¿Y ahora qué?

Escrito entre el 21 de febrero y el 1 de marzo de 1890.  
["Der Sozialdemokrat" Nr. 10, 8 de marzo de 1890]

El 20 de febrero de 1890 es el principio del fin de la era de Bismarck. La alianza entre junkers y plutócratas para la explotación de las masas populares alemanas —pues eso y no otra cosa era el cartel— da sus frutos. El impuesto sobre el aguardiente, la prima al azúcar, los derechos sobre los cereales y la carne, que hacen pasar por arte de magia millones de los bolsillos del pueblo a los bolsillos de los junkers; los aranceles protectores para la industria, introducidos precisamente en el momento en que la industria alemana, por su propia fuerza y bajo el librecambio, se había conquistado una posición en el mercado mundial, introducidos expresa y únicamente para que el fabricante pudiera vender en el interior a precios de monopolio y en el exterior a precios de liquidación; todo el sistema de impuestos indirectos, que oprime a las masas populares más pobres y apenas afecta a los ricos; la carga fiscal, que crece hasta lo insostenible, para cubrir los costos de unos armamentos bélicos en aumento interminable; el peligro, que crece con los armamentos y se acerca cada vez más, de una guerra mundial que amenaza con «dejar tendidos en el campo» a cuatro o cinco millones de alemanes, porque el robo de Alsacia-Lorena arrojó a Francia en brazos de Rusia y convirtió así a Rusia en árbitro de Europa; la inaudita corrupción de la prensa, mediante la cual el gobierno, en cada renovación del Reichstag, inundaba sistemáticamente al pueblo de mentiras aterradoras; la corrupción policial para comprar o forzar la traición de la mujer contra el marido, del hijo contra el padre; la provocación mediante agentes infiltrados, hasta entonces casi desconocida en Alemania; la arbitrariedad policial, que supera con mucho la de la época anterior a 1848; la desvergonzada burla de todo derecho por parte de los tribunales alemanes, a la cabeza el noble Tribunal del Reich; la reducción a la ilegalidad de toda la clase obrera mediante la Ley contra los socialistas... todo esto ha tenido su tiempo, y bastante ha durado ese tiempo, gracias a la cobardía del filisteo alemán... pero ahora toca a su fin. La mayoría cartelista está destrozada, irremediablemente destrozada, de modo que sólo queda un medio para remendarla siquiera por un momento: un golpe de fuerza.

¿Y ahora qué? ¿Remendar a toda prisa una nueva mayoría para el viejo sistema? Oh, el deseo ya existiría, y no sólo en el gobierno. Entre los liberales hay bastantes miedosos que preferirían jugar ellos mismos al cartel antes que dejar surgir a los malvados socialdemócratas —los sueños de capacidad gubernamental enterrados con Federico III ya están llamando de nuevo a la tapa del ataúd—. Pero el gobierno no puede emplear al liberalismo, aún no está maduro para la alianza con los junkers de allende el Elba, ¡y ésos son la clase más importante del Reich!

¿Y el Centro? También en el Centro abundan los junkers, westfalianos, bávaros, etc., que arden en deseos de caer en brazos de sus hermanos de allende el Elba, que han votado con voluptuosidad los impuestos favorables a los junkers; también en el Centro sobran reaccionarios burgueses que quisieran retroceder aún más de lo que el gobierno se puede permitir, que, si pudieran, nos volverían a cargar con toda la Edad Media gremial. Un partido específicamente católico, como todo partido específicamente cristiano, no puede ser sino reaccionario. ¿Por qué, pues, no un nuevo cartel con el Centro?

Sencillamente, porque en realidad no es el catolicismo lo que mantiene unido al Centro, sino el odio a Prusia. Se compone de elementos puramente antiprusianos, que, como es natural, son más fuertes en las regiones católicas: de campesinos renanos, pequeños burgueses y obreros, de surdeutsch (alemanes del sur), de católicos hanoverianos y westfalianos; en torno a él se agrupan los demás elementos burgueses y campesinos antiprusianos: los güelfos y otros particularistas, los polacos, los alsacianos. El día en que el Centro se convierta en partido de gobierno, se descompone en una fracción junkeril, gremial y reaccionaria y en una fracción democrático-campesina; y los señores de la primera fracción saben que entonces no podrán volver a presentarse ante sus electores. No obstante, se hará el intento, no obstante, la mayoría del Centro saldrá a su encuentro. Y eso sólo puede convenirnos. El partido católico, específicamente antiprusiano, era a su vez un producto de la era de Bismarck, del dominio del prusianismo específico. Si éste cae, es natural que caiga también aquél.

Podemos contar, pues, con una alianza momentánea entre el Centro y el gobierno. Pero el Centro no se compone de nacionalliberales; al contrario, es el primer partido que ha salido victorioso de la lucha con Bismarck, que lo ha llevado a Canossa. Así que no habrá en ningún caso un cartel, y Bismarck solo puede necesitar un nuevo cartel.

¿Qué ocurrirá entonces? ¿Disolución, nuevas elecciones, apelación al miedo ante la marea socialdemócrata? También para eso es demasiado tarde. Si Bismarck quisiera eso, no debía haberse enemistado ni por un instante con su nuevo emperador Guillermo II, y menos aún echar a vuelo las campanas de tal disensión.

Mientras vivió el viejo Guillermo, la invencibilidad del triunvirato Bismarck, Moltke, Guillermo se mantuvo inconmovible a los ojos del filisteo alemán. Pero ahora Guillermo se ha ido, Moltke ha sido obligado a retirarse, y Bismarck vacila: ¿lo obligarán a irse o se irá por sí mismo? Y el joven Guillermo, que ha ocupado el lugar del viejo, ha demostrado durante todo su corto reinado, y en particular con sus famosos decretos, que un sólido filisteísmo burgués no puede confiar en él de ninguna manera, y asimismo que no quiere dejarse tutelar. El hombre en quien cree el filisteo ya no tiene el poder, y el hombre que tiene el poder, en él no puede creer el filisteo. La vieja confianza en la eternidad del orden interior del Reich fundado en 1871 se ha esfumado; ningún poder en la tierra podrá restaurarla. El último sostén de la política hasta ahora, el filisteo, se ha vuelto vacilante. ¿Y se supone que una disolución va a remediarlo?

¿Un golpe de Estado? Pero éste no sólo desliga al pueblo, sino que también desliga a los príncipes del Reich de su obediencia a la constitución imperial, que con ello quedaría quebrantada; significa la disolución del Reich.

¿Una guerra? Empezarla es facilísimo. Pero en qué se convierte una vez comenzada, eso escapa a todo cálculo. Si Creso cruza el Halis o Guillermo el Rin, destruirá un gran imperio; pero ¿cuál? ¿El suyo propio o el enemigo? La paz subsiste ya sólo gracias a la revolución incesante de la técnica armamentística, que no deja a nadie estar listo para la guerra, y gracias al miedo de todos ante las posibilidades absolutamente incalculables de la única guerra que ahora es posible, una guerra mundial.

Sólo una cosa puede ayudar: una insurrección provocada por la brutalidad gubernamental, aplastada con doble y triple brutalidad, estado de sitio general y nuevas elecciones bajo el terror. También esto sólo podría conseguir unos pocos años de respiro. Pero es el único medio..., y sabemos que Bismarck pertenece a esos hombres para quienes cualquier medio es bueno. ¿Y no ha dicho Guillermo también: Ante la menor resistencia, hago disparar contra todo? Y por tanto, este medio se empleará con seguridad.

Los obreros socialdemócratas alemanes acaban de conquistar un triunfo como lo merecían su tenaz firmeza, su férrea disciplina, su humor alegre en la lucha, su infatigabilidad, pero que probablemente les ha llegado a ellos mismos de manera inesperada y que ha dejado estupefacto al mundo. Con la irresistibilidad de un proceso natural ha ido aumentando el caudal de votos socialdemócratas en cada nueva elección; la violencia, la arbitrariedad policial, la vileza judicial, todo rebotaba sin efecto; adelante y cada vez más rápido avanzaba la columna de ataque cada vez más numerosa, hasta que ahora se yergue como el segundo partido más fuerte del Reich. ¿Y entonces los obreros alemanes iban a echar a perder su propio juego dejándose arrastrar a un putsch sin perspectivas, única y exclusivamente para salvar a Bismarck de la agonía? En el momento en que su propio valor, que está por encima de todo elogio, es apoyado por la acción conjunta de todas las circunstancias externas, en que toda la situación social y política, en que incluso todos sus enemigos tienen que trabajar para la socialdemocracia como si ésta les pagara… ¿en ese momento habían de fallar la disciplina, el dominio de sí mismos y arrojarnos nosotros mismos contra la espada que nos presentan? Jamás. Para eso la Ley contra los socialistas ha instruido demasiado bien a nuestros obreros, para eso tenemos demasiados viejos soldados en nuestras filas, y entre ellos demasiados que aprendieron a permanecer con el fusil al pie bajo la lluvia de balas, hasta que llegue el momento maduro para el ataque.