Bruno Bauer y el cristianismo primitivo

Escrito en la segunda quincena de abril de 1882.

En Berlín murió el 13 de abril un hombre que en otro tiempo había desempeñado un papel como filósofo y teólogo, pero que desde hacía años, medio olvidado, sólo de vez en cuando atraía la atención del público como «excéntrico literario». Los teólogos oficiales, entre ellos también
Renan,
lo dieron por acabado y por eso lo silenciaron unánimemente. Y sin embargo valía más que todos ellos y ha hecho más que todos ellos en una cuestión que también nos interesa a nosotros los socialistas: la cuestión del origen histórico del cristianismo.

Aprovechemos su muerte para exponer brevemente el estado actual de esta cuestión y las contribuciones de Bauer a su solución.

La opinión dominante desde los librepensadores de la Edad Media hasta los ilustrados del siglo XVIII, inclusive, de que todas las religiones, y por tanto también el cristianismo, eran obra de embaucadores, ya no era suficiente desde que Hegel había planteado a la filosofía la tarea de demostrar un desarrollo racional en la historia universal.

Es evidente ahora que, si bien las religiones surgidas de manera natural, como el fetichismo de los negros o la religión primitiva común de los arios, nacen sin que el engaño desempeñe papel alguno, en su ulterior desarrollo el engaño sacerdotal se hace muy pronto inevitable. En cambio, las religiones artificiales, a pesar de toda la exaltación sincera, no pueden prescindir ya en su fundación del fraude y de la falsificación histórica; y también el cristianismo, ya desde sus comienzos, tiene muy bonitas realizaciones que mostrar en este terreno, como ha demostrado Bauer en la Crítica del Nuevo Testamento. Pero con esto sólo se constata un fenómeno general, no se explica el caso particular de que se trata precisamente.

Con una religión que sojuzgó al imperio mundial romano y dominó a la inmensa mayoría de la humanidad civilizada durante 1.800 años, no se acaba declarándola simplemente un disparate zurcido por embaucadores. Sólo se acaba con ella cuando se logra explicar su origen y su desarrollo a partir de las condiciones históricas en las que surgió y llegó a dominar. Y esto vale especialmente para el cristianismo. Se trata precisamente de resolver la cuestión de cómo ocurrió que las masas populares del imperio romano prefirieran esta insensatez, predicada además por esclavos y oprimidos, a todas las demás religiones, hasta que, por último, el ambicioso Constantino vio en la adopción de esta religión insensata el mejor medio para elevarse a soberano único del mundo romano.

A la respuesta de esta pregunta, Bruno Bauer ha contribuido con mucho más que ningún otro. La secuencia temporal y la dependencia mutua de los evangelios, demostrada por Wilke con criterios puramente lingüísticos, él la demostró también de manera irrefutable a partir de su contenido, por mucho que los teólogos semicreyentes del período de la reacción desde 1849 se resistan a ello. La difusa teoría de los mitos de Strauß, según la cual cada cual puede considerar como histórico de los relatos evangélicos todo lo que le parezca, la puso en evidencia en toda su falta de carácter científico. Y si, con ello, de todo el contenido de los evangelios casi nada resultaba demostrable como histórico —de modo que incluso la existencia histórica de un Jesucristo puede declararse cuestionable—, Bauer había, con esto, desbrozado por primera vez el terreno en el que puede resolverse la pregunta: ¿de dónde provienen las representaciones e ideas que en el cristianismo se han entrelazado formando una especie de sistema, y cómo llegaron a dominar el mundo?

Bauer se ocupó de esto hasta el final. Sus investigaciones culminan en el resultado de que el judío alejandrino Filón, que aún vivía en el año 40 de nuestra era, aunque en edad avanzada, sea el verdadero padre del cristianismo, y el estoico romano Séneca, por así decirlo, su tío. Los numerosos escritos transmitidos bajo el nombre de Filón han surgido, en efecto, de una fusión de tradiciones judaicas, interpretadas alegórico-racionalistamente, con la filosofía griega, en particular la estoica. Esta conciliación de concepciones occidentales y orientales contiene ya todas las representaciones esencialmente cristianas: la pecaminosidad innata del hombre; el Logos, la palabra que está junto a Dios y es Dios mismo, y que hace de mediador entre Dios y el hombre; la penitencia no mediante sacrificios de animales, sino mediante la entrega del propio corazón a Dios; finalmente, el rasgo esencial de que la nueva filosofía religiosa invierta el orden del mundo hasta ahora vigente, busque sus adeptos entre los pobres, los miserables, los esclavos y los despreciados, y desprecie a los ricos, poderosos y privilegiados, y con ello queden prescritos el desprecio de todos los goces mundanos y la mortificación de la carne.

Por otra parte, ya Augusto se había ocupado de que no sólo el dios-hombre, sino también la llamada concepción inmaculada se convirtieran en fórmulas prescritas por razones imperiales. No sólo hizo que lo veneraran divinamente a él y a César, sino que también hizo difundir que él, Augustus Caesar Divus, el Divino, no era hijo de su padre humano, sino que su madre lo había concebido del dios Apolo. ¡Ojalá ese dios Apolo no fuera pariente del cantado por Heine!

Se ve que sólo falta la clave, y todo el cristianismo está completo en sus rasgos fundamentales: la encarnación del Logos hecho hombre en una persona determinada y su sacrificio expiatorio en la cruz para la redención de la humanidad pecadora.

Cómo se insertó históricamente esta clave en las doctrinas estoico-filonianas, es algo sobre lo que las fuentes realmente fidedignas nos dejan en la estacada. Pero una cosa es segura: no la insertaron filósofos de escuela, discípulos de Filón o de la Estoa. Las religiones son fundadas por personas que sienten ellas mismas una necesidad religiosa y tienen sentido para la necesidad religiosa de las masas, y esto no suele ser el caso de los filósofos de escuela. En cambio, en épocas de disolución general —como, por ejemplo, también ahora— encontramos la filosofía y la dogmática religiosa aplanadas en forma vulgarizada y generalmente difundidas. Mientras que la filosofía clásica griega, en sus últimas formas —particularmente en la escuela epicúrea—, condujo al materialismo ateo, la filosofía vulgar griega condujo a la doctrina de un Dios único y de un alma humana inmortal. Igualmente, el judaísmo, racionalista y vulgarizado en la mezcla y el trato con extranjeros y semi-judíos, había llegado al descuido de los ceremoniales de la ley, a la transformación del antiguo dios nacional exclusivamente judío, Jahvé
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, en el único Dios verdadero, creador del cielo y de la tierra, y a la aceptación de la inmortalidad del alma, originalmente ajena al judaísmo. Así se encontraron la filosofía vulgar monoteísta con la religión vulgar, que le presentó el Dios único ya listo y acabado. Y de esta manera quedó preparado el terreno en el que, entre los judíos, la elaboración de representaciones filonianas, igualmente vulgarizadas, pudo engendrar el cristianismo, y éste, una vez engendrado, pudo encontrar aceptación entre los griegos y los romanos. Que fueron representaciones filonianas popularizadas, y no directamente los escritos de Filón, de donde surgió el cristianismo, lo prueba el hecho de que el Nuevo Testamento descuida casi por completo la parte principal de estos escritos, a saber, la interpretación filosófica alegórica de las narraciones del Antiguo Testamento. Es éste un aspecto que Bauer no ha tenido suficientemente en cuenta.

Cómo era el cristianismo en su primera configuración, se puede uno hacer una idea leyendo el llamado Apocalipsis de Juan. Fanatismo salvaje y confuso, de dogmas sólo los comienzos, de la llamada moral cristiana únicamente la mortificación de la carne; en cambio, visiones y profecías en abundancia. La formación de los dogmas y de la doctrina moral pertenece a una época posterior, en la que se escribieron los Evangelios y las denominadas epístolas apostólicas. Y entonces —para la moral al menos— se utilizó sin reparos la filosofía estoica y, en particular, a Séneca. Que las epístolas lo copian a menudo literalmente, lo ha demostrado Bauer; de hecho, la cosa ya había llamado la atención de los ortodoxos; pero éstos afirmaban que Séneca había copiado el Nuevo Testamento —que en aquel tiempo aún no estaba redactado—. La dogmática se desarrolló, por un lado, en conexión con la leyenda evangélica de Jesús que se iba formando; por otro, en la lucha entre judeocristianos y pagano-cristianos.

Sobre las causas que ayudaron al cristianismo a la victoria y al dominio mundial, Bauer ofrece también datos muy valiosos. Pero aquí se interpone en su camino el idealismo del filósofo alemán, que le impide ver con claridad y formular con precisión. La frase tiene que hacer a menudo las veces de la cosa en el punto decisivo. En lugar de entrar, pues, en los puntos de vista de Bauer en detalle, preferimos exponer nuestra propia concepción de este aspecto, basada, además de en los escritos de Bauer, en estudios independientes.

La conquista romana disolvió, en todos los países sometidos, primero directamente los antiguos estados políticos y después, indirectamente, también las viejas condiciones sociales de vida. Primero, al poner, en lugar de la antigua estratificación estamental (prescindiendo de la esclavitud), la simple diferencia entre ciudadanos romanos y no ciudadanos o súbditos del Estado. Segundo, y principalmente, por las exacciones en nombre del Estado romano. Cuando, bajo el Imperio, se puso freno, en lo posible y en interés del Estado, a la furia de enriquecimiento de los gobernadores, vino a ocupar su lugar el torniquete fiscal, que actuaba siempre y con fuerza creciente, cada vez más apretado, en favor de las arcas del Estado: una succión que actuaba de manera terriblemente disolvente. Tercero, por último, en todas partes se juzgaba según el derecho romano por jueces romanos, con lo cual se declaraban nulos los ordenamientos sociales autóctonos en la medida en que no concordaban con el orden jurídico romano. Estas tres palancas tenían que actuar con una enorme fuerza niveladora, sobre todo cuando se aplicaron durante un par de siglos a poblaciones cuyo sector más robusto ya había sido aniquilado o llevado a la esclavitud en las luchas que precedieron a la conquista, la acompañaron y, a menudo, la siguieron. Las relaciones sociales de las provincias se asemejaban cada vez más a las de la capital, Italia. La población se dividía cada vez más en tres clases compuestas por los más diversos elementos y nacionalidades: los ricos, entre ellos no pocos esclavos liberados (véase Petronio), grandes terratenientes, usureros del interés, o ambas cosas, como el tío del cristianismo, Séneca; los libres desposeídos, alimentados y entretenidos por el Estado en Roma —en las provincias podían arreglárselas como pudieran—; por último, la gran masa: los esclavos. Frente al Estado, es decir, frente al emperador, las dos primeras clases carecían casi de derechos, tanto como los esclavos frente a sus amos. Sobre todo desde Tiberio hasta Nerón, era regla condenar a muerte a romanos ricos para confiscar sus bienes. El sostén del gobierno era materialmente el ejército, que ya se parecía mucho más a un ejército de mercenarios que al antiguo ejército campesino romano, y moralmente la convicción general de que de esta situación no había salida, de que, si bien no este o aquel emperador, el imperio basado en el dominio militar era una necesidad inevitable. Entrar en los hechos muy materiales en que se basaba esta convicción no es propio de este lugar.

A la general carencia de derechos y a la desesperación ante la posibilidad de mejores condiciones correspondían la general postración y desmoralización. Los pocos antiguos romanos de índole y temple patricios que aún quedaban fueron eliminados o se extinguieron; el último de ellos es Tácito. Los demás se alegraban de poder mantenerse por completo alejados de la vida pública; la adquisición de riquezas y el goce de las riquezas llenaban su existencia, así como el chisme privado y la intriga privada. Los libres desposeídos, en Roma pensionistas del Estado, tenían en cambio en las provincias una situación dura. Tenían que trabajar, y además contra la competencia del trabajo esclavo. Pero estaban limitados a las ciudades. Junto a ellos había en las provincias todavía campesinos, libres

propietarios de tierras (aquí y allá quizá aún en propiedad común) o, como en la Galia, deudores sometidos a servidumbre de grandes terratenientes. Esta clase fue la menos afectada por la subversión social; también opuso la más larga resistencia a la religiosa
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. Finalmente, los esclavos, sin derechos ni voluntad, en la imposibilidad de liberarse, como ya lo demostró la derrota de Espartaco; pero en gran parte, ellos mismos, antiguos libres o hijos de libertos. Entre ellos debía de existir, pues, aún el odio más vivo, aunque hacia fuera impotente, contra su situación vital.

En correspondencia con ello, encontraremos también configurados a los ideólogos de aquel tiempo. Los filósofos eran o bien meros maestros de escuela que ganaban dinero, o bufones asalariados de ricos derrochadores. Algunos eran incluso esclavos. Lo que fue de ellos cuando les iba bien lo muestra el señor Séneca. Este estoico, que predicaba la virtud y la abstinencia, fue el primer intrigante de la corte de Nerón, cosa que no se daba sin rastrería; se hizo obsequiar por él con dinero, bienes, jardines, palacios, y mientras predicaba al pobre Lázaro del Evangelio, era en realidad el hombre rico de la misma parábola. Solo cuando Nerón quiso prenderlo, pidió al emperador que retirara todos los regalos, que su filosofía le bastaba. Solo filósofos muy aislados, como Persio, blandieron al menos el látigo de la sátira sobre sus degenerados contemporáneos. En cuanto a la segunda especie de ideólogos, los juristas, estos se entusiasmaban por las nuevas condiciones, porque la difuminación de todas las diferencias estamentales les permitía elaborar su amado derecho privado en toda su amplitud, para lo cual fabricaron luego a los emperadores el más canallesco derecho público que jamás haya existido.

Con las particularidades políticas y sociales de los pueblos, el imperio romano había condenado también a sus particulares religiones a la ruina. Todas las religiones de la Antigüedad eran religiones tribales, surgidas de forma natural, y más tarde religiones nacionales, brotadas de las condiciones sociales y políticas de cada pueblo y entretejidas con ellas. Una vez destruidas estas bases suyas, quebradas las formas sociales transmitidas, la institución política heredada y la independencia nacional, la religión correspondiente se derrumbaba naturalmente. Los dioses nacionales podían tolerar a otros dioses nacionales, de otros pueblos, junto a sí, y esta era la regla general en la Antigüedad: pero no por encima de sí. El trasplante de cultos divinos orientales a Roma solo perjudicó

a la religión romana, pero no pudo frenar la decadencia de las religiones orientales. Tan pronto como los dioses nacionales ya no pueden proteger la independencia y la autonomía de su nación, se rompen ellos mismos el cuello. Así ocurrió por doquier (prescindiendo de los campesinos, sobre todo en la montaña). Lo que en Roma y Grecia hizo la ilustración filosófica vulgar, casi habría dicho el volterianismo, eso hicieron en las provincias el sometimiento romano y la sustitución de hombres orgullosos de su libertad por súbditos desesperados y canallas egoístas.

Tal era la situación material y moral. El presente insoportable, el futuro acaso aún más amenazante. Ninguna salida. Desesperación o salvación en el más ordinario goce sensual —para aquellos, al menos, que podían permitírselo, y estos eran una pequeña minoría. Por lo demás, solo quedaba la floja resignación a lo inevitable.

Pero en todas las clases debía de haber un número de personas que, desesperando de la redención material, buscasen una redención espiritual como sustituto —un consuelo en la conciencia que las preservase de la total desesperación. Este consuelo no podía ofrecerlo la Stoa, como tampoco la escuela de Epicuro, precisamente porque son filosofías, es decir, no calculadas para la conciencia común, y, en segundo lugar, porque el modo de vida de sus discípulos desacreditaba las doctrinas de la escuela. El consuelo no debía reemplazar a la filosofía perdida, sino a la religión perdida; debía presentarse precisamente en forma religiosa, como entonces, y aún hasta bien entrado el siglo XVII, todo lo que debía prender en las masas.

Apenas necesitamos señalar que la mayoría de estas gentes que anhelaban tal consuelo en la conciencia, tal huida del mundo exterior al interior, debía encontrarse —entre los
esclavos
.

En esta general disolución económica, política, intelectual y moral irrumpió entonces el cristianismo. Frente a todas las religiones anteriores entró en decidida oposición.

En todas las religiones anteriores, las ceremonias eran lo principal. Solo mediante la participación en sacrificios y procesiones, y en Oriente además mediante la observancia de las más minuciosas prescripciones dietéticas y de pureza, se podía manifestar la pertenencia. Mientras que Roma y Grecia eran tolerantes en este último aspecto, en Oriente dominaba una furia de prohibiciones religiosas que no poco contribuyó a su decadencia final. Personas de dos religiones distintas, egipcios, persas, judíos, caldeos, etc., no pueden comer ni beber juntos; no pueden realizar ningún acto cotidiano en común, apenas hablar entre sí. En esta separación

del hombre respecto del hombre sucumbió en gran parte el antiguo Oriente. El cristianismo no conoce ceremonias que separen, ni siquiera los sacrificios y procesiones del mundo clásico. Al rechazar así todas las religiones nacionales y el ceremonial que les es común, y al dirigirse a todos los pueblos sin distinción, se convierte él mismo en la
primera religión mundial posible
. También el judaísmo, con su nuevo dios universal, había tomado impulso hacia una religión mundial; pero los hijos de Israel siguieron siendo siempre una aristocracia entre los creyentes y circuncidados, y el propio cristianismo tuvo que desprenderse primero de la representación del privilegio de los judeocristianos (que aún dominaba en el llamado Apocalipsis de Juan) antes de poder convertirse en religión mundial real. Por otra parte, el Islam, al mantener su ceremonial específicamente oriental, limitó él mismo su área de expansión al Oriente y al norte de África conquistado y repoblado por beduinos árabes: aquí pudo convertirse en la religión dominante, en Occidente no.

En segundo lugar, el cristianismo tocó una cuerda que debía resonar en innumerables corazones. A todas las quejas sobre la maldad de los tiempos y la general miseria material y moral, respondía la conciencia cristiana de pecado: así es, y así no puede ser de otro modo, de la corrupción del mundo tienes tú la culpa. De todos vosotros. ¡Tu y vuestra propia corrupción interior! ¿Y dónde estaba el hombre que pudiera decir no? ¡Mea culpa! ¡Mi culpa! El reconocimiento de la parte de culpa propia de cada individuo en la desgracia general era ineludible y se convirtió ahora también en condición previa de la redención espiritual que el cristianismo anunciaba al mismo tiempo. Y esta redención espiritual estaba dispuesta de tal modo que podía ser fácilmente comprendida por los partidarios de toda antigua comunidad religiosa. A todas estas viejas religiones les era familiar la representación del sacrificio expiatorio por el cual se reconciliaba la divinidad ofendida; ¿cómo no iba a encontrar fácilmente terreno la representación del autosacrificio del mediador, que borraba de una vez por todas los pecados de la humanidad? Así, pues, al expresar claramente el cristianismo, como conciencia de pecado de cada individuo, el sentimiento universalmente difundido de que los hombres mismos son culpables de la corrupción general, y al suministrar al mismo tiempo, con la muerte sacrificial de su fundador, una forma fácilmente comprensible en todas partes de la anhelada redención interior del mundo corrompido, del consuelo en la conciencia, acreditó de nuevo su capacidad de convertirse en religión mundial —y precisamente en una religión adecuada al mundo entonces existente.

Así ha ocurrido que, entre los miles de profetas y predicadores en el desierto que llenaron aquella época con sus innumerables renovaciones religiosas, solo los fundadores del cristianismo tuvieron éxito. No solo en Palestina, en todo el Oriente pululaban tales fundadores de religiones, entre los cuales se libraba una lucha —podría decirse— darwinista por la existencia ideal. Gracias, sobre todo, a los elementos arriba desarrollados, venció el cristianismo. Y cómo gradualmente, en la lucha de las sectas entre sí y con el mundo pagano, fue desarrollando cada vez más, por selección natural, su carácter de religión mundial, eso lo enseña en detalle la historia eclesiástica de los tres primeros siglos.

F. Engels

Notas al pie de Friedrich Engels

(1)
Como ya demostró Ewald, los judíos escribían en manuscritos puntuados (provistos de vocales y signos de lectura) debajo de las consonantes del nombre Jahveh, que estaba prohibido pronunciar, las vocales de la palabra Adonai, que se leía en su lugar. Esto lo leyeron luego los posteriores como Jehovah. Esta palabra no es, pues, el nombre de un dios, sino sencillamente un craso error gramatical: en hebreo es sencillamente imposible.

(2)
Según Fallmerayer, aún en el siglo IX se ofrecían sacrificios a Zeus por parte de los campesinos en la Maina (Peloponeso).