El 4 de mayo en Londres
Escrito entre el 5 y el 21 de mayo de 1890.
["Arbeiter-Zeitung" n.º 21 del 23 de mayo de 1890]

La celebración de mayo del proletariado ha hecho época no solo por su universalidad, que la convirtió en el primer acto internacional de la clase obrera combatiente. Ha servido también para constatar progresos sumamente alentadores en los distintos países. Amigos y enemigos están de acuerdo en que, en todo el continente, ha sido Austria, y en Austria Viena, la que ha celebrado del modo más brillante y digno la fiesta del proletariado, y que la clase obrera austriaca, y en primer lugar la vienesa, se ha conquistado con ello una posición completamente distinta en el movimiento. Hace pocos años aún, el movimiento austriaco casi había quedado reducido a cero, los obreros de los países de la Corona de habla alemana y eslava estaban divididos en partidos hostiles y desgastaban sus fuerzas en luchas internas; quien hace apenas tres años hubiera afirmado que el 1 de mayo de 1890 Viena y toda Austria darían a todos los demás el ejemplo de cómo celebrar una fiesta de clase proletaria, habría sido tomado a risa. Haríamos bien en no olvidar esta realidad cuando juzguemos las discordias de las luchas internas en que los obreros de otros países aún hoy consumen sus fuerzas, como, por ejemplo, en Francia. ¿Quién se atrevería a afirmar que París no podrá hacer lo que ha hecho Viena?

Pero Viena ha sido eclipsada por Londres el 4 de mayo. Y lo que considero la parte más importante y grandiosa de toda la fiesta de mayo es que el 4 de mayo de 1890 el proletariado inglés, despertado de un letargo invernal de cuarenta años, ha vuelto a ingresar en el movimiento de su clase. Para comprenderlo, es indispensable la prehistoria del 4 de mayo.

A principios del año pasado, el mayor y más miserable barrio obrero del mundo, el East End de Londres, entró paulatinamente en movimiento. El 1 de abril de 1889 se fundó el sindicato de oficio de los gasistas y de los trabajadores manuales en general (Gas Workers' and General Labourers' Union); cuenta hoy con cerca de 100.000 miembros. Esencialmente gracias a la cooperación de este sindicato interesado (muchos son gasistas en invierno y trabajadores del muelle en verano), se puso en marcha la gran huelga de los estibadores y sacudió incluso a los sedimentos más bajos de la clase obrera londinense, sacándolos de su estancamiento. Ahora se formaban, entre estos obreros en su mayoría no calificados, sindicatos de oficio uno tras otro, mientras que los ya existentes allí, que hasta entonces se mantenían a duras penas, florecían rápidamente. Pero la diferencia entre estos nuevos trade unions y los antiguos era muy grande. Los antiguos, que abarcan a los obreros “calificados”, son exclusivistas; excluyen a todos los obreros no formados gremialmente y se crean así una competencia no gremial contra sí mismos; son ricos, pero cuanto más ricos, más degeneran en meras cajas de enfermedad y de defunción; son conservadores y se mantienen apartados del socialismo en todo lo posible y mientras pueden. Los nuevos, los de los “no calificados”, por el contrario, aceptan a cualquier compañero de oficio; son esencialmente, y los gasistas incluso exclusivamente, asociaciones de huelga y cajas de huelga; y aunque todavía no son socialistas uno a uno, quieren a toda costa que sus dirigentes sean únicamente socialistas y no otros. Pero la propaganda socialista ya llevaba años en activo en el East End, y aquí fueron especialmente la señora E. Marx-Aveling y su esposo, Eduard Aveling, quienes desde hacía cuatro años habían descubierto en los “clubes radicales”, compuestos casi exclusivamente por obreros, el mejor campo de propaganda y lo habían cultivado con perseverancia, y, como ahora se ha visto, con el mayor éxito. Durante la huelga de los estibadores, la señora Aveling fue una de las tres mujeres que se encargaron de la distribución de los auxilios y que, en agradecimiento, fueron calumniadas por el señor Hyndman, el desertor de Trafalgar Square, como si se hubieran hecho pagar por ello tres libras esterlinas semanales de la caja de huelga. La huelga de Silvertown, también en el East End, el pasado invierno, la dirigió casi por completo sola la señora Aveling, y representa a una sección femenina fundada allí por ella en el comité de los gasistas.

Los gasistas se habían conquistado en el pasado otoño, aquí en Londres, la jornada laboral de ocho horas, pero la habían vuelto a perder en una desafortunada huelga en la parte sur de la ciudad y habían recibido pruebas suficientes de que tampoco en la parte norte de Londres estaba esa conquista asegurada para siempre. ¿Qué tiene, pues, de extraño que aceptaran de buen grado la propuesta de la señora Aveling de iniciar en Londres la celebración de mayo, decidida en el Congreso de París, en favor de la jornada legal de ocho horas? Junto con algunos grupos socialistas, los clubes radicales y los demás trade unions del East End, constituyeron un Comité Central que debía organizar una gran manifestación con este fin en Hyde Park. Como se puso de manifiesto que todo intento de celebrar esta manifestación el jueves 1 de mayo tendría que fracasar necesariamente este año, se acordó trasladarla al domingo 4.

Para que, en lo posible, participaran todos los obreros londinenses, el Comité Central invitó, con ingenua candidez, también al London Trades Council. Se trata de un organismo compuesto por delegados de los trade unions de Londres, y concretamente de los sindicatos más antiguos de obreros “calificados”, en el cual, como era de esperar, el elemento antisocialista tiene por ahora la mayoría. El Trades Council vio que el movimiento por la jornada de ocho horas amenazaba con desbordarlo. Los antiguos trade unions también están a favor de una jornada de trabajo de ocho horas, pero no de una fijada legalmente. Por jornada de ocho horas entienden que se pague por ocho horas el salario normal diario —tanto por hora—, pero que esté permitido trabajar cualquier número de horas extraordinarias al día, a condición de que cada hora extra se pague más alta, digamos una vez y media o dos veces la hora normal. Se trataba, pues, de encauzar la manifestación hacia ese tipo de jornada a conquistar mediante “libre” acuerdo, pero que en ningún caso se hiciera obligatoria por ley parlamentaria. Con este fin, el Trades Council se alió con la Social Democratic Federation del mencionado señor Hyndman, una sociedad que se presenta como la única iglesia salvadora del socialismo inglés, que con toda consecuencia ha sellado una alianza a vida o muerte con los posibilistas franceses y ha enviado delegados a su congreso, y que por tanto consideró desde el primer momento la fiesta de mayo acordada por el congreso marxista como un pecado contra el Espíritu Santo. También a ella la estaba desbordando el movimiento; pero adherirse al Comité Central habría significado situarse bajo la dirección de los “marxistas”; en cambio, si el Trades Council tomaba el asunto en sus manos y la fiesta se celebraba el día 4 en vez del 1 de mayo, ya no sería la perversa fiesta de mayo “marxista” y se podía participar. Aunque la Federación Socialdemócrata lleva en su programa la jornada legal de ocho horas, aceptó con alegría la mano que le tendía el Trades Council.

Los nuevos aliados, extraños compañeros de cama como eran, cometieron entonces una jugarreta contra el Comité Central que en la práctica política de la burguesía inglesa sería considerada no sólo como permitida, sino como muy hábil, pero que los obreros europeos y americanos probablemente calificarán de extremadamente ordinaria. En efecto, para las asambleas populares en Hyde Park, los organizadores tienen que notificar previamente su intención al Ministerio de Obras Públicas (Board of Works) y concertar con él los detalles, especialmente obtener permiso para llevar al césped los carruajes que hayan de servir de tribunas. Existe la regla de que, una vez notificada una asamblea, no puede celebrarse otra el mismo día en el parque. El Comité Central aún no había hecho esta notificación; pero apenas se enteraron las corporaciones coaligadas en su contra, se apresuraron a anunciar una asamblea en el parque para el 4 de mayo y se hicieron conceder siete tribunas, y todo ello a espaldas del Comité Central.

Con esto creyeron el Trades Council y la Federación haber alquilado el parque para el 4 de mayo y tener la victoria en el bolsillo. El primero convocó entonces una asamblea de delegados de los trade unions, a la que se invitó también a dos delegados del Comité Central; éste les envió tres, entre ellos a la señora Aveling. El Trades Council se presentó ante ellos como el amo de la situación. Comunicó que sólo sindicatos de oficio, y por tanto ningún club socialista o político, podían participar en la manifestación y llevar banderas; cómo iba a manifestarse allí la Federación Socialdemócrata seguía siendo un enigma. Había redactado ya la resolución que debía presentarse a la asamblea, y en ella estaba tachada la reivindicación de la jornada de ocho horas legal; una propuesta para volverla a incluir no fue admitida ni a debate ni a votación. Y, por último, se negó a admitir a la señora Aveling como delegada por no ser una trabajadora manual (lo cual no es cierto), a pesar de que su propio presidente, el señor Shipton, no ha dado un solo golpe en su oficio desde hace por lo menos quince años.

Los obreros del Comité Central estaban indignados por la jugarreta que les habían hecho. La manifestación parecía haber caído definitivamente en manos de dos corporaciones que sólo representaban a pequeñas minorías de los obreros de Londres. No parecía quedar más recurso que el asalto a las tribunas del Trades Council con que amenazaban los gasistas. — Entonces Eduard Aveling acudió al Ministerio y, pese a la norma en contrario, consiguió para el Comité Central el derecho de instalar también siete tribunas en el parque. El intento de escamotear la manifestación en interés de la minoría había fracasado; el Trades Council recogió velas y se alegró de poder negociar con el Comité Central, en pie de igualdad, la organización de la manifestación.

Esta prehistoria es preciso conocerla para apreciar el carácter y la significación de la manifestación. Sugerida por los obreros del East End recién ingresados en el movimiento, halló una acogida tan general que dos elementos, no menos hostiles entre sí que ambos juntos a la idea fundamental de la manifestación, se vieron obligados a aliarse para arrebatar la dirección y explotar la asamblea en su propio sentido. Aquí el conservador Trades Council, que predica la igualdad de derechos del capital y el trabajo; allí la Sozialdemokratische Föderation, que hace de radical y, en todas las ocasiones no peligrosas, esgrime la revolución social; y ambos, aliados para una burda maniobra, a fin de sacar capital de una manifestación profundamente odiada por ambos. La asamblea del 4 de mayo quedó escindida por estos acontecimientos en dos partes: de un lado, los obreros conservadores, cuyo horizonte no va más allá del sistema del trabajo asalariado, y, junto a ellos, una secta socialista mezquina, pero ávida de dominio; del otro, la gran masa de los obreros recién ingresados en el movimiento, que no quieren oír nada ya del manchesterismo de los viejos trade unions y quieren conquistar por sí mismos su emancipación plena, y precisamente con aliados elegidos por ellos mismos, no con los prescritos por una pequeña camarilla socialista. De un lado, el estancamiento, representado por trade unions que aún no se han liberado por completo del espíritu gremial, y por una secta de miras estrechas que se apoya en los aliados más andrajosos; del otro, el movimiento vivo y libre del proletariado inglés que vuelve a despertar. Y la evidencia mostró hasta al más ciego dónde, en esta asamblea doble, estaba la vida fresca y dónde el estancamiento. En torno a las siete tribunas del Comité Central, densas e incontables muchedumbres, acercándose con música y banderas, más de cien mil en el cortejo, reforzadas por casi otras tantas que habían llegado individualmente; en todas partes unanimidad y entusiasmo, y sin embargo orden y organización. Ante las tribunas de los reaccionarios unidos, en cambio, todo parecía lánguido; su cortejo, mucho más débil que el otro, mal organizado, desordenado y en gran parte retrasado, de modo que allí se empezaba en algunos sitios cuando el Comité Central ya había terminado. Mientras los dirigentes liberales de algunos clubes radicales y los funcionarios de ciertos trade unions se habían adherido al Trades Council, los miembros de esas mismas asociaciones, sí, incluso cuatro sucursales enteras de la Sozialdemokratische Föderation, marcharon con el Comité Central. Pese a todo, el Trades Council obtuvo todavía un éxito de estima, pero el éxito arrollador correspondió al Comité Central.

Pero lo que los numerosos políticos burgueses que asistían como espectadores se llevaron a casa como efecto de conjunto es la certeza de que el proletariado inglés, que desde hace ya cuarenta años cabales ha venido haciendo de rabo y ganado de votos del gran Partido Liberal, ha despertado por fin a una nueva vida y acción independientes. Y sobre ello no cabe duda: el 4 de mayo de 1890, la clase obrera inglesa ha ingresado en el gran ejército internacional. Y éste es un hecho que hace época. El proletariado inglés se asienta sobre el desarrollo industrial más avanzado y posee, además, la mayor libertad de movimiento político. Su largo letargo invernal —consecuencia, por una parte, del fracaso del movimiento cartista de 1836-1850 y, por otra, del colosal auge industrial de 1848-1880— ha terminado por fin. Los nietos de los viejos cartistas entran en la línea de batalla. Desde hace ocho años se venía agitando la masa amplia, ora aquí, ora allá. Han surgido grupos socialistas, pero ninguno ha pasado del estado de secta; agitadores y supuestos jefes de partido, entre ellos también meros especuladores y arribistas, se quedaban en oficiales sin soldados. Era casi siempre la famosa Columna de Robert Blum de la campaña de Baden de 1849: un coronel, once oficiales, un corneta y un soldado. Y las rencillas de estas diversas Columnas de Robert Blum entre sí por la jefatura del futuro ejército proletario no eran en modo alguno edificantes. Esto cesará pronto, tal como ha cesado en Alemania y en Austria. El imponente movimiento de las masas pondrá fin a todas estas sectas y grupúsculos, absorbiendo a los soldados y asignando a los oficiales el puesto que les corresponde. Al que no le guste, que se largue. No ocurrirá sin fricciones, pero ocurrirá, y en menos tiempo del que muchos esperan, el ejército proletario inglés será tan unido, tan bien organizado, tan resuelto como cualquier otro, y será saludado con júbilo por todos sus camaradas del continente y de América.