Escrito el 25 de octubre de 1886.  
Del francés.  
["Le Socialiste" núm. 63, del 6 de noviembre de 1886]

En marzo de 1878, Disraeli envió cuatro acorazados al Bósforo; su sola presencia bastó para detener la marcha victoriosa de los rusos sobre Constantinopla y para desgarrar el Tratado de San Stefano. La paz de Berlín reguló por algún tiempo la situación en Oriente. Bismarck consiguió llegar a un acuerdo entre los gobiernos ruso y austríaco. Austria ejercería de manera oficiosa la dominación sobre Servia, mientras que Bulgaria y Rumelia quedarían entregadas principalmente a la influencia de Rusia. Ello permitía suponer que, si más tarde Bismarck consentía a los rusos apoderarse de Constantinopla, les reservaría a los austríacos Salónica y Macedonia.

Además, se le dio a Austria Bosnia, del mismo modo que Rusia, en 1794, había dejado a Prusia y Austria la mayor parte de la Polonia propiamente dicha, para volver a tomarla en 1814. Bosnia fue una sangría constante para Austria, una manzana de discordia entre Hungría y la Austria occidental y, sobre todo, la prueba para Turquía de que los austríacos, lo mismo que los rusos, le preparaban el destino de Polonia. A partir de entonces, Turquía ya no pudo tener confianza alguna en Austria: una importante victoria de la política del gobierno ruso.

Servia, aunque tenía inclinaciones eslavófilas y, por tanto, rusófilas, extrae desde su emancipación todos los medios de su desarrollo burgués de Austria. Los jóvenes estudian en las universidades austríacas; el sistema burocrático, las leyes, la administración de justicia, las escuelas: todo se ha copiado según modelos austríacos. Era de lo más natural. Pero Rusia debía impedir esta imitación en Bulgaria; no quería sacarle las castañas del fuego a Austria. Por eso se convirtió a Bulgaria en una satrapía rusa. La administración, los oficiales y suboficiales, los funcionarios, en suma, todo el sistema se hizo ruso; Battenberg, a quien se había impuesto a Bulgaria, era primo de Alejandro III.

El dominio del gobierno ruso, primero directo y después indirecto, bastó para sofocar en menos de cuatro años toda simpatía de los búlgaros hacia Rusia, por grande y cordial que hubiera sido. La población se oponía cada vez más a la insolencia de los «libertadores»; e incluso Battenberg, hombre sin ideas políticas y de carácter blando, que no anhelaba otra cosa que servir al zar, pero que exigía respeto para sí mismo, se volvió cada vez más reacio.

Mientras tanto, las cosas seguían su curso en Rusia; el gobierno logró, mediante medidas de fuerza, dispersar y desorganizar a los nihilistas por algún tiempo. Pero eso no bastaba; necesitaba un apoyo en la opinión pública, debía desviar la atención de la creciente miseria social y política en el interior; en suma, precisaba un poco de fantasmagoría patriótica. Bajo Napoleón III, la orilla izquierda del Rin había servido para desviar hacia el exterior las pasiones revolucionarias; exactamente del mismo modo presentó el gobierno ruso al pueblo inquieto y excitado la conquista de Constantinopla, la «liberación» de los eslavos oprimidos por los turcos y su unificación en una gran federación bajo la égida de Rusia. Pero no bastaba con suscitar esta fantasmagoría, también era preciso hacer algo para acercarla al terreno de la realidad.

Las circunstancias eran favorables. La anexión de Alsacia y Lorena había sembrado entre Francia y Alemania gérmenes de discordia que —así parecía— debían neutralizar a ambas potencias. Austria sola no podía luchar contra Rusia, pues su arma ofensiva más eficaz, el llamamiento a los polacos, sería anulada siempre por Prusia. Y la ocupación de Bosnia, aquel despojo, era una Alsacia entre Austria y Turquía. Italia estaba a disposición del mejor postor, es decir, de Rusia, que le ofrecía Trieste e Istria, con Dalmacia y Trípoli. ¿E Inglaterra? El pacífico y rusófilo Gladstone había prestado oído a las seductoras palabras de Rusia; en plena paz había ocupado Egipto, lo que le acarreó a Inglaterra una disputa permanente con Francia y, además, trajo consigo la imposibilidad de una alianza de los turcos con los ingleses, que acababan de despojar a aquellos: se habían apropiado el feudo turco de Egipto. Por lo demás, los preparativos rusos en Asia habían avanzado lo suficiente como para causar serias dificultades a los ingleses en la India en caso de guerra. Jamás se habían ofrecido a los rusos tantas oportunidades: su diplomacia triunfaba en toda la línea.

La rebelión de los búlgaros contra el despotismo ruso fue el pretexto para iniciar la campaña. En el verano de 1885 se les hizo creer a los búlgaros y a los rumeliotas la posibilidad de la unificación prometida en la paz de San Stefano y dejada sin efecto por el Tratado de Berlín. Si volvían a arrojarse en brazos de Rusia, la libertadora —se les decía—, el gobierno ruso cumpliría su misión y realizaría esa unificación; pero, para lograrlo, los búlgaros debían expulsar primero a Battenberg. Este había sido advertido a tiempo. Contrariamente a su costumbre, actuó con rapidez y energía; llevó a cabo, aunque en interés propio, la unificación que Rusia había querido realizar contra él. Desde entonces data la lucha irreconciliable entre él y el zar.

Esta lucha se llevó al principio de manera encubierta e indirecta. Se puso en circulación para los pequeños Estados balcánicos una reedición de la hermosa doctrina de Luis Bonaparte: cuando un pueblo hasta entonces dividido, pongamos Italia o Alemania, se unifica y se constituye como nación, otros Estados, pongamos Francia, tienen —según esta doctrina— derecho a compensaciones territoriales. Servia cayó en la trampa de este cebo y declaró la guerra a los búlgaros. Rusia, empero, triunfó al ver que aquella guerra, encendida en interés suyo, se desarrollaba ante el mundo bajo los auspicios de Austria, la cual, por temor a que el partido ruso en Servia llegase al timón, no se atrevía a inmiscuirse. Rusia, por su parte, desorganizó el ejército búlgaro, retirando a todos los oficiales rusos, es decir, a todo el Estado Mayor y a todos los oficiales superiores, hasta los jefes de batallón.

Pero contra todo lo que se esperaba, los búlgaros, sin oficiales rusos y con una proporción numérica de dos a tres, derrotaron completamente a los servios, ganándose así la estima y la admiración de la Europa asombrada. Estas victorias obedecen a dos causas. En primer lugar, Alexander von Battenberg era, ciertamente, un político débil, pero un buen soldado; dirigió la guerra tal como la había aprendido en la escuela prusiana, mientras que los servios seguían la estrategia y la táctica de sus modelos austríacos. Fue, pues, una reedición de la campaña de 1866 en Bohemia. Además, los servios habían vivido durante sesenta años bajo el régimen burocrático austríaco. Este régimen había —sin dotarles de una burguesía fuerte ni de un campesinado independiente (todos los campesinos están cargados de deudas hipotecarias)— destruido y desorganizado los restos de la comunidad gentilicia, que constituía su fuerza en las luchas contra los turcos. En cambio, entre los búlgaros esas instituciones originarias no habían sido tocadas por los turcos; eso explica también su extraordinaria valentía.

Así pues, una nueva derrota para Rusia; era preciso volver a empezar. El chauvinismo eslavófilo, atizado como contrapeso del elemento revolucionario, crecía día a día y empezaba a convertirse en un peligro para el gobierno. El zar se dirige a Crimea y los periódicos rusos anuncian que va a emprender algo grande; se esfuerza por atraerse al sultán, demostrándole que sus antiguos aliados (Austria e Inglaterra) le traicionan y le saquean, que Francia navega a remolque de Rusia y depende de su gracia. El sultán, sin embargo, se hace el sordo, y los enormes armamentos de guerra en el oeste y el sur de Rusia no encuentran, por el momento, empleo alguno.

El zar regresa de Crimea (en junio pasado). Mientras tanto, la marea chauvinista sigue creciendo, y el gobierno, incapaz de sofocar el movimiento que se extiende, se ve cada vez más arrastrado por él, hasta el punto de que se le debe permitir al alcalde de Moscú |N. A. Alexéiev| hablar abiertamente de la conquista de Constantinopla en su discurso al zar. La prensa, que se halla bajo la influencia y la protección de los generales, declara abiertamente que espera del zar una acción enérgica contra Austria y Alemania, que le ponen obstáculos, y el gobierno no se atreve a imponer silencio a la prensa. El chauvinismo eslavófilo es más poderoso que el zar; éste se ve obligado a ceder, por miedo a una revolución, por miedo a que los eslavófilos se unan a los constitucionales, a los nihilistas y, en fin, a todos los descontentos.

Las dificultades financieras complican la situación. Nadie quiere prestar nada a este gobierno, que tomó prestados en Londres, entre 1870 y 1875, mil setecientos cincuenta millones de francos y amenaza la paz europea. Hace dos o tres años, Bismarck le ayudó a obtener en Alemania un empréstito de 375 millones de francos; pero éste está consumido desde hace tiempo, y sin la firma de Bismarck los alemanes no dan ni un céntimo. Por lo demás, esa firma sólo se puede obtener ya a cambio de condiciones humillantes. La fábrica de papel del Estado ha producido demasiado; el rublo de plata vale 4 francos, el rublo de papel, 2 francos 20. Los armamentos devoran sumas enormes.

En resumidas cuentas, hay que actuar. O un éxito en dirección a Constantinopla o la revolución. Giers visitó a Bismarck y le expuso la situación, que éste comprendió muy bien. Por consideración hacia Austria, Bismarck habría querido moderar el apetito del gobierno zarista, cuya insaciabilidad le inquietaba.  
Pero la revolución en Rusia significa el derrumbe del régimen de Bismarck.  
Sin Rusia, ese inmenso ejército de reserva de la reacción, la dominación de los junkers en Prusia no duraría un solo día. La revolución en Rusia cambiaría inmediatamente la situación en Alemania; destruiría de un golpe aquella fe ciega en la omnipotencia de Bismarck que le asegura a éste el apoyo de las clases dominantes; aceleraría la maduración de la revolución en Alemania.

Bismarck, que sabe que la existencia del zarismo es la base de todo su sistema, se dirige a toda prisa a Viena para comunicar a sus amigos que, ante semejante peligro, es inoportuno detenerse en cuestiones de amor propio, que hay que conceder al zar un triunfo aparente y que Austria y Alemania, en su propio y bien entendido interés, tienen que inclinarse ante Rusia. Por lo demás, si los señores austríacos insistieran en inmiscuirse en los asuntos de Bulgaria, él se lavaría las manos; ya verían ellos a qué conduciría eso. Kálnoky cede, Alexander von Battenberg es sacrificado, y Bismarck se apresura a llevar personalmente la noticia a Giers.

Desgraciadamente, los búlgaros demostraron una capacidad política y una energía que nadie había esperado y que son inadmisibles en una nación eslava “liberada por la santa Rusia”. Battenberg es apresado por la noche, pero los búlgaros arrestan a los conspiradores y nombran un gobierno capaz, enérgico e insobornable, cualidades completamente inadmisibles en un pueblo apenas emancipado; vuelven a llamar a Battenberg; éste muestra su lado débil y emprende la huida. Pero los búlgaros son incorregibles. Con o sin Battenberg, oponen resistencia a las órdenes soberanas del zar y obligan al heroico Kaulbars a ponerse en ridículo ante toda Europa.

Imagínese la furia del zar. Bismarck ganado para su causa, quebrada la resistencia austríaca, y ahora se ve detenido por este pequeño pueblo, un pueblo de ayer, que le debe a él o a su padre su “independencia” y no quiere comprender que esa independencia significa solo obediencia ciega a las órdenes del “libertador”. Los griegos y los serbios ya habían sido ingratos; pero los búlgaros sobrepasan todos los límites. ¿Tomarse en serio su independencia? ¡Qué crimen!

Para salvarse de la revolución, el pobre zar se ve obligado a dar un nuevo paso adelante. Pero cada paso torna la cosa más peligrosa, pues no hace sino acrecentar el riesgo de una guerra europea, que la diplomacia rusa siempre ha tratado de evitar. Es un hecho que, si se produce una injerencia directa del gobierno ruso en Bulgaria y ello conduce a las más extremas complicaciones, llegará el momento en que la hostilidad entre los intereses rusos y austríacos estalle abiertamente. La localización de la guerra será entonces imposible; se convertirá en una guerra general. Dada la honorabilidad de los bribones que gobiernan Europa, es imposible prever cómo se agruparán los dos bandos. Bismarck es capaz de ponerse del lado de los rusos contra Austria, si no puede detener de otro modo la revolución en Rusia. Pero es más probable que, si estalla una guerra entre Rusia y Austria, Alemania acuda en auxilio de esta última para preservarla de la aniquilación total.

Hasta la primavera —pues en invierno, antes de abril, los rusos no podrán emprender una gran campaña en el Danubio—, el zar trabaja para atraer a los turcos a sus redes, y la traición de Austria e Inglaterra a Turquía le facilita esta tarea. Su objetivo es ocupar los Dardanelos, convertir el Mar Negro en un lago ruso y hacer de él un refugio inaccesible para construir una poderosa flota; ésta lo abandonaría para dominar lo que Napoleón llamaba un “lago francés”, el Mediterráneo. Pero todavía no ha llegado a eso, aunque sus partidarios en Sofía hayan traicionado este pensamiento secreto suyo.

Tal es la situación. Para prevenir una revolución en Rusia, el zar necesita Constantinopla. Bismarck vacila; le gustaría encontrar el medio de esquivar tanto una como otra eventualidad.

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¿Y Francia?

Los patriotas franceses, que desde hace dieciséis años sueñan con la revancha, creen que nada más natural que aprovechar la ocasión que quizá se les ofrezca. Para nuestro partido, sin embargo, la cuestión no es tan sencilla, y tampoco lo es para los señores chovinistas. Una guerra de revancha emprendida con ayuda de Rusia y bajo su égida podría tener por consecuencia, en Francia, o bien una revolución o bien una contrarrevolución. En caso de una revolución que llevase a los socialistas al poder, la alianza rusa se haría añicos. En primer lugar, los rusos concertarían inmediatamente la paz con Bismarck para lanzarse, junto con los alemanes, sobre la Francia revolucionaria. Luego, los socialistas, una vez llegados al poder en Francia, no dejarían que una guerra impidiera la revolución en Rusia. Pero este caso apenas se producirá; más probable es la contrarrevolución monárquica. El zar desea la restauración de los Orleans, sus íntimos amigos, el único gobierno que le ofrece las condiciones de una alianza buena y duradera. Una vez iniciada la guerra, se hará buen uso de los oficiales monárquicos para preparar la restauración. A la menor derrota parcial —y estas no dejarán de producirse—, se gritará que la república es la culpable; para alcanzar victorias y obtener el apoyo incondicional de Rusia, se dirá, es necesaria una monarquía estable, en una palabra, un Felipe VII |Louis-Philippe-Albert d’Orléans|; los generales monárquicos actuarán con negligencia para poder echar la culpa de su falta de éxitos al gobierno republicano; y he aquí que la monarquía queda restaurada. Una vez repuesto Felipe VII, los reyes y emperadores se entenderán de inmediato, y, en lugar de desgarrarse mutuamente, se repartirán Europa devorando a los pequeños estados. Muerta la república francesa, se celebrará un nuevo Congreso de Viena, en el que tal vez se tomarán como pretexto los pecados republicanos y socialistas de Francia para negarle total o parcialmente Alsacia-Lorena. Y los príncipes se burlarán de los republicanos, que fueron lo bastante ingenuos para creer en la posibilidad de una alianza sincera entre el zarismo y la república.

Dicho sea de paso, ¿es verdad lo que el general Boulanger dice a todo el que quiera oírlo: “se necesita una guerra para impedir la revolución social”? Si es verdad, que sirva de advertencia al partido socialista. El bueno de Boulanger tiene unos aires de fanfarrón que pueden perdonarse a un militar, pero que dan una imagen bastante pobre de su perspicacia política. En cualquier caso, no salvará a la república. Colocado entre socialistas y orleanistas, posiblemente se aliará con estos últimos si le aseguran la alianza rusa. En todo caso, los republicanos burgueses de Francia se hallan en la misma situación que el zar; ven ante sí el espectro de la revolución social y no conocen más medio de salvación que la guerra.

En Francia, Rusia y Alemania, los acontecimientos se vuelven tan favorables para nosotros que, por el momento, solo podemos desear que se mantenga el statu quo. Si estalla la revolución en Rusia, provocará una conjunción de condiciones sumamente favorables. En cambio, una guerra general nos arrojaría al terreno de lo imprevisto. La revolución en Rusia y en Francia se retrasaría, y nuestro partido en Alemania sufriría la suerte de la Comuna de 1871. Sin duda, los acontecimientos acabarán por configurarse en nuestro favor, pero ¡cuánto tiempo perdido, cuántos sacrificios y cuántos nuevos obstáculos habría que superar!

La fuerza que empuja hacia la guerra en Europa es grande. El sistema militar prusiano, adoptado en todas partes, requiere para su pleno desarrollo de doce a dieciséis años; al cabo de ese tiempo, los cuadros de la reserva están compuestos por hombres adiestrados en el manejo de las armas. Esos doce a dieciséis años se han cumplido en todas partes; en todas partes se cuenta con doce a dieciséis contingentes anuales que han prestado servicio. Así pues, todos están preparados, y los alemanes no tienen a este respecto ninguna ventaja particular. Esto significa que la guerra que nos amenaza arrojaría al campo de batalla a diez millones de soldados. Además, el viejo Guillermo probablemente morirá. Bismarck verá su posición más o menos socavada y tal vez empuje a la guerra para mantenerse. En efecto, en todas partes la bolsa cree que habrá guerra en cuanto el viejo cierre los ojos.

Si hay guerra, se librará solo con el fin de impedir la revolución: en Rusia, para adelantarse a la acción conjunta de todos los descontentos —eslavófilos, constitucionalistas, nihilistas y campesinos—; en Alemania, para mantener a Bismarck; en Francia, para hacer retroceder el movimiento victorioso de los socialistas y restaurar la monarquía.

Entre los socialistas franceses y alemanes no existe una cuestión alsaciana. Los socialistas alemanes saben muy bien que las anexiones de 1871, contra las que siempre protestaron, han sido el eje de la política reaccionaria de Bismarck tanto en el interior como en el exterior. Los socialistas de ambos países están igualmente interesados en el mantenimiento de la paz, porque serían ellos quienes tendrían que pagar todos los costos de la guerra.

F. Engels