La crítica histórica y lingüística de la Biblia, la investigación de la antigüedad, el origen y el valor histórico de los diversos escritos que componen el Antiguo y el Nuevo Testamento, es una ciencia que en este país casi nadie conoce, salvo algunos teólogos liberales que se esfuerzan por mantenerla lo más secreta posible.

Esta ciencia es casi exclusivamente alemana. Además, lo poco que ha traspasado las fronteras de Alemania no ha resultado ser precisamente su mejor parte; es esa crítica liberal que se jacta de ser imparcial, profunda y, al mismo tiempo, cristiana. Los libros no son precisamente revelaciones del Espíritu Santo, sino revelaciones de lo Divino a través del santo espíritu de la humanidad, etc. Así, los representantes de la escuela de Tubinga (Baur, Gfrörer, etc.) son tan populares en Holanda y Suiza como en Inglaterra; pero si se quiere ir un poco más allá, se sigue a Strauß. El mismo espíritu indulgente pero completamente antihistórico domina al célebre Ernest Renan, que no es más que un pobre plagiario de los críticos alemanes. De todas sus obras no le pertenece más que la sentimentalidad estética del pensamiento penetrante y el lenguaje superficial que reviste el conjunto.

Sin embargo, algo bueno ha dicho Ernest Renan:

«Si usted quiere hacerse una idea exacta de lo que eran las primeras comunidades cristianas, no las compare con las congregaciones eclesiásticas de nuestros días; se parecían más bien a secciones locales de la Asociación Internacional de los Trabajadores.»

Y esto es cierto. El cristianismo se apoderó de las masas exactamente igual que lo hace el socialismo moderno, bajo la forma de sectas muy diversas y, más aún, mediante opiniones individuales contradictorias –unas más claras, otras más confusas, constituyendo estas últimas la gran mayoría–, pero todas hostiles al sistema dominante, «a los poderes existentes».

Tomemos, por ejemplo, nuestro libro del Apocalipsis, del que veremos que, en lugar de ser el más oscuro y misterioso, es el más sencillo y claro de todo el Nuevo Testamento. Por el momento hemos de rogar al lector que crea lo que iremos demostrando paso a paso: que fue escrito en el año 68 o en enero del 69 d.C. y que, por tanto, no sólo es el único libro del Nuevo Testamento cuya fecha está realmente establecida, sino también el más antiguo. Cómo era el cristianismo en el año 68, podemos verlo aquí como en un espejo.

En primer lugar, sectas y más sectas. En las cartas a las siete iglesias de Asia se mencionan al menos tres sectas, de las que por lo demás nada sabemos: los nicolaítas, los balaamitas y los partidarios de una mujer, aquí simbolizada con el nombre de Jezabel. De las tres se afirma que permitían a sus seguidores comer de lo sacrificado a los ídolos y que eran dados a la fornicación. Es un hecho curioso que en todo gran movimiento revolucionario pase a primer plano la cuestión del «amor libre»: para una parte de la gente, como un progreso revolucionario, como el sacudirse viejas trabas tradicionales ya innecesarias; para otros, como una doctrina bienvenida que encubre cómodamente toda clase de actos licenciosos entre hombre y mujer. Estos últimos, a saber, los filisteos, parecen haber tomado pronto la delantera aquí; pues la «fornicación» aparece siempre vinculada con el comer de «lo sacrificado a los ídolos», cosa estrictamente prohibida a judíos y cristianos, pero cuyo rechazo podía ser a veces peligroso o al menos desagradable. Esto muestra claramente que los partidarios del amor libre aquí mencionados se esforzaban en general por ser amigos de todo el mundo, y que no tenían madera de mártires ni mucho menos.

El cristianismo, como todo gran movimiento revolucionario, fue creado por las masas. Surgió en Palestina, de una manera que nos es completamente desconocida, en una época en que aparecían por centenares nuevas sectas, nuevas religiones, nuevos profetas. En realidad no fue más que un fenómeno medio, formado espontáneamente a partir de las fricciones mutuas de las más progresistas de esas sectas, y que después se convirtió en doctrina gracias a la adición de teoremas del judío alejandrino Filón y, más tarde, a fuertes infiltraciones estoicas. Si, en efecto, podemos llamar a Filón el padre espiritual del cristianismo, Séneca fue su tío. Párrafos enteros del Nuevo Testamento parecen copiados casi literalmente de sus obras; por otra parte, se pueden encontrar pasajes en las sátiras de Persio que parecen tomados del Nuevo Testamento, entonces aún no escrito. En nuestro libro del Apocalipsis no se encuentra nada de todos estos elementos doctrinales. Aquí tenemos el cristianismo en la forma más primitiva en que se nos ha conservado. Sólo hay un punto dogmático predominante: que los creyentes han sido salvados por el sacrificio de Cristo. Pero cómo y por qué, no se puede explicar en absoluto. No hay nada más que la vieja concepción judía y pagana de que Dios o los dioses tienen que ser aplacados mediante sacrificios, transformada en la concepción específicamente cristiana (que de hecho convirtió al cristianismo en la religión universal) de que la muerte de Cristo es el gran sacrificio suficiente de una vez para siempre.

Del pecado original, ni rastro. Nada de la trinidad. Jesús es «el Cordero», pero subordinado a Dios. De hecho, en un pasaje (15,3) se le coloca al mismo nivel que Moisés. En lugar de un solo Espíritu Santo, hay «los siete espíritus de Dios» (3,1 y 4,5). Los santos asesinados (los mártires) claman venganza a Dios: «¿Hasta cuándo, Señor, santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre en los que moran en la tierra?» (6,10) –un sentimiento que más tarde fue cuidadosamente eliminado del código moral teórico del cristianismo, pero que en la práctica se ejerció con tanto mayor furor tan pronto como los cristianos se impusieron a los gentiles. Naturalmente, el cristianismo no representa más que una secta del judaísmo. Así, en las cartas a las siete iglesias: «Yo conozco la blasfemia de los que dicen ser judíos» (no cristianos) «y no lo son, sino que son sinagoga de Satanás» (2,9); y otra vez (3,9): «He aquí, yo haré que algunos de la sinagoga de Satanás, que dicen ser judíos y no lo son...» Nuestro autor, por tanto, en el año 69 d.C. no tenía ni la más remota idea de que representaba una nueva fase del desarrollo religioso destinada a convertirse en uno de los elementos más esenciales de la revolución. Por eso, cuando los santos aparecen ante el trono de Dios, primero son 144.000 judíos, 12.000 de cada una de las doce tribus, y sólo después son admitidos los gentiles que se habían unido a esta nueva fase del judaísmo.

Así era el cristianismo en el año 68, tal como se describe en el libro más antiguo y el único del Nuevo Testamento cuya autenticidad no puede ser puesta en duda. Quién fue el autor, no lo sabemos. Se llama a sí mismo Juan. Ni siquiera pretende ser el «apóstol» Juan, pues los cimientos de la «nueva Jerusalén» llevan «los nombres de los doce apóstoles del Cordero» (21,14). Por consiguiente, éstos tenían que estar ya muertos cuando él escribió el libro. Que era judío se desprende claramente de los abundantes hebraísmos de su griego, que sobrepasa con mucho en mala gramática incluso a los demás libros del Nuevo Testamento. Que el llamado Evangelio de Juan, las epístolas de Juan y este libro tienen al menos tres autores distintos, lo demuestra de manera inequívoca su lenguaje, si no ya las doctrinas completamente contradictorias que contienen.

Las visiones apocalípticas que constituyen casi todo el Apocalipsis están tomadas, en la mayoría de los casos, literalmente de los profetas clásicos del Antiguo Testamento y de sus imitadores posteriores, empezando por el libro de Daniel (aproximadamente del 160 a.C., que profetizaba cosas ocurridas siglos antes) y terminando con el «Libro de Enoc», una elaboración apócrifa en lengua griega, escrita no mucho antes del comienzo de nuestra era. La invención original, incluso la agrupación de las visiones plagiadas, es de una pobreza extrema. El profesor Ferdinand Benary, a cuyas lecciones en la Universidad de Berlín en 1841 debo lo que sigue, ha demostrado, indicando capítulo y versículo, de dónde ha tomado nuestro autor cada una de sus pretendidas visiones. Por eso es inútil seguir a nuestro «Juan» en todas sus descabelladas ocurrencias. Más bien deberíamos ir directamente al punto que revela el secreto de este libro, en todo caso notable.

En completa oposición a todos sus comentaristas ortodoxos, que esperan que sus profecías se cumplan todavía después de más de 1.800 años, «Juan» no cesa de repetir: «El tiempo está cerca, todo esto sucederá en breve.» Y esto vale especialmente para la crisis que predice y que manifiestamente espera ver.

Esta crisis es la gran lucha decisiva entre Dios y el «Anticristo», como otros lo han llamado. Los capítulos decisivos son el 13 y el 17. Dejando de lado todos los adornos superfluos: «Juan» ve subir del mar una bestia que tiene siete cabezas y diez cuernos (los cuernos no nos interesan en absoluto). «Y vi una de sus cabezas como herida de muerte, pero su herida mortal fue sanada.» Esta bestia debía tener poder sobre la tierra contra Dios y el Cordero durante 42 meses (la mitad de los sagrados siete años), y durante ese tiempo todos los hombres serían obligados a llevar la marca de la bestia o el número de su nombre en la mano derecha o en la frente. «Aquí hay sabiduría. El que tiene entendimiento, calcule el número de la bestia; porque es número de hombre, y su número es seiscientos sesenta y seis.» En el siglo II, Ireneo aún sabía que con la cabeza herida y sanada se aludía al emperador Nerón. Nerón fue el primer gran perseguidor de los cristianos. A su muerte se difundió, especialmente en Acaya y Asia, el rumor de que no estaba muerto, sino sólo herido, y de que un día reaparecería y sembraría el terror en todo el mundo (Tácito, Historias, II, 8). Al mismo tiempo, Ireneo conocía otra lectura muy antigua, según la cual el nombre daba el número 616 en lugar de 666.

En el capítulo 17, la bestia de las siete cabezas aparece de nuevo, esta vez montada por la bien conocida dama escarlata, cuya sugestiva descripción puede el lector consultar en el libro mismo. Allí un ángel explica a Juan: «La bestia que has visto, era y no es... Las siete cabezas son siete montes, sobre los cuales se sienta la mujer, y son siete reyes. Cinco han caído, uno es, y el otro aún no ha venido; y cuando venga, es necesario que dure breve tiempo. Y la bestia que era y no es, es el octavo, y es de los siete... Y la mujer que has visto es la gran ciudad que tiene imperio sobre los reyes de la tierra.»

Aquí tenemos, pues, dos indicaciones claras: 1. La dama escarlata es Roma, la gran ciudad que reina sobre los reyes de la tierra; 2. en la época en que se escribe el libro, reina el sexto emperador romano; después de él vendrá otro, que reinará por breve tiempo, y luego se produce el retorno de aquel que «es de los siete», que fue herido pero sanado y cuyo nombre está contenido en la cifra misteriosa, y del cual Ireneo aún sabía que era Nerón.

Si comenzamos por Augusto, tenemos a Augusto, Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón como el quinto. El sexto, el que es, es Galba, cuya

subida al trono fue la señal para una sublevación de las legiones, particularmente en la Galia, acaudillada por Otón, el sucesor de Galba. En consecuencia, nuestro libro ha de haber sido escrito bajo Galba, que reinó del 9 de junio del 68 al 15 de enero del 69. Predice el retorno de Nerón como inminente.

Pero vayamos ahora a la prueba decisiva: la cifra. También ésta fue descubierta por Ferdinand Benary y, desde entonces, jamás ha sido puesta en duda en el mundo científico.

Aproximadamente trescientos años antes de nuestra era, los judíos comenzaron a emplear sus letras como símbolos para los números. Los rabinos especulativos vieron en ello un método para la interpretación mística o cábala. Palabras secretas se expresaban mediante la cifra que resultaba de la adición de los valores numéricos de las letras contenidas en ellas. A esta nueva ciencia la llamaron guematriá, geometría. Precisamente esta ciencia es la que nuestro «Juan» aplica aquí. Hemos de demostrar 1., que la cifra contiene el nombre de un hombre y que ese hombre es Nerón, y 2., que la solución vale tanto para la lectura 666 como para la lectura, igualmente antigua, de 616. Tomemos las letras hebreas y sus valores:

(nun)

n

= 50

(resch)

r

= 200

(waw) para

o

= 6

(nun)

n

= 50

(koph)

k [q]

= 100

(samech)

s

= 60

(resch)

r

= 200

Nerón Kesar, el emperador Nerón, en griego Nerón Kaisar. Pero si ahora, en lugar de emplear la grafía griega, trasponemos el latino Nero Caesar a letras hebreas, desaparece el Nun al final de Nerón, y con él el valor de 50. Esto nos lleva a la otra lectura antigua, a saber, 616, y con ello la prueba es tan completa como pueda desearse.
(1)

Así, pues, el contenido del libro misterioso se nos presenta ahora con plena claridad. «Juan» predice el retorno de Nerón hacia el año 70 y su reino de terror, que ha de durar 42 meses o 1.260 días. Después de este lapso de tiempo, aparece Dios, vence a Nerón, el Anti-

cristo, destruye la gran ciudad por el fuego y encadena al diablo por un milenio. Comienza el reino milenario, etc. Todo esto ha perdido hoy toda significación, salvo para personas simples que aún puedan intentar calcular el día del juicio final. Sin embargo, como retrato auténtico de un cristianismo casi primitivo, trazado por uno de los suyos, el libro vale más que todos los demás libros del Nuevo Testamento juntos.

Notas al pie de Engels

(1)
La grafía anterior del nombre, tanto con como sin la segunda Nun, corresponde a la grafía del Talmud y es, por consiguiente, auténtica.