La abdicación de la burguesía

Escrito desde fines de septiembre hasta comienzos de octubre de 1889.

[*Der Sozialdemokrat*, núm. 40, 5 de octubre de 1889]

De todas las burguesías nacionales, la inglesa es, sin duda, la que hasta ahora ha conservado el mayor entendimiento de clase —es decir, entendimiento político. Nuestra burguesía alemana es estúpida y cobarde; no ha sabido siquiera tomar y mantener el poder político que la clase obrera conquistó para ella en 1848; la clase obrera tiene que barrer en Alemania, antes que nada, los residuos del feudalismo y del absolutismo patriarcal, algo que nuestra burguesía estaba obligada a eliminar del mundo desde hace tiempo. La burguesía francesa, la más ávida de dinero y la más ávida de goce de todas, se deja cegar por su propia codicia respecto a sus propios intereses futuros; solo mira de hoy a mañana, se precipita, sedienta de ganancias, en la más escandalosa corrupción, declara que un impuesto sobre la renta es alta traición socialista, no sabe responder a una huelga más que con salvas de infantería y con ello logra que, en una república con sufragio universal, a los obreros apenas les quede otro medio de triunfo que la revolución violenta. La burguesía inglesa no es ni tan codiciosa y estúpida como la francesa, ni tan cobarde y estúpida como la alemana. Durante la época de sus mayores triunfos, ha hecho continuas concesiones a los obreros; incluso su sector más cerrado, la aristocracia terrateniente y financiera conservadora, no tuvo reparo en otorgar el derecho de voto a los obreros urbanos en una medida tal que solo fue culpa de estos mismos obreros si desde 1868 no tuvieron entre 40 y 50 de los suyos en el Parlamento. Y desde entonces, toda la burguesía —unidos conservadores y liberales— ha extendido el sufragio ampliado también a los distritos rurales, ha igualado aproximadamente el tamaño de las circunscripciones electorales y con ello ha puesto a disposición de la clase obrera al menos treinta circunscripciones más.

Mientras la burguesía alemana jamás ha poseído la capacidad de dirigir y representar a la nación como clase dominante, mientras la francesa demuestra día a día —y precisamente ahora, de nuevo, en las elecciones— que ha perdido por completo esa capacidad —y en otro tiempo la poseyó en grado más alto que cualquier otra clase media—, la burguesía inglesa (en la que se ha disuelto y está incluida la llamada aristocracia) demostró hasta hace poco un cierto don para desempeñar, al menos en cierta medida, su posición de clase dirigente.

Pero ahora parece que esto va cambiando cada vez más. En Londres, todo lo relacionado con el viejo gobierno de la ciudad —la constitución y administración de la City propiamente dicha— es todavía puro Medievo. Y a ello pertenece también el puerto de Londres, el primer puerto del mundo. Los propietarios de los muelles (*wharfingers*), los gabarreros (*lightermen*), los barqueros (*watermen*) forman auténticos gremios con privilegios exclusivos y, en parte, con vestimentas aún medievales. A estos vetustos privilegios gremiales se ha añadido en los últimos setenta años, como corona, el monopolio de las compañías de *docks*, y con ello el gran puerto de Londres entero ha sido entregado a un pequeño número de corporaciones privilegiadas para su explotación despiadada. Y todo este engendro privilegiado se perpetúa y se torna, por así decirlo, intangible gracias a la interminable serie de actas parlamentarias intrincadas y contradictorias mediante las cuales fue creado y criado, de tal modo que este laberinto jurídico se ha convertido en su mejor muralla protectora. Pero mientras que, frente al público comerciante, estas corporaciones se aferran a sus prerrogativas medievales y convierten a Londres en el puerto más caro del mundo, los miembros de estas sociedades se han transformado en puros burgueses, que además de a sus clientes, explotan del modo más vil a sus obreros, y así embolsan simultáneamente las ventajas de la sociedad medieval-gremial y de la sociedad capitalista moderna.

Pero como esta explotación se desenvolvía dentro del marco de la sociedad capitalista moderna, pese a su disfraz medieval, seguía sometida a las leyes de dicha sociedad. Los grandes devoraban a los pequeños, o al menos los ataban a su carro triunfal. Las grandes compañías de *docks* se convirtieron en dueñas de los gremios de los propietarios de muelles, gabarreros y barqueros, y con ello en dueñas de todo el puerto de Londres. Con ello vieron abierta la perspectiva de una ganancia ilimitada. Esa perspectiva las cegó. Tiraron millones por la ventana en instalaciones insensatas; y como había varias de estas compañías, se enzarzaron en una mutua guerra de competencia que costó otros millones, provocó nuevas construcciones sin sentido y llevó a las compañías al borde de la bancarrota, hasta que por fin, hace aproximadamente dos años, llegaron a un acuerdo.

Mientras tanto, el comercio londinense había rebasado su punto culminante. El Havre, Amberes, Hamburgo y, desde la apertura del nuevo canal marítimo, Amsterdam, atrajeron hacia sí una proporción creciente del tráfico que antes encontraba su centro en Londres. Liverpool, Hull y Glasgow también se llevaron su parte. Los *docks* recién construidos permanecían vacíos, los dividendos se reducían y en parte desaparecían por completo, las acciones bajaban, y los directores de los *docks*, testarudos, mimados por los viejos buenos tiempos, orgullosos potentados, no sabían qué consejo tomar. No querían reconocer las causas reales del retroceso relativo y absoluto del tráfico del puerto de Londres. Y estas causas, en la medida en que son de naturaleza local, son única y exclusivamente su propia y altanera obstinación y su madre, su posición privilegiada, la constitución medieval, hace largo tiempo caduca, de la City y del puerto de Londres, que por derecho propio pertenece al Museo Británico, junto a momias egipcias y monstruos de piedra asirios.

En ninguna otra parte del mundo se toleraría semejante locura. En Liverpool, donde condiciones similares estaban en vías de formación, fueron sofocadas de raíz y toda la constitución portuaria se modernizó. Pero en Londres el comercio padece por ello, refunfuña y... deja que pase sobre sí. La burguesía, cuya masa tiene que pagar los costos de tales estupideces, se inclina ante el monopolio —a regañadientes, pero se inclina. Ya no tiene la energía para sacudirse de encima la pesadilla que, con el tiempo, amenaza asfixiar las condiciones de vida de todo Londres.

Entonces estalla la huelga de los obreros de los *docks*. No se rebela la burguesía despojada por las compañías de *docks*; son los obreros explotados por ellas, los más pobres de los pobres, la capa más baja del proletariado del East End, quienes arrojan el guante de desafío a los magnates de los *docks*. Y entonces, por fin, la burguesía recapacita y comprende que también ella tiene un enemigo en los magnates de los *docks*, que los obreros en huelga han entablado la lucha no solo en interés propio, sino indirectamente también en interés de la clase burguesa. Ese es el secreto de la simpatía del público con la huelga y de las hasta entonces inauditas contribuciones en dinero, generosísimas, provenientes de círculos burgueses. Pero en eso quedó todo. Los obreros se arrojaron al fuego entre los vítores y aplausos de la burguesía: los obreros sostuvieron la lucha y demostraron no solo que los arrogantes magnates de los *docks* eran vencibles, sino que, con su lucha y su victoria, removieron de tal modo toda la opinión pública, que el monopolio de los *docks* y la constitución portuaria feudal ya no pueden mantenerse por más tiempo y probablemente emigrarán pronto al Museo Británico.

Este trabajo debería haberlo hecho la burguesía desde hace tiempo. No ha podido o no ha querido hacerlo. Ahora los obreros lo han tomado en sus manos y ahora quedará despachado. En otras palabras, aquí la burguesía ha abdicado de su propio papel en favor de los obreros.

Ahora otro cuadro. Del puerto medieval de Londres pasamos a las modernas hilanderías de algodón de Lancashire. Aquí nos encontramos actualmente en el período en que la cosecha de algodón de 1888 se ha agotado y la de 1889 aún no ha llegado al mercado, es decir, en el período en que la especulación en materia prima tiene las mejores perspectivas. Un rico holandés de nombre Steenstrand, juntamente con otros compinches, ha formado un “ring” para acaparar todo el algodón disponible y, en consonancia, practicar el alza de los precios. Los hilanderos de algodón no pueden hacer frente a esto más que restringiendo el consumo, es decir, paralizando sus fábricas varios días a la semana o por completo, hasta que se aviste algodón nuevo. Y eso es lo que han intentado desde hace seis semanas. Pero no funciona, como nunca ha funcionado en ocasiones anteriores. Pues entre los hilanderos hay muchos tan endeudados que una paralización parcial o total los lleva al borde de la ruina. Y otros incluso desean que la mayoría paralice y así haga subir los precios del hilado; ellos mismos, en cambio, quieren seguir trabajando y sacar provecho de esos precios más altos del hilado. Además, desde hace más de diez años se ha demostrado que solo hay un medio de imponer la paralización general de todas las fábricas de algodón —sea cual fuere el fin último—. A saber, poniendo en práctica una reducción de salarios, digamos del 5 por ciento. Entonces se produce una huelga, o bien un cierre de fábricas por parte de los propios fabricantes, y entonces, en la lucha contra los obreros, reina una unidad incondicional entre los fabricantes, e incluso paralizan sus máquinas aquellos que no saben si algún día volverán a estar en condiciones de ponerlas en marcha.

Tal como están las cosas, hoy no es aconsejable una reducción de salarios. Pero sin ella, ¿cómo imponer el cierre general de las fábricas, sin el cual los hilanderos quedan atados de pies y manos a los especuladores durante unas seis semanas? Mediante un paso que es único en la historia de la industria moderna. Los fabricantes, por medio de su comité central, se dirigen “oficiosamente” al comité central de los sindicatos de oficio de los obreros con el ruego de que los obreros organizados, en interés común, obliguen a la paralización a los recalcitrantes fabricantes mediante la organización de huelgas. Los señores fabricantes, confesando su propia incapacidad para la acción cohesionada, ruegan a los sindicatos de los obreros, antaño tan odiados, que tengan a bien aplicar coacción contra ellos mismos, los fabricantes, para que ellos, los fabricantes, sean al fin llevados por la amarga necesidad a actuar unitariamente, como clase, en interés de su propia clase. ¡Obligados por los obreros, porque ellos mismos no lo consiguen!

Los obreros accedieron. Y bastó la mera amenaza de los obreros. En veinticuatro horas, el “ring” de los especuladores del algodón estaba roto. Esto demuestra lo que pueden los fabricantes, y lo que pueden los obreros.

Aquí, pues, en la más moderna de todas las modernas grandes industrias, la burguesía se muestra tan incapaz de imponer sus propios intereses de clase como en el Londres medieval. Y aún más. Lo confiesa abiertamente y, al dirigirse a los trabajadores organizados rogándoles que impongan un interés de clase esencial de los fabricantes contra los propios fabricantes, no solo abdica ella misma, sino que reconoce en la clase obrera organizada a su sucesora llamada y capacitada para la dominación. Ella misma proclama que, aunque todavía cada fabricante por separado pueda dirigir su propia fábrica, única y exclusivamente los trabajadores organizados son aún capaces de tomar en sus manos la dirección de toda la industria algodonera. Y eso, dicho en claro, significa que los fabricantes ya no tienen otra misión que la de convertirse en los directores asalariados al servicio de los trabajadores organizados.

F. Engels