Friedrich Engels

[Sobre la concentración del capital en los Estados Unidos]

Escrito el 3 de mayo de 1882.

["Der Sozialdemokrat" núm. 21 del 18 de mayo de 1882]

La fabulosa velocidad con que avanza la concentración del capital en los Estados Unidos de América lo muestra una estadística publicada hace poco en periódicos ingleses. Según la misma, el más rico entre los ricos es el señor Vanderbilt, de Nueva York. Este barón de los ferrocarriles, las tierras, las chimeneas, etc., está valorado en cerca de 300 millones de dólares (1 dólar = 4 marcos y 25 pfennigs) de fortuna —«valor», dice el americano—. Posee 65 millones de dólares en bonos del Estado (Bonds) de los Estados Unidos, 50 millones en acciones del ferrocarril New-York-Central y Hudson-River, así como 50 millones en acciones de otras compañías ferroviarias, además de una colosal propiedad territorial, tanto en Nueva York como en el interior del país. El señor Vanderbilt, añaden los periódicos con admiración, puede comprar a varios Rothschild y seguir siendo, aun así, el hombre más rico del mundo.

¡Y esta colosal fortuna la ha amasado la familia Vanderbilt en unos 30 años! El caso, escribe la "Whitehall Review", no tiene parangón en la historia. Lo creemos también.

Después de Vanderbilt siguen en la lista de los potentados del dinero:

Jay Gould, igualmente notorio bribón ferroviario — 100 millones de dólares;
Mackay, el dueño de minas de plata, artífice de la agitación a favor del «patrón bimetálico contractual» — 50 millones;
Crocker — 50 millones;
John Rockefeller, caballero del petróleo —pero ningún petroleur— 40 millones;
C. P. Huntington — 20 millones;
D. O. Mills — 20 millones; el senador Fair — 30 millones; el exgobernador Stanford — 40 millones;
Russel Sage — 15 millones;
J. R. Keene — 15 millones;
S. J. Tilden — 15 millones;
E. D. Morgan — 10 millones;
Samuel Sloan — 10 millones;
Garrison — 10 millones;
Cyrus W. Field — 10 millones;
Hugh J. Jewett — 5 millones;

Sidney Dillon — 5 millones;
David Dows — 5 millones;
J. D. Navarro — 5 millones;
John W. Garrett — 5 millones;
W. B. Astor — 5 millones.

Hasta aquí la lista, que, sin embargo, no es en modo alguno exhaustiva. El número de los príncipes del dinero americanos es aún mucho mayor. Y esta fabulosa acumulación de riqueza se ve incrementada día a día por la enorme inmigración a América. Pues directa e indirectamente, ésta beneficia en primer lugar a los magnates del capital. Directamente, al ser la causa de un rápido aumento de los precios del suelo; indirectamente, al hacer que la mayoría de los inmigrantes deprima el nivel de vida de los obreros americanos. Ya ahora encontramos en los innumerables informes sobre huelgas que comunican nuestros órganos hermanos americanos un porcentaje cada vez mayor de huelgas para rechazar reducciones salariales, y la mayoría de las huelgas que aspiran a un aumento de salario no son en el fondo otra cosa tampoco, pues o bien son provocadas por el enorme aumento de los precios o bien por la ausencia de los aumentos salariales habitualmente practicados en primavera.

De este modo, la corriente de emigrantes que Europa envía ahora anualmente a América sólo contribuye a llevar la economía capitalista, con todas sus consecuencias, al extremo, de manera que tarde o temprano será inevitable allí un colosal crac. Entonces la corriente de emigrantes se estancará o quizás incluso invierta su curso, es decir, habrá llegado el momento en que el obrero europeo, y especialmente el alemán, se encuentre ante la alternativa: ¡muerte por hambre o revolución! Pero una vez planteada así la alternativa, ¡adiós, vosotros, afortunados del sagrado imperio prusiano-alemán!

Y el momento está más cerca de lo que la mayoría sueña. Ya ahora resulta difícil encontrar trabajo allí para los inmigrantes; se muestran cada vez con mayor claridad los precursores de la inminente crisis comercial; basta un pretexto por insignificante que sea en el momento decisivo y... ¡el crac está ahí!

Por eso, por mucho que, al igual que la "New Yorker Volkszeitung", lamentemos la emigración desde Alemania, por muy convencidos que estemos de que ésta traerá consigo en un primer momento un empeoramiento esencial de la situación de los obreros americanos, y por mucho que, además, deseemos con ella que los obreros alemanes dirigieran toda su atención exclusivamente a la mejora de su situación en Alemania, no podemos compartir su pesimismo. Pues tenemos que contar con las condiciones, y —dado que éstas, gracias a la miopía y la codicia de nuestros adversarios, excluyen cada vez más un desarrollo en sentido realmente reformador— debemos entonces buscar nuestra tarea en preparar los espíritus, a despecho de todos los profetas del miedo, para el curso revolucionario de los acontecimientos.

Para el conflicto: gigantesca concentración del capital, por un lado, y creciente miseria de las masas, por el otro, no hay más que una solución: ¡la revolución social!