"Y cuando Engels califica ahora nuestra oposición de 'revuelta estudiantil', le ruego que me muestre dónde hemos sostenido concepciones distintas de las suyas y de las del propio Marx; y cuando yo he presentado a nuestra socialdemocracia parlamentaria como de carácter en parte muy pequeñoburgués, Engels no tiene más que mirar lo que escribió en 1887 en el prólogo a su 'Contribución al problema de la vivienda'."

Mi trato con escritores alemanes me ha enriquecido desde hace años con experiencias de lo más singulares. Pero parece que todavía ha de volverse más grato. He de decir al señor Paul Ernst dónde "nosotros" hemos sostenido concepciones distintas, etc. Pues bien, respecto del "nosotros", esa "oposición" que recientemente se presentó con tanta grandilocuencia y se retiró con tanta pusilanimidad, a la que califiqué de revuelta de literatos y estudiantes, podemos despacharlo en breve: en casi todos los artículos que han echado a rodar.

En cuanto al propio señor Ernst, ya no necesito decírselo. Se lo dije, en efecto, hace ya cuatro meses, y ahora, de grado o por fuerza, he de importunar al público con esta correspondencia mía con el señor Ernst.

El 31 de mayo de este año, el señor Ernst me escribió desde Görbersdorf que el señor Hermann Bahr le reprocha en la "Freie Bühne" aplicar incorrectamente el método marxista de concepción de la historia en relación con el movimiento femenino nórdico, y que yo le gustaría
"en unas líneas comunicarle si mi opinión corresponde a la de Marx o no, y además permitirme el uso de la carta contra Bahr".

A esto respondí el 5 de junio que no podía inmiscuirme en su disputa con el señor Bahr. El "movimiento femenino nórdico" me era totalmente desconocido. Y luego proseguí:

"En lo que respecta a su intento de tratar la cosa materialistamente, debo decir ante todo que el método materialista se convierte en su contrario cuando no se lo maneja como hilo conductor en el estudio histórico, sino como un molde ya hecho conforme al cual se recortan los hechos históricos. Y si el señor Bahr cree sorprenderle a usted en ese camino equivocado, me parece que no le falta una pequeña sombra de razón.

Usted subsume toda Noruega y todo lo que allí ocurre bajo la única categoría de pequeñoburguesía, y luego le endosa sin reparos a esa pequeñoburguesía noruega su concepción de la pequeñoburguesía alemana. Ahora bien, dos hechos se interponen en el camino.

Primero: cuando en toda Europa la victoria sobre Napoleón se presentó como la victoria de la reacción sobre la revolución, y sólo en su patria francesa la revolución infundía aún tanto miedo como para arrancar a la legitimidad restaurada una constitución burguesa liberal, Noruega encontró la oportunidad de darse una constitución mucho más democrática que ninguna de las contemporáneas en Europa.

Y en segundo lugar, Noruega ha experimentado en los últimos veinte años un auge literario como, excepto Rusia, ningún otro país puede mostrar en el mismo período. Sean o no pequeñoburgueses, esa gente rinde mucho más que los demás e imprimen su sello también a otras literaturas, y no en menor medida a la alemana.

Estos hechos hacen necesario, a mi juicio, examinar en alguna medida las peculiaridades de la 'pequeñoburguesía' noruega.

Y entonces probablemente encontrará usted que sale a la luz una diferencia muy esencial. En Alemania, la pequeñoburguesía es fruto de una revolución fracasada, de un desarrollo interrumpido y reprimido, y ha recibido su carácter peculiar, anormalmente acentuado, de cobardía, estrechez de miras, impotencia e incapacidad para toda iniciativa, a causa de la guerra de los Treinta Años y del período subsiguiente, justamente cuando casi todos los demás grandes pueblos se elevaban con rapidez. Este carácter le ha quedado aun cuando el movimiento histórico volvió a apoderarse de Alemania; fue lo bastante fuerte para imponerse también, en mayor o menor medida, a todas las demás clases sociales alemanas como tipo general alemán, hasta que por fin nuestra clase obrera rompió esas estrechas barreras. Los obreros alemanes son precisamente 'apátridas' en el peor sentido, en cuanto se han sacudido por completo la estrechez pequeñoburguesa alemana.

Así, pues, la pequeñoburguesía alemana no es una fase histórica normal, sino una caricatura llevada al extremo, un fenómeno de degeneración, exactamente como el judío polaco es la caricatura del judío. El pequeño burgués inglés, francés, etc., no está de ningún modo al mismo nivel que el alemán.

En Noruega, por el contrario, la pequeña propiedad campesina y la pequeña burguesía, con una ligera mezcla de burguesía media — tal como existía aproximadamente en Inglaterra y Francia en el siglo XVII — constituyen desde hace varios siglos el estado normal de la sociedad. Aquí no se trata de un retroceso violento a condiciones anticuadas por una gran revolución fracasada y una guerra de Treinta Años. El país ha quedado rezagado por el aislamiento y las condiciones naturales, pero su estado corresponde plenamente a sus condiciones de producción y es, por tanto, normal. Sólo muy recientemente ha entrado en el país, de manera esporádica, un poco de gran industria, pero no hay espacio para la palanca más poderosa de la concentración del capital, la Bolsa. Y además actúa como factor conservador precisamente la enorme expansión del comercio marítimo. Pues mientras en todas partes el vapor desplaza a los barcos de vela, Noruega expande enormemente su navegación a vela y posee, si no la mayor, seguramente la segunda flota velera del mundo, en su mayor parte en propiedad de pequeños y medianos armadores, como en Inglaterra, digamos, hacia 1720. Con todo, ello ha introducido movimiento en la vieja existencia estancada, y este movimiento se expresa también en el auge literario.

El campesino noruego jamás fue siervo de la gleba, y esto confiere a todo el desarrollo, de manera similar a Castilla, un trasfondo completamente distinto. El pequeñoburgués noruego es hijo del campesino libre y, en estas circunstancias, es todo un hombre frente al degenerado filisteo alemán. Y cualesquiera que sean los defectos de los dramas de Ibsen, por ejemplo, estos nos reflejan un mundo que, aunque pequeñoburgués y de burguesía media, es completamente distinto del alemán, un mundo en el que la gente tiene todavía carácter e iniciativa y actúa de manera autónoma, aunque a menudo, según conceptos extranjeros, resulte extraña. Prefiero conocer a fondo estas cosas antes de juzgarlas."

Así pues, he dicho al señor Ernst, aunque en forma cortés pero no por ello menos clara y precisa, "dónde", a saber, en el artículo de la "Freie Bühne" que él mismo me envió. Cuando le explico que utiliza la concepción marxista como un molde puramente mecánico, conforme al cual recorta los hechos históricos, eso es precisamente un ejemplo del "grave malentendido" de esa misma concepción que yo reprochaba a los señores. Y cuando, a renglón seguido, le demuestro con su propio ejemplo, Noruega, que su molde de la pequeñoburguesía aplicado a Noruega según el patrón alemán contradice los hechos históricos, con ello le pruebo de antemano y en su propia persona la "profunda ignorancia de los hechos históricos decisivos en cada caso" que también he echado en cara a esos señores.

Y ahora contémplese la mojigata pudibundez con que el señor Ernst se presenta como la inocencia campesina a quien en una calle de Berlín el primer aristócrata libertino que pasa la trata como si fuera "una de esas". Como la virtud ofendida se planta ante mí, cuatro meses después de la carta anterior; he de decirle yo "dónde". El señor Ernst parece no tener más que dos estados de ánimo literarios. Primero se lanza con una osadía y una seguridad tales como si realmente hubiera algo más que viento detrás; y luego, cuando la gente se defiende el pellejo, él no ha dicho nada y se queja de un vil desprecio a sus puros sentimientos. Virtud ofendida en su carta a mí, donde se lamenta de que el señor Bahr lo haya tratado "¡con una desvergüenza de lo más increíble!" Inocencia herida en su respuesta a mí, donde pregunta con toda ingenuidad "dónde", cuando hace cuatro meses que debe saberlo. Bella alma incomprendida en la "Volksstimme" de Magdeburgo, donde también pregunta al viejo de Bremen, que con toda razón le ha dado un coscorrón en los nudillos: "¿dónde?"

Y el suspiro pregunta siempre: ¿dónde?
Siempre, ¿dónde?

¿Quiere el señor Ernst saber aún más "dónde"? — Pues, por ejemplo, en el artículo de la "Volks-Tribüne" sobre los "Peligros del marxismo", donde se apropia sin más de la retorcida afirmación del metafísico Dühring, como si en Marx la historia se hiciera de manera completamente automática, sin la intervención de los hombres (que son, sin embargo, quienes la hacen), y como si esos hombres fueran manejados por las relaciones económicas (¡que son, a su vez, obra humana!) como puras piezas de ajedrez. A un hombre que es capaz de mezclar la tergiversación de la teoría marxiana por un adversario como Dühring con esa misma teoría, ¡que le ayude otro! Yo me doy por vencido.

Y ahora, que se me dispense la respuesta a cada nuevo "¿dónde?". El señor Ernst es de una fecundidad tal, los artículos le salen con tal ligereza, que uno tropieza con ellos por todas partes. Y cuando uno cree haber terminado por fin con ellos, todavía se presenta como autor de éste u otro anónimo. Ante eso, un simple mortal como uno no puede seguir, y le entran ganas de desear que al señor Ernst le receten un poco de calma. Luego dice:

"Y cuando yo he presentado a nuestra socialdemocracia parlamentaria como de carácter en parte muy pequeñoburgués, Engels no tiene más que…", etc.

¿En parte muy pequeñoburguesa? En el artículo de la "Sächsische Arbeiter-Zeitung" que me obligó a la réplica, se dice que el socialismo pequeñoburgués parlamentario es ahora en Alemania la mayoría. Y de eso, dije yo, no se me alcanza nada. Ahora el señor Ernst sólo quiere defender la afirmación de que la fracción es "en parte" muy pequeñoburguesa. Otra vez la bella alma incomprendida, a quien el mundo malvado le imputa toda clase de infamias. ¿Quién ha negado jamás que tanto en la fracción como en el partido entero está representada también la corriente pequeñoburguesa? Ala derecha y ala izquierda tiene todo partido, y que el ala derecha de la socialdemocracia sea de índole pequeñoburguesa está en la naturaleza de las cosas. Si no es más que eso, ¿a qué viene todo ese ruido? Con esta vieja historia contamos desde hace años, pero de ahí a una mayoría pequeñoburguesa en la fracción o incluso en el partido hay un buen trecho. Si esa amenaza llegara a ser un peligro, entonces no se esperará a las voces de alerta de esos extraños fieles Eckart. Entretanto, la lucha proletaria, fresca y alegre, contra la ley de socialistas y el rápido desarrollo económico han ido sustrayendo cada vez más suelo, aire y luz a ese elemento pequeñoburgués, mientras el elemento proletario se desarrolla con potencia cada vez mayor.

Pero una cosa puedo revelar aún, para terminar, al señor Paul Ernst: mucho más peligrosa para el partido que una fracción pequeñoburguesa, a la que siempre se puede arrojar al trastero en las próximas elecciones, es una camarilla de literatos y estudiantes pretenciosos, sobre todo cuando éstos no son capaces de ver las cosas más simples con sus propios ojos ni de sopesar con imparcialidad, al enjuiciar una situación económica o política, tanto el peso relativo de los hechos existentes como la fuerza de los poderes que entran en juego, y que por eso quieren imponer al partido una táctica completamente descabellada, como la que han sacado a la luz, señaladamente, los señores Bruno Wille y Teistler, y en menor medida también el señor Ernst. Y más peligrosa aún se vuelve esta camarilla cuando se agrupa en una sociedad de seguros mutuos y pone en movimiento todos los medios de la réclame organizada para introducir subrepticiamente a sus miembros en los sillones de redacción de los periódicos del partido y dominar al partido por medio de la prensa partidaria. Hace doce años, la Ley contra los socialistas nos salvó de este peligro, que ya entonces se nos venía encima. Ahora que dicha ley cae, el peligro reaparece. Y esto le aclarará sin duda al señor Paul Ernst por qué me opongo con pies y manos a que se me identifique con los elementos de semejante camarilla.

Londres, 1 de octubre de 1890

Friedrich Engels