Del francés.
["Le Socialiste" núm. 10, 31 de octubre de 1885]

Ciudadanos,

En su número del 17 publican ustedes un extracto de una *carta privada* que he dirigido a uno de ustedes. Esta carta fue escrita con prisa, de modo que, para no perder el correo, ni siquiera tuve tiempo de releerla. Permítanme, pues, explicar un pasaje que no expresa mi pensamiento con suficiente claridad.

Cuando hablaba del Sr. Clemenceau como portaestandarte del radicalismo francés, decía: «Es muy importante que no llegue al poder como defensor de la propiedad contra los comunistas, sino como salvador de la república frente a la monarquía. En este caso se verá más o menos obligado a cumplir lo que ha prometido; en el caso contrario, se comportaría (aquí hay que intercalar: *quizá*) como los otros, que, como Luis Felipe, se creían la mejor de las repúblicas: estamos en el poder, la república puede dormir tranquila; basta con que nos hayamos apoderado de los ministerios, no nos habléis más de las reformas prometidas.»

En primer lugar, no tengo ningún derecho a afirmar que el Sr. Clemenceau, si llegara al poder por la vía habitual de los gobiernos parlamentarios, actuaría indefectiblemente «como los otros». Además, no soy de los que explican los actos de los gobiernos simplemente por su buena o mala voluntad; esta voluntad misma está condicionada por causas independientes de ellos: por la situación general. No se trata aquí, pues, de la buena o mala voluntad del Sr. Clemenceau. Se trata, en interés del partido obrero, de que los radicales lleguen al poder en una situación tal que para mantenerse en él no tengan más que un solo medio: poner en práctica su programa. Esperemos que los 200 monárquicos de la Cámara basten para crear una situación semejante.

Londres, 21 de octubre de 1885

F. Engels