Friedrich Engels

Contribución a la prehistoria de los alemanes

Escrito en 1881/1882.

César y Tácito
Las primeras luchas con Roma
Progresos hasta las migraciones de los pueblos
Nota: Las tribus alemanas

César y Tácito

Los germanos no son, en modo alguno, los primeros pobladores del país que hoy ocupan. (1) Por lo menos, les precedieron tres razas.

Las huellas más antiguas del hombre en Europa se encuentran en algunos estratos del sur de Inglaterra, cuya antigüedad no se puede determinar con exactitud hasta ahora, pero que probablemente se sitúan entre los dos períodos de glaciación de la llamada Edad Glacial.

Después del segundo período glaciar, a medida que el clima se fue haciendo más cálido, el hombre aparece por toda Europa, el norte de África y Asia Anterior hasta la India, en compañía de los grandes paquidermos extintos (mamut, elefante de dientes rectos, rinoceronte lanudo) y fieras (león de las cavernas, oso de las cavernas), así como de animales aún vivientes (reno, caballo, hiena, león, bisonte, uro). Las herramientas pertenecientes a esta época indican un nivel cultural muy bajo: cuchillos de piedra completamente toscos, azadas o hachas de piedra en forma de pera, que se utilizaban sin mango, rascadores para limpiar las pieles de los animales, punzones, todo de pedernal, señalando aproximadamente el estadio de desarrollo de los actuales indígenas de Australia. Los restos óseos encontrados hasta ahora no permiten sacar conclusión alguna sobre la constitución física de estos hombres, cuya amplia difusión y cultura uniforme en todas partes permiten inferir una duración muy larga de este período.

Qué fue de estos hombres del paleolítico inferior, no lo sabemos. En ninguno de los países donde aparecieron, tampoco en la India, se han conservado razas humanas que puedan considerarse como sus representantes en la humanidad actual.

En las cuevas de Inglaterra, Francia, Suiza, Bélgica y el sur de Alemania se encuentran las herramientas de estos hombres extinguidos, por lo general, sólo en las capas más profundas del suelo depositado. Por encima de este estrato cultural inferior, y con frecuencia separado de él por una capa más o menos gruesa de estalactita, se encuentra un segundo depósito que contiene herramientas. Estas herramientas, pertenecientes a un período posterior, están ya trabajadas con mucha más destreza y son también más variadas en su material. Los instrumentos de piedra no están pulidos todavía, pero son ya más adecuados en su concepción y ejecución; junto a ellos se hallan puntas de flecha y lanza de piedra, de cuerno de reno, de hueso; puñales y agujas de coser de hueso o de asta, collares de dientes perforados de animales, etc. En algunas piezas encontramos dibujos, en parte muy vivos, de animales: renos, mamuts, uros, focas, ballenas, así como escenas de caza con hombres desnudos, e incluso comienzos de escultura en hueso.

Mientras los hombres del paleolítico inferior aparecen acompañados de animales que eran predominantemente de origen meridional, al lado de los del paleolítico superior aparecen animales de origen nórdico: dos especies de osos nórdicos aún vivientes, el zorro polar, el glotón, el búho nival. Con estos animales, también estos hombres probablemente emigraron desde el nordeste, y sus últimos restos en el mundo actual parecen ser los esquimales. Las herramientas de ambos coinciden plenamente, no sólo en los detalles, sino también en el conjunto del utillaje; lo mismo sucede con los dibujos; la alimentación de ambos es suministrada por casi exactamente los mismos animales; el género de vida, en la medida en que podemos determinarlo para la raza extinguida, coincide exactamente.

También estos esquimales, que hasta ahora sólo han sido comprobados al norte de los Pirineos y de los Alpes, han desaparecido del suelo europeo. Así como aún en el siglo pasado los pieles rojas americanos hicieron retroceder a los esquimales hasta el extremo norte mediante una guerra de exterminio implacable, también en Europa la nueva raza que ahora aparece parece haberlos rechazado gradualmente y, finalmente, exterminado, sin mezclarse con ellos.

Esta nueva raza vino, al menos en Europa occidental, del sur; probablemente penetró de África a Europa en la época en que ambos continentes estaban aún unidos por tierra, tanto en Gibraltar como en Sicilia. Se hallaba en un nivel cultural considerablemente más alto que sus predecesores. Conocía la agricultura; tenía animales domésticos (perro, caballo, oveja, cabra, cerdo, ganado vacuno). Conocía la alfarería manual, el hilado y el tejido. Sus herramientas eran aún de piedra, pero ya trabajadas con gran esmero y en su mayor parte pulimentadas (se las distingue como neolíticas de las de los períodos anteriores). Las hachas tienen mangos y se hacen así, por primera vez, aptas para cortar madera; con ello resulta posible ahuecar troncos de árbol para hacer canoas, en las que se podía atravesar hasta las islas británicas, ahora separadas del continente por un lento hundimiento del suelo.

A diferencia de sus predecesores, enterraban cuidadosamente a sus muertos; por ello se nos han conservado suficientes esqueletos y cráneos para poder juzgar su constitución física. Los cráneos dolicocéfalos, la pequeña estatura (promedio de las mujeres alrededor de 1,46 m, de los hombres 1,65 m), la frente baja, la nariz aguileña, los arcos superciliares prominentes, los pómulos débiles y las mandíbulas moderadamente desarrolladas apuntan a una raza cuyos últimos representantes actuales parecen ser los vascos. Los habitantes neolíticos no sólo de España, sino también de Francia, Britania y de toda la región hasta el Rin al menos, han sido con toda probabilidad de raza ibérica. También Italia, antes de la llegada de los arios, estaba habitada por una raza similar, pequeña y de cabello negro, sobre cuyo parentesco más o menos cercano con los vascos es difícil decidir hoy.

Virchow sigue estos cráneos dolicocéfalos vascos hasta muy adentro de Alemania septentrional y Dinamarca; y los más antiguos palafitos neolíticos de la vertiente septentrional de los Alpes les pertenecen igualmente.

Por otra parte, Schaaffhausen declara que una serie de cráneos hallados cerca del Rin son decididamente fineses, en particular lapones, y la historia más antigua sólo conoce, como vecinos fronterizos septentrionales de los germanos en Escandinavia, de los lituanos y de los eslavos en Rusia, a los fineses. Estas dos pequeñas razas de cabello oscuro, una inmigrada del otro lado del Mediterráneo, la otra directamente de Asia al norte del mar Caspio, parecen, según esto, haberse chocado en Alemania. En qué circunstancias, permanece completamente en la oscuridad.

A estas diversas inmigraciones sigue finalmente, también en tiempos prehistóricos, la del último gran tronco principal, los arios, los pueblos cuyas lenguas se agrupan en torno a la más arcaica de ellas, el sánscrito. Los primeros inmigrantes fueron los griegos y latinos, que tomaron posesión de las dos penínsulas sudorientales de Europa; junto a ellos, probablemente, los escitas, hoy desaparecidos, habitantes de las estepas al norte del Mar Negro, afines en primer lugar al tronco medo-persa. Luego siguieron los celtas. De su migración sólo sabemos que se efectuó al norte del Mar Negro y atravesó Alemania. Sus masas más avanzadas penetraron en Francia, conquistaron el país hasta el Garona y sometieron incluso una parte de la España occidental y central. El mar aquí, la resistencia de los iberos allá los detuvieron, mientras detrás de ellos otras tribus celtas seguían presionando desde ambos lados del Danubio. Aquí, en el océano extremo y en las fuentes del Danubio, los conoce Heródoto. Pero deben de haber inmigrado mucho antes. Las tumbas y demás hallazgos de Francia y Bélgica demuestran que los celtas, cuando tomaron posesión del país, no conocían aún herramientas de metal; en cambio, en Britania aparecen desde el principio con herramientas de bronce. Por tanto, entre la conquista de la Galia y la expedición a Britania debe de haber transcurrido un cierto tiempo, durante el cual los celtas, mediante contactos comerciales con Italia y Marsella, conocieron el bronce y lo introdujeron entre ellos.

Entretanto, los pueblos celtas de retaguardia, empujados a su vez por los germanos, presionaban cada vez con más fuerza; adelante estaban bloqueadas las salidas, y así se produjo una corriente de retroceso en dirección sudoriental, como la volvemos a encontrar más tarde en las migraciones de los pueblos germánicos y eslavos. Tribus celtas atravesaron los Alpes, recorrieron Italia, la península tracia y Grecia, y encontraron en parte su perdición, en parte asentamientos fijos en la llanura del Po y en Asia Menor. La masa del tronco la encontramos en aquella época (-400 a -300 (2)) en la Galia hasta el Garona, en Britania e Irlanda y al norte de los Alpes, a ambos lados del Danubio, hasta el Meno y los Montes de los Gigantes, cuando no más allá. Pues aunque los nombres celtas de montañas y ríos en el norte de Alemania son menos frecuentes y menos indiscutibles que en el sur, no puede suponerse que los celtas eligieran únicamente el camino más difícil a través de la montañosa Alemania meridional, sin aprovechar a la vez el más cómodo por la abierta llanura del norte de Alemania.

La inmigración celta sólo desplazó parcialmente a los habitantes hallados; en particular en el sur y oeste de la Galia, éstos constituían aún en aquel entonces la mayoría de la población, aunque como raza oprimida, y han legado su constitución física a la población actual. Que tanto los celtas como los germanos, en sus nuevas sedes, señoreaban sobre una población preexistente de cabello oscuro, se desprende de la costumbre, existente en ambos, de teñirse el pelo de rubio con jabón. El pelo claro era signo de la raza dominante, y allí donde éste se perdía a consecuencia del mestizaje racial, el jabón tenía que suplirlo.

A los celtas siguieron los germanos; y aquí podemos determinar el momento de la inmigración, al menos aproximadamente, con alguna probabilidad. Difícilmente comenzó mucho antes del año -400, y en tiempos de César aún no estaba del todo consumada.

Hacia el año -325, el relato del viaje de Piteas nos da la primera noticia auténtica sobre germanos. Navegó de Marsella a la costa del ámbar y menciona allí a gutones y teutones, pueblos indudablemente germánicos. Pero ¿dónde estaba la costa del ámbar? La concepción habitual conoce desde luego sólo la de Prusia Oriental, y si como vecinos de aquella costa se nombra a los gutones, eso ciertamente concuerda. Pero las mediciones dadas por Piteas no concuerdan con esta región, mientras que encajan bastante bien para la gran bahía del Mar del Norte entre la costa del norte de Alemania y la península cimbria. Allí encajan también los teutones, mencionados igualmente como vecinos. Allí – en la costa occidental de Schleswig y Jutlandia – hay también una costa del ámbar; Ringkøbing todavía hace hoy un comercio bastante considerable con el ámbar encontrado allí. También parece sumamente inverosímil que Piteas, ya tan temprano, hubiera penetrado tan lejos en aguas enteramente desconocidas, y más aún que en sus anotaciones, tan cuidadosas, la complicada travesía del Kattegat hasta Prusia Oriental no sólo haya quedado enteramente sin mencionar, sino que ni siquiera encaje en ellas. Habría que declararse, pues, decididamente por la opinión primeramente expuesta por Lelewel, de que la costa del ámbar de Piteas ha de buscarse en el Mar del Norte, si no fuera por el nombre de los gutones, que sólo pueden pertenecer al Mar Báltico. Para remover este último obstáculo, Müllenhoff ha dado un paso; considera la lectura “gutones” como corrupción de “teutones”.

Hacia el año 180 antes de nuestra era aparecen los bastarnos, germanos indudables, en el bajo Danubio, y unos años más tarde figuran como mercenarios en el ejército del rey macedonio Perseo contra los romanos: los primeros lansquenetes. Son guerreros salvajes:

“Hombres no diestros en la agricultura ni en la navegación, ni que busquen su sustento en los rebaños, sino que, por el contrario, sólo cultivan un oficio y un arte: combatir siempre y vencer a cuanto se les opone.”

Es Plutarco quien nos da esa primera noticia sobre el modo de vida de un pueblo germánico. También a estos bastarnos los encontramos todavía siglos más tarde al norte del Danubio, aunque en una región más occidental. Cincuenta años más tarde, cimbros y teutones irrumpen en la región celta del Danubio, son rechazados por los boyos de Bohemia, se dirigen en varias bandas hacia la Galia e incluso hasta Hispania, derrotan un ejército romano tras otro, hasta que por fin Mario pone término a sus correrías de casi veinte años aniquilando a sus huestes, ya sin duda muy debilitadas: a los teutones en Aix-en-Provence (-102) y a los cimbros en Vercelli, en la alta Italia (-101).

Medio siglo después, César encontró en la Galia dos nuevas expediciones germánicas; primero, en el alto Rin, la de Ariovisto, en la que estaban representados siete pueblos distintos, entre ellos marcomanos y suevos; poco después, en el bajo Rin, la de usípetes y tencteros, que, hostigados por los suevos en sus anteriores moradas, las habían abandonado y, después de errar durante tres años, habían alcanzado el Rin. Ambas expediciones sucumbieron a la ordenada táctica militar romana, aunque usípetes y tencteros también a la violación romana de los tratados. En los primeros años de Augusto, Dión Casio registra una incursión de los bastarnos en Tracia; Marco Craso los derrotó en el Hebro (la actual Maritza). El mismo historiógrafo menciona aún una expedición de hermunduros que, hacia el comienzo de nuestra era, abandonaron su patria por causas desconocidas y fueron asentados por el general romano Domicio Ahenobarbo «en una parte del país de los marcomanos». Estas son las últimas migraciones de aquella época. La consolidación del dominio romano en el Rin y el Danubio les puso un cerrojo durante largo tiempo; pero que en el nordeste, más allá del Elba y de los montes de los Gigantes, los pueblos distaban aún mucho de haber llegado a asentamientos fijos, lo indican sobrados indicios.

Estas emigraciones de los germanos constituyen el primer acto de aquella migración de los pueblos que, detenida durante trescientos años por la resistencia romana, irrumpió irresistiblemente hacia finales del siglo III sobre las dos corrientes fronterizas, inundó el sur de Europa y el norte de África y sólo llegó a su fin con la conquista de Italia por los longobardos en 568: su fin, en lo que a los germanos concierne, pero no para los eslavos, que permanecieron en movimiento mucho tiempo después. Fueron literalmente migraciones de pueblos. Tribus enteras, o al menos fuertes contingentes de ellas, se ponían en camino, con mujeres y niños, con todos sus haberes. Carros cubiertos con pieles de animales servían de vivienda y para el transporte de mujeres y niños, así como del escaso menaje; el ganado era arreado con ellos. Los hombres, armados y organizados para aplastar toda resistencia y defenderse de ataques: una marcha de guerra por el día, un campamento de guerra en el círculo de carros por la noche. El desgaste humano en estas migraciones, por las constantes luchas, las fatigas, el hambre y las enfermedades debió ser inmenso. Era una aventura a vida o muerte. Si la migración tenía éxito, la parte restante se establecía en suelo extraño; si fracasaba, la tribu que había emigrado desaparecía de la faz de la tierra. Quien no caía en la carnicería de la batalla perecía en la esclavitud. Los helvecios y sus aliados, cuyo avance detuvo César, partieron con 368.000 cabezas, de ellas 92.000 capaces de portar armas; después de la derrota ante los romanos solo quedaban 110.000, a quienes César, excepcionalmente, por razones políticas, envió de vuelta a su patria. Los usípetes y tencteros habían cruzado el Rin con 180.000 cabezas; casi todos perecieron en la batalla y en la huida. No es de extrañar que, durante este largo período migratorio, tribus enteras desaparezcan a menudo sin dejar rastro.

A esta vida inestable de los germanos corresponden exactamente las condiciones que César encontró en el Rin. El Rin no era en modo alguno una frontera tajante entre galos y germanos. Los menapios, belgo-galos, tenían aldeas y campos en la orilla derecha del Rin, en la región de Wesel; en cambio, el delta del Mosa en la orilla izquierda estaba ocupado por los bátavos germánicos, y en los alrededores de Worms hasta cerca de Estrasburgo habitaban los vangiones, tríbocos y németes, todos germánicos; no se sabe a ciencia cierta si desde Ariovisto o ya antes. Los belgas mantenían guerras continuas con los germanos; en todas partes quedaba aún territorio en disputa. Al sur del Meno y de los montes Metálicos no habitaban entonces todavía germanos; los helvecios habían sido expulsados poco antes por los suevos de la región entre el Meno, el Rin, el Danubio y la Selva de Bohemia, del mismo modo que los boyos de Bohemia (Boihemum), que aún hoy lleva su nombre. Pero los suevos no habían ocupado el país, sino que lo habían convertido en aquella desolación boscosa de 600 millas romanas (150 alemanas) de largo, que debía cubrirles por el sur. Más al este, César todavía conoce celtas (volcas tectósages) al norte del Danubio, donde más tarde Tácito sitúa a los cuados germánicos. Solo en tiempos de Augusto condujo Maroboduo a sus marcomanos suevos a Bohemia, mientras los romanos cerraban el ángulo entre el Rin y el Danubio mediante atrincheramientos y lo poblaban con galos. El territorio más allá de este muro fronterizo parece haber sido ocupado después por los hermunduros. De esto se desprende indudablemente que los germanos se desplazaron a Germania a través de la llanura al norte de los Cárpatos y de las montañas fronterizas de Bohemia; solo después de ocupar la llanura septentrional, empujaron a los celtas, que habitaban más al sur en las montañas, al otro lado del Danubio.

También el modo de vida de los germanos, tal como lo describe César, demuestra que no estaban en absoluto asentados en su país. Viven principalmente de la ganadería, de queso, leche y carne, menos de cereales; la principal ocupación de los hombres es la caza y el ejercicio de las armas. Practican algo de agricultura, pero solo como actividad secundaria y de la manera más primitiva, propia de los bosques. César informa que solo cultivaban los campos durante un año y al siguiente siempre roturaban nuevas tierras. Parece haber sido agricultura de roza, como aún hoy en el norte de Escandinavia y Finlandia; el bosque —y aparte del bosque solo se disponía de pantanos y turberas entonces inútiles para la agricultura— se quemaba, las raíces se eliminaban de forma rudimentaria y se quemaban también con la capa superior del suelo ya cubierta de cicatrices; en el suelo abonado por la ceniza se sembraba el grano. Pero incluso en este caso, la indicación de César sobre la renovación anual de las tierras de cultivo no debe tomarse al pie de la letra, y por lo general habrá que limitarla a un cambio habitual a nuevas tierras después de dos o tres cosechas como mínimo. Todo el pasaje, la división de la tierra, no germánica, por príncipes y funcionarios, y sobre todo los motivos atribuidos a los germanos para este rápido cambio, respiran concepciones romanas. Para el romano este cambio de tierras era inexplicable. Para los germanos renanos, que ya estaban en transición hacia el asentamiento fijo, podía parecer ya una costumbre heredada que iba perdiendo cada vez más su finalidad y sentido. En cambio, para los germanos del interior, para los suevos que precisamente acababan de llegar al Rin, y a quienes se aplicaba principalmente, era todavía condición esencial de un modo de vida en que todo el pueblo iba avanzando lentamente, en la dirección y con la velocidad que permitía la resistencia encontrada. A este modo de vida está también adaptada su constitución: los suevos se dividen en cien distritos, cada uno de los cuales aporta anualmente mil hombres al ejército, mientras el resto de la tropa se queda en casa, cuida el ganado y el campo, y al año siguiente releva a los que han salido. La masa del pueblo, con mujeres y niños, solo sigue al ejército una vez que este ha conquistado nuevo territorio. Es ya un avance hacia el sedentarismo, comparado con las migraciones de la época de los cimbros.

Repetidamente vuelve César sobre la costumbre de los germanos de asegurarse por el lado del enemigo, es decir, hacia todo pueblo extranjero, mediante amplios desiertos boscosos. Es esta la misma costumbre que sigue imperando hasta bien entrada la Edad Media. A los sajones del norte del Elba los protegía el bosque fronterizo entre el Eider y el Schlei (en danés antiguo Jarnwidhr) contra los danos, el Sachsenwald desde el fiordo de Kiel hasta el Elba contra los eslavos, y el nombre eslavo de Brandeburgo, Branibor, no es sino la designación de un bosque protector de este tipo (checo braniti — defender, bor — pino y pinar).

Sobre el nivel de civilización de los germanos encontrados por César no puede, después de todo esto, haber duda alguna. Estaban muy lejos de ser nómadas en el sentido en que lo son los actuales pueblos jinetes asiáticos. Para ello se necesita la estepa, y los germanos vivían en la selva virgen. Pero también estaban igualmente lejos del nivel de los pueblos campesinos sedentarios. Todavía Estrabón dice de ellos sesenta años más tarde:

«Común a todos estos» (pueblos germánicos) «es la facilidad con que emigran, debido a la sencillez de su modo de vida, porque no practican la agricultura ni acumulan tesoros; sino que viven en chozas que levantan cada día, y se alimentan en su mayor parte del ganado como los nómadas, a los que también se asemejan en que llevan consigo sus enseres en carros y se trasladan con sus rebaños adonde les place.»

Conocimiento de la agricultura tenían, como demuestra la comparación lingüística, ya traído desde Asia; que no lo habían olvidado lo muestra César. Pero era una agricultura que servía como recurso auxiliar y fuente de vida subordinada a las tribus guerreras seminómadas que se iban desplazando lentamente por las llanuras boscosas de Europa central.

De esto se deduce que la inmigración de los germanos a su nueva patria entre el Danubio, el Rin y el mar del Norte no había terminado aún en tiempos de César, o apenas acababa de terminar. Que en tiempos de Piteas los teutones y quizás también los cimbros hubieran podido alcanzar la península de Jutlandia, y los germanos más avanzados el Rin —como permite suponer la ausencia de toda noticia sobre su llegada—, no contradice en absoluto esto. El modo de vida solo compatible con una migración permanente, las repetidas expediciones hacia el oeste y el sur, y finalmente el hecho de que César encontrara a la mayor masa por él conocida, los suevos, todavía en pleno movimiento, solo permiten una conclusión: evidentemente tenemos aquí, de modo fragmentario, los últimos momentos de la gran inmigración germánica a su sede principal europea. Es la resistencia romana en el Rin y más tarde en el Danubio la que pone fin a esta migración, confina a los germanos en el territorio ahora ocupado y les obliga con ello a adoptar moradas fijas.

Por lo demás, nuestros antepasados, tal como los vio César, eran auténticos bárbaros. Solo dejan entrar mercaderes en el país para tener quien les compre el botín de guerra; ellos mismos apenas les compran nada; ¿qué necesidad tendrían de cosas extranjeras? Incluso sus malos ponis los prefieren a los hermosos y buenos caballos galos. Y los suevos ni siquiera permiten la entrada del vino en el país, porque afemina. En esto, sus primos bastarnos eran más civilizados; en aquella incursión a Tracia enviaron emisarios a Craso, quien los embriagó, sonsacó las informaciones necesarias sobre la posición y los propósitos de los bastarnos, y luego los atrajo a una emboscada y los aniquiló. Aún antes de la batalla de Idistaviso (año 16 de nuestra era) Germánico describe a sus soldados a los germanos como gentes sin coraza ni yelmo, armados solo con escudos de mimbre o de tablas delgadas, y solo la primera fila tiene verdaderas lanzas, las traseras nada más que varas endurecidas al fuego y aguzadas. Así pues, la metalurgia era apenas conocida por los ribereños del Weser, y los romanos probablemente se habrían encargado de que los mercaderes no introdujeran armas en Germania.

Bien un siglo y medio después de Cäsar, nos ofrece Tacitus su célebre descripción de los germanos. Aquí ya se presentan muchas cosas de modo muy diverso. Hasta el Elba y más allá, las tribus errantes han llegado a la sedentarización, al asentamiento fijo. De ciudades, por cierto, no cabe hablar aún por mucho tiempo; los asentamientos se hacen en parte en aldeas, que aquí se componen de caseríos aislados, allá de casas agrupadas, pero incluso en éstas cada casa se construye por separado, rodeada de un espacio libre. Las casas son todavía sin piedras de cantería ni tejas, toscamente labradas con troncos sin desbastar (materia informi debe significar aquí esto, en contraposición a caementa y tegulae); casas de madera, como todavía en el norte de Escandinavia, pero ya no cabañas que se puedan construir en un solo día, como dice Estrabón. Sobre la constitución agraria volveremos más tarde. También poseen ya los germanos cámaras subterráneas de almacenamiento, una especie de sótanos, en las que se guarecían en invierno por el calor y donde, según Plinio, las mujeres tejían. La agricultura adquiere, pues, ya mayor importancia; pero el ganado sigue siendo la principal riqueza; es numeroso, pero de mala raza, los caballos feos y sin aptitud para la carrera, las ovejas y los bueyes pequeños, estos últimos sin cuernos. En la alimentación se mencionan carne, leche, manzanas silvestres, nada de pan. La caza ya no se practica mucho; la abundancia de caza, pues, había menguado considerablemente desde los tiempos de Cäsar. También la vestimenta es todavía muy primitiva: en la masa, una basta manta, por lo demás desnudos (casi como entre los cafres zulúes), pero entre los más ricos ya prendas ajustadas al cuerpo; también se emplean pieles de animales; las mujeres visten de manera semejante a los hombres, aunque ya con más frecuencia llevan túnicas de lino sin mangas. Los niños corretean todos desnudos. La lectura y la escritura son desconocidas, aunque un pasaje indica que los signos rúnicos, tomados de las letras latinas y tallados en varillas de madera, eran ya usuales entre los sacerdotes. El oro y la plata son indiferentes a los germanos del interior; las vasijas de plata regaladas a los príncipes y embajadores por los romanos se emplean en el mismo uso común que las de barro. El escaso tráfico comercial es simple trueque.

Los hombres conservan todavía enteramente la costumbre común a todos los pueblos primitivos de dejar el trabajo en la casa y en el campo a las mujeres, ancianos y niños, por considerarlo poco viril. En cambio, han adoptado dos costumbres civilizadas: la bebida y el juego, y practican ambas con toda la desmesura de los bárbaros vírgenes, el juego hasta jugarse la propia persona. Su bebida, en el interior, es cerveza de cebada o de trigo; de haberse inventado ya el aguardiente, la historia universal habría tomado seguramente otro curso.

En las fronteras del territorio romano se han hecho aún más progresos: se bebe vino importado; ya se ha acostumbrado uno en cierta medida al dinero, dándose preferencia, naturalmente, a la plata, más manejable para el intercambio limitado, y, según la costumbre bárbara, a las monedas de cuño conocido de antiguo. Cuán fundada era esta precaución se habrá de demostrar. El comercio con los germanos sólo se practicaba en la orilla misma del Rin; únicamente los hermunduros, asentados allende el Pfahlgraben, entran y salen ya de la Galia y Recia con fines comerciales.

Entre Cäsar y Tacitus cae, pues, la primera gran etapa en la historia germana: el tránsito definitivo de la vida errante a las sedes fijas, al menos para la mayor parte del pueblo, desde el Rin hasta mucho más allá del Elba. Los nombres de las distintas tribus empiezan a vincularse, en mayor o menor medida, a determinados territorios. Sin embargo, con las noticias contradictorias de los antiguos y con los nombres vacilantes y cambiantes, resulta a menudo imposible asignar a cada tribu una sede segura. Ello nos llevaría también demasiado lejos. Aquí basta la indicación general que encontramos en Plinio:

«Hay cinco tribus principales de germanos: los vindilios, a los que pertenecen los burgundios, varinos, carinos, gutones; la segunda tribu la forman los ingaevones, de los que los cimbros, teutones y los pueblos caucos constituyen una parte. Junto al Rin habitan los iscaevones, entre ellos los sicambros. En el centro del país, los hermiones, entre ellos los suevos, hermunduros, catos, queruscos. La quinta tribu la forman los peucinos y bastarnos, que limitan con los dacios.»

A éstos se suma una sexta rama, que habita Escandinavia: los hilleviones.

De todas las noticias de los antiguos, ésta concuerda del mejor modo con los hechos posteriores y con los restos lingüísticos que se nos han conservado.

Los vindilios abarcan los pueblos de lengua gótica que ocupaban la costa del Báltico entre el Elba y el Vístula hasta muy tierra adentro; allende el Vístula, en torno al Frisches Haff, se asentaban los gutones (godos). Los escasos restos lingüísticos conservados no dejan la menor duda de que los vándalos (que, en todo caso, tendrían que pertenecer a los vindilios de Plinio, puesto que éste transfiere su nombre a toda la tribu principal) y los burgundios hablaban dialectos góticos. Reparos sólo podrían suscitar los warner (o varinos), a los que, sobre la base de noticias de los siglos V y VI, se acostumbra a contar entre los turingios; de su lengua no sabemos nada.

La segunda tribu, la de los ingaevones, abarca los pueblos, ante todo de lengua frisona, habitantes de la costa del Mar del Norte y de la península cimbria, y con la mayor probabilidad también a los de lengua sajona entre el Elba y el Weser, en cuyo caso los queruscos también habría que contarlos entre ellos.

Los iscaevones se distinguen por los sicambros, entre ellos contados, como los posteriores francos, los habitantes de la orilla derecha del Rin desde el Taunus hacia abajo hasta las fuentes del Lahn, Sieg, Ruhr, Lippe y Ems, limitando al norte con los frisones y caucos.

Los hermiones o, como más exactamente los llama Tacitus, herminones son los posteriores altoalemanes; los hermunduros (turingios), suevos (suevos y marcomanos, bávaros), catos (hesios), etc. Los queruscos han venido a parar aquí, sin la menor duda, por un error. Es el único error seguro en toda esta clasificación de Plinio.

La quinta tribu, peucinos y bastarnos, ha desaparecido. Sin duda, Jakob Grimm la incluye con razón en el grupo gótico.

Finalmente, la sexta rama, la hilleviones, abarca a los habitantes de las islas danesas y de la gran península escandinava.

La clasificación de Plinio corresponde, por tanto, con sorprendente exactitud a la agrupación de los dialectos germánicos que realmente aparecen más tarde. No conocemos dialecto alguno que no pertenezca al gótico, al frisón-bajo sajón, al fráncico, al altoalemán o al escandinavo, y podemos reconocer aún hoy esta clasificación de Plinio como modélica. Lo que acaso pudiera objetarse, lo examino en la Anotación sobre las tribus germánicas.

La inmigración originaria de los germanos a su nueva patria habríamos de representárnosla, por tanto, aproximadamente así: en primer lugar, en medio de la llanura del norte de Alemania, entre las montañas meridionales y los mares del Norte y Báltico, avanzaron los iscaevones, e inmediatamente detrás de ellos, pero más cerca de la costa, los ingaevones. A éstos parecen haber seguido los hilleviones, pero desviándose hacia las islas. Tras éstos habrían seguido los godos (los vindilios de Plinio), dejando atrás en el sudeste a los peucinos y bastarnos; el nombre de los godos en Suecia testimonia que ramas aisladas se sumaron a la migración de los hilleviones. Finalmente, al sur de los godos, los herminones, que, al menos en su mayor parte, no penetran en sus sedes —que conservan hasta la migración de los pueblos— hasta la época de Cäsar e incluso de Augusto.

Las primeras luchas con Roma

Desde Cäsar, romanos y germanos se enfrentaban en la margen del Rin, y desde el sometimiento de Recia, Nórico y Panonia por Augusto, en la del Danubio. Entretanto, en la Galia se había consolidado la dominación romana; una red de calzadas militares había sido tendida por Agripa sobre todo el país, se habían construido fortalezas, una nueva generación, nacida bajo el yugo romano, había crecido. La Galia, puesta por las calzadas alpinas construidas bajo Augusto sobre el Pequeño y el Gran San Bernardo en comunicación directísima con Italia, podía servir de base para la conquista de Germania desde el Rin. Concluir ésta con las ocho legiones acantonadas en el Rin, lo encomendó Augusto a su hijastro (¿o hijo verdadero?) Drusus.

Pretexto ofrecían las continuas fricciones de los habitantes fronterizos, las incursiones de los germanos en la Galia, así como una supuesta o real conspiración de los belgas descontentos con los sicambros, según la cual éstos debían cruzar el Rin y provocar un levantamiento general. Drusus se aseguró (-12) de los jefes belgas, pasó el río muy cerca de la isla de los bátavos, aguas arriba del delta del Rin, devastó el territorio de los usípetes y en parte el de los sicambros, navegó luego Rin abajo, obligó a los frisones a proporcionarle tropas auxiliares de infantería, y recorrió con la flota la costa hasta la desembocadura del Ems, para combatir a los caucos. Pero aquí sus marineros romanos, no acostumbrados a las mareas, encallaron la flota en la bajamar; sólo con la ayuda de las tropas federadas frisias, más familiarizadas con el asunto, consiguió sacarla de nuevo y regresó a casa.

Esta primera campaña fue sólo un gran reconocimiento. Al año siguiente (-11) inició la verdadera conquista. Volvió a cruzar el Rin aguas abajo de la desembocadura del Lippe, sometió a los usípetes que allí habitaban, tendió un puente sobre el Lippe e irrumpió en el territorio de los sicambros, que precisamente estaban en campaña contra los catos por haberse negado éstos a sumarse a la alianza contra los romanos bajo la dirección sicambra. Luego estableció en la confluencia del Lippe y del Eliso un campamento fortificado (Aliso) y, al acercarse el invierno, se retiró de nuevo allende el Rin. En esta retirada, sorprendido por los germanos en una estrecha garganta, su ejército escapó a duras penas a la aniquilación. En este mismo año construyó también otro campamento atrincherado «en el país de los catos, casi a orillas del Rin».

Esta segunda campaña de Drusus contiene ya todo el plan de conquista, tal como se siguió consecuentemente a partir de entonces. El territorio que se trataba de conquistar en primer lugar está delimitado con bastante precisión: el interior iscaevónico hasta la frontera de los queruscos y catos, y la correspondiente franja costera hasta el Ems, a ser posible hasta el Weser. La tarea principal del sometimiento del litoral corresponde a la flota. En el sur sirve como base de operaciones Maguncia, fundada por Agripa y ampliada por Drusus, en cuyas inmediaciones hemos de buscar el fuerte construido «en el país de los catos» (recientemente se lo sitúa en Saalburg, cerca de Homburg). Desde aquí, el curso del Meno inferior conduce al terreno abierto de la Wetterau y de la región del alto Lahn, cuya ocupación separa a los iscaevones de los catos. En el centro del frente de ataque, el terreno llano regado por el Lippe y, sobre todo, la suave estribación entre el Lippe y el Ruhr ofrecen al grueso del ejército romano la línea de operaciones más cómoda; con su posesión dividen en dos mitades aproximadamente iguales el territorio a someter y, al mismo tiempo, separan a los brúcteros de los sicambros; una posición desde la cual pueden, a la izquierda, actuar en combinación con la flota; a la derecha, con la columna que desemboca desde la Wetterau, aislar el país montañoso pizarreño de los iscaevones y, de frente, mantener a raya a los queruscos. El fuerte de Aliso constituye el punto de apoyo fortificado más avanzado de esta línea de operaciones; se encontraba cerca de las fuentes del Lippe, ya sea en Elsen, junto a Paderborn, en la confluencia del Alme con el Lippe, o bien cerca de Lippstadt, donde recientemente se ha descubierto un gran castro romano.

Al año siguiente (-10), los catos, viendo el peligro común, se unieron por fin con los sigambros. Pero Druso los atacó y los forzó, al menos en parte, a someterse. Esta sumisión, sin embargo, no puede haber durado el invierno, pues en la primavera siguiente (-9) los ataca de nuevo, avanza hasta los suevos (probablemente turingios —según Floro y Orosio, también marcomanos, que entonces habitaban aún al norte de los montes Metálicos), luego ataca a los queruscos, cruza el Weser y no da la vuelta hasta el Elba. Todo el país recorrido fue asolado por él, pero en todas partes encontró viva resistencia. En el camino de regreso murió, a los treinta años, antes de alcanzar el Rin.

A la narración precedente, tomada de Dión Casio, añadimos por Suetonio que Druso hizo excavar el canal del Rin al IJssel, por medio del cual condujo su flota a través del país de los frisones y del Flevo (Vliestrom — actual paso navegable desde el Zuiderzee entre Vlieland y Terschelling) al Mar del Norte; por Floro, que a lo largo del Rin construyó más de cincuenta castillos y un puente en Bonn, y fortificó igualmente la línea del Mosa, asegurando así la posición de las legiones renanas tanto contra las sublevaciones de los galos como contra las incursiones de los germanos. Lo que Floro fantasea sobre castillos y atrincheramientos en el Weser y el Elba es pura fanfarronería; tal vez levantó atrincheramientos durante sus marchas allí, pero era demasiado buen general para dejar en ellos ni un solo hombre de guarnición. En cambio, es indudable que hizo dotar la línea de operaciones a lo largo del Lippe de etapas fortificadas. También fortificó los pasos del Taunus.

Tiberio, sucesor de Druso en el Rin, cruzó el río al año siguiente (-8); los germanos enviaron parlamentarios de paz, excepto los sigambros; Augusto, que se hallaba en la Galia, rehusó toda negociación mientras éstos no estuvieran representados. Cuando por fin los sigambros enviaron también embajadores, «numerosos y distinguidos varones», dice Dión, Augusto los hizo prender y los internó en diversas ciudades del interior del imperio; «del pesar que ello les causó, se dieron muerte a sí mismos». También al año siguiente (-7) marchó Tiberio de nuevo con el ejército a Germania, donde, salvo algunos disturbios insignificantes, no quedaba ya mucho que combatir. De esta época dice Veleyo: «Tiberio ha sometido el país [Germania] tan enteramente que apenas se distinguía de una provincia tributaria.»

Este éxito se deberá, aparte de las armas romanas y la tan alabada «prudencia» diplomática de Tiberio, principalmente al trasplante de germanos a la orilla romana del Rin. Ya Agripa había trasladado a los ubios, que siempre habían sido adictos a los romanos, con su consentimiento a la margen izquierda del Rin, en las cercanías de Colonia. Tiberio forzó a 40.000 sigambros a emigrar, quebrantando así por largo tiempo la capacidad de resistencia de esta poderosa tribu.

Tiberio se retiró ahora por largo tiempo de todos los asuntos públicos, y nada sabemos de lo que ocurrió durante varios años en Germania. Un fragmento de Dión da noticia de una expedición de Domicio Ahenobarbo desde el Danubio hasta más allá del Elba. Pero poco después, hacia el primer año de nuestra era, se sublevaron los germanos. Marco Vinicio, comandante en jefe romano, combatió, según testimonio de Veleyo, en conjunto con éxito y recibió también recompensas en agradecimiento. Sin embargo, en el año 4, inmediatamente después de su adopción por Augusto, Tiberio hubo de cruzar de nuevo el Rin para restablecer el quebrantado dominio romano. Somete a los cananefates y catuarios, que viven junto al río, luego a los brúcteros y «gana» a los queruscos. Veleyo, que participó en esta y en la siguiente campaña, no da más detalles. El invierno benigno permitió a las legiones mantenerse en movimiento hasta diciembre; después acamparon en cuarteles de invierno en la propia Germania, probablemente junto a las fuentes del Lippe.

La campaña del año siguiente (año 5) debía completar el sometimiento de la Germania occidental. Mientras Tiberio avanzaba desde Aliso y vencía a los longobardos en el bajo Elba, la flota navegaba a lo largo de la costa y «ganaba» a los caucos. En el bajo Elba, el ejército de tierra se encontró con la flota que remontaba el río. Con los éxitos de esta expedición, según Veleyo, la labor de los romanos en el norte quedaba concluida; al año siguiente, Tiberio se dirigió al Danubio, donde los marcomanos, recientemente emigrados a Bohemia bajo Marboduo, amenazaban la frontera. Marboduo, educado en Roma y versado en la táctica romana, había organizado según el modelo romano un ejército de 70.000 infantes y 4.000 jinetes. A éste se enfrentó Tiberio de frente en el Danubio, mientras Sencio Saturnino debía conducir las legiones del Rin a través del país de los catos hasta la espalda y el flanco del enemigo. Entonces se sublevaron a espaldas de Tiberio los panonios; el ejército hubo de volverse y reconquistar su base de operaciones. La lucha duró tres años; pero apenas sometidos los panonios, también en el norte de Germania habían tomado las cosas un giro tal que ya no cabía pensar en conquistas en el país de los marcomanos.

El plan de conquista de Druso se había mantenido por completo; sólo que para su ejecución segura se habían hecho necesarias las expediciones por tierra y mar hasta el Elba. En el plan de campaña contra Marboduo se trasluce la idea de trasladar la frontera a los Pequeños Cárpatos, los Montes de los Gigantes y el Elba hasta su desembocadura; pero esto se hallaba aún en un futuro lejano y pronto se volvió del todo irrealizable. No sabemos hasta qué punto se extendían entonces hacia el Wetterau las plazas fuertes romanas; según todas las apariencias, esta línea de operaciones había sido descuidada en aquel momento en comparación con la más importante a lo largo del Lippe. Aquí, en cambio, los romanos se habían instalado cómodamente en una extensión bastante amplia. La llanura renana de la orilla derecha, aguas abajo de Bonn, les pertenecía; la tierra llana de Westfalia, desde el Ruhr hacia el norte hasta más allá del Ems, hasta los confines de frisones y caucos, permanecía ocupada militarmente. A su espalda, bátavos y frisones eran todavía por entonces amigos seguros; más al oeste, caucos, queruscos y catos podían considerarse suficientemente domeñados, tras sus reiteradas derrotas y el golpe que también había alcanzado a los longobardos. Y, en todo caso, existía entonces entre aquellos tres pueblos un partido bastante poderoso que sólo veía la salvación en la alianza con Roma. En el sur, el poder de los sigambros estaba por el momento quebrantado; una parte de su territorio, entre el Lippe y el Ruhr, así como en la llanura renana, se hallaba ocupada; el resto se veía cercado por tres lados por las posiciones romanas del Rin, del Ruhr y del Wetterau, y con seguridad era recorrido con frecuencia por columnas romanas. Los caminos romanos en dirección a las fuentes del Lippe, desde Neuwied hacia el Sieg, desde Deutz y Neuss hacia el Wupper, conduciendo por crestas dominantes, han sido comprobados recientemente al menos hasta los confines de Berg y Mark. Más lejos aún, los hermúnduros, de acuerdo con Domicio Ahenobarbo, habían ocupado una parte del territorio abandonado por los marcomanos y mantenían pacífico trato con los romanos. Y, por último, la bien conocida desunión de las tribus germánicas autorizaba la expectativa de que los romanos no tendrían que librar más que guerras aisladas, tales como las que ellos mismos debían desear para la paulatina transformación de los aliados en súbditos.

El núcleo de la posición romana era el país a ambos lados del Lippe hasta el Osning. Aquí, la presencia permanente de las legiones en campamentos fortificados acostumbraba al dominio romano y a las costumbres romanas, mediante las cuales los bárbaros, según Dión, «eran como transformados»; aquí surgieron en torno a los cuarteles permanentes del ejército aquellas ciudades y mercados de los que habla el mismo historiador y cuyo tráfico pacífico fue lo que más contribuyó a consolidar la dominación extranjera. Todo parecía marchar inmejorablemente. Pero las cosas habían de suceder de otro modo.

Quinctilio Varo fue nombrado comandante en jefe de las tropas en Germania. Un romano de la decadencia que se iniciaba, flemático y comodón, inclinado a dormirse sobre los laureles de sus predecesores, y más aún a explotar esos laureles en provecho propio. «Cuán poco despreciador del dinero era, lo atestiguaba Siria, que él había administrado; pobre había llegado al rico país, rico abandonó un país empobrecido» (Veleyo). Por lo demás, era «de natural apacible»; pero este natural apacible debió de irritarse sobremanera al ser destinado a un país donde la extorsión se le hacía tan penosa porque casi nada había que sacar. Sin embargo, Varo lo intentó, y precisamente con el método que se había vuelto habitual mucho tiempo atrás entre procónsules y propretores romanos. Ante todo se trataba de organizar la parte ocupada de Germania lo más rápidamente posible sobre el pie de una provincia romana, de sustituir la autoridad pública indígena, que hasta entonces había subsistido bajo el régimen militar, por la autoridad romana, y hacer así del país una fuente de ingresos, tanto para el fisco como para el procónsul. En consecuencia, Varo intentó «transformar a los germanos con mayor rapidez y energía», «les dio órdenes como a esclavos y les exigió pagos en dinero como a súbditos» (Dión). Y el principal y probado medio de subyugación y extorsión que aplicó aquí fue la suprema potestad judicial de los gobernadores provinciales romanos, que aquí se arrogó, y en virtud de la cual pretendía imponer a los germanos el derecho romano.

Por desgracia, Varo y su misión civilizadora se adelantaron a la historia en casi milenio y medio; pues aproximadamente ese tiempo tardó Alemania en madurar para la «recepción del derecho romano». En efecto, el derecho romano, con su clásico análisis de las relaciones de propiedad privada, tenía que parecer a los germanos puro contrasentido, a unos germanos que la escasa propiedad privada que entre ellos se había desarrollado sólo la poseían en virtud de su propiedad común sobre el suelo y el terreno. Asimismo, a ellos, acostumbrados a hallar derecho y sentencia por sí mismos en pocas horas, en audiencia pública, según tradición heredada, las formas solemnes, las excepciones dilatorias, las eternas prórrogas del proceso romano debían de aparecer como otros tantos medios de denegación de justicia, y el enjambre de abogados y picapleitos que rodeaba al procónsul, como lo que en realidad eran: puros cortacabezas. Y ahora los germanos debían abandonar su cosa libre, en la que el compañero juzgaba al compañero, y someterse al fallo autoritario de un solo hombre que tramitaba en lengua extranjera, que en el mejor de los casos aplicaba un derecho para ellos desconocido y además totalmente inaplicable, y que... estaba personalmente interesado. El libre germano, al que, según Tácito, sólo en raros casos podía castigar el sacerdote, que no perdía la vida y la integridad sino por traición contra su pueblo, y que por lo demás podía expiar cualquier lesión, incluso el homicidio, mediante una compensación (wergeld), y que además estaba habituado a ejercer la venganza de sangre por sí mismo y por sus parientes... ese libre germano debía ahora someterse a las varas y al hacha del lictor. Y todo ello con el único fin de abrir de par en par las puertas a la esquilmación del país mediante impuestos para el fisco, mediante extorsiones y sobornos para el procónsul y sus secuaces.

Pero Varo se había equivocado en sus cálculos. Los germanos no eran sirios. Con su civilización romana impuesta a la fuerza, sólo les impresionaba en un aspecto. Lo único que mostraba a las tribus vecinas, forzadas a la alianza, era qué yugo insoportable les aguardaba también a ellas, y con ello les imponía aquella unión que hasta entonces jamás habían logrado hallar.

Varo se hallaba en Germania con tres legiones; Asprenas, con otras dos, en el Bajo Rin, a sólo cinco o seis marchas de Aliso, el punto central de la posición. Frente a semejante poderío, sólo un golpe decisivo preparado larga y cuidadosamente, pero asestado de súbito, ofrecía perspectivas de éxito. El camino de la conspiración estaba, pues, trazado. Organizarla fue obra de Arminio.

Arminio, de la nobleza tribal querusca, hijo de Segimero, quien parece haber sido un duque de séquito en su pueblo, había pasado su primera juventud en el servicio militar romano, dominaba la lengua y las costumbres romanas, era un huésped frecuente y bien visto en el cuartel general romano, y su lealtad parecía estar por encima de toda duda. Aun en vísperas del ataque, Varo confiaba en él a ojos cerrados. Veleyo lo llama

«un joven de noble estirpe, de mano valerosa, de espíritu ágil, más de lo que suelen serlo los bárbaros, un joven de cuyo rostro y ojos irradiaba fuego espiritual, que había sido nuestro constante acompañante en las campañas anteriores» (es decir, contra los germanos) «y que, junto a la ciudadanía romana, poseía el rango de caballero romano».

Pero Arminio era más que todo eso, era un gran estadista y un notable jefe militar. Una vez decidido a poner fin al dominio romano en la orilla derecha del Rin, aplicó sin reparos los medios necesarios. Era preciso ganarse, al menos en su mayor parte, a la nobleza de los queruscos que dirigía la hueste y que ya estaba muy dominada por la influencia romana; había que atraer a la conjura a los catos y a los caucos, y más aún a los brúcteros y sicambros que se hallaban directamente bajo el yugo romano. Todo ello requería tiempo, por mucho que las exacciones de Varo hubiesen preparado el terreno; y durante ese tiempo se trataba de adormecer a Varo. Así se hizo, tomándole por su afición favorita, la de impartir justicia, y burlándose de él por completo. Los germanos, cuenta Veleyo,

«son, cosa que apenas creerá quien no lo haya experimentado, pese a su extrema fiereza, cabezas redomadamente astutas y una raza como nacida para mentir»;

los germanos «le presentaban toda una serie de litigios inventados; unas veces se querellaban sin motivo unos contra otros, otras le daban las gracias por resolverlo todo con justicia romana, diciéndole que su fiereza comenzaba ya a ceder ante la nueva disciplina y el orden desconocidos y que aquello que antes solía dirimirse con las armas se arreglaba ahora según derecho y equidad. Así lo indujeron a la mayor despreocupación, hasta tal punto que él creía administrar justicia como pretor urbano en el Foro, y no mandar un ejército en medio de tierras germanas.»

Así transcurrió el verano del año 9. Para asegurar aún más el éxito, se había inducido a Varo a dispersar sus tropas mediante toda clase de destacamentos, cosa que, dado el carácter del hombre y las circunstancias, no podía resultar difícil.

«Varo –dice Dión– no mantenía reunidas sus fuerzas como corresponde en territorio enemigo, sino que entregaba los soldados, por grupos, a gente menesterosa que los solicitaba, ya para custodiar algún puesto fuerte, ya para capturar salteadores, ya para escoltar transportes de trigo.»

Entretanto, los principales conjurados, en especial Arminio y Segimero, estaban siempre a su lado y con frecuencia a su mesa. Según Dión, Varo fue advertido ya entonces, pero su confianza no conocía límites. Por fin, en otoño, cuando todo estaba dispuesto para el golpe y se había atraído a Varo con el grueso de sus fuerzas al país de los queruscos, hasta el Weser, una fingida rebelión a cierta distancia dio la señal. Aun cuando Varo recibió esta noticia y dio la orden de ponerse en marcha, le previno otro caudillo querusco, Segestes, quien al parecer mantenía con la familia de Arminio una especie de enemistad de clan. Varo no quiso creerle. Entonces Segestes le propuso encadenarlo a él mismo, a Arminio y a los demás caudillos queruscos antes de emprender la marcha; el desenlace mostraría, luego, quién tenía razón. Pero la confianza de Varo era inquebrantable, incluso cuando, a su partida, los conjurados se quedaron atrás con el pretexto de reunir aliados y unírsele después.

Y así ocurrió en efecto, pero no como Varo esperaba. La tropa querusca ya estaba reunida. Lo primero que hizo fue aniquilar a los destacamentos romanos que estaban acantonados entre ellos y que antes ellos mismos habían solicitado, para luego caer sobre el flanco de Varo durante su marcha. Éste avanzaba por malos caminos forestales, pues aquí, en el país de los queruscos, no había todavía calzadas militares romanas. Atacado por sorpresa, reconoce al fin su situación, se sobrepone y muestra a partir de entonces al general romano... pero demasiado tarde. Hace cerrar filas a sus tropas, ordena y protege, como puede en los estrechos senderos y en los densos bosques, el numeroso bagaje de mujeres, niños, carros, acémilas, etc., y se vuelve hacia su base de operaciones –que hemos de suponer era Aliso–. La lluvia torrencial reblandeció el terreno, entorpeció la marcha y deshizo una y otra vez el orden ante el excesivo bagaje. Varo consiguió, con graves pérdidas, alcanzar una montaña densamente boscosa, que ofrecía, no obstante, espacio libre para un campamento de fortuna, el cual fue ocupado y atrincherado con bastante orden y según lo prescrito; el ejército de Germánico, que visitó el lugar seis años después, reconoció en él aún claramente la «obra de tres legiones». Con la decisión que la situación exigía, Varo mandó quemar allí todos los carros y piezas de equipaje que no fueran absolutamente necesarios. Al día siguiente atravesó un terreno abierto, pero volvió a sufrir pérdidas tan cuantiosas que las tropas se dispersaron aún más, y al anochecer ya no pudo fortificarse el campamento conforme a las reglas; Germánico sólo encontró un terraplén medio derruido y un foso somero. Al tercer día la marcha discurrió de nuevo por montes boscosos, y aquí Varo y la mayoría de los jefes perdieron el ánimo. Varo se quitó la vida, y las legiones fueron aniquiladas casi hasta el último hombre. Sólo la caballería escapó a las órdenes de Vala Numonio; también algunos fugitivos de la infantería parecen haberse salvado en Aliso. Aliso mismo resistió aún algún tiempo, ya que los germanos desconocían el ataque regular de asedio; más tarde la guarnición se abrió paso, total o parcialmente. Asprenas, amedrentado, parece haberse limitado a un breve avance para recibirlos. Brúcteros, sicambros, todos los pueblos menores se alzaron; el poder romano fue arrojado de nuevo a la otra orilla del Rin.

Mucho se ha discutido sobre las localidades de esta campaña. Lo más probable es que Varo, antes de la batalla, se hallara en la cuenca de Rinteln, en algún lugar entre Hausberge y Hameln; que la rebelión fingida y la retirada decidida tras el primer ataque se encaminaran hacia la Garganta de Dören, cerca de Detmold, que forma un paso llano y ancho a través del Osning. Ésta es, en general, la opinión que ha llegado a ser tradicional, y concuerda tanto con las fuentes como con las necesidades militares de la situación bélica. Si Varo alcanzó la Garganta de Dören sigue siendo incierto; el hecho de que la caballería y, tal vez, la vanguardia de la infantería lograran abrirse paso parece abonar esa hipótesis.

La noticia del aniquilamiento de las tres legiones y del levantamiento de toda la Germania occidental cayó sobre Roma como un rayo. Ya se veía a Arminio cruzar el Rin e insurreccionar la Galia, y a Marbod, por el otro lado, atravesar el Danubio y arrastrar consigo a los panonios, apenas domeñados, en una expedición a través de los Alpes. E Italia estaba ya tan agotada que apenas podía proporcionar más tropas. Dión cuenta cómo entre la ciudadanía sólo quedaban unos pocos jóvenes aptos para las armas, cómo los de más edad se resistían a alistarse, de suerte que Augusto los castigaba con la confiscación de bienes y a algunos incluso con la muerte; cómo, por fin, el emperador reunió a duras penas, con libertos y veteranos ya licenciados, algunas tropas para proteger Roma, desarmó a su guardia personal germana y expulsó de la ciudad a todos los germanos.

Pero Arminio no cruzó el Rin, Marbod no pensó en ataque alguno y, así, Roma pudo entregarse sin estorbo a sus arrebatos de cólera contra los «germanos perjuros». Ya vimos cómo los describe Veleyo, como «cabezas redomadamente astutas, un pueblo como nacido para mentir». Lo mismo Estrabón. Éste nada sabe de «fidelidad alemana» y «perfidia latina», sino todo lo contrario. Mientras que a los celtas los califica de «sencillos y sin falsía», tan cándidos que «corren al combate a la vista de todos y sin precaución, de modo que la victoria es fácil para sus adversarios», dice de los germanos:

«Contra ellos siempre fue ventajoso no fiarse; pues aquellos en quienes se confió causaron grandes daños, por ejemplo los queruscos, con los cuales perecieron en una emboscada, violando los tratados, tres legiones y su general Varo.»

Y para qué hablar de los indignados y sedientos de venganza versos de Ovidio. Se cree estar leyendo a escritores franceses de la mejor época chovinista, que vuelcan el cáliz de su ira sobre la felonía de Yorck y la traición de los sajones en Leipzig. Los germanos habían conocido de sobra la fidelidad a los tratados y la rectitud de los romanos cuando César atacó a los usípetes y téncteros durante las negociaciones y la tregua; la habían conocido cuando Augusto mandó apresar a los embajadores de los sicambros, tras haberse negado a toda negociación con las tribus germanas antes de su llegada. Es común a todos los pueblos conquistadores el embaucar a sus adversarios de todas las maneras; y esto lo tienen por muy en orden; pero en cuanto los adversarios se permiten lo mismo, aquéllos lo llaman perjurio y traición. Ahora bien, los medios que se emplean para subyugar deben también ser lícitos para sacudir el yugo. Mientras haya pueblos y clases explotadores y dominantes, de un lado, y pueblos y clases explotados y dominados, de otro, mientras tanto será el empleo de la astucia, al lado del de la fuerza, una necesidad en ambas partes, contra la cual toda prédica moral seguirá siendo impotente.

Por muy infantil que sea la fantástica estatua erigida a Arminio cerca de Detmold –tuvo al menos la única virtud de inducir a Luis Napoleón a levantar un coloso fantástico igualmente ridículo de Vercingétorix en un monte cercano a Alise-Sainte-Reine–, no es menos cierto que la batalla de Varo constituye uno de los puntos de inflexión más decisivos de la historia. Con ella quedó sellada de una vez por todas la independencia de Germania respecto a Roma. Mucho puede discutirse vanamente acerca de si esta independencia fue para los propios germanos una ganancia tan grande; lo seguro es que sin ella toda la historia habría tomado otro rumbo. Y si, en realidad, toda la historia posterior de los germanos representa casi exclusivamente una larga serie de desgracias nacionales –en buena parte por culpa propia–, de tal suerte que incluso los éxitos más halagüeños redundan casi siempre en perjuicio del pueblo, fuerza es decir, no obstante, que los germanos tuvieron decididamente suerte aquí, al comienzo de su historia.

Fueron las últimas fuerzas vitales de la república agonizante las que César había empleado para someter la Galia. Las legiones, que desde Mario se componían de soldados mercenarios reclutados, aunque todavía exclusivamente itálicos, se extinguieron literalmente a partir de César, a medida que los propios itálicos se extinguían bajo los latifundios que se extendían vorazmente y su explotación mediante esclavos. Los 150.000 hombres que formaban la infantería cerrada de las 25 legiones solo podían mantenerse unidos recurriendo a los medios más extremos. El servicio de veinte años no se cumplía; los veteranos licenciados eran obligados a permanecer bajo las banderas por tiempo indefinido. Esa fue la causa principal del motín de las legiones del Rin a la muerte de Augusto, que Tácito describe tan vívidamente y que, en su extraña mezcla de insubordinación y disciplina, recuerda tan vivamente los motines de los soldados españoles de Felipe II en los Países Bajos, atestiguando en ambos casos la sólida estructura del ejército, al que el príncipe había quebrantado la palabra empeñada. Hemos visto cuán vano fue el intento de Augusto, tras la batalla de Varo, de volver a poner en vigor las antiguas leyes de reclutamiento, largo tiempo en desuso; cómo tuvo que recurrir a veteranos ya licenciados e incluso a libertos –ya los había alistado una vez durante la sublevación panónica–. El reemplazo de los hijos libres de los campesinos itálicos había desaparecido junto con los propios campesinos itálicos libres. Cada nuevo contingente de reemplazo que se incorporaba a las legiones empeoraba la calidad del ejército. Y como, no obstante, era preciso cuidar en lo posible estas legiones, núcleo difícil de mantener de todo el poderío militar, las tropas auxiliares pasan cada vez más a primer plano, libran las batallas en las que las legiones solo forman ya la reserva, tanto que ya en tiempos de Claudio los bátavos podían decir: con la sangre de las provincias se conquistaban las provincias.

Con un ejército así, cada vez más ajeno a la disciplina y solidez antiguas romanas y, por tanto, a la manera de combatir antigua romana, compuesto cada vez más de provinciales y, finalmente, incluso en su mayor parte de bárbaros extraños al imperio, ya apenas se podían emprender grandes guerras ofensivas; pronto tampoco librar grandes batallas ofensivas. La degeneración del ejército relegó al Estado a la defensiva, que al principio se llevaba aún con carácter ofensivo, pero pronto fue haciéndose cada vez más pasiva, hasta que finalmente el peso principal del ataque, pasado enteramente al lado de los germanos, irrumpió incontenible en toda la línea desde el Mar del Norte hasta el Mar Negro, a través del Rin y el Danubio.

Mientras tanto, para asegurar la propia línea del Rin, era preciso volver a hacer sentir a los germanos en su propio territorio la superioridad de las armas romanas. Con este fin, Tiberio se apresuró a acudir al Rin, restableció la disciplina relajada mediante su propio ejemplo y severos castigos, limitó el bagaje del ejército móvil a lo más indispensable y recorrió la Germania occidental en dos campañas (años 10 y 11). Los germanos no presentaron batallas decisivas, y los romanos no se atrevieron a establecer sus cuarteles de invierno en la margen derecha del Rin. Si Aliso y el fortín levantado en la desembocadura del Ems, en el país de los caucos, mantuvieron también guarnición permanente durante el invierno, no se dice, pero es de suponer.

En agosto del año 14 murió Augusto. Las legiones del Rin, a las que no se les había cumplido ni la licencia tras el servicio cumplido ni el pago de la soldada, se negaron a reconocer a Tiberio y proclamaron emperador a Germánico, hijo de Druso. Éste sofocó personalmente el motín, restableció la obediencia de las tropas y las condujo a Germania en tres campañas descritas por Tácito. Allí le salió al encuentro Arminio, que se reveló como un general plenamente digno de su adversario. Trató de evitar toda batalla decisiva en campo abierto, de obstaculizar en lo posible la marcha de los romanos y de atacarlos solo en pantanos y desfiladeros, donde no podían desplegarse. Pero los germanos no siempre le siguieron. El ardor combativo los arrastraba a menudo a combates en condiciones desfavorables; el ansia de botín salvó más de una vez a los romanos, ya atrapados en la trampa. Así, Germánico obtuvo dos victorias estériles en Idistaviso y junto al muro fronterizo de los angrivarios, escapó a duras penas en las retiradas por los desfiladeros de los pantanos, perdió barcos y tripulaciones a causa de las tempestades y las olas en la costa frisia y, finalmente, tras la campaña del año 16, fue llamado por Tiberio. Con ello, las expediciones romanas al interior de Germania tocaron a su fin.

Pero los romanos sabían demasiado bien que solo se domina una línea fluvial si se domina también el paso a la orilla opuesta. Lejos de retirarse pasivamente detrás del Rin, la defensiva romana se traslada a la margen derecha. Los terraplenes romanos que cubren el territorio del bajo Lippe, el Ruhr y el Wupper en grandes grupos que, al menos en algunos casos, corresponden a los pagos posteriores, y las calzadas militares construidas desde el Rin hasta el límite del condado de Mark, permiten suponer que aquí existía un sistema de obras defensivas cuyo trazado desde el Ijssel hasta el Sieg correspondía a la actual línea fronteriza entre francos y sajones, con algunas desviaciones respecto al límite de la provincia del Rin frente a Westfalia. Este sistema, que en el siglo VII probablemente seguía siendo en cierta medida apto para la defensa, habría sido también el que mantuvo alejados del Rin a los sajones que entonces avanzaban y fijó así su actual límite tribal frente a los francos. Los descubrimientos más interesantes en esta zona no se han realizado hasta los últimos años (por J. Schneider), de modo que es de esperar que sigan produciéndose otros.

Más arriba del Rin se fue construyendo paulatinamente, sobre todo bajo Domiciano y Adriano, la gran muralla fronteriza romana, que va desde aguas abajo de Neuwied, pasando por la altura de Montabaur, hasta Ems; allí cruza el Lahn, en Adolfseck gira hacia el oeste, sigue la ladera septentrional del Taunus, incluyendo como punto más septentrional Grüningen en la Wetterau, y desde allí, en dirección sursureste, alcanza el Meno al sur de Hanau. A partir de aquí, la muralla sigue por la orilla izquierda del Meno hasta Miltenberg, y desde allí, en línea recta solo interrumpida una vez, hasta el Rems de Württemberg, cerca del castillo de Hohenstaufen. Aquí, la línea continuada posteriormente, probablemente bajo Adriano, gira hacia el este, pasa por Dinkelsbühl, Gunzenhausen, Ellingen y Kipfenberg, y alcanza el Danubio cerca de Irnsing, aguas arriba de Kelheim. Detrás de la muralla se encontraban pequeñas fortificaciones y, a mayor distancia, plazas fuertes más grandes como reserva. El territorio de la margen derecha del Rin así encerrado, que al menos al sur del Meno había permanecido baldío desde la expulsión de los helvecios por los suevos, fue poblado, según Tácito, por vagabundos galos, rezagados de las tropas.

Así, en el Rin, el Pfahlgraben y el Danubio fueron instaurándose poco a poco condiciones más tranquilas y seguras. Continuaban los combates y las correrías, pero las fronteras territoriales respectivas permanecieron inalteradas durante un par de cientos de años.

Progresos hasta la época de las grandes migraciones

 Con Tácito y Ptolomeo se agotan las fuentes escritas sobre las condiciones y acontecimientos en el interior de Germania. En su lugar se nos abre otra serie de fuentes mucho más vívidas: los hallazgos de antigüedades, en la medida en que pueden remontarse al período que nos ocupa.

Ya hemos visto que en tiempos de Plinio y Tácito el comercio de los romanos con el interior de Germania era casi nulo. Sin embargo, en Plinio encontramos la indicación de una antigua ruta comercial, utilizada todavía de vez en cuando en su época, que iba desde Carnuntum (frente a la desembocadura del March en el Danubio) a lo largo del March y el Oder hasta la costa del ámbar. Esta ruta, así como una segunda a través de Bohemia, siguiendo el Elba, fue probablemente utilizada ya en época muy temprana por los etruscos, cuya presencia en los valles septentrionales de los Alpes está atestiguada por numerosos hallazgos, especialmente el de Hallstatt. Se supone que la irrupción de los galos en la Alta Italia puso fin a este comercio (hacia el -400) (Boyd Dawkins). Si se confirma esta opinión, este tráfico comercial etrusco, principalmente importación de objetos de bronce, habría tenido lugar con los pueblos que ocupaban el territorio del Vístula y del Elba antes de los germanos, por tanto, probablemente con celtas, y la inmigración de los germanos habría contribuido entonces a su interrupción tanto como el reflujo de los celtas hacia Italia. Sólo desde esta interrupción parece haber surgido la ruta comercial más oriental, que desde las ciudades griegas del Mar Negro seguía el Dniéster y el Dniéper hasta la zona de la desembocadura del Vístula. Así lo indican las antiguas monedas griegas encontradas en Bromberg, en la isla de Ösel y en otros lugares; entre ellas hay piezas del siglo IV, quizá del siglo V antes de nuestra era, acuñadas en Grecia, Italia, Sicilia, Cirene, etc.

Las rutas comerciales interrumpidas a lo largo del Oder y del Elba tuvieron que restablecerse por sí mismas tan pronto como los pueblos migratorios se aquietaron. En tiempos de Ptolomeo, no sólo éstas, sino también otras vías de comunicación a través de Germania parecen haber vuelto a utilizarse, y donde cesa el testimonio de Ptolomeo, los hallazgos continúan hablando.

C. F. Wiberg(3) ha aclarado aquí muchas cosas mediante una cuidadosa recopilación de los hallazgos y ha aportado la prueba de que en el siglo II de nuestra era se volvieron a utilizar tanto la ruta comercial a través de Silesia, descendiendo por el Oder, como la de Bohemia, descendiendo por el Elba. En Bohemia, Tácito menciona ya a “compradores de botín y comerciantes” (lixae ac negotiatores) “de nuestras provincias, a quienes la codicia y el olvido de la patria habían conducido a territorio enemigo y al campamento de Marobodo”.

Asimismo, los hermúnduros, que desde largo tiempo mantenían amistad con los romanos y que, según Tácito, transitaban sin impedimentos por los territorios decumates y Recia hasta Augsburgo, seguramente distribuyeron mercancías y monedas romanas desde el alto Meno hacia el Saale y el Werra. También más abajo, a lo largo de la muralla fronteriza romana, en el Lahn, se aprecian huellas de una ruta comercial hacia el interior.

La ruta más importante parece haber seguido siendo la que atravesaba Moravia y Silesia. La cuenca divisoria entre el March (o Beva) y el Oder, la única que hay que cruzar, discurre por una abierta región de colinas y se halla a menos de 325 metros sobre el nivel del mar; el ferrocarril pasa aún hoy por aquí. Desde la Baja Silesia se abre la llanura del norte de Alemania y permite que los caminos se ramifiquen en todas direcciones hacia el Vístula y el Elba. En Silesia y Brandeburgo debieron de estar asentados comerciantes romanos en los siglos II y III. Allí encontramos no sólo urnas de vidrio, pequeños frascos de lágrimas y urnas funerarias con inscripciones latinas (Massel, cerca de Trebnitz, en Silesia, y otros lugares), sino incluso bóvedas sepulcrales romanas completas con nichos para urnas (columbarios) (Nachein, cerca de Glogau). También cerca de Warin, en Mecklemburgo, se hallaron tumbas indudablemente romanas. Asimismo, los hallazgos de monedas, objetos metálicos romanos, lámparas de barro, etc., testimonian el tráfico comercial por esta ruta. En general, toda la Alemania oriental, aunque jamás pisada por ejércitos romanos, está como sembrada de monedas y productos manufacturados romanos; estos últimos, a menudo, acreditados por los mismos sellos de fábrica que aparecen en los hallazgos de las provincias del Imperio romano. Lámparas de barro encontradas en Silesia tienen el mismo sello de fabricación que otras encontradas en Dalmacia, Viena, etc. Así aparece el sello: Ti. Robilius Sitalcis en vasos de bronce, uno de los cuales se encontró en Mecklemburgo y otro en Bohemia; esto señala la ruta comercial a lo largo del Elba.

Y entonces, en los primeros siglos después de Augusto, también naves mercantes romanas surcaron el mar del Norte. Lo prueba el hallazgo de Neuhaus an der Oste (desembocadura del Elba), con 344 monedas romanas de plata, de Nero a Marcus Aurelius, y con restos de un navío que probablemente naufragó allí. También a lo largo de la costa meridional del mar Báltico se desarrolló un tráfico marítimo que llegaba hasta las islas danesas, Suecia y Gotland, y con el cual

nos ocuparemos más de cerca. Las distancias entre los diversos puntos de la costa indicadas por Ptolemäus y Marcianus (hacia el año 400) sólo pueden basarse en los informes de comerciantes que habían recorrido aquellas costas. Van desde la costa de Mecklenburgo hasta Danzig y de allí a Scandia. Lo prueban, finalmente, los numerosos hallazgos de procedencia romana en Holstein, Schleswig, Mecklenburgo, Vorpommern, las islas danesas y el sur de Suecia, cuyos lugares de hallazgo se aglomeran con mayor densidad a poca distancia de la costa.

Difícilmente se podrá decidir en qué medida este tráfico comercial romano incluía una importación de armas hacia Germania. Las numerosas armas romanas halladas en Germania pueden muy bien ser botín de guerra, y las autoridades romanas de la frontera hacían naturalmente todo lo posible por cortar el suministro de armas a los germanos. Por la vía marítima, no obstante, pueden haber llegado muchas cosas, especialmente a los pueblos más alejados, por ejemplo, a la península cimbria.

Las demás mercancías romanas que llegaban a Germania por estas diversas vías consistían en ajuar doméstico, adornos y objetos de tocador, etc. El ajuar doméstico comprende: fuentes, medidas, copas, vasijas, utensilios de cocina, coladores, cucharas, tijeras, cazos, etc., de bronce, algunas vasijas de oro o plata, lámparas de arcilla, muy difundidas; los adornos, de bronce, plata u oro: collares, diademas, brazaletes y anillos, broches a la manera de nuestras fíbulas; entre los objetos de tocador encontramos peines, pinzas, cucharillas para los oídos, etc., por no hablar de objetos cuyo uso es discutido. La mayoría de estos productos fabriles surgieron, según admite Worsaae, bajo la influencia del gusto imperante en Roma en el primer siglo.

Es grande la distancia que media entre los germanos de César, e incluso los de Tácito, y el pueblo que se servía de estos utensilios, aun concediendo que esto sólo lo hacían los más distinguidos y ricos. Las “comidas sencillas” con las que, según Tácito, los germanos “sacian el hambre sin mucho aparato (sine apparatu), sin condimentos”, han dejado paso a una cocina que ya se servía de un aparato bastante complicado y que, además de ese aparato, también obtenía de los romanos los condimentos correspondientes. En lugar del desprecio hacia los objetos de oro y plata ha aparecido el placer de adornarse con ellos; en lugar de la indiferencia ante el dinero romano, su difusión por todo el territorio germánico. ¡Y qué decir de los objetos de tocador... la sola presencia de ellos en un pueblo que, según sabemos, inventó el jabón pero sólo supo utilizarlo para teñir el cabello de amarillo, revela ya una transformación incipiente en las costumbres!

En cuanto a lo que los germanos suministraban a los comerciantes romanos a cambio de todo ese dinero contante y de esas mercancías, dependemos ante todo de las noticias de los antiguos, y éstas, como hemos dicho, nos abandonan casi por completo. Plinius menciona legumbres, plumas de ganso, tejidos de lana y jabón como artículos que el Imperio importaba de Germania. Pero este comercio incipiente en la frontera no puede servir de medida para la época posterior. El artículo principal que conocemos era el ámbar, que sin embargo no basta para explicar un tráfico tan extendido por todo el país. El ganado, que constituía la riqueza principal de los germanos, habrá sido también el artículo de exportación más importante; las legiones estacionadas en la frontera bastan por sí solas para garantizar una fuerte demanda de carne. Pieles de animales y peletería, que en tiempos de Jordanes se enviaban desde Escandinavia a la desembocadura del Vístula y de allí a territorio romano, seguramente ya en épocas anteriores hallaron su camino hacia allí desde los bosques de la Germania oriental. Animales salvajes para el circo, opina Wiberg, habrían sido traídos del norte por los navegantes romanos. Pero aparte de osos, lobos y tal vez uros, nada había que recoger allí, y leones, leopardos e incluso osos de África y Asia estaban más cerca y eran más fáciles de obtener. — ¿Esclavos? pregunta por fin Wiberg, casi con vergüenza, y en este punto acertará seguramente. En efecto, los esclavos eran, junto con el ganado, el único artículo que Germania podía exportar en cantidad suficiente para saldar con él su balanza comercial frente a Roma. Sólo Italia consumía, tanto en las ciudades como en los latifundios, una población esclava enorme que se reproducía sólo en una parte muy pequeña. Toda la economía romana de gran propiedad territorial tenía como premisa aquella colosal afluencia de prisioneros de guerra vendidos que, durante las incesantes guerras de conquista de la República en decadencia y todavía de Augusto, afluían a Italia. Eso había llegado ahora a su fin. El Imperio, con fronteras estables, había pasado a la defensiva. Los enemigos vencidos, de entre los cuales se reclutaba la masa de los esclavos, se hacían cada vez más raros en los ejércitos romanos. Había que comprarlos a los bárbaros. ¿Y no iban a aparecer entonces los germanos como vendedores en el mercado? Los germanos, que según Tácito ya vendían esclavos (“Germ[ania]” 24), que vivían en guerra perpetua entre sí, que, como los frisones, pagaban sus impuestos a los romanos, en caso de falta de dinero, entregando a sus mujeres e hijos a la esclavitud, y que ya en el siglo III, si no antes, surcaban el mar Báltico y cuyas incursiones marítimas

en el mar del Norte, desde las expediciones sajonas del siglo III hasta las normandas del siglo X, junto con otras piraterías, tenían como objetivo inmediato principal la caza de esclavos —¡caza de esclavos casi exclusivamente para el comercio!—, esos mismos germanos que pocos siglos más tarde, tanto durante la migración de los pueblos como en sus guerras contra los eslavos, aparecen como los primeros ladrones de esclavos y tratantes de esclavos de su época. O bien hemos de suponer que los germanos del siglo II y III eran gentes completamente distintas de todos los demás vecinos fronterizos de los romanos, y completamente distintas de sus propios descendientes a partir del siglo III, IV y V, o bien hemos de admitir que también ellos participaron activamente en el comercio de esclavos hacia Italia, considerado entonces como algo muy decente e incluso honorable. Y con esto cae también el velo misterioso que, de lo contrario, envuelve el comercio de exportación germano de aquella época.

Aquí hemos de volver al tráfico del mar Báltico en aquella época. Mientras la costa del Kattegat casi no presenta hallazgos romanos, la costa meridional del mar Báltico hasta Livonia, Schleswig-Holstein, el borde meridional y el interior de las islas danesas, la costa sur y sureste de Suecia, Öland y Gotland son muy ricos en ellos. Con mucho, la mayor parte de estos hallazgos pertenecen al llamado período de los denarios, sobre el cual volveremos a hablar y que llega hasta los primeros años del reinado de Septimius Severus, es decir, aproximadamente hasta el año 200. Ya Tácito califica a los suiones de poderosos por sus flotas de remos y dice que honran la riqueza; por tanto, seguramente practicaban ya el comercio marítimo. La navegación que se desarrolló primero en los Belt, los estrechos de Öresund y de Öland, así como en el cabotaje costero, hubo de aventurarse ya en alta mar para incluir en su círculo a Bornholm y Gotland; debió de haber adquirido ya una notable seguridad en el manejo de las embarcaciones para formar ese animado tráfico cuyo centro lo constituye precisamente la isla de Gotland, la más alejada del continente. Aquí, en efecto, hasta 1873
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se han hallado más de 3.200 denarios romanos de plata, frente a unos 100 en Öland, apenas 50 en el continente sueco, 200 en Bornholm, 600 en Dinamarca y Schleswig (de los cuales 428 en un solo hallazgo, Slagelse, en Selandia). El examen de estos hallazgos demuestra que hasta el año 161, en que Marc Aurel llegó a ser emperador, llegaron a Gotland pocos denarios romanos, pero que desde entonces y hasta finales del siglo lo hicieron en masa.

En la última mitad, pues, la navegación del mar Báltico debió de alcanzar ya un desarrollo considerable; que existía ya antes lo prueba la indicación de Ptolemäus, según la cual desde las desembocaduras del Vístula hasta Scandia la distancia era de 1.200 a 1.600 estadios (30 a 40 millas geográficas). Ambas distancias son aproximadamente correctas para la punta oriental de Blekinge como para la punta meridional de Öland o Gotland, según se mida desde Rixhöft o desde Neufahrwasser, respectivamente Pillau. Sólo pueden basarse en informes de marinos, exactamente igual que las otras indicaciones de distancias a lo largo de la costa germana hasta las desembocaduras del Vístula.

Que esta navegación en el mar Báltico no era practicada por los romanos lo indican, en primer lugar, la nebulosidad de todas sus ideas sobre Escandinavia y, en segundo lugar, la ausencia de todo hallazgo de monedas romanas en el Kattegat y en Noruega. El promontorio cimbrio (Skagen), al que llegaron los romanos bajo Augusto y desde el cual vieron extenderse el mar sin fin, parece haber seguido siendo el punto límite de su tráfico marítimo directo. En consecuencia, fueron los propios germanos quienes surcaron el mar Báltico y mantuvieron el tráfico, llevando dinero romano y productos fabriles romanos a Escandinavia. Y esto no puede ser de otro modo. A partir de la segunda mitad del siglo III, las incursiones marítimas sajonas aparecen repentinamente en las costas de la Galia y de Britania, y lo hacen con una audacia y una seguridad que no pudieron haber adquirido de la noche a la mañana, sino que presuponen una larga familiaridad con la navegación en alta mar. Y esa familiaridad sólo pudieron adquirirla los sajones –entre los cuales hemos de incluir aquí a todos los pueblos de la península cimbria, es decir, también a frisones, anglos, jutos– en el mar Báltico. Este gran mar interior, sin flujo ni reflujo, al cual los vientos atlánticos del sudoeste sólo llegan después de haberse desfogado en gran parte sobre el mar del Norte, esta cuenca alargada con sus numerosas islas, bodden y estrechos, donde al pasar de una orilla a otra se pierde de vista la tierra a lo sumo por poco tiempo, parecía creado expresamente para servir de aguas de entrenamiento a una navegación en desarrollo. Aquí, ya las imágenes rupestres suecas atribuidas a la Edad del Bronce, con sus numerosas representaciones de barcas de remos, señalan hacia una antiquísima navegación. Aquí, el hallazgo del pantano de Nydam, en Schleswig, nos ofrece una embarcación de principios del siglo III, de 70 pies de largo por 8 a 9 de ancho, construida con tablas de roble, perfectamente apta para la navegación en alta mar. Aquí se formó en silencio aquella técnica de construcción naval y aquella experiencia marinera que hicieron posibles a sajones y normandos sus posteriores expediciones de conquista

en alta mar y sobre la base de las cuales la estirpe germánica se halla hasta hoy al frente de todos los pueblos marítimos del mundo.

Las monedas romanas llegadas a Germania hasta finales del siglo II eran predominantemente denarios de plata (1 denario = 1,06 marcos). Y, según nos informa Tácito, los germanos preferían las monedas antiguas, conocidas desde mucho tiempo atrás, de borde dentado y con la biga en el cuño. En efecto, entre las monedas más antiguas se han encontrado muchas de estas serrati bigatique. Estas monedas antiguas tenían solo un 5 a 10 por ciento de adición de cobre. Ya Trajano hizo añadir un 20 por ciento de cobre a la plata; los germanos no parecen haberlo notado. Pero cuando Septimio Severo, a partir de 198, elevó la adición al 50 o 60 por ciento, esto les resultó demasiado a los germanos; los denarios posteriores de baja ley aparecen solo excepcionalmente en los hallazgos; la importación de moneda romana cesó. No se reanudó hasta que Constantino, en 312, fijó el sólido de oro como unidad monetaria (72 por libra romana de oro fino de 327 g; es decir, 1 sólido = 4,55 g de oro fino = 12,70 marcos), y entonces son sobre todo monedas de oro, sólidos, las que llegan a Germania, y aún más a Öland y especialmente a Gotland. Este segundo período de importación de moneda romana, el período del sólido, se extiende, para las monedas romano-occidentales, hasta el fin del Imperio de Occidente; para las bizantinas, hasta Anastasio (muerto en 518). Los hallazgos se concentran mayormente en Suecia, las islas danesas y algunos en la costa alemana del Báltico; en el interior de Germania son muy esporádicos.

La falsificación de moneda por Septimio Severo y sus sucesores no basta, sin embargo, para explicar la repentina interrupción del comercio entre germanos y romanos. Tuvieron que añadirse otras causas. Una radica manifiestamente en las circunstancias políticas. Desde principios del siglo III comienza la guerra ofensiva de los germanos contra los romanos, y hacia 250 está encendida en toda la línea, desde la desembocadura del Danubio hasta el delta del Rin. Naturalmente, en estas circunstancias no podía existir un comercio regular entre los beligerantes. Pero estas mismas guerras ofensivas, repentinas, generales y tenaces, requieren a su vez una explicación. No se encuentra en la situación interior romana; el Imperio, al contrario, ofrece todavía en todas partes una resistencia exitosa y entre determinados períodos de desenfrenada anarquía sigue produciendo emperadores enérgicos, precisamente en esta época. Los ataques deben, pues, estar condicionados por transformaciones operadas entre los propios germanos. Y aquí son de nuevo los hallazgos los que proporcionan la explicación.

A principios de los años sesenta de nuestro siglo se hicieron en dos turberas de Schleswig hallazgos de extraordinaria importancia, rescatados cuidadosamente por Engelhardt en Copenhague y depositados, tras diversas peripecias, en el Museo de Kiel. Lo que los distingue de otros hallazgos de índole similar son las monedas que los acompañan, las cuales permiten determinar su antigüedad con bastante seguridad. El uno, procedente de la turbera de Taschberg (Thorsbjerg, para los daneses) cerca de Süderbrarup, contiene 37 monedas desde Nerón hasta Septimio Severo; el otro, de la turbera de Nydam, una bahía marina encenagada y convertida en turba, 34 monedas desde Tiberio hasta Macrino (218). Los hallazgos pertenecen, pues, sin duda alguna, al período de 220 a 250. Pero no contienen solo objetos de origen romano, sino también otros numerosos fabricados en el propio país, que, gracias a su casi completa conservación por el agua ferruginosa de la turbera, nos revelan de modo sorprendente el estado de la industria metalúrgica, la tejeduría, la construcción naval y, por medio de los signos rúnicos, también el uso de la escritura en la primera mitad del siglo III.

Y aquí nos sorprende aún más el nivel de la industria misma. Los tejidos finos, las delicadas sandalias y la correería limpiamente trabajada indican un nivel de cultura mucho más alto que el de los germanos de la época de Tácito; pero lo que causa especial asombro son los trabajos metalúrgicos autóctonos.

Que los germanos trajeron de su patria asiática el conocimiento del uso de los metales lo demuestra la lingüística comparada. Tal vez poseyeron también el conocimiento de la extracción y la elaboración de metales, pero apenas lo conservaban ya cuando chocaron con los romanos. Al menos en los escritores del siglo I no hay indicio alguno de que entre el Rin y el Elba se extrajese o elaborase hierro o bronce; más bien permiten inferir lo contrario. De los cotinos (¿en la Alta Silesia?) dice Tácito, ciertamente, que extraían hierro, y Ptolomeo atribuye herrerías a los cuados, sus vecinos; a ambos puede haberles llegado de nuevo el conocimiento de la fundición desde el Danubio. También los hallazgos del siglo I, atestiguados por monedas, no muestran en parte alguna productos metálicos autóctonos, sino solo romanos; ¿cómo habrían llegado a Germania las masas de artículos metálicos romanos si allí hubiese existido una elaboración propia de metales? Ciertamente se encuentran en Germania antiguos moldes de fundición, piezas de fundición inacabadas y desechos de fundición de bronce, pero siempre sin monedas que acrediten su antigüedad; con toda probabilidad, huellas de la época pregermánica, restos de la actividad de fundidores de bronce etruscos ambulantes. Por lo demás, es ocioso preguntarse si los germanos inmigrantes habían perdido por completo la metalurgia; todos los hechos indican que en el siglo I no practicaban de hecho ninguna o casi ninguna elaboración de metales.

Y he aquí que de repente surgen los hallazgos de la turbera de Taschberg y nos desvelan una inesperada altura de la industria metalúrgica autóctona. Hebillas, placas metálicas para guarniciones, adornadas con cabezas de animales y de hombres; un yelmo de plata con encuadramiento facial completo, que solo deja libres los ojos, la nariz y la boca; cotas de malla de alambre tejido, que presuponen un trabajo sumamente penoso, ya que el alambre tenía que ser primero martillado (el estirado del alambre se inventó en 1306); un anillo de oro para la cabeza, por no mencionar otros objetos cuyo origen autóctono podría ponerse en duda. Con estas piezas concuerdan otras de la turbera de Nydam, así como hallazgos de turberas de Fionia y, finalmente, un hallazgo bohemio (Hořovice), descubierto igualmente a principios de los sesenta: magníficos discos de bronce con cabezas humanas, broches abombados, etc., enteramente al estilo de los de Taschberg, por lo que probablemente pertenecen también al mismo período.

A partir del siglo III, la industria metalúrgica debió de extenderse, con creciente perfeccionamiento, por todo el territorio germánico; hasta la época de la migración de los pueblos, digamos, hasta finales del siglo V, alcanzó un nivel relativamente muy alto. No solo se elaboraban regularmente hierro y bronce, sino también oro y plata; se imitaron monedas romanas en los bracteatos de oro; se doraban los metales no nobles; aparecen trabajos de incrustación, esmalte y filigrana; en piezas a menudo de forma tosca en conjunto, se muestran adornos sumamente artísticos y de buen gusto, solo en parte imitados de los romanos —esto último vale especialmente para las hebillas y fíbulas o prendedores, en los que ciertas formas características aparecen por doquier. En el Museo Británico hay fíbulas de Kertch, en el mar de Azov, junto a otras muy similares halladas en Inglaterra; podrían proceder de la misma fábrica. El estilo de estos trabajos es, en sus rasgos fundamentales, el mismo —con frecuentes y marcadas particularidades locales— desde Suecia hasta el bajo Danubio y desde el mar Negro hasta Francia e Inglaterra. Este primer período de la industria metalúrgica germánica desaparece en el continente con el final de la migración de los pueblos y la adopción general del cristianismo; en Inglaterra y Escandinavia se mantiene algo más.

Cuán generalmente difundida estaba esta industria entre los germanos en los siglos VI y VII y en qué medida se había ya separado como rama artesanal particular lo demuestran las leyes de los pueblos. Herreros, forjadores de espadas, orfebres de oro y plata se mencionan con frecuencia, y en la ley alamana incluso aquellos que están oficialmente examinados (publice probati). La ley bávara castiga el robo en una iglesia, en la corte ducal, en una herrería o en un molino con una pena más alta, «porque estos cuatro edificios son casas públicas y siempre están abiertos». En la ley frisia el orfebre tiene un wergeld superior en una cuarta parte al de las demás personas de su estado; la ley sálica tasa al siervo común en 12 sólidos, pero al que es herrero (faber) en 35.

De la construcción naval ya hemos hablado. Las embarcaciones de Nydam son barcas de remos; la mayor, de roble, para catorce pares de remeros; la menor es de madera de pino. Los remos, el timón y los achicadores yacían aún en ellas. Solo después de que los germanos empezaron a navegar también por el mar del Norte, parece que adoptaron de romanos y celtas el uso de las velas.

La alfarería ya les era conocida en tiempos de Tácito, aunque sin duda solo alfarería manual. Los romanos tenían grandes alfares en la frontera, especialmente dentro del muro fronterizo, en Suabia y Baviera, donde, como prueban los nombres de los obreros marcados al fuego, también trabajaban germanos. Con ellos debió de llegar a Germania el conocimiento del vidrio fundido y del torno de alfarero, así como una mayor habilidad técnica. También la fabricación de vidrio llegó a ser conocida por los germanos que irrumpieron a través del Danubio; en Baviera y Suabia se han encontrado a menudo vasijas de vidrio, cuentas de vidrio de colores e incrustaciones de vidrio en objetos metálicos, todas de origen germánico.

Finalmente, encontramos ahora la escritura rúnica generalmente difundida y en uso. El hallazgo de Taschberg contiene una vaina de espada y un umbo de escudo marcados con runas. Las mismas runas las encontramos en un anillo de oro hallado en Valaquia, en fíbulas de Baviera y Borgoña y, por último, en las más antiguas piedras rúnicas de Escandinavia. Es el alfabeto rúnico más completo, a partir del cual se desarrollaron más tarde las runas anglosajonas; contiene siete caracteres más que la serie rúnica nórdica que posteriormente prevaleció en Escandinavia, y apunta, además, a una forma lingüística más antigua que aquella en que se nos ha conservado el nórdico más antiguo. Por lo demás, era un sistema de escritura sumamente torpe, modificado a partir de letras romanas y griegas de modo que pudiera grabarse (writen) cómodamente en piedra o metal, y sobre todo en varillas de madera. Las formas redondas tuvieron que ceder el paso a las angulosas; solo eran posibles trazos verticales u oblicuos, ninguno horizontal, todo ello debido a la fibra de la madera; pero precisamente por eso resultaba extremadamente inhábil para la escritura sobre pergamino o papel. Y, de hecho, por lo que podemos juzgar, sirvió casi solo para fines de culto y hechicería, para inscripciones y, probablemente, también para otras comunicaciones breves; en cuanto surgió la necesidad de una verdadera escritura libraria, como entre los godos y más tarde entre los anglosajones, se la desechó y se emprendió una nueva adaptación del alfabeto griego o romano, en la que solo se conservaron algunos signos rúnicos.

Por último, los germanos debieron de hacer también, durante el período aquí tratado, progresos significativos en la agricultura y la ganadería. La restricción a asentamientos fijos los obligó a ello; el enorme incremento de la población, que se desborda en la migración de los pueblos, habría sido imposible sin esos progresos. Muchos trechos de bosque virgen tuvieron que ser roturados, y probablemente la mayoría de los «campos elevados» —terrenos forestales que muestran huellas de antiquísima agricultura— pertenecen a este período, en la medida en que se hallan en el territorio germánico de entonces. Faltan aquí, naturalmente, las pruebas específicas. Pero si ya Probo, a fines del siglo III, prefería caballos germánicos para su caballería, y si el gran vacuno blanco que en las comarcas sajonas de Britania ha desplazado al pequeño vacuno negro celta fue llevado allí por los anglosajones, como hoy se admite, esto indica también una revolución completa en la ganadería y, con ella, en la agricultura de los germanos.

El resultado de nuestra investigación es que los germanos, desde César hasta Tácito, habían realizado un progreso considerable en la civilización, pero que desde Tácito hasta el comienzo de las grandes migraciones —unos 400 años— avanzaron aún con mucha mayor rapidez. El comercio llegó hasta ellos, les trajo productos industriales romanos y, con ello, al menos en parte, necesidades romanas; despertó una industria propia que, si bien se apoyaba en modelos romanos, se desarrolló con total independencia. Los hallazgos de las turberas de Schleswig representan la primera etapa cronológicamente determinable de esta industria; los hallazgos de la época de las migraciones, la segunda, que muestra un desarrollo superior. Es característico que las tribus más occidentales quedaran decididamente a la zaga de las del interior y, sobre todo, de las de las costas del Báltico. Los francos y alamanes, y más tarde los sajones, producen objetos de metal de factura inferior a los de los anglosajones, los escandinavos y los pueblos que partieron del interior —los godos del Mar Negro y del bajo Danubio, los burgundios en Francia—. La influencia de las antiguas rutas comerciales desde el Danubio medio a lo largo del Elba y el Óder es aquí innegable. Al mismo tiempo, los habitantes de las costas se convierten en hábiles constructores de barcos y audaces marinos; por doquier la población aumenta vertiginosamente; el territorio, constreñido por los romanos, ya no basta; surgen primero en el lejano oriente nuevas migraciones de tribus en busca de tierras, hasta que, finalmente, la masa ondulante se desborda incontenible por todos los extremos y confines, tanto por tierra como por mar, hacia nuevos territorios.

Nota: Las tribus germánicas

Al interior de la Gran Germania los ejércitos romanos solo penetraron por unas pocas rutas de marcha y durante un breve período, y aun así solo hasta el Elba; comerciantes y otros viajeros también llegaron hasta la época de Tácito solo rara vez y no muy adentro. No es de extrañar que las noticias sobre este país y sus habitantes sean tan insuficientes y contradictorias; más bien es sorprendente que, aun así, hayamos llegado a saber tantas cosas seguras.

En cuanto a las fuentes mismas, los dos geógrafos griegos solo son incondicionalmente utilizables allí donde encuentran confirmación independiente. Ambos eran eruditos de gabinete, compiladores, y a su modo y según sus medios también críticos escrutadores de un material que hoy en gran parte hemos olvidado. Carecían de conocimiento personal del país. Estrabón hace que el Lippe, tan bien conocido por los romanos, desemboque no en el Rin, sino en el Mar del Norte, paralelo al Ems y al Weser, y es lo bastante honesto para confesar que la región más allá del Elba es completamente desconocida. Mientras que él se desembaraza de las contradicciones de sus fuentes y de sus propias dudas mediante un racionalismo ingenuo, que a menudo recuerda los comienzos de nuestro siglo, el geógrafo científico Ptolomeo intenta asignar a las distintas tribus germánicas mencionadas en sus fuentes lugares matemáticamente determinados en la implacable red de coordenadas de su mapa. Por grandiosa que fuera la obra de conjunto de Ptolomeo para su época, tan desorientadora es su geografía de Germania. En primer lugar, las noticias de que disponía son en su mayoría imprecisas y contradictorias, a menudo directamente falsas. En segundo lugar, su mapa está deformado, los cursos de los ríos y las cadenas montañosas en gran parte introducidos de manera totalmente incorrecta. Es como si un geógrafo berlinés que no hubiera viajado, hacia 1820, se sintiera obligado a llenar el espacio vacío en el mapa de África armonizando las noticias de todas las fuentes desde León el Africano y asignando a cada río y cada montaña un curso determinado, a cada pueblo una sede exacta. En tales intentos de lograr lo imposible, los errores de las fuentes utilizadas tienen que acentuarse aún más. Así, Ptolomeo sitúa muchos pueblos por duplicado; lacobardos en el bajo Elba, longobardos desde el Rin medio hasta el Elba medio; conoce una doble Bohemia, una habitada por marcomanos, la otra por bainocaimos, etcétera. Si Tácito dice expresamente que no había ciudades en Germania, Ptolomeo, apenas 50 años más tarde, ya sabe enumerar 96 lugares con nombre. Algunos de estos nombres pueden ser topónimos correctos; parece que Ptolomeo recopiló muchas noticias de comerciantes que por esa época visitaban ya en mayor número el este de Alemania y que iban conociendo los nombres, que se fijaban paulatinamente, de los lugares que visitaban. De dónde proceden otros lo muestra el ejemplo de la supuesta ciudad de Siatutanda, que nuestro geógrafo extrae de las palabras de Tácito *ad sua tutanda* [para su protección], probablemente de un manuscrito defectuoso. Junto a esto se encuentran noticias de una precisión sorprendente y del más alto valor histórico. Así, Ptolomeo es el único entre los antiguos que sitúa a los longobardos, aunque bajo el nombre deformado de lacobardos, exactamente en el lugar donde aún hoy Bardengau y Bardenwic dan testimonio de ellos; igualmente a los ingriones en el Engersgau, donde todavía hoy existe Engers, en el Rin, cerca de Neuwied. Del mismo modo, también él solo, menciona los nombres de los galindios y suditas lituanos, que aún hoy subsisten en las comarcas de la Prusia oriental de Gelünden y Sudauen. Pero tales casos solo prueban su gran erudición, no la exactitud de sus demás indicaciones. Para colmo, el texto está terriblemente corrompido, sobre todo en lo tocante a lo principal, los nombres.

La fuente más directa siguen siendo los romanos, especialmente aquellos que visitaron el país personalmente. Velleio estuvo en Germania como soldado y escribe como soldado, más o menos como un oficial de la *Grande Armée* escribiría sobre las campañas de 1812 y 1813. Ni siquiera para los acontecimientos militares permite su narración fijar las localidades; no es de extrañar en un país sin ciudades. Plinio también había servido en Germania como oficial de caballería y, entre otras cosas, visitó la costa de los caucos; además, había descrito en veinte libros todas las guerras libradas contra los germanos; de aquí extrajo Tácito. Además, Plinio fue el primer romano que se interesó por las cosas del país bárbaro con un interés más que político-militar, un interés teórico. |En el manuscrito tachado: «Además era naturalista».| Su noticia sobre las tribus germánicas, por tanto, por basarse en indagaciones propias del enciclopedista científico de Roma, debe tener un peso especial. Que Tácito hubiera estado en Germania se afirma tradicionalmente, pero no encuentro prueba alguna. En todo caso, en su época solo podía recoger noticias directas en las cercanías del Rin y del Danubio.

Conciliar las tablas de pueblos de la *Germania* [de Tácito] y de Ptolomeo entre sí y con la maraña de las demás noticias antiguas lo han intentado en vano dos libros clásicos: *Los alemanes y las tribus vecinas* de Kaspar Zeuß y la *Historia de la lengua alemana* de Jakob Grimm. Lo que estos dos geniales eruditos no lograron, y lo que tampoco se ha logrado desde entonces, bien puede considerarse como insoluble con nuestros medios actuales. La insuficiencia de estos medios se desprende precisamente del hecho de que ambos se vieron obligados a construirse falsas teorías auxiliares; Zeuß, que la última palabra en todas las cuestiones disputadas debía buscarse en Ptolomeo, aunque nadie caracteriza los errores fundamentales de Ptolomeo más agudamente que él; Grimm, que el poder que derribó el imperio mundial romano tenía que haber crecido sobre un suelo más amplio que el territorio entre el Rin, el Danubio y el Vístula, y que por ello, junto con godos y dacios, debía asignarse como germana la mayor parte del país al norte y nordeste del bajo Danubio. Tanto las suposiciones de Zeuß como las de Grimm están hoy anticuadas.

Intentemos al menos poner algo de claridad en el asunto, limitando la tarea. Si logramos establecer una agrupación más general de las poblaciones según unos pocos troncos principales, se habrá ganado un terreno seguro para la investigación posterior de detalle. Y aquí el pasaje de Plinio nos ofrece un punto de apoyo cuya solidez se acredita cada vez más en el curso de la investigación y que, en todo caso, conduce a menos dificultades, nos enreda en menos contradicciones que ningún otro.

Ciertamente, si partimos de Plinio, tenemos que abandonar la aplicabilidad incondicional de la tríada tacitea y de la vieja leyenda de los tres hijos de Mannus: Ing, Isk y Ermin. Pero, en primer lugar, el propio Tácito no sabe qué hacer con sus ingevones, istevones y herminones. No hace el menor intento de agrupar los pueblos que enumera individualmente bajo esos tres troncos principales. Y en segundo lugar, esto tampoco lo ha conseguido nadie después. Zeuß se esfuerza enormemente en encajar a los pueblos godos, a los que concibe como «istevones», dentro de la tríada, y con ello solo provoca una confusión aún mayor. Ni siquiera intenta incluir a los escandinavos y los constituye como cuarto tronco principal. Pero con ello la tríada queda rota tanto como con los cinco troncos principales de Plinio.

Examinemos ahora estos cinco troncos uno por uno.

I. *Vindili, quorum pars Burgundiones, Varini, Carini, Guttones.*

Aquí tenemos tres pueblos: los vándalos, los burgundios y los godos propiamente dichos, de los que consta, primero, que hablaban dialectos góticos, y segundo, que por aquella época habitaban en lo profundo del oriente de Germania: los godos junto a la desembocadura del Vístula y más allá, los burgundios situados por Ptolomeo en la región del Warta hasta el Vístula, los vándalos por Dión Casio (que da su nombre a los montes de los Gigantes) en Silesia. A este tronco principal godo, como queremos designarlo según la lengua, podemos sin duda incluir a todos aquellos pueblos cuyo dialecto Grimm ha remontado al gótico, es decir, en primer lugar, las regiones a las que Procopio, al igual que a los vándalos, atribuye directamente la lengua goda. De su anterior lugar de asentamiento nada sabemos, como tampoco del de los hérulos, a los que Grimm, junto a esciros y rugios, incluye también entre los godos. Plinio menciona a los esciros junto al Vístula, Tácito a los rugios inmediatamente al lado de los godos en la costa. La lengua goda, según esto, ocupa un territorio bastante compacto entre los montes vandálicos (Riesengebirge), el Óder y el Mar Báltico, hasta el Vístula y más allá.

Quiénes eran los carinos, no lo sabemos. Cierta dificultad la causan los varinos. Tácito los menciona junto a los anglos entre los siete pueblos que rendían culto a Nerthus, de los cuales ya Zeuß observa con razón que tienen una apariencia peculiarmente ingevónica. Pero Ptolomeo incluye a los anglos entre los suevos, lo que es manifiestamente falso. Zeuß ve en uno o dos nombres deformados del mismo geógrafo a los varinos y los sitúa, en consecuencia, en el Havelland y entre los suevos. El título del antiguo derecho popular identifica sin más a varinos y turingios; pero el derecho mismo es común a varinos y anglos. Después de todo esto, ha de quedar dudoso si los varinos deben adscribirse al tronco godo o al ingevónico; como han desaparecido por completo, la cuestión tampoco es de especial importancia.

II. *Altera pars Ingaevones, quorum pars Cimbri, Teutoni ac Chaucorum gentes.*

Plinio asigna aquí a los ingevones, por tanto, en primer lugar la península címbrica y la tierra costera entre el Elba y el Ems como lugar de asentamiento. De los tres pueblos mencionados, los caucos eran sin duda los parientes más cercanos de los frisones. La lengua frisona predomina aún hoy en el Mar del Norte, en la Frisia occidental holandesa, en el Saterland de Oldemburgo, en la Frisia septentrional de Schleswig. En la época carolingia, en toda la costa desde el Sinkfal (la bahía que aún hoy forma la frontera entre Flandes belga y Zelanda holandesa) hasta Sylt y el Widau de Schleswig, y probablemente un buen trecho más hacia el norte, se hablaba casi exclusivamente frisón; solo a ambos lados de la desembocadura del Elba la lengua sajona llegaba hasta el mar.

Bajo el nombre de cimbrios y teutones entiende Plinio evidentemente a los habitantes de entonces del Quersoneso címbrico, los cuales pertenecían, pues, al tronco lingüístico cauco-frisio. Podemos, por tanto, con Zeuß y Grimm, ver en los frisios del norte a los descendientes directos de aquellos antiquísimos alemanes penínsulares.

Dahlmann ("Geschichte von Dänemark") afirma, ciertamente, que los frisios del norte no emigraron a la península hasta el siglo V, provenientes del sudoeste. Pero no aporta la menor prueba de ello, y su aserto ha sido, con razón, completamente ignorado en todas las investigaciones posteriores.

Ingaevónico sería, por consiguiente, en principio equivalente a frisio, en el sentido de que designamos todo el tronco lingüístico según el dialecto del cual únicamente nos han quedado monumentos antiguos y dialectos vivos. Pero, ¿se agota con ello la extensión del tronco ingaevónico? ¿O tiene razón Grimm cuando reúne bajo el mismo la totalidad de lo que él, no con entera exactitud, designa como bajoalemán, es decir, además de los frisios, también a los sajones?

Concedamos desde un principio que Plinio asigna a los sajones un lugar del todo incorrecto, al colocar a los queruscos entre los herminones. Más adelante encontraremos que, en efecto, no queda otra opción que adscribir también a los sajones a los ingaevones y concebir así este tronco principal como el frisio-sajón.

Es aquí el lugar de hablar de los anglos, a quienes Tácito posiblemente, y Ptolomeo con certeza, cuenta entre los suevos. Este los sitúa en la orilla derecha del Elba, frente a los longobardos, con lo cual, si la indicación ha de contener algo correcto, solo puede referirse a los verdaderos longobardos del Bajo Elba; los anglos, pues, se extenderían desde Lauenburg hasta aproximadamente el Prignitz. Más tarde los encontramos en la península misma, donde su nombre se ha conservado y desde donde emigraron con los sajones a Britania. Su lengua aparece ahora como elemento del anglosajón, y en concreto como el elemento decididamente frisio de este dialecto de nueva formación. Cualquiera que haya sido la suerte de los anglos que permanecieron en el interior de Alemania o que fueron dispersados, este solo hecho nos obliga a incluir a los anglos entre los ingaevones, y precisamente en la rama frisia de los mismos. A ellos se debe todo el vocalismo del anglosajón, mucho más frisio que sajón; a ellos, la circunstancia de que el desarrollo ulterior de esta lengua discurra en muchos casos de modo sorprendentemente paralelo al de los dialectos frisios. De todos los dialectos continentales, los frisios son hoy los más próximos al inglés. Así también la transformación de los sonidos guturales en sibilantes en el inglés no es de origen francés, sino frisio. La ch inglesa = en lugar de k, la d~ inglesa por g ante vocales palatales bien pudo surgir de las frisias tz, tj por k, dz por g, pero nunca de las francesas ch y g.

Con los anglos debemos también incluir a los jutos en el tronco frisio-ingaevónico, ya residieran ya en la península en tiempos de Plinio o de Tácito, o emigraran a ella más tarde. Grimm encuentra su nombre en el de los eudoses, uno de los pueblos tributarios de Nerthus mencionados por Tácito; si los anglos son ingaevónicos, resultará difícil asignar los demás pueblos de este grupo a otro tronco. Entonces los ingaevones se extenderían hasta la región de la desembocadura del Oder, y quedaría colmada la laguna entre ellos y los pueblos godos.

III. Proximi autem Rheno Iscaevones (alias Istaevones), quorum pars Sicambri.

Ya Grimm, y después de él otros, p. ej. Waitz, identificaron más o menos a iscaevones y francos. Pero lo que a Grimm le hace dudar es la lengua. Desde mediados del siglo IX todos los documentos alemanes del reino franco están redactados en un dialecto inseparable del antiguo alto alemán; Grimm supone, por tanto, que el antiguo fráncico se extinguió en tierra extraña y fue reemplazado en la patria por el alto alemán, y de este modo adscribe por fin a los francos a los altoalemanes.

El hecho de que el antiguo fráncico posee el valor de un dialecto independiente, que ocupa una posición intermedia entre el sajón y el alto alemán, lo señala el propio Grimm como resultado de su examen de los restos lingüísticos conservados. Esto basta por ahora; un análisis más detenido de las circunstancias lingüísticas francas, sobre las cuales aún reina mucha oscuridad, debe reservarse para una observación especial.

Ciertamente, el territorio que corresponde al tronco iscaevónico parece relativamente pequeño para todo un tronco principal alemán, y más aún para uno que ha desempeñado un papel tan formidable en la historia. Acompaña al Rin desde el Rheingau, extendiéndose hacia el interior hasta las fuentes del Dill, Sieg, Ruhr, Lippe y Ems; por el norte queda aislado del mar por frisios y caucos; en la desembocadura del Rin se halla además entremezclado con restos de pueblos de otro tronco, mayoritariamente catos: bátavos, chattuarios, etc. A los francos pertenecen además los alemanes asentados a la izquierda del Bajo Rin; ¿también tribocos, vangiones, németes? La escasa extensión de este territorio se explica, sin embargo, por la resistencia que los celtas en el Rin, y desde César los romanos, opusieron a la expansión de los iscaevones, mientras que a sus espaldas se habían asentado ya los queruscos, y por el flanco los suevos, en particular los catos, como atestigua César, los cercaban cada vez más. Que aquí se hallaba apiñada una población densa para las circunstancias alemanas lo demuestra el continuo empujar allende el Rin: al principio mediante bandas conquistadoras, más tarde mediante el paso voluntario a territorio romano, como en el caso de los ubios. Por la misma razón, los romanos lograron aquí, y solo aquí, trasladar ya tempranamente a territorio romano porciones considerables de las tribus iscaevónicas.

El análisis que ha de llevarse a cabo en la observación sobre el dialecto franco suministrará la prueba de que los francos constituyen un grupo aparte de los alemanes, articulado internamente en diversas tribus, que hablan un dialecto propio, descompuesto en múltiples hablas, en suma, que poseen todas las características de un tronco principal germánico, tal como es necesario para declararlos idénticos a los iscaevones. Acerca de las distintas tribus pertenecientes a este tronco principal, ya J. Grimm ha dicho lo necesario. Incluye en él, además de los sigambros, a ubios, chamavos, brúcteros, téncteros y usípetes, es decir, los pueblos que habitaban el territorio de la margen derecha del Rin que anteriormente hemos designado como iscaevónico.

IV. Mediterranei Hermiones, quorum Suevi, Hermunduri, Chatti, Cherusci.

Ya J. Grimm identifica a los herminones, por emplear la grafía más precisa de Tácito, con los altoalemanes. El nombre de suevos, que según César abarcaba a todos los altoalemanes por él conocidos, empieza a diferenciarse. Los turingios (hermunduros) y los hesios (catos) aparecen como pueblos separados. Los restantes suevos permanecen aún indiferenciados. Si dejamos de lado, por ahora, los muchos nombres misteriosos ya desaparecidos en los siglos siguientes, considerándolos insondables, estos suevos tienen que comprender tres grandes troncos de lengua altoalemana que más tarde intervienen en la historia: los alamánnicos-suabos, los bávaros y los longobardos. Los longobardos, lo sabemos con certeza, habitaban en la margen izquierda del Bajo Elba, en torno al Bardengau, aislados de sus restantes congéneres, adelantados en medio de pueblos ingaevónicos; esta su posición aislada, que tuvieron que mantener mediante largas luchas, la describe Tácito de manera excelente, sin conocer su causa. Los bávaros, como sabemos igualmente desde Zeuß y Grimm, habitaban bajo el nombre de marcomanos en Bohemia; hesios y turingios, en sus actuales asientos y en los territorios colindantes al sur. Dado que al sur de francos, hesios y turingios empezaba el territorio romano, no queda para los suabo-alamanos otro lugar que entre el Elba y el Oder, en la actual Marca de Brandeburgo y el Reino de Sajonia; y aquí encontramos un pueblo suevo, los semnones. Serían, pues, posiblemente idénticos a ellos y lindarían al noroeste con ingaevones, al nordeste y este con troncos godos.

Hasta aquí todo discurre bastante bien. Pero Plinio cuenta también a los queruscos entre los herminones, y en esto comete decididamente una equivocación. Ya César los separa nítidamente de los suevos, entre los cuales él incluye todavía a los catos. Tampoco Tácito sabe nada de una vinculación de los queruscos con un tronco altoalemán cualquiera. Igualmente poco Ptolomeo, a pesar de que extiende los nombres suévicos hasta más allá de los anglos. El mero hecho de que los queruscos llenen el espacio entre catos y hermunduros por el sur y longobardos por el nordeste no basta ni con mucho para inferir de ello un parentesco tribal más próximo; aunque tal vez haya sido precisamente esto lo que indujo aquí a error a Plinio.

A los altoalemanes no ha adscrito a los queruscos, que yo sepa, ningún investigador cuya opinión merezca tomarse en cuenta. Queda solo, por tanto, la cuestión de si han de incluirse entre los ingaevones o los iscaevones. Los pocos nombres que nos han sido transmitidos muestran impronta franca: ch en lugar de la h posterior en Cherusci, Chariomerus; e en lugar de i en Segestes, Segimerus, Segimundus. Pero casi todos los nombres alemanes que llegan a los romanos desde la parte del Rin parecen habérseles transmitido en forma franca a través de los francos. Y además no sabemos si la aspirada gutural de la primera mutación consonántica, que en el siglo VII era aún ch entre los francos, no sonaba en el siglo I como ch entre todos los alemanes occidentales, y solo más tarde se debilitó hasta la h común a todos. Tampoco encontramos, por lo demás, ningún parentesco tribal de los queruscos con los iscaevones, como el que se muestra, p. ej., en la acogida que los sigambros dieron a los restos de usípetes y téncteros huidos de César. Asimismo, el territorio de la margen derecha del Rin ocupado por los romanos en tiempos de Varo y tratado como provincia coincide con el iscaevónico-franco. Aquí se hallaban Aliso y las demás fortalezas romanas; del país de los queruscos parece haber estado realmente ocupado a lo sumo la franja entre Osning y el Weser; más allá, catos, queruscos, caucos, frisios eran aliados más o menos inseguros, mantenidos a raya por el temor, pero autónomos en sus asuntos internos y exentos de ocupación romana permanente. Los romanos, en esta región, cuando encontraban una resistencia más fuerte, hacían siempre de la frontera tribal el límite temporal de la conquista. Así había procedido también César en Galia; se detuvo en la frontera de los belgas y no la franqueó hasta que creyó estar seguro de la Galia propiamente llamada céltica.

No queda, pues, más remedio que incluir a los queruscos y a los pueblos vecinos más pequeños, más estrechamente emparentados con ellos, con J. Grimm y la opinión común, en el tronco sajón y, por tanto, en los ingaevones. A favor de ello habla también el hecho de que precisamente en el antiguo territorio querusco se ha conservado en su forma más pura la antigua a sajona, frente a la o del genitivo plural y del masculino débil dominante en Westfalia. Con esto desaparecen todas las dificultades; el tronco ingaevónico obtiene, como los demás, un territorio bastante redondeado, en el que solo penetran un poco los longobardos herminónicos. De las dos grandes ramas del tronco, la frisio-anglo-juta ocupa la costa y al menos la parte septentrional y occidental de la península; la sajona, la tierra del interior y quizás ya también ahora una parte de Nordalbingia, donde poco después Ptolomeo menciona por primera vez a los Saxones.

V. Quinta pars Peucini, Basternae contermini Dacis.

Lo poco que sabemos de estos dos pueblos los señala, como ya la forma misma del nombre de Basternae, como parientes de tribu de los godos. Cuando Plinio los menciona como una tribu aparte, esto se debe probablemente a que recibió noticias de ellos desde el bajo Danubio, a través de intermediarios griegos, mientras que su conocimiento de los pueblos godos del Óder y el Vístula lo había obtenido en el Rin y el mar del Norte, por lo que se le escapó la conexión entre godos y bastarnos.

Bastarnos y peucinos son pueblos germánicos que quedaron rezagados en los Cárpatos y en la desembocadura del Danubio, todavía errantes durante largo tiempo, y que preparan el posterior gran reino de los godos, en el que desaparecen.

VI. Menciono a los hilleviones, bajo cuyo nombre colectivo Plinio enumera a los escandinavos germánicos, sólo por cuestión de orden y para constatar una vez más que todos los escritores antiguos asignan a este tronco principal únicamente las islas (a las que cuentan también Suecia y Noruega), excluyéndolo de la península cimbria.

Así, tendríamos cinco troncos germánicos principales con cinco dialectos principales.

El gótico, en el este y nordeste, tiene en el genitivo plural del masculino y neutro ê, el femenino ô y ê; el masculino débil tiene a. Las formas flexivas de la conjugación del presente (de indicativo) se atienen todavía estrechamente, teniendo en cuenta el desplazamiento consonántico, a las de las lenguas primordialmente emparentadas, en especial el griego y el latín.

El ingaevónico, en el noroeste, tiene en el genitivo plural a, para el masculino débil igualmente a; en el presente de indicativo, las tres personas del plural en d o dh con expulsión de todas las nasales. Se divide en las dos ramas principales del sajón y del frisón, que en el anglosajón vuelven a fundirse en una sola. A la rama frisona se adhiere

el tronco escandinavo; genitivo plural en a, masculino débil en i, debilitado a partir de a, como demuestra toda la declinación. En el presente de indicativo, la s originaria de la segunda persona del singular ha pasado a r, la primera persona del plural conserva m, la segunda dh, las demás personas están más o menos mutiladas.

Frente a estos tres se encuentran los dos troncos meridionales: el iscaevónico y el herminónico, en expresión posterior el franco y el alto alemán. Ambos tienen en común el masculino débil en o; muy probablemente también el genitivo plural en ô, aunque en el franco no está documentado y en los más antiguos monumentos occidentales (sálicos) el acusativo plural termina en as. En la conjugación del presente ambos dialectos, en la medida en que podemos documentarlo para el franco, están muy próximos y, pareciéndose aquí al gótico, se ajustan estrechamente a las lenguas primordialmente emparentadas. Pero toda la historia de la lengua nos impide fundir ambos dialectos en uno solo, desde las muy significativas y arcaicas peculiaridades del más antiguo franco hasta la gran distancia de las hablas actuales de ambos; así como toda la

historia de los propios pueblos nos imposibilita reunirlos en un solo tronco principal.

Si en toda esta investigación sólo he tomado en consideración las formas flexivas y no las relaciones fónicas, ello se explica por los importantes cambios que éstas han experimentado —al menos en muchos dialectos— entre el siglo primero y la época de redacción de nuestras más antiguas fuentes lingüísticas. En Alemania, sólo necesito recordar la segunda mutación consonántica; en Escandinavia, las rimas aliterativas de los cantos más antiguos muestran cuánto se ha modificado la lengua entre el tiempo de su composición y el de su puesta por escrito. Lo que aquí queda por hacer, seguramente lo harán los filólogos alemanes especializados; aquí no habría hecho más que complicar innecesariamente la investigación.

Notas de Friedrich Engels

(1) Sigo aquí principalmente a Boyd Dawkins, “Early Man in Britain”, Londres 1880.

(2) Para abreviar, designo las fechas anteriores a nuestra era según el modo matemático con el signo menos (-).

(3) “Bidrag till kännedomen om Grekers och Romares förbindelse med Norden”. Traducción alemana de J. Mestorf: “Der Einfluß der klassischen Völker etc.”, Hamburgo 1867.

(4) Hans Hildebrand, “Das heidnische Zeitalter in Schweden”. Traducción alemana de Mestorf, Hamburgo 1873.