Friedrich Engels

[Respuesta a la redacción de la "Sächsischen Arbeiter-Zeitung"]

["Der Sozialdemokrat" nº 37, del 13 de septiembre de 1890]

A la redacción del "Sozialdemokrat"

El abajo firmante ruega respetuosamente la publicación de la siguiente carta, que ayer fue remitida a la actual redacción de la "Sächsischen Arbeiter-Zeitung" en Dresde.

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En su despedida (nº 105 del 31 de agosto de 1890), la redacción saliente de la "Sächsischen Arbeiter-Zeitung" dice que el socialismo pequeñoburgués-parlamentario es mayoritario en Alemania, pero que las mayorías a menudo se convierten muy rápidamente en minorías:

"... y así espera la redacción saliente de la 'Sächs. Arb.-Ztg.'
con Friedrich Engels
que, así como en su día fue superado el ingenuo socialismo de Estado de Lassalle, también la corriente parlamentaria ambiciosa de éxitos en la actual socialdemocracia será pronto superada por el sano sentido de la clase obrera alemana."

La redacción saliente me ha deparado con lo anterior una fuerte sorpresa. Pero quizás también a sí misma... Que haya una mayoría de socialismo pequeñoburgués-parlamentario dentro del partido alemán es algo que hasta la fecha no me consta. Así pues, que "espere" lo que le plazca y mientras le dé la gana, pero yo no espero "con" ellas.

Si aún hubiera podido abrigar dudas sobre el carácter de la más reciente revuelta de literatos y estudiantes en nuestro partido alemán, éstas tendrían que disiparse ante la descomunal desvergüenza de este intento de hacerme solidario con las cabriolas de esos señores.

Toda mi vinculación con la redacción saliente consistió en que, desde hace unas semanas, me enviaba su periódico sin que yo lo hubiera solicitado, sin que yo considerara necesario decirle lo que encontraba en él. Ahora me veo obligado a decírselo, y públicamente.

Desde el punto de vista teórico, encontré en él —y esto vale, en general y en lo esencial, también para el resto de la prensa de la "oposición"— un "marxismo" convulsivamente desfigurado, caracterizado, por una parte, por un fuerte malentendido del modo de concebir que se pretendía representar; por otra, por un craso desconocimiento de los hechos históricos decisivos en cada caso; y, en tercer lugar, por la conciencia de la propia e inconmensurable superioridad, que tan ventajosamente distingue a los literatos alemanes. Marx ya previó este discipulado cuando, a finales de los años setenta, dijo acerca del "marxismo" que hacía estragos entre ciertos franceses: "tout ce que je sais, c'est que moi, je ne suis pas marxiste" — "yo sólo sé que
yo
no soy 'marxista'".

Desde el punto de vista práctico, encontré en él un atropello desconsiderado de todas las condiciones reales de la lucha de partido, un "remover obstáculos" con desprecio de la muerte, en la fantasía, que, si bien honra el ánimo juvenil e intacto de los autores, al trasladarse de la imaginación a la realidad podría sepultar incluso al partido más fuerte, que contara con millones de afiliados, bajo la risa merecida de todo el mundo hostil. Y que ni siquiera una pequeña secta puede permitirse impunemente una política de colegiales es algo sobre lo que esos señores han tenido, desde entonces, experiencias muy particulares.

Todas sus quejas, acumuladas durante meses, contra la fracción o la dirección del partido se reducen, en el mejor de los casos, a puras bagatelas. Pero si a esos señores les place colar mosquitos, eso no es en absoluto motivo para que los trabajadores alemanes, en agradecimiento, se traguen camellos.

Bien, han cosechado lo que sembraron. Prescindiendo de todas las cuestiones de contenido, toda la campaña fue emprendida con tal puerilidad, con tan ingenuos autoengaños sobre la propia importancia y sobre el estado de las cosas y de las opiniones dentro del partido, que el desenlace estaba predeterminado de antemano. Que esos señores se tomen la lección a pecho. Algunos de ellos han escrito cosas que daban pie a diversas esperanzas. La mayoría de ellos podría rendir algo si estuvieran menos convencidos de la perfección de la fase de desarrollo alcanzada en el momento presente. Que comprendan que su "formación académica" —que, de todos modos, necesitaría una revisión crítica a fondo de sí misma— no les expide patente de oficial con derecho a un puesto correspondiente en el partido; que en nuestro partido cada cual ha de servir desde abajo, desde la base; que los puestos de confianza en el partido no se conquistan meramente por el talento literario y los conocimientos teóricos, aunque ambos estén fuera de duda, sino que para ello se requiere también familiaridad con las condiciones de la lucha de partido y adaptación a sus formas, una probada fiabilidad personal y solidez de carácter y, finalmente, una voluntaria inserción en las filas de los combatientes — en resumen, que ellos, los "formados académicamente", en conjunto, tienen mucho más que aprender de los trabajadores que éstos de ellos.

Londres, 7 de septiembre de 1890

Friedrich Engels