Hace cuarenta años, Inglaterra se hallaba frente a una crisis que, según todas las apariencias, solo podía resolverse por la fuerza. El inmenso y rápido desarrollo de las manufacturas había desbordado la ampliación de los mercados exteriores y el aumento de la demanda. Cada diez años, la marcha de la industria se veía violentamente interrumpida por un crac comercial general, seguido, tras un largo período de depresión crónica, de unos pocos años breves de prosperidad, para terminar siempre en una superproducción febril y, como consecuencia, en un nuevo colapso. La clase capitalista clamaba por el librecambio de cereales y amenazaba con imponerlo enviando a la población hambrienta de las ciudades de vuelta a los distritos rurales de donde procedía: invadirlos, como decía John Bright, no como pobres que mendigaban pan, sino como un ejército acuartelado en país enemigo. Las masas trabajadoras de las ciudades exigían su cuota de poder político —la Carta del Pueblo—; contaban con el apoyo de la mayoría de la pequeña clase comerciante, y la única diferencia entre ambas estribaba en si la Carta debía imponerse por la fuerza física o por la fuerza moral. Luego llegaron el crac comercial de 1847 y la hambruna irlandesa, y con ambos la perspectiva de la revolución.

La Revolución Francesa de 1848 salvó a la burguesía inglesa. Los pronunciamientos socialistas de los obreros franceses victoriosos asustaron a la pequeña burguesía de Inglaterra y desorganizaron el movimiento, más estrecho pero más apegado a los hechos, de la clase obrera inglesa. En el preciso momento en que el cartismo estaba llamado a imponerse con toda su fuerza, se derrumbó internamente, antes incluso de derrumbarse externamente el 10 de abril de 1848.209 La acción de la clase obrera quedó arrinconada. La clase capitalista triunfó en toda la línea.

El proyecto de reforma de 1831 había sido la victoria de toda la clase capitalista sobre la aristocracia terrateniente. La derogación de las leyes de cereales fue la victoria de los capitalistas manufactureros no solo sobre la aristocracia terrateniente, sino también sobre aquellas capas de capitalistas cuyos intereses estaban más o menos ligados al interés agrario: banqueros, agiotistas, tenedores de fondos públicos, etc. El librecambio significaba el reajuste de toda la política comercial y financiera, interior y exterior, de Inglaterra de acuerdo con los intereses de los capitalistas manufactureros, la clase que representaba entonces a la nación. Y emprendieron esta tarea con decisión. Se suprimió implacablemente todo obstáculo a la producción industrial. Se revolucionaron el arancel y todo el sistema impositivo. Todo se subordinó a un único fin, pero un fin de la máxima importancia para el capitalista manufacturero: el abaratamiento de todos los productos en bruto y, especialmente, de los medios de vida de la clase obrera; la reducción del coste de las materias primas y el mantenimiento —si no aún la reducción— de los salarios. Inglaterra había de convertirse en el «taller del mundo»; todos los demás países habían de llegar a ser para Inglaterra lo que Irlanda era ya: mercados para sus mercancías manufacturadas, que a cambio la abastecían de materias primas y alimentos. Inglaterra es el gran centro manufacturero de un mundo agrícola, con un número cada vez mayor de Irlandas productoras de cereales y algodón que giran en torno a ella, el sol industrial. ¡Qué perspectiva tan gloriosa!

Los capitalistas manufactureros abordaron la realización de este gran objetivo con ese sano sentido común y ese desprecio por los principios tradicionales que siempre los han distinguido de sus colegas más estrechos de miras del continente. El cartismo se extinguía. El renacimiento de la prosperidad comercial, natural después de que la conmoción de 1847 se hubiera agotado, fue atribuido enteramente a los méritos del librecambio. Ambas circunstancias habían convertido políticamente a la clase obrera inglesa en apéndice del gran partido liberal, el partido dirigido por los fabricantes. Esta ventaja, una vez obtenida, tenía que perpetuarse. Y los capitalistas manufactureros, de la oposición cartista no al librecambio, sino a la transformación del librecambio en la única cuestión nacional vital, habían aprendido y seguían aprendiendo cada vez más que la burguesía no puede alcanzar nunca el pleno poder social y político sobre la nación más que con la ayuda de la clase obrera. Así operó un cambio gradual en las relaciones entre ambas clases. Las leyes fabriles, antaño el espantajo de todos los fabricantes, no solo fueron aceptadas de buen grado, sino que se toleró su ampliación hasta convertirse en leyes que regulaban casi todos los oficios. Los sindicatos, poco antes considerados invenciones del mismísimo diablo, eran ahora mimados y protegidos como instituciones perfectamente legítimas y como medios útiles para difundir sanas doctrinas económicas entre los trabajadores. Incluso las huelgas, de las que nada había habido más nefando hasta 1848, se consideraron ahora gradualmente como un recurso ocasional muy útil, sobre todo cuando las provocaban los propios patronos a su conveniencia. De las disposiciones legales que colocaban al obrero en un nivel inferior o en situación de desventaja respecto al patrono, por lo menos las más repugnantes fueron derogadas. Y, en la práctica, aquella horrible «Carta del Pueblo» se convirtió realmente en el programa político de los mismos fabricantes que hasta el último momento se habían opuesto a ella. «La abolición del requisito de propiedad»210 y el «voto secreto» son ahora ley del país. Las leyes de reforma de 1867 y de 1884211 se aproximan mucho al «sufragio universal», al menos tal como existe hoy en Alemania; el proyecto de redistribución que se halla actualmente ante el Parlamento crea «distritos electorales iguales» —en conjunto, no más desiguales que los de Francia o Alemania—; la «dieta de los diputados» y parlamentos más cortos, si no exactamente «anuales», se vislumbran claramente en el horizonte… y sin embargo hay quien dice que el cartismo ha muerto.

La Revolución de 1848, como muchas de sus predecesoras, ha tenido extraños compañeros de lecho y sucesores. Las mismas personas que la aplastaron se han convertido, como solía decir Karl Marx, en sus albaceas testamentarios. Luis Napoleón tuvo que crear una Italia independiente y unida, Bismarck tuvo que revolucionar Alemania y restablecer la independencia húngara, y los fabricantes ingleses tuvieron que promulgar la Carta del Pueblo.

Para Inglaterra, los efectos de esta dominación de los capitalistas manufactureros fueron al principio asombrosos. El comercio revivió y se extendió a un grado nunca oído hasta entonces, incluso en esta cuna de la industria moderna; las pasmosas creaciones anteriores del vapor y la maquinaria se empequeñecieron hasta reducirse a nada comparadas con la inmensa masa de producción de los veinte años que van de 1850 a 1870, con las abrumadoras cifras de exportaciones e importaciones, con la riqueza acumulada en manos de los capitalistas y con la fuerza de trabajo humana concentrada en las grandes ciudades. El progreso se vio interrumpido, como antes, por una crisis cada diez años, en 1857 lo mismo que en 1868; pero estas conmociones se consideraban ya acontecimientos naturales e inevitables, a los que había que someterse con fatalismo y que siempre acababan por arreglarse por sí solos.

¿Y la condición de la clase obrera durante este período? Hubo incluso un mejoramiento temporal para la gran masa. Pero esta mejoría quedaba siempre reducida al viejo nivel por la afluencia del gran cuerpo de la reserva de desocupados, por el constante desplazamiento de brazos a causa de nuevas máquinas, por la inmigración de la población agrícola, ahora también cada vez más desplazada por las máquinas.

Solo cabe reconocer un mejoramiento permanente para dos secciones «protegidas» de la clase obrera. En primer lugar, los obreros fabriles. La fijación por ley del parlamento de su jornada laboral dentro de límites relativamente racionales ha restaurado su constitución física y los ha dotado de una superioridad moral, acrecentada por su concentración local. Sin duda están mejor que antes de 1848. La mejor prueba es que de cada diez huelgas que hacen, nueve son provocadas por los fabricantes en su propio interés, como único medio de garantizar una producción reducida. Nunca se logra que los patronos accedan a trabajar en «jornada reducida», por muy invendibles que estén las mercancías manufacturadas; pero si los obreros van a la huelga, los patronos cierran sus fábricas sin excepción.

En segundo lugar, los grandes sindicatos. Son las organizaciones de aquellos oficios en los que predomina la mano de obra masculina adulta o es la única aplicable. En ellos, ni la competencia de mujeres y niños ni la de la maquinaria ha debilitado hasta ahora su fuerza organizada. Los mecánicos, los carpinteros y ebanistas, los albañiles, constituyen cada uno de por sí un poder, hasta el punto que, como en el caso de los albañiles y sus peones, pueden incluso resistir con éxito la introducción de maquinaria. Que su condición ha mejorado notablemente desde 1848 no cabe duda, y la mejor prueba de ello es el hecho de que desde hace más de quince años no solo sus patronos han estado con ellos, sino ellos con sus patronos, en muy buenos términos. Forman una aristocracia en el seno de la clase obrera; han logrado conquistar para sí una posición relativamente cómoda y la aceptan como definitiva. Son los obreros modelo de los señores Leone Levi y Giffen, y son ciertamente gente muy tratable hoy en día para cualquier capitalista sensato en particular y para toda la clase capitalista en general.

Pero en cuanto a la gran masa del pueblo trabajador, el estado de miseria e inseguridad en que vive ahora es tan bajo como siempre, si no más bajo. El East End de Londres es un charco siempre creciente de miseria estancada y desolación, de hambre cuando no hay trabajo y de degradación física y moral cuando lo hay. Y lo mismo ocurre en todas las demás grandes ciudades —haciendo abstracción de la minoría privilegiada de los obreros—; y lo mismo en las ciudades más pequeñas y en los distritos agrícolas. La ley que reduce el valor de la fuerza de trabajo al valor de los medios de subsistencia necesarios, y la otra ley que, por regla general, reduce su precio medio al mínimo de esos medios de subsistencia, actúan sobre ellos con la fuerza irresistible de una máquina automática que los tritura entre sus ruedas.

Tal era, pues, la situación creada por la política librecambista de 1847 y por veinte años de dominación de los capitalistas manufactureros. Pero luego sobrevino un cambio. El crac de 1866 fue seguido, ciertamente, por un breve y ligero renacimiento hacia 1873; pero este no duró. No sufrimos, en verdad, la crisis plena en el momento en que era debida, en 1877 o 1878; pero desde 1876 hemos vivido un estado crónico de estancamiento en todas las ramas dominantes de la industria. Ni llega el crac total, ni llega el período de anhelada prosperidad al que solíamos tener derecho antes y después de él. Una depresión sorda, una saturación crónica de todos los mercados para todos los ramos: he ahí lo que hemos estado viviendo durante casi diez años. ¿A qué se debe esto?

La teoría del librecambio se fundaba en el supuesto de que Inglaterra habría de ser el único gran centro manufacturero de un mundo agrícola. Y el hecho real es que ese supuesto ha resultado ser una pura ilusión. Las condiciones de la industria moderna, la fuerza del vapor y la maquinaria, pueden establecerse dondequiera que haya combustible, especialmente carbón. Y otros países además de Inglaterra —Francia, Bélgica, Alemania, América, incluso Rusia— poseen carbón. Y las gentes de esos lugares no vieron la ventaja de verse convertidos en paupérrimos granjeros irlandeses solo para mayor riqueza y gloria de los capitalistas ingleses. Se dedicaron resueltamente a manufacturar, no solo para sí mismos, sino para el resto del mundo; y la consecuencia es que el monopolio manufacturero disfrutado por Inglaterra durante casi un siglo se ha roto irremisiblemente.

Pero el monopolio manufacturero de Inglaterra es el pivote del actual sistema social de Inglaterra. Aun mientras duró ese monopolio, los mercados no podían seguir el ritmo de la creciente productividad de los fabricantes ingleses; las crisis decenales fueron la consecuencia. Y cada día escasean más los nuevos mercados, tanto que hasta a los negros del Congo se los quiere forzar ahora a la civilización que acompaña a los calicós de Mánchester, la alfarería de Staffordshire y la ferretería de Birmingham. ¿Qué ocurrirá cuando los productos continentales, y especialmente los americanos, afluyan en cantidades cada vez mayores..., cuando la parte predominante que aún conservan las manufacturas británicas se reduzca de año en año? ¡Respóndeme, librecambio, panacea universal!

No soy el primero en señalarlo. Ya en 1883, en la reunión de la British Association en Southport, el señor Inglis Palgrave, presidente de la sección económica, declaró paladinamente que

«los días de las grandes ganancias comerciales en Inglaterra han pasado, y se ha producido una pausa en el progreso de varias ramas importantes del trabajo industrial. Casi podría decirse que el país está entrando en el estado no progresivo».212

Mas ¿cuál habrá de ser la consecuencia? La producción capitalista no puede detenerse. Ha de seguir incrementándose y expandiéndose, o perecer. Ya ahora, la mera reducción de la parte del león que Inglaterra se llevaba en el abastecimiento de los mercados mundiales significa estancamiento, penuria, excedente de capital aquí, excedente de trabajadores desempleados allá. ¿Qué ocurrirá cuando el incremento de la producción anual se paralice por completo?

He aquí el punto vulnerable, el talón de Aquiles de la producción capitalista. Su base misma es la necesidad de una expansión constante, y esta expansión constante ahora se torna imposible. Acaba en un callejón sin salida. Cada año, Inglaterra se ve más arrastrada a encarar la disyuntiva: o el país se va a pique, o la producción capitalista se va a pique. ¿Cuál de las dos habrá de ser?

¿Y la clase obrera? Si incluso bajo la inigualada expansión comercial e industrial que va de 1848 a 1868 ha tenido que padecer tal miseria; si incluso entonces la gran masa no experimentó, en el mejor de los casos, sino una mejora temporal de su condición, mientras solo una pequeña minoría, privilegiada, «protegida», se benefició de manera permanente, ¿qué ocurrirá cuando este período deslumbrante termine definitivamente; cuando el sombrío estancamiento actual no solo se intensifique, sino que esta condición intensificada se convierta en el estado permanente y normal del comercio inglés?

La verdad es la siguiente: durante el período del monopolio industrial de Inglaterra, la clase obrera inglesa participó, hasta cierto punto, en los beneficios del monopolio. Esos beneficios se repartieron muy desigualmente entre ella; la minoría privilegiada se embolsó la mayor parte, pero aun la gran masa tuvo, al menos, una participación temporal de vez en cuando. Y esa es la razón de que, desde la extinción del owenismo, no haya habido socialismo en Inglaterra. Al derrumbarse ese monopolio, la clase obrera inglesa perderá esa posición privilegiada; se encontrará en general —sin exceptuar a la minoría privilegiada y dirigente— en un nivel de igualdad con sus compañeros de clase en el extranjero. Y esa es la razón de que vuelva a haber socialismo en Inglaterra.

Escrito a mediados de febrero de 1885.
Publicado en la revista
The Commonweal, núm. 2,
1 de marzo de 1885, y en la
traducción autorizada en la
revista Die Neue Zeit, núm. 6,
junio de 1885.
Firmado: Frederick Engels