Friedrich Engels

Jenny Marx, de soltera v. Westphalen

["Der Sozialdemokrat" núm. 50 del 8 de diciembre de 1881]

De nuevo la muerte se ha cobrado una víctima de las filas de la vieja guardia del socialismo proletario y revolucionario.

El 2 de diciembre del año en curso falleció en Londres, tras una larga y dolorosa enfermedad, la esposa de Karl Marx.

Había nacido en Salzwedel. Su padre, poco después trasladado a Tréveris como consejero de gobierno, trabó allí estrecha amistad con la familia Marx. Los niños crecieron juntos. Ambas naturalezas, extraordinariamente dotadas, se encontraron. Cuando Marx ingresó en la universidad, la comunidad de sus destinos futuros ya estaba decidida.

En 1843, tras la supresión de la primera «Rheinische Zeitung», dirigida durante algún tiempo por Marx, se celebró la boda. Desde entonces, Jenny Marx no sólo compartió los destinos, los trabajos, las luchas de su marido, sino que tomó parte en ellos con la más profunda comprensión y con la más ardiente pasión.

La joven pareja se trasladó a París, a un exilio voluntario que muy pronto se convirtió en real. El gobierno prusiano persiguió a Marx también allí. Alexander v. Humboldt se prestó a colaborar en la obtención de una orden de expulsión contra Marx. La familia fue empujada a Bruselas.

Sobrevino la Revolución de Febrero. Durante los disturbios que, a consecuencia de ella, estallaron también en Bruselas, no fue detenido sólo Marx. La policía belga no dejó pasar la ocasión de arrojar también a su mujer a la cárcel sin motivo alguno.

El auge revolucionario de 1848 se derrumbó ya al año siguiente. Nuevo exilio, primero en París, luego, a consecuencia de una nueva injerencia del gobierno francés, en Londres. Y esta vez fue, en verdad, para Jenny Marx un exilio con todos sus horrores. La presión material bajo la cual vio hundirse en la tumba a sus dos hijos varones y a una hijita, la habría superado a pesar de todo. Pero el hecho de que el gobierno y la oposición burguesa, desde la liberal-vulgar hasta la democrática, se confabularan en una gran conspiración contra su marido; que lo cubrieran con las calumnias más miserables, más infames; que toda la prensa se le cerrara, cortándole toda defensa, de modo que momentáneamente se halló inerme frente a adversarios a quienes él y ella debían despreciar: eso la hirió profundamente. Y eso duró mucho tiempo.

Pero no para siempre. El proletariado europeo volvió a encontrarse en condiciones de existencia en las que podía moverse con cierta independencia. Se fundó la Internacional. La lucha de clases del proletariado avanzó de país en país, y entre los primeros combatía su marido, el primero de todos. Entonces comenzó para ella una época que compensó muchos duros sufrimientos. Vivió para ver que las calumnias que habían caído densas como granizo sobre Marx se disipaban como tamo ante el viento; que sus doctrinas, para suprimir las cuales todos los partidos reaccionarios, feudales y demócratas, habían hecho esfuerzos tan enormes, eran ahora predicadas desde los tejados en todos los países civilizados y en todas las lenguas cultas. Vivió para ver que el movimiento proletario, con el que todo su ser estaba entretejido, sacudía el viejo mundo desde Rusia hasta América en sus cimientos y, a despecho de toda resistencia, avanzaba cada vez más seguro de la victoria.
Y una de sus últimas alegrías fue aún la prueba contundente de indestructible fuerza vital que nuestros obreros alemanes dieron en las últimas elecciones al Reichstag.

Lo que una mujer así, de inteligencia tan aguda y crítica, con tanto tacto político, con tal energía y pasión de carácter, con tal entrega a sus compañeros de lucha, ha realizado en el movimiento durante casi cuarenta años, no ha salido a la luz pública, no está registrado en los anales de la prensa contemporánea. Eso hay que haberlo vivido uno mismo. Pero esto sé: si las mujeres de los refugiados de la Comuna la recordarán a menudo, nosotros, los demás, echaremos de menos todavía muy a menudo su consejo audaz y prudente: audaz sin jactancia, prudente sin hacer jamás la menor concesión al honor.

Londres, 4 de diciembre de 1881

Friedrich Engels