El autor del siguiente folleto, Sigismund Borkheim, nació el 29 de marzo de 1825 en Glogau. Tras haber terminado el bachillerato en Berlín en 1844, estudió sucesivamente en Breslau, Greifswald y Berlín. Para cumplir con su servicio militar, demasiado pobre para sufragar los costes del servicio de un año, en 1847 tuvo que ingresar como voluntario de tres años en la artillería en Glogau. Después de la revolución de 1848 participó en asambleas democráticas y por ello se vio sometido a una investigación de consejo de guerra, a la que se sustrajo huyendo a Berlín. Allí permaneció, al principio sin ser perseguido, activo en el movimiento y tomó parte destacada en el asalto al arsenal. El arresto que le amenazaba a consecuencia de ello lo eludió mediante una nueva huida a Suiza. Cuando en septiembre de 1848 Struve organizó allí su expedición de cuerpos francos a la Selva Negra de Baden, Borkheim se sumó, fue hecho prisionero y permaneció encarcelado hasta que la revolución de Baden, en mayo de 1849, liberó a los detenidos.

Borkheim marchó a Karlsruhe para poner al servicio de la revolución su pericia como soldado. Cuando Johann Philipp Becker fue nombrado comandante en jefe de toda la milicia popular, encomendó a Borkheim la formación de una batería, para lo cual el gobierno, de momento, sólo puso a disposición los cañones sin atalajes. Los atalajes aún no se habían conseguido cuando estalló el movimiento del 6 de junio, con el que los elementos más decididos querían espolear al débil gobierno provisional, compuesto en parte por traidores directos, a desplegar mayor energía. Junto con Becker, Borkheim había participado en la manifestación, la cual, sin embargo, sólo tuvo como consecuencia inmediata que Becker con todos sus cuerpos francos y milicias populares fuese alejado de Karlsruhe y enviado al teatro de guerra del Neckar. Borkheim no pudo seguir con su batería mientras no se le proporcionaran caballos para sus cañones. Cuando por fin los obtuvo —pues

el señor Brentano, jefe del gobierno, tenía entonces todo el interés en quitarse de encima la batería revolucionaria—, los prusianos habían conquistado entretanto el Palatinado, y el primer acto de la batería de Borkheim consistió en tomar posición en el puente de Knielingen, para cubrir el paso del ejército palatino a territorio de Baden.

Con los palatinos y las tropas badenses que aún se encontraban en los alrededores de Karlsruhe, la batería de Borkheim avanzó entonces en dirección norte. El 21 de junio entró en combate cerca de Blankenloch y tomó parte honorable en el encuentro de Ubstadt (25 de junio). En la reorganización del ejército para el despliegue a lo largo del Murg, Borkheim fue asignado con sus cañones a la división Oborski y se distinguió en los combates en torno a Kuppenheim.

Después de la retirada del ejército revolucionario hacia territorio suizo, Borkheim marchó a Ginebra. Allí encontró a su antiguo superior y amigo J. Ph. Becker y a algunos compañeros de guerra más jóvenes, que en la miseria de la vida de refugiados se juntaron formando una sociedad lo más jovial posible. En el otoño de 1849, de paso por allí, disfruté algunos días divertidos entre ellos. Es la misma sociedad que bajo el nombre de «banda del azufre» ha alcanzado, por las colosales mentiras del señor Karl Vogt, una fama póstuma del todo inmerecida.

Sin embargo, la diversión no había de durar mucho. En el verano de 1850, el brazo del severo Consejo Federal alcanzó también a la inofensiva «banda del azufre», y la mayoría de aquellos joviales jóvenes tuvieron que abandonar Suiza, pues pertenecían a las categorías de refugiados que debían ser expulsados. Borkheim marchó a París, más tarde a Estrasburgo. Pero tampoco allí pudo quedarse. En febrero de 1851 fue detenido y conducido forzosamente a Calais para ser embarcado hacia Inglaterra. Durante tres meses fue arrastrado así de un lugar a otro, la mayoría de las veces encadenado, a través de 25 prisiones diferentes. Pero en todas partes, donde llegaba, los republicanos estaban avisados de antemano, salían al encuentro del preso trasladado, se ocupaban de que se le proveyera abundantemente de víveres, obsequiaban y sobornaban a los gendarmes y funcionarios y le procuraban medios de transporte donde era posible. Así llegó por fin a Inglaterra.

En Londres encontró, ciertamente, una miseria de refugiados mucho más aguda que en Ginebra o incluso en Francia, pero tampoco aquí lo abandonó su elasticidad. Buscó ocupación, la que fuese, y la encontró primero en un negocio de emigración de Liverpool, que necesitaba empleados alemanes como intérpretes para los numerosos emigrantes alemanes que decían adiós a la vieja patria felizmente devuelta a la tranquilidad.

Pero al mismo tiempo buscaba otras relaciones comerciales, y con tal éxito que, tras el estallido de la guerra de Crimea, logró fletar un vapor con toda clase de mercancías hacia Balaklava y vender la carga allí, en parte a la administración del ejército, en parte a los oficiales ingleses, a precios inauditos. Cuando regresó, estaba en posesión de una ganancia líquida de 15.000 libras esterlinas (300.000 marcos). Pero este éxito no hizo sino incitarlo a nuevas especulaciones. Se embarcó en un nuevo suministro por contrata con el gobierno inglés. Como, sin embargo, ya estaban en marcha negociaciones de paz, el gobierno puso en el contrato la condición de que podría rehusar la recepción de las mercancías si, a su llegada, los preliminares de paz estaban firmados. Borkheim aceptó. Cuando llegó con su vapor al Bósforo, la paz era un hecho. El capitán del barco, alquilado solamente para el viaje de ida y que ahora podía obtener abundante carga de retorno lucrativa, exigió la descarga inmediata, y como Borkheim no encontraba en el puerto atestado alojamiento para la carga que le quedaba a su disposición, el capitán descargó todo en el primer lugar de la playa que encontró. Allí quedó Borkheim con sus inútiles cajones, fardos y toneles, y tuvo que contemplar impotente cómo la gentuza, reunida entonces en el Bósforo desde todos los rincones de Turquía y de toda Europa, saqueaba sus mercancías. Cuando regresó a Inglaterra, era de nuevo el pobre diablo de antes —las quince mil libras se habían esfumado—. Pero no así su indestructible elasticidad. Había malgastado su dinero en especulaciones, pero había adquirido conocimientos comerciales y relaciones en el mundo de los negocios. Descubrió entonces también que poseía un agudísimo paladar para los vinos, y se convirtió en un exitoso representante de varias casas exportadoras de Burdeos.

Aparte de ello, siguió participando en el movimiento político cuanto le fue posible. A Liebknecht lo conocía de Karlsruhe y de Ginebra. Con Marx entró en contacto a través del
escándalo Vogt,
y de este modo volví yo también a encontrarme con él. Sin vincularse a un programa determinado, Borkheim estuvo siempre con el partido de la revolución más extrema. Su principal ocupación política era combatir el gran baluarte de la reacción europea, el absolutismo ruso. Para poder seguir mejor las intrigas rusas orientadas a subyugar los países balcánicos y a dominar indirectamente Europa occidental, aprendió ruso y estudió durante años la prensa diaria y la literatura de la emigración rusas. Entre otras cosas, tradujo el folleto de Serno-Solowjewitsch «Unsere Russischen Angelegenheiten», en el que se fustigaba la hipocresía difundida por Herzen (y más tarde continuada por Bakunin), según la cual los refugiados rusos en Europa occidental propagaban sobre Rusia no la verdad que ellos conocían, sino una leyenda convencional que se acomodaba a su mezquino interés nacional y paneslavista. Del mismo modo escribió numerosos artículos sobre Rusia para el «Zukunft» de Berlín, el «Volksstaat», etc.

En el verano de 1876, durante un viaje a Alemania, sufrió en Badenweiler un ataque de apoplejía que lo dejó lisiado de toda la mitad izquierda del cuerpo por el resto de su vida. Tuvo que abandonar su negocio. Unos años más tarde murió su mujer. Como padecía del pecho, hubo de trasladarse a Hastings, al suave aire marítimo de la costa meridional inglesa. Ni la parálisis, ni la enfermedad, ni unos medios de existencia escasos y en modo alguno siempre seguros pudieron quebrantar su indestructible energía espiritual. Sus cartas estaban siempre llenas de una alegría casi desbordante, y cuando se lo visitaba, había que ayudarle a reír. Su lectura predilecta era el «Sozialdemokrat» de Zúrich. Aquejado de una neumonía, falleció el 16 de diciembre de 1885.

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Los «Mordspatrioten» aparecieron inmediatamente después de la guerra franco-prusiana en el «Volksstaat» y poco después en tirada aparte. Demostraron ser un contraveneno sumamente eficaz contra la embriaguez ultrapatriótica de victoria en la que se deleitaba, y aún se deleita, la Alemania oficial y burguesa. En efecto, no había mejor medio desembriagador que rememorar la época en que la Prusia, elevada hoy a los cielos, se derrumbó vergonzosa e ignominiosamente ante el ataque de los mismos franceses a quienes ahora se desprecia como vencidos. Y este medio había de surtir un efecto tanto más enérgico cuanto que la narración de los fatales hechos podía tomarse de un libro en el que un general prusiano |Eduard von Höpfner|, director además de la academia general de guerra, había descrito la época de la ignominia a partir de documentos oficiales prusianos —y hay que reconocerlo, de manera imparcial y sin afeites—. Un gran ejército, como cualquier otra gran organización social, nunca es mejor que cuando, tras una gran derrota, entra en sí mismo y hace penitencia por sus pasados pecados. Así les ocurrió a los prusianos después de Jena, y así de nuevo después de 1850, cuando aunque no sufrieron una gran derrota, su completa decadencia militar se les hizo, no obstante, palpablemente clara a ellos mismos y al mundo en una serie de pequeñas campañas —en Dinamarca y en el sur de Alemania— y en la primera gran movilización de
1850, y cuando ellos mismos sólo habían escapado a una derrota real gracias a la ignominia política de Varsovia y Olmütz. Se vieron forzados a someter su propio pasado a una crítica despiadada para aprender a hacerlo mejor. Su literatura militar, que en Clausewitz había producido una estrella de primera magnitud, pero que desde entonces había caído a un nivel infinitamente bajo, se elevó de nuevo bajo esta necesidad imperiosa del autoexamen. Y uno de los frutos de este autoexamen fue el libro de Höpfner del que Borkheim extrajo el material para su folleto.

También ahora será necesario recordar una y otra vez aquella época de la arrogancia y de las derrotas, de la incapacidad real, de la diplomática necia astucia prusiana, presa de su propia doblez, de la fanfarronería de la nobleza de oficiales que se acreditaba en la más cobarde traición, del derrumbe general de un Estado alienado del pueblo, fundado sobre la mentira y el engaño. El filisteo alemán (al que también pertenecen los nobles y los príncipes) es, si cabe, aún más hinchado y chovinista que entonces; la acción diplomática se ha vuelto mucho más descarada, pero conserva todavía la vieja doblez; la nobleza de oficiales se ha multiplicado lo bastante por vía natural y artificial para volver a ejercer, a grandes rasgos, su antiguo dominio en el ejército, y el Estado se aliena cada vez más de los intereses de las grandes masas populares, para transformarse en un consorcio de terratenientes agrarios, bolsistas y grandes industriales, dedicado a la explotación del pueblo. Ciertamente, si de nuevo llegara a haber guerra, el ejército prusiano-alemán, ya por ser el modelo de organización de todos los demás, contará con ventajas significativas frente a sus adversarios tanto como frente a sus aliados. Pero nunca más ventajas como las que tuvo en las dos últimas guerras. La unidad del mando supremo, por ejemplo, tal como entonces se dio, gracias a circunstancias excepcionalmente afortunadas, y la correspondiente obediencia incondicional de los generales subordinados difícilmente podrán volver a darse en la misma forma. El compadrazgo de negocios que impera hoy entre la nobleza agraria y militar —hasta las mismas ayudantías imperiales— y los especuladores de Bolsa puede fácilmente resultar nefasto para el abastecimiento del ejército en campaña. Alemania tendrá aliados, pero Alemania abandonará a sus aliados y éstos abandonarán a Alemania en la primera ocasión. Y, por último, ya no es posible para Prusia-Alemania otra guerra que una guerra mundial, y precisamente una guerra mundial de una extensión y una violencia hasta ahora nunca imaginadas. De ocho a diez millones de soldados se degollarán unos a otros y, al hacerlo, devastarán Europa entera como jamás lo haya hecho una plaga de langostas.

Las devastaciones de la guerra de los Treinta Años, concentradas en tres o cuatro años y extendidas a todo el continente; hambre, epidemias, la barbarie general de los ejércitos y de las masas populares provocada por la necesidad aguda; la confusión sin remedio de nuestro artificial mecanismo de comercio, industria y crédito, que desemboca en la bancarrota general; el derrumbe de los viejos Estados y de su tradicional sabiduría estatal, de tal modo que las coronas rodarán por docenas sobre los adoquines sin que nadie se encuentre que las recoja; la absoluta imposibilidad de prever cómo terminará todo esto y quién surgirá vencedor de la lucha; sólo un resultado absolutamente seguro: el agotamiento general y la creación de las condiciones para la victoria final de la clase obrera. —Esta es la perspectiva cuando el sistema, llevado al extremo, de la rivalidad por superarse mutuamente en armamentos militares produzca al fin sus frutos inevitables. He ahí, señores príncipes y estadistas, adónde han llevado ustedes, en su sabiduría, a la vieja Europa. Y cuando no les quede más remedio que iniciar la última gran danza de la guerra —a nosotros, de acuerdo. La guerra quizá nos relegue momentáneamente a un segundo plano, quizá nos arrebate más de una posición ya conquistada. Pero cuando hayan desatado ustedes las fuerzas que luego no podrán volver a domeñar, suceda lo que suceda: al final de la tragedia, estarán ustedes arruinados y la victoria del proletariado o bien estará ya conquistada o será, en todo caso, inevitable.

Londres, 15 de diciembre de 1887

Friedrich Engels