PRÓLOGO De “La situación de la clase obrera en Inglaterra” Diez meses han pasado desde que, accediendo a un deseo del editor, escribí el apéndice para este libro. Durante estos diez meses, se ha llevado a cabo en el seno de la sociedad norteamericana una revolución que, en otros países, habría requerido, por lo menos, diez años. En febrero de 1885, la opinión pública de los Estados Unidos se hallaba sobre poco más o menos concorde acerca de este punto: que en Norteamérica no existía una clase obrera en el sentido propio de la palabra y que, por tanto, era imposible que llegase a darse en aquella república una lucha de clases como la que ha desgarrado en pedazos a la sociedad europea; lo que vendría a decir que el socialismo es un producto extranjero de importación, que jamás llegará a echar raíces en suelo norteamericano. Y, sin embargo, en aquel mismo momento, la inmediata lucha de clases proyectaba ya su gigantesca sombra avanzada en las huelgas de los mi. neros de Pensilvania y de muchos otros lugares y, sobre todo, en los preparativos, extensivos a todo el país, para el gran movimiento en pro de la jornada de Ocho horas que debía comenzar y, en efecto, comenzó en mayo siguiente. Mi citado apéndice demuestra que supe valorar certeramente los síntomas que entonces se presentaban y que di por descontado, a la vista de ellos, un movimiento obrero de envergadura nacional; lo que nadie podía prever era que el movimiento estallaría en poco tiempo con un afuerza tan arrolladora, que se propagaría con la rapidez de un incendio en las praderas y que estremecería hasta los cimientos de la sociedad norteamericana. Ahí están los hechos, tercos e innegables. Algunos periodistas norteamericanos que en el pasado verano me hicieron el honor de su visita me contaron, en términos bastante divertidos, cómo cundió el pánico en la clase dominante de los Estados Unidos; el “giro” que las cosas tomaron la sumió en un estado de impotente terror y de estupefacción. Y, sin embargo, en aquellos momentos el movimiento no hacía más que comenzar; se trataba solamente de una serie de estremecimientos, confusos y manifiestamente inconexos de la clase que, al abolirse la esclavitud de los negros y cobrar un rápido desarrollo la manufactura, había pasado a ser la capa inferior de la sociedad norteamericana. Antes de que terminara el año, aquellas confusas conmociones sociales comenzaron a tomar una orientación clara y definida. Los movimientos espontáneos e instintivos de aquella gran masa del pueblo trabajador en una [546]

PRÓLOGO A LA EDICIÓN NORTEAMERICANA DE 1887 547 gigantesca extensión del país, la explosión común de su descontento, coincidiendo con un deplorable estado social, 'que era en todas partes el mismo y obedecía a las mismas causas, despertó en los trabajadores la conciencia de que todos ellos formaban parte de una clase nueva y específica de la sociedad norteamericana, que era —prácticamente hablan. do— la clase de los trabajadores asalariados más o menos vinculados de por vida y por herencia a ella, la clase de los proletarios. Y, con instinto verdaderamente norteamericano, esta conciencia los llevó inmediata. mente a dar el paso siguiente por el camino de su emancipación: la formación de un partido político obrero con su plataforma propia y teniendo como meta la conquista del capital y de la Casa Blanca. En mayo, asistimos a la lucha en pro de la jornada de Ocho horas, a los disturbios de Chicago, Milwaukee, etc., a los intentos de la clase do. minante encaminados a reprimir con bestial violencia y aplastar por la brutal justicia de clase el levantamiento de los obreros que despertaban a la vida; en noviembre, surgía el nuevo partido obrero, organizado en todos los grandes centros y se celebraban las elecciones de Nueva York, Chicago y Milwaukee. Hasta entonces, los meses de mayo y noviembre recordaban a la burguesía norteamericana la hora de cobrar los cupones de los United States-Bonds; pero, de ahora en adelante, estos meses le recordarán, además, la fecha en que el movimiento obrero norteamericano puso al cobro sus propios cupones. En los países europeos, los obreros necesitaron largos años para llegar a comprender plenamente que formaban, bajo las condiciones sociales dadas, una clase especial y permanente de la moderna sociedad; y tuvieron que pasar algunos años antes de que esta conciencia de clase los llevara a crear su propio partido político, independiente y enfrentado a todos los viejos partidos formados por los diversos grupos de la clase dominante. Pero, en el suelo privilegiado de Norteamérica, donde nin. guna broza medieval obstruía el camino, donde la historia arranca de los elementos constitutivos de la moderna sociedad burguesa, tal como. emergieron a partir del siglo xvx, la clase obrera pudo cubrir solamente en diez meses estas dos etapas de su desarrollo, No obstante, todo esto se halla aún en los inicios. El que las masas obreras sean sensibles a la comunidad de sus intereses y sufrimientos, se percaten de su solidaridad como clase frente a toda las otras clases, y el que, para dar expresión y fuerza a este sentimiento tengan que poner en marcha la máquina política, que en todos los países hay que crear con este fin, no es más que el primer paso. El siguiente consiste en encontrar el remedio común a estos males comunes y en darle forma definida en la plataforma del nuevo partido obrero. Y este paso —el más importante y el más difícil de todo el movimiento— aún no se ha dado en Norteamérica, Un nuevo partido necesita tener una plataforma positiva especial; plataforma que puede cambiar en cuanto al detalle con arreglo a las circunstancias y al desarrollo del partido mismo, pero que tiene que ser aceptada por el partido en el momento dado. Mientras esta plataforma no se cree o sólo exista en forma rudimentaria, el nuevo partido no tendrá tampoco más que una existencia rudimentaria; puede existir local. mente, pero no existe sobre el plano nacional; sólo será un partido en cuanto a la posibilidad, pero no será todavía un partido real, Y esta plataforma, cualquiera que sea su forma primera e inicial, debe necesariamente desarrollarse en una dirección establecida de antemano. Las causas que han abierto el abismo entre la clase obrera y la clase capitalista son las mismas en Norteamérica que en Europa, y los medios de que se dispone para salvar este abismo son también los mismos. Ello quiere decir que la plataforma del proletariado norteamericano deberá coincidir, a la larga, con las metas. finales que, a la vuelta de sesenta años de escisión y de discusiones, constituyen la plataforma reconocida de la gran mayoría del proletariado europeo. Ese programa deberá proclamar como meta final la conquista del poder político por la clase obrera como instrumento para la apropiación directa de todos los medios de producción —la tierra, los ferrocarriles, las minas, las máquinas, etc.— por la sociedad en su conjunto, para que puedan ser utilizados en común, por mandato y en provecho de todos.

Ahora bien, si el nuevo partido norteamericano, al igual que todo partido político de cualquier país del mundo, por el mero hecho de exis. tir, tiene necesariamente que aspirar a la conquista del poder político, hasta ahora dista mucho de reinar un acuerdo acerca de lo que deberá hacerse con este poder, una vez conquistado. En Nueva York y en las demás grandes ciudades del Este de los Estados Unidos, la organización de la clase obrera se ha llevado a cabo por medio de asociaciones sindicales integradas dentro de cada ciudad en una poderosa agrupación obrera. La agrupación obrera central de Nueva York ha elegido como portaestandarte, en el pasado mes de noviembre, a Henry George, como consecuencia de lo cual la plataforma electoral provisional de dicha agrupación aparece ampliamente conectada con los principios sustentados por él. En las grandes ciudades del Noroeste, la lucha electoral se ha librado a base de una plataforma obrera bastante vaga, en la que apenas se trasluce, si es que realmente existe, la influencia de Henry George. Y mientras que en estos grandes centros industriales y de población la nueva conciencia de clase cobra perfiles agudos, encontramos a lo largo de todo el país otras dos organizaciones obreras muy extendidas, la de los “Caballeros del Trabajo” y la del “Partido Obrero Socialista”, de las cuales sólo la segunda tiene una plataforma electoral coincidente con la posición europea sumariamente expuesta más arriba. De estas tres formas más o menos definidas bajo las cuales se presenta el movimiento obrero norteamericano, la primera, el movimiento asociado al nombre de Henry George tiene hasta ahora, fundamental. mente, una significación local, con su sede en Nueva York. Nadie puede negar que es ésta, con mucho, la ciudad más importante de los Estados Unidos, pero Nueva York no es París, ni los Estados Unidos son Francia. Y a mí me parece que la plataforma de Henry George, por lo menos bajo su forma actual, es demasiado estrecha para servir de base PRÓLOGO A LA EDICIÓN NORTEAMERICANA DE 1887 549 a un movimiento que quiera salirse de los marcos locales; pudo tal vez, en el mejor de los casos, servir de plataforma durante una fase muy breve del movimiento general. Para Henry George, la causa fundamen. tal de la escisión del pueblo en ricos y pobres es el hecho de que las masas de la población hayan sido expropiadas de la tierra. Pues bien, esto no es enteramente exacto, desde el punto de vista histórico. En la antigiiedad asiática y en la antigiiedad clásica, la forma predominante de la opresión de clase era la esclavitud, es decir, no tanto la expropiación de las masas de la tierra como la apropiación de sus personas. Y, cuando al sucumbir la república romana, los campesinos libres de Italia se vieron expropiados de sus tierras, formaban una clase de “blancos pobres” parecida a la de los Estados esclavistas del Sur antes de 1861; y entre los esclavos y los blancos pobres, dos clases igualmente incapaces de emanciparse por sí mismas, el viejo mundo se vino a tierra, hecho añicos. En la Edad Media, la fuente de la opresión feudal no fue precisamente la expropiación del pueblo de, sino, por el contrario, su apropiación, su incorporación a la tierra. El campesino retuvo su tierra, pero vinculado a ella como siervo adscrito a la gleba, obligado a rendir tributos o prestaciones personales al señor feudal. Fue al alborear la época moderna, hacia fines del siglo xv, cuando la expropiación en gran escala de los campesinos creó las bases para que surgiera la moderna cla. se de los trabajadores asalariados, que no poseen otra cosa que su fuerza de trabajo y sólo pueden vivir vendiéndosela a otros. Pero, si es cierto que la expropiación de la tierra dio vida a esta clase, una vez formada se perpetuó, creció y se convirtió en una clase especial con intereses .propios y su propia misión histórica, gracias al desarrollo de la producción capitalista, de la moderna industria de la agricultura en gran escala. Todo lo cual ha sido detalladamente expuesto por Marx en El capital (sección VIII: “La llamada acumulación originaria”) .* Marx sostiene que la causa del actual antagonismo de clases y de la degradación social de la clase obrera es su expropiación de todos los medios de producción, entre ellos, naturalmente, de la tierra.

Si Henry George considera la monopolización de la tierra como la causa única de la pobreza y la miseria, es natural que busque el remedio a ello en el retorno de la tierra a toda la sociedad. "También los socialistas de la escuela de Marx exigen la restitución de la tierra a la sociedad, a la que pertenece, y no sólo la de la tierra, sino la de todos los medios de producción. Pero, aunque prescindamos de ésta, existe además otra diferencia. ¿Qué debe hacerse con la tierra? Los socialistas modernos, representados por Marx, preconizan que la tierra debe per. tenecer a la comunidad y explotarse en común y por cuenta y en beneficio de la comunidad, ni más ni menos que los demás medios de producción social, las minas, los ferrocarriles, las fábricas, etc. Henry George, en cambio, se limitaría a cederla, como hoy se hace, en arriendo a particulares, aunque reglamentando su distribución y destinando las rentas, no a fines privados, como en la actualidad, sino a fines públicos. a En nuestra edición, sección séptima, cap. XXIV del vol. 1 de El capital, Lo que los socialistas piden presupone una revolución completa de todo el sistema de la producción social; lo que Henry George postula deja intacto el modo de producción vigente y ya había sido propuesto, en realidad, por los -economistas burgueses de la escuela de Ricardo, quienes mantenían también el postulado de que el Estado procediese a confiscar la renta de la tierra.

Sería, naturalmente, unfair* dar por sentado que Henry George ha dicho ya, de una vez por todas, su última palabra. Pero yo no tengo más remedio que tomar su teoría tal y como la encuentro, El segundo gran sector del movimiento norteamericano lo forman los Caballeros del Trabajo. Éste parece ser, además, si nos fijamos en la situación del movimiento, el sector más típico y representativo, ya que es, indudablemente, el más fuerte de todos. Se trata de una poderosa agrupación, extendida a lo largo de una parte enorme del país y que se manifiesta a través de innumerables “mítines” y de opiniones individuales y locales de todos los matices en los medios de la clase obrera; y todo ello mediante una plataforma de adecuada vaguedad y mantenida en cohesión no tanto por su impracticable estructura como por la clara sensación de que es la firme solidaridad de sus partidarios en torno a sus anhelos comunes lo que hace de esta agrupación una fuerza poderosa dentro del país; una combinación auténticamente norteamericana en que las tendencias más modernas aparecen paradójicamente vestidas con el ropaje más anacrónicamente medieval y en que el espíritu más democrático y a las veces el más rebelde se parapeta detrás de un aparente, pero en realidad impotente despotismo; tal es la imagen que los Caballeros del Trabajo brindan al observador europeo. Pero, si no nos dejamos inducir a engañio por estas singularidades puramente externas, no podemos por menos de ver aquí el formidable apelotonamiento de una imponente energía potencial, que, lentamente, pero de modo seguro, va desarrollándose hasta convertirse en una fuerza real. Los Caballeros del Trabajo son la primera organización nacional creada por la clase obrera norteamericana en su totalidad; cualesquiera que sean su origen y su historia, sean cuales fueran sus defectos y sus pequeñas rarezas, están ahí y son, de hecho, la obra de toda la clase de los trabajadores asalariados de Norteamérica, el único lazo nacional que los une, y esto es lo que constituye su fuerza, que ellos aprecian al igual que lo hacen sus enemigos, lo que les infunde la orgullosa esperanza en las futuras victorias. Sería falso, en efecto, afirmar que los Caballeros del Trabajo son incapaces de evolucionar. Lejos de ello, se hallan en constante y profundo proceso de desarrollo revolucionario, como una masa bullente y en fermentación de material plástico, que busca la forma adecuada a su ser interior. Y no cabe duda de que llegarán a encontrarla; tan seguro es esto como lo es que el desarrollo histórico, lo mismo que el natural, tiene sus propias leyes inmanentes. Si, llegado ese momento, los Caba. lleros del Trabajo conservarán o no su nombre es cuestión de poca monta, pero lo que sí parece claro para quien observa estas cosas desde b Poco limpio, PRÓLOGO A LA EDICIÓN NORTEAMERICANA DE 1887 551 fuera, es que tenemos aquí ante nosotros la materia prima de la que habrá de plasmarse el futuro del movimiento obrero norteamericano y, con ello y por tanto, el futuro de la sociedad norteamericana como un todo.

Forma el tercer sector del movimiento el Partido Obrero Socialista, Sólo es un partido en cuanto al nombre, pues hasta ahora no ha logrado afirmar nunca, en los Estados Unidos, su posición como tal partido político. Es incluso, hasta cierto punto, un elemento extraño al país, puesto que, al menos hasta hace poco, se reclutaba casi exclusivamente entre inmigrantes alemanes que se expresan en su propio idioma y que en la mayoría de los casos se hallan poco familiarizados con la lengua que se habla en los Estados Unidos. Pero, aunque sean de origen extranjero, estos hombres han venido al país, indudablemente, cosa que nadie podría negar, pertrechados con la experiencia de largos años de luchas de clases en Europa y con una visión de las condiciones generales impuestas a la emancipación de la clase obrera y que aventaja notablemente a la que hasta ahora han podido adquirir los trabajadores norteamericanos. Es, evidentemente, una circunstancia afortunada para los proletarios de los Estados Unidos, quienes pueden aprovechar así los frutos intelectuales y morales de las luchas de los años cuarenta libradas por sus hermanos de clase europeos, lo que les permite acelerar el momento de su propia victoria. En efecto, como ya he dicho más arriba, no cabe duda de que la plataforma definitiva de la clase obrera norteame. ricana tendrá que ser y será, en lo esencial, la misma que la que hoy adopta toda la clase obrera militante de Europa, la misma que abraza el Partido Obrero Socialista alemán-norteamericano. En este sentido, está llamado a desempeñar un papel importante en el movimiento. Pero, para ello, quienes lo integran deberán desembarazarse cuanto antes de todos los residuos de su extranjerismo. Deberán transformarse total. mente en norteamericanos. No deben esperar que los estadounidenses vayan a ellos; son ellos, que forman minoría y son emigrantes, quienes deben ir a los estadounidenses, que son la gran mayoría y los hijos del país. Y para ello, lo primero que tienen que hacer es aprender el inglés. El proceso de fusión de estos elementos heterogéneos que forman las masas formidables puestas en movimiento —clementos que, aunque heterogéneos, no son realmente discordantes, aunque se hallan aislados unos de otros por sus diferentes puntos de partida— requiere tiempo y no se llevará a cabo sin ciertas fricciones, que precisamente en los momentos actuales se están manifestando en diversos sitios. Los Caballeros del Trabajo, por ejemplo, están empeñados, aquí y allá, en algunas ciudades del Este, en una guerra local con las asociaciones sindicales organizadas. Pero estas mismas fricciones se dan también en el seno mismo de los Caballeros del Trabajo, donde no todo es, ni mucho menos, paz y concordia. Pero no debemos ver en esto síntomas de decadencia, que . den a los capitalistas asideros para poder triunfar. Son, simplemente, signos de que las inmensas masas obreras, que por primera vez se han puesto en marcha hacia metas comunes, no han sabido encontrar hasta ahora el lenguaje adecuado para expresar sus intereses coincidentes, la forma de organización adecuada a su lucha ni la disciplina imprescindi. ble para poder alcanzar la victoria. Son todavía las primeras levas de masas del gran ejército revolucionario, que necesitan encuadrarse y pertrecharse, por encima de aspiraciones locales y de pruritos de independencia, orientándose hacia un centro, que haga un ejército unido de las masas carentes aún de una organización regular y un plan de campaña único. Las columnas que afluyen al campo de batalla se mez. clan y entrecruzan todavía de vez en cuando, y ello da pie a confusiones, a escaramuzas prematuras e incluso, a veces, a amenazas de conflictos. Sin embargo, la existencia de metas finales comunes se encargará de superar, en última instancia, todos los litigios de orden inferior, no pasará mucho tiempo sin que los batallones que hoy marchan cada cual por su cuenta y hostilizándose alguna que otra vez se formen en orden de batalla, dando frente común al enemigo, en un silencio impresionante y temible bajo el brillo de sus armas, protegidos en sus vanguardias por intrépidos tiradores y cubiertos en la retaguardia por una reserva inconmovible. Y ese es, en efecto, el paso siguiente que los norteamericanos tienen que dar: lograr este resultado, unificar los diversos destacamentos inde. pendientes en un gran ejército nacional, en un solo partido, dotado de una plataforma realmente obrera, siquiera sea imadecuada por el momento y puramente provisional. Y el Partido Obrero Socialista puede contribuir en buena parte a alcanzar este objetivo, a hacer que esta plataforma sea realmente lo que debe ser, siempre y cuando actúe como actuaron los socialistas europeos cuando no eran, tampoco ellos, más que una pequeña minoría de la clase obrera. Esta línea de acción quedó definida por vez primera, en 1847, en el Manifiesto comunista con las siguientes palabras: “Los comunistas —tal era el nombre que entonces adoptábamos y que hoy estamos muy lejos de rechazar— no son un partido aparte frente a los otros partidos obreros.

”No tienen intereses distintos y separados de los de todo el proletariado. ”No profesan principios especiales, con arreglo a los cuales traten de ajustar el movimiento proletario.

”Los comunistas sólo se distinguen de los demás partidos proletarios en que, de una parte, hacen valer en las diferentes luchas nacionales de los proletarios los intereses comunes del proletariado en su conjunto, independientemente de su nacionalidad; y, de otra parte, en que, en las diferentes fases de desarrollo por las que atraviesa la lucha entre el proletariado y la burguesía, representan siem: pre el interés del movimiento en su conjunto.

”Por tanto, los comunistas son, prácticamente, la parte más decidida y la más dinámica de los partidos obreros de todos los países; y, teóricamente, aventajan a la masa restante del proletariado por su clara conciencia de las condiciones, la marcha y los resultados generales del movimiento proletario. .. ”Los comunistas luchan por alcanzar las metas inmediatas y defender los intereses de la clase obrera, pero representan, al mismo tiempo, en el movimiento actual, el futuro del movimiento.” PRÓLOGO A LA EDICIÓN NORTEAMERICANA DE 1887 553 Tal es la línea de acción a que el gran fundador del socialismo mo. derno, Carlos Marx, y con él yo mismo y los socialistas de todas las naciones que colaboraban con nosotros, nos hemos ajustado durante más de cuarenta años, como resultado de lo cual se ha logrado en todas partes la victoria y de que, en los actuales momentos, las masas socialistas europeas, en Alemania y en Francia, en Bélgica, en Holanda y en Suiza, en Suecia y en Dinamarca, en España y Portugal, en todas partes, luchen como un solo ejército y bajo una sola bandera. Londres, 26 de enero de 1887.

F, ENGELS