["Der Sozialdemokrat" núm. 11, del 11 de marzo de 1887]

¡Ciudadanos!

Nos encontramos ante un peligro extraordinario. Se nos amenaza con una guerra en la que quienes la detestan y tienen intereses enteramente comunes, los proletarios franceses y alemanes, se verán obligados a degollarse mutuamente.

¿Cuál es la verdadera causa de este estado de cosas?

El
militarismo
, la introducción del sistema militar prusiano en todos los grandes Estados del continente.

Este sistema pretende armar a la nación entera para la defensa de su suelo y de sus derechos. Eso es una mentira.

El sistema prusiano ha desplazado al sistema de reclutamiento limitado y del derecho de redención que correspondía a los ricos, porque ponía a disposición de los gobernantes todos los recursos del país, tanto personas como cosas. Pero no ha logrado crear un ejército popular. El ejército prusiano divide a los ciudadanos sujetos al servicio militar en dos categorías. La primera es incorporada a las tropas de línea, mientras que la segunda pasa inmediatamente a la reserva o a la Landwehr. Esta última categoría no recibe instrucción militar alguna, o casi ninguna; en cambio, a la primera se la mantiene 2 o 3 años bajo las banderas, tiempo suficiente para hacer de ella un ejército obediente, amaestrado hasta la carencia de voluntad, un ejército siempre dispuesto tanto para las conquistas en el extranjero como para la represión violenta de todos los movimientos populares en el interior. Pues no lo olvidemos: todos los gobiernos que han adoptado este sistema temen al pueblo trabajador aquí, en el interior, mucho más que a los gobiernos rivales del otro lado de las fronteras.

Gracias a su elasticidad, este sistema es susceptible de una enorme expansión. Mientras exista un solo hombre joven apto para las armas no incorporado al ejército, mientras no se habrán agotado aún los recursos disponibles. De ahí esta desenfrenada carrera por el ejército más grande y más fuerte. Cada aumento de las fuerzas militares de un país obliga a los demás Estados a hacer otro tanto, cuando no más. Y todo esto cuesta un dinero demencial. Los pueblos son arruinados por el peso de los gastos militares; la paz resulta casi más costosa que la guerra, de modo que al final la guerra, en lugar de aparecer como un terrible azote, aparece como una crisis saludable que pone fin a una situación imposible.

Esta es la razón por la que los intrigantes de los distintos países, que gustan de pescar a río revuelto, han podido conjurar la guerra.

¿Y el remedio?

La abolición del sistema prusiano y su sustitución por un verdadero ejército popular, que sea una simple escuela en la que se incorpore a todo ciudadano, tan pronto como esté en condiciones de portar armas, durante el tiempo absolutamente necesario para aprender el oficio de soldado; el encuadramiento de las personas así formadas en cuadros de reserva locales sólidamente organizados, de modo que cada ciudad, cada distrito, tenga su batallón, compuesto por personas que se conocen y que, en caso necesario, puedan reunirse completamente equipadas y listas para marchar en 24 horas.

Esto significa que todo ciudadano apto para el servicio militar tenga su fusil y su equipo en casa, como sucede en Suiza.

El pueblo que implante primero este sistema duplicará su verdadera fuerza militar y, al mismo tiempo, reducirá su presupuesto de guerra a la mitad. Con el mero hecho de armar a todos sus ciudadanos probará ya su amor a la paz.

Pues este ejército, que es uno con la nación, es tan poco apto para la conquista hacia el exterior como invencible en la defensa de su suelo patrio. Y entonces, ¿qué gobierno osaría atentar contra la libertad política, si cada ciudadano tiene en su casa un fusil y cincuenta cartuchos de bala?

Londres, 13 de febrero de 1887

Fr. Engels