Pronunciado el 5 de diciembre de 1881.

["L'Égalité" núm. 1 del 11 de diciembre de 1881]

¡Amigos!

La mujer de noble corazón a quien hoy damos sepultura nació en 1814 en Salzwedel. Su padre, el barón von Westphalen, mantenía en Tréveris una estrecha amistad con la familia Marx; los hijos de ambas familias crecieron juntos. Cuando Marx ingresó en la universidad, él y su futura esposa ya habían decidido unir sus destinos para siempre.

La boda tuvo lugar en 1843, después de que Marx se hubiera dado a conocer como redactor jefe de la primera “Rheinische Zeitung” y el periódico fuera suprimido por el gobierno prusiano. Desde entonces, Jenny no sólo compartió los destinos, los trabajos y las luchas de su marido, sino que participó en ellos con la inteligencia más profunda y la pasión más ardiente.

La joven pareja se trasladó a París; el exilio voluntario pronto se convirtió en forzoso. El gobierno prusiano persiguió a Marx incluso en París. Con pesar debo mencionar que un hombre como A. v. Humboldt se prestó a colaborar con el gobierno prusiano para conseguir que el gobierno de Luis Felipe expulsara a Marx de Francia. Éste se dirigió a Bruselas. Estalló la Revolución de Febrero. En medio de los disturbios que aquel acontecimiento provocó en Bruselas, la policía belga no sólo detuvo a Marx, sino que arrojó a su mujer a la cárcel sin motivo alguno.

El ascenso revolucionario de 1848 se vino abajo ya al año siguiente. El exilio empezó de nuevo, primero en París, después, a consecuencia de la injerencia del gobierno francés, en Londres. Esta vez fue un exilio con toda su miseria. Todos los sufrimientos habituales de los desterrados los habría podido sobrellevar Jenny aún, aunque fueron la causa de la pérdida de tres hijos, entre ellos dos varones; pero que todos los partidos, tanto los del gobierno como los de la oposición (feudales, liberales, los llamados demócratas) se conjuraran contra su esposo, lo cubrieran con las calumnias más viles y rastreras, que toda la prensa, sin excepción, se le cerrara, que él se viera ahí, sin ayuda ni defensa, frente a adversarios a quienes él y ella despreciaban: eso la hirió profundamente. Y duró años.

Pero aquello tocó a su fin. Poco a poco, la clase obrera europea fue llegando a condiciones políticas que le dieron algunas posibilidades de acción. Se fundó la Asociación Internacional de los Trabajadores. Fue incorporando a la lucha a una nación civilizada tras otra, y en esa lucha su marido combatió el primero entre los primeros. Por fin llegó el tiempo que empezó a aliviar sus pasados sufrimientos. Ella alcanzó a ver cómo las calumnias rastreras, que caían como granizo sobre su marido, se dispersaban como paja; alcanzó a oír cómo las doctrinas de su marido, que los reaccionarios de todos los países habían intentado sofocar, se proclamaban libres y victoriosas en todos los países civilizados, en todas las lenguas civilizadas. Alcanzó a ver cómo el movimiento revolucionario del proletariado, consciente de su victoria, se apoderaba de un país tras otro, de Rusia a América. Una de sus últimas alegrías fue todavía recibir, ya en su lecho de muerte, la prueba contundente de la indestructible fuerza vital que la clase obrera alemana, pese a todas las leyes de excepción, ha evidenciado en las últimas elecciones.

Lo que una mujer así, con un entendimiento tan agudo y tan crítico, con un tacto políticamente tan seguro, con una energía tan apasionada, con una fuerza de entrega tan grande, ha rendido en el movimiento revolucionario, no ha salido a la luz pública, jamás ha sido mencionado en las columnas de la prensa. Lo que ella ha hecho, sólo lo saben quienes han vivido con ella. Pero yo sé que echaremos con frecuencia de menos sus consejos audaces y prudentes: audaces sin jactancia, prudentes sin ceder jamás un ápice en el honor.

De sus cualidades personales no necesito decir nada. Sus amigos las conocen y jamás las olvidarán. Si alguna vez hubo una mujer que cifró su mayor dicha en hacer dichosos a los demás, fue esta mujer.