Friedrich Engels

Escrito entre el 9 y el 15 de septiembre de 1890. Según el borrador manuscrito. Del francés.

El congreso obrero internacional

En el congreso de las Trade-Unions inglesas de Liverpool (septiembre de 1890), el Consejo Nacional del Partido Obrero Belga ha invitado a las Trade-Unions al congreso internacional que se celebrará el próximo año en Bélgica.

Los belgas han recibido del congreso posibilista el encargo de convocar un congreso internacional en Bélgica. El congreso marxista (empleo esta denominación por brevedad) les ha dado, así como a los suizos, el encargo de convocar un congreso solo conjuntamente; el lugar del congreso no ha sido fijado todavía.

En la medida en que no se trate de una ambigüedad intencionada, los belgas han invitado, pues, a los ingleses al congreso posibilista, el único congreso para cuya convocatoria tenían mandato exclusivo. Y los ingleses han aceptado con entusiasmo.

Será imposible hacer comprender a las nuevas Trade-Unions de los modestos trabajadores manuales que se ha abusado de su buena fe; que en 1891 habrá dos congresos, uno bueno y otro malo, y que han prometido asistir precisamente al malo. Esta no es solo mi opinión personal, sino también la de las personas que más se han esforzado por incorporar a las Trade-Unions al movimiento internacional. La campaña que el "Sozialdemokrat" emprendió en 1889 contra los amigos de los posibilistas en Inglaterra no podría repetirse esta vez con el mismo éxito. Si ha de haber dos congresos, ¿por qué entonces no se nos ha invitado también al otro, para que hubiéramos podido elegir? Ahora es demasiado tarde. Así dirán estos hombres prácticos. Han aceptado la invitación de los belgas y asistirán al congreso que tenga lugar en Bélgica. Esto es absolutamente seguro; a no ser que los belgas y los posibilistas los rechacen con estupideces increíbles; pero no cometerán tales estupideces.

Esta situación es la consecuencia inevitable de los errores cometidos por el congreso marxista. Se ha dejado sin resolver la cuestión más importante, la del futuro congreso. Peor aún, se ha hecho casi imposible cualquier solución al confiar la convocatoria del congreso a dos comités nacionales, el belga y el suizo, sin cuyo previo acuerdo no podría darse el más mínimo paso; el medio más seguro de que no suceda nada. Además, los belgas, como después de la Conferencia de La Haya, se han dejado guiar por sus propios intereses, en lugar de atenerse al marco del mandato recibido. Han querido asegurarse un congreso en Bélgica, y lo convocan sin preocuparse de sus comisionados conjuntos, los suizos. De ninguna manera quiero poner en duda la sinceridad y las buenas intenciones del Consejo Nacional belga; pero en la práctica, con su proceder, ayuda a los posibilistas en contra nuestra. En lugar de culpar a los otros, deberíamos reconocer que esto no es sino la consecuencia de nuestros propios errores. (No los critiquemos demasiado; el mandato que les dimos les invitaba directamente a no tomarlo al pie de la letra.)

Nos hemos metido, por así decirlo, en un callejón sin salida, en una situación en la que no podemos movernos, mientras nuestros rivales actúan. ¿Cómo salir de aquí?

En primer lugar, no hay duda de que se producirán por más de una parte nuevos intentos de impedir el "escándalo" de dos congresos obreros rivales. No podemos rechazar estos intentos; por el contrario, para nosotros es del mayor interés que la responsabilidad del "escándalo", si se repite, recaiga sobre los posibilistas y sus aliados. Cualquiera que tenga un poco de experiencia en el movimiento internacional sabe que, en caso de escisión, quien la ha provocado o parece haberla provocado siempre tiene la culpa a los ojos de los obreros. Por tanto, si en 1891 hay dos congresos, tendremos que actuar de modo que no se nos pueda atribuir la culpa de ello.

Si es indudable que tales intentos de unificación se producirán, ¿debemos entonces esperarlos pasivamente? Correríamos entonces el riesgo de que los posibilistas y sus aliados nos presentaran en el último minuto un ultimátum lleno de las trampas conocidas (las conocemos), trampas disimuladas bajo un aturdidor torrente de palabras, de manera que el gran público no sospeche nada malo, mientras nosotros no podríamos aceptarlo; ¡entonces nos encontraríamos en la agradable situación de aceptar la propuesta e ir a caer en la red con los ojos abiertos o de rechazarla y cargar ante los obreros con la responsabilidad de haber impedido, por una inexplicable testarudez, la unidad socialista!

En resumen, la situación es para nosotros insoportable. Debemos escapar de ella. Pero ¿cómo? Actuando. No nos fiemos más del mandato dado a los belgas y a los suizos; tomemos el asunto en nuestras propias manos.

¿Tendríamos que lamentar la unificación de los dos congresos? Examinemos la cuestión.

Podemos contar con seguridad con 1. los colectivistas y blanquistas franceses (si bien el número de estos últimos se ha reducido por la masa que se pasó al campo de los boulangistas), 2. los alemanes, 3. los austriacos, 4. los socialistas españoles, 5. los daneses "revolucionarios", 1/5 de los socialistas daneses, 6. los suecos y tal vez algunos noruegos, 7. los suizos, 8. los emigrados rusos y polacos.

El congreso rival con nosotros se compondría de 1. los posibilistas franceses, 2. las Trade-Unions inglesas, representadas en masa, y la Federación Socialdemócrata inglesa, que se ha beneficiado del auge general del movimiento en Inglaterra, 3. los belgas, 4. los holandeses, 5. los sindicatos españoles de Barcelona, etc., 6. probablemente los sindicatos portugueses, 7. los italianos, 8. los daneses "reformistas", 4/5 de todos los socialistas de Dinamarca, que tal vez atraigan a algunos noruegos.

Según las circunstancias, los belgas y los holandeses podrían enviar también sus delegados al nuestro; y de los suizos, en cambio, también cabría confiar en que enviaran algunos delegados al congreso posibilista.

De aquí se desprende que esta vez los posibilistas tendrían un ejército mucho más imponente que en 1889. Si nosotros contamos con los alemanes, los posibilistas lo compensarán con los ingleses, perdidos para nosotros por nuestra inactividad y torpeza; en todo lo demás tendrán tantas nacionalidades como nosotros, si no más. Y con su habilidad en la fabricación de mandatos ficticios y representantes ficticios, nos dejarán muy atrás. Añadamos que, si continuáramos con este sistema de inactividad seguido hasta ahora por nosotros, la culpa de la escisión recaería ciertamente sobre nosotros, lo que traería consigo una nueva reducción del número de participantes en nuestro congreso.

Supongamos ahora que la unificación se hubiera llevado a cabo. Entonces nuestras fuerzas se verían reforzadas por todos aquellos a quienes el "escándalo" de la escisión había llevado hasta ahora a mantenerse neutrales: los belgas, holandeses, italianos; atraerán sin duda a nuestro lado a las nuevas Trade-Unions inglesas, con su excelente número de miembros, todavía no del todo resistentes, pero honrados e inteligentes. Allí hemos echado ya raíces; el contacto con los colectivistas franceses y los alemanes bastaría para que se aproximaran más a nosotros, tanto más cuanto que la Federación Socialdemócrata, cuyos aires dictatoriales los rechazan, es la aliada fanática de los posibilistas. Los belgas solo quieren congresos en los que puedan desempeñar un papel dirigente, para lo cual los posibilistas les han ayudado y, ante todo, quieren un gran congreso en Bruselas. Si nosotros contribuimos a que la unificación se realice en ellos, los flamencos, el mejor elemento de sus filas, estarán de nuestro lado y equilibrarán las tendencias posibilistas de los bruselenses. Los holandeses son partidarios fanáticos de la unificación, pero están muy lejos de ser posibilistas.

¿Cuáles son las condiciones indispensables para nosotros?

1. Que el congreso común sea convocado por los mandatarios de los dos congresos de 1889. Los belgas lo convocarán en virtud del mandato posibilista, y los belgas y los suizos lo convocarán conjuntamente en virtud de nuestro mandato; la forma debe determinarse.

2. Que el congreso sea su propio dueño. Los reglamentos, los órdenes del día, las resoluciones de los congresos anteriores no existen para él. Él mismo determina su reglamento, el modo de verificación de mandatos y su orden del día, sin dejarse atar por precedente alguno. Ningún comité, ya sea nombrado por uno de los congresos anteriores o formado durante las negociaciones de unificación, tiene derecho a atar al congreso a nada.

3. Las condiciones para la representación de las diferentes sociedades obreras y las proporciones en que estarán representadas se fijan de antemano (sería deseable que hubiera propuestas concretas, pero no me corresponde a mí hacerlas).

4. Un comité, cuya composición debe determinarse, será encargado de preparar un proyecto de reglamento, del procedimiento de verificación de mandatos y un proyecto de orden del día, y de someterlos a la confirmación del congreso.

Los holandeses son partidarios fanáticos de la unificación, pero están muy lejos de ser posibilistas.