La política exterior del zarismo ruso

Escrito de diciembre de 1889 a febrero de 1890.  

I

Nosotros, el partido obrero de Europa occidental{1}, tenemos un doble interés en la victoria del partido revolucionario ruso.

En primer lugar, porque el Imperio zarista ruso constituye, a la vez, la gran fortaleza principal, la posición de reserva y el ejército de reserva de la reacción europea, porque su mera existencia pasiva es ya una amenaza y un peligro para nosotros.

En segundo lugar —y este punto no ha sido aún suficientemente destacado por nuestra parte—, porque con su incesante injerencia en los asuntos de Occidente entorpece y perturba nuestro desarrollo normal, y lo hace con el propósito de conquistar posiciones geográficas que le aseguren el dominio sobre Europa y, con ello, hagan imposible la victoria del proletariado europeo{2}.

Es mérito de Karl Marx haber subrayado, primero y repetidamente desde 1848, que el partido obrero de Europa occidental se veía obligado, por esta última razón, a librar una guerra a vida o muerte con el zarismo ruso. Si yo intervengo en el mismo sentido, también en esto no soy más que el continuador de mi difunto amigo, recuperando lo que a él no le fue dado hacer{3}.

También entre los revolucionarios rusos reina a veces un desconocimiento relativamente grande de este aspecto de la historia rusa. Por un lado, porque en Rusia misma sólo se tolera la leyenda oficial al respecto; por otro lado, en algunos, porque se desprecia demasiado al gobierno zarista, teniéndolo por incapaz de hacer nada racional, incapaz en parte por estrechez de miras, en parte por corrupción. Para la política interior esto es, por cierto, correcto; aquí la impotencia del zarismo salta a la vista. Pero no hay que conocer sólo las debilidades, sino también las fortalezas del adversario. Y la política exterior es, sin duda, el aspecto en que el zarismo es fuerte, muy fuerte. La diplomacia rusa constituye, en cierto modo, una orden jesuita moderna, lo bastante poderosa como para, en caso de necesidad, superar incluso los caprichos zaristas y domeñar la corrupción en su propio seno, a fin de esparcirla tanto más abundantemente hacia el exterior; una orden jesuita reclutada originaria y preferentemente entre extranjeros, corsos como Pozzo di Borgo, alemanes como Nesselrode, alemanes del Báltico como Lieven, del mismo modo que su fundadora, Catalina II, era una extranjera.

La vieja alta nobleza rusa tenía aún demasiados intereses privados y familiares mundanos, no poseía la absoluta fiabilidad que reclamaba el servicio de esta nueva orden. Y como no se le podía imponer la carencia personal de bienes ni el celibato de los sacerdotes jesuitas católicos, se contentaron con confiarle, al principio, sólo puestos secundarios y de representación, embajadas, etc., y formar así paulatinamente una escuela de diplomáticos autóctonos. Hasta ahora, sólo un ruso de pura cepa, Gortschakow, ha ocupado el puesto más alto en esta orden, y su sucesor, von Giers, lleva de nuevo un nombre extranjero.

Es esta sociedad secreta, reclutada originalmente entre aventureros extranjeros, la que ha elevado el Imperio ruso a su actual plenitud de poder. Con férrea perseverancia, la mirada fija e inconmovible en el objetivo, sin retroceder ante ninguna ruptura de la lealtad, ninguna traición, ningún asesinato alevoso, ningún servilismo, repartiendo sobornos a manos llenas, sin que victoria alguna la ensoberbezca, sin que derrota alguna la desanime, pasando por encima de los cadáveres de millones de soldados y, al menos, de un zar, esta banda tan carente de escrúpulos como talentosa ha contribuido, más que todos los ejércitos rusos, a hacer avanzar las fronteras de Rusia desde el Dniéper y el Dvina hasta más allá del Vístula, hasta el Prut, el Danubio y el Mar Negro, desde el Don y el Volga hasta más allá del Cáucaso y hasta las regiones fontanales del Oxus y el Jaxartes; a hacer a Rusia grande, poderosa, temida, y a abrirle el camino hacia la dominación mundial. Pero, con ello, ha fortalecido también el poder zarista en el interior. Para el público patriotero vulgar, la gloria de las victorias, las conquistas sucesivas, el poder y el brillo del zarismo compensan con creces todos sus pecados, todo el despotismo, toda la injusticia y arbitrariedad; la jactancia desmesurada del chovinismo resarce abundantemente por todos los puntapiés. Y tanto más cuanto que en Rusia las causas reales y los detalles de estos éxitos son menos conocidos y están sustituidos por una leyenda oficial, como los gobiernos bienintencionados suelen inventar en todas partes (por ejemplo, en Francia y en Prusia) en provecho de los súbditos y para fomento del patriotismo. Así, todo ruso que sea chovinista, tarde o temprano se postrará de rodillas ante el zarismo, como lo hemos vivido con Tichomirow.

Pero ¿cómo pudo una banda de aventureros semejante llegar a conquistar una influencia tan enorme sobre la historia europea? Muy sencillo. No han creado algo nuevo de la nada, sólo han explotado correctamente una situación real preexistente. La diplomacia rusa tiene, para todos sus éxitos, una base material muy palpable.

Contemplemos a Rusia a mediados del siglo pasado. Un territorio ya entonces gigantesco, habitado por una raza de rara homogeneidad. Población escasa, pero que se multiplicaba rápidamente; por tanto, incremento seguro de poder por el mero transcurso del tiempo. Esta población, estancada espiritualmente, sin iniciativa alguna, pero, dentro de los límites de su modo de existencia tradicional, utilizable sin reservas para todo; tenaz, valiente, obediente, resistente a todas las fatigas, un material de soldados insuperable para las guerras de aquella época, en que el combate de masas cerradas decidía. El país mismo, vuelto hacia Europa sólo por uno de sus lados, el occidental, y, por tanto, vulnerable únicamente por allí; sin un centro cuya conquista pudiera imponer la paz; resguardado de manera casi absoluta de la conquista por la intransitabilidad, la extensión, la pobreza de recursos: he aquí una posición de poder inatacable para quien supiera utilizarla para, desde aquí, permitirse impunemente en Europa cosas que a cualquier otro gobierno le habrían acarreado guerra tras guerra.

Fuerte hasta la inatacabilidad en la defensa, Rusia era, en correspondencia, débil en el ataque. La concentración, organización, equipamiento y movimiento de sus ejércitos en el interior tropezaba con los mayores obstáculos, y a todas las dificultades materiales se sumaba la ilimitada corrupción de los funcionarios y oficiales. Todos los intentos de hacer a Rusia capaz de atacar a gran escala han fracasado hasta ahora, y probablemente el último, el actual, la introducción del servicio militar obligatorio universal, fracasará de lleno. Puede decirse aquí que los obstáculos crecen casi como los cuadrados de las masas a organizar, incluso prescindiendo de la imposibilidad de encontrar, con una población urbana tan reducida, la ingente cantidad de oficiales que hoy se requiere. Esta debilidad jamás fue un secreto para la diplomacia rusa; por eso ha evitado siempre, donde era posible, la guerra, y sólo la ha admitido como medio extremo, y aun entonces únicamente bajo las condiciones previas más favorables. Sólo pueden convenirle aquellas guerras en que los aliados de Rusia soporten la carga principal, entreguen su territorio a la devastación del teatro de guerra, aporten la gran masa de los combatientes, y en que a las tropas rusas les corresponda el papel de reservas, que en la mayoría de los casos de combate son preservadas, pero a las que, en todas las grandes batallas, les toca el honor de la decisión final, unido a sacrificios relativamente escasos —como en la guerra de 1813-1815—. Pero una guerra en circunstancias tan ventajosas no está siempre al alcance, y por eso la diplomacia rusa prefiere poner los intereses y ambiciones contrapuestos de las otras potencias al servicio de sus fines, azuzarlas unas contra otras y explotar sus enemistades en provecho de la política rusa de conquista. Sólo contra adversarios decididamente más débiles, como Suecia, Turquía, Persia, el zarismo emprende la guerra por cuenta propia; en esos casos, no necesita compartir el botín con nadie.

Pero volvamos a la Rusia de 1760. Este país homogéneo e inatacable no tenía como vecinos sino países que se hallaban, en apariencia o en realidad, en decadencia, próximos a la disolución, es decir, pura matière à conquêtes |puro material para conquistas|. Al norte, Suecia, cuyo poder y prestigio habían sucumbido precisamente porque Carlos XII había intentado penetrar en Rusia; con ello, había arruinado a Suecia y hecho evidente la inatacabilidad de Rusia. Al sur, los turcos y los tártaros de Crimea, que les eran tributarios, ruinas de pasadas grandezas; la fuerza ofensiva de los turcos quebrada desde hacía cien años, su fuerza defensiva aún considerable, pero también decreciente; como mejor signo de esta creciente debilidad: las incipientes sacudidas rebeldes entre los cristianos sometidos, los eslavos, rumanos y griegos, que constituían la mayoría de la población de la península balcánica. Estos cristianos, casi exclusivamente de rito griego, eran, pues, afines a los rusos por religión, y los eslavos entre ellos, los serbios y los búlgaros, les eran además afines por el tronco étnico. Rusia no necesitaba, por tanto, sino proclamar su misión de protectora de la oprimida iglesia griega y de la esclavizada eslavidad, y el terreno para la conquista —bajo la máscara de la liberación— estaba preparado aquí. Asimismo, al sur del Cáucaso se hallaban pequeños Estados cristianos y cristianos armenios bajo soberanía turca, erigiéndose el zarismo en su «libertador». Y luego, aquí en el sur, tentaba al codicioso conquistador un premio de victoria como Europa no podía ofrecer otro semejante: la antigua capital del Imperio romano de Oriente, la metrópoli de todo el mundo greco-católico, la ciudad cuyo nombre ruso ya expresa el dominio sobre Oriente y el prestigio que, a los ojos de la cristiandad oriental, rodea a su poseedor: Constantinopla-Tsargrad.

Tsargrad como tercera capital rusa, junto a Moscú y Petersburgo, significaba no sólo el dominio moral sobre la cristiandad oriental, sino también la etapa decisiva hacia el dominio sobre Europa. Significaba el dominio exclusivo sobre el Mar Negro, Asia Menor, la península balcánica. Significaba, apenas el zar quisiera, el cierre del Mar Negro para todas las flotas mercantes y de guerra, salvo la rusa, su transformación en un puerto de guerra ruso y un campo de maniobras exclusivo de la flota rusa, la cual, desde esta segura posición de reserva, podría hacer incursiones a través del Bósforo fortificado y replegarse a ella cuantas veces le pluguiera. Entonces, Rusia sólo necesitaría alcanzar el mismo dominio, directo o indirecto, sobre el Sund y los Belt para ser inatacable también por mar.

El dominio sobre la península balcánica llevaría a Rusia hasta el Mar Adriático. Y esta frontera en el suroeste sería insostenible si, en el oeste, la frontera rusa no se avanzara de manera correspondiente, si su esfera de poder no se extendiera considerablemente. Pero aquí, las condiciones eran casi aún más favorables.

Primeramente Polonia, en completa descomposición, una república nobiliaria fundada en la exacción y opresión de los campesinos, con una constitución que imposibilitaba toda acción nacional y convertía así al país en presa abierta de los vecinos. Desde comienzos del siglo vivía solo, como decían los propios polacos, del desorden (Polska nierządem stoi); todo el país estaba incesantemente ocupado y recorrido por tropas extranjeras, a las que servía de posada y despensa (karczma zajezdna, decían los polacos), aunque por regla general se olvidaban de pagar. Pedro el Grande ya lo había arruinado sistemáticamente; aquí sus sucesores solo tuvieron que meter mano. Y para ello disponían además de un pretexto en virtud del «principio de las nacionalidades». Polonia no era un país homogéneo. Hacia la época en que Gran Rusia cayó bajo el yugo mongólico, Rusia Blanca y Pequeña Rusia hallaron protección contra la invasión asiática uniéndose en el llamado Reino Lituano. Este reino se unió más tarde por propia voluntad con Polonia. Desde entonces, a consecuencia de la civilización superior de los polacos, la nobleza ruso-blanca y pequeñorrusa se había polonizado intensamente; también en tiempos del dominio jesuítico en Polonia, en el siglo XVI, los rusos greco-católicos de Polonia habían sido forzados a la unión con la Iglesia romana. Esto dio a los zares de la Gran Rusia el bienvenido pretexto de reclamar el antiguo territorio lituano como país nacional-ruso, pero oprimido por los polacos —a pesar de que, según el más grande eslavista vivo, Miklosich, al menos los pequeñorrusos no hablan un mero dialecto ruso, sino una lengua aparte— y el pretexto ulterior de inmiscuirse, como protector del credo griego, en favor de los griegos uniatas, aunque estos hacía tiempo que se habían reconciliado con su situación respecto a la Iglesia romana.

Más allá de Polonia yacía un segundo país, que parecía haber sucumbido incurablemente a la descomposición: Alemania. Desde la Guerra de los Treinta Años, el Sacro Imperio Romano Germánico era Estado solo de nombre. La soberanía territorial de los príncipes imperiales se aproximaba cada vez más a la plena soberanía; su poder de desafiar al emperador, que en Alemania reemplazaba el liberum veto polaco, quedó colocado expresamente en la Paz de Westfalia bajo garantía de Francia y Suecia; un fortalecimiento del poder central dependía, pues, de la aquiescencia del extranjero, que tenía todo el interés en impedirlo. A ello se sumaba que Suecia, en virtud de sus conquistas alemanas, era miembro del Imperio Alemán con escaño y voto en las Dietas imperiales. En cada guerra, el emperador encontraba príncipes imperiales alemanes entre los aliados de sus enemigos extranjeros; cada guerra era, pues, a la vez una guerra civil. Casi todos los príncipes imperiales mayores y medianos estaban comprados por Luis XIV, y el país estaba económicamente tan arruinado que, sin esas afluencias anuales de sobornos franceses, no habría habido posibilidad alguna de retener en el país dinero como medio de circulación.¹ Por eso el emperador buscaba desde hacía tiempo su fuerza no en su dignidad imperial, que solo le costaba dinero y no le reportaba más que fatigas y preocupaciones, sino en sus tierras hereditarias austríacas, alemanas y extraalemanas. Y junto al poderío dinástico austríaco empezaba a desplegarse ya paulatinamente el prusiano como rival.

Así estaban las cosas en Alemania en tiempos de Pedro el Grande. Este hombre realmente grande —muy otramente grande que Federico «el Grande», el siervo obediente de la sucesora de Pedro, Catalina II— fue el primero que captó por completo la situación de Europa, tan maravillosamente favorable para Rusia. Así como abarcó con mirada clara los rasgos fundamentales de la política rusa frente a Suecia, Turquía, Persia, Polonia, los fijó y emprendió su ejecución —mucho más claramente de lo que esto ocurre en su llamado testamento, que parece obra de un epígono—, así también frente a Alemania. Alemania le preocupaba más que ningún otro país excepto Suecia. A Suecia tenía que derrotarla; a Polonia podía tenerla tan pronto como extendiese la mano; Turquía le quedaba aún demasiado lejos; pero afirmar el pie en Alemania, obtener la posición que Francia explotaba tan abundantemente y que Suecia era demasiado débil para explotar, era una tarea capital para él. Hizo todo lo posible por convertirse en príncipe imperial alemán mediante la adquisición de territorio alemán, pero en vano; solo pudo emprender el sistema del entronque matrimonial con príncipes imperiales alemanes y de la explotación diplomática de las disensiones internas alemanas.

Desde Pedro, esta situación se había desplazado aún considerablemente en favor de Rusia a causa del ascenso de Prusia. Al emperador alemán le surgió con ello, dentro del Imperio mismo, un adversario casi equiparable, que eternizó y llevó al extremo la escisión de Alemania. Y al mismo tiempo, este adversario era todavía bastante débil para depender de la ayuda de Francia o de Rusia —sobre todo de la ayuda de Rusia—, de modo que, cuanto más se emancipaba del vasallaje frente al Imperio Alemán, tanto más seguramente recaía en el vasallaje de Rusia.

Así, en Europa solo quedaban ya tres potencias a considerar: Austria, Francia, Inglaterra. Y azuzarlas unas contra otras o sobornarlas con el cebo de la adquisición territorial no era arte difícil. Inglaterra y Francia seguían siendo rivales en el mar; a Francia se la podía ganar con la perspectiva de ganancias territoriales en Bélgica y Alemania; a Austria se la enganchaba con ventajas ilusorias a costa de Francia, de Prusia y, desde José II, también de Baviera. Aquí se podía, pues, explotando hábilmente los conflictos de intereses, obtener aliados fuertes, incluso predominantemente fuertes, para cualquier acción diplomática de Rusia. Y ahora, frente a estos países fronterizos en descomposición, frente a estas tres grandes potencias envueltas, por tradición, condiciones económicas de vida, intereses políticos o dinásticos o apetencias de conquista, en eternas rencillas, siempre ocupadas en intentos mutuos de engaño, aquí estaba la una Rusia, homogénea, joven, en rápido crecimiento, apenas vulnerable y completamente inconquistable, además una materia prima no trabajada, casi sin resistencia, plástica: ¡qué oportunidad para gente de talento y ambición, para gente que aspiraba al poder, sin importar dónde ni cómo, con tal de que fuese poder real, un verdadero campo de acción para su talento y su ambición! Y tal gente la producía en cantidad el «ilustrado» siglo XVIII: gente que recorrían toda Europa al servicio de la «humanidad», visitaban las cortes de todos los príncipes ilustrados —¿y qué príncipe no quería ser ilustrado entonces?— y se establecían dondequiera hallasen un lugar favorable; una internacional apátrida, noble-burguesa, de la Ilustración. Esta internacional se postró de rodillas ante la Semíramis del Norte, la también apátrida Sofía Augusta de Anhalt-Zerbst, llamada Catalina II de Rusia, y fue esta internacional de cuyas filas la susodicha Catalina extrajo los elementos para su orden jesuítica de la diplomacia rusa.

Karl Kautsky, en su escrito sobre Tomás Moro, ha demostrado cómo la primera forma de la Ilustración burguesa, el «humanismo» de los siglos XV y XVI, desembocó, en su ulterior desarrollo, en el jesuitismo católico. De la misma manera vemos aquí su segunda forma, plenamente madura en el siglo XVIII, desembocar en el jesuitismo moderno, en la diplomacia rusa. Este vuelco en lo contrario, este arribo final a un punto polarmente opuesto al punto de partida, es el destino naturalmente necesario de todos los movimientos históricos que no tienen claridad sobre sus causas y condiciones de existencia y que, por tanto, apuntan a metas meramente ilusorias. Son corregidos inexorablemente por la «ironía de la historia».

Veamos ahora cómo trabaja esta orden jesuítica, cómo utiliza los objetivos incesantemente cambiantes de las grandes potencias concurrentes como medios para alcanzar su único objetivo, nunca cambiante, nunca perdido de vista: el dominio mundial de Rusia.

II

Nunca fue la situación mundial más favorable a los planes zaristas de conquista que en 1762, cuando la gran ramera Catalina II, tras el asesinato de su esposo, subió al trono. Toda Europa estaba escindida en dos campos por la Guerra de los Siete Años. Inglaterra había quebrantado el poderío francés en el mar, en América, en la India, y abandonaba ahora a su aliado continental Federico II de Prusia. Este se hallaba en 1762 al borde de la ruina cuando Pedro III de Rusia llegó al trono y se retiró de la guerra contra Prusia; abandonado por su último y único aliado, Inglaterra, irreconciliablemente enemistado a la larga con Austria y Francia, agotado por siete años de lucha por la existencia, no le quedaba otra elección que arrojarse a los pies de la recién coronada zarina. Con ello obtuvo no solo una protección poderosa, sino la expectativa sobre el pedazo de Polonia que mantenía a Prusia Oriental separada del cuerpo de su monarquía y cuya conquista era ahora su objetivo vital. El 31 de marzo (11 de abril) de 1764, Catalina y Federico concertaron en Petersburgo una alianza cuyo artículo secreto obligaba a ambos a mantener por la fuerza de las armas la constitución polaca existente, ese medio óptimo para arruinar a Polonia, frente a todo intento de reforma. Con ello quedó decidido el futuro reparto de Polonia. Un pedazo de Polonia fue el hueso que la zarina arrojó a Prusia para que se dejase atar tranquilamente por un siglo a la cadena rusa.

No entro en los detalles del primer reparto de Polonia. Pero es característico que fuese llevado a cabo —contra la voluntad de la anticuada María Teresa— esencialmente por los tres grandes pilares de la Ilustración europea: Catalina, Federico y José. Los dos últimos, orgullosos de la iluminada sabiduría de Estado con que pisoteaban la superstición de un derecho de gentes tradicional, fueron al hacerlo lo bastante necios para no ver cómo, mediante su participación en la rapiña polaca, se entregaban en cuerpo y alma al zarismo ruso.

Nada podía ser más favorable para Catalina que estos ilustrados vecinos principescos. Ilustración{4} fue en el siglo XVIII la consigna del zarismo en Europa, como liberación de los pueblos en el XIX. Ningún despojo de tierras, ningún acto de violencia, ninguna opresión por parte del zarismo que no se haya llevado a cabo bajo el pretexto de la ilustración{5}, del liberalismo, de la liberación de los pueblos. Y los pueriles liberales de Europa Occidental lo creyeron hasta Gladstone{6}, mientras los conservadores, igualmente cándidos, creen con firmeza de roca en las frases sobre la protección de la legitimidad, el mantenimiento del orden, de la religión, del equilibrio europeo y sobre la santidad de los tratados, que la Rusia oficial pone simultáneamente en su boca. La diplomacia rusa ha logrado embaucar a los dos grandes partidos burgueses de Europa. A ella, y solo a ella, se le permite ser legitimista y revolucionaria, conservadora y liberal, ortodoxa e ilustrada en un mismo aliento. Se comprende el desprecio con que semejante diplomático ruso mira por encima del hombro al Occidente «culto».

Después de Polonia, le tocó el turno a Alemania. Austria y Prusia se enzarzaron en la Guerra de Sucesión bávara de 1778, de nuevo en provecho de nadie más que de Catalina. Rusia se había hecho demasiado grande para especular, como Pedro, con el estamento imperial alemán; aspiraba ahora a la posición que ya tenía en Polonia y que Francia poseía en el Imperio Alemán: la de garante del desorden alemán contra todo intento de reforma. Y esta posición la obtuvo. En la paz de Teschen de 1779, Rusia asumió, junto a Francia, la garantía de este tratado de paz y de todos los tratados de paz anteriores confirmados en él, en particular el de Westfalia de 1648. Con ello quedaba sellada la impotencia de Alemania, y Alemania quedaba declarada como futuro objeto de reparto entre Francia y Rusia.

Turquía no fue olvidada. Las guerras rusas contra los turcos siempre coinciden con los momentos en que Rusia tiene paz en la frontera occidental y Europa se halla, en lo posible, ocupada en otras cosas. Catalina libró dos guerras de este tipo. La primera trajo conquistas en el mar de Azov y la independencia de Crimea, la cual, cuatro años más tarde, fue convertida en provincia rusa. La segunda hizo avanzar la frontera rusa del Bug hasta el Dniéster. En ambas guerras, agentes rusos azuzaron a los griegos a sublevarse contra los turcos. Naturalmente, los sublevados acabaron por ser abandonados a su suerte por el gobierno ruso.

Durante la Guerra de Independencia americana, Catalina formuló por vez primera para sí y sus aliados de la «neutralidad armada» (1780) aquellas exigencias de limitación de los derechos que Inglaterra reclamaba para sus buques de guerra en alta mar, exigencias que desde entonces permanecieron como un objetivo constante de la política rusa y que en lo esencial fueron reconocidas en la Paz de París de 1856 por Europa e Inglaterra mismas. Sólo los Estados Unidos de América no quieren saber nada de ellas hasta el día de hoy.

El estallido de la Revolución Francesa fue un nuevo golpe de suerte para Catalina. Lejos de temer la propagación de las ideas revolucionarias hacia Rusia, no vio en ello más que una nueva ocasión para enemistar entre sí a los Estados europeos, a fin de que Rusia tuviese las manos libres. Tras la muerte de sus dos amigos y vecinos ilustrados, Federico Guillermo II en Prusia y Leopoldo en Austria habían intentado una política independiente. La Revolución ofrecía a Catalina la mejor ocasión para encadenar de nuevo a Rusia a ambos, bajo el pretexto de combatir a la Francia republicana, y al mismo tiempo, mientras aquellos estaban ocupados en la frontera francesa, hacer nuevas adquisiciones en Polonia. Ambos, Austria y Prusia, cayeron en la trampa. Y aunque Prusia —que entre 1787 y 1791 había hecho el papel de aliada de Polonia contra Catalina— recapacitó a tiempo y esta vez reclamó una parte mayor del botín polaco, y aunque Austria también tuvo que ser contentada con un trozo de Polonia, Catalina pudo sin embargo embolsarse de nuevo, con mucho, la mayor parte de la presa; casi toda la Rusia Blanca y la Pequeña Rusia quedaron ahora unidas a la Gran Rusia.

Pero esta vez la medalla tiene un reverso. Al absorber el robo de Polonia también las fuerzas de la coalición de 1792-1794, debilitó su capacidad ofensiva contra Francia, hasta que ésta fue lo bastante fuerte para conquistar por sí sola la victoria. Polonia cayó, pero su resistencia había salvado la Revolución Francesa, y con la Revolución Francesa comenzó un movimiento contra el cual incluso el zarismo es impotente. Y eso, en Occidente, nunca se lo olvidaremos a los polacos. Por lo demás, como veremos, no es la única vez que los polacos han salvado la revolución europea.

En la política de Catalina encontramos ya nítidamente dibujados todos los rasgos esenciales de la política rusa actual: incorporación de Polonia, aunque de momento hubiera que dejar aún a los vecinos una parte del botín; transformación de Alemania en el siguiente objeto de reparto; Constantinopla como el gran objetivo principal, jamás olvidado, que ha de alcanzarse lentamente; conquista de Finlandia para cubrir Petersburgo e indemnización a Suecia con Noruega, que Catalina ofreció en Fredrikshamn al rey Gustavo III; debilitamiento de la supremacía marítima británica mediante restricciones de derecho internacional; fomento de sublevaciones de la raya cristiana en Turquía; finalmente, la feliz combinación de frases liberales y legitimistas, con la cual, según las necesidades, se toma por tonto al crédulo filisteo «culto» de Europa occidental, a la llamada opinión pública.

A la muerte de Catalina, Rusia poseía ya más de lo que incluso el más exagerado chovinismo nacional podía exigir. Todo lo que llevaba nombre ruso —salvo los pocos rusos pequeños austríacos— estaba bajo el cetro de su sucesor, quien ahora podía llamarse con pleno derecho Autócrata de todas las Rusias. No sólo se había conquistado la salida al mar; tanto en el Báltico como en el mar Negro poseía Rusia un amplio litoral y numerosos puertos. No sólo fineses, tártaros y mongoles, sino también lituanos, suecos, polacos y alemanes se hallaban bajo el dominio ruso. ¿Qué más queréis? Para cualquier otra nación aquello habría sido un cierre. Para la diplomacia zarista —a la nación no se le preguntó— no era más que una base para empezar ahora de verdad.

La Revolución Francesa se había desfogado y se había creado a un soberano, un Napoleón. Así pues, en apariencia, había dado la razón a la sabiduría superior de la diplomacia rusa, que no se había dejado amedrentar por la gigantesca insurrección popular. Ahora, el ascenso de Napoleón le ofrecía ocasión para nuevos éxitos: Alemania maduraba hacia el destino de Polonia. Pero el sucesor de Catalina, Pablo, era obstinado, caprichoso, imprevisible; a cada momento estorbaba la acción de los diplomáticos; se hizo insoportable, había que quitarlo de en medio. Para ejecutarlo se encontraron fácilmente los oficiales de la guardia necesarios; el heredero del trono, Alejandro, estaba en el complot y lo encubrió; Pablo fue estrangulado y enseguida comenzó una nueva campaña en pro de la mayor gloria del nuevo zar, quien por el modo de su acceso al trono se había convertido en siervo de por vida de la camarilla jesuítica diplomática.

Ésta dejó a Napoleón la tarea de demoler por completo el Imperio Alemán y de llevar el desorden reinante al extremo. Pero cuando llegó el momento de pasar cuentas, Rusia volvió a presentarse. La paz de Lunéville (1801) había asignado a Francia toda la orilla izquierda alemana del Rin, con la disposición de que los príncipes alemanes desposeídos por ello debían ser indemnizados en la orilla derecha del Rin con posesiones de los estados imperiales eclesiásticos, obispos, abades, etc. Ahora Rusia se remitió a su garantía adquirida en Teschen en 1779: en el reparto de las indemnizaciones tenían que decir una palabra de peso ella y Francia, los dos garantes de la descomposición imperial alemana. Y la desunión, la codicia y la traición consuetudinaria de los príncipes alemanes hacia el imperio cuidaron de que esa palabra de Rusia y Francia fuese la decisiva. Así ocurrió que Rusia y Francia elaboraron un plan para repartir los territorios eclesiásticos entre los desposeídos y que este plan, concebido desde el extranjero y en interés del extranjero, fuese elevado en todos sus puntos principales a ley del imperio alemán (Receso de la Diputación Imperial, 1803).

La liga imperial alemana estaba disuelta de hecho; Austria y Prusia actuaban como Estados europeos independientes y consideraban, exactamente igual que Rusia y Francia, a los estados imperiales más pequeños como mero territorio de conquista. ¿Qué iba a ser ahora de esos pequeños Estados? Prusia era todavía demasiado pequeña y demasiado joven para reclamar la hegemonía sobre ellos, y Austria acababa de perder el último vestigio de dicha hegemonía. Pero Rusia y Francia reclamaban ambas la herencia del imperio alemán. Francia había hecho saltar por la fuerza de las armas el viejo imperio, presionaba a los pequeños Estados con su vecindad inmediata a todo lo largo del Rin; la gloria victoriosa de Napoleón y de los ejércitos franceses hizo el resto para arrojar a sus pies a los pequeños príncipes alemanes. ¿Y Rusia? ¡Justamente ahora, cuando casi podía tocar con la mano la meta tras la cual se había esforzado durante cien años, ahora, cuando Alemania yacía en plena disolución, agotada de muerte, desamparada y sin consejo, precisamente ahora iba a dejarse arrebatar la presa ante sus propias narices por el advenedizo corso?

La diplomacia rusa abrió de inmediato una campaña para conquistar la supremacía sobre los pequeños Estados alemanes. Que eso no era posible sin una victoria sobre Napoleón, se daba por sentado. Se trataba, pues, de ganarse a los príncipes alemanes y a la llamada opinión pública de Alemania, en la medida en que entonces podía hablarse de ella. A los príncipes se les trabajó diplomáticamente, al filisteísmo se le trabajó literariamente. Mientras que en las cortes se prodigaban halagos, amenazas, mentiras y sobornos rusos, se inundó al público con misteriosos libelos en los que se ensalzaba a Rusia como la única potencia capaz de salvar a Alemania y tomarla bajo protección eficaz, y que para ello tenía el derecho y el deber en virtud del tratado de Teschen de 1779. Y cuando estalló la guerra de 1805, tenía que estar claro para cualquiera que tuviera los ojos un tanto abiertos que se trataba sólo de si los pequeños Estados debían formar una Confederación del Rin francesa o una rusa.

El destino protegió a Alemania. Rusos y austríacos fueron derrotados en Austerlitz, y la nueva Confederación del Rin, en todo caso, no era un puesto avanzado del zarismo. El yugo francés era al menos un yugo moderno, que obligaba a los príncipes alemanes a liquidar los anacronismos más vergonzosos de su modo de existencia anterior.

Después de Austerlitz vinieron la alianza prusiano-rusa, Jena, Eylau, Friedland y la paz de Tilsit de 1807. Aquí se mostró de nuevo la enorme ventaja que Rusia obtiene de su posición estratégicamente segura. Derrotada en dos campañas, adquirió nuevo territorio a costa de su anterior aliado y la alianza con Napoleón para repartirse el mundo: ¡para Napoleón el Occidente, para Alejandro el Oriente!

El primer fruto de esta alianza fue la conquista de Finlandia. Sin declaración de guerra alguna, pero con el consentimiento de Napoleón, avanzaron los rusos; la incapacidad, la desunión y la venalidad de los generales suecos aseguraron una fácil victoria; el audaz cruce del Báltico helado por destacamentos rusos forzó un violento cambio de trono en Estocolmo y la cesión de Finlandia a Rusia. Pero cuando, tres años más tarde, se aproximó la ruptura de Alejandro con Napoleón, el zar hizo venir a Åbo al mariscal Bernadotte, elegido príncipe heredero de Suecia, y le prometió Noruega si se sumaba a la alianza de Inglaterra y Rusia contra Napoleón. De este modo, en 1814 se cumplió el plan de Catalina: Finlandia para mí, Noruega para ti.

Pero Finlandia era sólo el preludio. De lo que se trataba para Alejandro era, como siempre, Zaregrad. En Tilsit y Erfurt, Napoleón le había prometido firmemente Moldavia y Valaquia, y se le había dado perspectivas de un reparto de Turquía, del que, sin embargo, Constantinopla debía quedar excluida. Desde 1806, Rusia estaba en guerra con Turquía; esta vez no sólo los griegos, sino también los serbios se habían sublevado. Pero lo que de los polacos se decía sólo con ironía, se cumplía verdaderamente en el caso de los turcos: el desorden los conservaba. El indestructible soldado raso, hijo del indestructible campesino turco, encontraba precisamente en ese desorden la ocasión de reparar lo que los corrompidos pachás echaban a perder. Los turcos podían ser batidos, pero no derribados, y el ejército ruso avanzaba sólo lentamente por el camino hacia Zaregrad.

Pero el precio por esta «mano libre» en Oriente fue la adhesión al sistema continental de Napoleón, la ruptura de todo comercio con Inglaterra. Y esto significó la ruina comercial para la Rusia de entonces. Ésa fue la época en que Eugenio Oneguin (en Pushkin) aprendía de Adam Smith cómo un Estado se vuelve rico y cómo no necesita dinero, con tal que tenga abundancia de productos; mientras que, por otra parte, su padre no podía comprenderlo y tenía que hipotecar una finca tras otra.

Rusia sólo podía obtener dinero mediante el comercio marítimo y la exportación de sus materias primas al que era entonces el mercado principal, Inglaterra, y Rusia estaba ya demasiado occidentalizada para poder vivir sin dinero. El bloqueo comercial se hizo insoportable. La economía era más poderosa que la diplomacia y el zar juntos; el tráfico con Inglaterra se reanudó en secreto; los acuerdos de Tilsit se rompieron y estalló la guerra en 1812.

Napoleón cruzó la frontera rusa con los ejércitos unidos de todo Occidente. Los polacos, que podían juzgar la situación, le aconsejaron que se detuviera en el Dvina y el Dniéper, reorganizara Polonia y esperase allí el ataque de los rusos. Un general de la talla de Napoleón tenía que comprender que ése era el plan acertado. Pero Napoleón, en la altura vertiginosa y sobre la base insegura en que se encontraba,
no
podía ya librar campañas lentas. Éxitos rápidos, victorias deslumbrantes, paces conquistadas por asalto le eran indispensables. Desoyó el consejo polaco, marchó sobre Moscú y, con ello, trajo a los rusos a París.

La aniquilación del gran ejército napoleónico en la retirada de Moscú dio la señal para el levantamiento general contra la supremacía francesa en Occidente. En Prusia, el pueblo entero se puso en pie y obligó al cobarde Federico Guillermo III a hacer la guerra a Napoleón. Apenas Austria terminó sus armamentos, se unió a rusos y prusianos. Después de la batalla de Leipzig, la Confederación del Rin abandonó a Napoleón, y apenas dieciocho meses después de la entrada de Napoleón en Moscú, Alejandro entraba en París, dueño y señor de Europa.

Turquía, traicionada por Francia, había firmado la paz en Bucarest en 1812 y sacrificado Besarabia a los rusos. El Congreso de Viena aportó a Rusia el Reino de Polonia, de modo que ahora casi nueve décimas partes del antiguo territorio polaco estaban unidas a Rusia. Pero más que todo eso valía la posición europea que ocupaba ahora el zar. En el continente europeo no tenía ya rival. Austria y Prusia iban a remolque suyo. La dinastía borbónica francesa había sido restaurada por él y, por tanto, también le obedecía. Suecia había recibido Noruega por su mediación, como prenda de una política favorable al zar; incluso la dinastía española debía su restauración mucho más a las victorias de rusos, prusianos y austríacos que a las de Wellington, las cuales nunca fueron capaces de derribar el imperio francés.

Nunca antes había ocupado Rusia una posición tan imponente. Pero también había dado un paso más allá de sus fronteras naturales. Si para las conquistas de Catalina el chovinismo ruso podía aducir aún algunos —no diré justificaciones—, pero sí pretextos de disculpa, de eso ya no cabe hablar en absoluto en las conquistas de Alejandro. Finlandia es finlandesa y sueca, Besarabia rumana, la Polonia del Congreso polaca. Aquí ya no se trata de la unificación de tribus dispersas y emparentadas que llevan todas el nombre de rusos; aquí se trata de la desnuda conquista violenta de territorios extranjeros, de simple rapiña.

III

La victoria sobre Napoleón fue la victoria de las monarquías europeas sobre la Revolución francesa, cuya última fase había sido el imperio napoleónico; esta victoria se celebró restaurando la «legitimidad». Pero mientras Talleyrand creía engatusar al zar Alejandro con esa frase por él inventada, era más bien la diplomacia rusa la que llevaba de la nariz a toda Europa con dicha frase. Bajo el pretexto de proteger la legitimidad, instauró la «Santa Alianza», esa ampliación de la alianza ruso-austro-prusiana para convertirla en una conspiración de todos los príncipes europeos contra sus pueblos bajo la presidencia rusa. Los demás príncipes creían en ella; lo que el zar y su diplomacia pensaban de ello, lo veremos enseguida.

Para ella se trataba ahora de utilizar la hegemonía conquistada sobre Europa para dar un paso más hacia Zaregrad. Para ello podía aplicar tres palancas: los rumanos, los serbios, los griegos. Los griegos eran el elemento más aprovechable. Eran un pueblo comerciante, y los comerciantes eran los que más sufrían bajo la opresión de los bajás turcos. El campesino cristiano bajo el dominio turco se hallaba materialmente mejor que en ningún otro sitio. Conservaba sus instituciones anteriores a los turcos, su pleno autogobierno; mientras pagaba sus impuestos, el turco, por regla general, no se ocupaba de él; sólo rara vez se veía expuesto a vejámenes como los que el campesino de Europa occidental tuvo que soportar de la nobleza en la Edad Media. Era una existencia indigna, meramente tolerada, pero no materialmente oprimida, que no era inadecuada al estado cultural de aquellos pueblos en aquella época, y por eso se tardó mucho antes de que el raya eslavo descubriese que esa existencia era insoportable. En cambio, el comercio de los griegos, desde que el dominio turco los había liberado de la competencia abrumadora de venecianos y genoveses, había florecido rápidamente y llegado a ser ya tan importante que ahora tampoco podía soportar ya

el dominio turco. De hecho, el dominio turco, como todo dominio oriental, es incompatible con la sociedad capitalista; la plusvalía acaparada no está segura de las manos de sátrapas y bajás rapaces; falta la primera condición fundamental de la adquisición burguesa
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: la seguridad de la persona y de la propiedad del comerciante. Nada de extraño, pues, que los griegos, después de haber hecho ya dos intentos de sublevación desde 1774, se levantaran una vez más.

El levantamiento griego ofrecía, pues, el asidero; pero para que la diplomacia zarista pudiera hacer palanca aquí con fuerza, era necesario impedir que Occidente se entrometiese; había que tenerlo, pues, ocupado en su propia casa. Para ello, la frase de la legitimidad había preparado espléndidamente el terreno. Los gobernantes legítimos se habían hecho odiar a fondo en todas partes. Los intentos de restaurar las condiciones prerrevolucionarias pusieron a la burguesía en agitación por todo Occidente; en Francia y Alemania fermentaba, en España e Italia estalló una revuelta abierta. La diplomacia zarista tenía su manita metida en todas esas conspiraciones y sublevaciones; no que las hubiera hecho ella, ni siquiera que hubiera contribuido esencialmente a sus éxitos momentáneos. Pero lo que podía hacer por medio de sus agentes oficiosos para sembrar la discordia en casa de sus legítimos aliados
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, eso lo hizo. Directamente, sin embargo, protegía los elementos rebeldes de Occidente, tan pronto como éstos aparecían bajo la máscara de la amistad por los griegos; y ¿quiénes eran los filohelenos que recogían fondos, enviaban voluntarios y cuerpos de ayuda armados enteros a Grecia sino los carbonarios y demás liberales de Occidente?

Nada de esto impidió al ilustrado zar Alejandro instar a sus legítimos colegas en los congresos de Aquisgrán, Troppau, Laibach, Verona a adoptar las medidas más enérgicas contra sus súbditos rebeldes y, para someter la revolución, enviar austríacos a Italia en 1821 y franceses a España en 1823, e incluso condenar aparentemente el levantamiento de los griegos, al tiempo que atizaba ese mismo levantamiento y hacía animar a los filohelenos de Occidente a redoblar su actividad. Una vez más se dejó Europa engañar de manera increíble; a los príncipes y reaccionarios

el zarismo predicaba legitimidad
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, al filisteísmo liberal, liberación de los pueblos
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e ilustración, y ambos le creyeron.

En Verona, el ministro francés, el romántico Chateaubriand, fue completamente seducido por el zar. Éste hizo concebir a los franceses la esperanza de la orilla izquierda del Rin, si se portaban bien y dóciles con Rusia. Con esta esperanza, reforzada más tarde, bajo Carlos X, por promesas vinculantes, la diplomacia rusa manejó a Francia y dominó, con pocas interrupciones, la política oriental francesa hasta 1830.

A pesar de todo, la política humanitaria del zar, que bajo el pretexto de liberar a los griegos cristianos de la presión mahometana se esforzaba por ponerse a sí misma en lugar de los mahometanos, no hizo los progresos deseados.
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Pues, como dice el embajador ruso en Londres, el príncipe Lieven (despacho del 18/30 de octubre de 1825):

«Toda Europa dirige su mirada con horror a ese coloso ruso, cuya fuerza gigantesca solo espera una señal para ponerse en movimiento contra ella. Por tanto, es su interés proteger al poder turco, ese enemigo natural de nuestro imperio.»

La guerra en Grecia continuaba con éxitos variables, mientras fracasaban todas las tentativas de Rusia de entrar en las provincias danubianas con alta autorización europea y obligar así a los turcos a capitular. Entonces llegó en 1825 ayuda egipcia a los turcos; los griegos fueron vencidos por doquier, el levantamiento casi sofocado. La política rusa se hallaba ante una derrota o bien ante una resolución audaz.

El canciller Nesselrode recabó el consejo de sus embajadores. Pozzo di Borgo en París (despacho del 4/16 de octubre de 1825) y Lieven en Londres (despacho del 18/30 de octubre de 1825) se pronunciaron incondicionalmente a favor de proceder con audacia: había que ocupar de inmediato las provincias danubianas y sin miramientos hacia Europa, incluso a riesgo de una guerra europea. Era, evidentemente, la opinión general de la diplomacia rusa. Pero Alejandro era indolente, caprichoso, blasé, místico-romántico; del Griego del Bajo Imperio
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(como lo llamaba Napoleón) no solo tenía la astucia y la falsedad, sino también la volubilidad y la falta de energía. Empezaba a tomar en serio la legitimidad y acabó hartándose con ello de los rebeldes griegos. Inactivo y casi

inalcanzable en aquella época anterior a los ferrocarriles, viajaba por el sur cerca de Taganrog. De pronto llegó la noticia de que había muerto. Se rumoreó de veneno. ¿Había eliminado la diplomacia al hijo, como antaño al padre? En todo caso, no podía haber muerto en una hora más propicia para ella.

Con Nicolás subió al trono un zar como la diplomacia no podía desearlo mejor, una naturaleza mediocre de teniente de navío
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, a quien la
apariencia
del poderío estaba por encima de todo y que, por tanto, con esa apariencia se le podía llevar a todo. Ahora se procedió con más decisión y se llevó a cabo la guerra contra los turcos sin que Europa se entrometiera. Mediante frases liberales a Inglaterra y las mencionadas promesas a Francia, se había conseguido que sus flotas, unidas a la rusa, atacaran y destruyeran la flota turco-egipcia el 20 de octubre de 1827 en Navarino, en plena paz. Y aunque Inglaterra pronto rectificó, la Francia borbónica se mantuvo fiel. Mientras el zar declaraba la guerra a los turcos y sus tropas cruzaban el Prut el 6 de mayo de 1828, 15.000 soldados franceses se preparaban para embarcar hacia Grecia, donde arribaron en agosto y septiembre. Esto fue advertencia suficiente para que Austria no cayese sobre el flanco del avance ruso sobre Constantinopla:

una guerra con Francia habría sido la consecuencia; la alianza ruso-francesa para la conquista de Constantinopla por parte del uno, y de la orilla izquierda del Rin por parte del otro, entraba entonces en vigor.

Diebitsch
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llegó, pues, hasta Adrianópolis, pero allí se encontró en una situación tal que habría tenido que retroceder a toda prisa al otro lado de los Balcanes si los turcos hubiesen resistido sólo catorce días más. Sólo contaba con 20.000 hombres, de los cuales una cuarta parte estaba enferma de peste. Entonces la legación prusiana en Constantinopla, mediante informes falseados sobre un amenazador avance ruso, en realidad del todo imposible, medió la paz y salvó al general ruso, en palabras de Moltke,

«de una situación que tal vez sólo hubiera debido prolongarse unos pocos días para precipitarlo desde la cima de la victoria al abismo de la perdición» (Moltke, "Der russisch-türkische Feldzug", S.390).

Sea como fuere, la paz aportó al Imperio ruso las desembocaduras del Danubio, un trozo de territorio en Asia y constantes nuevos pretextos para inmiscuirse en los asuntos de las provincias del Danubio. Éstas se convierten desde ahora

hasta la guerra de Crimea en la karczma zajezdna de las tropas rusas, de las que durante ese período rara vez estuvieron libres.

Antes de que pudieran explotarse más estas ventajas, estalló la Revolución de Julio. Entonces las frases liberales de los agentes rusos se guardaron por algún tiempo en el bolsillo; ya sólo se trataba de proteger la «legitimidad». Se preparó una campaña de la Santa Alianza contra Francia; entonces estalló la insurrección polaca, que mantuvo a Rusia en jaque durante un año; y así Polonia salvó por segunda vez la revolución europea mediante su propio sacrificio.

Paso por alto las relaciones ruso-turcas del período de 1830 a 1848. Fueron importantes porque Rusia pudo, por vez primera, presentarse como protectora de Turquía frente a su vasallo rebelde Mehmed Alí de Egipto, enviar 30.000 hombres al Bósforo para proteger Constantinopla y poner a Turquía, mediante el tratado de Hunkiar-Iskelessi, de hecho bajo dominio ruso durante una serie de años; porque, además, en 1840 consiguió convertir de la noche a la mañana, mediante la traición de Palmerston, una amenazadora coalición europea contra Rusia en una coalición contra Francia, y con ello pudo preparar la anexión de las provincias del Danubio mediante la ocupación continuada y la explotación de los
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campesinos, así como atrayendo a los boyardos por medio del Règlement organique (véase Marx, "Kapital", Bd. I, Kap. 8)
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. Pero esta época se dedicó principalmente a la conquista y rusificación del Cáucaso, que por fin se logró tras veinte años de luchas.

Sin embargo, la diplomacia zarista sufrió un grave percance: cuando el gran duque Constantino tuvo que huir de Varsovia ante los insurgentes polacos el 29 de noviembre de 1830, éstos se apoderaron de todo su archivo diplomático, con los despachos originales del ministro de Relaciones Exteriores |Nesselrode| y copias oficiales de todos los despachos importantes de los enviados. Toda la maquinación de la diplomacia rusa de 1825 a 1830 quedó al descubierto.
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El gobierno polaco envió estos despachos a Inglaterra y Francia por medio del conde Zamoyski, y a instancias de Guillermo IV de Inglaterra fueron publicados en 1835 en el "Portfolio" por David Urquhart. Este "Portfolio" sigue siendo una de las fuentes principales, y desde luego la más incontestable, para la historia de las intrigas mediante las cuales el zarismo procura azuzar a las naciones de Occidente unas contra otras, para dominarlas a todas a consecuencia de estas escisiones.

La diplomacia rusa había capeado ya tantas revoluciones de Europa occidental, no sólo sin perjuicio sino con provecho directo, que se hallaba en condiciones de saludar el estallido de la revolución de febrero de 1848 como un acontecimiento sumamente favorable. Que la revolución se extendiese a Viena y con ello no sólo eliminase al principal adversario de Rusia, Metternich, sino que además sacudiese de su letargo a los eslavos austríacos —esos previsibles aliados del zarismo—; que se apoderase de Berlín y curase así a Federico Guillermo IV, que todo lo quería y nada podía, de sus veleidades de independencia frente a Rusia: ¿qué podía ser más bienvenido? Rusia estaba a salvo de todo contagio, y Polonia se hallaba tan fuertemente ocupada que no podía moverse. Y cuando la revolución se extendió incluso a las provincias del Danubio, la diplomacia rusa tuvo lo que deseaba: un pretexto para una nueva invasión de Moldavia y Valaquia, a fin de restablecer el orden y afianzar cada vez más allí la dominación rusa.

Y no fue esto todo. Austria, el más tenaz y obstinado adversario de Rusia en las fronteras de la península balcánica, había sido puesta al borde de la ruina por la insurrección húngara y vienesa. Pero la victoria de los húngaros equivalía a un nuevo estallido de la revolución europea, y los numerosos polacos en el ejército húngaro garantizaban que esta revolución no volvería a detenerse en la frontera polaca. Entonces Nicolás se hizo el magnánimo. Hizo que sus ejércitos irrumpiesen en Hungría, aplastó a las fuerzas húngaras con superioridad numérica y selló así la derrota de la revolución europea. Y cuando Prusia aún trataba de aprovechar la revolución para desgarrar la Confederación Germánica y subordinar, al menos, los pequeños estados del norte de Alemania a la hegemonía prusiana, Nicolás citó a Prusia y Austria ante su tribunal de Varsovia y falló en favor de Austria. Prusia, en agradecimiento por su largo sometimiento a Rusia, fue vergonzosamente humillada porque durante un instante había mostrado débiles veleidades de resistencia. La cuestión de Schleswig-Holstein la decidió asimismo Nicolás en contra de Alemania y designó a Cristián de Glücksburg, tras haberse convencido de su utilidad para los fines zaristas, heredero del trono de Dinamarca.

No sólo Hungría; toda Europa yacía a los pies del zar, y precisamente como consecuencia directa de la revolución. ¿No tenía razón la diplomacia rusa al entusiasmarse en secreto por las revoluciones en Occidente?

Pero la revolución de febrero fue, con todo, el primer toque de difuntos del zarismo. El alma pequeña del limitado Nicolás no pudo soportar esa suerte inmerecida; se precipitó demasiado en el avance contra Constantinopla; estalló la guerra de Crimea; Inglaterra y Francia acudieron en ayuda de Turquía, y Austria ardía en deseos de d'étonner le monde par la grandeur de son ingratitude [asombrar al mundo con la magnitud de su ingratitud]. Pues Austria sabía que, como agradecimiento por la ayuda militar en Hungría y por el laudo de Varsovia, se esperaba de ella neutralidad o incluso auxilio para las conquistas rusas en el Danubio, lo que equivalía a que Rusia envolviera a Austria desde Cracovia hasta Orsova y Semlin. Y esta vez Austria, cosa que casi nunca ocurría, tuvo el valor de sus convicciones.

La guerra de Crimea fue una única y colosal comedia de errores, en la que a cada momento uno se preguntaba: ¿quién es aquí el engañado? Pero esta comedia costó incontables tesoros y más de un millón de vidas humanas. Apenas habían desembarcado las primeras tropas aliadas en Bulgaria, los austriacos entraron en las provincias del Danubio, y los rusos se retiraron al otro lado del Pruth. Con ello, Austria se había interpuesto en el Danubio entre los dos beligerantes; toda prosecución de la guerra en ese teatro sólo era posible con su consentimiento. Pero Austria se prestaba a una guerra en la frontera occidental de Rusia. Austria sabía que Rusia jamás le perdonaría aquella brutal ingratitud; por lo tanto, Austria estaba dispuesta a aliarse con los aliados, pero sólo para una guerra seria que restaurase Polonia e hiciese retroceder considerablemente la frontera occidental rusa. Una guerra semejante habría arrastrado también a Prusia a la alianza, ya que a través de su territorio recibía Rusia todos sus suministros; una coalición europea habría bloqueado a Rusia por tierra y por mar, y la habría atacado con fuerzas tan superiores que la victoria habría sido indudable.

Pero ésa no era en modo alguno la intención de Inglaterra y Francia. Por el contrario, ambas se alegraron de verse libres del peligro de una guerra seria gracias al proceder de Austria. Lo que Rusia deseaba —que los aliados se dirigiesen a Crimea y allí se empantanaran— fue lo que propuso Palmerston, y Luis Napoleón lo aceptó con entusiasmo a manos llenas. Pretender avanzar desde Crimea hacia el interior de Rusia habría sido una locura estratégica. Así, la guerra quedó felizmente convertida en una guerra de apariencias, y todos los principales implicados quedaron satisfechos. Pero el zar Nicolás no pudo

soportar a la larga que tropas enemigas se instalaran en el borde de su imperio, en suelo ruso; para él, la guerra de apariencias se volvió pronto de nuevo una guerra en serio. Ahora bien, lo que para una guerra de apariencias era el terreno más favorable, para una guerra en serio era el más peligroso. La fuerza de Rusia en la defensiva —la enorme extensión de su territorio, escasamente poblado, intransitable y pobre en recursos— se volvió contra la propia Rusia tan pronto como Nicolás concentró todas sus fuerzas en Sebastopol, ese único punto de la periferia. Las estepas del sur de Rusia, que habrían debido convertirse en la tumba del atacante, se convirtieron en la tumba de los ejércitos rusos, que Nicolás, con la brutal y estúpida falta de miramientos que le era propia, empujaba uno tras otro —el último en pleno invierno— hacia Crimea. Y cuando la última columna, reunida a toda prisa, apenas equipada con lo indispensable y pésimamente abastecida, había perdido en la marcha dos tercios de sus efectivos —batallones enteros perecieron en la tormenta de nieve— y el resto ya no era capaz siquiera de atacar seriamente al enemigo, entonces el inflado y hueco Nicolás se derrumbó miserablemente, entonces escapó a las consecuencias de su locura cesarista tomando veneno.

La paz que su sucesor |Alejandro II| concluyó a toda prisa resultó muy benévola. Pero las consecuencias internas de la guerra fueron tanto mayores. Para poder dominar absolutamente en el interior, el zarismo debía aparecer en el exterior como más que invencible, debía ser ininterrumpidamente victorioso, debía estar en condiciones de recompensar la obediencia incondicional con una embriaguez chovinista de victoria y con nuevas conquistas incesantes. Y ahora el zarismo se había quebrado miserablemente, y precisamente en su figura exteriormente más imponente; había puesto a Rusia al desnudo ante el mundo, y con ello se había puesto a sí mismo al desnudo ante Rusia. Se produjo un desengaño inmenso. El pueblo ruso había sido sacudido con demasiada fuerza por los colosales sacrificios de la guerra, y el zar había tenido que apelar demasiado a su abnegación como para que pudiera ser devuelto sin más a la pasividad de la obediencia irreflexiva. Pues también Rusia se había ido desarrollando paulatinamente en lo económico y en lo intelectual; junto a la nobleza se alzaban ahora los comienzos de una segunda clase culta, la burguesía. En resumen, el nuevo zar tenía que hacerse el liberal, pero esta vez
hacia el interior
. Con ello quedó dado, sin embargo, el inicio para una historia interior de Rusia, para un movimiento de los espíritus dentro de la propia nación y para su reflejo: una, si bien aún muy débil, pero que se imponía cada vez más y que era cada vez menos

opinión pública no desdeñable. Y con ello surgió para la diplomacia zarista el enemigo ante el cual necesariamente sucumbirá. Pues esta forma de diplomacia sólo es posible mientras el pueblo permanece incondicionalmente pasivo, no tiene más voluntad que la del gobierno, ni más oficio que el de proporcionar soldados y tributos para la realización de los fines de los diplomáticos. En cuanto Rusia tiene un desarrollo interior y, con él, luchas internas de partidos, la conquista de una forma constitucional, en la que estas luchas de partidos se diriman sin sacudidas violentas, no es más que cuestión de tiempo. Pero entonces, la anterior política de conquista rusa será también cosa del pasado; la invariabilidad constante del objetivo diplomático se pierde en la pugna de los partidos por el poder; la disposición incondicional sobre las fuerzas de la nación se ha esfumado: Rusia sigue siendo difícil de atacar y relativamente igual de débil en el ataque, pero se convierte por lo demás en un país europeo como los otros, y la peculiar fortaleza de su diplomacia anterior queda quebrantada para siempre.

La Russie ne boude pas, elle se recueille, dijo el canciller Gortschakow después de la guerra. Él mismo no sabía cuán verdad hablaba. Hablaba únicamente de la Rusia diplomática. Pero también la Rusia no oficial se recogía. Y este recogimiento (recueillement) fue apoyado por el propio gobierno. La guerra había demostrado que Rusia necesitaba ferrocarriles y gran industria, ya por consideraciones puramente militares. Por consiguiente, el gobierno se lanzó a criar una clase capitalista rusa. Tal clase no puede existir sin un proletariado, y para crear sus elementos hubo de efectuarse la llamada emancipación de los campesinos; el campesino pagó la libertad personal con la transferencia de la mejor parte de su propiedad territorial a la nobleza. Lo que le quedó de ella era demasiado para morir, demasiado poco para vivir. Mientras así se atacaba de raíz a la comunidad campesina rusa (Obschtschina), se desarrollaba al mismo tiempo, en condiciones de invernadero, la nueva gran burguesía mediante privilegios ferroviarios, aranceles protectores y otros favores, iniciándose así, en la ciudad y en el campo, una completa revolución social que no permitió que los espíritus una vez puestos en movimiento volvieran a aquietarse. La joven burguesía se reflejó en un movimiento liberal-constitucional; el proletariado que estaba surgiendo, en el movimiento que comúnmente se llama nihilismo. Éstas fueron las verdaderas consecuencias del recueillement de Rusia.

Mientras tanto, la diplomacia no parecía percatarse aún del adversario que le había surgido en el interior. Por el contrario, hacia fuera parecía cosechar victoria tras victoria. En el Congreso de París de 1856, Orlow desempeñó el muy cortejado papel principal; en lugar de hacer sacrificios, obtuvo nuevos éxitos; los derechos de guerra en el mar, reclamados por Inglaterra y combatidos por Rusia desde Catalina, fueron definitivamente abolidos y se fundó una alianza ruso-francesa contra Austria. Ésta entró en acción en 1859, cuando Luis Napoleón se prestó a vengar a Rusia de Austria. Austria escapó a las consecuencias de los acuerdos ruso-franceses —que entonces Mazzini reveló y según los cuales, en caso de una resistencia prolongada, debía postularse a un gran duque ruso como candidato al trono de una Hungría independiente— mediante una rápida conclusión de la paz. Pero desde 1848 los pueblos estropearon el oficio a la diplomacia. Italia se hizo independiente y unida contra la voluntad del zar y de Luis Napoleón.

La guerra de 1859 había alarmado también a Prusia. Ésta casi duplicó su ejército y puso al timón a un hombre que podía medirse con la diplomacia rusa al menos en un punto: en la falta de escrúpulos respecto a los medios a emplear. Ese hombre era Bismarck. Durante el levantamiento polaco de 1863, tomó partido por Rusia de manera teatral frente a Austria, Francia e Inglaterra e hizo todo lo posible para proporcionarle la victoria. Esto le aseguró el abandono por parte del zar de su política habitual en la cuestión de Schleswig-Holstein; los ducados fueron arrancados de Dinamarca en 1864 con permiso del zar. Luego vino la guerra prusiano-austriaca de 1866; aquí el zar se alegró de nuevo por el renovado castigo de Austria y por el creciente poder de Prusia, el único vasallo fiel —fiel incluso después de los puntapiés de 1849/1850—. La guerra de 1866 trajo consigo la guerra franco-alemana de 1870, y de nuevo el zar se puso del lado de su prusiano “Djadja Molodez”; mantuvo directamente a raya a Austria y privó así a Francia del único aliado que podía salvarla de una derrota total. Pero así como Luis Bonaparte fue burlado en 1866, Alejandro lo fue en 1870 por los rápidos éxitos de las armas alemanas. En lugar de una guerra prolongada que agotara hasta la muerte a ambos contendientes, se sucedieron los golpes rápidos que en cinco semanas derribaron el imperio bonapartista y condujeron prisioneros a sus ejércitos a Alemania.

En aquel entonces sólo había un lugar en Europa donde se comprendió correctamente la situación, y fue en el Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores.

El 9 de septiembre de 1870, éste emitió un Manifiesto en el que se trazaba el paralelo entre 1866 y 1870. La guerra de 1866 se había librado con el consentimiento de Luis Napoleón; pero las victorias y la ampliación del poder prusiano habían bastado para empujar inmediatamente a Francia a una posición hostil contra Prusia. De igual modo, los nuevos éxitos de 1870 y el consiguiente incremento del poder prusiano-alemán obligarían al zar ruso, a pesar de haber apoyado diplomáticamente a Alemania durante la guerra, a la hostilidad contra Alemania. La influencia preponderante de Rusia en Europa tenía como condición necesaria su poder tradicional sobre Alemania, poder que ahora estaba quebrantado. En el momento en que en la propia Rusia empezaba a tornarse amenazador el movimiento revolucionario, el zar no podía soportar esta pérdida de prestigio en el extranjero. Y si Alemania, mediante la anexión de Alsacia-Lorena, empujaba a Francia a los brazos de Rusia, tendría que convertirse en instrumento declarado de los planes de conquista rusos o bien, tras un breve periodo de descanso, prepararse para una guerra contra Rusia y Francia al mismo tiempo, una guerra que fácilmente podría degenerar en una guerra de razas contra el eslavismo y el romanismo aliados.

El nuevo Imperio Alemán le hizo a Rusia el favor de arrancar Alsacia-Lorena de Francia y, con ello, arrojar efectivamente a Francia a los brazos de Rusia. La diplomacia zarista se hallaba ahora en la envidiable situación de saber a los dos países, Francia y Alemania, mortalmente enemistados por este desgarramiento, dependientes de Rusia. Esta situación favorable fue a su vez aprovechada para una arremetida contra Tsargrad, para la guerra turca de 1877. Tras largas luchas, las tropas rusas llegaron en enero de 1878 ante las puertas de la capital turca; entonces aparecieron cuatro acorazados ingleses en el Bósforo y obligaron a los rusos a detenerse ante las torres de la basílica de Santa Sofía y a someter su plan de paz de San Stefano a la revisión de un congreso europeo.

Sin embargo, en apariencia, se había conquistado un éxito enorme. Rumania, Serbia, Montenegro, engrandecidos e independizados por Rusia y, por tanto, en deuda con ella; el cuadrilátero de fortalezas entre el Danubio y los Balcanes, ese fuerte baluarte de Turquía, provisionalmente destruido; el último muro protector de Constantinopla, los Balcanes, arrancado a los turcos y desarmado; Bulgaria y Rumelia Oriental, estados vasallos aparentemente turcos, rusos en realidad; la pérdida de territorio de 1856 en Besarabia, reparada; conquistadas en Armenia nuevas posiciones importantes; Austria, por la ocupación de Bosnia, convertida en cómplice de la partición de Turquía y en necesaria adversaria de todas las aspiraciones de independencia y unidad serbias; finalmente, Turquía, por la pérdida de territorio, el agotamiento y una indemnización de guerra insoportable, reducida a completa dependencia de Rusia, a una posición en la que, según la acertadísima concepción rusa, ya sólo custodiaba el Bósforo y los Dardanelos para Rusia de manera provisional. Así, pareciera que Rusia sólo necesitaba elegir el momento que le pluguiera para tomar posesión de su gran objetivo final, de Constantinopla, “la clef de notre maison”.

Pero en realidad, el panorama era completamente distinto. Si Alsacia-Lorena había empujado a Francia a los brazos de Rusia, la arremetida contra Constantinopla y la Paz de Berlín empujaron a Austria a los brazos de Bismarck. Y con ello volvió a cambiar toda la situación. Las grandes potencias militares del continente se escindieron en dos grandes campamentos militares que se amenazaban mutuamente: aquí, Rusia y Francia; allí, Alemania y Austria. Alrededor de estos dos han de agruparse los Estados más pequeños. Pero esto significa que el zarismo ruso no puede dar el último gran paso, no puede tomar posesión real de Constantinopla, sin una guerra mundial con posibilidades bastante equilibradas, cuya decisión final probablemente no dependerá de las dos partes que abran las hostilidades, sino de Inglaterra. Pues una guerra en la que Austria y Alemania luchen contra Rusia y Francia corta al Occidente entero el suministro de grano ruso por tierra. Pero todos los países del Occidente viven únicamente de la importación de grano del extranjero. Ésta, por tanto, sólo podría hacerse por mar, y la supremacía naval de Inglaterra le permite cortar también este suministro tanto a Francia como a Alemania, es decir, matar de hambre a uno o a otro, según se ponga de uno u otro lado. Pero luchar por Constantinopla en una guerra mundial en la que Inglaterra decide la balanza: ésa es exactamente la situación que la diplomacia rusa ha tratado de evitar durante ciento cincuenta años. Así pues, una derrota.

En realidad, también la alianza con una Francia republicana, cuyas personas gobernantes están sujetas a un cambio constante, no es en absoluto segura para el zarismo y menos aún correspondiente a sus deseos del corazón. Sólo una monarquía francesa restaurada podría ofrecer garantías suficientes como aliada en una guerra tan espantosa como la única posible en la actualidad. De ahí que el zarismo haya tomado desde hace cinco años bajo su protección muy especial a los Orléans; éstos han tenido que emparentar con él, casándose dentro de la familia real danesa, ese puesto avanzado ruso en el Sund. Y para preparar la restauración en Francia de los Orléans, que así se han convertido también en un puesto avanzado ruso, se utilizó al general Boulanger, cuyos propios partidarios en Francia se jactan de que la fuente misteriosa de los fondos tan pródigamente distribuidos por ellos no es otra que el gobierno ruso, que puso a su disposición para su campaña quince millones de francos. De este modo, Rusia se entromete de nuevo en los asuntos internos de los países occidentales, esta vez sin disfraz como sostén de la reacción, y juega el chovinismo impaciente de la burguesía francesa contra el espíritu revolucionario de los obreros franceses.

En general, desde 1878 se pone especialmente de manifiesto cuánto ha empeorado la posición de la diplomacia rusa, desde que los pueblos se permiten cada vez más intervenir en las decisiones, y con éxito. Incluso en la península balcánica, la región donde Rusia actúa ex professo [profesionalmente] como libertadora de pueblos, ya nada quiere salir bien. Los rumanos, en agradecimiento por haber hecho posible la victoria de los rusos ante Plewna, han tenido que ceder de nuevo su pedazo de Besarabia y difícilmente se dejarán engatusar por promesas futuras sobre Transilvania y el Banato. Los búlgaros han acabado por hartarse cordialmente del modo zarista de liberación, como consecuencia de los agentes zaristas enviados a su país; solo los serbios y, en todo caso, los griegos —ambos porque se encuentran fuera de la línea directa de tiro sobre Constantinopla— no han sido todavía espantados. Los eslavos austríacos, a quienes el zar se sintió llamado a liberar de la opresión alemana, han ejercido desde entonces el dominio por sí mismos, al menos en la parte cisleitana del Imperio. La frase de la liberación de los pueblos por el omnipotente zar se ha agotado; a lo sumo puede aplicarse todavía a Creta y Armenia, y con ello ya no se produce ningún efecto en Europa, ni siquiera entre los liberales ingleses cristiano-piadosos; por Creta y Armenia, ni siquiera el admirador del zar Gladstone se arriesga ya a una guerra europea, desde que el americano Kennan ha desvelado ante el mundo entero las infamias con que el zarismo sofoca todo conato de resistencia en su propio imperio.

Y aquí llegamos al punto central. El desarrollo interior de Rusia desde 1856, apoyado por la política del gobierno, ha surtido efecto; la revolución social ha hecho progresos gigantescos; Rusia se occidentaliza cada día más; la gran industria, los ferrocarriles, la transformación de todas las prestaciones en especie en pagos en dinero, y con ello la disolución de los antiguos fundamentos de la sociedad, se desarrollan con velocidad creciente. Pero en la misma proporción se desarrolla también la incompatibilidad del zarismo absoluto con la nueva sociedad en formación. Se forman partidos de oposición, constitucionales y revolucionarios, a los que el gobierno solo puede dominar mediante una brutalidad acrecentada. Y la diplomacia rusa ve acercarse con horror el día en que el pueblo ruso tendrá algo que decir y en que el arreglo de sus propios asuntos internos le quitará el tiempo y el gusto de ocuparse de puerilidades tales como la conquista de Constantinopla, de la India y de la dominación mundial. La revolución que en 1848 se detuvo en la frontera polaca, llama ahora a las puertas de Rusia, y dentro tiene ya bastantes aliados que solo esperan la oportunidad para abrirle la puerta.

Por cierto, si se leen los periódicos rusos, se diría que toda Rusia sueña con la política zarista de conquista; allí todo es chauvinismo, paneslavismo, liberación de los cristianos del yugo turco, liberación de los eslavos del yugo germano-magiar. Pero, en primer lugar, todo el mundo sabe las cadenas que mantienen atada a la prensa rusa; en segundo lugar, el gobierno ha cultivado durante años ese chauvinismo y paneslavismo en todas las escuelas; y en tercer lugar, esa prensa, en la medida en que expresa una opinión independiente, solo refleja el estado de ánimo de la población urbana, es decir, de la burguesía recién formada, que naturalmente está interesada en nuevas conquistas como ampliaciones del mercado ruso. Pero esta población urbana constituye en todo el país una minoría insignificante. Tan pronto como una asamblea nacional dé ocasión a la inmensa mayoría del pueblo ruso, la población rural, de alzar su voz, se oirán cosas muy distintas. Las experiencias que el gobierno ha tenido con los zemstvos y que le obligaron a anular de nuevo los zemstvos, garantizan que una asamblea nacional rusa, solo para superar las más acuciantes dificultades internas, tendrá que poner muy pronto un dique resuelto a toda presión en favor de nuevas conquistas.

La situación europea actual está dominada por tres hechos: 1. la anexión de Alsacia-Lorena a Alemania, 2. el impulso de la Rusia zarista hacia Constantinopla, 3. la lucha entre proletariado y burguesía, que se enciende cada vez con más ardor en todos los países y cuyo termómetro es el movimiento socialista en ascenso en todas partes.

Los dos primeros condicionan la actual agrupación de Europa en dos grandes campos armados. La anexión alemana convierte a Francia en aliada de Rusia contra Alemania; la amenaza zarista sobre Constantinopla convierte a Austria, e incluso a Italia, en aliadas de Alemania. Ambos campos se arman para una lucha decisiva, para una guerra como el mundo no ha visto aún, en la que diez o quince millones de combatientes se enfrentarán en armas. Solo dos circunstancias han impedido hasta hoy el estallido de esta guerra terrible: en primer lugar, el progreso increíblemente rápido de la técnica armamentística, que adelanta cada nuevo modelo de fusil con nuevos inventos antes de que pueda siquiera ser introducido en un ejército; y en segundo lugar, la absoluta incalculabilidad de las posibilidades, la total incertidumbre acerca de quién saldrá finalmente vencedor de esta lucha gigantesca.

Todo este peligro de una guerra mundial desaparece el día en que un giro de los acontecimientos en Rusia permita al pueblo ruso poner un tachón definitivo a la tradicional política de conquista de sus zares y ocuparse de sus propios intereses vitales internos, amenazados hasta el extremo, en lugar de fantasías de dominación mundial.

Ese día, Bismarck pierde todos los aliados contra Francia que la amenaza rusa le ha echado en brazos. Ni Austria ni Italia tienen ya entonces el menor interés en sacarle a Bismarck las castañas del fuego de una gigantesca lucha europea. El Imperio alemán recae en la posición aislada en la que, como dice Moltke, todo el mundo le teme y nadie le ama, tal como es el resultado inevitable de su política. Entonces, también el mutuo acercamiento de la Rusia que lucha por su libertad y de la Francia republicana será tan conforme a la situación de ambos países como inocuo para la situación general europea, y entonces también Bismarck, o quien le suceda, se lo pensará tres veces antes de provocar una guerra con Francia, en la que ni Rusia contra Austria ni Austria contra Rusia le cubren el flanco, en la que ambas se alegrarían de cada derrota que se le infligiera y en la que es muy dudoso que él solo pueda con los franceses. Entonces todas las simpatías estarían del lado de Francia, y esta, en el peor de los casos, estaría segura frente a ulteriores pérdidas territoriales. En lugar de encaminarse hacia la guerra, el Imperio alemán encontraría probablemente tan insoportable el aislamiento que buscaría un sincero arreglo con Francia, y entonces todo el terrible peligro de guerra quedaría eliminado, Europa podría desarmarse, y Alemania sería la que más ganaría de todos.

Austria pierde ese mismo día su única razón histórica de existencia, la de ser una barrera contra el avance ruso hacia Constantinopla. Tan pronto como el Bósforo deje de estar amenazado por Rusia, Europa pierde todo interés en la subsistencia de este complejo de pueblos abigarradamente entremezclados. Igualmente indiferente se vuelve entonces toda la llamada cuestión de Oriente, la subsistencia de la dominación turca en regiones eslavas, griegas y albanesas, y la disputa por la posesión de la entrada al mar Negro, que entonces ya nadie podrá monopolizar frente a Europa. Magiares, rumanos, serbios, búlgaros, arnaútes, griegos y turcos se encontrarán entonces por fin en situación de arreglar sus mutuos puntos de litigio sin injerencia de potencias extranjeras, de deslindar entre sí sus respectivos territorios nacionales, de ordenar sus asuntos internos según su propio criterio. Se pone de manifiesto de golpe que el gran obstáculo para la autonomía y la libre agrupación de los pueblos y fragmentos de pueblos entre los Cárpatos y el mar Egeo no ha sido otro que ese mismo zarismo que ha utilizado la pretendida liberación de esos pueblos como capa para sus planes de dominación mundial.

Francia queda liberada de la posición forzada y antinatural en que la alianza con el zar la tiene emparedada. Si al zar le repugna la alianza con la república, al pueblo revolucionario francés le repugna mucho más el vínculo con el déspota, con el opresor de Polonia y de Rusia. En una guerra al lado del zar, a Francia le estaría vedado, en caso de derrota, emplear su grande y único medio de salvación eficaz, el remedio de 1793, la revolución, la movilización de todas las fuerzas del pueblo mediante el Terror y la propaganda revolucionaria en país enemigo; en ese caso, el zar se aliaría inmediatamente con los enemigos de Francia, ya que los tiempos han cambiado considerablemente desde 1848 y el zar desde entonces ha conocido también en Rusia el Terror por experiencia propia. La alianza con el zar no es, pues, un fortalecimiento para Francia, al contrario: en el momento del máximo peligro, mantiene su espada sujeta en la vaina. Pero si en Rusia ocupa el lugar del poderoso zar una asamblea nacional rusa, entonces la alianza de la Rusia recién liberada con la República francesa es algo natural y obvio, entonces fomenta el movimiento revolucionario en Francia en vez de frenarlo, entonces es una ganancia para el proletariado europeo que lucha por su emancipación. Así pues, también Francia gana con el derrocamiento de la omnipotencia zarista.

Con ello desaparecen todos los pretextos para los desquiciados armamentos que transforman a toda Europa en un campamento militar y hacen que la guerra aparezca casi como una liberación. Incluso el Reichstag alemán tendría entonces que poner pronto un dique a las exigencias de dinero para fines bélicos, que no cesan de crecer.

Y con ello Occidente se hallaría en condiciones de ocuparse, sin ser perturbado por distracciones e injerencias extranjeras, de su tarea histórica actual: del conflicto entre proletariado y burguesía y de la transformación de la sociedad capitalista en la socialista.

Pero el derrocamiento de la autocracia zarista en Rusia también aceleraría directamente este proceso. El día en que caiga el poder zarista, ese último fuerte reducto de la reacción paneuropea, ese día soplará un viento completamente distinto en toda Europa. Pues los gobiernos reaccionarios de Europa lo saben muy bien: a pesar de todas las rencillas con el zar por Constantinopla, etc., pueden llegar momentos en que le arrojen en el regazo Constantinopla, el Bósforo, los Dardanelos y todo lo que exija, con tal de que él los proteja contra la revolución. Por eso, el día en que esta fortaleza principal caiga en manos de la revolución, se habrá acabado hasta el último rescoldo de confianza en sí mismos y de seguridad entre los gobiernos reaccionarios de Europa; se verán entonces abandonados a sí mismos y pronto experimentarán la diferencia que eso supone. ¡Quizá serían capaces de hacer desfilar sus ejércitos para restaurar la autoridad del zar —qué ironía de la historia universal!

Estos son los puntos en virtud de los cuales el Occidente de Europa en general, y en particular el partido obrero de Europa occidental, está interesado, profunda y muy hondamente interesado, en la victoria del partido revolucionario ruso y en el derrocamiento del absolutismo zarista. Europa se desliza como por un plano inclinado, con velocidad creciente, hacia el abismo de una guerra mundial de una extensión y una violencia hasta ahora inauditas. Solo una cosa puede ponerle freno aquí: un cambio de sistema en Rusia. Que este ha de llegar dentro de pocos años, sobre eso no puede haber duda alguna. Ojalá llegue aún a tiempo, antes de que ocurra lo que de otro modo es inevitable.

Londres, fines de febrero de 1890

Notas al pie de Friedrich Engels

(1)
Véase Gülich, "Geschichtliche Darstellung des Handels etc." Jena 1830, tomo II, pp. 201-206.

Variantes del texto

{1}
En el "Time": No solo los socialistas, sino todo partido progresista en cualquier país de Europa occidental

{2}
En el "Time", la última parte de la frase reza: y con ello aplastarían toda posibilidad de progreso bajo el férreo talón del zar

{3}
En el "Time", en lugar de este párrafo se ha insertado el siguiente pasaje: No se puede escribir en Inglaterra sobre la política exterior rusa sin mencionar de inmediato el nombre de David Urquhart. Durante cincuenta años se esforzó incansablemente por familiarizar a sus compatriotas con los objetivos y métodos de la diplomacia rusa, un tema que dominaba a la perfección; pero todo su empeño solo le reportó burla y la fama de ser un charlatán supremamente aburrido y molesto. Ahora bien, el filisteo común incluye en esa categoría a todo aquel que habla persistentemente de cosas desagradables, por importantes que sean. No obstante, Urquhart, que odiaba al filisteo pero no comprendía ni su naturaleza ni la inevitabilidad histórica de su existencia en nuestra época, tenía que fracasar. Siendo él mismo un tory de la vieja escuela, que veía que hasta entonces en Inglaterra solo los tories habían ofrecido resistencia efectiva a Rusia, y que el hacer y el actuar de los liberales ingleses y extranjeros, incluido todo el movimiento revolucionario en el continente, solía redundar en ventaja de esta potencia, Urquhart creía que, para oponer una resistencia real a las intrusiones rusas, había que ser un tory (o bien un turco), y que todo liberal y revolucionario era, consciente o inconscientemente, un instrumento de Rusia. Su constante ocupación con la diplomacia rusa llevó a Urquhart a la convicción de que ésta era algo omnipotente, que era realmente el único factor activo en la historia moderna, en cuyas manos todos los demás gobiernos no eran más que instrumentos pasivos; de modo que no se puede entender —si no se conoce su evaluación igualmente exagerada de la fuerza de Turquía— por qué esta omnipotente diplomacia rusa no se ha apoderado ya hace mucho tiempo de Constantinopla. Para reducir así toda la historia reciente desde la Revolución Francesa a un juego de ajedrez diplomático entre Rusia y Turquía, en el que los demás Estados europeos no son más que piezas de ajedrez de Rusia, Urquhart tuvo que erigirse en una suerte de profeta oriental que, en lugar de simples hechos históricos, proclamaba una doctrina esotérica secreta en un lenguaje misterioso e hiperdiplomático —una doctrina repleta de alusiones a hechos poco conocidos y apenas probados claramente alguna vez— y que proponía como panacea infalible contra la supremacía de la diplomacia rusa sobre la inglesa el restablecimiento de la responsabilidad judicial de los ministros y la sustitución del gabinete por el Consejo Privado. Urquhart fue un hombre de grandes méritos y, además, un auténtico gentleman inglés de la vieja escuela; pero los diplomáticos rusos bien podrían decir: "Si M. Urquhart n'existait pas, il faudrait l'inventer."

{4}
En el "Time": "Progreso" e "Ilustración"

{5}
En el "Time": del "Progreso", de la "Ilustración"

{6}
En el "Time": Y los pueriles liberales de Europa occidental —sin excluir a Gladstone— lo creen hasta el día de hoy

{7}
Insertado en el "Time": mediante la adquisición de algún pequeño principado alemán

{8}
Insertado en el "Time": llamada nórdica

{9}
En el "Time": del lucrativo comercio

{10}
En el "Time", esta parte de la frase reza: para sembrar discordia y cizaña entre los súbditos de sus legítimos aliados

{11}
Insertado en el "Time": y el mantenimiento del statu quo

{12}
En el "Time": liberación de los pueblos oprimidos

{13}
En el "Time", el comienzo y el final de esta frase rezan: A pesar de todo, el mundo contemplaba la política humanitaria del zar ... con desconfianza o, en el mejor de los casos, con indiferencia.

{14}
Griegos del Imperio bizantino

{15}
Insertado en el "Time": un hombre que tomaba la brutalidad por energía y la obstinación caprichosa por fuerza de voluntad, una naturaleza

{16}
Insertado en el "Time": el comandante en jefe del ejército ruso

{17}
En el "Time": el alojamiento de sus soldados en las casas de los (en lugar de: la explotación de los)

{18}
En el "Time", en lugar de las palabras entre paréntesis se ha colocado la siguiente nota al pie: Un código para la población rural que ponía a disposición de los boyardos —la aristocracia terrateniente del país— la mayor parte del tiempo de trabajo del campesino, y ello sin remuneración alguna. Véase más al respecto en Karl Marx, "El Capital", cap. X, pp. 218-222 de la edición inglesa.

{19}
En el "Time": Todo el engranaje de la diplomacia rusa y todas las intrigas urdidas en los años 1825-1830 quedaron al descubierto.

{20}
En el "Time" se ha colocado en este lugar la siguiente nota al pie: La comunidad campesina rusa autoadministrada.

{21}
En el "Time", en lugar del resumen que sigue a continuación, se cita el pasaje correspondiente del "Segundo Manifiesto del Consejo General sobre la Guerra Franco-Alemana"; este pasaje comienza con las palabras: "Exactamente igual que en 1865 se intercambiaron promesas entre Luis Bonaparte y Bismarck" y termina: "en una guerra de razas contra las razas aliadas de los eslavos y los romanos".

{22}
En el "Time" se ha colocado en este lugar la siguiente nota al pie: Inglaterra podría arreglárselas, en una guerra convencional con una o dos potencias continentales, sin los derechos marítimos que durante tanto tiempo reivindicó y a los que finalmente renunció mediante la Declaración de París de 1856. Estas últimas, en nuestra era del ferrocarril, incluso en caso de bloqueo naval, siempre serían abastecidas por tierra con todos los suministros deseados por vecinos neutrales; precisamente en esto consistió el principal servicio que Prusia prestó a Rusia durante la Guerra de Crimea. Pero en una guerra europea como la que ahora nos amenaza, todo el continente estaría dividido en grupos hostiles. El mantenimiento de la neutralidad se haría imposible a la larga; el comercio entre los países por vía terrestre quedaría casi completamente interrumpido, si no del todo. En tales circunstancias, Inglaterra podría lamentar haber renunciado a sus derechos marítimos. Por otra parte, sin embargo, una guerra así revelaría también toda la fuerza y el efecto de la superioridad naval de Inglaterra, y probablemente no se necesitaría más que eso.

{23}
En el "Time" se ha insertado aquí el siguiente párrafo: Los diplomáticos en San Petersburgo no han pasado por alto lo importante que es desbaratar una eventual resistencia de Inglaterra al establecimiento definitivo de Rusia en el Bósforo. Después de la Guerra de Crimea, y particularmente después de la insurrección india de 1857, la conquista de Turquestán, ya intentada en 1840, se convirtió en una tarea urgente. Con la conquista de Tashkent en 1865, Rusia se creó una base de apoyo en el Jaxartes; en 1868 fueron anexionadas Samarcanda, en 1875 Kokand, y los kanatos de Bujará y Jiva sometidos a vasallaje de Rusia. Luego comenzó el penoso avance sobre Merv desde el ángulo sudoriental del mar Caspio; en 1881 fue tomada Geok-Tepe, el primer puesto avanzado importante en el desierto, en 1884 capituló Merv, y ahora el ferrocarril transcaspio cierra la brecha en la línea de comunicación rusa entre Mijáilovsk, en el mar Caspio, y Chardzhóu, en el Oxus. Sin embargo, la posición actual de los rusos en Turquestán está aún muy lejos de ser una base segura y suficiente para un ataque a la India. Pero evoca, en cualquier caso, el gran peligro de una futura invasión y es una causa de constante agitación entre la población indígena. Mientras el dominio inglés en la India no tropezó con ningún rival eventual, incluso la insurrección de 1857 y su represión atroz pudieron ser considerados como acontecimientos que, en última instancia, consolidan el dominio de Inglaterra. Pero cuando una potencia militar europea de primer orden se establece en Turquestán, convierte a Persia y Afganistán por la fuerza o la persuasión en sus vasallos y avanza lenta pero seguramente en dirección al Hindukush y las montañas de Suleimán, entonces la cosa cambia por completo. El dominio inglés deja de ser para la India un destino inalterable; ante los nativos se abre una segunda alternativa; lo que la fuerza ha creado, la fuerza puede también destruirlo; y cada vez que Inglaterra intente ahora cerrar a Rusia el camino del Mar Negro, Rusia tratará de causar a Inglaterra disgustos en la India. A pesar de todo esto, sin embargo —Inglaterra posee un poder marítimo tal que, en una guerra general como la que ahora parece avecinarse, puede aún causar a Rusia con mucho más daño del que Rusia puede causar a Inglaterra.

{24}
En el "Time": liberación de los pueblos cristianos oprimidos

{25}
Insertado en el "Time": desde que se conocen el flagelamiento hasta la muerte de Madame Sihida y otras "atrocidades" rusas

{26}
Insertado en el "Time": (Consejos de condado)

{27}
En el "Time": el Imperio Alemán

{28}
En el "Time": del emperador alemán

{29}
Insertado en el "Time": armenios

{30}
En el "Time": solución de los problemas económicos conexos (en lugar de: transformación de la sociedad capitalista en la socialista)

{31}
En el "Time": señores de Berlín y Viena (en lugar de: gobiernos reaccionarios de Europa)

{32}
En el "Time", en lugar de esta frase se han insertado los siguientes pasajes: Quizás el emperador alemán podría dejarse seducir para enviar un ejército a restaurar la autoridad del zar —no podría haber mejor camino para él hacia la destrucción de su propia autoridad.

No cabe duda alguna de que Alemania se acerca a pasos rápidos a una revolución —con total independencia de cualesquiera posibles acciones de Rusia o Francia. Las últimas elecciones al Reichstag mostraron que las fuerzas de los socialistas alemanes se duplican cada tres años; que los socialistas alemanes son hoy el partido más fuerte del Imperio, el partido que reúne 1.427.000 votos de un total de siete millones, y que todas las leyes penales y de excepción fueron completamente incapaces de detener su avance. Los socialistas alemanes, dispuestos a aceptar eventuales concesiones económicas del joven emperador a la clase obrera como un pago a cuenta de lo que se les adeuda, están al mismo tiempo firmemente decididos —y esta decisión, después de diez años de persecuciones, es más inquebrantable que nunca— a reconquistar la libertad política conquistada en 1848 en las barricadas de Berlín, pero en gran parte perdida de nuevo bajo Manteuffel y Bismarck. Saben que sólo esta libertad política les dará los medios para alcanzar la liberación económica de la clase obrera. Pese a ciertos indicios aparentemente contrarios, nos hallamos en vísperas de una lucha entre los socialistas alemanes y el emperador, el representante del régimen personal y paternal. En esta lucha, el emperador tendrá que ser finalmente derrotado. Los informes electorales muestran que los socialistas logran rápidos progresos incluso en los distritos rurales, mientras que las grandes ciudades les pertenecen prácticamente por entero; y en un país en el que todo joven sano es soldado, eso significa el paso gradual del ejército al socialismo. Basta con que se produzca un súbito cambio de sistema en Rusia, y el efecto sobre Alemania sería colosal; tendrá que acelerar la crisis y duplicar las posibilidades de los socialistas.