Friedrich Engels

[Las elecciones alemanas de 1890]

Escrito entre el 21 de febrero y el 1 de marzo de 1890.

Del inglés.

["Newcastle Daily Chronicle" Nr. 9945 del 3 de marzo de 1890]

Quien haya seguido con atención el desarrollo político de Alemania durante los últimos diez años no podía dudar de que el Partido Socialdemócrata de Alemania alcanzaría un éxito arrollador en las elecciones generales de 1890. En 1878, los socialistas alemanes fueron sometidos a una severa ley de excepción, en virtud de la cual todos sus periódicos fueron suprimidos, sus reuniones prohibidas o disueltas, sus organizaciones destrozadas. Todo intento de recrearlas fue castigado como "asociación secreta", y así se dictaron condenas por más de mil años de prisión contra miembros del partido. No obstante, los socialistas alemanes consiguieron introducir clandestinamente en el Imperio y distribuir semanalmente cerca de 10.000 ejemplares de su periódico, el "Sozialdemokrat", elaborado en el extranjero, así como difundir miles de folletos. Lograron penetrar en el Reichstag (con nueve miembros) y en un gran número de corporaciones municipales, entre otras también en la de Berlín. Esta fuerza creciente del partido se hizo evidente incluso para sus más enconados adversarios.

Y, sin embargo, un éxito como el alcanzado por los socialistas el 20 de febrero tiene que sorprender incluso a los más confiados entre ellos. Veinte
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escaños fueron conquistados, es decir, en veinte distritos electorales los socialistas fueron más fuertes que todos los demás partidos juntos. En cincuenta y ocho distritos llegaron al balotaje, es decir, en 58 distritos son o bien el partido más fuerte o casi el más fuerte de todos los que presentaron candidatos, y la nueva elección decidirá definitivamente entre

los dos candidatos que obtuvieron el mayor número de votos, pero ninguno de los cuales poseía la mayoría absoluta. En lo que respecta al número total de votos socialistas emitidos, solo podemos estimarlo de forma aproximada. En 1871 tenían solo 102.000 votos, en 1877 sumaron 493.000, en 1884 550.000, en 1887 763.000; en 1890 no pueden tener menos de 1.250.000 votos, más bien considerablemente más. La fuerza del partido ha aumentado, pues, en el lapso de tres años en al menos un 60 a 70 por ciento.

En 1887 solo había tres partidos con más de un millón de electores: los nacional-liberales con 1.678.000, el Centro o Partido Católico con 1.516.000 y los conservadores con 1.147.000. Esta vez el Centro mantendrá su fuerza, los conservadores han sufrido fuertes pérdidas y los nacional-liberales pérdidas sencillamente enormes. Así, los socialistas seguirán siendo superados en número por el Centro; pero se acercarán del todo a los nacional-liberales y a los conservadores, o incluso los superarán.

En la relación de los partidos en Alemania, esta elección produce una revolución completa. Cabe decir que inaugurará una nueva época en la historia de este país. Marca el principio del fin del período de Bismarck. De momento, la situación es la siguiente:

Con sus decretos sobre la legislación protectora del trabajo y la Conferencia Internacional sobre la Protección del Trabajo, el joven Guillermo se separa de su mentor Bismarck. Este ha considerado prudente dar rienda suelta a su joven señor y esperar tranquilamente a que Guillermo II, con su pasatiempo favorito de hacerse pasar por amigo de los obreros, se haya creado dificultades; entonces habría llegado para Bismarck el momento de aparecer en escena como Deus ex machina. Esta vez Bismarck no se ha mostrado excesivamente inquieto por el curso de las elecciones. Un Reichstag |En el "Newcastle Daily Chronicle", aquí y en adelante, en alemán: Reichstag| con el que no se pueda gobernar y que pudiera disolverse tan pronto como el joven emperador hubiera reconocido su yerro, serviría incluso a los intereses de Bismarck, y un éxito significativo de los socialistas podría ayudarle a presentarse ante el país con una buena consigna electoral en cuanto llegue el momento de la disolución. Y el astuto canciller tiene ahora realmente un Reichstag con el que nadie puede gobernar. Guillermo II verá muy pronto la imposibilidad, en su posición y ante el espíritu actual de los grandes terratenientes y la burguesía, de llevar a la práctica ni un átomo de los proyectos anunciados en sus decretos.

Las elecciones ya le han proporcionado la convicción de que la clase obrera alemana acepta todo lo que se le ofrece como pago a cuenta, pero no cede un ápice en sus principios y reivindicaciones; y no cejará en su oposición contra un gobierno que no puede existir sin amordazar a la mayoría del pueblo trabajador.

Por eso se producirá pronto un conflicto entre el emperador y el parlamento, y los socialistas serán acusados de toda la culpa por todos los partidos rivales. Se confeccionará un nuevo programa electoral, y entonces vendrá Bismarck, después de haber dado a su señor y maestro la lección necesaria, y provocará la disolución.

Pero entonces tendrá que reconocer que los tiempos han cambiado. Los obreros socialistas serán más fuertes y resueltos que antes. En la nobleza nunca pudo confiar Bismarck; esta lo ha considerado siempre un traidor al verdadero conservadurismo y está dispuesta a echarlo por la borda en cuanto el emperador no quiera saber nada más de él. La burguesía era su principal apoyo; pero ya no tiene confianza en él. La pequeña querella doméstica entre Bismarck y el emperador ha llegado también a oídos del público. Ha demostrado que Bismarck ya no es omnipotente y que el emperador no está a salvo de caprichos peligrosos. ¿A cuál de los dos otorgará su confianza el filisteísmo burgués en Alemania? El hombre listo ya no tiene el poder, y el hombre que tiene el poder resulta no ser listo. En efecto, la fe en la estabilidad del nuevo orden de cosas creado en 1871 —una fe que, por lo que respecta a la burguesía alemana, fue inquebrantable mientras gobernó el viejo Guillermo, Bismarck estuvo al timón y Moltke al frente del ejército—, esta fe se ha desvanecido para siempre. El yugo de los impuestos cada vez más gravosos, los altos costes del sustento debido a absurdos aranceles sobre todos los objetos, alimentos como productos industriales, la carga insoportable del servicio militar, el temor constante y siempre renovado a una guerra —una guerra en la que puede ser arrastrada toda Europa y que obligaría a 4 o 5 millones de alemanes a alistarse bajo las banderas—, todo esto ha contribuido a enajenar de la administración al campesino, al pequeño comerciante, al obrero —en suma, a toda la nación, con excepción del pequeño número de quienes se benefician de los monopolios creados por el Estado. Todo esto fue soportado como inevitable mientras el viejo Guillermo, Moltke y Bismarck formaron un triunvirato de gobierno que parecía invencible. Pero

hoy el viejo Guillermo ha muerto, Moltke está retirado, y Bismarck tiene que habérselas con un joven emperador a quien él mismo ha imbuido una autocomplacencia sin límites; este se figura ya un segundo Federico el Grande y no es más que un petimetre vanidoso que aspira a sacudirse la regencia del canciller y, además, un juguete en manos de los intrigantes de la corte. En tal estado de cosas, el enorme yugo impuesto al pueblo ya no se soporta con paciencia; la vieja fe en la estabilidad de las cosas se ha desvanecido; la resistencia, que antes parecía sin perspectivas, se torna ahora una necesidad; así puede darse el caso de que, por ingobernable que parezca el actual Reichstag, el futuro lo supere en este aspecto.

Después de todo esto, Bismarck muy probablemente ha calculado mal su juego. En caso de disolución, tampoco el spectre rouge |espectro rojo|, el grito de guerra contra los socialistas, colmará sus esperanzas. Pero, por otra parte, tiene una cualidad indiscutible: energía implacable. Si le place, puede provocar levantamientos y probar qué efecto produce una pequeña "sangría". Pero no debería olvidar que al menos la mitad de los socialistas alemanes ha pasado por el ejército. Allí han aprendido la disciplina que les ha permitido hasta ahora resistir todas las provocaciones al levantamiento. Pero allí han aprendido algo más.

Variantes del texto

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En el "Newcastle Daily Chronicle": Veintiuno