Friedrich Engels

Prefacio [a la primera edición alemana del escrito de Karl Marx “Miseria de la filosofía”]

El presente escrito surgió en el invierno de 1846/47, en una época en que Marx había llegado a poner en claro consigo mismo los rasgos fundamentales de su nueva concepción histórica y económica. La obra de Proudhon recién aparecida, “Système des contradictions économiques, ou philosophie de la misère”, le brindó la ocasión de desarrollar esos rasgos fundamentales en contraposición a las opiniones del hombre que, de allí en adelante, habría de ocupar el puesto más destacado entre los socialistas franceses vivos. Desde la época en que ambos, en París, discutían a menudo noches enteras sobre cuestiones económicas, sus caminos se habían ido separando cada vez más; el escrito de Proudhon demostraba que entre ambos mediaba ya un abismo insalvable; ignorarlo no era posible entonces; y Marx constató la ruptura irremediable en esta respuesta suya.

El juicio de conjunto de Marx sobre Proudhon se halla recogido en el artículo que sigue a este prólogo y que apareció en el “Social-Demokrat” de Berlín, números 16, 17 y 18 de 1865. Fue el único artículo que Marx escribió en aquel periódico; los intentos, inmediatamente manifiestos, del señor von Schweitzer de llevarlo por la senda feudal y gubernamental nos obligaron a denunciar públicamente nuestra colaboración a las pocas semanas.

Para Alemania, el presente escrito tiene, justamente en el momento actual, una importancia que el propio Marx nunca sospechó. ¿Cómo podía saber él que, al arremeter contra Proudhon, alcanzaba a Rodbertus, entonces desconocido para él hasta de nombre, el diosecillo de los arribistas de hoy?

No es este el lugar de abordar la relación entre Marx y Rodbertus; pronto se me ofrecerá ocasión para ello. Aquí baste con lo siguiente: cuando Rodbertus acusa a Marx de haberle “saqueado” y de haber “aprovechado muy bonitamente en su ‘Capital’ ” su escrito “Zur Erkenntniß” “sin citarle”, se deja arrastrar por una calumnia que solo se explica por el malhumor del genio incomprendido y por su notable ignorancia de las cosas que ocurren fuera de Prusia y, en particular, de la literatura socialista y económica. Marx jamás tuvo ante sus ojos ni esas acusaciones ni el mencionado escrito de Rodbertus; de Rodbertus solo conocía, en general, las tres “Socialen Briefe”, y estas en ningún caso antes de 1858 o 59.

Con mayor fundamento sostiene Rodbertus en esas cartas haber descubierto el “valor constituido de Proudhon” ya antes que Proudhon; aunque en esto, desde luego, vuelve a lisonjearse erróneamente de ser el primer descubridor. En todo caso, pues, en nuestro escrito se le hace objeto de crítica colateral, y esto me obliga a tratar brevemente su “fundamental” obrita “Zur Erkenntniß unsrer staats-wirthschaftlichen Zustände”, 1842, en la medida en que, además del comunismo weitlingiano también contenido en ella (de nuevo inconscientemente), saca a la luz anticipaciones de Proudhon.

En la medida en que el socialismo moderno, cualquiera que sea su orientación, parte de la economía política burguesa, se enlaza casi sin excepción con la teoría ricardiana del valor. Las dos proposiciones que Ricardo proclama en 1817 al comienzo mismo de sus “Principles”: 1. que el valor de toda mercancía está determinado única y exclusivamente por la cantidad de trabajo que su producción requiere, y 2. que el producto del trabajo social total se distribuye entre las tres clases de los terratenientes (renta), capitalistas (ganancia) y obreros (salario), estas dos proposiciones fueron ya explotadas desde 1821 en Inglaterra para sacar consecuencias socialistas, en parte con tal agudeza y contundencia que esa literatura, hoy casi olvidada y en gran medida desenterrada por Marx, se mantuvo insuperada hasta la aparición de “El Capital”. De esto hablaremos en otra ocasión. Si, por tanto, Rodbertus en 1842 extrajo por su parte consecuencias socialistas de las susodichas proposiciones, eso representó ciertamente entonces para un alemán un paso adelante muy significativo, pero a lo sumo podía valer como nuevo descubrimiento para Alemania. Cuán poco novedosa era la aplicación de la teoría ricardiana lo demuestra Marx frente a Proudhon, que padecía de una presunción similar.

“Quien esté tan solo medianamente familiarizado con el desarrollo de la economía política en Inglaterra sabe, en cualquier caso, que casi todos los socialistas de este país, en diversas épocas, han propuesto la aplicación igualitaria (es decir, socialista) de la teoría ricardiana. Podríamos citarle al señor Proudhon: ‘The Political Economy’ de Hopkins, 1822; William Thompson, ‘An Inquiry into the Principles of the Distribution of Wealth, most conducive to Human Happiness’, 1824; T. R. Edmonds, ‘Practical, Moral and Political Economy’, 1828, etc., etc., y aún cuatro páginas más de etcéteras. Dejemos hablar solo a un comunista inglés: Bray, en su notable escrito ‘Labour’s Wrongs and Labour’s Remedy’, Leeds 1839.” Y solo las citas de Bray que allí se aportan desbaratan una buena parte de la prioridad reivindicada por Rodbertus.

En aquel entonces Marx no había pisado todavía la sala de lectura del British Museum. Aparte de las bibliotecas de París y Bruselas, aparte de mis libros y extractos, durante un viaje de seis semanas a Inglaterra que hicimos juntos en el verano de 1845 únicamente había revisado los libros que se podían encontrar en Manchester. La literatura en cuestión no era, por tanto, en los años cuarenta, ni mucho menos tan inaccesible como quizás hoy en día. Si a pesar de ello Rodbertus la desconoció siempre, se debió únicamente a su estrechez local prusiana. Él es el verdadero fundador del socialismo específicamente prusiano y ahora, por fin, se le reconoce como tal.

Sin embargo, ni siquiera en su amada Prusia debía permanecer Rodbertus sin ser molestado. En 1859 apareció en Berlín el primer fascículo de Marx, “Zur Kritik der Politischen Ökonomie”. Allí, entre las objeciones de los economistas contra Ricardo se destaca como segunda objeción, en la p. 40:

“Si el valor de cambio de un producto es igual al tiempo de trabajo que contiene, el valor de cambio de una jornada de trabajo es igual a su producto. O bien, el salario tiene que ser igual al producto del trabajo. Ahora bien, ocurre lo contrario.” A esto la siguiente nota: “Esta objeción contra Ricardo, aducida por el lado económico {2}, fue retomada más tarde por el lado socialista. Supuesta la corrección teórica de la fórmula, se acusaba a la práctica de estar en contradicción con la teoría y se instaba a la sociedad burguesa a extraer prácticamente la supuesta consecuencia de su principio teórico. De este modo, al menos, los socialistas ingleses volvieron contra la economía política la fórmula ricardiana del valor de cambio.” En la misma nota se remite a la “Misère de la philosophie” de Marx, que entonces aún podía adquirirse en todas las librerías.

Rodbertus tuvo, pues, oportunidad sobrada de convencerse por sí mismo de si sus descubrimientos de 1842 eran realmente nuevos. En lugar de ello, los pregona una y otra vez y los tiene por tan incomparables que ni siquiera se le ocurre que Marx pudiera haber extraído de Ricardo sus consecuencias con la misma independencia con que lo hizo él, Rodbertus. ¡Sencillamente imposible! Marx le ha “saqueado” a él —a él, a quien el mismo Marx brindó toda oportunidad de cerciorarse de cuánto tiempo antes que ambos habían sido ya formuladas en Inglaterra esas conclusiones, al menos en la forma tosca que aún tienen en Rodbertus.

La aplicación socialista más simple de la teoría ricardiana es la arriba expuesta. En muchos casos ha llevado a atisbos sobre el origen y la naturaleza de la plusvalía que van mucho más allá de Ricardo; entre otros, así ocurre en Rodbertus. Prescindiendo de que en este respecto no ofrece en parte alguna nada que no hubiera sido dicho ya antes por lo menos con igual acierto, su exposición adolece, como la de sus predecesores, de tomar sin examen las categorías económicas: trabajo, capital, valor, etc., en la forma cruda, adherida a la apariencia, en que le fueron transmitidas por los economistas, sin investigar su contenido. Con ello no solo se cierra todo camino de desarrollo ulterior —a diferencia de Marx, que es el primero en haber sacado algo de esas proposiciones repetidas con frecuencia desde hace ya sesenta y cuatro años—, sino que se abre también la vía directa hacia la utopía, como se mostrará.

La susodicha aplicación de la teoría ricardiana, a saber, que a los obreros, en cuanto únicos productores reales, pertenece el producto social íntegro, su producto, conduce directamente al comunismo. Pero es, como Marx también indica en el pasaje anterior, formalmente falsa desde el punto de vista económico, pues no es más que una aplicación de la moral a la economía. Según las leyes de la economía burguesa, la mayor parte del producto no pertenece a los obreros que lo han creado. Si ahora decimos: eso es injusto, eso no debe ser, la economía, de momento, nada tiene que ver con ello. Lo único que decimos es que ese hecho económico contradice nuestro sentimiento moral. Marx nunca fundamentó sus reivindicaciones comunistas sobre esto, sino sobre el derrumbe necesario de la producción capitalista, que se consuma ante nuestros ojos cada día más y más; él se limita a decir que la plusvalía consiste en trabajo no pagado, lo cual es un simple hecho. Ahora bien, lo que es formalmente falso desde el punto de vista económico puede, no obstante, ser acertado en términos de historia universal. Si la conciencia moral de la masa declara injusto un hecho económico, como en su día la esclavitud o la prestación personal, ello constituye una prueba de que el hecho mismo ha caducado ya, de que han aparecido otros hechos económicos en virtud de los cuales aquel se ha vuelto insoportable e insostenible. Detrás de la incorrección económica formal puede, pues, ocultarse un contenido económico muy verdadero. No es este el lugar de exponer más de cerca el significado y la historia de la teoría de la plusvalía.

Pero, al margen de ello, de la teoría ricardiana del valor pueden extraerse, y se han extraído, otras consecuencias. El valor de las mercancías está determinado por el trabajo necesario para su producción. Ahora bien, resulta que en este pícaro mundo las mercancías se venden unas veces por encima y otras por debajo de su valor, y no solo a consecuencia de las fluctuaciones de la competencia. La tasa de ganancia tiende igualmente a igualarse al mismo nivel para todos los capitalistas, del mismo modo que los precios de las mercancías tienden a reducirse al valor del trabajo por mediación de la oferta y la demanda. Pero la tasa de ganancia se calcula sobre el capital total invertido en un negocio industrial. Y como en dos ramos de producción diferentes el producto anual puede encarnar cantidades iguales de trabajo, representar, por tanto, valores iguales, y los salarios pueden ser igual de altos en ambos, mientras que los capitales adelantados en uno de los ramos pueden ser, y a menudo son, el doble o el triple que en el otro, entonces la ley ricardiana del valor, como ya el propio Ricardo descubrió, entra en contradicción con la ley de la tasa igual de ganancia. Si los productos de ambos ramos se venden a sus valores, las tasas de ganancia no pueden ser iguales; pero si las tasas de ganancia son iguales, los productos de ambos ramos no pueden venderse en todos los casos a sus valores. Tenemos aquí, pues, una contradicción, una antinomia de dos leyes económicas; la solución práctica, según Ricardo (Cap. I, secciones 4 y 5), se impone por regla general a favor de la tasa de ganancia y a costa del valor.

Pero la determinación ricardiana del valor, a pesar de sus ominosas propiedades, tiene un lado que la hace amada y estimada por el buen burgués. Apela con fuerza irresistible a su sentimiento de justicia. Justicia e igualdad de derechos: esos son los pilares fundamentales sobre los que el burgués del siglo XVIII y XIX quisiera erigir su edificio social sobre las ruinas de las injusticias, desigualdades y privilegios feudales. Y la determinación del valor de la mercancía por el trabajo y el intercambio libre de los productos del trabajo entre poseedores de mercancías con iguales derechos, que se realiza según esta medida del valor, son, como Marx ya ha demostrado, las bases reales sobre las que se ha construido toda la ideología política, jurídica y filosófica de la burguesía moderna. Una vez dado el conocimiento de que el trabajo es la medida del valor de la mercancía, el buen sentimiento del buen burgués tiene que sentirse profundamente herido por la maldad de un mundo que reconoce, de nombre, esta ley fundamental de la justicia pero que a cada instante parece ponerla a un lado sin reparo, de hecho. Y en particular el pequeño burgués, cuyo trabajo honesto —aunque solo sea el de sus oficiales y aprendices— se desvaloriza cada día más por la competencia de la gran producción y de las máquinas, en particular el pequeño productor tiene que anhelar una sociedad en la que el intercambio de los productos según su valor de trabajo se convierta por fin en una verdad plena y sin excepciones; en otras palabras: tiene que anhelar una sociedad en la que una sola ley de la producción de mercancías rija exclusivamente y sin recortes, pero se hayan eliminado las condiciones bajo las cuales puede regir en absoluto, a saber, las demás leyes de la producción de mercancías y, más allá, de la producción capitalista.

Cuán profundamente está fundada esta utopía en la mentalidad del pequeño burgués moderno —real o ideal— lo prueba el hecho de que ya en 1831 John Gray la desarrollase sistemáticamente, en los años treinta se intentase prácticamente y se difundiese con amplitud teórica en Inglaterra, en 1842 Rodbertus en Alemania, en 1846 Proudhon en Francia la proclamasen como la novísima verdad, en 1871 Rodbertus la anunciase de nuevo como solución de la cuestión social y como su testamento social, y en 1884 vuelva a encontrar adeptos en el ejército de arribistas que se dispone a explotar el socialismo de Estado prusiano a cuenta del nombre de Rodbertus.

La crítica de esta utopía ha sido expuesta por Marx de manera tan exhaustiva tanto contra Proudhon como contra Gray (véase el apéndice de este escrito), que aquí puedo limitarme a algunas observaciones sobre la forma específicamente rodbertiana de su fundamentación y de su exposición detallada.

Como ya se ha dicho: Rodbertus toma las determinaciones conceptuales económicas tradicionales exactamente en la forma en que le han sido transmitidas por los economistas. No hace el más mínimo intento de investigarlas. Para él, el valor es

«la vigencia de una cosa frente a las demás según la cantidad, concebida esta vigencia como medida».

Esta definición, por decir lo menos sumamente descuidada, nos da en el mejor de los casos una idea de cómo se presenta aproximadamente el valor, pero no dice en absoluto lo que es. Pero como esto es todo lo que Rodbertus sabe decirnos sobre el valor, es comprensible que busque un patrón de medida del valor situado fuera del valor mismo. Después de haber revuelto caóticamente durante treinta páginas valor de uso y valor de cambio con aquella fuerza del pensamiento abstracto tan infinitamente admirada por el señor Adolph Wagner, llega al resultado de que no existe una verdadera medida del valor y que hay que contentarse con una medida sustitutiva. Tal medida podría proporcionarla el trabajo, pero solo si productos de cantidades iguales de trabajo se intercambiasen siempre por productos de cantidades iguales de trabajo; ya sea que esto «se dé ya de por sí o que se adopten disposiciones» que lo aseguren. Valor y trabajo permanecen, pues, sin nexo objetivo alguno, a pesar de que todo el primer capítulo se dedique a exponernos que y por qué las mercancías «cuestan trabajo» y nada más que trabajo.

Ahora bien, el trabajo se toma a su vez sin examen en la forma en que aparece en los economistas. Y ni siquiera eso. Pues, aunque se señale con dos palabras las diferencias de intensidad del trabajo, el trabajo se aduce de manera completamente general como «costante», es decir, como medidor del valor, sin importar si se gasta bajo las condiciones sociales normales medias o no. Si los productores emplean diez días en la fabricación de productos que pueden ser producidos en un día, o solo uno; si emplean las mejores o las peores herramientas; si emplean su tiempo de trabajo en la producción de artículos socialmente necesarios y en la cantidad socialmente requerida, o si fabrican artículos completamente no demandados o artículos demandados por encima o por debajo de la necesidad —de todo esto no se habla: trabajo es trabajo, producto de igual trabajo debe cambiarse por producto de igual trabajo. Rodbertus, que por lo demás está siempre dispuesto, ya sea oportuno o no, a situarse en el punto de vista nacional y a contemplar las relaciones de los productores individuales desde la altura del observatorio social general, lo evita aquí de manera medrosa. Y ello solo porque ya desde la primera línea de su libro se dirige directamente a la utopía del dinero de trabajo, y cualquier investigación del trabajo en su propiedad creadora de valor tendría que arrojarle rocas infranqueables en el canal de navegación. Su instinto fue aquí considerablemente más fuerte que su fuerza del pensamiento abstracto, la cual, por cierto, solo se descubre en Rodbertus mediante la más concreta irreflexión.

El tránsito a la utopía se hace ahora en un santiamén. Las «disposiciones» que aseguran el intercambio de mercancías según el valor de trabajo como regla sin excepción no presentan ninguna dificultad. Los demás utopistas de esta tendencia, desde Gray hasta Proudhon, se atormentan ideando instituciones sociales que habrían de realizar este fin. Intentan, por lo menos, resolver la cuestión económica por vía económica, mediante la acción de los propios poseedores de mercancías que intercambian.

Rodbertus lo tiene mucho más fácil. Como buen prusiano, apela al Estado: un decreto del poder estatal ordena la reforma.

Con ello, el valor queda felizmente «constituido», pero de ningún modo la prioridad que Rodbertus reclama de esta constitución. Al contrario, tanto Gray como Bray —entre muchos otros— han repetido este pensamiento: el piadoso deseo de disposiciones mediante las cuales los productos, en todas las circunstancias, se intercambien siempre y solo por su valor de trabajo, mucho y a menudo antes que Rodbertus, hasta la saciedad.

Después de que el Estado ha constituido de tal modo el valor —al menos de una parte de los productos, pues Rodbertus también es modesto—, emite su papel moneda de trabajo, hace anticipos de él a los capitalistas industriales, con los cuales estos pagan a los trabajadores, tras lo cual los trabajadores compran los productos con el papel moneda de trabajo recibido y así facilitan el reflujo del papel moneda a su punto de partida. Cuán maravillosamente se desarrolla esto, tenemos que oírlo del propio Rodbertus.

«En cuanto a la segunda condición, la disposición necesaria para que el valor certificado en el billete esté realmente presente en la circulación se logra porque solo recibe un billete quien entrega realmente un producto, en el cual se anota exactamente la cantidad de trabajo mediante la cual el producto ha sido elaborado. Quien entrega un producto de dos días de trabajo recibe un billete en el que constan “dos días”. Mediante la observación exacta de esta regla en la emisión, tiene que cumplirse necesariamente también esta segunda condición. Pues, según nuestro supuesto, el valor real de los bienes coincide siempre con la cantidad de trabajo que ha costado su elaboración, y esta cantidad de trabajo tiene su medida en la división temporal habitual, de modo que quien entrega un producto en el que se han invertido dos días de trabajo, si recibe certificados dos días, no ha recibido certificado ni adjudicado ni más ni menos valor del que ha entregado de hecho; y, como además solo recibe tal certificación quien ha entregado realmente un producto a la circulación, es también seguro que el valor anotado en el billete está presente para la satisfacción de la sociedad. Por más amplio que se imagine el círculo de la división del trabajo, si se sigue exactamente esta regla, la suma del valor existente tiene que ser exactamente igual a la suma del valor certificado. Pero como la suma del valor certificado es exactamente también la suma del valor adjudicado, también esta tiene que coincidir necesariamente con el valor existente, todas las demandas serán satisfechas y la liquidación se habrá mediado correctamente.» (pp. 166, 167)

Si hasta ahora Rodbertus había tenido siempre la desgracia de llegar demasiado tarde con sus nuevos descubrimientos, esta vez tiene al menos el mérito de una especie de originalidad: en esta forma infantilmente ingenua, transparente, diríase genuinamente pomerana, ninguno de sus competidores se ha atrevido a expresar la insensatez de la utopía del dinero de trabajo. Puesto que por cada billete de papel se ha entregado un objeto de valor correspondiente, y ningún objeto de valor vuelve a entregarse sino a cambio de un billete de papel correspondiente, la suma de los billetes de papel tiene que estar siempre cubierta por la suma de los objetos de valor; la cuenta sale sin el menor resto, cuadra hasta el segundo de trabajo, y ningún calculador de la caja principal de rentas del gobierno, por más canoso que esté en el servicio, puede señalar el menor error de cálculo. ¿Qué más se quiere?

En la sociedad capitalista actual, cada capitalista industrial produce por su propia cuenta lo que quiere, como quiere y en la cantidad que quiere. Pero la necesidad social sigue siendo para él una magnitud desconocida, tanto en lo que se refiere a la calidad, al tipo de los objetos necesitados, como a su cantidad. Lo que hoy no puede ser suministrado con suficiente rapidez, mañana puede ser ofrecido muy por encima de la necesidad. No obstante, al final la necesidad es satisfecha, de una manera u otra, bien o mal, y la producción se orienta en general, a fin de cuentas, hacia los objetos necesitados. ¿Cómo se efectúa esta compensación de la contradicción? Por la competencia. ¿Y cómo logra la competencia esta solución? Sencillamente, desvalorizando las mercancías que, por su tipo o cantidad, son inútiles para la necesidad social momentánea, por debajo de su valor de trabajo, y haciendo sentir a los productores, por este rodeo, que o bien han producido artículos completamente inútiles o artículos en sí útiles, pero en una cantidad inútil, superflua. De aquí se seguían dos cosas:

Primero, que las constantes divergencias de los precios de las mercancías con respecto a los valores de las mercancías constituyen la condición necesaria bajo la cual, y únicamente a través de la cual, el valor de la mercancía puede llegar a existir. Solo mediante las fluctuaciones de la competencia y, con ello, de los precios de las mercancías se impone la ley del valor de la producción de mercancías, se convierte en una realidad la determinación del valor de la mercancía por el tiempo de trabajo socialmente necesario. Que en ello la forma de manifestación del valor, el precio, tenga por regla general un aspecto algo distinto del valor que hace manifestarse, es un destino que el valor comparte con la mayoría de las relaciones sociales. El rey también presenta, las más de las veces, un aspecto muy distinto del de la monarquía que representa. Querer implantar, en una sociedad de productores de mercancías que intercambian, la determinación del valor por el tiempo de trabajo, prohibiendo a la competencia que implante esta determinación del valor mediante la presión sobre los precios en la única manera en que puede ser implantada en absoluto, significa, pues, solo demostrar que uno se ha apropiado, al menos en este terreno, del habitual desprecio utopista por las leyes económicas.

Segundo: al hacer valer la competencia, dentro de una sociedad de productores de mercancías que intercambian, la ley del valor de la producción de mercancías, implanta precisamente con ello la única organización y ordenación de la producción social posible bajo esas circunstancias. Solo mediante la desvalorización o sobrevalorización de los productos se les da a los distintos productores de mercancías con la nariz en lo que la sociedad necesita o no necesita, y en qué cantidad. Pero es precisamente este único regulador el que la utopía correpresentada por Rodbertus quiere abolir. Y si preguntamos entonces qué garantía tenemos de que de cada producto se produzca la cantidad necesaria y no más, de que no pasemos hambre de trigo y carne mientras nos asfixiamos en azúcar de remolacha y nos ahogamos en aguardiente de patata, de que no nos falten pantalones para cubrir nuestra desnudez mientras los botones de pantalón pululan por millones, Rodbertus nos muestra triunfante su famoso cálculo, según el cual por cada libra de azúcar sobrante, por cada barril de aguardiente no vendido, por cada botón de pantalón inaccesible se ha extendido el comprobante correcto, un cálculo que "cuadra" exactamente, según el cual "todas las demandas quedan satisfechas y la liquidación está correctamente mediada". Y quien no lo crea, que se dirija al calculador X de la Caja Principal de Rentas del Gobierno en Pomerania, que ha revisado el cálculo y lo ha hallado correcto y que, no habiendo sido nunca descubierto en un desfalco de caja, es en todo creíble.

Y considérese ahora la ingenuidad con que Rodbertus quiere eliminar las crisis industriales y comerciales por medio de su utopía. Tan pronto como la producción de mercancías ha adoptado dimensiones de mercado mundial, el equilibrio entre los productores individuales que producen por cuenta privada y el mercado, que les es más o menos desconocido en cuanto a cantidad y calidad de la demanda y para el cual producen, se resuelve mediante una tormenta del mercado mundial, una crisis comercial. (1) Si ahora se le prohíbe a la competencia comunicar a los productores individuales, mediante el alza o la baja de los precios, cómo está el mercado mundial, se les vendan los ojos por completo. Organizar así la producción de mercancías, de manera que los productores no puedan ya enterarse de nada sobre el estado del mercado para el que producen... esa es ciertamente una cura para la enfermedad de las crisis que el Doctor Eisenbart podría envidiar a Rodbertus.

Se comprende ahora por qué Rodbertus determina el valor de las mercancías por "trabajo", a secas, y admite a lo sumo distintos grados de intensidad del trabajo. Si hubiera investigado por qué medio y cómo el trabajo crea valor y, por tanto, lo determina y lo mide también, habría llegado al trabajo socialmente necesario, necesario tanto para el producto individual frente a otros productos del mismo tipo como frente a la demanda social total. Con ello habría llegado a la pregunta: cómo se realiza la adaptación de la producción de los distintos productores de mercancías a la demanda social total; y con ello toda su utopía se hacía imposible. Esta vez prefirió, en efecto, "abstraer", a saber, de aquello de lo que justamente se trataba.

Ahora llegamos por fin al punto en que Rodbertus nos ofrece realmente algo nuevo; algo que lo distingue de todos sus numerosos copartícipes de la economía de intercambio con bonos de trabajo. Todos ellos exigen esta institución de intercambio con el fin de abolir la explotación del trabajo asalariado por el capital. Cada productor debe recibir el valor íntegro del trabajo de su producto. En esto están todos de acuerdo, desde Gray hasta Proudhon. De ninguna manera, dice Rodbertus. El trabajo asalariado y su explotación permanecen.

Primero, en ningún estado social concebible puede el obrero recibir todo el valor de su producto para consumir; de los fondos producidos hay que costear siempre una serie de funciones económicamente improductivas, pero necesarias, y por tanto hay que mantener también a las personas correspondientes. Esto es correcto solo en tanto que rige la actual división del trabajo. En una sociedad con obligación de trabajo productivo general, que también es "concebible", esto desaparece. Pero permanecería la necesidad de un fondo social de reserva y de acumulación, y por ello, también entonces, ciertamente los trabajadores, es decir, todos, permanecerían en posesión y disfrute de su producto total, pero no disfrutaría cada individuo su "rendimiento íntegro del trabajo". El mantenimiento de funciones económicamente improductivas a partir del producto del trabajo tampoco ha sido pasado por alto por los otros utopistas del bono de trabajo. Pero ellos dejan que los obreros se graven a sí mismos para este fin por la vía democrática usual, mientras que Rodbertus, cuya reforma social entera de 1842 está cortada a la medida del Estado prusiano de entonces, pone todo el asunto en manos del arbitrio de la burocracia, que determina de arriba abajo la parte del obrero en su propio producto y se la hace llegar graciosamente.

Segundo, pero también la renta de la tierra y la ganancia deben seguir existiendo sin merma. Pues también los terratenientes y los capitalistas industriales ejercen ciertas funciones socialmente útiles o incluso necesarias, aunque económicamente improductivas, y reciben en la renta de la tierra y la ganancia, en cierto modo, un sueldo por ello, una concepción que, como es sabido, no era en modo alguno nueva ni siquiera en 1842. En realidad, reciben ahora mucho demasiado por lo poco que hacen, y bastante mal, pero Rodbertus necesita de una vez, al menos para los próximos 500 años, una clase privilegiada, y así, la tasa actual de plusvalía, para expresarme con corrección, debe seguir existiendo, pero no podrá ser incrementada. Esta tasa actual de plusvalía la estima Rodbertus en un 200 por ciento, es decir, con doce horas de trabajo diario, el obrero no debe recibir un certificado por 12 horas, sino solo por 4, y el valor producido en las otras 8 horas debe repartirse entre terrateniente y capitalista. Los certificados de trabajo de Rodbertus mienten, pues, directamente. Pero hay que ser, precisamente, un terrateniente noble de Pomerania para figurarse que una clase obrera se avendría a trabajar doce horas para recibir un certificado por cuatro horas de trabajo. Si se traduce el hocus pocus de la producción capitalista a este lenguaje ingenuo, donde aparece como robo desembozado, se lo hace imposible. Cada certificado dado al obrero sería una incitación directa a la rebelión y caería bajo el § 110 del Código penal del Imperio alemán. Hay que no haber visto jamás otro proletariado que el proletariado de jornaleros de una finca noble de Pomerania, atenazado aún de hecho en una semiservidumbre, donde imperan el bastón y el látigo y donde todas las lindas mozas del pueblo pertenecen al harén del señor feudal, para imaginarse que pueda ofrecerse tal insolencia a los obreros. Pero nuestros conservadores son, de una vez, nuestros más grandes revolucionarios.

Pero si nuestros obreros son lo bastante mansos para dejarse hacer creer que durante doce horas enteras de duro trabajo han trabajado, en realidad, solo cuatro horas, entonces, en recompensa, se les debe garantizar que por toda la eternidad su participación en su propio producto no caerá por debajo de un tercio. Esto es, en efecto, música del futuro en trompeta infantil, y no vale la pena gastar una palabra al respecto. Así pues, en la medida en que Rodbertus ofrece algo nuevo en la utopía del intercambio con bonos de trabajo, eso nuevo es simplemente pueril y está muy por debajo de las realizaciones de sus numerosos colegas anteriores y posteriores a él.

Para la época en que apareció "Para el conocimiento, etc.", de Rodbertus, era incondicionalmente un libro significativo. Su prosecución de la teoría del valor de Ricardo en una dirección fue un comienzo muy prometedor. Aunque fuera nuevo solo para él y para Alemania, está en conjunto a la misma altura que las realizaciones de sus mejores predecesores ingleses. Pero era precisamente solo un comienzo, del que solo se podía obtener una verdadera ganancia para la teoría mediante un trabajo ulterior profundo y crítico. Sin embargo, él mismo se cortó esta prosecución al abordar de inmediato, desde el principio, también la prosecución de Ricardo en la segunda dirección, la dirección hacia la utopía. Con ello perdió la primera condición de toda crítica: la imparcialidad. Trabajó con la mira puesta en una meta previamente determinada, se convirtió en un economista de tendencia. Una vez apresado por su utopía, se había cerrado a sí mismo toda posibilidad de progreso en la ciencia. Desde 1842 hasta su muerte da vueltas en círculo, repite siempre los mismos pensamientos ya expresados o insinuados en su primer escrito, se siente incomprendido, se encuentra saqueado donde nada había que saquear y, finalmente, se cierra no sin intención al conocimiento de que, en el fondo, no ha hecho sino redescubrir lo ya descubierto mucho tiempo atrás.

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En algunos pasajes, la traducción se aparta del original francés impreso. Esto se debe a modificaciones manuscritas de Marx, que también encontrarán su lugar en la nueva edición francesa que se está preparando.

Apenas será necesario señalar que la terminología empleada en este escrito no coincide por completo con la de "El Capital". Así, aquí se habla aún del trabajo como mercancía, de compra y venta del trabajo, en lugar de la fuerza de trabajo.

A modo de complemento se han añadido en esta edición: I. un pasaje del escrito de Marx "Contribución a la crítica de la economía política", Berlín 1859, sobre la primera utopía de intercambio con bonos de trabajo, de John Gray, y 2. una traducción del Discurso de Bruselas (1848) de Marx sobre el librecambio, que pertenece al mismo período de desarrollo del autor que la "Misère".

Londres, 23 de octubre de 1884

Friedrich Engels

Notas a pie de página de Engels

(1) Al menos, este era el caso hasta hace poco. Desde que el monopolio de Inglaterra sobre el mercado mundial se ve cada vez más quebrantado por la participación de Francia, Alemania y, sobre todo, de América en el comercio mundial, parece imponerse una nueva forma de compensación. El período de prosperidad general que precede a la crisis se resiste aún a llegar. Si llegara a faltar del todo, el estancamiento crónico tendría que convertirse en el estado normal de la industria moderna, con solo ligeras fluctuaciones.

Variantes textuales

{1} En Marx: desde el lado económico burgués