Cartas: Correspondencia Marx-Engels 1891

Correspondencia Marx-Engels 1891

Engels a Nikolai Danielson

29-31 de octubre de 1891

Estimado señor:

Cuando llegó su carta del 21 de septiembre viajaba yo por Escocia e Irlanda; sólo hoy encuentro tiempo y sosiego para contestarla.

Su carta del 20 de enero se ha extraviado, en efecto, cosa que lamento doblemente: en primer lugar, porque la interesante información que contenía me ha sido ocultada durante tanto tiempo, y en segundo lugar, porque le ha causado a usted la molestia de elaborármela de nuevo. ¡Muchas gracias!

La «Züchtung von Millionären», [1] como dice Bismarck, parece avanzar ciertamente en su país a pasos de gigante. Semejantes ganancias como las que muestran sus estadísticas oficiales son hoy inauditas en las fábricas textiles inglesas, francesas o alemanas. Se consideran buenas unas ganancias medias del diez, quince y, a lo sumo, el veinte por ciento, y en años de prosperidad muy, muy excepcionales, del veinticinco al treinta por ciento. Sólo en la infancia de la industria moderna lograban tales tasas de beneficio los establecimientos que, con la maquinaria más nueva y la mejor, producían sus mercancías con un trabajo considerablemente menor del socialmente necesario en aquel entonces. Hoy día, sólo se obtienen tales beneficios en especulaciones afortunadas con nuevos inventos, es decir, en una empresa de cada cien; las demás, en su mayoría, son fracasos completos.

El único país donde hoy día son posibles beneficios similares, o aproximadamente similares, en las industrias básicas, son los Estados Unidos de América. Allí, el arancel proteccionista después de la guerra civil, y ahora el arancel McKinley, han producido resultados similares, y los beneficios tienen que ser, y son, enormes. El hecho de que esta situación dependa enteramente de una legislación arancelaria que puede modificarse de un día para otro, basta para impedir cualquier gran inversión de capital extranjero (grande en proporción a la cantidad de capital nacional invertido) en estas industrias, y para mantener así alejada la principal fuente de competencia y de reducción de los beneficios.

Su descripción de los cambios que esta extensión de la industria moderna produce en la vida de la masa del pueblo, de la ruina de su industria doméstica para el consumo directo de los productores, y, poco a poco, también de la industria doméstica que se lleva a cabo para el comprador capitalista, me recuerda vivamente el capítulo de nuestro autor [2] sobre la Herstellung des innern Markts [3], y lo que ocurrió en la mayor parte de Europa central y occidental entre 1820 y 1840. Este cambio, desde luego, en su país tiene, en cierta medida, efectos diferentes. El pequeño propietario campesino francés y alemán muere difícilmente; se prolonga durante dos o tres generaciones en manos del usurero antes de estar completamente maduro para ser desposeído de su tierra y de su casa; al menos en las regiones a las que no ha penetrado la industria moderna. En Alemania, el campesinado se mantiene a flote gracias a toda clase de industrias domésticas —pipas, juguetes, cestas, etc.— realizadas por cuenta de capitalistas, ya que su tiempo libre carece de valor para ellos después de cultivar sus pequeñas parcelas; cada kopek que reciben por un trabajo suplementario lo consideran como una ganancia neta; de ahí los salarios ruinosamente bajos y la increíble baratura de tales productos industriales en Alemania.

En su país, está la resistencia de la obshchina que vencer (aunque debo decir que ésta debe de estar cediendo considerablemente en la lucha constante con el capitalismo moderno), está el recurso de arrendar tierra a los grandes propietarios que usted describe en su carta del 1 de mayo —un medio de asegurar plusvalía al propietario, pero también de prolongar una existencia lánguida al campesino en tanto que campesino—; y los kulaki, por lo que puedo ver, en conjunto prefieren mantener al campesino en sus garras como sujet à exploitation, a arruinarlo de una vez por todas y hacer que sus tierras pasen a sus manos. De modo que me parece que el campesino ruso, allí donde no se le necesita como obrero para la fábrica o la ciudad, también morirá difícilmente; costará mucho matarlo antes de que muera.

Los enormes beneficios que obtiene la joven burguesía en Rusia, y la dependencia de estos beneficios de una buena cosecha, tan bien puesta de relieve por usted, explican muchas cosas que de otro modo resultarían oscuras. Así, ¿qué sentido le daría yo a la noticia que aparece esta mañana en la corresponsalía de Odesa de un periódico londinense: las clases comerciales rusas parecen estar poseídas por la única idea de que la guerra es la única panacea real para la depresión y la desconfianza cada vez mayores que hoy aquejan a todas las industrias rusas? ¿Qué sentido podría darle, y cómo explicarlo, si no fuera por esta completa dependencia de una industria creada al amparo de un arancel, del mercado interior y de la cosecha de las comarcas agrícolas, de la cual depende el poder adquisitivo de sus únicos clientes? Y cuando este mercado falla, ¿qué les parece más natural a las gentes cándidas que su ampliación mediante una guerra victoriosa?

...

Muy interesantes son sus anotaciones sobre la aparente contradicción de que, en su país, una buena cosecha no signifique necesariamente una baja en el precio del trigo. Cuando estudiamos las verdaderas relaciones económicas en diversos países y en diversas etapas de la civilización, ¡qué singularmente erróneas y deficientes resultan las generalizaciones racionalistas del siglo XVIII —el bueno de Adam Smith, que tomó las condiciones de Edimburgo y de los Lothians como las normales del universo! Bien, ya lo sabía Pushkin:

«¿De qué le sirve el oro
a aquel cuya riqueza
consiste en los frutos de la naturaleza?
El padre no supo comprender al hijo
e hipotecó hasta el último acre de su tierra.»