El libro que aquí se presenta al público de habla inglesa en su propio idioma fue escrito hace algo más de cuarenta años. El autor era entonces joven, de veinticuatro años de edad, y su obra lleva el sello de su juventud con sus rasgos buenos y defectuosos, de ninguno de los cuales se avergüenza. El que ahora se traduzca al inglés no se debe en modo alguno a su iniciativa. Sin embargo, tal vez se le permita decir unas palabras, "para exponer las razones" por las cuales no debiera impedirse que esta traducción vea la luz del día.

El estado de cosas descrito en este libro pertenece hoy, en muchos aspectos, al pasado, por lo que respecta a Inglaterra. Aunque no se afirme expresamente en nuestros tratados reconocidos, sigue siendo una ley de la Economía Política moderna que cuanto mayor es la escala en que se lleva a cabo la Producción Capitalista, tanto menos puede soportar los mezquinos ardides de estafa y rapiña que caracterizan sus primeras etapas. Las tretas leguleyas del judío polaco, el representante en Europa del comercio en su fase más baja, esas tretas que tan bien le sirven en su propio país y que allí se practican generalmente, las encuentra anticuadas y fuera de lugar cuando llega a Hamburgo o Berlín; y a su vez, el comisionista que viene de Berlín o Hamburgo, judío o cristiano, después de frecuentar la Bolsa de Manchester durante unos meses, descubre que para comprar hilaza de algodón o tejidos baratos, también él haría mejor en abandonar esas artimañas y subterfugios ligeramente más refinados pero aún miserables que se consideran el colmo de la astucia en su país natal. El hecho es que esos trucos ya no rinden en un gran mercado, donde el tiempo es dinero y donde se desarrolla inevitablemente un cierto estándar de moralidad comercial, puramente como un medio para ahorrar tiempo y molestias. Y lo mismo ocurre con la relación entre el fabricante y sus "manos". La derogación de las leyes de cereales, el descubrimiento de los yacimientos de oro de California y Australia, la aniquilación casi completa del tejido manual doméstico en la India, el creciente acceso al mercado chino, la rápida multiplicación de ferrocarriles y barcos de vapor en todo el mundo y otras causas menores han dado a la industria manufacturera inglesa un desarrollo tan colosal que la situación de 1844 nos parece ahora comparativamente primitiva e insignificante. Y a medida que se producía este aumento, en la misma proporción la industria manufacturera se moralizó aparentemente. La competencia entre fabricante y fabricante mediante mezquinos robos a los obreros ya no rendía. El comercio había superado esos medios bajos de hacer dinero; ya no valía la pena practicarlos para el fabricante millonario y sólo servían para mantener viva la competencia de los comerciantes más pequeños, agradecidos de poder arañar un penique dondequiera que pudieran. Así se suprimió el sistema de pago en especie (truck-system); se promulgó la ley de las Diez Horas y se introdujeron otras reformas secundarias —contra el espíritu mismo del Libre Cambio y de la competencia desenfrenada, pero muy a favor del capitalista gigante en su competencia con su hermano menos favorecido—. Además, cuanto mayor es la empresa y, con ella, el número de manos, tanto mayores son la pérdida y el trastorno causados por cada conflicto entre patronos y obreros; y así un nuevo espíritu se apoderó de los patronos, especialmente de los grandes, que les enseñó a evitar riñas innecesarias, a resignarse a la existencia y al poder de los Sindicatos y, finalmente, incluso a descubrir en las huelgas —en momentos oportunos— un medio poderoso para servir a sus propios fines. Los mayores fabricantes, antes los líderes de la guerra contra la clase obrera, eran ahora los primeros en predicar la paz y la armonía. Y por una razón muy fundada. El hecho es que todas estas concesiones a la justicia y a la filantropía no fueron sino medios para acelerar la concentración del capital en manos de unos pocos, para quienes las mezquinas extorsiones adicionales de años anteriores habían perdido toda importancia y se habían convertido en verdaderos estorbos; y para aplastar tanto más rápida como seguramente a sus competidores más pequeños, que no podían llegar a fin de mes sin tales gajes. Así, el desarrollo de la producción sobre la base del sistema capitalista ha bastado por sí mismo —al menos en las industrias principales, pues en las ramas más insignificantes esto dista mucho de ser el caso— para eliminar todos esos agravios menores que agravaban la suerte del obrero durante sus primeras etapas. Y así pone cada vez más de relieve el gran hecho central: que la causa de la miserable condición de la clase obrera no ha de buscarse en estos agravios menores, sino en el Sistema Capitalista mismo. El obrero asalariado vende al capitalista su fuerza de trabajo por una suma diaria determinada. Después de unas cuantas horas de trabajo ha reproducido el valor de esa suma; pero la sustancia de su contrato es que tiene que trabajar otra serie de horas para completar su jornada laboral; y el valor que produce durante estas horas adicionales de trabajo excedente es plusvalía, que al capitalista no le cuesta nada pero que va a parar a su bolsillo. Ésa es la base del sistema que tiende cada vez más a escindir la sociedad civilizada en unos pocos Vanderbilt, los propietarios de todos los medios de producción y subsistencia, por un lado, y un inmenso número de asalariados, los propietarios de nada más que de su fuerza de trabajo, por el otro. Y que este resultado no es causado por tal o cual agravio secundario, sino por el sistema mismo —este hecho ha sido puesto en marcado relieve por el desarrollo del Capitalismo en Inglaterra desde 1847.

Por otra parte, las repetidas visitas del cólera, el tifus, la viruela y otras epidemias han mostrado al burgués británico la urgente necesidad de la salubridad en sus villas y ciudades, si desea salvarse a sí mismo y a su familia de caer víctimas de tales enfermedades. En consecuencia, los abusos más atroces descritos en este libro han desaparecido o se han hecho menos notorios. Se han introducido o mejorado los sistemas de alcantarillado, se han abierto amplias avenidas a través de muchos de los peores "barrios bajos" que tuve que describir. "Pequeña Irlanda" ha desaparecido y "Seven Dials" es la siguiente en la lista para ser barrida. Pero ¿qué importa eso? Distritos enteros que en 1844 pude describir como casi idílicos han caído ahora, con el crecimiento de las ciudades, en el mismo estado de deterioro, incomodidad y miseria. Sólo los cerdos y los montones de basura ya no se toleran. La burguesía ha progresado en el arte de ocultar la miseria de la clase obrera. Pero que, respecto a sus viviendas, no ha tenido lugar ninguna mejora sustancial, queda ampliamente demostrado por el Informe de la Comisión Real "sobre la Vivienda de los Pobres", 1885. Y éste es el caso, también, en otros aspectos. Los reglamentos policiales abundan como moras; pero sólo pueden acorralar la miseria de los obreros, no pueden eliminarla.

Pero mientras Inglaterra ha superado así el estado juvenil de la explotación capitalista por mí descrito, otros países acaban apenas de alcanzarlo. Francia, Alemania y, especialmente, América son los competidores formidables que en este momento —como previ en 1844— están rompiendo cada vez más el monopolio industrial de Inglaterra. Sus manufacturas son jóvenes en comparación con las de Inglaterra, pero crecen a un ritmo mucho más rápido que las de ésta; y lo bastante curioso, han llegado en este momento aproximadamente a la misma fase de desarrollo que la manufactura inglesa en 1844. Con respecto a América, el paralelismo es en verdad sorprendente. Cierto es que las circunstancias externas en las que la clase obrera está situada en América son muy diferentes, pero las mismas leyes económicas están operando y los resultados, si no idénticos en todos los aspectos, deben ser del mismo orden. De ahí que encontremos en América las mismas luchas por una jornada laboral más corta, por una limitación legal del tiempo de trabajo, especialmente de mujeres y niños en las fábricas; encontramos el sistema de pago en especie en plena floración, y el sistema de trabajo a domicilio, en distritos rurales, utilizado por los "bosses" como medio de dominación sobre los obreros. En este mismo momento estoy recibiendo los periódicos americanos con relatos de la gran huelga de 12.000 mineros del carbón de Pensilvania en el distrito de Connellsville, y me parece estar leyendo mi propia descripción de la huelga de los mineros del Norte de Inglaterra de 1844. El mismo engaño a los obreros con medidas falsas; el mismo sistema de pago en especie; el mismo intento de quebrantar la resistencia de los mineros mediante el último, pero aplastante, recurso de los capitalistas: el desalojo de los hombres de sus viviendas, las casas propiedad de las compañías.

Hubo dos circunstancias que durante mucho tiempo impidieron que las consecuencias inevitables del sistema capitalista se mostrasen a plena luz del día en América. Éstas eran el fácil acceso a la propiedad de tierras baratas y la afluencia de la inmigración. Ellas permitieron, durante muchos años, que la gran masa de la población americana nativa se "retirase" al comienzo de la edad adulta del trabajo asalariado y se convirtiera en granjeros, comerciantes o empleadores de trabajo, mientras que el duro trabajo a cambio de un salario, la posición de proletario de por vida, recaía mayormente en suerte sobre los inmigrantes. Pero América ha superado esta etapa temprana. Los bosques ilimitados han desaparecido y las praderas, aún más ilimitadas, están pasando rápida y más rápidamente de manos de la Nación y los Estados a las de propietarios privados. La gran válvula de seguridad contra la formación de una clase proletaria permanente ha dejado prácticamente de actuar. Una clase de proletarios vitalicios e incluso hereditarios existe a esta hora en América. Una nación de sesenta millones que se esfuerza denodadamente por convertirse —y con todas las posibilidades de éxito, además— en la nación manufacturera líder del mundo, una nación semejante no puede importar permanentemente a su propia clase obrera asalariada; ni siquiera si los inmigrantes afluyen a razón de medio millón al año. La tendencia del sistema capitalista hacia la escisión última de la sociedad en dos clases, unos pocos millonarios por un lado, y una gran masa de meros asalariados por el otro, esta tendencia, aunque constantemente contrarrestada y neutralizada por otros agentes sociales, no opera en ninguna parte con mayor fuerza que en América; y el resultado ha sido la producción de una clase de asalariados americanos nativos que forman, ciertamente, la aristocracia de la clase asalariada en comparación con los inmigrantes, pero que se vuelven cada día más conscientes de su solidaridad con estos últimos y que sienten tanto más agudamente su actual condena al trabajo asalariado vitalicio porque aún recuerdan los días pasados, cuando era comparativamente fácil ascender a un nivel social más alto. En consecuencia, el movimiento de la clase obrera, en América, ha comenzado con un vigor verdaderamente americano, y como en ese lado del Atlántico las cosas marchan por lo menos al doble de la velocidad europea, tal vez aún vivamos para ver a América tomar la delantera también en este aspecto.

No he intentado, en esta traducción, poner el libro al día, señalar en detalle todos los cambios que han tenido lugar desde 1844. Y por dos razones: En primer lugar, para hacer esto adecuadamente, el tamaño del libro tendría que duplicarse aproximadamente, y la traducción me sobrevino demasiado de repente como para permitirme emprender tal trabajo. Y en segundo lugar, el primer volumen de "Das Kapital" de Karl Marx, cuya traducción al inglés está a punto de aparecer, contiene una descripción muy amplia del estado de la clase obrera británica, tal como era hacia 1865, es decir, en la época en que la prosperidad industrial británica alcanzó su punto culminante. Me habría visto, entonces, obligado a recorrer de nuevo el terreno ya cubierto por la célebre obra de Marx.

Apenas será necesario señalar que el punto de vista teórico general de este libro —filosófico, económico, político— no coincide exactamente con mi punto de vista actual. En 1844 no existía aún el socialismo internacional moderno, que desde entonces se ha desarrollado plenamente como ciencia, principal y casi exclusivamente gracias a los esfuerzos de Marx. Mi libro representa una de las fases de su desarrollo embrionario; y así como el embrión humano, en sus primeras etapas, reproduce todavía los arcos branquiales de nuestros antepasados peces, así este libro muestra por doquier las huellas de la ascendencia del socialismo moderno a partir de uno de sus antepasados, la filosofía alemana. Así pues, se pone gran énfasis en la afirmación de que el comunismo no es una mera doctrina de partido de la clase obrera, sino una teoría que abarca la emancipación de la sociedad en su conjunto, incluida la clase capitalista, de sus estrechas condiciones actuales. Esto es bastante cierto en abstracto, pero absolutamente inútil, y peor aún, en la práctica. Mientras las clases acaudaladas no sólo no sientan la necesidad de emancipación alguna, sino que se opongan enérgicamente a la autoemancipación de la clase obrera, la revolución social tendrá que ser preparada y librada exclusivamente por la clase obrera. También el burgués francés de 1789 declaró que la emancipación de la burguesía era la emancipación de todo el género humano; pero la nobleza y el clero no quisieron verlo; la proposición —aunque por el momento, respecto al feudalismo, una verdad histórica abstracta— pronto se convirtió en mero sentimentalismo y desapareció por completo de la vista en el fuego de la lucha revolucionaria. Y hoy, precisamente aquellos que, desde la imparcialidad de su «punto de vista superior», predican a los obreros un socialismo que se eleva muy por encima de sus intereses de clase y de sus luchas de clases, y que tiende a reconciliar en una humanidad superior los intereses de las dos clases contendientes —esas personas son o bien neófitos, que aún tienen mucho que aprender, o bien los peores enemigos de los obreros—, lobos con piel de cordero.

En el texto se afirma que el período recurrente de las grandes crisis industriales es de cinco años. Éste era el período que aparentemente indicaba el curso de los acontecimientos de 1825 a 1842. Pero la historia industrial de 1842 a 1868 ha demostrado que el período real es de diez años; que las revoluciones intermedias fueron secundarias y tendían cada vez más a desaparecer. Desde 1868 el estado de cosas ha vuelto a cambiar, sobre lo cual hablaré más adelante.

He tenido cuidado de no tachar del texto las muchas profecías, entre otras la de una revolución social inminente en Inglaterra, que mi ardor juvenil me indujo a aventurar. Lo sorprendente no es que muchas de ellas resultaran equivocadas, sino que tantas hayan resultado acertadas, y que el estado crítico del comercio inglés, provocado por la competencia alemana y, sobre todo, americana, que yo preveía entonces —aunque en un plazo demasiado corto—, se haya cumplido ahora realmente. En este sentido puedo, y estoy obligado a, poner el libro al día, insertando aquí un artículo que publiqué en el *Commonweal* de Londres del 1 de marzo de 1885, bajo el título: «Inglaterra en 1845 y en 1885». Ofrece al mismo tiempo un breve bosquejo de la historia de la clase obrera inglesa durante estos cuarenta años.

Londres, 25 de febrero de 1886

Frederick Engels