Correspondencia Marx-Zasulich Febrero/Marzo de 1881

El Tercer Borrador

Estimada ciudadana:

Para examinar a fondo las cuestiones planteadas en su carta del 16 de febrero, tendría que entrar en los detalles pertinentes e interrumpir un trabajo urgente. Confío, sin embargo, en que la breve exposición que tengo el honor de enviarle baste para disipar cualquier malentendido acerca de mi así llamada teoría.

(1) Al analizar la génesis de la producción capitalista, dije:

«En el fondo del sistema capitalista está la separación completa... del productor y los medios de producción... la expropiación del productor agrícola es la base de todo el proceso. Sólo en Inglaterra se ha realizado de manera radical. ... Pero todos los demás países de Europa Occidental siguen el mismo camino.» (El Capital, edición francesa, pág. 315.)

Por tanto, la «inevitabilidad histórica» de este camino queda expresamente limitada a los países de Europa Occidental. [A continuación, la causa.] La razón de esta limitación se indica en el siguiente pasaje del capítulo XXXII:

«La propiedad privada, fundada en el trabajo personal... que se gana personalmente... es suplantada por la propiedad privada capitalista, la cual descansa en la explotación del trabajo ajeno, en el trabajo asalariado.»

En el caso occidental, pues, una forma de propiedad privada se transforma en otra forma de propiedad privada. En el caso de los campesinos rusos, por el contrario, su propiedad comunal tendría que transformarse en propiedad privada. Se crea o no en la inevitabilidad de tal transformación, las razones en pro y en contra nada tienen que ver con mi análisis de la génesis del sistema capitalista. A lo sumo podría inferirse que, dada la condición actual de la gran mayoría de los campesinos rusos, su conversión en pequeños propietarios territoriales no sería más que el prólogo de su rápida expropiación.

(II) El argumento más grave esgrimido contra la comuna rusa se reduce a lo siguiente:

Si se retrocede a los orígenes de las sociedades occidentales, en todas partes se encuentra la propiedad comunal de la tierra; con el progreso de la sociedad, en todas partes cedió el paso a la propiedad privada; por tanto, no podría escapar a la misma suerte en Rusia, el único país donde aún subsiste.

Voy a considerar esta línea de razonamiento sólo en la medida en que [atañe a Europa] se basa en experiencias europeas. Por lo que respecta, por ejemplo, a las Indias Orientales, todo el mundo, salvo Sir H. Maine y sus semejantes, sabe que la supresión de la propiedad comunal de la tierra no fue sino un acto de vandalismo inglés que empujó a la población indígena hacia atrás en vez de hacia adelante.

Las comunidades primitivas no están todas cortadas por el mismo patrón. Por el contrario, forman una serie de grupos sociales que, al diferir tanto en tipo como en edad, marcan fases sucesivas de evolución. Uno de esos tipos, conocido convencionalmente como la comuna agrícola (la commune agricole), abarca también la comuna rusa. Su equivalente en Occidente es la comuna germánica, de formación muy reciente. Ésta no existía aún en tiempos de Julio César, y ya no existía cuando las tribus germánicas llegaron a conquistar Italia, Galia, España, etc. En tiempos de Julio César, la tierra cultivable ya se distribuía anualmente entre distintos grupos, las gens y las tribus, pero aún no entre las familias individuales de una comuna; probablemente la tierra era trabajada también en común, por grupos. En las propias tierras germánicas, este tipo más arcaico de comunidad se transformó, a través de un desarrollo natural, en la comuna agrícola descrita por Tácito. Pero después se perdió de vista, desapareciendo en medio de constantes guerras y migraciones. Tal vez murió de muerte violenta. Pero su vitalidad natural queda demostrada por dos hechos indiscutibles. Algunos ejemplos dispersos de este modelo sobrevivieron a todas las vicisitudes de la Edad Media y aún hoy pueden encontrarse, por ejemplo, en mi región natal de Tréveris. Pero, más importante aún, hallamos la impronta clara de esta «comuna agrícola» tan nítidamente trazada en la nueva comuna que surgió de ella, que Maurer pudo reconstruir la primera mientras se dedicaba a descifrar la última. La nueva comuna –en la que la tierra cultivable es propiedad privada de los productores, mientras que los bosques, pastos, eriales, etc., siguen siendo propiedad comunal– fue introducida por los germanos en todos los países conquistados. Gracias a ciertos rasgos tomados de su prototipo, se convirtió en el único foco de vida popular y libertad a lo largo de toda la Edad Media.

La «comuna rural» también se encuentra en Asia, entre los afganos, etc. Pero en todas partes aparece como el tipo más reciente –la última palabra, por así decirlo, de la formación arcaica de las sociedades. Para subrayar este punto es por lo que entré en algunos detalles acerca de la comuna germánica.

Consideremos ahora los rasgos más característicos que diferencian a la «comuna agrícola» de las comunidades más arcaicas:

(1) Todas las demás comunidades descansan sobre relaciones de sangre entre sus miembros. Nadie puede integrarse en ellas a menos que sea pariente natural o adoptado. Estas comunidades tienen la estructura de un árbol genealógico. La «comuna agrícola» fue el primer grupo social de hombres libres que no estaban unidos por lazos de sangre.

(2) En la comuna agrícola, la casa y su corral complementario pertenecen al agricultor individual. En cambio, la vivienda comunal y la habitación colectiva constituían una base económica de las comunidades más primitivas, mucho antes de la introducción de la vida agrícola o pastoril. Ciertamente, existen algunas comunas agrícolas en las que las casas, aunque ya no sean lugares de habitación colectiva, cambian periódicamente de dueño. El usufructo personal se combina así con la propiedad comunal. Tales comunas, sin embargo, llevan todavía su marca de nacimiento, hallándose en un estado de transición de una comunidad más arcaica a la comuna agrícola propiamente dicha.

(3) La tierra cultivable, propiedad inalienable y común, se divide periódicamente entre los miembros de la comuna agrícola, de modo que cada cual trabaja por su cuenta los campos que le son asignados y se apropia privadamente de sus frutos. En las comunidades más antiguas: el trabajo se realizaba en común, y una vez reservada una parte para la reproducción, el producto común se distribuía de acuerdo con las necesidades de consumo.

Es evidente que el dualismo inherente a la constitución de la comuna agrícola podía dotarla de una vida vigorosa. Emancipada de los fuertes pero estrechos vínculos del parentesco natural, la propiedad comunal de la tierra y las relaciones sociales que de ella derivaban proporcionaban un fundamento sólido; mientras que al mismo tiempo, la casa y el corral como patrimonio de la familia individual, junto con el cultivo en pequeñas parcelas y la apropiación privada de sus frutos, fomentaban una individualidad en un grado incompatible con [la estructura] el marco de las comunidades más primitivas.

Pero no es menos evidente que este mismo dualismo podía convertirse con el tiempo en germen de desintegración. Prescindiendo de todas las influencias externas malignas, la comuna llevaba en su propio seno los elementos que envenenaban su vida. Como hemos visto, la propiedad privada de la tierra ya se había deslizado en la comuna bajo la forma de la casa con su corral campestre, que podía convertirse en un bastión para el ataque contra la tierra comunal. Pero el factor clave era el trabajo fragmentado como fuente de apropiación privada. Daba lugar a la acumulación de bienes muebles tales como ganado, dinero y, a veces, incluso esclavos o siervos. Esta propiedad mobiliaria, no sujeta al control comunal, abierta al tráfico individual en el que abundaban el engaño y el azar, llegó a pesar cada vez más sobre toda la economía rural. Fue el disolvente de la primitiva igualdad económica y social. Introdujo elementos heterogéneos en la comuna, provocando conflictos de intereses y pasiones capaces de erosionar la propiedad comunal, primero de la tierra cultivable y luego de los bosques, pastos, eriales, etc. Una vez convertidos en apéndices comunales de la propiedad privada, éstos también sucumbirán a la larga.

Como [la más reciente y] la última fase de la formación primitiva [arcaica] de la sociedad, la comuna agrícola [representa naturalmente la transición] es al mismo tiempo una fase de la transición a la formación secundaria, y por tanto de la transición de una sociedad basada en la propiedad comunal a otra basada en la propiedad privada. La formación secundaria, por supuesto, incluye la serie de sociedades que descansan sobre la esclavitud y la servidumbre.

¿Significa esto, sin embargo, que la trayectoria histórica de la comuna agrícola esté fatalmente condenada a terminar de este modo? En absoluto. Su dualismo innato admite una alternativa: o bien su elemento de propiedad privada se impone sobre su elemento colectivo, o bien ocurre lo contrario. Todo depende del contexto histórico en que se halle.

Abstraigámonos por un momento de los males que se ciernen sobre la comuna rusa y consideremos únicamente sus posibilidades de evolución. Ocupa una situación única, sin precedente en la historia. Única en Europa, sigue siendo la forma orgánica y predominante de la vida rural en un vasto imperio. La propiedad comunal de la tierra le ofrece la base natural para la apropiación colectiva, y su contexto histórico –la contemporaneidad de la producción capitalista– le proporciona las condiciones materiales ya hechas para el trabajo cooperativo en gran escala organizado en gran escala. Puede, por tanto, incorporar las conquistas positivas desarrolladas por el sistema capitalista, sin tener que pasar bajo su duro tributo. Puede sustituir gradualmente la agricultura en pequeñas parcelas por una agricultura combinada, asistida por máquinas, a la que invita la configuración física del suelo ruso. Una vez creadas condiciones normales para la comuna en su forma actual, puede convertirse en el punto de partida directo del sistema económico hacia el que tiende la sociedad moderna; puede abrir un nuevo capítulo que no empiece por su propio suicidio.

[Se ve enfrentada, sin embargo, a la propiedad territorial, que tiene en sus garras casi la mitad de la tierra, la mejor parte, sin contar las tierras del Estado, y, para colmo, la mejor parte. A este respecto, la preservación de la comuna rural mediante su ulterior desarrollo se funde con el curso general de la sociedad rusa: es, ciertamente, el precio de su regeneración. Incluso desde un punto de vista puramente económico... Rusia intentaría en vano salir de su atolladero mediante una agricultura capitalista al estilo inglés, contra la que se rebelarían todas las condiciones sociales del país. Los propios ingleses hicieron tentativas semejantes en las Indias Orientales; sólo consiguieron arruinar la agricultura indígena y aumentar el número y la intensidad de las hambrunas.]

Los propios ingleses hicieron tentativas semejantes en las Indias Orientales; sólo consiguieron arruinar la agricultura indígena y aumentar el número y la intensidad de las hambrunas.

Pero ¿qué hay del anatema que hiere a la comuna –su aislamiento, la falta de conexión entre la vida de las distintas comunas, ese microcosmos localizado que hasta ahora le ha negado toda iniciativa histórica? Desaparecería en la convulsión general de la sociedad rusa.

La familiaridad del campesino ruso con el artel facilitaría particularmente la transición del trabajo fragmentado al trabajo cooperativo – una forma que, en cierta medida [en los prados de propiedad común y en unas pocas empresas de interés general], ya aplica en actividades comunitarias como voltear y secar el heno. Una peculiaridad completamente arcaica, que es el espantajo de los agrónomos modernos, apunta también en esta dirección. Si se va a cualquier región en la que la tierra cultivable exhiba un curioso desmembramiento, dándole la forma de un tablero de ajedrez compuesto de pequeñas parcelas, no cabrá duda de que se está ante el dominio de una comuna agraria muerta. Los miembros, sin estudiar la teoría de la renta del suelo, comprendieron que la misma cantidad de trabajo invertida en campos con distinta fertilidad natural y ubicación produciría rendimientos diferentes. Para [asegurar los mismos beneficios económicos] igualar las oportunidades de trabajo, dividieron por tanto la tierra en un cierto número de zonas según las variaciones naturales y económicas, y luego subdividieron esas zonas en tantas parcelas como labradores había. Finalmente, cada uno recibió una parcela de tierra en cada zona. Huelga decir que esta disposición, perpetuada por la comuna rusa hasta el día de hoy, contraviene las exigencias agronómicas [ya sea que la agricultura se realice sobre una base colectiva o privada, individual]. Aparte de otras desventajas, obliga a una dispersión de fuerzas y tiempo. [Pero tiene grandes ventajas como punto de partida para la agricultura colectiva. Amplíese la tierra en la que trabaja el campesino, y reinará supremo.] No obstante, favorece [como punto de partida] la transición a la agricultura colectiva, por muy refractaria al objetivo que pueda parecer a primera vista. La pequeña parcela ....