La huelga de los mineros alemanes es para nosotros un acontecimiento importante. Al igual que los mineros de Inglaterra en la época cartista, también los de las minas de carbón de Alemania han sido los últimos en sumarse al movimiento, y este es ahora su primer arranque. El movimiento comenzó en los yacimientos carboníferos del norte de Westfalia —un distrito que extrae 45 millones de toneladas al año y que no está ni a medio desarrollar—. Actualmente el carbón se extrae a una profundidad de 500 yardas. Estos mineros —hasta ahora buenos súbditos, patriotas, obedientes y religiosos, que proporcionaban los mejores soldados de infantería al 7.° Cuerpo de Ejército (yo los conozco bien, mi lugar de nacimiento está solo a 6 o 7 millas al sur de estos yacimientos)— han sido ahora sacudidos por completo por la opresión capitalista. Mientras las minas —en su mayoría en posesión de grandes sociedades por acciones— repartían dividendos enormes, los salarios reales de los obreros eran empujados cada vez más a la baja. El salario nominal semanal se mantenía, ciertamente, y en algunos casos incluso se aumentaba en apariencia, obligando a los obreros a hacer considerables horas extraordinarias —en lugar de una jornada de ocho horas, trabajaban de 12 a 16, de modo que a la semana acumulaban de 9 a 12 turnos—. Por todas partes había truck shops, disfrazadas de tiendas «cooperativas». El fraude en la anotación del carbón extraído estaba a la orden del día; vagonetas enteras de carbón no se contabilizaban, con el pretexto de que era carbón malo o de que la vagoneta no estaba bien llena. Desde el pasado invierno los obreros declararon repetidas veces que irían a la huelga si no se producía un cambio, pero sin resultado, y finalmente, después de haber anunciado su intención, se declararon en huelga. Los propietarios de las minas mienten cuando sostienen lo contrario. En una semana dejaron el trabajo 70.000 mineros, y los propietarios tuvieron que pagar la huelga; pues pagaban el salario solo una vez al mes y retenían siempre el salario de un mes, que ahora tuvieron que entregar a los huelguistas. Así quedaron atrapados en su propia red. Los mineros enviaron aquella conocida delegación ante el káiser Guillermo II —un joven necio, jactancioso y engreído—, que los recibió con palabras amenazadoras: si se volvían hacia los socialdemócratas y menospreciaban a las autoridades, los mandaría fusilar sin piedad. (Esto ya se intentó realmente en Bochum, donde un subteniente, un mozalbete de 19 años, ordenó a sus soldados disparar contra los huelguistas; pero la mayoría disparó al aire.) Pero, sea como fuere, todo el Imperio tembló ante aquellos obreros en huelga. El gobernador militar del distrito, Emil von Albedyll, se trasladó a la región del Ruhr, al igual que el secretario de Estado del Interior, Ernst Ludwig Herrfurth, y todo se intentó para mover a los propietarios de las minas a hacer concesiones. El propio káiser les aconsejó que abriesen sus bolsas y declaró en Consejo de Ministros: «Mis soldados están ahí para mantener el orden, pero no para asegurar altas ganancias a los dueños de las minas».

Por la intervención de la oposición liberal (que en el parlamento ha perdido un escaño tras otro porque los obreros se han venido a nosotros) se llegó a un compromiso y el trabajo fue reanudado. Pero en el mismo momento en que los obreros estaban de vuelta en las minas, los propietarios rompieron su promesa, algunos de los cabecillas de la huelga fueron despedidos (aunque el acuerdo garantizaba a todos sus antiguos puestos de trabajo), se negaron a entenderse con los obreros acerca del tiempo de trabajo. La huelga amenazaba con estallar de nuevo. El asunto no está aún resuelto, y estoy seguro de que el gobierno, que se encuentra en una situación incómoda, inducirá finalmente a los propietarios de las minas a ceder por algún tiempo. Pues la huelga se ha extendido a los yacimientos carboníferos n.° 2 y n.° 3. Este distrito estaba hasta ahora libre de influencia socialista, porque todo hombre que quería agitar allí, si caía en las mallas de la ley, recibía tantos años de cárcel como meses habría recibido en cualquier otra parte de Alemania. Ciertamente, el gobierno ha hecho concesiones, pero habrá que esperar si serán suficientes. Pues los obreros de los yacimientos carboníferos de Sajonia y de los dos yacimientos de Silesia, aún más al este, han seguido el ejemplo, de modo que en las últimas tres semanas han hecho huelga en Alemania por lo menos 120.000 mineros. También los mineros belgas y bohemios se han contagiado, mientras que en Alemania han dejado el trabajo otros oficios que preparaban huelgas en la primavera. Por tanto, no hay duda de que los mineros alemanes apoyan a sus hermanos en la lucha contra el capital, y constituyen una espléndida multitud de hombres, casi todos han servido en el ejército. Representan una importante fuerza adicional en nuestras filas. Su fe en el emperador y en el párroco se ha visto conmovida, y cualquiera que sea la acción que emprenda el gobierno, ningún gobierno puede satisfacer sus deseos sin derribar el sistema capitalista —y eso el gobierno alemán no puede hacerlo, ni querrá intentarlo—. Es la primera vez que el gobierno ha pretendido adoptar una posición imparcial durante una huelga en Alemania. Con ello, su inocencia virginal al respecto ha desaparecido para siempre, y tanto Guillermo como Bismarck han tenido que inclinarse ante las filas cerradas de los 100.000 obreros en huelga. Esto por sí solo es un magnífico resultado.