F. Engels

El papel de la violencia en la historia

(1888)

Versión en castellano: Editorial Progreso, Moscú, URSS.

Apliquemos ahora nuestra teoría a la historia contemporánea de Alemania y a su
práctica de la violencia a hierro y sangre. Veremos claramente la causa de que
la política de hierro y sangre había de tener éxito temporal y de que deba
hundirse por fin.

En 1815, el Congreso de Viena[2] vendió y repartió Europa de tal manera que el
mundo entero pudo convencerse de la incapacidad total de los potentados y los
hombres de Estado. La guerra general de los pueblos contra Napoleón fue la
reacción del sentimiento nacional de todos los pueblos que éste pisoteara. En
recompensa, los príncipes y los diplomáticos del Congreso de Viena pisotearon
aún con más desprecio este sentimiento nacional. La dinastía más pequeña valía
más que el pueblo más grande. Alemania e Italia volvieron a ser fraccionadas
en pequeños Estados. Polonia fue desmembrada por cuarta vez, Hungría seguía
subyugada. Y no se puede decir siquiera que los pueblos hayan sido víctimas de
una injusticia: ¿por qué lo admitieron y por qué saludaron en el zar ruso[i] a
su liberador?

Pero eso no podía durar mucho. Desde fines de la Edad Media, la historia
trabaja en el sentido de constituir en Europa grandes Estados nacionales. Sólo
Estados de ese tipo forman la organización política normal de la burguesía
europea en el poder y ofrecen a la vez, la condición indispensable para el establecimiento de la
colaboración internacional armoniosa entre los pueblos, sin la cual es
imposible el poder del proletariado. Para asegurar la paz internacional, es
preciso primero eliminar todos los roces nacionales evitables, es preciso que
cada pueblo sea independiente y señor en su casa. Y, efectivamente, con el
desarrollo del comercio, de la agricultura, de la industria y, a la vez, del
poderío social de la burguesía, el sentimiento nacional se había elevado en
todas partes, y las naciones dispersas y oprimidas exigían unidad e
independencia.

Por ello, en todas partes, excepto Francia, la meta de la revolución de 1848
era satisfacer las reivindicaciones nacionales a la par que las exigencias de
libertad. Pero, detrás de la burguesía, que merced al primer asalto, se vio
victoriosa, se alzaba por doquier la figura amenazante del proletariado, con
cuyas manos, en realidad, había sido lograda la victoria, y eso puso a la
burguesía en los brazos del adversario recién vencido, en los brazos de la
reacción monárquica, burocrática, semifeudal y militar, de cuyas manos
sucumbió la revolución de 1849. En Hungría, donde las cosas ocurrieron de otro
modo, entraron los rusos y aplastaron la revolución. Sin contentarse con eso,
el zar se fue a Varsovia y se erigió en árbitro de Europa. Nombró a Cristiano
de Glucksburg, su dócil criatura, para la sucesión del trono de Dinamarca.
Humilló a Prusia como ésta jamás había sido humillada, prohibiéndole hasta los
más tímidos deseos de explotar las tendencias alemanas a la unidad,
constriñiéndola a restaurar la Dieta federal[3] y a someterse a Austria. Todo
el resultado de la revolución se redujo, por tanto, a primera vista, a la
instauración en Austria y Prusia de un gobierno de la forma constitucional,
pero en el espíritu viejo. El zar ruso se hizo amo y señor de Europa aún más
que antes.

Pero, en realidad, la revolución sacó de un solo poderoso golpe a la
burguesía, incluso en los países desmembrados y, en particular, en Alemania,
de la vieja rutina tradicional. La burguesía logró una participación, aunque
modesta, en el poder político, y cada éxito político suyo lo utiliza en
beneficio del ascenso industrial. El "año loco"[4], que felizmente había
pasado, mostró a la burguesía de una manera palpable que debía poner fin de
una vez y para siempre al letargo y a la indolencia de otros tiempos. A raíz
de la lluvia de oro de California y de Australia[5] y de otras circunstancias
se produjo una inusitada ampliación de las relaciones comerciales mundiales y
una animación en los negocios jamás vista; lo único que había que hacer era no
perder la ocasión y asegurarse uno su participación. La gran industria, cuyas
bases habían sido sentadas desde 1830 y, sobre todo, desde 1840 en el Rin, en
Sajonia, en Silesia, en Berlín y en algunas ciudades del Sur, comenzó a extenderse y a perfeccionarse rápidamente; la industria a domicilio en los cantones se extendía más y más. La construcción de ferrocarriles se
aceleró, y el enorme crecimiento de la emigración creó una línea
transatlántica alemana que no necesitaba subvenciones. Los comerciantes
alemanes comenzaron a afianzarse en proporciones mayores que nunca en todas
las plazas comerciales ultramarinas; se erigieron en intermediarios de una
parte cada vez más importante del comercio mundial, comenzando poco a poco a
atender las ventas no sólo de los artículos ingleses, sino también alemanes.
Pero, la división de Alemania en pequeños Estados con sus distintas y
múltiples legislaciones del comercio y los oficios había de convertirse pronto
en traba insoportable para esa industria cuyo nivel se había elevado
inmensamente, y para el comercio que dependía de ella!. ¡Cada dos millas un
derecho comercial distinto, por doquier condiciones diferentes en el ejercicio
de una misma profesión, en todas partes cada vez nuevas triquiñuelas, nuevas
trampas burocráticas y fiscales y, con frecuencia, barreras gremiales, contra
las que no ayudaban ni siquiera las patentes oficiales! ¡Además, las numerosas
legislaciones locales, las limitaciones del derecho de estancia que impedían a
los capitalistas trasladar en suficiente cantidad la mano de obra que se
hallaba a su disposición allí donde el mineral, el carbón, la fuerza
hidráulica y otros recursos naturales permitían establecer empresas
industriales! La posibilidad de explotar libremente la mano de obra masiva del
país fue la primera condición del progreso industrial; pero, en todas partes
en las que el industrial patriota reunía a obreros procedentes de todos los
confines, la policía y la asistencia pública se oponían al establecimiento de
los inmigrados. Un derecho civil alemán, la completa libertad de domicilio
para todos los ciudadanos del Imperio, una legislación industrial y comercial
única no eran ya fantasías patrióticas de estudiantes exaltados, sino que
constituían las condiciones de existencia necesarias para la industria.

Además, en cada Estado, incluso enano, había su propia moneda, regían
distintos sistemas de pesas y medidas, hasta dos o tres en un mismo Estado. Y
de todas estas innumerables monedas, medidas o pesas ninguna era reconocida en
el mercado mundial. ¿Podía acaso extrañar que los comerciantes y los
industriales que tenían que presentarse en el mercado mundial o hacer la
competencia a las mercancías importadas debiesen usar monedas, medidas y pesas
extranjeras, además de las propias; que el hilado de algodón se pesase en
libras inglesas, los tejidos de seda se fabricasen en metros, las cuentas para
el extranjero se estableciesen en libras esterlinas, en dólares y en francos?
¿Cómo podían surgir grandes establecimientos de crédito sobre la base de sistemas monetarios de tan
limitada propagación, aquí con billetes de banco en gúldenes, allí en táleros
prusianos, al lado en táleros de oro, en táleros a "nuevos dos tercios", en
marco de banco, en marco corriente, en monedas de veinte y de veinticuatro
gúldenes, y todo acompañado de infinitos cálculos y fluctuaciones del cambio?
Incluso cuando se lograba superar, en fin, todo eso, ¡cuántas fuerzas costaban
todos estos roces, cuánto dinero se perdía y tiempo! Y en Alemania se comenzó
también, por fin, a comprender que, en nuestros días, el tiempo es dinero.
La joven industria alemana debía mostrar lo que valía en el mercado mundial:
sólo podía crecer mediante la exportación. Pero, para ello debía contar en el
extranjero con la protección del derecho internacional. El comerciante inglés,
francés o norteamericano podía permitirse en el extranjero incluso más que en
su casa. La legación de su país intervendría en favor suyo y, en caso de
necesidad, intervendrían varios buques de guerra. ¿Y el comerciante alemán? El
austríaco podía aún contar hasta cierto grado con su legación en el Levante,
pues en otros lugares no le ayudaba mucho. Pero, cuando un comerciante
prusiano se quejaba en su embajada de alguna injusticia de que había sido
víctima, le respondían siempre: "¡Lo tiene bien merecido! ¿Qué hace usted
aquí? ¿Por qué no se queda tranquilamente en su casa?" Y el súbdito de algún
Estado pequeño no gozaba de derecho alguno en ninguna parte. Dondequiera que
llegasen los comerciantes alemanes se hallaban siempre bajo una protección
extranjera "francesa, inglesa, norteamericana"; o tenían que naturalizarse
rápidamente en su nueva patria[ii]. Incluso si su legación quisiese intervenir
en favor de ellos, ¿qué ayudaría? A los propios cónsules y embajadores
alemanes les trataban como a unos limpiabotas.

De ahí se ve que las aspiraciones de una "patria" única tenían una base muy
material. No era ya la aspiración nebulosa de las corporaciones de estudiantes
reunidos en sus festejos de Wartburg[6], cuando "el valor y la fuerza ardían
en las almas alemanas" y cuando, como se dice en una canción con música
francesa, "quería el joven ir al ferviente combate y a la muerte por su
patria"[iii], a fin de restaurar la romántica pompa imperial de la Edad Media;
y, al declinar los años, ese joven ardiente se convertía en un criado
corriente, pietista y absolutista, de su príncipe. No era ya un llamamiento a
la unidad, mucho más terrenal, de los abogados y otros ideólogos burgueses de
la fiesta de los liberales de Hambach[7], que se creían que amaban la libertad
y la unidad como tales, sin
darse cuenta de que la helvetización de Alemania para formar una república de
pequeños cantones, a lo que se reducían los ideales de los más sensatos de
ellos, era tan imposible como el Imperio de Hohenstaufen de los mencionados
estudiantes. No, era el deseo del comerciante práctico y de los industriales,
nacido de la necesidad inmediata de los negocios, de barrer la basura legada
por la historia de los pequeños Estados, que obstruía el camino del libre
desarrollo del comercio y la industria, de suprimir todos los impedimentos
superfluos que esperaban al negociante alemán en su tierra si quería
presentarse en el mercado mundial y de los que estaban libres todos sus
rivales. La unidad alemana devino una necesidad económica. Y los que la
reivindicaban ahora sabían lo que querían. Habían sido formados en el comercio
y para el comercio, se entendían y sabían cómo había que ponerse de acuerdo.
Sabían que se debía pedir altos precios, pero que también se debía bajarlos
sin mucho regateo. Cantaban acerca de la "patria del alemán", incluidas
Estiria, Tirol y Austria "rica en victorias y gloria"[iv], así como:

Von der Maas bis an die Memel,

Von der Etsch bis an den Belt,

Deutschland, Deutschland über alles,

Über alles in der Welt[v].

Y, de pagarse al contado, estaban dispuestos a bajar una parte considerable
"del 25 al 30 por ciento" de esa patria que debía ser cada vez mayor[vi]. Su
plan de unificación estaba hecho y podía ponerse en práctica inmediatamente.
Pero, la unidad de Alemania no era una cuestión puramente alemana. Desde la
guerra de los Treinta años[8], ningún asunto público alemán se había decidido
sin la injerencia, muy sensible, del extranjero[vii]. En 1740, Federico II
conquistó la Silesia con ayuda de los franceses. En 1803, Francia y Rusia
dictaron palabra por palabra la reorganización del Sacro Imperio Romano por
decisión de la diputación imperial[10]. Luego, Napoleón implantó en Alemania
un orden de cosas que respondía a sus intereses. Finalmente, en el Congreso de
Viena[viii], bajo la influencia de Rusia principalmente y de Inglaterra y
Francia, fue dividida en treinta y seis Estados y más de doscientas parcelas de territorio grandes y pequeños,
y las dinastías alemanas, exactamente igual que en la Dieta de Ratisbona de
1802 a 1803[11], ayudaron lealmente a eso y agravaron aún más el
desmembramiento del país. Por si fuera poco, unos trozos de Alemania fueron
entregados a príncipes extranjeros. Así, Alemania, además de impotente y sin
recursos, desgarrada por discordias intestinas, se encontró condenada a la
nulidad desde el punto de vista político, militar e incluso industrial. Peor
aún, Francia y Rusia, por precedentes repetidos, se tomaron el derecho a
desmembrar Alemania, de la misma manera que Francia y Austria se arrogaron el
de cuidar de que Italia permaneciese dividida. De este derecho imaginario se
valió el zar Nicolás en 1850, al impedir del modo más grosero todo cambio de
la Constitución, exigió y logró el restablecimiento de la Dieta federal,
símbolo de la impotencia de Alemania.

Por tanto, no hubo de reconquistar la unidad de Alemania sólo en lucha contra
los príncipes y otros enemigos del interior, sino también contra el
extranjero. O incluso más: con la ayuda del extranjero. Y ¿cuál era a la sazón
la situación en el extranjero?

En Francia, Luis Bonaparte había aprovechado la lucha entre la burguesía y la
clase obrera para subir a la presidencia con la ayuda de los campesinos, y al
trono imperial con la ayuda del ejército. Sin embargo, un nuevo emperador,
Napoleón, llevado al trono por el ejército en las fronteras de la Francia de
1815 era un aborto. El Imperio napoleónico renacido significaba la expansión
de Francia hasta el Rin, la realización del sueño tradicional del chovinismo
francés. Pero, en los primeros tiempos, no cabía hablar de la toma del Rin por
Bonaparte; toda tentativa en este sentido hubiera tenido como consecuencia una
coalición europea contra Francia. Mientras tanto se ofreció una ocasión para
aumentar la potencia de Francia y conseguir nuevos laureles al ejército
mediante una guerra, emprendida con el asenso de casi toda Europa, contra
Rusia, la cual se había aprovechado del período revolucionario en Europa
Occidental para apoderarse con toda tranquilidad de los principados del
Danubio y preparar una nueva guerra de conquista contra Turquía. Inglaterra se
alió a Francia, Austria adoptó una actitud favorable respecto de las dos, sólo
la heroica Prusia seguía besando el knut ruso, con el cual todavía ayer la
fustigaban, y mantenía una neutralidad benevolente hacia Rusia. Pero ni
Inglaterra ni Francia buscaban una victoria seria sobre el adversario, y, por
eso, la guerra terminó con una humillación muy ligera de Rusia y con una
alianza ruso-francesa contra Austria[ix].

La guerra de Crimea hizo de Francia la potencia dirigente de Europa, y al
aventurero Luis Napoleón, el héroe del día, lo que, en verdad, no quiere decir
gran cosa. Pero, la guerra de Crimea no aportó aumento de territorio a
Francia, por cuya razón iba preñada de una nueva guerra, en la que Luis
Napoleón debía satisfacer su verdadera vocación de "aumentador de las tierras
del Imperio"[x]. Esta nueva guerra fue preparada ya en el curso de la
primera, cuando Cerdeña recibió el permiso de unirse a la alianza occidental
como satélite de la Francia imperial y especialmente como avanzadilla de éste
contra Austria; la preparación de la guerra prosiguió al concluirse la paz
mediante el acuerdo de Luis Napoleón con Rusia[12], a la que nada era más
agradable que un castigo para Austria.

Luis Napoleón se hizo el ídolo de la burguesía europea. Y no sólo merced a la
"salvación de la sociedad" del 2 de diciembre de 1851[13], con la que, la
verdad sea dicha, puso fin al poder político de la burguesía, pero con tal de salvar el poder social de la misma; no sólo
por haber mostrado que, en las condiciones favorables, el sufragio universal
podía ser transformado en un instrumento de opresión de las masas; no sólo
porque, bajo su reinado, la industria, el comercio y, sobre todo, la
especulación y la Bolsa alcanzaron una prosperidad inaudita; sino, ante todo,
porque la burguesía reconocía en él al primer "gran hombre de Estado" que
era la carne de su carne y la sangre de su sangre. Era un advenedizo, como
cualquier auténtico burgués. "Pasado por todas las aguas", conspirador
carbonario en Italia, oficial de artillería en Suiza, distinguido vagabundo
endeudado y agente de la policía especial en Inglaterra[14], pero siempre y en
todas partes pretendiente al trono, con su pasado aventurero y con sus
compromisos morales en todos los países, se había preparado para el papel de
emperador de Francia y regidor de los destinos de Europa. Así, el burgués
ejemplar, el burgués norteamericano, se prepara a devenir millonario mediante
una serie de bancarrotas honestas y fraudulentas. Llegado a emperador, además
de subordinar la política a los intereses del lucro capitalista y de la
especulación bursátil, se atenía en la política misma a los principios de la
Bolsa de valores y especulaba con el "principio de las nacionalidades". El
desmembramiento de Alemania y de Italia habían sido hasta entonces un derecho
inalienable de la política francesa: Luis Napoleón se puso inmediatamente a la
venta al por menor de ese derecho a cambio de las llamadas compensaciones.

Estaba dispuesto a ayudar a Italia y Alemania a poner fin a su desmembramiento
a condición de que Alemania e Italia le pagasen cada una su paso hacia la
unificación nacional con concesiones territoriales. Eso, además de satisfacer
el chovinismo francés y de llevar a la extensión progresiva del Imperio hasta
las fronteras de 1801[15], volvía a hacer de Francia una potencia
específicamente ilustrada y liberadora de los pueblos y colocaba a Luis
Napoleón en la situación de protector de las nacionalidades oprimidas. Y toda
la burguesía ilustrada e inspirada en ideas nacionales (puesto que estaba
vivamente interesada en suprimir todo lo que podía obstaculizar los negocios
en el mercado mundial) aclamó unánime ese espíritu de liberación universal.

Se comenzó en Italia[xi]. Aquí imperaba, desde 1849, de modo absoluto, Austria,
pero, ésta era, a la sazón, la cabeza de turco de toda Europa. La pobreza de
los resultados de la guerra de Crimea no se imputaba a la indecisión de las
potencias occidentales, que no habían querido más que una guerra de
ostentación, sino sólo a la posición indecisa de Austria, en la que nadie
tenía más culpa que dichas potencias mismas. Pero Rusia se sentía tan ofendida
por el avance de los austríacos hacia el Prut -gratitud por la ayuda rusa en
Hungría en 1849 (aunque precisamente este avance la salvó)-, que acogía con
placer cualquier ataque a Austria. Con Prusia no se contaba ya para nada, y en
el Congreso de la paz de París[16] la trataron en canaille. Así, la guerra de
liberación de Italia "hasta el Adriático", emprendida con la colaboración de
Rusia, se inició en la primavera de 1859 y terminó ya en verano en el Mincio.
Austria no fue arrojada de Italia, Italia no se vio "libre hasta el
Adriático" y no fue unificada, Cerdeña aumentó su territorio; pero Francia
obtuvo Saboya y Niza, llegando así a sus fronteras con la Italia de 1801[17].

Pero, los italianos no quedaron satisfechos. En Italia dominaba la manufactura
propiamente dicha, y la gran industria se hallaba en pañales. La clase obrera
estaba aún lejos de ser completamente expropiada y proletarizada; en las
ciudades poseía aún sus propios medios de producción, mientras que, en el
campo, el trabajo industrial suponía un ingreso secundario de los pequeños
campesinos propietarios o arrendatarios. Por eso, la energía de la burguesía
no había sido todavía socavada por el antagonismo de un proletariado moderno
consciente de sus intereses de clase. Y por cuanto la división en Italia no se
mantenía más que por la dominación extranjera de Austria, bajo cuya protección
los abusos de los príncipes llegaron al extremo del mal gobierno, la nobleza,
propietaria de grandes extensiones de tierra, y las masas populares urbanas
estuvieron al lado de la burguesía, campeona de la independencia nacional.
Pero, en 1859, se sacudió la dominación extranjera, excepto en Venecia;
Francia y Rusia impidieron en lo sucesivo toda injerencia extranjera en
Italia; nadie la temía más. E Italia tenía en la persona de Garibaldi a un
héroe de carácter clásico, que podía hacer y hacía milagros. Acompañado de mil
voluntarios derrocó todo el reino de Nápoles, unificó prácticamente a Italia y
rompió la red artificial tramada por la política de Bonaparte. Italia estaba
libre y, en realidad, unificada, pero no merced a las intrigas de Luis
Napoleón, sino a la revolución.

Desde la guerra de Italia, la política exterior del Segundo Imperio no era ya
secreto para nadie. Los vencedores del gran Napoleón debían ser castigados,
pero, l'un après l'autre, uno tras otro. Rusia y Austria ya recibieron lo
suyo, ahora el turno era de Prusia. Y a ésta la despreciaban más que nunca; su
política durante la guerra de Italia había sido cobarde y miserable, igual que
en los tiempos de la paz de Basilea de 1795[18]. La "política de las manos
libres"[19] había llevado a Prusia a una situación en que ésta se vio
completamente aislada en Europa, todos sus vecinos grandes y pequeños se
alegraban con la idea del espectáculo de la Prusia derrotada completamente y
al ver que sus manos estaban libres sólo para ceder a Francia la orilla izquierda del Rin.

En efecto, durante los primeros años que siguieron al de 1859, por doquier y,
más que nada, en el propio Rin se propagó el convencimiento de que la orilla
izquierda del Rin pasaba irrevocablemente a manos de Francia. Cierto es que no
se ansiaba mucho ese paso, pero se le consideraba fatalmente inevitable y, la
verdad sea dicha, no se le temía mucho. Renacían entre los campesinos y los
pequeños burgueses de la ciudad los viejos recuerdos de los tiempos franceses,
que les habían traído efectivamente la libertad; y entre la burguesía, la
aristocracia financiera, sobre todo la de Colonia, estaba ya muy ligada a las
fullerías del "Crédit Mobilier"[20] y otras compañías bonapartistas
fraudulentas, y exigía a voz en cuello la anexión[xii].
Pero la pérdida de la orilla izquierda del Rin significaría el debilitamiento,
no sólo de Prusia, sino también de Alemania. Y Alemania estaba más dividida
que nunca. El enajenamiento entre Austria y Prusia llegó al extremo debido a
la neutralidad de esta última durante la guerra de Italia; la pequeña chusma
de príncipes miraba, con miedo y ansia a la vez, a Luis Napoleón, como
protector futuro de una nueva Confederación del Rin[21]. Tal era la situación
de la Alemania oficial. Y eso ocurría cuando sólo las fuerzas mancomunadas de
toda la nación estaban en condiciones de impedir el desmembramiento del país.
Ahora bien, ¿cómo mancomunar las fuerzas de toda la nación? Quedaban tres
caminos abiertos después del fracaso de los intentos de 1848, casi todos
nebulosos, fracaso que disipó precisamente muchas nubes.

El primer camino era el de la verdadera unificación del país mediante la
supresión de todos los Estados separados, es decir, era un camino abiertamente
revolucionario. En Italia, ese camino acababa de llevar a la meta: la dinastía
de Saboya se puso al lado de la revolución, apropiándose de ese modo la corona
italiana. Pero nuestros saboyanos alemanes, los Hohenzollern, lo mismo que sus
Cavours más audaces y la Bismarck eran absolutamente incapaces para tanto. El
pueblo tendría que hacerlo él mismo, y en una guerra por la orilla izquierda
del Rin sabría hacer todo lo necesario. La inevitable retirada de los
prusianos al otro lado del Rin, el asedio de las plazas fuertes renanas y la
traición de los príncipes de Alemania del Sur, que hubiera sucedido indudablemente, podían originar un movimiento nacional capaz de hacer añicos todo el
poder de los dinastas. Y entonces, Luis Napoleón hubiera sido el primero en
envainar la espada. El Segundo Imperio sólo podía luchar contra Estados
reaccionarios, frente a los que aparecía como continuador de la revolución
francesa, como liberador de los pueblos. Contra un pueblo que se hallaba en
estado de revolución era impotente; además, la revolución alemana victoriosa
podía dar un impulso al derrocamiento de todo el Imperio francés. Este sería
el caso más favorable; en el peor de los casos, si los príncipes se pusiesen
al frente del movimiento, la orilla izquierda del Rin se entregaría
temporalmente a Francia, se denunciaría ante el mundo entero la traición
activa o pasiva de los dinastas y se crearía una crisis de la que no habría
otra salida que la revolución, la expulsión de los príncipes y la instauración
de la República alemana única.

Tal y como estaban las cosas, Alemania sólo podía emprender ese camino de la
unificación si Luis Napoleón comenzase la guerra por la frontera del Rin. Pero
esta guerra no tuvo lugar por razones que expondremos más adelante. Mientras
tanto, tampoco el problema de la unificación nacional dejaba de ser una
cuestión urgente y vital que había que resolver de un día para otro so pena de
hundimiento. La nación podía esperar hasta cierto momento.

El segundo camino era la unificación bajo la hegemonía de Austria. Austria
había conservado en 1815 de buen grado su situación de Estado con territorio
compacto y redondeado impuesta por las guerras napoleónicas. No pretendía más
a sus posesiones anteriores en Alemania del Sur y se contentaba con que se le
juntaran antiguos y nuevos territorios que se pudiesen ajustar geográfica y
estratégicamente al núcleo restante de la monarquía. La separación de la
Austria alemana del resto de Alemania, iniciada con la implantación de
barreras aduaneras por José II, agravada por el régimen policíaco de Francisco
I en Italia y llevada al extremo por la disolución del Imperio germánico y la
formación de la Confederación del Rin, se mantuvo, prácticamente, en vigor
incluso después de 1815. Metternich levantó entre su Estado y Alemania una
verdadera muralla china. Las tarifas aduaneras impedían la entrada de
productos materiales de Alemania, la censura, los espirituales; las más
inverosímiles restricciones en materia de pasaportes limitaban al extremo
mínimo las relaciones personales. En el interior, un absolutismo arbitrario,
único incluso en Alemania, aseguraba al país contra todo movimiento político,
hasta el más débil. De ese modo, Austria permanecía al margen de todo
movimiento liberal burgués de Alemania. En 1848 se vinieron por tierra, en su
mayor parte, al menos, las barreras espirituales que se habían levantado entre
ellas; pero los acontecimientos de ese año y sus consecuencias no podían en absoluto contribuir a la
aproximación entre Austria y el resto de Alemania; al contrario, Austria se
jactaba más y más de su situación de gran potencia independiente. Y por eso,
aunque se quería a los soldados austríacos en las fortalezas federales[22],
mientras se odiaba y se burlaba de los prusianos, y aunque en todo el Sur y
Oeste, preferentemente católicos, Austria era todavía popular y gozaba de
respeto, nadie pensaba en serio en la unificación de Alemania bajo la
dominación de Austria, salvo unos que otros príncipes de Estados alemanes
pequeños y medios.

Y no podía ser de otro modo. Austria misma no deseaba otra cosa, aunque
siguiese alentando a la chita callando anhelos románticos imperiales. La
frontera aduanera austríaca se hizo con el tiempo la única barrera material de
separación en Alemania, lo que la hacía tanto más sensible. La política de
gran potencia independiente no tenía sentido si no significaba el abandono de
los intereses alemanes en favor de los específicamente austríacos, es decir,
italianos, húngaros, etc. Lo mismo que antes de la revolución, después de
ésta, Austria era el Estado más reaccionario de Alemania, la que más a
regañadientes seguía la corriente moderna; además, era la última gran potencia
específicamente católica. Cuanto más el Gobierno de Marzo[23] trataba de
restaurar el viejo poder de los curas y los jesuitas, más se hacía imposible
su hegemonía sobre un país protestante en uno o dos tercios. Y, finalmente, la
unificación de Alemania bajo la dominación austríaca sólo hubiera sido posible
como resultado del desmembramiento de Prusia. Eso, de por sí, no hubiera
significado una desgracia para Alemania, pero el desmembramiento de Prusia por
Austria no hubiera sido menos funesto que el desmembramiento de Austria por
Prusia en la víspera de la inminente victoria de la revolución en Rusia
(después de la cual no tenía sentido desmembrar a Austria, que había de
desmoronarse por sí misma).

Dicho en breves palabras, la unidad alemana bajo el auspicio de Austria era un
sueño romántico que se hizo ver como tal cuando los príncipes alemanes,
pequeños y medios, se reunieron en Francfort, en 1863, para proclamar al
emperador Francisco José de Austria emperador de Alemania. El rey de Prusia[xiii]
se limitó a no venir, y la comedia imperial se cayó miserablemente al agua.
Quedaba el tercer camino: la unificación bajo la dirección de Prusia. Y este
camino, que ha seguido efectivamente la historia, nos hace bajar del dominio
de la especulación al suelo firme, aunque bastante sucio, de la política
práctica, de la "política realista"[24].

Después de Federico II, Prusia veía en Alemania, al igual que en Polonia, un
simple territorio de conquista, territorio del que uno toma todo lo que puede,
pero que, como es lógico, hay que compartir con otros. El reparto de Alemania
con la participación del extranjero -Francia en primer término-, tal era la
"misión alemana" de Prusia desde 1740. "Je vais, je crois, jouer votre jeu;
si les as me viennent, nous partagerons (creo que voy hacer su juego de
usted; si me tocan los ases, los repartiremos), tales fueron las palabras de
Federico al despedirse del embajador francés[xiv], cuando emprendía la primera
guerra[25]. Fiel a esa "misión alemana", Prusia traicionó a Alemania en
1795, al concertarse la paz de Basilea, consintiendo de antemano (el tratado
del 5 de agosto de 1796) ceder la orilla izquierda del Rin a los franceses a
cambio de la promesa de aumento de territorio y obtuvo, efectivamente, una
recompensa por su traición al Imperio, por acuerdo de la decisión de la
diputación imperial dictado por Rusia y Francia. En 1808 volvió a hacer
traición a sus aliados, a Rusia y Austria, en cuanto Napoleón la llamó
ostentando Hannover como cebo -y ella lo mordió-, pero se enredó tanto en su
propia y estúpida astucia que se vio arrastrada a la guerra contra Napoleón y
recibió en Jena el castigo que merecía[26]. Federico Guillermo III, aún bajo
la impresión de esos golpes, hasta después de las victorias de 1813 y 1814
quiso renunciar a todas las plazas exteriores del Oeste de Alemania, limitarse
a las posesiones del Nordeste de Alemania, retirarse, como Austria, lo más
lejos posible de Alemania, lo cual convertiría a toda la Alemania Occidental
en una nueva Confederación del Rin bajo la dominación protectora rusa o
francesa. El plan no tuvo éxito: a despecho de la voluntad del rey, Westfalia
y Renania le fueron impuestas y con ellas una nueva "misión alemana".
Ahora se acabó temporalmente con las anexiones, sin contar la compra de
mínimos trozos de territorio. En el país volvió a florecer progresivamente la
vieja administración de los junkers y los burócratas; las promesas de
Constitución dadas al pueblo en el momento de la extrema agravación de la
situación se vulneraban con pertinacia. Pero, con todo y con eso, la burguesía
se elevaba sin cesar incluso en Prusia, ya que sin industria y sin comercio
hasta el arrogante Estado prusiano se reducía ahora a cero. Hubo de hacer
concesiones económicas a la burguesía lentamente, con una resistencia tenaz y
en dosis homeopáticas. Y, de un lado, estas concesiones le ofrecían a Prusia
la perspectiva de apoyo a la "misión alemana": de esta manera, Prusia, para
suprimir las fronteras aduaneras ajenas entre sus dos mitades, invitó a los
Estados alemanes vecinos a formar la unión aduanera. Así surgió la Unión
aduanera que no fue más que una buena intención hasta 1830 (sólo
Hesse-Darmstadt entró en ella), pero luego, a medida que se fue acelerando
algo el desarrollo político y económico, anexionó económicamente a Prusia la
mayor parte del interior de Alemania. Las tierras no prusianas del litoral
quedaron fuera de la Unión hasta después de 1848.

La Unión aduanera fue un gran éxito de Prusia. El que significase la victoria
sobre la influencia austríaca era todavía lo de menos. Lo esencial consistía
en que había atraído al lado de Prusia a toda la burguesía de los Estados
alemanes pequeños y medios. Excepto Sajonia, no había un solo Estado alemán en
el que la industria no hubiese logrado un desarrollo aproximadamente igual a
la de Prusia; y eso no se debía solamente a premisas naturales e históricas,
sino, además, a la ampliación de las fronteras aduaneras y a la extensión
consecutiva del mercado interior. Y, a medida que se dilataba la Unión
aduanera, a medida que a ese mercado interior se incorporaban los pequeños
Estados, los nuevos burgueses de los mismos se acostumbraba a ver en Prusia su
soberano económico y, posiblemente, en el porvenir, soberano político. Y los
profesores silbaban lo que los burgueses cantaban. Mientras en Berlín, los
hegelianos argumentaban filosóficamente la misión de Prusia de ponerse al
frente de Alemania, en Heidelberg, los alumnos de Schlosser y, sobre todo,
Hausser y Gervinus probaban lo mismo históricamente. Se partía, naturalmente,
de que Prusia cambiaría su sistema político y que satisfaría las pretensiones
de los ideólogos de la burguesía[xv].

Por lo demás, todo eso no se hacía en virtud de preferencias especiales por el
Estado prusiano, como, por ejemplo, ocurrió con los burgueses italianos, que
reconocieron el papel rector de Piamonte después de que éste se puso
abiertamente a la cabeza del movimiento nacional y constitucional. Nada de
eso, todo se hizo a regañadientes; los burgueses eligieron a Prusia como el
mal menor, porque Austria no los admitía en sus mercados y porque Prusia,
comparada con Austria, conservaba, de mal grado, cierto carácter burgués, ya
por la sola razón de su avaricia financiera. Dos buenas instituciones
constituían una ventaja de Prusia ante los otros grandes Estados: el servicio
militar obligatorio y la instrucción escolar obligatoria. Las implantó en
tiempos de miseria desesperada, y se contentaba en las épocas mejores con
quitarles lo que podían tener de peligroso en ciertas condiciones, llevándolas
a cabo con negligencia y desfigurándolas premeditadamente. Pero, en el papel,
seguían en pie, de modo que Prusia se reservaba la posibilidad de desencadenar
un día la energía potencial latente en las masas populares en unas
proporciones imposibles en otro lugar con igual número de habitantes. La
burguesía se adaptó a esas dos instituciones; el servicio militar personal
para los que lo cumplían durante un año, es decir, para los hijos de los
burgueses, era soportable y se podía eludir fácilmente alrededor de 1840 con
ayuda de un soborno, tanto más que en el ejército no se apreciaba mucho a la
sazón a los oficiales de la Landwehr[28], reclutados en los medios comerciales e industriales. Y el gran número de hombres que poseían cierta suma de
conocimientos elementales, que existían incontestablemente en Prusia, merced a
los tiempos de la escuela obligatoria, era útil en el más alto grado para la
burguesía; a medida que crecía la gran industria eso terminó por ser incluso
insuficiente[xvi]. Se quejaban, principalmente en los medios pequeñoburgueses,
del alto costo de estas dos instituciones, que se expresaba en altos
impuestos[xvii]; la burguesía ascendente había calculado que los gajes,
desagradables, pero inevitables, relacionados con la futura situación del
país, como gran potencia, se compensarían con creces merced al aumento de las
ganancias.

En una palabra, los burgueses alemanes no se hacían ilusión alguna acerca de
la amabilidad de Prusia. Y el que la idea de la hegemonía prusiana hubiese
ganado influencia entre ellos a partir de 1840 era porque y por cuanto la
burguesía prusiana, gracias a su rápido desarrollo económico, se ponía al
frente de la burguesía alemana en los aspectos económico y político; porque y
por cuanto los Rotteck y los Welcker del Sur constitucional desde hacía mucho
tiempo habían sido eclipsados por los Camphausen, los Hansemann y los Milde
del Norte prusiano; porque los abogados y los profesores habían sido
eclipsados por los comerciantes y los industriales. En efecto, entre los
liberales prusianos de los últimos años que precedieron al de 1848, sobre todo
en el Rin, se sentían aires revolucionarios muy distintos de los que había
entre los cantonalistas liberales de Alemania del Sur[30]. A la sazón
aparecieron las dos mejores canciones políticas populares desde el siglo XVI:
la canción del alcalde Tschech y la de la baronesa von Droste-Vischering, cuya
temeridad indigna ahora a los viejos que las cantaban con desenvoltura en
1846:

Hatte je ein Mensch so'n Pech

Wie der Bürgermeister Tschech.

Dass er dicken Mann

Auf zwei Schritt nicht treffen kann![xviii]

Pero todo eso había de cambiar pronto. Sobrevinieron la revolución de Febrero,
las jornadas de Marzo en Viena y la revolución de Berlín del 18 de marzo. La
burguesía venció sin grandes combates, y no tenía deseo de luchar en serio
cuando llegaba al caso. Porque la misma burguesía que había coqueteado aún
hacía poco tiempo con el socialismo y el comunismo de entonces (sobre todo en
Renania) se dio cuenta de que no había formado a obreros individuales, sino
una clase obrera, un proletariado, todavía medio dormido, en verdad, pero que
se despertaba paulatinamente y era revolucionario por su naturaleza. Y ese
proletariado, que había conquistado en todas partes la victoria para la
burguesía, presentaba ya, sobre todo en Francia, unas reivindicaciones
incompatibles con la existencia de todo el régimen burgués; la primera lucha
grave entre estas dos clases tuvo lugar en París el 23 de junio de 1848; tras
cuatro días de lucha, el proletariado fue derrotado. A partir de ese momento,
la masa de la burguesía pasa en toda Europa al lado de la reacción, se alía a
los burócratas, feudales y curas absolutistas, a los que había derrocado con
la ayuda de los obreros, contra los "enemigos de la sociedad", es decir,
contra los mismos obreros.

En Prusia, esto se expresó en que la burguesía traicionó a los representantes
que ella había elegido y vio con satisfacción secreta o manifiesta que el
gobierno los dispersaba en noviembre de 1848[31]. El ministerio
junker-burocrático, que se afianzó entonces en Prusia por un período de diez
años, tuvo que gobernar indudablemente bajo una forma constitucional, pero se
vengaba por eso mediante todo un sistema de triquiñuelas y vejaciones
mezquinas, inauditas hasta entonces incluso en Prusia, que hacían sufrir
principalmente a la burguesía. Pero ésta, arrepentida, se ensimismó,
soportando humildemente los golpes y puntapiés con que la colmaban como
castigo por sus anteriores apetitos revolucionarios y acostumbrándose
paulatinamente a la idea que expresó con posterioridad: ¡pese a todo, somos
unos perros!

Vino la regencia. A fin de probar su fidelidad realista, Manteuffel rodeó con
espías al heredero al trono[xix], al emperador actual,
exactamente de la misma manera que lo ha hecho ahora Puttkamer con la
redacción de Sozialdemokrat[32]. En cuanto el heredero se hizo regente, se echó, como era lógico, a Manteuffel, y comenzó la "era nueva"[33]. No era
más que un cambio de la decoración. El príncipe regente se dignó permitir a la
burguesía que volviese a ser liberal. Esta se valió contenta del permiso, pero
se creyó que tenía la sartén por el mango, que el Estado prusiano iría a
bailar al son de su flauta. Pero no era ésa en absoluto la intención de los
"círculos competentes", valiéndonos de la expresión de la prensa rastrera.
La reorganización del ejército debía ser el precio que los burgueses liberales
habían de pagar por la "era nueva". El gobierno no exigía más que se
cumpliese el servicio militar obligatorio en las proporciones en que se había
cumplido hacia 1816. Desde el punto de vista de la oposición liberal, no se
podía objetar absolutamente nada que no se encontrase en evidente
contradicción con sus propias frases acerca de la potencia y la misión alemana
de Prusia. Pero, la oposición liberal subordinó su aceptación a la condición
de que el servicio militar obligatorio se limitase legislativamente a dos años
como máximo. De por sí, eso era perfectamente racional; la cuestión estribaba
solamente en saber si se podía extorcar esa decisión al gobierno, en si estaba
la burguesía liberal del país dispuesta a insistir en ello hasta el fin, al
precio de cualesquiera sacrificios. El gobierno insistía firme en tres años de
servicio militar, y la Cámara, en dos; estalló el conflicto[34]. Y, a la par
que el conflicto en el problema militar, la política exterior volvía a
desempeñar el papel decisivo incluso en la política interior.

Hemos visto cómo Prusia, por su actitud en la guerra de Crimea y en la de
Italia, perdió todo lo que le quedaba de consideración. Esta lastimosa
política hallaba una excusa parcial en el mal estado del ejército. Puesto que
ya antes de 1848 no se podía instaurar nuevos impuestos ni conseguir préstamos
sin el consentimiento de los estamentos, y no se quería convocar para ese fin
a los representantes de los mismos, jamás se disponía de suficiente dinero
para el ejército, y, dada esa avaricia sin límite, éste llegó a un estado de
completa decadencia. Arraigado en el reinado de Federico Guillermo III, el
espíritu de gala y exagerada disciplina hizo el resto. El conde de Waldersee
escribe hasta qué punto ese ejército de gala se mostró impotente en los campos
de batalla de Dinamarca en 1848. La movilización de 1850 fue un fiasco
completo[35]: faltaba todo, y lo que había no servía para nada en la mayoría
de los casos. Cierto es que los créditos votados por la Cámara remediaron la
situación; el ejército se sacudió de la vieja rutina, el servicio en campaña,
al menos en la mayoría de los casos, comenzó a desalojar los desfiles de gala.
Pero la fuerza del ejército seguía
la misma que hacia 1820, mientras que las otras grandes potencias, sobre todo
Francia, precisamente el peligro mayor, habían aumentado considerablemente sus
fuerzas militares. Mientras tanto, en Prusia regía el servicio militar
obligatorio; cada prusiano era, en el papel, un soldado, pero, al aumentar la
población de 10 1/2 millones (1817) a 17 3/4 millones (1858), el contingente
del ejército fijado no permitía incorporar a sus filas y formar a más de un
tercio de los útiles para el servicio militar. Ahora el gobierno exigía un
reforzamiento del ejército que correspondiese exactamente casi al aumento de
la población desde 1817. Sin embargo, los mismos diputados liberales que
habían exigido sin cesar al gobierno que se pusiese al frente de Alemania, que
protegiese el poderío de Alemania respecto del exterior y restableciese su
prestigio internacional, esos mismos hombres se mostraban tacaños, calculaban
y no querían consentir nada que no se basase en el servicio de dos años.
¿Tenían ellos suficiente fuerza para hacer valer su voluntad, en la que
insistían tan pertinaces? ¿Les respaldaba el pueblo o, al menos, la burguesía,
dispuesto a acciones decididas?

Al contrario. La burguesía aplaudía sus torneos oratorios con Bismarck, pero,
en realidad, organizó un movimiento dirigido en la práctica, aunque
inconscientemente, contra la política de la mayoría de la Cámara prusiana. Los
atentados de Dinamarca a la Constitución de Holstein y los intentos de
dinamarquizar por la fuerza el Schleswig indignaban al burgués alemán; éste
estaba acostumbrado a que le potreasen las grandes potencias, pero montaba en
cólera por los puntapiés que le propinaba la pequeña Dinamarca. Se fundó la
Liga nacional[36]; precisamente la burguesía de los pequeños Estados formaba su fuerza. Y la Liga nacional, con todo su liberalismo, exigía ante todo la
unificación de la nación bajo la hegemonía de Prusia, de una Prusia en lo
posible liberal, en caso de necesidad, de la Prusia tal y como era. Lo que la
Liga nacional exigía en primer término era que se acabase con la situación
miserable de los alemanes en el mercado mundial, tratados como gente de
segunda clase, que se refrenara a Dinamarca y que se mostrara los colmillos a
las grandes potencias en Schleswig-Holstein. Además, ahora se podía exigir la
dirección prusiana sin las vaguedades e ilusiones que acompañaban esta
reivindicación hasta 1850. Se sabía perfectamente que significaba la expulsión
de Austria de Alemania, que abolía, de hecho, la soberanía de los pequeños
Estados y que lo uno y lo otro era imposible sin la guerra civil y sin la
división de Alemania. Pero no se temía más la guerra civil, y la división no
hacía más que el balance del cierre de la frontera aduanera con Austria. La
industria y el comercio de Alemania habían alcanzado tan alto desarrollo, la
red de firmas comerciales alemanas, que abarcaba el mercado mundial, se había
extendido tanto y se había hecho tan densa que no se podía tolerar más el
sistema de pequeños Estados en la patria, así como la carencia de derechos y
la ausencia de protección en el exterior. Al propio tiempo, cuando la más
poderosa organización política que jamás había tenido la burguesía alemana les
negaba, en realidad, el voto de confianza a los diputados de Berlín, ¡estos
últimos seguían regateando en torno a la duración del servicio militar!

Tal era la situación cuando Bismarck decidió inmiscuirse activamente en la
política exterior.

Bismarck es Luis Napoleón, es el aventurero francés pretendiente a la corona,
convertido en junker prusiano de provincia y en estudiante alemán de
corporación. Lo mismo que Luis Napoleón, Bismarck es un hombre de gran
espíritu práctico y muy astuto, un hombre de negocios innato y socarrón que,
en otras circunstancias, podría competir en la Bolsa de Nueva York con los
Vanderbilt y los Jay Gould; y, en verdad, no organizó mal sus pequeños asuntos
personales. No obstante, tan desarrollada inteligencia en el dominio de la
vida práctica suele ir acompañada de horizontes muy limitados, y en este
aspecto Bismarck supera a su antecesor francés. Este último, a despecho de
todo, se formó por su cuenta sus "ideas napoleónicas"[37] en el curso de su
período de vagabundaje, aunque éstas no valían más de lo que valía él,
mientras que Bismarck, como veremos más adelante, jamás había tenido siquiera
sombra de idea política propia, ya que sólo combinaba a su manera ideas
ajenas. Y esa estrechez de horizontes fue precisamente su suerte. Sin ella
jamás hubiera podido enfocar toda la historia universal desde el punto de
vista específico prusiano; y de haber en esta su concepción del mundo
ultraprusiana una hendidura cualquiera que dejase penetrar la luz del día, se
hubiera confundido en toda su misión y se hubiera acabado su gloria. En
efecto, apenas cumplió a su manera su misión especial, prescrita desde el
exterior, se vio en un atolladero; luego veremos qué saltos hubo de dar debido
a la ausencia absoluta de ideas racionales y a su incapacidad de comprender
por su cuenta la situación histórica que había creado.

Si, por su vida anterior, Luis Napoleón se había acostumbrado a no pararse en
la elección de los medios, Bismarck aprendió de la historia de la política
prusiana, principalmente de la política del llamado gran elector[xx] y de
Federico II sobre todo, a proceder con todavía menos escrúpulos; podía hacer
todo eso conservando la alentadora conciencia de que seguía fiel a la
tradición nacional. Su espíritu práctico le enseñaba a que, en caso de
necesidad, había que relegar a segundo plano sus veleidades de junker; cuando
le parecía que esa necesidad había pasado, las veleidades resurgían rápidamente;
pero, eso era una señal de decadencia. Su método político era el del
estudiante de corporación: en la Cámara aplicaba sin reparo a la Constitución
prusiana la interpretación literal y burlesca de las cervecerías, con ayuda de
la cual se salía de los apuros en las tabernas estudiantiles; todas las
innovaciones que introducía en la diplomacia habían sido tomadas por él de las
corporaciones de estudiantes. Ahora bien, si Luis Napoleón no estaba muy
seguro de sí en los momentos decisivos, como, por ejemplo, durante el golpe de
Estado de 1851, cuando Morny hubo de recurrir positivamente a la violencia
para que continuase lo que había comenzado, o como en la víspera de la guerra
de 1870, cuando, por indeciso, estropeó toda la situación, hay que reconocer
que con Bismarck eso no ocurre nunca. Su fuerza de voluntad jamás le abandona,
sino que se traduce más bien en franca brutalidad. Y en ello reside, en primer
término, el secreto de sus éxitos. Todas las clases dominantes de Alemania,
los junkers, lo mismo que los burgueses, habían perdido hasta tal punto sus
últimos restos de energía, en la Alemania "culta" era tan común el no tener
voluntad, que el único hombre que efectivamente aún la poseía se hizo por eso
el más grande de todos, se erigió en tirano que reinaba sobre todos, ante el
cual todos "saltaban la varita", como decían ellos mismos, a despecho del
sentido común y la honestidad elementales. En todo caso, en la Alemania
"inculta" no se ha ido todavía tan lejos: el pueblo trabajador ha mostrado
que tiene voluntad con la que no puede ni siquiera la fuerte voluntad de
Bismarck.

Nuestro junker de la Vieja Marca tenía por delante una brillante carrera,
haciéndole falta nada más que emprender las cosas con valor e inteligencia.
¿Acaso Luis Napoleón no se hizo ídolo de la burguesía precisamente por haber
disuelto su Parlamento, pero aumentando sus ganancias? ¿Acaso Bismarck no
poseía el mismo talento de hombre de negocios que los burgueses admiraban
tanto en el falso Bonaparte? ¿Acaso no se sentía atraído por su Bleichröder
como Luis Napoleón por su Fould? ¿Acaso en la Alemania de 1864 no había una
contradicción entre los diputados burgueses a la Cámara, que por avaricia
querían acortar el plazo del servicio militar, y los burgueses fuera de la
Cámara, los de la Liga nacional, que ansiaban actos nacionales a todo precio,
actos para los que hacía falta la fuerza militar? ¿Acaso no hubo análoga
contradicción en Francia, en 1851, entre los burgueses de la Cámara que
querían refrenar el poder del presidente y los burgueses de fuera de la misma,
que ansiaban la tranquilidad y un gobierno fuerte, la tranquilidad a todo
precio, contradicción que Luis Napoleón resolvió dispersando a los camorristas
parlamentarios y dando la tranquilidad a las masas de la burguesía? ¿Acaso la
situación de Alemania no era aún más favorable para un golpe de mano audaz?
¿Acaso el plan de reorganización del ejército no había sido ya presentado en
forma acabada por la burguesía y acaso ésta no había expresado públicamente su
deseo de que apareciese un enérgico hombre de Estado prusiano que pusiese en
práctica el plan, excluyese a Austria de Alemania y unificase los pequeños
Estados alemanes bajo la hegemonía de Prusia? Y si hubiese de maltratar algo
la Constitución prusiana y apartar a los ideólogos de la Cámara y de fuera de
ella, dándoles lo merecido, ¿acaso no se podía, igual que Luis Bonaparte,
respaldarse en el sufragio universal? ¿Qué podía ser más democrático que la
implantación del sufragio universal? ¿No habrá demostrado Luis Napoleón que es
absolutamente inofensivo, al tratarlo como es debido? Y ¿no ofrecía
precisamente ese sufragio universal el medio de apelar a las grandes masas
populares, de coquetear ligeramente con el movimiento social naciente, caso de
que la burguesía se mostrase recalcitrante?

Bismarck puso manos a la obra. Había que repetir el golpe de Estado de Luis
Napoleón, mostrar palpablemente a la burguesía alemana la auténtica
correlación de fuerzas, disipar por la fuerza sus ilusiones liberales, pero
cumplir las exigencias nacionales suyas que coincidían con los designios de
Prusia. Fue Schleswig-Holstein que dio pábulo para la acción. El terreno de la
política exterior estaba preparado. Bismarck atrajo al zar ruso[xxi] a su lado
con los servicios policíacos que le prestara en 1863 en la lucha contra los
insurgentes polacos[38]; Luis Napoleón también había sido trabajado y podía
justificar con su preferido "principio de las nacionalidades" su
indiferencia, si no la protección tácita, respecto de los planes de Bismarck;
en Inglaterra, el Primer Ministro era Palmerston, que había puesto al pequeño
lord John Russel al frente de los asuntos exteriores con el único fin de
convertirlo en un hazmerreír. Austria era una rival de Prusia en la lucha por
la hegemonía en Alemania, y precisamente en ese problema se inclinaba menos
que nada a ceder la primacía a Prusia, tanto más que en 1850 y 1851 se había
portado en Schleswig-Holstein como esbirro del emperador Nicolás, procediendo,
prácticamente, de manera más vil que la propia Prusia. Por tanto, la situación
era extraordinariamente propicia. Por más que Bismarck odiase a Austria y por
más que Austria quisiese, por su parte, descargar su cólera sobre Prusia, al
morir Federico VII de Dinamarca, no les quedaba otra cosa que emprender la
campaña conjunta contra Dinamarca, con el tácito consentimiento de Rusia y de
Francia. El éxito estaba asegurado de antemano si Europa permanecía neutral; ocurrió precisamente eso: los
ducados fueron conquistados y cedidos con arreglo al tratado de paz[39].
Prusia tenía en esa guerra, además, otro objetivo: probar frente al enemigo su
ejército, instruido a partir de 1850 sobre bases nuevas, así como reorganizado
y fortalecido después de 1860. El ejército confirmó su valor más de lo que se
esperaba y, además, en las situaciones bélicas más distintas. El combate de
Lyngby, en Jutlandia, donde 80 prusianos apostados tras un seto vivo pusieron
en fuga, merced a la rapidez del fuego, a un número triple de daneses, mostró
que el fusil de percusión era muy superior al de avancarga y que se sabía
manejarlo. Al propio tiempo se presentó una oportunidad para observar que los
austríacos habían sacado de la guerra italiana y del modo de combatir de los
franceses la enseñanza de que el disparar no servía de nada y el auténtico
soldado debía arremeter en seguida con la bayoneta contra el enemigo; se lo
tomaron en cuenta, ya que no cabía desear táctica enemiga más a propósito
frente a las bocas de los fusiles de retrocarga. Y para poner a los austríacos
en condiciones de convencerse de eso lo más pronto posible en la práctica, los
condados conquistados fueron colocados bajo la soberanía común de Austria y
Prusia, de acuerdo con el tratado de paz; se creó, en consecuencia, una
situación provisional que no podía por menos de engendrar conflicto tras
conflicto y brindaba, por eso, a Bismarck la plena posibilidad de utilizar, a
su elección, uno de ellos como pretexto para su gran lucha contra Austria.

Dada la costumbre de la política prusiana -"utilizar hasta el fin sin
vacilaciones" la situación favorable, según expresión del señor von Sybel-,
era natural que, so pretexto de liberar a los alemanes de la opresión danesa,
se anexasen a Alemania 200.000 habitantes daneses de Schleswig del Norte. Pero
quien quedó con las manos vacías fue el duque de Augustenburg, candidato de
los Estados pequeños y de la burguesía alemana al trono de Schleswig-Holstein.
Así, en los ducados, Bismarck cumplió la voluntad de la burguesía alemana en
contra de la voluntad de la misma. Expulsó a los daneses. Desafió al
extranjero, y el extranjero no se movió. Pero se trató a los ducados recién
liberados como a países conquistados; sin preguntar su voluntad se les
repartió temporalmente entre Austria y Prusia. Prusia volvió a ser gran
potencia y no era más la quinta rueda del carro europeo; el cumplimiento de
los anhelos nacionales de la burguesía marchaba con éxito, pero el camino
elegido no era el camino liberal de la burguesía. El conflicto militar
prusiano proseguía y se hacía cada día más insoluble. Debía comenzar el
segundo acto de la comedia política de Bismarck.

[Continúa]

Notas al pie de página de la edición de Editorial Progreso

[i] Alejandro I. (N. de la Edit.)

[ii] Glosa marginal de Engels, a lápiz: "Weert". (N. de la Edit.)

[iii] Ambas citas han sido tomadas de la poesía de C. Hinkel, "La canción de la
Unión". (N. de la Edit.)

[iv] De la poesía de E. M. Arndt, "Des Deutschen Vaterland". (N. de la Edit.)

[v] Hoffman von Fallersleben, Lied der Deutschen. ("Desde el Mosa hasta
Memel, desde el Adigio hasta el Belt, Alemania, Alemania por encima de todo,
por encima de todo en el mundo"). (N. de la Edit.)

[vi] Véase la poesía de E. M. Arndt "Des Deutschen Vaterland". (N. de la Edit.)

[vii] Glosa marginal de Engels, a lápiz: "Paz de Westfalia y paz de Teschen"[9]. (N. de la Edit.)

[viii] En el manuscrito se lee la siguiente glosa de Engels hecha a mano: "Alemania-Polonia". (N. de la Edit.)

[ix] La guerra de Crimea fue una comedia colosal única de errores, en la que uno se preguntaba ante cada escena nueva: ¿quién será ahora el engañado? Pero
la comedia costó inestimables recursos y más de un millón de vidas (continúa
en la ) humanas. Apenas comenzó la lucha, Austria entró en los
principados danubianos; los rusos se replegaron frente a ella y, por tanto,
mientras Austria permanecía neutral, una guerra contra Turquía en la frontera
terrestre de Rusia era imposible. Pero se podía tener a Austria como aliada en
una guerra en las fronteras rusas sólo en el caso de que la guerra se librase
en serio con el fin de restaurar Polonia y de hacer retroceder para mucho
tiempo la frontera occidental de Rusia. Entonces, Prusia, a través de la cual
Rusia recibía aún todas las mercancías importadas, se vería obligada a
adherirse, Rusia se encontraría bloqueada tanto por tierra como por mar y
habría de sucumbir rápidamente. Pero no era ésa la intención de los aliados.
Al contrario, ellos se sentían felices de haber descartado todo peligro de una
guerra seria. Palmerston aconsejó trasladar el teatro de operaciones a Crimea,
lo que deseaba la propia Rusia, y Luis Napoleón lo consintió de muy buen
grado. En Crimea, la guerra sólo podía ser una apariencia de guerra, y en tal
caso todos los participantes principales quedarían satisfechos. Pero, el
emperador Nicolás se metió en la cabeza la idea de que era necesario librar en
ese teatro una guerra seria, habiendo olvidado que, si bien era un terreno
propicio para una apariencia de guerra, no lo era para una guerra de verdad.
Lo que constituía la fuerza de Rusia en la defensa -la enorme extensión de su
territorio poco poblado, impracticable y pobre en recursos de abastecimiento-
se volvía en contra de ella en una guerra ofensiva, y eso no se manifestaba en
ninguna parte con más fuerza que precisamente en la dirección de Crimea. Las
estepas de la Rusia meridional, que debían ser la sepultura de los agresores,
se convirtieron en sepultura de los ejércitos rusos que Nicolás lanzaba unos
tras otros con estúpida brutalidad contra Sebastopol hasta la mitad del
invierno. Y cuando la última columna, formada de prisa y corriendo,
pertrechada a duras penas, miserablemente abastecida, perdió en el camino dos
tercios de sus efectivos (batallones enteros sucumbían en las tempestades de
nieve), cuando el resto del ejército no era ya capaz de expulsar al enemigo
del suelo ruso, el cabeza de chorlito de Nicolás perdió miserablemente el
ánimo y se envenenó. Desde este momento, la guerra volvió a ser una guerra
ficticia y se marchó hacia la conclusión de la paz. (N. de Engels)

[x] Engels emplea aquí la expresión: Mehrer des Reiches, que era parte del título de los emperadores del Sacro Imperio Romano en la Edad Media. (N. de la Edit.)

[xi] Glosa marginal de Engels, a lápiz: "Orsini". (N. de la Edit.)

[xii] Marx y yo hemos tenido más de una ocasión para convencernos sobre el terreno de que ese era el estado de ánimo a la sazón en Renania. Los industriales de la orilla izquierda me preguntaban, entre otras cosas, cómo repercutiría en sus empresas el paso a las tarifas aduaneras francesas. (N. de Engels)

[xiii] Guillermo I. (N. de la Edit.)

[xiv] Beauvau. (N. de la Edit.)

[xv] Rheinische Zeitung[27] discutió en 1842, desde este punto de vista, la cuestión de la hegemonía prusiana. Gervinus me dijo ya en verano de 1843 en Ostende: Prusia debe ponerse al frente de Alemania, pero eso requiere tres condiciones: Prusia debe dar una Constitución, debe dar la libertad de prensa y aplicar una política exterior más definida. (N. de Engels)

[xvi] Hasta en los tiempos de Kulturkampf[29], los industriales renanos se me quejaban de que no podían promover a contramaestres a excelentes obreros debido a que éstos carecían de conocimientos escolares suficientes. Eso se refería más que nada a las comarcas católicas. (N. de Engels)

[xvii] Glosa marginal de Engels: "Escuelas medias para la burguesía". (N. de la Edit.)

[xviii]

¿Se habrá visto cosa pareja

A la de lo ocurrido con el alcalde Tschech?

No acertó en ese gordiflón

A dos pasos de distancia!

(N. de la Edit.)

[xix] Al príncipe Guillermo, posteriormente, emperador Guillermo I. (N. de la
Edit.)

[xx] Federico Guillermo. (N. de la Edit.)

[xxi] Alejandro II. (N. de la Edit.)

Notas a la edición de Editorial Progreso

[1] La presente obra constituye el cuarto capítulo del folleto ideado, pero no
terminado por Engels El papel de la violencia en la historia. Los tres
primeros capítulos del trabajo debían constituir, en forma revisada, los
capítulos de la sección segunda de Anti-Dühring, unidos por el título común La
teoría de la violencia. Engels tenía intención de someter en el folleto a un
análisis crítico toda la política de Bismarck y mostrar en el ejemplo de la
historia de Alemania después de 1848 la justeza de las conclusiones teóricas
sacadas en Anti-Dühring acerca de la relación mutua entre la economía y la
política. El capítulo no fue terminado. Engels analiza en él el desarrollo de
Alemania hasta 1888.

En la obra El papel de la violencia en la historia Engels da una clara
definición de las posibles vías de la unificación de Alemania, explicando las
causas que condicionaron su unión "desde arriba", bajo la hegemonía de
Prusia. Al señalar el carácter progresivo del propio hecho de la unificación,
a pesar de haberse operado por esta vía, Engels pone al desnudo al mismo
tiempo, la limitación histórica y el carácter bonapartista de la política de
Bismarck, que condujo, en última instancia, a la formación en Alemania de un
Estado policíaco, a la prepotencia de los junkers, al crecimiento del
militarismo. Engels desenmascara la ambigüedad y la cobardía de la burguesía
prusiana, incapaz de defender hasta el fin sus propios intereses y conseguir
la liquidación completa de las supervivencias feudales. Engels critica
acerbamente la política militar belicosa de las clases dominantes de Alemania,
que encontró su expresión más nítida en el saqueo de Francia en 1871 y en la
anexión de la Alsacia y Lorena. Al analizar el estado interior del Imperio
alemán y la distribución de las fuerzas de clase en él, poniendo de manifiesto
las contradicciones interiores que le eran inherentes desde el momento mismo
de la fundación sus aspiraciones militaristas y agresivas, Engels llega a la
conclusión de la inevitabilidad de su bancarrota. Del trabajo de Engels se
deduce con toda evidencia que en Alemania una sola clase, el proletariado,
puede pretender al papel de portavoz de los intereses realmente de todo el
pueblo.

[2] En el Congreso de Viena (1814-1815), Austria, Inglaterra y Rusia, tras la
derrota de Francia, rehicieron el mapa de Europa con el fin de restaurar las
monarquías "legítimas" en contra de los intereses de la reunificación
nacional e independencia de los pueblos.

[3] Dieta federal: órgano central de la Confederación Germánica (creada a base
de la decisión del Congreso de Viena del 8 de junio de 1815; era una unión de
Estados feudales absolutistas alemanes); se reunía en Francfort del Meno y era
un instrumento de la política reaccionaria de los gobiernos alemanes. En
1848-1849 suspendió su actividad debido al desmoronamiento de la
Confederación, reanudándola en 1850, cuando la Confederación Germánica fue
restaurada. Esta dejó de existir definitivamente durante la guerra
austro-prusiana de 1866.

[4] "Año loco" ("das tolle Jahr"): así denominaban algunos literatos e
historiadores reaccionarios alemanes el año 1848. La expresión pertenece al
escritor Ludwig Bechstein, quien publicó en 1833 una novela de este título
dedicada a los disturbios en Erfurt en 1509.

[5] Se trata de la influencia que ejerció en el desarrollo del comercio
internacional el descubrimiento de nuevos placeres de oro en California en
1848 y en Australia en 1851.

[6] Los festejos de Wartburg fueron organizados por las organizaciones
estudiantiles alemanas (los burschenschafts) el 18 de octubre de 1817 en
relación con el 300 aniversario de la Reforma y el 4 aniversario de la batalla
de Leipzig. La fiesta se transformó en una manifestación de los estudiantes de
tendencias oposicionistas contra el régimen reaccionario de Metternich y por
la unidad de Alemania.

[7] La fiesta de Hambach: manifestación política del 27 de mayo de 1832 cerca
del castillo de Hambach en el Palatinado bávaro, organizada por los
representantes de la burguesía liberal y radical alemana. Los participantes de
la fiesta llamaban a la unidad de todos los alemanes contra los príncipes
alemanes en nombre de la lucha por las libertades burguesas y transformaciones
constitucionales.

[8] 205 La guerra de los Treinta años (1618-1648): guerra europea provocada
por la lucha entre los protestantes y católicos. Alemania fue el teatro
principal de esta lucha, objeto de saqueo militar y de pretensiones
anexionistas de los participantes en la guerra. Esta se acabó en 1648 con la
paz de Westfalia que refrendó el fraccionamiento político de Alemania.

[9] La paz de Teschen: tratado de paz entre Austria, por una parte, y Prusia y
Sajonia, por otra, firmado en Teschen el 24 de mayo de 1779, que concluyó la
Guerra de la Herencia bávara (1778-1779). De acuerdo con ese tratado, Prusia y
Austria recibieron porciones del territorio bávaro, y Sajonia una compensación
en metálico. Rusia intervino como intermediario en la conclusión del tratado,
siendo, junto con Francia, garante del mismo.

[10] La llamada diputación imperial era una comisión de representantes del
Imperio alemán, elegido por la Dieta imperial en octubre de 1801. Después de
prolongadas discusiones y bajo la presión de los representantes de Francia y
Rusia (que concertaron en octubre de 1801 un convenio secreto sobre la
regulación de las cuestiones territoriales en las regiones renanas de Alemania
en favor de la Francia napoleónica), adoptó el 25 de febrero de 1803 la
decisión de suprimir 112 Estados alemanes y entregar una parte considerable de
sus posesiones a Baviera, Wurtemberg, Baden y Prusia.

[11] Se alude a la discusión y aprobación por la Dieta imperial, órgano
supremo del Sacro Imperio Romano Germánico, que constaba de representantes de
los Estados alemanes, de la decisión impuesta por Francia y Rusia acerca de la
regulación de las cuestiones territoriales en la Alemania renana (véase la
nota 207). Desde 1663, la Dieta imperial se reunía en Ratisbona.-

[12] Engels alude a la conclusión en París, el 3 de marzo (19 de febrero) de
1859, de un tratado secreto entre Rusia y Francia, en virtud del cual Rusia
prometía ocupar la posición de favorable neutralidad en caso de guerra entre
Francia y Cerdeña, por una parte, y Austria, por otra. De su parte, Francia
prometió plantear la cuestión de la revisión de los artículos del tratado de
paz de París de 1856 que limitaban la soberanía de Rusia en el Mar Negro.

[13] Trátase del golpe de Estado organizado por Luis Bonaparte el 2 de
diciembre de 1851, que dio comienzo al régimen bonapartista del Segundo
Imperio.

[14] Engels alude a los hechos siguientes de la biografía de Luis Bonaparte:
deseando ganarse popularidad, éste trataba de granjearse la confianza de
distintos partidos de oposición, en particular de los carbonarios italianos;
en 1832 tomó la ciudadanía suiza en el cantón Thurgau; el 30 de octubre de
1836, con ayuda de dos regimientos de artillería intentó levantar un motín en
Estrasburgo; en 1848, durante la estancia en Inglaterra, se alistó como
voluntario al cuerpo de constables especiales (en Inglaterra, reserva de la
policía constituida por civiles), que tomaron parte en la disolución de la
manifestación de los cartistas el 10 de abril de 1848.

[15] Trátase de las fronteras de Francia, establecidas por la paz de
Lunéville, concertada entre Francia y Austria el 9 de febrero de 1801. El
tratado de paz refrendó la ampliación de las fronteras de Francia como
resultado de las guerras contra la primera y la segunda coaliciones y, en
particular, la anexión de la orilla izquierda del Rin, de Bélgica y de
Luxemburgo.

[16] Trátase del Congreso de representantes de Francia, Inglaterra, Austria,
Rusia, Cerdeña, Prusia y Turquía en París, que tuvo como resultado la firma,
el 30 de marzo de 1856, del Tratado de paz de París, poniendo fin a la guerra
de Crimea de 1853-1856.

[17] La guerra italiana: guerra de Francia y Piamonte contra Austria,
desencadenada por Napoleón III so falso pretexto de liberación de Italia. Lo
que quería Napoleón III, en realidad, era conquistar nuevos territorios y
consolidar el régimen bonapartista en Francia. Sin embargo, asustado por la
gran envergadura del movimiento de liberación nacional en Italia y empeñado en
mantener el fraccionamiento político de ésta, Napoleón III concertó una paz
separada con Austria. Francia se quedó con Saboya y Niza. Lombardía pasó a
pertenecer a Cerdeña, y Venecia siguió bajo la dominación de Austria.- 404

[18] La paz de Basilea de 1795 fue concertada con la República Francesa por
separado el 5 de abril por Prusia, que traicionó de este modo a sus aliados de
la primera coalición antifrancesa.

[19] Con estas palabras, von Schleinitz, ministro de Negocios Extranjeros de
Prusia, caracterizó en 1859 la política exterior de Prusia en el período de la
guerra de Francia y Piamonte contra Austria. Esta política consistía en no
unirse a ninguna de las partes beligerantes, pero tampoco se declaraba la
neutralidad.

[20] Trátase de la Société Générale du Crédit Mobilier, gran banco anónimo
francés creado en 1852. La fuente principal de los ingresos del banco fue la
especulación en títulos de valor. El Crédit Mobilier estaba ligado
estrechamente con los círculos gubernamentales del Segundo Imperio. En 1867
quebró y en 1871 fue liquidado.

[21] La Confederación del Rin: unión de los Estados de Alemania del Sur y del
Oeste, fundada bajo el protectorado de Napoleón en julio de 1806. La Unión
agrupaba más de 20 Estados que se hicieron, de hecho, vasallos de Francia. La
Unión se disgregó en 1813 como consecuencia de la derrota del ejército de
Napoleón.

[22] Trátase de las fortalezas de la Confederación Germánica (véase la nota
235), situadas principalmente a lo largo de la frontera francesa; las
guarniciones de estas fortalezas se reclutaban entre las fuerzas armadas de
los Estados más grandes de la Confederación, más que nada las tropas
austríacas y prusianas.

[23] Se alude al gobierno reaccionario del príncipe de Schwarzenberg, que se
formó en noviembre de 1848 después de la derrota de la revolución democrática
burguesa, que comenzó con la sublevación popular del 13 de marzo de 1848 en
Viena.

[24] La expresión "la política realista" se empleaba para designar la
política de Bismarck, que los contemporáneos consideraban basada en el
cálculo.

[25] Se tiene en cuenta el ataque de Federico II a Silesia, que pertenecía a
Austria, en diciembre de 1740.

[26] El 14 de octubre de 1806 en dos batallas simultáneas, Jena y Auerstädt,
el ejército prusiano fue aniquilado por las tropas francesas, y el Estado
prusiano se vio completamente derrotado.

[27] Rheinische Zeitung für Politik, Handel und Gewerbe ("Periódico del Rin
para cuestiones de política, comercio e industria"): diario que se publicó en
Colonia del 1 de enero de 1842 al 31 de marzo de 1843. En abril de 1842, Marx
comenzó a colaborar en él, y en octubre del mismo año pasó a ser uno de sus
redactores; Engels colaboraba también en el periódico.

[28] Landwehr: parte integrante de las fuerzas militares prusianas de tierra;
surgido en Prusia en 1813 como milicia popular en la lucha contra las tropas
napoleónicas, se empleaba, según la edad de los componentes, para engrosar el
ejército activo o para cumplir servicio de guarnición.

[29] Kulturkampf ("Lucha por la cultura"): denominación dada por los
liberales burgueses al sistema de medidas legislativas del Gobierno de
Bismarck en los años 70 del siglo XIX llevadas a la práctica bajo la bandera
de la lucha por la cultura laica. En los años 80, Bismarck abolió la mayor
parte de estas medidas, con el fin de unir las fuerzas reaccionarias.

[30] Engels llama irónicamente liberales cantonalistas a los liberales,
partidarios de la transformación de Alemania en Estado federal, a semejanza de
Suiza dividida en cantones autónomos.

[31] Trátase del golpe de Estado en Prusia en noviembre-diciembre de 1848 y
del período de reacción que le siguió.

[32] Der Sozialdemokrat ("El socialdemócrata"): semanario alemán, órgano
central del Partido Socialdemócrata Alemán; se publicó de septiembre de 1879 a
septiembre de 1888 en Zurich y de octubre de 1888 al 27 de septiembre de 1890
en Londres. Marx, lo mismo que Engels, que colaboraba en el semanario durante
todo el período de su publicación, ayudaban activamente a la redacción del
periódico a aplicar la línea proletaria del partido, criticaban y corregían
los distintos errores y vacilaciones de la publicación.

[33] En 1858, el príncipe regente Guillermo destituyó el ministerio de
Manteuffel y llamó al poder a los liberales moderados; en la prensa burguesa
este rumbo recibió el pomposo título de "era nueva"; pero, en realidad la
política de Guillermo se planteaba exclusivamente el fortalecimiento de las
posiciones de la monarquía prusiana y de los junkers. La "nueva era"
preparó, de hecho, la dictadura de Bismarck, que llegó al poder en septiembre
de 1862.

[34] El llamado conflicto constitucional entre el gobierno prusiano y la
mayoría liberal burguesa del landtag surgió en febrero de 1860, cuando ésta se
negó a aprobar el proyecto de reorganización del ejército, presentado por el
ministro de la guerra von Roon. En marzo de 1862, la mayoría liberal se negó
otra vez a aprobar los gastos de guerra, después de lo cual el gobierno
disolvió el landtag y convocó nuevas elecciones. A fines de septiembre de 1862
se formó el ministerio contrarrevolucionario de Bismarck, que en octubre del
mismo año volvió a disolver el landtag y comenzó a aplicar la reforma militar,
gastando medios sin la ratificación del landtag. El conflicto sólo se resolvió
en 1866, cuando, después de la victoria de Prusia sobre Austria, la burguesía
prusiana capituló ante Bismarck.

[35] Como respuesta a la entrada de las tropas austro-bávaras en Kurhessen, el
gobierno prusiano declaró a comienzos de noviembre de 1850 la movilización y
mandó allí sus tropas. El 8 de noviembre tuvo lugar una escaramuza
insignificante entre los destacamentos de vanguardia austro-bávaros y
prusianos en Bronzell, que mostró serias deficiencias del sistema militar y el
armamento envejecido del ejército prusiano. Ello hizo que Prusia renunciase a
las operaciones militares y capitulase ante Austria.

[36] La Liga nacional fue fundada el 15 y 16 de septiembre de 1859 en el
Congreso de los liberales burgueses en Francfort del Meno. Los organizadores
de la Liga se planteaban unificar toda Alemania, excepción hecha de Austria,
bajo la soberanía de Prusia. Después de la formación de la Confederación
Germánica del Norte, la Liga nacional declaró su propia disolución.

[37] Se alude al libro de Luis Bonaparte Ideas napoleónicas, publicado en
París en 1839 (Napoléon-Louis Bonaparte, Des idées napoléoniennes).

[38] El 8 de febrero de 1863, durante la sublevación nacional liberadora de
Polonia, Rusia y Prusia firmaron un convenio previendo acciones conjuntas de
las tropas de los dos Estados contra los rebeldes. Aún antes de la firma del
convenio, las tropas prusianas reforzaron la protección de las fronteras con
el fin de evitar el paso de los sublevados al territorio de Prusia.

[39] Después de la muerte del rey dinamarqués Federico VII, Austria y Prusia
presentaron, el 16 de enero de 1864, un ultimátum al gobierno de Dinamarca
exigiendo la abolición de la Constitución de 1863, que proclamaba la completa
incorporación de Schleswig a Dinamarca. Dinamarca se negó a aceptar el
ultimátum, por cuya razón Austria y Prusia comenzaron las hostilidades. En
julio de 1864, las tropas danesas fueron derrotadas. Durante toda la guerra,
Francia y Rusia conservaban una neutralidad amistosa hacia Austria y Prusia.
De acuerdo con el tratado de paz firmado en Viena el 30 de octubre de 1864, el
territorio de los ducados Schleswig y Holstein, incluidas las comarcas de
preponderancia de la población no alemana, fue declarado condominio de Austria
y Prusia, pasando a pertenecer por entero a Prusia después de la guerra
austro-prusiana de 1866.