XI Clases sociales necesarias y superfluas.

Muchas veces se ha preguntado hasta qué punto son útiles o incluso necesarias las distintas clases de la sociedad. Y, como es natural, la respuesta a esta pregunta toma un tenor distinto con cada época histórica. No cabe duda^ de que existió un tiempo en que la aristocracia terrateniente constituía un elemento inevitable y necesario de la sociedad. Pero de esto ha pasado ya mucho, muchísimo tiempo. Vino luego el tiempo en que surgió, con la misma inevitable necesidad, una burguesía, como la llaman los franceses, que, luchando contra la aristocracia terrateniente, destruyó su poder político y conquistó, a su vez, el predominio político y económico. Pero, desde el nacimiento de las clases, no ha existido ninguna época en que la sociedad haya podido subsistir sin una clase trabajadora. Han podido cambiar el nombre y la posición social de esta clase; los esclavos fueron desplazados por los siervos de la gleba, los que, a su vez, dejaron el puesto a los obreros libres; libres de la servidumbre, pero libres también de toda suerte de patrimonio terrenal, fuera de su propia fuerza de trabajo. No cabe duda de que, sean cuales fueren los cambios que puedan producirse en las capas altas no productoras de la sociedad, ésta jamás podrá vivir sin una clase de productores. Por tanto, esta clase es y seguirá siendo necesaria bajo cualesquiera condiciones, aunque llegará también necesariamente el día en que deje de ser una clase para abarcar toda la sociedad.

Ahora bien, ¿a qué necesidad responde actualmente la existencia de cada una de estas tres clases?

En Inglaterra, la aristocracia terrateniente es, para decirlo con palabras suaves, una clase económicamente superflua, mientras que en Irlanda y en Escocia se ha convertido en un verdadero azote, con su tendencia a despoblar el país. Todo el mérito de que pueden gloriarse los terratenientes irlandeses y escoceses es el de obligar a las gentes a emigrar al otro lado del océano o empujarlas a la muerte por hambre, sustituyendo a los hombres por ovejas o por animales silvestres para la caza. Esperemos a que la competencia de los víveres vegetales o animales norteamericanos se desarrolle un poco más y veremos cómo la aristocracia terrateniente inglesa hace otro tanto, por lo menos aquella parte que se pueda permitir este lujo, por contar como respaldo con una gran propiedad territorial urbana. Del resto no tardara en liberarnos la competencia de los víveres norteamericanos. Y, cuando esa hora llegue, no lloraremos lágrimas de dolor sobre la muerte de esta clase, cuya acción política constituye una verdadera plaga nacional, tanto en la Cámara de los Lores como en la de los Comunes.

Veamos, ahora, lo que ocurre con la clase media capitalista, la clase liberal e ilustrada que ha fundado el imperio colonial británico y a la que se debe la libertad inglesa. Es la clase a la que se debe la reforma del parlamento llevada a cabo en 1821, la que abolió las leyes cerealistas y rebajó un arancel aduanero tras otro. La clase que hizo surgir y sigue dirigiendo todavía hoy las gigantescas empresas industriales, la poderosa flota comercial y la red ferroviaria de Inglaterra, cada vez más extensa. Todo parece indicar que esta clase tiene que ser, por lo menos, tan necesaria como la clase obrera, dirigida por ella y conducida bajo su dirección de progreso en progreso. Pero veamos si es así.

En realidad, la función económica de la clase media capitalista ha consistido en crear el moderno sistema de las industrias y medios de comunicación movidos por la fuerza de vapor y en haber quitado de en medio todos los obstáculos económicos y políticos que obstruían o servían de rémora al desarrollo de este sistema. Mientras ejerció esta función, es indudable que la clase media capitalista fue, bajo las condiciones existentes, una clase necesaria. Pero, ¿acaso lo sigue siendo ahora? ¿Sigue cumpliendo en la actualidad su verdadera función, la función de regentar y ampliar la producción social, en interés y beneficio de la sociedad entera? Veámoslo.

Comencemos por los medios de comunicación y encontraremos que el telégrafo se halla en manos del gobierno. Los ferrocarriles y gran parte de los barcos de alto porte no son propiedad de capitalistas individuales que regenten por sí mismos sus empresas, sino que pertenecen a sociedades anónimas, cuya explotación se halla dirigida por empleados a sueldo, por funcionarios que ocupan, desde todos los puntos de vista, la posición de asalariados de categoría superior y mejor retribuidos que los obreros corrientes. En cuanto a los directores y accionistas, saben muy bien que es mucho mejor para su empresa que los primeros se inmiscuyan lo menos posible en la dirección de los asuntos y que los segundos se mantengan al margen del control. Una supervisión muy ligera y superficial es, en efecto, la única función que ha quedado en manos de los dueños de lá empresa. Así, pues, la sola actividad que en realidad retienen los propietarios capitalistas de estas empresas gigantescas es la de cobrar semestralmente sus dividendos. La función social de los capitalistas se ha transferido, aquí, a los empleados a sueldo de la empresa; lo que no es obstáculo para que el capitalista siga embolsándose, en forma de dividendos, la retribución correspondiente a dichas funciones, que hace ya largo tiempo que no desempeña.

Sin embargo, el capitalista a quien la extensión de las grandes empresas de que se trata ha obligado a “retirarse” de su puesto de dirección, sigue conservando, a pesar de todo, una función. Esta función consiste en especular en Bolsa con sus acciones. Nuestros capitalistas “retirados” no tienen nada mejor que hacer, ya que en realidad han quedado jubilados, y pueden dedicarse a sus anchas a especular en ese templo de Mammón que es la Bolsa. Les mueve, al hacerlo, la juiciosa intención de embolsarse todo el dinero que pueden, alegando que tienen legítimos títulos para ganarlo, sin perjuicio de sostener que el origen de toda propiedad es el trabajo y el ahorro; el origen, tal vez, pero no, ni mucho menos, el final. ¿Cabe mayor hipocresía que la de clausurar a la fuerza los pequeños garitos, cuando nuestra sociedad capitalista no puede vivir sin una casa de juego gigantesca, en la que se pierden y se ganan sumas fabulosas de millones y que constituye su nervio vital más importante? Al llegar aquí, la existencia de estos capitalistas “retirados” y poseedores de paquetes de acciones, más que algo superfluo representa ya un fenómeno verdaderamente pernicioso. Y lo que decimos de los ferrocarriles y los barcos de vapor es también aplicable, en medida cada vez mayor, a todas las grandes empresas industriales y comerciales. Durante los últimos diez años, por lo menos, ha estado a la orden del día la “fundación” de sociedades anónimas, que no es otra cosa que la transformación de grandes empresas privadas en sociedades por acciones. Todo se ha visto o se ve envuelto en esta operación financiera, desde los grandes almacenes de la City en Mánchester hasta los altos hornos y las minas de Gales y el norte de Inglaterra y las fábricas de Lancashire. En todo Oldham apenas habrá una sola fábrica textil en manos de un particular; hasta los mismos comerciantes individuales van viéndose desplazados cada vez más por “tiendas cooperativas”, la mayoría de las cuales no tienen de cooperativas más que el nombre; pero de esto hablaremos en otra ocasión. Todo nos lleva, pues, a la conclusión de que es precisamente la trayectoria del sistema capitalista de producción la que hace del capitalista, con el tiempo, una figura tan superflua como el tejedor manual. Con la diferencia de que el tejedor manual se ve condenado a una lenta muerte por hambre, mientras que el capitalista desplazado se ve abocado a una muerte lenta, pero no por hambre, sino por todo lo contrario, por hartazgo. Solamente en una cosa son iguales uno y otro, a saber: en que ambos ignoran lo que va a ser de ellos.

. ^ resultado a que llegamos es, por tanto, éste: la trayectoria económica de la sociedad moderna tiende a una concentración cada vez mayor, a la socialización de la producción en empresas gigantescas, cuya dirección escapa ya a las manos de los capitalistas sueltos. Toda la vieja cháchara acerca del “ojo del amo” y de las maravillas de que es capaz se trueca en un completo contrasentido tan pronto como una empresa rebasa cierto volumen. ¿Probemos a imaginarnos el “ojo del amo” de la Compañía de Ferrocarriles de Londres y el Noroeste!

Pero lo que no puede hacer el “amo”, en empresas de esta envergadura, pueden hacerlo y lo hacen con éxito los asalariados, los empleados a sueldo de la sociedad.

Así, pues, en lo futuro el capitalista no podrá ya reclamar un “sueldo por vigilar , ya que no vigila nada. Grabémonos esto en la memoria cuando los defensores del capital nos atruenen los oídos con esta frase huera.

En nuestra última edición semanal hemos tratado ya de demostrar que la clase capitalista ha quedado también incapacitada para dirigir el gigantesco sistema de producción de nuestro país. De una parte, ha extendido la producción de tal modo que abarrota periódicamente de mercancías todos los mercados; de otra parte, se vuelve cada día más incapaz de hacerse valer frente a la competencia del extranjero. En una palabra, no solo nos encontramos con que nos podemos arreglar muy bien sin la ingerencia de la clase capitalista en las grandes industrias del país, sino que comprobamos además, que esta ingerencia va convirtiéndose cada vez mas en una llaga cancerosa.

Volvemos a decirles, una vez más: “[Retiraos! ¡Dad a la clase obrera una coyuntura para que demuestre de lo que es capaz!” Traducidos del inglés.

Tomados de The Labour Standard, Londres, 1881, I: 7 mayo; II: 21 mayo; III: 27 mayo; IV: 4 junio; V: 18 junio; VI: 2 julio; VII: 9 julio; VIII y IX: 23 julio; X: 30 julio; XI: 6 agosto.