Mientras las turbulentas luchas de la nobleza feudal dominante llenaban con su estruendo la Edad Media, el callado trabajo de las clases oprimidas había socavado en toda Europa occidental el sistema feudal, había creado un estado de cosas en el que cada vez quedaba menos lugar para el señor feudal. En el campo, ciertamente, los nobles señores seguían haciendo de las suyas, atormentando a los siervos, banquetendo a costa de su sudor, pisoteando sus sembrados, violando a sus mujeres e hijas. Pero en torno a ellos se habían alzado ciudades; en Italia, en el sur de Francia, a orillas del Rin, resurgían de sus cenizas los antiguos municipios romanos; en otras partes, especialmente en el interior de Alemania, eran creaciones nuevas; siempre constreñidas dentro de muros y fosos protectores, fortalezas mucho más poderosas que los castillos de la nobleza, pues sólo podían ser tomadas por un gran ejército. Tras esos muros y fosos se desarrollaba —de manera gremial y harto mezquina— la artesanía medieval, se acumulaban los primeros capitales, surgía la necesidad del intercambio de las ciudades entre sí y con el resto del mundo, y, con la necesidad, gradualmente también los medios para proteger ese intercambio.

En el siglo XV, los burgueses de las ciudades se habían vuelto ya más indispensables en la sociedad que la nobleza feudal. Cierto era que la agricultura seguía siendo la ocupación de la gran masa de la población y, con ello, la principal rama de la producción. Pero los pocos campesinos libres aislados que aún se mantenían aquí y allá frente a las pretensiones de la nobleza demostraban sobradamente que en la agricultura lo principal no era la holgazanería ni las exacciones del noble, sino el trabajo del campesino. Y además, también las necesidades de la nobleza habían aumentado y cambiado de tal modo que hasta para ella las ciudades se habían vuelto imprescindibles; ¿acaso no obtenía de las ciudades su única herramienta de producción, su armadura y sus armas? Paños locales, muebles y alhajas, tejidos de seda italianos, encajes de Brabante, pieles nórdicas, perfumes arábigos, frutas de Levante, especias de la India —todo, salvo el jabón— lo compraba a los habitantes de las ciudades. Se había desarrollado un cierto comercio mundial; los italianos surcaban el Mediterráneo y, más allá, las costas atlánticas hasta Flandes; los hanseáticos, pese a la naciente competencia holandesa e inglesa, seguían dominando el mar del Norte y el Báltico. Entre los centros septentrionales y meridionales del tráfico marítimo se mantenía la conexión por tierra; las rutas por las que se efectuaba esa conexión pasaban por Alemania. Mientras la nobleza se volvía cada vez más superflua y más obstaculizadora del desarrollo, los burgueses de las ciudades se convertían así en la clase en la que se encarnaba el desarrollo ulterior de la producción y del intercambio, de la cultura, de las instituciones sociales y políticas.

Todos esos progresos de la producción y del intercambio eran, en verdad, de naturaleza muy limitada según los conceptos actuales. La producción permanecía confinada a la forma del puro artesanado gremial, conservando así todavía un carácter feudal; el comercio se mantenía dentro de las aguas europeas y no iba más allá de las ciudades costeras de Levante, donde intercambiaba los productos del Extremo Oriente. Pero, por mezquinos y limitados que siguieran siendo los oficios y con ellos los burgueses que los ejercían, bastaban para subvertir la sociedad feudal, y al menos se mantenían en movimiento, mientras que la nobleza se estancaba.

Con esto, la burguesía de las ciudades disponía de un arma poderosa contra el feudalismo: el dinero. En la economía natural y modélica feudal de la temprana Edad Media apenas había habido lugar para el dinero. El señor feudal obtenía de sus siervos todo lo que necesitaba, ya fuera en forma de trabajo o en forma de producto acabado; las mujeres hilaban y tejían el lino y la lana y confeccionaban los vestidos; los hombres cultivaban el campo; los niños guardaban el ganado del señor, recogían para él frutos silvestres, nidos de pájaros, cama para el ganado; además, toda la familia debía entregar aún grano, fruta, huevos, mantequilla, queso, aves, ganado joven y todo lo imaginable. Cada señorío feudal se bastaba a sí mismo; incluso las prestaciones de guerra se exigían en productos; no existía intercambio, trueque, el dinero era superfluo. Europa estaba oprimida a un nivel tan bajo, había vuelto a empezar tan de nuevo desde el principio, que el dinero tenía entonces mucho menos una función social que una función puramente política: servía para pagar impuestos y se adquiría principalmente mediante el robo.

Todo esto era ahora distinto. El dinero se había convertido nuevamente en medio general de intercambio, y con ello su masa había aumentado considerablemente; también la nobleza ya no podía prescindir de él, y como tenía poco o nada que vender, y como además el robo ya no era tan fácil, tenía que decidirse a pedir prestado al usurero burgués. Mucho antes de que los nuevos cañones abrieran brecha en los castillos de los caballeros, éstos ya estaban minados por el dinero; en realidad, la pólvora no era, por así decirlo, más que el alguacil al servicio del dinero. El dinero fue el gran cepillo igualador político de la burguesía. Dondequiera que una relación personal era desplazada por una relación dineraria, una prestación en especie por una prestación en dinero, una relación burguesa ocupaba el lugar de una relación feudal. Cierto es que la vieja y brutal economía natural siguió existiendo en el campo en la inmensa mayoría de los casos; pero ya había distritos enteros donde, como en Holanda, en Bélgica, en el bajo Rin, los campesinos pagaban a los señores con dinero en lugar de corveas y prestaciones en especie, donde señores y súbditos ya habían dado el primer paso decisivo hacia su transformación en terratenientes y arrendatarios, de modo que también en el campo las instituciones políticas del feudalismo perdían su base social.

Hasta qué punto el feudalismo estaba ya a fines del siglo XV minado por el dinero y carcomido interiormente, lo muestra de manera patente la sed de oro que por esa época se apoderó de Europa occidental. Oro buscaban los portugueses en la costa africana, en la India, en todo el Extremo Oriente; oro era la palabra mágica que empujó a los españoles a cruzar el océano Atlántico hacia América; oro era lo primero que el blanco exigía tan pronto como pisaba una playa recién descubierta. Pero ese afán de lanzarse a la lejanía en busca de aventuras para encontrar oro, por mucho que en un principio se realizase en formas feudales y semifeudales, era ya en su raíz incompatible con el feudalismo, cuya base es la agricultura y cuyas campañas de conquista estaban orientadas esencialmente a la adquisición de tierras. Además, la navegación era un oficio decididamente burgués, que ha impreso su carácter antifeudal también a todas las flotas de guerra modernas.

En el siglo XV, pues, el feudalismo se hallaba en plena decadencia en toda Europa occidental; por doquier se habían incrustado en los territorios feudales ciudades con intereses antifeudales, con derecho propio y con una burguesía armada, que habían sometido a los señores feudales, en parte ya socialmente, mediante el dinero, y aquí y allá incluso políticamente; aun en el campo, allí donde la agricultura se había levantado gracias a condiciones particularmente favorables, comenzaban a aflojarse los viejos vínculos feudales bajo la influencia del dinero; sólo en países recién conquistados, como los situados al este del Elba en Alemania, o en comarcas por lo demás rezagadas y apartadas de las rutas del comercio, seguía floreciendo el viejo dominio de la nobleza. Pero en todas partes —tanto en las ciudades como en el campo— se habían multiplicado los elementos de la población que exigían ante todo que cesase la eterna y absurda guerra, aquellas contiendas de los señores feudales que hacían permanente la guerra interior incluso cuando el enemigo extranjero estaba en el país, aquel estado de devastación ininterrumpida y puramente sin sentido que había durado toda la Edad Media. Aún demasiado débiles para imponer su voluntad, estos elementos encontraron un fuerte respaldo en la cúspide de todo el orden feudal: en la realeza. Y aquí está el punto en que la consideración de las relaciones sociales nos conduce a la de las relaciones estatales, en que pasamos de la economía a la política.

De la mezcla de pueblos de la más temprana Edad Media fueron surgiendo poco a poco las nuevas nacionalidades, proceso en el que, como es sabido, en la mayoría de las antiguas provincias romanas los vencidos asimilaron al vencedor, el campesino y el habitante de la ciudad al señor germánico. Las nacionalidades modernas son, pues, igualmente producto de las clases oprimidas. De cómo se operó aquí la fusión, allá la demarcación, nos ofrece una imagen ilustrativa el mapa de los distritos (Gau) de la Lorena media elaborado por Menke (1). Basta seguir en este mapa la línea divisoria de los nombres de lugar románicos y alemanes para convencerse de que, para Bélgica y la Baja Lorena, coincide en lo fundamental con la frontera lingüística entre el francés y el alemán que existía aún hace cien años. Aquí y allá se encuentra aún una estrecha franja en disputa, donde ambas lenguas combaten por la primacía; pero en conjunto está firmemente establecido lo que ha de seguir siendo alemán y lo que ha de seguir siendo románico. Pero la forma en antiguo bajo franconio y antiguo alto alemán de la mayoría de los nombres del mapa demuestra que pertenecen al siglo IX, a más tardar al X, y que, por tanto, la frontera estaba trazada en lo esencial ya hacia fines de la época carolingia. En el lado románico se encuentran ahora, sobre todo cerca de la frontera lingüística, nombres mixtos, compuestos de un nombre de persona alemán y una designación de lugar románica, por ejemplo al oeste del Mosa, cerca de Verdún: Eppone curtis, Rotfridi curtis, Ingolini curtis, Teude-gisilo-villa, hoy Ippécourt, Récourt la Creux, Amblaincourt sur Aire, Thierville. Eran éstas residencias señoriales francas, pequeñas colonias alemanas en suelo románico que, tarde o temprano, sucumbieron a la romanización. En las ciudades y en algunas comarcas rurales había colonias alemanas más nutridas, que conservaron su lengua durante más tiempo; de una de ellas surgió, por ejemplo, aún a fines del siglo IX, el Ludwigslied; pero que ya antes una gran parte de los señores francos se había romanizado lo prueban las fórmulas de juramento de los reyes y los grandes del año 842, en las que el romance aparece ya como lengua oficial de Francia.

Una vez delimitados los grupos lingüísticos (sin perjuicio de posteriores guerras de conquista y exterminio, como las que se libraron, por ejemplo, contra los eslavos del Elba), era natural que sirvieran de base dada a la formación de Estados, que las nacionalidades comenzaran a desarrollarse hasta convertirse en naciones. Cuán poderoso era ya este elemento en el siglo IX lo demuestra la rápida desintegración del Estado mixto de Lotaringia. Cierto es que durante toda la Edad Media las fronteras lingüísticas y las fronteras estatales estuvieron lejos de coincidir; pero cada nacionalidad, con la posible excepción de Italia, estaba representada por un gran Estado particular en Europa, y la tendencia a constituir Estados nacionales, que se manifiesta de manera cada vez más clara y consciente, constituye uno de los más esenciales resortes del progreso en la Edad Media.

En cada uno de estos Estados medievales, el rey constituía la cima de toda la jerarquía feudal, una cima de la que los vasallos no podían prescindir y contra la que, al mismo tiempo, se hallaban en estado de rebelión permanente. La relación fundamental de toda la economía feudal, la concesión de tierras a cambio de la prestación de ciertos servicios personales y tributos, ofrecía ya, en su forma originaria y más simple, materia suficiente para disputas, sobre todo donde tantos tenían interés en buscar querellas. ¡Cuánto más en la Baja Edad Media, cuando las relaciones feudales formaban en todos los países una inextricable maraña de derechos y obligaciones concedidos, retirados, renovados, perdidos, modificados o sujetos a otras condiciones! Carlos el Temerario, por ejemplo, era, por una parte de sus territorios, feudatario del Emperador, y por otra, feudatario del rey de Francia; a su vez, el rey de Francia, su señor feudal, era al mismo tiempo, en ciertos territorios, feudatario de Carlos el Temerario, su propio vasallo; ¿cómo evitar allí los conflictos? — De ahí ese juego secular alterno de atracción de los vasallos hacia el centro regio, el único que puede protegerlos del exterior y de los unos contra los otros, y la repulsión respecto al centro, en la que aquella atracción se trueca incesante e inevitablemente; de ahí la lucha ininterrumpida entre la realeza y los vasallos, cuyo yermo estrépito ahogaba todo lo demás durante aquel largo período en que el robo era la única fuente de ingresos digna de un hombre libre; de ahí esa serie interminable, siempre renovada, de traiciones, asesinatos alevosos, envenenamientos, perfidias y toda suerte de bajezas imaginables, que se ocultan bajo el poético nombre de la caballerosidad y no cesan de hablar de honor y lealtad.

Que en medio de esta confusión general la realeza constituía el elemento progresivo, salta a la vista. Representaba el orden en el desorden, la nación en formación frente a la disgregación en Estados vasallos rebeldes. Todos los elementos revolucionarios que se formaban bajo la superficie feudal dependían tanto de la realeza como ésta de ellos. La alianza entre la realeza y la burguesía data del siglo X; a menudo interrumpida por conflictos —pues nada seguía en la Edad Media un curso continuo—, se renovaba cada vez más firme, cada vez más poderosa, hasta ayudar a la realeza a la victoria definitiva y, la realeza, en pago, sojuzgar y expoliar a su aliado.

Reyes y burgueses encontraron un poderoso apoyo en el naciente estamento de los juristas. Con el redescubrimiento del derecho romano se produjo la división del trabajo entre los clérigos, los consultores jurídicos de la época feudal, y los jurisconsultos no eclesiásticos. Estos nuevos juristas eran ya desde un principio un estamento esencialmente burgués; pero, además, el derecho que estudiaban, enseñaban y ejercían era, por su carácter, esencialmente antifeudal y en cierto sentido burgués. El derecho romano es hasta tal punto la expresión jurídica clásica de las condiciones de vida y de las colisiones de una sociedad en la que impera la propiedad privada pura, que todas las legislaciones posteriores no pudieron mejorarlo en nada esencial. Pero la propiedad burguesa de la Edad Media estaba aún fuertemente entreverada de restricciones feudales, consistía, por ejemplo, en buena parte, en privilegios; el derecho romano, por tanto, se hallaba también en este sentido muy por delante de las relaciones burguesas de entonces. El ulterior desarrollo histórico de la propiedad burguesa, sin embargo, no podía consistir más que en que ésta se transformase, como efectivamente ocurrió, en propiedad privada pura. Ahora bien, este desarrollo tenía que encontrar una poderosa palanca en el derecho romano, que ya contenía acabado todo aquello a lo que la burguesía de la Baja Edad Media sólo aspiraba aún de manera inconsciente.

Aun cuando en muchísimos casos particulares el derecho romano sirvió de pretexto para una opresión redoblada de los campesinos por la nobleza, por ejemplo, allí donde los campesinos no podían presentar pruebas escritas de su exención de cargas usuales, ello no cambia en nada la cosa. La nobleza habría hallado, y hallaba a diario, semejantes pretextos aun sin el derecho romano. En todo caso, fue un progreso formidable el que se impusiera un derecho que no conoce en absoluto las relaciones feudales y que anticipaba plenamente la propiedad privada moderna.

Hemos visto cómo la nobleza feudal empezaba a resultar, desde el punto de vista económico, superflua e incluso un estorbo en la sociedad de la Baja Edad Media; cómo también, políticamente, obstaculizaba ya el desarrollo de las ciudades y del Estado nacional, entonces sólo posible bajo forma monárquica. A pesar de todo, la había sostenido la circunstancia de que hasta entonces tenía el monopolio de las armas, de que sin ella no podían hacerse guerras ni librarse batallas. También esto iba a cambiar; faltaba dar el último paso para hacer ver a la nobleza feudal que el período social y estatal dominado por ella había terminado, que en su calidad de caballero ya no servía ni siquiera en el campo de batalla.

Combatir la economía feudal con un ejército asimismo feudal, en el que los soldados estaban ligados por vínculos más estrechos a sus señores feudales inmediatos que al mando del ejército real, significaba, a todas luces, moverse en un círculo vicioso y no avanzar un paso. Desde comienzos del siglo XIV, los reyes se esfuerzan por emanciparse de este ejército feudal y crear un ejército propio. A partir de entonces, encontramos en los ejércitos reales una parte cada vez mayor de tropas reclutadas o mercenarias. Al principio, sobre todo infantería, compuesta de la hez de las ciudades y de siervos de la gleba huidos —lombardos, genoveses, alemanes, belgas, etc.—, empleada en la ocupación de plazas y en el servicio de asedio, y apenas utilizable al comienzo en batalla campal. Pero ya hacia fines de la Edad Media encontramos también caballeros que, con sus mesnadas reunidas sabe Dios cómo, se ponían al servicio mercenario de príncipes extranjeros, con lo cual testimoniaban el derrumbe irremediable del sistema militar feudal.

Al mismo tiempo, surgía la condición fundamental de una infantería apta para la guerra en las ciudades y entre los campesinos libres, allí donde éstos existían aún o se habían formado de nuevo. Hasta entonces, la caballería, con sus hombres de escolta igualmente montados, no era tanto el núcleo del ejército como el ejército mismo; el tropel de siervos de la gleba que los seguían a pie no contaba, parecía —en campo abierto— existir sólo para huir y para saquear. Mientras duró la época de florecimiento del feudalismo, hasta fines del siglo XIII, la caballería libró y decidió todas las batallas. A partir de entonces cambia la cosa, y además simultáneamente en distintos puntos. La gradual desaparición de la servidumbre en Inglaterra creó una numerosa clase de campesinos libres, propietarios de tierras (yeomen) o arrendatarios, y con ello la materia prima para una nueva infantería, diestra en el manejo del arco, el arma nacional inglesa de entonces. La introducción de estos arqueros, que siempre combatían a pie, tanto si iban montados durante la marcha como si no, dio lugar a un cambio esencial en la táctica de los ejércitos ingleses. A partir del siglo XIV, la caballería inglesa combate de preferencia a pie, donde el terreno u otras circunstancias lo hacen apropiado. Tras los arqueros, que inician el combate y desgastan al enemigo, aguarda la falange cerrada de los caballeros desmontados el ataque adversario o el momento oportuno para lanzarse hacia delante, mientras sólo una parte permanece a caballo para apoyar la decisión mediante ataques de flanco. Las ininterrumpidas victorias que los ingleses obtuvieron entonces en Francia se basan esencialmente en esta restauración de un elemento defensivo en el ejército y son, en su mayoría, batallas defensivas con contraataque ofensivo, al igual que las de Wellington en España y Bélgica. Cuando los franceses adoptaron la nueva táctica —cosa posible desde que ballesteros italianos a sueldo reemplazaron a los arqueros ingleses—, la racha victoriosa de los ingleses cesó. Asimismo, a comienzos del siglo XIV, la infantería de las ciudades flamencas se había atrevido —y a menudo con éxito— a enfrentarse en batalla campal a la caballería francesa; y el emperador Alberto, con su intento de traicionar a los campesinos suizos libres del Imperio entregándolos al archiduque de Austria, que era él mismo, dio el impulso para la formación de la primera infantería moderna de fama europea. En los triunfos de los suizos sobre los austriacos y, sobre todo, sobre los borgoñones, sucumbió definitivamente la caballería acorazada —montada o desmontada— ante la infantería, el ejército feudal ante los comienzos del ejército moderno, el caballero ante el burgués y el campesino libre. Y los suizos, para dejar sentado desde un principio el carácter burgués de la primera república independiente de Europa, convirtieron inmediatamente en dinero su gloria guerrera. Todas las consideraciones políticas desaparecieron: los cantones se transformaron en mesas de reclutamiento, para reclutar a tambor batiente mercenarios para el mejor postor. También en otras partes, y sobre todo en Alemania, resonaba el tambor de recluta; pero el cinismo de un gobierno que parecía existir sólo para vender a sus hijos del país quedó sin igual, hasta que, en la época de la más profunda humillación nacional, lo superaron los príncipes alemanes.

Luego, también en el siglo XIV, la pólvora y la artillería fueron traídas a Europa por los árabes a través de España. Hasta fines de la Edad Media, el arma de fuego de mano careció de importancia, lo cual se comprende, pues el arco del arquero inglés de Crécy alcanzaba tan lejos y quizá con mayor precisión —aunque no con el mismo efecto— que el fusil de ánima lisa del infante de Waterloo. La artillería de campaña se hallaba también todavía en su infancia; en cambio, los pesados cañones habían abierto ya muchas brechas en los muros exentos de los castillos de los caballeros y anunciado a la nobleza feudal que con la pólvora estaba sellado el fin de su imperio.

La difusión del arte de la imprenta, el renacimiento del estudio de la literatura antigua, todo el movimiento cultural que a partir de 1450 se hace cada vez más fuerte y general —todo ello redundó en favor de la burguesía y de la realeza en la lucha contra el feudalismo.

La acción conjunta de todas estas causas, fortalecida año tras año por su creciente interacción recíproca, que las empujaba cada vez más en la misma dirección, decidió en la segunda mitad del siglo XV la victoria, no ya de la burguesía, pero sí de la realeza sobre el feudalismo. En toda Europa, hasta en los apartados países marginales que no habían pasado por el estado feudal, adquirió de pronto predominio el poder real. En la Península Pirenaica, dos de las tribus lingüísticas románicas de allí se unieron para formar el reino de España, y el reino de lengua provenzal, Aragón, se sometió a la lengua literaria castellana; la tercera tribu unificó su territorio lingüístico (con excepción de Galicia) en el reino de Portugal, la Holanda ibérica, se apartó del interior y demostró mediante su actividad marítima su derecho a una existencia separada.

En Francia, Luis XI logró por fin, tras la caída del reino intermedio borgoñón, llevar la unidad nacional representada por la monarquía tan lejos en el territorio francés, entonces aún muy recortado, que ya su sucesor Carlos VIII pudo entrometerse en las querellas italianas, y que dicha unidad sólo se vio puesta en entredicho una vez más —por la Reforma— y por breve tiempo. Inglaterra había abandonado por fin sus quijotescas guerras de conquista en Francia, en las que a la larga se habría desangrado; la nobleza feudal buscó resarcimiento en las guerras de las Dos Rosas y encontró más de lo que había buscado: se desgastó mutuamente y llevó al trono a la casa de Tudor, cuyo poder real superó al de todos sus predecesores y sucesores. Los países escandinavos estaban unificados desde mucho antes; Polonia, desde la unión con Lituania, marchaba al encuentro de su época de esplendor con un poder real aún no debilitado, e incluso en Rusia el sometimiento de los príncipes territoriales y el sacudimiento del yugo tártaro habían ido de la mano y fueron sellados definitivamente por Iván III. En toda Europa sólo había dos países donde la monarquía y la unidad nacional, imposible entonces sin ella, no existían en absoluto o sólo existían sobre el papel: Italia y Alemania.

(1) Spruner-Menke. "Hand-Atlas zur Geschichte des Mittelalters und der neueren Zeit", 3.ª ed., Gotha 1874, mapa n.º 32.