Escrito a finales de mayo de 1883.
[«Der Sozialdemokrat», núm. 24, del 7 de junio de 1883]

Canción del oficial artesano
De Georg Weerth (1846)

En plena flor del cerezo
allí nos alojamos,
en plena flor del cerezo
en Francfort una vez nos alojamos.

Habló el posadero:
«¡Lleváis malas chaquetas!»
«¡Tú, piojoso posadero,
eso a ti nada te importa!

Danos de tu vino,
danos de tu cerveza;
danos, con cerveza y vino,
también un animal asado.»

Canta el gallo en el tonel —
eso es un buen chorro.
Sabe en nuestra boca
a pura orina.

Luego trajo una liebre
en salsa de perejil;
ante esta liebre muerta
nos dio un horror muy grande.

Y cuando estábamos en la cama
con nuestro rezo nocturno,
allí nos picaron en la cama
las chinches mañana y noche.

Esto ocurrió en Francfort,
en la hermosa ciudad,
lo sabe quien allí ha vivido
y allí ha sufrido.

Este poema de nuestro amigo Weerth lo he vuelto a encontrar entre los papeles póstumos de Marx. Weerth, el primer y más importante poeta del proletariado alemán, era hijo de padres renanos, nacido en Detmold, donde su padre era superintendente eclesiástico. Cuando yo me encontraba en Manchester en 1843, Weerth vino a Bradford como dependiente de su firma alemana, y pasamos juntos muchos domingos alegres. En 1845, cuando Marx y yo vivíamos en Bruselas, Weerth se hizo cargo de la agencia continental de su casa de comercio y dispuso las cosas de modo que pudiera fijar su cuartel general también en Bruselas. Tras la revolución de marzo de 1848 nos reunimos todos en Colonia para fundar la «Neue Rheinische Zeitung». Weerth se encargó del folletín, y dudo que ningún otro periódico haya tenido jamás un folletín tan divertido y punzante. Uno de sus principales trabajos fue: «Vida y hazañas del famoso caballero Schnapphahnski», que narraba las aventuras del príncipe Lichnowski, así apodado por Heine en «Atta Troll». Los hechos son todos verídicos; cómo llegamos a conocerlos, quizá en otra ocasión. Estos folletones de Schnapphahnski aparecieron reunidos en un libro en 1849, en la editorial Hoffmann und Campe, y todavía hoy resultan sumamente divertidos. Pero como Schnapphahnski-Lichnowski, el 18 de septiembre de 1848, montado a caballo junto con el general prusiano von Auerswald (también diputado), espiaba a las columnas de campesinos que acudían en auxilio de los combatientes de las barricadas de Francfort, y en esa ocasión él y Auerswald fueron muertos a golpes, merecidamente, por los campesinos, como espías, la regencia imperial alemana presentó una acusación contra Weerth por injurias al difunto Lichnowski, y Weerth, que desde hacía tiempo se hallaba en Inglaterra, fue condenado a tres meses de prisión, mucho después de que la reacción hubiera puesto fin a la «N.Rh.Ztg.». Y esos tres meses los cumplió efectivamente, porque sus negocios le obligaban a visitar Alemania de vez en cuando.

En 1850/51 viajó en interés de otra firma de Bradford a España, luego a las Indias Occidentales y recorrió casi toda Sudamérica. Tras una breve visita a Europa, regresó a sus queridas Indias Occidentales. Allí no quiso privarse del placer de ver una vez al verdadero original de Luis Napoleón III, el rey negro Soulouque de Haití. Pero, según escribe W. Wolff a Marx el 28 de agosto de 1856,

«tuvo dificultades con las autoridades de cuarentena, tuvo que abandonar su proyecto y en la travesía recogió los gérmenes de la fiebre (amarilla) que llevó consigo a La Habana. Guardó cama, sobrevino una inflamación cerebral y —el 30 de julio— murió nuestro Weerth en La Habana.»

Lo he llamado el primer y más importante poeta del proletariado alemán. En efecto, sus poesías socialistas y políticas superan con mucho a las de Freiligrath en originalidad, ingenio y, sobre todo, en ardor sensual. A menudo empleaba formas heinianas, pero sólo para llenarlas de un contenido totalmente original e independiente. Se distinguía de la mayoría de los poetas en que, una vez escritos, sus poemas le resultaban completamente indiferentes. Cuando había enviado una copia a Marx o a mí, dejaba los versos de lado y a menudo era difícil conseguir que los diera a la imprenta en algún sitio. Sólo durante la «Neue Rheinische Zeitung» fue distinto. Por qué, lo muestra el siguiente extracto de una carta de Weerth a Marx, Hamburgo, 28 de abril de 1851:

«Por lo demás, espero volver a verte a principios de julio en Londres, pues no soporto por más tiempo a estos *grashoppers* (saltamontes) de Hamburgo. Aquí me amenaza una existencia brillante, pero la temo. Cualquier otro echaría mano de ella con ambas manos. Pero yo soy demasiado viejo para convertirme en filisteo, y allende el mar se halla el lejano Oeste…

He escrito últimamente varias cosas, pero ninguna terminada, pues no veo finalidad alguna, ni meta, en el oficio de escribir. Cuando tú escribes sobre economía política, eso tiene sentido y entendimiento. ¿Pero yo? Soltar chistes pobres, bromas malas para arrancar una sonrisa boba a las muecas patrióticas… ¡en verdad, no conozco nada más miserable! Mi actividad literaria se hundió decididamente con la ‘Neue Rheinische Zeitung’.

Debo confesar: por mucho que me duela haber perdido los tres últimos años para nada y sin motivo, tanto más me regocijo al pensar en nuestra residencia de Colonia. No nos hemos comprometido. ¡Eso es lo principal! Desde Federico el Grande nadie ha tratado al pueblo alemán tan *en canaille* como la ‘Neue Rheinische Zeitung’.

No quiero decir que esto haya sido mérito mío, pero yo he estado presente…

¡Oh Portugal! ¡Oh España! (W. acababa de llegar de allí.) ¡Si al menos tuviéramos tu hermoso cielo, tu vino, tus naranjas y tus mirtos! ¡Pero ni eso! ¡Nada más que lluvia, narices largas y carne ahumada!

Con lluvia, con nariz larga, tuyo

G. Weerth.»

En lo que Weerth era maestro, en lo que superaba a Heine (porque era más sano y más genuino) y sólo es superado en lengua alemana por Goethe, es la expresión de una sensualidad natural y robusta y del placer carnal. Muchos lectores del «Sozialdemokrat» se horrorizarían si yo hiciera imprimir aquí los distintos folletones de la «Neue Rhein. Zeitung». Sin embargo, no se me ocurre hacerlo. No obstante, no puedo dejar de señalar que también para los socialistas alemanes ha de llegar un día el momento en que se despojen abiertamente de este último prejuicio filisteo alemán, de la hipócrita mojigatería moral pequeño‑burguesa, que de todos modos sólo sirve de máscara para soltar obscenidades a escondidas. Cuando se leen, por ejemplo, los poemas de Freiligrath, debería uno creer realmente que los seres humanos carecen por completo de partes sexuales. Y sin embargo, nadie disfrutaba más con una socarrona obscenidad que precisamente Freiligrath, tan ultrapudoroso en la poesía. Ya es hora de que, al menos, los obreros alemanes se acostumbren a hablar, con tanta naturalidad y sin tapujos como los pueblos románicos, como Homero y Platón, como Horacio y Juvenal, como el Antiguo Testamento y la «Neue Rheinische Zeitung», de cosas que ellos mismos practican a diario o a diario por la noche, cosas naturales, indispensables y sumamente agradables.

Por lo demás, Weerth también ha escrito cosas menos ofensivas, y de éstas me tomaré la libertad de enviar de vez en cuando alguna al folletín del «Sozialdemokrat».

F. Engels