[Carta de despedida a los lectores de «Der Sozialdemokrat»]

Escrita entre el 12 y el 18 de septiembre de 1890.
[«Der Sozialdemokrat», n.° 39 del 27 de septiembre de 1890]

Permítaseme también a mí despedirme del lector.

De la escena debe desaparecer «Der Sozialdemokrat». No solo porque así se ha declarado tantas veces ante los demás partidos. Mucho más porque, bajo las circunstancias cambiadas, «Der Sozialdemokrat» mismo se convertiría necesariamente en otro, con otra misión, otros colaboradores, otro círculo de lectores. Y un periódico que ha desempeñado un papel histórico tan determinado, un periódico cuyo carácter propio consistía en que en sus columnas, y solo allí, se reflejaron los doce años más decisivos de la vida del partido obrero alemán — un periódico así no puede ni debe transformarse. Quede como fue, o cese de existir. Sobre esto estamos todos de acuerdo.

Igualmente de acuerdo estamos todos en que este periódico no puede desaparecer sin dejar un vacío. Ningún órgano que aparezca en Alemania, oficial o no, puede reemplazarlo. Para el partido eso es solo una desventaja relativa: entra en otras condiciones de lucha y necesita, por tanto, otras armas y otra estrategia y táctica. Pero una pérdida absoluta es para los colaboradores y, especialmente, para mí.

Dos veces en mi vida he tenido el honor y la alegría de colaborar en un periódico donde disfruté plenamente de las dos condiciones más favorables bajo las cuales se puede, en general, actuar en la prensa: primero, libertad de prensa incondicional y, segundo, la certeza de ser oído precisamente por el público al que se quiere llegar.

La primera vez, en 1848-1849, en la «Neue Rheinische Zeitung». Eran tiempos de revolución, y trabajar entonces en la prensa diaria es, de por sí, un placer. Se veía el efecto de cada palabra ante los ojos, se veía cómo los artículos pegaban literalmente como si fueran granadas, y cómo estallaba la carga explosiva.

La segunda vez, en «Der Sozialdemokrat». Y también esto fue un trozo de época revolucionaria, desde que el partido se reencontró en el Congreso de Wyden y a partir de ahí reanudó la lucha «con todos los medios», legales o no. «Der Sozialdemokrat» era la encarnación de esta ilegalidad. Para él no existía ninguna constitución imperial obligatoria, ningún código penal imperial, ningún derecho territorial prusiano. Contra la ley, en desafío y burla de toda la legislación imperial y territorial, se abría paso semanalmente a través de las fronteras del sacro imperio alemán; esbirros, espías, agentes provocadores, aduaneros, guardias fronterizos duplicados y triplicados eran impotentes; con casi la seguridad de una letra de cambio, se presentaba el día de vencimiento a los abonados; ningún Stephan podía impedir que el correo imperial alemán tuviera que enviarlo y repartirlo. Y ello con más de diez mil abonados en Alemania; y mientras los escritos prohibidos de antes de 1848 solo eran pagados por sus compradores burgueses en los más raros casos, los obreros pagaron su «Sozialdemokrat» durante doce años con la mayor regularidad. ¡Cuántas veces a mí, viejo revolucionario, me ha reído el corazón en el pecho al ver cómo se desarrollaba semana tras semana, año tras año, con igual seguridad, esta interacción entre redacción, expedición y suscriptores tan magníficamente engrasada, silenciosa, este trabajo revolucionario organizado de manera empresarial, comercial!

Y el periódico bien valía los esfuerzos y peligros que costaba su difusión. Era, sin duda, el mejor periódico que el partido haya poseído jamás. Y no solo porque, él solo entre todos, gozaba de plena libertad de prensa. Los principios del partido eran expuestos y sostenidos con rara claridad y determinación, y la táctica de la redacción fue casi sin excepción la correcta. A ello se añadía una cosa más. Mientras nuestra prensa burguesa se esforzaba en la más abrumadora pesadez, en «Der Sozialdemokrat» se reflejaba también abundantemente el humor alegre con que nuestros obreros suelen librar la lucha contra las vejaciones policiales.

Con todo, «Der Sozialdemokrat» era todo, menos un mero portavoz de la fracción. Cuando en 1885 la mayoría de la fracción se inclinaba por la subvención a los vapores, el periódico defendió decididamente la opinión contraria y mantuvo su derecho a hacerlo incluso cuando esa mayoría, en una orden del día que hoy a ella misma le parecerá sin duda incomprensible, se lo prohibió. La lucha duró exactamente cuatro semanas, durante las cuales la redacción fue enérgicamente apoyada por los camaradas de Alemania y del extranjero. El 2 de abril apareció la prohibición; el 30, «Der Sozialdemokrat» publicaba una declaración acordada entre la fracción y la redacción, de la que se desprendía que la fracción retiraba su orden.

En una época posterior, a «Der Sozialdemokrat» le estaba reservado poner a prueba el tan celebrado derecho de asilo suizo. Entonces se puso de manifiesto, como en todos los casos análogos desde 1830, que ese derecho de asilo fallaba justamente allí donde debía entrar realmente en vigor. Eso no es nada nuevo. Desde su democratización promovida a partir de 1830, las grandes potencias vecinas permiten a la pequeña república los experimentos democráticos en el interior solo a condición de que el asilo a los refugiados se ejerza únicamente bajo el control de la gran potencia interesada en cada caso. Suiza es demasiado débil para no ceder. No se le puede tomar a mal. Marx solía decir, refiriéndose especialmente a Holanda, Suiza y Dinamarca, que hoy en día la peor situación es la de un pequeño país que ha tenido una gran historia. Pero que se deje ya de una vez de fanfarronear en la «libre Suiza» del inmaculado derecho de asilo.

«Der Sozialdemokrat» era la bandera del partido alemán; tras doce años de lucha, el partido es victorioso. La Ley contra los socialistas ha caído, Bismarck ha sido derribado. El poderoso Imperio alemán ha puesto en movimiento contra nosotros todos sus medios de poder; el partido se ha burlado de ellos, hasta que finalmente el Imperio alemán ha tenido que arriar su bandera ante la nuestra. El gobierno imperial quiere, por lo pronto, intentarlo de nuevo con el derecho común frente a nosotros, y así nosotros queremos, por lo pronto, intentarlo de nuevo con los medios legales que nos hemos reconquistado mediante el enérgico empleo de los ilegales. Que los medios «legales» se incorporen de nuevo al programa o no, es bastante indiferente. Hay que intentar, por el momento, arreglárselas con los medios de lucha legales. Eso no lo hacemos solo nosotros, lo hacen todos los partidos obreros de todos los países donde los obreros tienen cierta medida de libertad legal de movimiento, y ello por la sencilla razón de que así es como más logran obtener. Pero esto presupone que el partido contrario también proceda legalmente. Si se intenta, ya sea mediante nuevas leyes de excepción, mediante sentencias antijurídicas y jurisprudencia del Tribunal Supremo imperial, por arbitrariedad policial o por otras extralimitaciones ilegales del poder ejecutivo, colocar a nuestro partido nuevamente fuera del derecho común, se empuja a la socialdemocracia alemana otra vez a la vía ilegal como la única que le queda abierta. Incluso en la nación más amante de la legalidad, los ingleses, la primera condición de la legalidad por parte del pueblo es que los otros factores de poder permanezcan también dentro de los límites de la ley; si eso no ocurre, según la concepción jurídica inglesa la rebelión es el primer deber del ciudadano.

Si se da este caso, ¿entonces qué? ¿Construirá el partido barricadas, apelará a la fuerza de las armas? Seguro que no hará ese favor a sus adversarios. Le preserva de ello el conocimiento de su propia posición de poder, que le da cada elección general al Reichstag. El veinte por ciento de los votos emitidos es una cifra muy respetable, pero eso significa también que los adversarios unidos tienen todavía el ochenta por ciento de ellos. Y si nuestro partido ve que ha duplicado su número de votos en los últimos tres años y que puede contar con un crecimiento aún más fuerte hasta las próximas elecciones, tendría que estar loco para intentar hoy, con veinte contra ochenta y además contra el ejército, un putsch cuyo desenlace seguro sería... la pérdida de todas las posiciones de poder conquistadas en veinticinco años.

El partido tiene un medio mucho mejor, ampliamente probado. El día en que se nos dispute el derecho común, reaparecerá «Der Sozialdemokrat». La vieja maquinaria, mantenida en reserva para este caso, vuelve a entrar en funcionamiento, mejorada, aumentada, recién engrasada. Y una cosa es segura: por segunda vez, el Imperio alemán no aguantará ni doce años.

Friedrich Engels