícolas
, este partido se encuentra hoy en el punto en que puede determinar, con un cálculo casi matemáticamente exacto, el momento en que llegará al poder.

El número de votos socialistas fue:

1871

101.927

1884

549.990

1874

351.670

1887

763.128

1877

493.447

1890

1.427.298

Ahora bien, desde las últimas elecciones, el gobierno ha hecho todo lo humanamente posible para empujar a las masas populares hacia el socialismo: ha perseguido a los sindicatos profesionales y las huelgas, ha mantenido, incluso bajo la actual carestía, los aranceles que encarecen el pan y la carne del pobre en beneficio de los grandes terratenientes. En las elecciones de 1895 podemos, pues, contar con al menos 2 millones y medio de votos; los cuales, hacia 1900, se elevarían a 3½ o 4 millones
. ¡Un agradable “fin de siglo” para nuestra burguesía!

Frente a esta masa compacta y constantemente creciente de socialdemócratas, vemos sólo partidos burgueses escindidos. En 1890, los conservadores (las dos fracciones juntas) obtuvieron 1.377.417 votos; los nacional-liberales, 1.177.807; los liberal-radicales alemanes
, 1.159.915; el Centro
, 1.342.113. Y eso significa una situación en la que un partido sólido, que dispone de más de 2½ millones de votos, puede llevar a cualquier gobierno a la capitulación.

Pero la fuerza principal de la socialdemocracia alemana no radica de ningún modo en el número de sus electores. Entre nosotros se es elector sólo a los 25 años, pero soldado ya a los 20. Y como es precisamente la joven generación la que suministra a nuestro partido sus reclutas más numerosos, se sigue de ahí que el ejército alemán está cada vez más infestado de socialismo. Hoy tenemos un soldado de cada cinco; dentro de pocos años tendremos uno de cada tres, y hacia 1900 el ejército, antaño el elemento más prusiano del país, será en su mayoría socialista. Esto se acerca, incontenible como un decreto del destino. El gobierno de Berlín lo ve venir, tan bien como nosotros, pero es impotente. El ejército se le escapa.

¡Cuántas veces no nos han exigido los burgueses que renunciemos en todo caso al uso de medios revolucionarios y nos mantengamos dentro de los límites legales, ahora que ha caído la ley de excepción y el derecho común ha sido restablecido para todos, también para los socialistas! Lamentablemente, no estamos en condiciones de hacer este favor a los señores burgueses. Lo cual no impide que, en este momento, no seamos nosotros los que “rompemos la legalidad”. Por el contrario, ésta trabaja tan magníficamente para nosotros, que seríamos unos necios si la violáramos mientras las cosas sigan así. Mucho más cercana es la cuestión de si no serán precisamente los burgueses y su gobierno quienes violen la ley y el derecho para aplastarnos por la violencia. Esperaremos a ver. Entretanto: “¡Disparen ustedes primero, señores burgueses!”

No hay duda: ellos
dispararán
primero. Una buena mañana, los burgueses alemanes y su gobierno se cansarán de contemplar con los brazos cruzados la marea viva del socialismo que todo lo desborda; buscarán refugio en la ilegalidad, en la violencia. ¿De qué servirá? La violencia puede aplastar a una secta pequeña en un territorio limitado; pero aún está por descubrirse el poder capaz de exterminar a un partido extendido por todo un gran imperio, de más de dos o tres millones de personas. La momentánea supremacía contrarrevolucionaria
puede retrasar quizá algunos años el triunfo del socialismo, pero sólo para que luego sea tanto más completo y definitivo.

II

Lo dicho anteriormente vale sólo bajo la reserva de que a Alemania se le conceda seguir su desarrollo económico y político en paz. Una guerra lo cambiaría todo. Y la guerra puede estallar de la noche a la mañana.

Y lo que “la guerra” significa hoy en día, todo el mundo lo sabe. Quiere decir: Francia y Rusia, aquí; contra Alemania, Austria, quizá Italia, allá. Los socialistas de todos estos países, enrolados contra su voluntad, tendrían que batirse unos contra otros: ¿Qué haría en tal caso el Partido Socialdemócrata alemán, qué sería de él?

El Imperio alemán es una monarquía con formas semifeudales, pero que en última instancia está determinada por los intereses económicos de la burguesía. Esta monarquía ha cometido – gracias a Bismarck – errores enormes. Su política interior policíaca, mezquina, encaminada a vejaciones, indigna de una gran nación, le ha granjeado el desprecio de todos los países burgués-liberales; su política exterior, la desconfianza, incluso el odio de los pueblos vecinos. Mediante la anexión violenta de Alsacia-Lorena, el gobierno alemán ha hecho imposible por largos años toda reconciliación con Francia y, sin obtener para sí mismo ventaja real alguna, ha convertido a Rusia en árbitro de Europa. Esto es tan patente que, un día después de Sedán, el Consejo General de la Internacional pudo predecir la situación europea actual. En su
Alocución del 9 de septiembre de 1870
dice: «¿Acaso se figuran realmente los patriotas teutónicos que podrían asegurar la paz y la libertad empujando a Francia en brazos de Rusia? Si Alemania, arrastrada por el éxito de las armas, por la arrogancia de la victoria, por la intriga dinástica, cometiera un despojo territorial contra Francia, entonces una de dos: o bien tendrá que prestarse como instrumento declarado de la política rusa de conquista, o bien le aguarda una nueva “guerra defensiva”, no una guerra como las neomodernas guerras “localizadas”, sino una guerra de razas, una guerra contra los eslavos y los romanos unidos.»

No hay duda: frente a
este
Imperio alemán, también la actual república francesa representa la revolución – ciertamente sólo la revolución burguesa, pero en todo caso la revolución. Pero tan pronto como esta república se pone a las órdenes del zar ruso, la cosa cambia. El zarismo ruso es el enemigo de todos los pueblos occidentales, incluso de la burguesía de esos pueblos. Si las hordas zaristas llegaran a Alemania, no traerían la libertad, sino la servidumbre, no el desarrollo, sino la devastación, no el progreso, sino el embrutecimiento. Del brazo del zar, Francia no puede aportar a los alemanes la más mínima idea libertaria; el general francés que hablase de república alemana sería objeto de burla en toda Europa y América. Francia renegaría de todo su papel histórico revolucionario y permitiría al imperio bismarckiano erigirse en representante del progreso occidental frente a la barbarie oriental.

Pero ahora bien, detrás de la Alemania oficial está la Alemania socialista, el partido al que pertenece el futuro, el futuro próximo del país. Tan pronto como este partido llegue al poder, no podrá ejercerlo ni mantenerse en él sin reparar las injusticias que sus antecesores en el cargo cometieron contra otras naciones. Preparará el restablecimiento de Polonia, hoy tan villanamente traicionada por la burguesía francesa; tendrá que poner al norte de Schleswig y a Alsacia-Lorena en condiciones de decidir libremente sobre su futuro político. Así pues, todas estas cuestiones se resolverán fácilmente y en un futuro próximo, con tal de que se deje a Alemania librada a sí misma. Entre una Francia socialista y una Alemania socialista no puede surgir ninguna cuestión alsacio-lorenesa; el caso se resuelve en un abrir y cerrar de ojos. Sólo se trata de esperar unos diez años más. En Francia, Inglaterra y Alemania, todo el proletariado espera aún su liberación; ¿no podrían también los patriotas alsacio-loreneses esperar un poco? ¿Debe, por su impaciencia, ser devastado todo un continente y entregado finalmente al knut zarista? ¿Vale la apuesta este juego?

Si llega la guerra, Alemania será primero el principal teatro de operaciones, luego también Francia; estos dos países serán los que, antes que ningún otro, tendrán que soportar los costes de la guerra y las devastaciones. Y además esta guerra se distinguirá, desde el comienzo mismo, por una serie de traiciones mutuas entre aliados, como ni siquiera la architraidora, la diplomacia, ha podido exhibir hasta ahora algo semejante; y las principales víctimas de estas traiciones serán a su vez Francia o Alemania – o ambas. Ninguno de estos dos países provocará, ante tales perspectivas, la lucha abierta.
Rusia, en cambio, protegida por su situación geográfica y económica contra las consecuencias más aniquiladoras de una serie de derrotas; Rusia, la Rusia oficial, es la única que puede encontrar su interés en una guerra tan terrible y trabajar directamente para provocarla. Pero en todo caso, tal como están hoy las cosas políticas, se puede apostar diez contra uno a que al primer cañonazo en el Vístula los ejércitos franceses marcharían hacia el Rin.

Y entonces Alemania lucha simplemente por su existencia. Si vence, no encontrará en ninguna parte materia anexionable; tanto en el oeste como en el este sólo se topará con provincias de lengua extranjera, y de ésas ya tiene más que suficientes. Si es derrotada, triturada entre el martillo francés y el yunque ruso, perderá en favor de Rusia la Prusia oriental y las provincias polacas, en favor de Dinamarca todo Schleswig, en favor de Francia toda la orilla izquierda del Rin. Aunque Francia rechazara esta conquista, Rusia se la impondría. Pues Rusia necesita ante todo una manzana de la discordia eterna, un motivo de desavenencia incesante entre Francia y Alemania. Reconcilien a estos dos grandes países, y se acabará la preponderancia rusa en Europa. Pero una Alemania tan desmembrada sería incapaz de desempeñar el papel que le corresponde en el desarrollo histórico europeo
. Reducida a la condición a que la forzó Napoleón después de Tilsit, sólo podría mantenerse con vida preparando una nueva guerra para restablecer sus condiciones nacionales de existencia. Mientras tanto, seguiría siendo el dócil instrumento del zar Alejandro III, quien no dejaría de servirse de ella contra Francia.

¿Qué sería, en tales circunstancias, del Partido Socialdemócrata Alemán? Una cosa es segura: ni el zar ni los republicanos burgueses franceses, ni el propio gobierno alemán dejarían pasar una ocasión tan hermosa para aplastar al único partido que para los tres es “el enemigo”. Ya se ha visto cómo Thiers y Bismarck se tendieron la mano sobre las ruinas del París de la Comuna; entonces veríamos cómo el zar, Constans y Caprivi – o sus sucesores de turno – se abrazarían sobre el cadáver del socialismo alemán.

Pero ahora bien, el Partido Socialdemócrata Alemán, gracias a las luchas y sacrificios ininterrumpidos de treinta años, ha conquistado una posición como ningún otro partido socialista del mundo, una posición que en breve plazo le asegura la reversión del poder político. La Alemania socialista ocupa en el movimiento obrero internacional el puesto más avanzado, el más honroso, el de mayor responsabilidad; tiene el deber de defender este puesto contra cualquier agresor hasta el último hombre.

Pero si la victoria de los rusos sobre Alemania significa el aplastamiento del socialismo alemán, ¿cuál será entonces, ante semejante perspectiva, el deber de los socialistas alemanes? ¿Deben dejar que los acontecimientos, que los amenazan con la aniquilación, pasen sobre ellos pasivamente? ¿Deben abandonar sin resistencia el puesto cuya responsabilidad han asumido ante el proletariado del mundo entero?

De ningún modo. En interés de la revolución europea, están obligados a mantener todas las posiciones conquistadas, a no capitular, ni ante el enemigo exterior ni ante el interior. Y esto sólo pueden hacerlo combatiendo a Rusia hasta el extremo y a todos sus aliados, sean quienes fueren. Si la república francesa se pusiera al servicio de Su Majestad el Zar y Autócrata de Todas las Rusias, los socialistas alemanes la combatirían con pesar, pero la combatirían. Frente al imperio alemán, la república francesa puede posiblemente representar la revolución burguesa. Pero frente a la república de un Constans, un Rouvier e incluso un Clemenceau, y especialmente frente a la república al servicio del zar ruso, el socialismo alemán representa incondicionalmente la revolución proletaria.

Una guerra en la que rusos y franceses irrumpieran en Alemania sería para ésta una lucha a muerte, en la que sólo podría asegurar su existencia nacional mediante la aplicación de las medidas más revolucionarias. El gobierno actual, si no se le obliga a ello, no desencadenará ciertamente la revolución. Pero nosotros tenemos un partido fuerte que puede obligarle a ello o, en caso necesario, sustituirle: el Partido Socialdemócrata.

Y no hemos olvidado el grandioso ejemplo que Francia nos dio en 1793. El centenario de 1793 se aproxima. Si la sed de conquista del zar y la impaciencia chovinista de la burguesía francesa detuvieran el avance victorioso pero pacífico de los socialistas alemanes, éstos – podéis estar seguros – están dispuestos a demostrar al mundo que los proletarios alemanes de hoy no son indignos de los sans-culottes franceses de hace cien años, y que 1893 puede dejarse ver junto a 1793. Y cuando entonces los soldados del señor Constans pongan el pie en territorio alemán, se les saludará con las palabras de la Marsellesa:

Quoi, ces cohortes étrangères
Feraient la loi dans nos foyers!
¡Cómo! ¿Esas cohortes extranjeras
nos impondrían villanamente su ley en nuestro propio hogar?

En resumen: la paz asegura la victoria del Partido Socialdemócrata Alemán en unos diez años. La guerra le trae o la victoria en dos o tres años o la ruina completa, por lo menos durante quince o veinte años. Ante esto, los socialistas alemanes tendrían que estar locos para desear la guerra, en la que se lo jugarían todo a una carta, en vez de esperar el triunfo seguro de la paz. Más aún. Ningún socialista, sea cual sea su nacionalidad, puede desear el triunfo guerrero ni del actual gobierno alemán ni de la república burguesa francesa, y menos que nada el del zar, que equivaldría al sojuzgamiento de Europa. Y por eso los socialistas de todos los países están por la paz. Pero si a pesar de todo llega la guerra, entonces sólo una cosa es segura: esta guerra, en la que quince o veinte millones de hombres armados se masacrarían mutuamente y devastarían Europa entera como nunca antes – esta guerra tiene que traer, o bien la victoria inmediata del socialismo, o bien trastornar de pies a cabeza el viejo orden de cosas y dejar tras de sí tal cúmulo de ruinas, que la vieja sociedad capitalista se haría más imposible que nunca y que la revolución social, aunque se viera aplazada diez o quince años, tendría que triunfar después con un curso tanto más rápido y radical.

Solo en la medida en que el artículo está tomado del almanaque obrero francés. Fue escrito a finales del verano, cuando aún la embriaguez de champán de Kronstadt mantenía acaloradas las cabezas de la burguesía francesa y las grandes maniobras en el campo de batalla de 1814, entre el Sena y el Marne, llevaban el entusiasmo patriótico al paroxismo. En aquel momento, Francia –la Francia que encuentra su expresión en la gran prensa y en la mayoría parlamentaria– estaba realmente madura para cometer insensateces desmesuradas al servicio de Rusia, y el caso de guerra pasó a primer plano como posibilidad. Y para que, en caso de que se realizara, no surgiera a última hora ningún malentendido entre los socialistas franceses y los alemanes, consideré necesario dejar claro a los primeros cuál sería, a mi juicio, la actitud necesaria de los segundos frente a una guerra semejante.

Pero entonces se le aplicó un fuerte freno al instigador ruso de la guerra. Primero se conoció la mala cosecha en casa, que hacía esperar una hambruna. Luego vino el fracaso del empréstito de París, que significa el derrumbe definitivo del crédito público ruso. Se dijo que los cuatrocientos millones de marcos se habían sobradamente suscrito; pero cuando los banqueros parisinos quisieron endosar al público los títulos de deuda, todas las tentativas fracasaron; los señores suscriptores tuvieron que malvender sus buenos títulos-valores para poder pagar estos malos, y lo hicieron en tal medida que las demás grandes bolsas de Europa fueron arrastradas a la baja por estas ventas masivas; los nuevos “rusos” cayeron varios puntos porcentuales por debajo del precio de emisión –en resumen, estalló una crisis tal que el gobierno ruso tuvo que retirar ciento sesenta millones en títulos de deuda y solo obtuvo cobertura por doscientos cuarenta millones en vez de cuatrocientos. Con ello, el anuncio, que ya se había lanzado al mundo con gran estruendo, de un nuevo intento ruso de empréstito –esta vez por ochocientos millones de marcos enteros– cayó lamentablemente al agua. Y con ello se demostró también que el capital francés carece en absoluto de “patriotismo”, pero sí tiene –por más que perore en la prensa– un saludable miedo a la guerra.

Desde entonces, la mala cosecha ha evolucionado realmente hasta convertirse en una hambruna, y en una hambruna como hace mucho tiempo no se conoce en Europa occidental en esta escala, como no se da a menudo ni siquiera en la India, el país típico de estas calamidades; más aún, como difícilmente habría alcanzado jamás esta altura en la santa Rusia de los tiempos antiguos, cuando aún no había ferrocarriles. ¿De dónde proviene esto? ¿Cómo se explica?

Muy sencillo. La hambruna rusa no es el resultado de una simple mala cosecha; es una pieza de la inmensa revolución social que Rusia viene sufriendo desde la guerra de Crimea; no es sino la conversión, provocada por esta mala cosecha, de los padecimientos crónicos vinculados a esta revolución en agudos.

La vieja Rusia fue a la tumba de manera irrecuperable el día en que el zar Nicolás, desesperando de sí mismo y de la vieja Rusia, tomó veneno. Sobre sus ruinas se edifica la Rusia de la burguesía.

Los comienzos de una burguesía ya existían entonces. En parte, banqueros y comerciantes de importación –en su mayoría alemanes o ruso-alemanes, o sus descendientes–; en parte, rusos enriquecidos en el comercio interior, pero sobre todo arrendatarios del impuesto del aguardiente y proveedores del ejército, enriquecidos a costa del Estado y del pueblo, a los que se sumaban ya algunos fabricantes. A partir de entonces, esta burguesía, sobre todo la industrial, fue formalmente criada mediante una masiva ayuda estatal, subvenciones, primas y aranceles protectores elevados gradualmente hasta el extremo. El inmenso imperio ruso debía convertirse en un territorio de producción autárquico, que pudiera prescindir por entero o casi por entero de la importación exterior. Y para que no solo el mercado interior creciera constantemente, sino para que también se produjeran en el propio interior del país productos de zonas más cálidas, de ahí el incesante afán de conquistas en la península de los Balcanes y en Asia, con Constantinopla como meta última aquí, y la India británica allí. Este es el secreto, esta es la base económica del impulso expansivo que tanto predomina entre la burguesía rusa, y cuya orientación hacia el suroeste se denomina paneslavismo.

Pero con semejantes planes industriales era absolutamente incompatible la servidumbre de los campesinos. Cayó en 1861. ¡Pero de qué manera! Se tomó como modelo la eliminación prusiana de la sujeción personal y de las prestaciones personales, llevada a cabo siempre lentamente entre 1810 y 1851; pero en Rusia todo debía estar terminado en un par de años. La consecuencia fue que, para quebrar la resistencia de los grandes terratenientes y de los poseedores de “almas”, hubo que hacerles concesiones muy superiores a las que el Estado prusiano y sus funcionarios sobornados otorgaran en su día a los señores terratenientes. Y en lo que a venalidad se refiere, el burócrata prusiano era todavía un niño inocente comparado con el chinovnik ruso. Así sucedió que, en el reparto de tierras, la nobleza se llevó la parte del león, y por regla general la tierra que el trabajo de muchas generaciones de campesinos había hecho fértil, mientras que a los campesinos se les asignó solo la parte más indispensable, y a menudo en malas tierras baldías. El bosque comunal y los pastos comunales recayeron en el señor terrateniente; si el campesino quería utilizarlos –y sin ellos no podía subsistir–, tenía que pagar por ello al terrateniente.

Pero para que ambos, la nobleza terrateniente y los campesinos, quedaran arruinados lo más rápidamente posible, la nobleza recibió del gobierno la suma de redención capitalizada, de una sola vez, en obligaciones de la deuda estatal, mientras que los campesinos debían pagarla en plazos a lo largo de muchos años. Como no podía esperarse otra cosa, la nobleza dilapidó en su mayor parte el dinero recibido sin demora, mientras que el campesino, a causa del pago dinerario enormemente acrecentado para su situación, se vio arrojado de repente de la economía natural a la economía monetaria.

El campesino ruso, que antes apenas tenía que hacer pagos en dinero, salvo impuestos relativamente reducidos, ahora debe, con la parcela reducida y empeorada que se le asignó, y tras la abolición de la leña gratis y del pasto gratis en la tierra comunal, no solo vivir, “mantener durante el invierno una bestia de labor y mejorar su parcela”, sino también pagar impuestos más altos y, además, la cuota anual de redención, y precisamente en dinero contante. Con ello fue situado en una posición en la que no puede ni vivir ni morir. A esto se sumó la competencia de la gran industria recién surgida, que le arrebató el mercado para su industria doméstica –la industria doméstica era la principal fuente de dinero para innumerables campesinos rusos– o, donde esto aún no ha ocurrido del todo, entregó esa industria doméstica a la merced del comerciante, es decir, del intermediario, del Verleger sajón o del sweaters inglés, convirtiendo así directamente a los campesinos de la industria doméstica en esclavos del capital. En resumen, quien quiera saber cómo se ha tratado al campesino ruso en los últimos treinta años, no tiene más que releer en el primer tomo de El Capital de Marx el capítulo sobre la creación del mercado interior (cap. 24, sección 5).

Las devastaciones que el paso de la economía natural a la economía monetaria, ese medio principal para la creación del mercado interior para el capital industrial, provoca entre los campesinos, fueron expuestas de manera clásica por Boisguillebert y Vauban con el ejemplo de Francia bajo Luis XIV. Pero lo que ocurrió entonces es un juego de niños comparado con lo que se está realizando en Rusia. En primer lugar, la escala es tres o cuatro veces mayor, y en segundo lugar, la subversión de las condiciones de producción al servicio de la cual se impone este paso a los campesinos es infinitamente más radical. El campesino francés fue arrastrado lentamente al ámbito de la manufactura; el ruso cae de la noche a la mañana en el torbellino de la gran industria. Si la manufactura derribaba campesinos con el fusil de chispa, la gran industria despacha este negocio con el fusil de repetición.

Esa era la situación cuando la mala cosecha de 1891 puso al descubierto de repente toda la subversión que durante años se había operado en silencio, pero que permanecía invisible para el filisteo europeo, así como sus consecuencias. Esta situación era tal, precisamente, que la primera mala cosecha tenía que convertirse en una crisis nacional. Y ahí tenemos una crisis que no se superará en años. Frente a semejante hambruna, todo gobierno es impotente, pero sobre todo el ruso, que ha adiestrado a sus funcionarios expresamente para el robo. Las antiguas costumbres e instituciones comunistas de los campesinos rusos han sido desde 1861 en parte socavadas por el desarrollo económico y en parte sistemáticamente aniquiladas por el gobierno. La antigua comuna comunista se ha disuelto, o al menos está en vías de disolución, pero en el momento en que se pone al campesino individual sobre sus propios pies, en ese mismo momento se le quita el suelo de debajo de los pies. ¿Qué tiene de extraño que la siembra de invierno se hiciera en el otoño anterior en la menor parte de los distritos? Y donde se hizo, el clima la arruinó en su mayor parte. ¿Qué tiene de extraño que el principal instrumento del campesino, la bestia de labor, no tuviera nada que comer y que por esta razón irrefutable fuera luego devorada por el propio campesino? ¿Qué tiene de extraño que el campesino abandone casa y hogar y huya a las ciudades, donde busca trabajo en vano, pero donde con tanto mayor seguridad lleva consigo el tifus del hambre?

En una palabra: aquí no estamos ante una hambruna única, sino ante una crisis inmensa, preparada por una revolución económica silenciosa de años y solo vuelta aguda por la mala cosecha. Pero esta crisis aguda, a su vez, está adoptando una forma crónica y amenaza con prolongarse durante años. Económicamente, acelera la disolución de la antigua comuna campesina comunista, el enriquecimiento y la transformación en grandes terratenientes de los usureros de aldea (kulaks), en suma, el traspaso de la propiedad territorial de la nobleza y de los campesinos a manos de la nueva burguesía.

Para Europa, significa por ahora la paz. La agitación bélica rusa está paralizada por una serie de años. En lugar de caer millones de soldados en los campos de batalla, mueren millones de campesinos rusos de hambre. En cuanto a lo que de ello resulte para el despotismo ruso, esperaremos a verlo.

Variantes textuales

1. En el texto francés: arriesgaban su vida del mismo modo
2. En el texto francés: ha movido
3. Introducido en el texto francés: Partido de Bebel y Liebknecht, denominado
4. En el texto francés: fracciones socialistas
5. En el texto francés: diputados burgueses
6. En el texto francés: burguesas
7. En el texto francés: Vendées
8. Introducido en el texto francés: de 10 millones de electores inscritos
9. En el texto francés: progresistas (radicales)
10. En el texto francés: los católicos
11. En el texto francés: violencia contrarrevolucionaria
12. En el texto francés, la frase dice: Es casi seguro, pues, que ninguno de estos dos países, ante estos riesgos, provocará la lucha abierta.
13. En el texto francés, la segunda parte de la frase dice: a cumplir su parte en la misión que Europa desempeña en el desarrollo de la civilización