La constitución de la marca permaneció hasta fines de la Edad Media como fundamento de casi toda la vida de la nación alemana. Después de una existencia de mil quinientos años, sucumbió por fin, poco a poco, por una vía puramente económica. Cedió ante los progresos económicos a los que ya no correspondía. Más adelante tendremos que investigar su decadencia y su ruina definitiva; encontraremos que todavía subsisten restos de ella hoy en día.

Pero si se mantuvo tanto tiempo, ello ocurrió a costa de su significación política. Durante siglos había sido la forma en que se había encarnado la libertad de las tribus germánicas. Ahora se convirtió en el fundamento de una servidumbre popular milenaria. ¿Cómo fue esto posible?

La más antigua asociación, según vimos, abarcaba a todo el pueblo. A él pertenecía originariamente toda la tierra tomada en posesión. Más tarde, la totalidad de los habitantes de un *Gau*, más estrechamente emparentados entre sí, se convirtió en poseedora del territorio por ellos colonizado, y al pueblo como tal solo le quedó el derecho de disposición sobre los parajes aún no ocupados y sin dueño. La población del *Gau* cedió a su vez a las distintas comunidades aldeanas –formadas asimismo por parientes de linaje más cercano– sus marcas de campo y bosque, quedando entonces nuevamente la tierra sobrante en poder del *Gau*. Lo mismo ocurría con las aldeas matrices al enviar nuevas colonias aldeanas, dotadas de tierra procedente de la antigua marca de la aldea originaria.

El vínculo de sangre, sobre el que aquí como en todas partes descansaba toda la constitución popular, fue cayendo cada vez más en el olvido con el aumento de la población y el ulterior desarrollo del pueblo.

Esto ocurrió primeramente en lo tocante a la totalidad del pueblo. La ascendencia común se sintió cada vez menos como un parentesco de sangre real; el recuerdo de ella se fue debilitando cada vez más,

solo quedaron la historia común y el habla común. En cambio, la conciencia del vínculo de sangre entre los habitantes del *Gau* se mantuvo, como es natural, por más tiempo. Con ello, el pueblo se redujo a una confederación más o menos firme de *Gaue*. En este estado parecen haberse encontrado los germanos en la época de la migración de los pueblos. Amiano Marcelino lo cuenta expresamente de los alamanes; en los derechos populares todavía se trasluce por todas partes; entre los sajones esta fase de desarrollo aún subsistía en tiempos de Carlomagno, entre los frisones hasta la ruina de la libertad frisia.

Pero la migración a suelo romano quebró también el vínculo de sangre del *Gau*, y tuvo que quebrarlo. Aunque el asentamiento se hiciera con la intención de agruparse por tribus y linajes, no fue posible llevarlo a cabo. Las largas migraciones habían mezclado no solo tribus y linajes, sino incluso pueblos enteros. A duras penas se logró mantener unido todavía el vínculo de sangre de las distintas comunidades aldeanas; y estas se convirtieron así en las auténticas unidades políticas de las que se componía el pueblo. Los nuevos *Gaue* en territorio romano ya eran de antemano, más o menos, distritos judiciales arbitrarios –o condicionados por las circunstancias encontradas– o lo fueron muy pronto.

Con ello, el pueblo quedó disuelto en una asociación de pequeñas comunidades aldeanas, entre las cuales no existía ningún nexo económico, o casi ninguno, ya que cada marca se bastaba a sí misma, producía sus propias necesidades y, además, los productos de cada una de las marcas vecinas eran casi exactamente los mismos. El intercambio entre ellas era, pues, casi imposible. Y una composición tal del pueblo, formada por puras pequeñas comunidades que tienen intereses económicos iguales, pero precisamente por ello no comunes, hace de un poder estatal no surgido de ellas, que se les enfrenta como algo extraño y las explota cada vez más, la condición de la existencia continuada de la nación.

La forma de este poder estatal está condicionada a su vez por la forma en que se encuentran las comunidades en ese momento. Allí donde –como entre los pueblos arios de Asia y entre los rusos– surge en una época en que la comunidad todavía cultiva el campo por cuenta colectiva o, al menos, solo lo asigna temporalmente a las distintas familias, donde, pues, aún no se ha formado ninguna propiedad privada del suelo, el poder estatal aparece como despotismo. En los países romanos conquistados por los germanos encontramos, en cambio, como vimos, las distintas partes de campo y prado ya como *allodium*, como propiedad libre de los poseedores, sometida únicamente a las obligaciones comunes de la marca.

Tenemos ahora que investigar cómo, sobre la base de este *allodium*, surgió una constitución social y estatal que –con la habitual ironía de la historia– acabó por disolver el Estado y, en su forma clásica, aniquiló todo *allodium*.

Con el *allodium* no solo se daba la posibilidad, sino la necesidad, de que la originaria igualdad de la propiedad territorial se trocara en su contrario. Desde el instante de su establecimiento sobre suelo anteriormente romano, el *allodium* alemán se convirtió en lo que la propiedad territorial romana, situada a su lado, ya era desde hacía mucho tiempo: mercancía. Y es una ley inexorable de todas las sociedades basadas en la producción y el intercambio de mercancías que en ellas la distribución de la propiedad se hace cada vez más desigual, la antítesis entre riqueza y pobreza cada vez mayor, y la propiedad se concentra cada vez más en pocas manos; una ley que en la moderna producción capitalista alcanza ciertamente su pleno desarrollo, pero que de ningún modo solo en ella entra en acción. Desde el momento, pues, en que surgió el *allodium*, la propiedad territorial libremente enajenable, la propiedad territorial como mercancía, desde ese momento la aparición de la gran propiedad territorial fue solo cuestión de tiempo.

Pero en la época de que nos ocupamos, la agricultura y la ganadería eran las ramas decisivas de la producción. La propiedad territorial y sus productos constituían con mucho la mayor parte de la riqueza de entonces. Las demás riquezas mobiliarias que existían seguían, por la naturaleza de las cosas, a la propiedad del suelo, y se concentraban cada vez más en las mismas manos que esta. La industria y el comercio ya habían sido arruinados bajo la decadencia romana; la invasión germánica los aniquiló casi por completo. Lo que de ellos aún quedaba era en su mayor parte ejercido por personas no libres y extranjeros, y siguió siendo una actividad despreciada. La clase dominante que, con la incipiente desigualdad de la propiedad, se fue formando gradualmente aquí, no podía ser sino una clase de grandes propietarios territoriales, y su forma de dominación política, una aristocracia. Por tanto, cuando veamos cómo en el surgimiento y formación de esta clase actúan de múltiples maneras, e incluso de modo aparentemente predominante, palancas políticas, violencia y fraude, no debemos olvidar por ello que esas palancas políticas solo sirven para fomentar y acelerar un proceso económico necesario. Veremos también, ciertamente, con harta frecuencia, cómo esas palancas políticas frenan el desarrollo económico; esto ocurre a menudo, y cada vez que los distintos interesados las aplican en direcciones contrapuestas o que se entrecruzan.

Ahora bien, ¿cómo surgió esta clase de grandes propietarios territoriales?

En primer lugar, sabemos que también después de la conquista franca se mantuvieron en la Galia una cantidad de grandes propietarios territoriales romanos, que hacían cultivar sus bienes en su mayor parte por colonos libres o dependientes, a cambio de un canon (*Canon*).

Pero, además, hemos visto cómo, mediante las guerras de conquista, la realeza se había convertido entre todos los germanos emigrados en una institución permanente y un poder real; cómo transformó la antigua tierra del pueblo en dominio real e incorporó igualmente a su posesión las tierras del Estado romano. Durante las numerosas guerras civiles que se originaron de las divisiones del reino, este patrimonio de la corona se acrecentó constantemente gracias a las confiscaciones masivas de los bienes de los llamados rebeldes. Pero tan rápidamente como crecía, era derrochado en donaciones a la Iglesia y a particulares, francos y romanos, hombres del séquito (antrustiones) u otros favoritos del rey. Cuando ya durante y por las guerras civiles se habían formado los comienzos de una clase dominante de grandes y poderosos, propietarios territoriales, funcionarios y jefes militares, también su apoyo fue comprado por los príncipes parciales mediante donaciones de tierras. Que todo esto fue, en la abrumadora mayoría de los casos, verdaderas donaciones, transmisiones a propiedad libre, hereditaria y enajenable, hasta que con Carlos Martel se introdujo aquí un cambio, lo ha demostrado irrefutablemente Roth. (1)

Cuando Carlos empuñó el timón del Estado, el poder de los reyes estaba completamente quebrantado, pero el de los mayordomos de palacio estaba lejos aún de haber ocupado su lugar. La clase de los grandes, creada bajo los merovingios a costa de la corona, favorecía de todas las maneras la ruina de la autoridad real, pero de ninguna manera para someterse a los mayordomos de palacio, sus iguales por estamento. Por el contrario, toda la Galia estaba en manos, como dice Einhard, de esos "tiranos que por doquier reclamaban para sí el dominio" (tyrannos per totam Galliam dominatum sibi vindicantes). Junto a los grandes seglares, hacían lo mismo los obispos, que en muchas regiones se habían apropiado el señorío sobre condados y ducados circundantes y estaban protegidos por la inmunidad y por la firme organización de la Iglesia. A la disolución interna del reino siguieron las incursiones del enemigo exterior; los sajones penetraron en la Francia renana, los ávaros en Baviera, los árabes, a través de los Pirineos, en Aquitania. En semejante situación, no podía bastar a la larga simplemente con abatir a los enemigos interiores y expulsar a los exteriores; era preciso hallar un camino para vincular más firmemente a la corona a los grandes humillados o a sus sucesores puestos en su lugar por Carlos. Y puesto que su poder hasta entonces había reposado sobre la gran propiedad territorial, la primera condición para ello era una total transformación de las relaciones de propiedad territorial. Esta transformación es la obra principal de la dinastía carolingia. Se distingue, a su vez, por el hecho de que el medio elegido para unir el reino, vincular para siempre a los grandes a la corona y fortalecer así a esta, acaba por producir la más completa impotencia de la corona, la independencia de los grandes y la disolución del reino.

Para comprender cómo llegó Carlos a elegir este medio, tenemos que examinar antes las relaciones de propiedad de la Iglesia en aquella época, las cuales, de todos modos, como elemento esencial de las condiciones agrarias de entonces, no pueden ser pasadas por alto aquí.

Ya en tiempos de los romanos, la Iglesia poseía en la Galia una propiedad territorial no insignificante, cuyos rendimientos se acrecentaban aún por grandes privilegios en materia de impuestos y otras prestaciones. Pero después de la conversión de los francos al cristianismo, amaneció la edad de oro para la Iglesia galicana. Los reyes rivalizaban entre sí sobre quién haría a la Iglesia las mayores donaciones en tierras, dinero, alhajas, utensilios eclesiásticos, etc. Ya Chilperico solía decir (Gregorio de Tours):

"Mirad cuán pobre se ha vuelto nuestro fisco, mirad cómo todas nuestras riquezas han sido transferidas a la Iglesia."

Bajo Gontrán, el favorito y servidor de los clérigos, las donaciones ya no conocieron límite. Así, la propiedad territorial confiscada de los francos libres acusados de rebelión fluyó en gran parte a manos de la Iglesia.

Como los reyes, así el pueblo. Pequeños y grandes no podían hacer nunca lo bastante por la Iglesia.

Una curación maravillosa de un mal real o supuesto, el cumplimiento de un deseo anhelado, por ejemplo, el nacimiento de un hijo, la salvación de un peligro, traía a la iglesia cuyo santo se había mostrado auxiliador una donación. Se consideraba tanto más necesario tener siempre la mano abierta cuanto que, entre los altos y los bajos, estaba difundida la opinión de que las donaciones a la iglesia obraban la remisión de los pecados. (Roth, pág. 250.)

A ello se añadía la inmunidad que protegía la propiedad de la iglesia contra los atropellos en una época de incesantes guerras civiles, saqueos y confiscaciones. Muchos pequeños propietarios consideraban oportuno ceder su propiedad a la iglesia cuando se les reservaba el usufructo mediante un censo módico.

Pero todo esto no bastaba aún a los piadosos clérigos. Mediante amenazas de eternas penas infernales, extorsionaban formalmente donaciones cada vez más cuantiosas, hasta el punto de que Carlomagno aún en el año 811 les reprocha esto en el Capitular de Aquisgrán, y además el que inducen a las gentes

«al perjurio y al falso testimonio para aumentar vuestra riqueza (de los obispos y abades)».

Se obtenían subrepticiamente donaciones ilegales confiando en que la iglesia, además de su fuero privilegiado, poseía medios suficientes para burlar a la justicia. En los siglos VI y VII apenas hubo concilio galo que no amenazara con la excomunión toda impugnación de las donaciones hechas a la iglesia. Incluso las donaciones formalmente inválidas debían convertirse por este camino en válidas, y las deudas privadas de algunos clérigos protegerse contra su cobranza.

«Son verdaderamente despreciables los medios que vemos emplear para excitar de nuevo constantemente el deseo de donaciones. Cuando las descripciones de las bienaventuranzas celestiales y de los tormentos infernales ya no surtían efecto, se hacían venir reliquias de comarcas lejanas, se celebraban traslaciones y se construían nuevas iglesias; esto fue en el siglo IX un verdadero ramo de negocio.» (Roth, pág. 254.) «Cuando los enviados del monasterio de San Medardo de Soissons, tras grandes fatigas, hubieron mendigado en Roma el cuerpo de San Sebastián y robado además el de San Gregorio, y ambos fueron depositados en el monasterio, acudieron tantas gentes a los nuevos santos que la comarca quedó sembrada como de langostas, y los necesitados de auxilio eran curados no individualmente, sino por manadas enteras. La consecuencia fue que los monjes midieron el dinero en fanegas, de las cuales contaron 85, y que su provisión de oro alcanzó las 900 libras.» (Pág. 255.)

El fraude, los juegos de manos, las apariciones de difuntos, particularmente de santos, servían para estafar riquezas para la iglesia, y, por último, también y principalmente, la falsificación de documentos. Esta última —dejemos nuevamente la palabra a Roth—

«fue practicada por muchos clérigos en escala grandiosa… este negocio comenzó ya muy temprano… La magnitud con que se ejerció este oficio se desprende del gran número de documentos falsificados que contienen nuestras colecciones. De los 360 diplomas merovingios que figuran en Bréquigny, aproximadamente 130 son decididamente falsos… El falso testamento de San Remigio fue ya utilizado por Hincmaro de Reims para procurar a su iglesia una serie de posesiones de las que el auténtico nada dice, a pesar de que este último nunca se había perdido y Hincmaro conocía muy bien la falsedad del primero.» Incluso el papa Juan VIII intentó «adquirir la posesión del monasterio de Saint-Denis, cerca de París, mediante un documento que él sabía falso». (Roth, pág. 256 y ss.)

Así, pues, no puede sorprendernos que la propiedad territorial de la iglesia, amasada mediante donación, extorsión, fraude, estafa, falsificación y otras industrias de presidio, cobrara en pocos siglos proporciones verdaderamente colosales. El monasterio de Saint-Germain-des-Prés, hoy englobado en París, poseía a comienzos del siglo IX una propiedad de 8.000 mansos u huevas, cuya superficie calcula Guérard en 429.987 hectáreas, con un rendimiento anual de 1 millón de francos = 800.000 marcos. Si aplicamos el mismo promedio de 54 hectáreas de superficie y 125 francos = 100 marcos de renta por hueva, en aquella misma época los monasterios de Saint-Denis, Luxeuil y Saint-Martin de Tours, con unos 15.000 mansos cada uno, disponían de una propiedad de 810.000 hectáreas y una renta de 1 millón y medio de marcos. ¡Y esto después de la confiscación de los bienes eclesiásticos por Pipino el Breve! Roth (pág. 249) estima que el total de los bienes de la iglesia en la Galia a fines del siglo VII representaba más bien más que menos de un tercio de la superficie total.

Estas enormes masas de bienes eran cultivadas en parte por campesinos dependientes no libres y en parte por dependientes libres de la iglesia. Entre los no libres, los esclavos (servi) estaban originariamente sujetos a prestaciones ilimitadas a sus señores, pues no eran personas jurídicas; sin embargo, también para los esclavos asentados parece haberse establecido pronto una medida consuetudinaria de tributos y servicios. En cambio, las prestaciones de las otras dos clases no libres, los colonos y los liten (sobre cuya diferencia jurídica en aquel tiempo no se tienen noticias), estaban fijadas y consistían en determinados servicios manuales y de tiro, así como en una parte determinada del producto de la finca. Eran relaciones de dependencia de un tipo arraigado desde antiguo. Para los germanos, en cambio, era algo nuevo que hombres libres se asentaran en un suelo que no fuera común o propio. Ciertamente, los germanos encontraron en la Galia y en todo el territorio del derecho romano a muchos romanos libres como arrendatarios; pero que ellos mismos no tuvieran necesidad de convertirse en arrendatarios, sino que pudieran asentarse en tierra propia, era algo asegurado por la conquista. Por consiguiente, para que los francos libres pudieran convertirse en dependientes de alguien, tenían que haber perdido de algún modo el alodio recibido durante la conquista, y tenía que haberse formado una clase propia de francos libres sin tierra.

Esta clase se formó mediante la incipiente concentración de la propiedad territorial, por las mismas causas que la engendraron; de un lado, por las guerras civiles y las confiscaciones; de otro, por las transferencias de tierras a la iglesia, debidas en gran parte a la presión de las circunstancias y al anhelo de seguridad. Y la iglesia encontró

pronto un medio particular para fomentar tales transferencias, dejando al donante no sólo el usufructo de su finca a cambio de un censo, sino dándole además en censo una parcela de los bienes eclesiásticos. Estas donaciones adoptaban una doble forma. O bien el donante se reservaba el usufructo de la finca durante toda su vida, de modo que solo después de su muerte pasaba a propiedad de la iglesia (donatio post obitum); en este caso era habitual, y más tarde se fijó expresamente en las capitulares de los reyes, que el donante recibiera de la iglesia en censo el doble de lo donado. O bien la donación surtía efecto inmediatamente (cessio a die praesente), y entonces el donante recibía el triple en bienes eclesiásticos junto con su propia finca a censo, mediante la llamada precaria, un documento expedido por la iglesia que le transfería estas tierras, por lo común de por vida, aunque a veces también por un período más largo o más corto. Una vez creada la clase de hombres libres sin tierra, no pocos de ellos entraron en una relación semejante; las precarias a ellos concedidas parecen haberse otorgado al principio generalmente por cinco años, pero también aquí se convirtieron pronto en vitalicias.

No cabe duda de que ya en la época merovingia se formaron en las fincas de los grandes señores laicos relaciones muy semejantes a las de los bienes eclesiásticos, de modo que también allí, junto a campesinos no libres, se asentaban dependientes libres a censo. Incluso debieron ser ya muy numerosos bajo Carlos Martel, pues de lo contrario la revolución de las relaciones de propiedad territorial iniciada por él y completada por su hijo y su nieto resultaría inexplicable, al menos en un aspecto.

Esta revolución se basa fundamentalmente en dos nuevas instituciones. En primer lugar, para vincular a los grandes del reino a la corona, a partir de entonces los bienes de la corona ya no se les donaban por lo general, sino que sólo se les concedían de por vida como «beneficio» (beneficium), y ello bajo determinadas condiciones que debían cumplirse so pena de confiscación. De este modo se convertían ellos mismos en dependientes de la corona. Y, en segundo lugar, para garantizar la presentación de los dependientes libres de los magnates para el servicio militar, se transfirió a éstos una parte de las atribuciones del conde del gau sobre los hombres libres asentados en sus tierras, nombrándolos «señores» (seniores) de aquéllos. De estos dos cambios sólo hemos de considerar aquí, por el momento, el primero.

Al someter a los pequeños «tiranos» rebeldes, Carlos —faltan las noticias— procedió según la antigua costumbre, confiscando sus propiedades, pero, en la medida en que luego los repuso en sus cargos y dignidades, les habrá concedido de nuevo total o parcialmente esas mismas tierras como beneficio. Con los

bienes eclesiásticos de los obispos recalcitrantes no se atrevió aún a proceder del mismo modo; los depuso y entregó sus puestos a personas adictas a él, de las cuales, ciertamente, muchas no tenían de clérigo más que la tonsura (sola tonsura clericus). Estos nuevos obispos y abades comenzaron entonces, por orden suya, a transferir grandes extensiones de los bienes de la iglesia a laicos en precaria; cosa que ya antes no carecía de ejemplo, pero que ahora se hizo en masa. Su hijo Pipino fue mucho más lejos. La iglesia estaba decaída, el clero despreciado, el papa acosado por los longobardos, y solo podía contar con la ayuda de Pipino. Éste ayudó al papa, favoreció la expansión de su poder eclesiástico, le sostuvo el estribo. Pero se hizo pagar, incorporando a los bienes de la corona la mayor parte de los bienes eclesiásticos y dejando a obispos y monasterios solo lo necesario para su sustento. Esta primera secularización en gran escala la aceptó la iglesia sin resistencia; el sínodo de Lestines la confirmó, aunque con una cláusula restrictiva que nunca se cumplió. Esta ingente masa de bienes puso de nuevo el exhausto patrimonio de la corona sobre un pie respetable y sirvió en gran parte para ulteriores concesiones, que de hecho adoptaron pronto la forma de beneficios ordinarios.

Agreguemos aquí que la iglesia supo reponerse muy pronto de este golpe. Apenas consumado el arreglo con Pipino, los buenos varones de Dios reanudaron las viejas prácticas. Las donaciones llovieron de nuevo por todas partes, los pequeños campesinos libres se hallaron otra vez en la misma y penosa situación entre el martillo y el yunque, como desde hacía 200 años; bajo Carlomagno y sus sucesores les fue aún peor, y muchos se acogieron con casa y hacienda bajo la protección del báculo. Los reyes devolvieron a los monasterios favorecidos una parte del botín; a otros, especialmente en Alemania, les donaron enormes extensiones de tierras de la corona; bajo Luis el Piadoso parecieron haber vuelto para la iglesia los benditos tiempos de Gontrán. Los archivos de los monasterios son particularmente ricos en donaciones del siglo IX.

El beneficio, esta nueva institución que hemos de examinar ahora más de cerca, no era todavía el feudo posterior, pero sí su germen. Se transfería desde un principio por el tiempo de vida común tanto del otorgante como del receptor. Si moría uno u otro, revertía al propietario o a sus herederos. Para renovar la relación anterior era necesaria una nueva transferencia al receptor o a sus herederos. Por tanto, el beneficio estaba sujeto, en la expresión posterior, tanto a la defunción del señor como a la reversión. La defunción del señor sobrevenía pronto

quedó en desuso; los grandes beneficiarios se hicieron precisamente más poderosos que el rey. La reversión (Heimfall) trajo consigo, ya desde temprano, no pocas veces la nueva concesión del bien al heredero del anterior beneficiario. Una finca, Patriciacum (Percy), cerca de Autun, concedida por Carlos Martel como beneficio a Hildebrannus, permaneció en la familia de padres a hijos durante cuatro generaciones, hasta que el rey, en 839, la donó al hermano del cuarto beneficiario en plena propiedad. Otros ejemplos no son raros desde mediados del siglo VIII.

El beneficio podía ser recuperado por el otorgante en todos los casos en que se hubiera incurrido en confiscación de bienes. Y estos casos abundaron más que de sobra también bajo los carolingios. Las sublevaciones en Alamania bajo Pipino el Breve, la conspiración de los turingios, los repetidos levantamientos de los sajones condujeron a confiscaciones siempre renovadas, ya de tierras de campesinos libres, ya de bienes y beneficios de los grandes. Lo mismo sucedió, a despecho de cuantas disposiciones contractuales se opusieran, durante las guerras civiles bajo Luis el Piadoso y sus hijos. También ciertos delitos no políticos acarreaban confiscaciones.

Además, los beneficios podían ser recuperados por la corona cuando el beneficiario descuidaba sus deberes generales de súbdito, por ejemplo, no entregaba al bandido desde la inmunidad, no aportaba su arnés a la campaña, no respetaba las cartas reales, etc.

Pero, además, los beneficios se transferían bajo condiciones especiales, cuyo quebrantamiento acarreaba la recuperación, sin que, naturalmente, el resto del patrimonio del beneficiario se viese afectado por ella. Así, por ejemplo, cuando se concedían antiguos bienes eclesiásticos y el beneficiario descuidaba el pago de las cargas que pesaban sobre ellos a favor de la Iglesia (nonae et decimae). Así, cuando dejaba arruinarse la finca, en cuyo caso se solía fijar primero un plazo de apercibimiento de un año, para que el beneficiario pudiera protegerse de la confiscación, que de otro modo sobrevendría, mediante la mejora de la finca, etc. Además, la transferencia del bien podía estar vinculada a determinadas prestaciones de servicios, y de hecho lo estuvo cada vez más en la medida en que el beneficio se fue desarrollando hasta convertirse en el feudo propiamente dicho. Pero originariamente esto no era en absoluto necesario; y menos aún en lo que atañe al servicio militar; multitud de beneficios se concedieron a clérigos de bajo rango, a monjes, a mujeres eclesiásticas y seglares.

Por último, no queda en modo alguno excluido que la corona, en un principio, también haya concedido tierras en forma revocable o por tiempo determinado, esto es, como precarias. Algunas noticias y el proceder de la Iglesia lo hacen

probable. Sin embargo, esto cesó en todo caso pronto, pues la concesión bajo condiciones beneficiales se generalizó en el siglo IX.

En efecto, la Iglesia –y de los grandes terratenientes y beneficiarios hemos de suponer otro tanto–, la Iglesia, que anteriormente había transferido bienes a sus colonos libres casi siempre sólo como precarias por tiempo determinado, tuvo que seguir el impulso dado por la corona. No sólo empezó a conceder también beneficios, sino que este modo de concesión llegó a ser tan predominante que las precarias ya existentes se convirtieron en vitalicias, adoptaron insensiblemente la naturaleza del beneficio, hasta que en el siglo IX la primera forma se disuelve casi por completo en la segunda. En la última mitad del siglo IX, los beneficiarios de la Iglesia, y asimismo los de los grandes seglares, tienen que haber alcanzado ya una posición importante en el Estado; muchos de ellos han debido ser gentes de considerable fortuna, fundadores de la posterior baja nobleza. De otro modo, Carlos el Calvo no habría tomado tan vivamente partido por aquellos a quienes Hincmaro de Laon había despojado sin motivo de sus beneficios.

Vemos que el beneficio presenta ya no pocas facetas que reaparecen en el feudo desarrollado. Una y otra institución tienen en común tanto la reversión al trono (Thronfall) como la reversión al otorgante (Heimfall). Al igual que el feudo, el beneficio está sometido a recuperación sólo bajo condiciones determinadas. En la jerarquía social creada por los beneficios, que desciende desde la corona, pasando por los grandes beneficiarios –predecesores de los príncipes del Imperio– hasta los beneficiarios medios –la nobleza posterior– y de éstos a los campesinos libres y no libres, que en su inmensa mayoría vivían en el seno de la comunidad de marca, vemos la base de la posterior y cerrada jerarquía feudal. Si es cierto que el feudo posterior es en toda circunstancia un bien de servicio y obliga a la prestación militar para con el señor feudal, esto último no se da todavía en el beneficio, y lo primero no es en absoluto necesario. Pero la tendencia del beneficio a convertirse en bien de servicio es ya inequívocamente perceptible y gana cada vez más espacio en el siglo IX; y a medida que se despliega libremente, el beneficio se desarrolla también hasta convertirse en feudo.

Pero en esta evolución coopera un segundo factor: la transformación que experimentó la constitución del Gau y del ejército, primero bajo la influencia de la gran propiedad territorial y más tarde bajo la de los grandes beneficios, en los que la antigua gran propiedad territorial se había ido transformando cada vez más a consecuencia de las incesantes guerras internas y de las confiscaciones y nuevas concesiones vinculadas a ellas.

Es comprensible que en este capítulo se trate únicamente del beneficio en su forma pura, clásica, en la cual, ciertamente, no fue

sino una forma fugaz, que ni siquiera apareció en todas partes al mismo tiempo. Pero tales formas históricas de manifestación de relaciones económicas sólo se comprenden cuando se las aprehende en esa su pureza, y el haber desprendido esta forma clásica del beneficio de todos los confusos añadidos es uno de los principales méritos de Roth.

Constitución del Gau y del ejército

La revolución que acabamos de describir en el estado de la propiedad territorial no podía dejar de influir sobre la antigua constitución. Provocó en ella cambios igualmente significativos, y éstos, a su vez, repercutieron sobre las relaciones de propiedad territorial. Dejamos de lado por el momento la transformación de la constitución general del Estado y nos limitamos aquí a la influencia de la nueva situación económica sobre los restos aún subsistentes de la antigua constitución popular en el Gau y en el ejército.

Ya bajo los merovingios encontramos con frecuencia a condes y duques como administradores de bienes de la corona. Sin embargo, no es hasta el siglo IX cuando hallamos de manera indudable ciertos bienes de la corona vinculados al cargo condal, de modo que el conde de turno percibía sus rentas. El antiguo cargo honorífico se había convertido en un cargo retribuido mediante una dotación. Junto a ello, y como se sobreentiende dadas las condiciones de la época, encontramos también a los condes en posesión de beneficios reales que se les habían asignado personalmente. De este modo, el conde se convirtió en un poderoso señor territorial dentro de su condado.

Ante todo, está claro que la autoridad del conde tenía que resentirse por la aparición de grandes terratenientes por debajo de él y a su lado; gentes que bajo los merovingios y los primeros carolingios se burlaron a menudo de la orden del rey, tenían que mostrar aún menos respeto al mandato del conde. Sus colonos libres, confiados en la protección de los poderosos señores territoriales, desatendían con igual frecuencia la citación del conde a comparecer ante el tribunal o su llamamiento al ejército. Ésta fue precisamente una de las causas que condujeron a la introducción de la concesión a título de beneficio en lugar de a título de alodio y a la posterior y gradual transformación de la mayor parte de la antigua gran propiedad libre en beneficio.

Con esto solo no quedaba aún asegurada la incorporación de los libres asentados en las tierras de los grandes a las prestaciones estatales. Hubo de producirse un cambio ulterior. El rey se vio obligado a hacer responsables a los grandes terratenientes de la comparecencia de sus colonos libres ante los tribunales, en el ejército y en los demás servicios públicos acostumbrados,

del mismo modo que hasta entonces el conde había respondido por todos los habitantes libres de su condado. Y esto sólo podía lograrse transfiriendo el rey a los grandes una parte de las atribuciones condales sobre sus colonos. El señor territorial o beneficiario tenía que presentar a sus hombres ante el tribunal; la citación de éstos tenía, pues, que efectuarse por su mediación. Tenía que conducirlos al ejército; su leva, pues, se hacía a través de él; y para poder responder de ellos de continuo, tenía que ostentar sobre ellos el mando y el derecho de disciplina militar. Pero el servicio de los colonos era y seguía siendo servicio del rey; al recalcitrante no lo castigaba el propietario de la finca, sino el conde real; la multa correspondía al fisco real.

También esta innovación se remonta a Carlos Martel. Por lo menos, sólo desde su época encontramos la costumbre de que los grandes dignatarios eclesiásticos partieran personalmente a campaña, costumbre que, según Roth, sólo se explica porque Carlos dejaba que los obispos se incorporaran al ejército al frente de sus colonos, para asegurarse de la comparecencia de éstos. Lo mismo sucedió indudablemente con los grandes seglares y sus colonos. Bajo Carlomagno, la nueva institución aparece ya firmemente establecida y generalizada.

Con ello, empero, se había operado un cambio esencial también en la posición política de los colonos libres. Ellos, que antes eran jurídicamente iguales a su señor territorial, por mucho que pudieran depender económicamente de él, se convirtieron ahora también jurídicamente en súbditos suyos. La sujeción económica recibió sanción política. El señor territorial se convierte en Senior, en Seigneur, los colonos se convierten en sus homines; el «señor» pasa a ser el superior del «hombre». La igualdad jurídica de los libres se ha desvanecido; el «hombre» de más baja condición, cuya plena libertad ya había sufrido grave menoscabo por la pérdida del patrimonio hereditario, se aproxima un grado más al no libre. Tanto más se eleva el nuevo «señor» por encima del nivel de la antigua libertad común. La base, ya creada económicamente, de la nueva aristocracia es reconocida por el Estado y se convierte en uno de los resortes que cooperan regularmente en la maquinaria estatal.

Pero al lado de estos homines, compuestos de colonos libres, existía otra clase. Eran éstos los libres empobrecidos que habían entrado voluntariamente al servicio o séquito de los grandes. Los merovingios tenían su séquito en los antrustiones; los grandes de aquel tiempo tampoco habrán carecido de séquito. Bajo los carolingios, los hombres del séquito del rey reciben los nombres de Vassi, Vasalli o Gasindi, expresiones que en los derechos populares más antiguos se emplean todavía para un no libre,

pero que ya entonces han adquirido la significación de un hombre de séquito, generalmente libre. Las mismas designaciones valen para los hombres del séquito de los grandes, que ahora aparecen de manera completamente general y se convierten en un elemento cada vez más numeroso e importante en la sociedad y en el Estado.

El modo en que los grandes llegaban a tener tales hombres de séquito lo muestran las antiguas fórmulas contractuales. En una de ellas (Form. Sirmond. 44) se dice, por ejemplo:

«Por cuanto es notorio a todos que nada tengo con qué nutrirme o vestirme, ruego a vuestra» (del señor) «piedad que me permita acogerme y encomendarme a vuestra protección señorial» (mundoburdum, como tutela), «de suerte que... estéis obligado a socorrerme con alimento y vestido, según yo os sirva y lo merezca; y yo, mientras viva, os deba servicio y obediencia a la manera de un hombre libre (ingenuili ordine); y no tenga poder, en el tiempo de mi vida, para sustraerme a vuestra potestad y protección, sino que haya de permanecer toda mi vida bajo vuestra potestad y protección.»

Esta fórmula nos da plena cuenta y razón acerca del surgimiento y la naturaleza de la relación simple de séquito, despojada de toda mezcla extraña, y tanto más cuanto que representa el caso extremo de un pobre diablo venido a menos por completo. La entrada en el cuerpo de séquito del señor se producía en virtud de un libre acuerdo de ambas partes —libre en el sentido de la jurisprudencia romana y moderna—, con harta frecuencia de manera similar a como hoy entra un obrero al servicio de un fabricante. El «hombre» se encomendaba al señor, y éste aceptaba su encomendación. Ésta consistía en el apretón de manos y el juramento de fidelidad. El acuerdo era vitalicio y sólo se disolvía por la muerte de uno de los dos contratantes. El hombre de servicio estaba obligado a todos los trabajos compatibles con la posición de un hombre libre que su señor quisiera encomendarle. A cambio, era mantenido por éste y recompensado según su criterio. Con esto no iba en modo alguno vinculada necesariamente la cesión de tierra, y, en efecto, de ninguna manera tenía lugar en todos los casos.

Esta relación no sólo fue tolerada bajo los carolingios, especialmente desde Carlomagno, sino directamente favorecida y, por último, convertida en obligación para todos los hombres libres comunes y regulada por el Estado, según parece mediante un capitular del año 847. Así, el hombre de servicio sólo podía disolver unilateralmente la relación con su señor si éste pretendía matarlo, golpearlo con un palo, deshonrar a su mujer o a su hija o quitarle su bien heredado (capitular de 813). Y, ciertamente, el hombre de servicio quedaba ligado al señor

en cuanto había recibido de éste el valor de un sueldo; de donde se desprende una vez más con claridad cuán poco estaba entonces vinculado necesariamente el vasallaje a la concesión de tierras. Las mismas disposiciones las repite un capitular del año 816, con el añadido de que el hombre de servicio quedaba desligado si su señor quisiera reducirlo sin derecho a la condición de no libre o si, pudiendo prestarle la protección prometida, no se la prestara.

Frente al Estado, el señor del séquito obtuvo entonces los mismos derechos y deberes respecto a sus hombres de séquito que el señor territorial o el beneficiario respecto a sus colonos. Aquéllos seguían debiendo servicio al rey, sólo que también aquí se interponía el señor del séquito entre el rey y sus condes. Presentaba a los vasallos ante el tribunal, los convocaba, los conducía en la guerra y mantenía la disciplina entre ellos, respondía por ellos y por su equipo reglamentario. Con ello, empero, el señor del séquito adquirió un cierto poder punitivo sobre sus subordinados, y éste constituye el punto de partida de la jurisdicción que, más tarde, desarrolló el señor feudal sobre sus vasallos.

En estas otras dos instituciones —en la formación del sistema de séquito y en la transferencia del poder condal, es decir, de la autoridad estatal, al señor territorial, a los señores de la corona, a los beneficiarios y a los señores de séquito sobre sus subordinados, pronto reunidos todos bajo los nombres de vassi, vasalli, homines —tanto colonos como hombres de séquito sin tierra—, en esta confirmación y reforzamiento estatal del poder fáctico del señor sobre los vasallos—, vemos desarrollarse ya de manera considerable el germen del feudalismo dado en los beneficios. La jerarquía de los estamentos, desde el rey hacia abajo pasando por los grandes beneficiarios hasta sus colonos libres y, por último, los no libres, se convierte en elemento reconocido de la organización estatal, que coopera en calidad oficial. El Estado reconoce que no puede subsistir sin su ayuda. Cómo se prestó de hecho esa ayuda habrá de verse, desde luego.

La distinción entre hombres de séquito y colonos sólo es importante para el comienzo, a fin de demostrar el doble origen de la dependencia de los libres. Muy pronto confluyen de manera inseparable, tanto en el nombre como en los hechos, ambas clases de vasallos. Los grandes beneficiarios adoptaron cada vez más la costumbre de encomendarse al rey, de convertirse, junto a sus beneficiarios, también en vasallos suyos. Los reyes hallaron de su interés hacerse prestar personalmente el juramento de fidelidad por los grandes, obispos, abades, condes y vasallos («Ann[ales] Bertin[iani]» 837 y con frecuencia en el siglo IX), con lo cual la diferencia entre el

juramento general de súbdito y el juramento especial de vasallaje pronto hubo de desdibujarse. Así, progresivamente, todos los grandes se transforman en vasallos regios. Con ello, empero, el lento desarrollo de los grandes terratenientes hasta constituir un estamento especial, una aristocracia, quedó reconocido por el Estado, inserto en la organización estatal, convertido en una de sus palancas oficialmente activas.

De igual modo, el hombre de séquito de cada gran terrateniente se disuelve paulatinamente en el colono. Aparte de la manutención directa en la corte señorial, que sólo podía tener lugar para un número reducido de cabezas, no quedaba otro medio de asegurarse hombres de séquito que asentarlos en la tierra y cederles tierra en beneficio. Un numeroso séquito combatiente, condición principal de la existencia de los grandes en aquella época de luchas eternas, sólo podía lograrse, pues, mediante la concesión de tierras a los vasallos. De ahí que, poco a poco, los servidores sin tierra de la corte señorial desaparezcan ante la masa de los asentados en tierra señorial.

Pero cuanto más se insertaba este nuevo elemento en la vieja constitución, tanto más tenía que verse sacudida ésta. El antiguo y directo ejercicio del poder estatal por el rey y los condes cedió cada vez más el lugar a uno indirecto; entre los hombres libres comunes y el Estado se interpuso el señor, al que aquéllos se hallaban ligados personalmente por fidelidad en medida cada vez mayor. La pieza motriz más eficaz de la máquina estatal, el conde, tuvo que ir pasando cada vez más a un segundo plano, y de hecho así ocurrió. Carlomagno procedió aquí como solía proceder en todas partes. Primero favoreció, según vimos, la proliferación del vínculo de vasallaje hasta que los pequeños hombres libres independientes casi desaparecieron; cuando luego la debilitación de su poder así provocada salió a la luz, intentó ponerlo nuevamente en pie mediante la intervención estatal. Esto pudo lograrlo en algunos casos bajo un soberano tan enérgico y temido; bajo sus débiles sucesores, la fuerza de los hechos creados con su ayuda se abrió paso inconteniblemente.

El recurso predilecto de Carlomagno era el envío de enviados regios (missi dominici) con poderes extraordinarios. Allí donde el funcionario regio ordinario, el conde, no podía poner coto al desorden que se extendía, un enviado especial debía hacerlo. (Fundamentar y desarrollar esto históricamente en otro lugar.)

Ahora bien, había aún otro recurso, y éste consistía en situar al conde en una posición tal que, también en medios materiales de poder, estuviera al menos a la par de los grandes de su condado. Esto sólo era posible si igualmente el conde ingresaba en la fila de los grandes terrate-

nientes, lo cual a su vez podía ocurrir por dos caminos. En los distintos pagos podían adscribirse ciertas tierras al cargo condal como dotación, de modo que el conde respectivo las administrara en virtud de su cargo y percibiera sus rentas. De esto se hallan muchos ejemplos, sobre todo en documentos, y ya desde fines del siglo VIII; desde el siglo IX esta relación es del todo corriente. Tales dotaciones provienen, como es natural, la mayoría de los bienes del fisco regio, así como ya en la época merovingia hallamos con frecuencia a condes y duques administrando los bienes fiscales regios situados en su territorio.

Cosa curiosa, se hallan también no pocos ejemplos (incluso un formulario para ello) de obispos que dotan el cargo condal con bienes de la Iglesia, naturalmente, dada la inalienabilidad de éstos, en alguna forma de beneficio. La generosidad de la Iglesia es harto conocida para admitir aquí otra razón que la amarga necesidad. Bajo la creciente presión de los grandes señores seculares vecinos, a la Iglesia no le quedaba sino la alianza con los restos del poder estatal.

Estas pertenencias vinculadas a los cargos condales (res comitatus, pertinentiae comitatus) se distinguen aún netamente al principio de los beneficios que se transferían personalmente al conde respectivo. También éstos se otorgaban por lo común con largueza, de modo que, sumando dotación y beneficios, los cargos condales, originariamente puestos honoríficos, se convierten ahora en puestos muy lucrativos y, desde Luis el Piadoso, fueron concedidos a personas que se quería ganar o de las que se pretendía asegurarse, enteramente igual que otras liberalidades regias. Así se dice de Luis el Tartamudo que «quos potuit conciliavit [sibi], dans eis abbatias et comitatus ac villas» |«al punto trató de ganar para sí a cuantos pudo, concediéndoles abadías y bienes según el deseo y la demanda de cada cual»| («Ann[ales] Bertin[iani]» 877). La denominación honor, con que antes se designaba el cargo en referencia a los derechos honoríficos vinculados a él, adquiere en el curso del siglo IX exactamente el mismo significado que beneficium. Y con ello sobrevino necesariamente también un cambio esencial en el carácter del cargo condal, que Roth destaca con razón (p. 408). Originariamente, el señorío, en la medida en que cobraba un carácter público, estaba modelado a imagen del cargo condal, dotado de facultades condales. Ahora —en la segunda mitad del siglo IX— el señorío había ganado terreno de manera tan general, que amenazaba con desbordar al cargo condal, y éste sólo podía mantenerse en su posición de poder asumiendo él mismo, cada vez más, el carácter de un señorío.

Los condes usurparon cada vez más, y no sin éxito, la posición de un señor frente a los habitantes de su pago (pagenses), y ello tanto en lo tocante a sus relaciones privadas como a las públicas. Exactamente igual que los demás «señores» a los pequeños vecinos, así también los condes procuraban, por las buenas o por la fuerza, llevar a los habitantes libres menos acomodados del pago a someterse a ellos como vasallos. Esto resultaba tanto más fácil cuanto que el simple hecho de que los condes pudieran abusar de su autoridad oficial de tal modo es la mejor prueba de la poca protección que el resto aún existente de hombres libres comunes podía esperar del poder regio y de sus órganos. Entregados por todos lados a la prepotencia, los pequeños libres tenían que alegrarse de encontrar cualquier señor protector, incluso mediante la cesión de su alodio y la recuperación del mismo como mero beneficio. Ya en el cap[itular] de 811 se queja Carlomagno de que obispos, abades, condes, jueces y centenarios hunden a los pequeños por medio de continuas vejaciones judiciales o repetidas convocatorias al ejército hasta que transfieren o venden su alodio a aquéllos; de que los pobres se lamentan en voz alta del robo que se comete contra su propiedad, etc. De esta suerte, ya a fines del siglo IX se hallaba en la Galia en manos de la Iglesia, de los condes y de otros grandes la mayor parte de la propiedad libre (Hincmar Rem[ensis] 869), y algo más tarde, en algunas provincias no había ya en absoluto propiedad fundiaria libre de pequeños libres. (Maurer, Ein[leitung], p. 212.) Tan pronto como los beneficios, ante el creciente poder de los beneficiarios y la decadencia del de la corona, se hicieron hereditarios gradualmente, también los cargos condales se volvieron hereditarios por vía consuetudinaria. Así como veíamos en la multitud de los beneficiarios regios los atisbos de la formación de la nobleza posterior, vemos aquí el germen de la soberanía territorial de los posteriores señores territoriales surgidos de los condes de pago.

Mientras de este modo el orden social y estatal se transformaba por completo, la vieja constitución militar, fundada en el servicio de armas —tanto derecho como deber— de todos los libres, permanecía exteriormente la misma, sólo que, allí donde existían las nuevas relaciones de dependencia, el señor se interponía entre sus vasallos y el conde. Pero los comuneros libres estaban cada año menos en condiciones de soportar la carga del servicio militar. Ésta no consistía únicamente en el servicio personal; el convocado debía equiparse por sí mismo y mantenerse a sus propias expensas durante los primeros seis meses, hasta que, por fin, las incesantes guerras de Carlos el Grande hicieron desbordar la medida. La carga se tornó tan insoportable que, para eludirla, los pequeños libres prefirieron en masa transferir no sólo el resto de su posesión, sino su propia persona y la de su descendencia a los grandes, y en particular a la Iglesia. A tal punto había reducido Carlos a los libres y guerreros francos, que preferían convertirse en tributarios y siervos de la gleba con tal de no marchar a la guerra. Fue ésta la consecuencia de que Carlos se empeñara en mantener en vigor, e incluso en llevar hasta el extremo más riguroso, una constitución militar fundada en la propiedad territorial general e igual de todos los libres, precisamente cuando a la gran masa de los libres la propiedad territorial se les había escapado de las manos por completo o en su mayor parte.

Los hechos fueron, sin embargo, más fuertes que la terquedad y la ambición de Carlos. La vieja constitución militar ya no podía sostenerse. Equipar y mantener al ejército a costa del Estado era algo que no cabía en modo alguno en aquella época de economía natural casi sin dinero ni comercio. Carlos se vio, pues, obligado a limitar la obligación de servicio de modo que el equipo y el mantenimiento del hombre siguieran siendo posibles. Esto sucedió en el capitular de Aquisgrán del año 807, cuando las guerras se reducían ya a combates fronterizos y la subsistencia del imperio en su conjunto parecía asegurada. Ante todo, debía presentarse sin distinción todo beneficiario real; luego, quien poseyera doce mansos (mansi) debía comparecer armado de coraza, y por tanto también montado a caballo (la palabra caballarius —caballero— aparece en el mismo capitular). Los poseedores de tres a cinco mansos estaban obligados al servicio. De cada dos poseedores de dos mansos, de cada tres de un manso, de cada seis de medio manso, debía presentarse siempre uno y ser equipado por los demás. De los libres enteramente sin tierra pero que poseyeran bienes muebles por valor de cinco sólidos, debía igualmente salir a campaña el sexto hombre, el cual recibiría un subsidio en dinero de un sólido de cada uno de los otros cinco. Asimismo, la obligación de marchar de las distintas comarcas, que se aplicaba plenamente en estas guerras vecinas, quedaba limitada, para guerras más lejanas, a la mitad o hasta una sexta parte de la tropa, según la distancia.

Claramente intentaba Carlos aquí adaptar la vieja constitución a las transformadas condiciones económicas de vida de los obligados al servicio, salvar lo que aún podía salvarse. Pero ni siquiera esta concesión sirvió de nada; poco después se vio obligado, en el Cap[itulare] de exercitu promovendo [Capitular sobre la convocatoria al servicio militar] a conceder nuevas exenciones. Este capitular, fechado comúnmente como anterior al de Aquisgrán, es, según todo su contenido, indudablemente varios años posterior a éste. Eleva de tres a cuatro el número de mansos por el cual debe presentarse un hombre;

los poseedores de medio manso y los carentes de tierra aparecen como exentos de servicio, y también para los beneficiarios la obligación de presentarse queda limitada a un hombre por cada cuatro mansos. Bajo los sucesores de Carlos, el mínimo de mansos que debía presentar un hombre parece haberse elevado incluso a cinco.

Es notable que la presentación de los acorazados poseedores de doce mansos parece haber encontrado las mayores dificultades. Al menos, la orden de que han de comparecer acorazados se repite innumerables veces en los capitulares.

Así fueron desapareciendo cada vez más los comuneros libres. Si su paulatina separación de la tierra y el suelo había empujado a una parte a la vasallidad de los nuevos grandes señores territoriales, el temor a la ruina directa por el servicio militar empujaba a la otra parte derechamente a la servidumbre de la gleba. Con qué rapidez se efectuó esta entrega a la sujeción lo atestigua el Polypticum (registro de propiedades territoriales) del monasterio de Saint-Germain-des-Prés, que entonces se hallaba aún fuera de París. Fue compilado por el abad Irminon a comienzos del siglo IX y registra, entre los colonos del monasterio: 2.080 familias de colonos, 35 de lites, 220 de esclavos (servi) y, en cambio, sólo
ocho
familias libres. Ahora bien, la palabra colonus de aquella época era decididamente, en Galia, un no libre. El matrimonio de una libre con un colono o un esclavo la sometía como deshonrada (deturpatam) al señor (Cap[itular] 817). Ludovico Pío ordena que «colonus vel servus» (de un monasterio en Poitiers) «ad naturale servitium velit nolit redeat» [«un colono o esclavo, quiéralo o no, retorne a su condición natural»]. Recibían golpes (capitular 853, 861, 864, 873) y a veces eran manumitidos (Guérard, «[Polyptyque de l'abbé] Irminon»). Y estos campesinos siervos de la gleba no eran en modo alguno romanos, sino que, según el propio testimonio de Jakob Grimm («Geschichte der deutschen Sprache», I), que examinó los nombres, «eran casi puramente francos, que superaban con mucho a un reducido número de románicos».

Un aumento tan gigantesco de la población no libre modificó a su vez las relaciones de clase de la sociedad franca. Al lado de los grandes terratenientes, que entonces se constituían rápidamente en un estamento propio, al lado de sus vasallos libres, aparecía ahora una clase de no libres que absorbía cada vez más el resto de los comuneros libres. Pero estos no libres eran en parte ellos mismos todavía libres anteriormente, en parte hijos de libres; los que vivían en servidumbre hereditaria desde tres y más generaciones eran con mucho la minoría. Además, no eran en su mayor parte prisioneros de guerra

sajones, wendos, etc., importados del exterior; por el contrario, los más eran francos y romanos autóctonos. Con tales gentes, cuando además empezaban a constituir la masa de la población, no era tan fácil de habérselas como con siervos de la gleba heredados o de fuera. La sujeción aún no les era familiar, los golpes que recibía incluso el colono (Cap[itular] 853, 861, 873) eran sentidos todavía como afrenta, no como algo sobreentendido. De ahí las numerosas conjuras y sublevaciones de los no libres e incluso de los vasallos campesinos. El mismo Carlos el Grande sofocó violentamente una sublevación de los colonos del obispado de Reims. Ludovico Pío habla en el C[apitular] de 821 de conjuras de los esclavos (servorum) en Flandes y Menapiscus (en el curso superior del Lys). En 848 y 866 hubieron de ser reprimidos levantamientos de los hombres (homines) de servidumbre del obispado de Maguncia. Las ordenanzas de reprimir semejantes conjuras se repiten en los capitulares desde 779. La sublevación de la Stellinga en Sajonia debe incluirse seguramente también aquí. Evidentemente, una consecuencia de esta actitud amenazante de las masas no libres fue que, desde fines del siglo VIII y comienzos del IX, las prestaciones de los no libres, incluidos los esclavos avecindados, fueran fijándose cada vez más en una medida determinada e infranqueable, y que Carlos el Grande lo prescribiera así en sus capitulares.

Éste fue, pues, el precio por el cual Carlos compró su Imperio neorromano: la aniquilación del estamento de los comuneros libres, que en la época de la conquista de Galia había abarcado a todo el pueblo franco; la escisión del pueblo en grandes terratenientes, vasallos y siervos de la gleba. Pero con los comuneros libres cayó la vieja constitución militar, y con ambas cayó la realeza. Carlos había destruido la única base de su propio dominio. Él aún se mantuvo en pie; pero bajo sus sucesores salió a la luz lo que era en realidad la obra de sus manos.

Nota: El dialecto franco

Los especialistas de la lengua han jugado una extraña pasada a este dialecto. Si Grimm lo había dejado desvanecerse en francés y en alto alemán, otros más recientes le otorgan una extensión que va de Dunquerque y Ámsterdam hasta el Unstrut, el Saale y el Rezat, cuando no hasta el Danubio y, por colonización, hasta las Montañas de los Gigantes. Mientras que incluso un filólogo como Moritz Heyne construye, a partir de un manuscrito del Heliand elaborado en Werden, una antigua lengua bajofranconia que

es casi puro sajón antiguo, muy suavemente con sabor franco, Braune adjudica sin más todos los dialectos realmente bajofranconios, aquí al sajón, allí al neerlandés. Y, por último, Arnold restringe el ámbito de conquista de los ripuarios al territorio al norte de la divisoria de aguas del Ahr y del Mosela, y considera que todo lo situado al sur y suroeste fue ocupado primero por alamannos, después exclusivamente por chatti (a los que él también cuenta entre los francos), y que, por tanto, hablan alamano-chatti.

Reduzcamos ante todo el territorio lingüístico franco a sus verdaderos límites. Turingia, Hesse y Franconia del Meno no tienen absolutamente otro título para ser incluidos en él que el haber sido comprendidos bajo el nombre de Francia en la época carolingia. La lengua que se habla al este del Spessart, del Vogelsberg y del Kahler Asten es cualquier cosa menos franco. Hesse y Turingia tienen sus propios dialectos independientes, como corresponde a estar habitados por tribus independientes; en Franconia del Meno se ha entremezclado una mezcla de población eslava, turingia y hesiana con elementos bávaros y francos, y ha formado su dialecto aparte. Únicamente si se emplea como principal criterio diferenciador el grado en que la mutación consonántica altoalemana ha penetrado en los dialectos, se pueden adscribir estas tres ramas lingüísticas a lo franco. Pero, como veremos, es precisamente este procedimiento el que ha causado toda la confusión en el enjuiciamiento de la lengua franca por parte de no francos.

Comencemos por los monumentos más antiguos, y pongamos primero en su justa luz el
(2)
así llamado antiguo bajofranconio de Moritz Heyne. El denominado manuscrito Cotton del Heliand, elaborado en Werden y que se encuentra hoy en Oxford, ha de ser antiguo bajofranconio porque fue confeccionado en el monasterio de Werden, aún en suelo franco, pero justo en la frontera sajona. La vieja frontera tribal es aquí todavía hoy la frontera entre Berg y Mark; de las abadías situadas en medio, Werden pertenece a los francos, Essen a los sajones. Werden está limitado en la vecindad más inmediata, al este y al norte, por localidades indiscutiblemente sajonas; en la llanura entre el Ruhr y el Lippe, la lengua sajona penetra a trechos casi hasta el Rin. La circunstancia de que una obra sajona fuera copiada en Werden, y a todas luces por un franco, y de que a este franco se le deslizaran aquí y allá formas léxicas francas en la pluma, no basta ni con mucho

para declarar franca la lengua de la copia. Aparte del Heliand Cotton, Heyne toma en consideración como bajofranconios algunos fragmentos de Werden que presentan el mismo carácter, y los restos de una traducción de los Salmos que, según él, se originó en la región de Aquisgrán, pero que Kern (Glossen in der Lex Salica) declara lisa y llanamente neerlandesa. De hecho, presenta por un lado formas enteramente neerlandesas, pero junto a ellas también formas genuinamente franco-renanas e incluso huellas de la mutación consonántica altoalemana. Se originó evidentemente en la frontera entre el neerlandés y el franco-renano, acaso entre Aquisgrán y Maastricht. Su lengua es considerablemente más reciente que la de los dos [manuscritos del] Heliand.

Sólo el Heliand Cotton basta, sin embargo, para establecer indubitablemente, a partir de las pocas formas francas que aparecen en él, algunas diferencias capitales entre el franco y el sajón.

I. Todos los dialectos ingaevónicos terminan las tres personas del plural del presente de indicativo de igual modo, a saber, en una dental precedida de vocal; en antiguo sajón en
d
, en anglosajón en
dh
, en antiguo frisón en
th
(que probablemente también representa
dh
). Así, en antiguo sajón se dice
hebbiad
- nosotros tenemos, vosotros tenéis, ellos tienen; del mismo modo, de
fallan
,
gawinnan
las tres personas son uniformemente
fallad
,
winnad
. Es la tercera persona la que se ha apoderado de las tres pero, nótese bien, con la específica pérdida ingaevónica de la
n
ante la
d
o
dh
, igualmente común a los tres dialectos mencionados. De todos los dialectos vivos, solo el westfaliano ha conservado esta particularidad; allí se dice todavía hoy
wi
,
ji
,
se hebbed
, etc. Los demás dialectos sajones, así como el frisón occidental, ya no la conocen; distinguen las tres personas.

Los Salmos del Rin occidental tienen, como el alto alemán medio, para la 1.ª persona del plural -
m
, la 2.ª -
t
, la 3.ª -
nt
. En cambio, el Heliand de Cotton presenta, junto a las formas sajonas, algunas de tipo totalmente distinto:
tholônd
- ellos sufren,
gornônd
- vosotros os quejáis, y como imperativo
mârient
- anunciad,
seggient
- decid, mientras que el sajón exige
tholôd
,
gornôt
,
mâriad
,
seggiad
. Estas formas no solo son francas, sino que son auténticamente del dialecto local de Werden, del Berg, hasta hoy. En el dialecto del Berg hacemos igualmente iguales las tres personas del plural del presente, pero no con la terminación sajona en
d
, sino con la franca en
nt
. Frente al dialecto de la Marca
wi hebbed
, se dice nada más cruzar la frontera
wi hant
, y análogamente al imperativo
seggient
antes citado, se dice
seient ens
- decid una vez. Braune y otros, basándose simplemente en la observación de que en el Berg las tres personas se igualan, han declarado sin más toda la región montañosa del Berg como sajona. La regla, ciertamente, ha penetrado desde Sajonia, pero, por desgracia, se ejecuta a la manera franca y demuestra así lo contrario de lo que se pretendía demostrar.

La pérdida de la
n
ante dentales no se limita en los dialectos ingaevónicos a este caso; en frisón antiguo es menos frecuente, mientras que en sajón antiguo y anglosajón está bastante extendida:
mudh
- boca,
kudh
- conocido,
us
- nos,
odhar
- otro. El copista franco del Heliand en Werden escribe en lugar de
odhar
dos veces la forma franca
andar
. Los registros de tributos de Werden alternan las formas francas de nombre
Reinswind
,
Meginswind
con las sajonas
Reinswid
y
Meginswid
. En los Salmos de la margen izquierda del Rin, en cambio, se dice en todas partes
munt
,
kunt
,
uns
; solo una vez las glosas (extraídas del manuscrito perdido de estos Salmos) llamadas de Lipsius presentan
farkutha abominabiles
en lugar de
farkuntha
. Los monumentos salios antiguos también conservan la
n
en todas partes en los nombres
Gund
,
Segenand
,
Chlodosindis
,
Ansbertus
, etc., lo cual no viene al caso. Los dialectos francos modernos conservan la
n
en todas partes (única excepción en el dialecto del Berg la forma
os
- nos).

II. Los monumentos lingüísticos a partir de los cuales se construye habitualmente la llamada gramática sajona pertenecen todos al sudoeste de Westfalia, Münster, Freckenhorst, Essen. La lengua de estos monumentos presenta algunas desviaciones esenciales no solo respecto de las formas ingaevónicas generales, sino también de aquellas que nos han llegado en nombres propios de Engern y Ostfalia como auténtico sajón antiguo; en cambio, concuerdan notablemente con el franco y el alto alemán antiguo. El gramático más reciente del dialecto, Cosijn, lo denomina por ello directamente sajón occidental antiguo.

Dado que en esta investigación dependemos casi exclusivamente de nombres propios en documentos latinos, las diferencias formales demostrables entre el sajón occidental y el oriental solo pueden ser poco numerosas; se limitan a dos casos, pero muy decisivos.

1. El anglosajón y el frisón antiguo tienen el genitivo plural de todas las declinaciones en
a
. El sajón occidental antiguo, el franco antiguo y el alto alemán antiguo, en cambio, en
o
. ¿Cuál es entonces la forma correcta del sajón antiguo? ¿Habrá abandonado realmente este dialecto la regla ingaevónica en este punto?

Los documentos de Engern y Ostfalia dan la respuesta. En
Stedieraburg
,
Horsadal
,
Winethahûsen
,
Edingahûsun
,
Magathaburg
y muchos otros nombres, el primer elemento de la composición está en genitivo plural y tiene
a
. Incluso en Westfalia no ha desaparecido del todo la
a
: el Cartulario de Freckenhorst presenta una vez
Aningera-lô
y
Wernerâ-Holthûson
, y la
a
de
Osnabrück
es también un antiguo genitivo plural.

2. Igualmente, el masculino débil termina en franco, como en alto alemán antiguo, en
o
frente al
a
gótico-ingaevónico. Para el sajón occidental antiguo también está establecida como regla la
o
; de nuevo, pues, desviación respecto del uso ingaevónico. Pero esto no es válido en absoluto para el sajón antiguo en su conjunto. Ni siquiera en Westfalia regía la
o
sin excepción; el Cartulario de Freckenhorst presenta ya, al lado de
o
, toda una serie de nombres en
a
(
Sîboda
,
Uffa
,
Asica
,
Hassa
,
Wenda
, etc.); los monumentos de Paderborn recogidos por Wigand arrojan casi siempre
a
, solo muy excepcionalmente
o
; en los documentos ostfalianos domina
a
casi exclusivamente; de modo que ya Jakob Grimm («Geschichte der deutschen Sprache») llega a la conclusión de que no se puede desconocer que
a
y
an
(en los casos oblicuos) eran la forma originariamente sajona, común a todas las partes del pueblo. El avance de la
o
por
a
no se limitó a Westfalia. A principios del siglo XV, los nombres propios masculinos frisones orientales de las crónicas, etc., presentan casi regularmente
o
:
Fokko
,
Occo
,
Enno
,
Smelo
, etc., frente a una
a
que en frisón occidental se conserva aún en casos aislados.

Puede, pues, darse por sentado que ambas desviaciones del sajón occidental respecto de la regla ingaevónica no son originariamente sajonas, sino que han sido provocadas por una influencia extraña. Esta influencia se explica muy sencillamente por el hecho de que Westfalia fue anteriormente territorio franco. Solo después de la retirada del grueso de los francos avanzaron los sajones a través de Osning y Egge hasta la línea que todavía hoy separa la Marca y Sauerland del Berg y Siegerland. La influencia de los francos rezagados, fusionados ahora con los sajones, se manifiesta en esas dos
o
en lugar de
a
; y es inconfundible aún en los dialectos actuales.

III. Una particularidad del lenguaje franco renano, que se extiende desde el Ruhr hasta el Mosela, es la terminación de la 1.ª persona del presente de indicativo en -
n
, que se conserva mejor en el caso |Anotado por Engels con lápiz al margen: Otfried| en que sigue una vocal:
dat don ek
- eso hago yo,
ek han
- yo he (bergués). Esta forma verbal es válida para todo el Bajo Rin y el Mosela, al menos hasta la frontera de Lorena:
don
,
han
. La misma particularidad se encuentra ya en los Salmos de la orilla izquierda del Rin:
biddon
- yo pido,
wirthon
- yo devengo, aunque no de manera consecuente. Al dialecto salio le falta esta
n
; ya en el documento más antiguo se dice:
ec forsacho
,
gelôbo
. Falta igualmente en neerlandés. El sajón occidental antiguo se aparta aquí del franco en la medida en que solo conoce esta
n
en una única conjugación (la llamada segunda débil):
skawôn
- yo miro,
thionôn
- yo sirvo, etc. Al anglosajón y al frisón antiguo les es totalmente ajeno. Podemos, pues, conjeturar que también esta
n
es un residuo franco en el sajón occidental antiguo.

Aparte de los numerosos nombres propios conservados en documentos, etc., y de las glosas de la Ley Sálica, a menudo desfiguradas hasta la irreconocibilidad, casi no tenemos ningún resto del dialecto salio. No obstante, Kern («Die Glossen in der Lex Salica») ha eliminado un número considerable de esas desfiguraciones y ha restablecido un texto que en unos casos es seguro y en otros altamente probable, demostrando que está escrito en una lengua que es la antecesora directa del neerlandés medio y moderno. Pero este material así reconstruido no es, naturalmente, utilizable sin más para la gramática. Además, solo poseemos la breve fórmula de abjuración añadida al capitular de Carlomán del año 743 y redactada probablemente en el concilio de Lestines, es decir, en Bélgica. Y aquí topamos nada más empezar con dos palabras característicamente francas:
ec forsacho
- yo renuncio.
Ec
por
ich
está hoy todavía muy extendido entre los francos. En Tréveris y Luxemburgo
eich
, en Colonia y Aquisgrán
ech
, en el Berg
ek
. Aunque el neerlandés escrito tiene
ik
, se oye con suficiente frecuencia en boca del pueblo, sobre todo en Flandes,
ek
. Los nombres salios antiguos
Segenandus
,
Segemundus
,
Segefredus
muestran unánimemente
e
por
i
.

En
forsacho
aparece
ch
por
g
entre vocales: esto ocurre también en otros monumentos (
rachineburgius
) y es hoy todavía una característica de todos los dialectos francos desde el Palatinado hasta el Mar del Norte. Sobre estos dos rasgos principales del franco:
e
con frecuencia por
i
y
ch
entre vocales por
g
, volveremos al tratar cada dialecto.

Como resultado de la investigación anterior, a la que puede añadirse aún lo dicho por Grimm en la «Geschichte der deutschen Sprache», al final del primer tomo, sobre el franco antiguo, podemos enunciar la tesis —que por lo demás difícilmente será impugnada hoy— de que el franco era ya en los siglos VI y VII un dialecto propio, que formaba la transición entre el alto alemán, es decir, en primer lugar el alamán, y el ingaevónico, esto es, en primer lugar el sajón y el frisón, y que entonces se hallaba todavía por completo en el estadio de mutación consonántica gótico-bajogermánica. Pero si se concede esto, con ello se reconoce también que los francos no fueron una mezcolanza de tribus distintas unidas por circunstancias externas, sino un tronco principal germánico propio, los iscaevones, que ciertamente acogieron en su seno elementos extraños en épocas diversas, pero que también tuvieron la fuerza para asimilarlos. Y también podemos considerar probado que cada una de las dos ramas principales del tronco franco habló desde temprano un dialecto particular, que el dialecto se dividió en salio y ripuario, y que no pocas peculiaridades diferenciadoras de los antiguos dialectos perviven aún en el habla popular actual.

Pasemos ahora a estos dialectos todavía vivos.

I. Hoy ya no cabe duda de que el salio pervive en los dos dialectos neerlandeses, el flamenco y el holandés, y con la mayor pureza precisamente en los territorios que desde el siglo VI eran ya francos. Pues, desde que las grandes mareas de tempestad de los siglos XII, XIII y XIV destruyeron casi por completo Zelandia y formaron el Zuiderzee, el Dollart y el Jade, rompiendo con ello, junto a la conexión geográfica, también la política entre los frisones, los restos de la antigua libertad frisona sucumbieron al empuje de los señores territoriales vecinos, y con ella, casi en todas partes, también la lengua frisona. En el oeste fue arrinconada o totalmente desplazada por el neerlandés, en el este y el norte por el sajón y el danés, dejando en todos los casos fuertes huellas en la lengua invasora. La antigua Zelandia frisona y Holanda se convirtieron en los siglos XVI y XVII en núcleo y sostén de la lucha de independencia neerlandesa, como ya antes habían sido la sede de las principales ciudades comerciales del país. Aquí, pues, de modo preferente, se formó la lengua escrita neerlandesa moderna y acogió elementos, palabras y formas frisonas que es preciso distinguir bien del fondo franco primitivo. Por otra parte, desde el este ha avanzado la lengua sajona sobre territorios que antes fueron frisonas y francos. El trazar las fronteras exactas ha de dejarse a la investigación de detalle; son puramente salias solo las partes de Bélgica de habla flamenca, Brabante Septentrional, Utrecht, así como Güeldres y Overijssel, con excepción de las comarcas orientales, sajonas.

Entre la frontera lingüística francesa en el Mosa y la sajona al norte del Rin confluyen sálicos y ripuarios. Sobre la línea divisoria, que también aquí hay que determinar primero en detalle, hablaremos más abajo. Ocupémonos primero de las peculiaridades gramaticales del neerlandés.

En las vocales llama la atención, en primer lugar, que a la manera genuinamente franca la i es sustituida por e: brengen - bringen, krep - Krippe, hemel - Himmel, geweten - Gewissen, ben - bin, stem - Stimme. Esto es aún mucho más frecuente en el neerlandés medio: gewes - gewiß, es - ist, selber - Silber, blent - blind, donde el neerlandés moderno pone gewis, is, zilver, blind. Asimismo encuentro en las cercanías de Ginebra dos localidades: Destelbergen y Desteldonck, según lo cual aún ahora se llama allí Destel al Distel. El neerlandés medio, surgido sobre suelo puramente franco, coincide aquí exactamente con el ripuario, y ya menos el neerlandés literario moderno, expuesto a la influencia frisona.

Además, coincidiendo de nuevo con el ripuario, aparece o en lugar de u ante m o n con consonante siguiente, aunque no tan consecuentemente como en neerlandés medio y ripuario. Junto a konst, gonst, kond aparece en neerlandés moderno kunst, gunst, kund; en cambio coinciden en ambos: mond - Mund, hond - Hund, jong - jung, ons - uns.

A diferencia del ripuario, la i larga (ij) se ha convertido en la pronunciación en ei, lo que no parece haber sido aún el caso en neerlandés medio. Pero este ei no se pronuncia como el ei = ai del alto alemán, sino como una auténtica e + i, aunque no tan fina como, por ejemplo, la ej en daneses y eslavos. Poco divergente de esto suena el diptongo escrito no ij, sino ei. Correspondientemente aparece en lugar del au alto alemán: ou, ouw.

La metafonía ha desaparecido de la flexión. En la declinación, singular y plural tienen la misma vocal radical; en la conjugación, indicativo y subjuntivo. En cambio, la metafonía aparece en la formación de palabras de dos maneras: 1. en la [alteración] de a en e por i, común a todos los dialectos postgóticos; 2. en una forma propia del neerlandés, desarrollada sólo más tarde. El neerlandés medio, como el ripuario, conoce aún hus - Haus, brun - braun, rum - geräumig, tun - Zaun, plurales huse, brune. El neerlandés moderno sólo conoce ya las formas huis, bruin, ruim, tuin (ui = eu alto alemán), ajenas al neerlandés medio y al ripuario. En cambio, eu por o breve (u alto alemán) se introduce ya en neerlandés medio: jeughet, junto a joghet, neerlandés moderno jeugd - Jugend; doghet - Tugend, dor - Tür, kor - Wahl, junto a las cuales aparecen las formas con eu [u oe]; en neerlandés moderno sólo valen deugd, keur, deur. Esto coincide plenamente con la eu por o tónica latina desarrollada en el norte del francés desde el siglo XII. Sobre un tercer caso llama la atención Kern: en neerlandés moderno, ei es metafonía de ê (ee). Estas tres formas de metafonía son desconocidas para el ripuario y para los demás dialectos, y constituyen una característica especial del neerlandés.

Ald, alt, old, uld, ult se transforman en oud, out. Esta transición se encuentra ya en neerlandés medio, donde sin embargo aparecen todavía guldin, hulde, sculde junto a goudin, houde, scoude (deber), de modo que queda aproximadamente fijada la época en que se introdujo. Es igualmente propia del neerlandés, al menos frente a todas las hablas germánicas continentales; en cambio, existe también en el dialecto inglés de Lancashire: gowd, howd, owd por gold, hold, old.

En lo que respecta a las consonantes, el neerlandés no conoce una g pura (la g gutural italiana, francesa o inglesa). Esta consonante se pronuncia como una gh fuertemente aspirada, que en ciertas combinaciones sonoras no se distingue de la ch gutural profunda (suiza, neogriega o rusa). Vimos que esta transición de g a ch era conocida ya por el antiguo sálico. Se encuentra también en una parte del ripuario y de los dialectos sajones formados sobre antiguo suelo franco, por ejemplo en el Münsterland, donde incluso, como también en el Bergisches, la j en posición inicial, sobre todo en palabras extranjeras, suena en ocasiones como ch y se puede oír el Choseph e incluso el Chahr (Jahr). Si M. Heyne hubiera tenido esto en cuenta, se habría ahorrado en buena medida la dificultad de la frecuente confusión y aliteración recíproca de j, g y ch en el Heliand.

En posición inicial conserva el neerlandés en algunos lugares wr: wringen - ringen, wreed - cruel, duro, wreken - vengar. Un resto de ello permanece también en el ripuario.

Del frisón se ha tomado la palatalización del diminutivo ken en tje, je: mannetje - hombrecillo, bietje - abejita, halsje - cuellito, etc. Pero también se conserva k: vrouken - mujercita, hoeteken - sombrerito. El flamenco conserva mejor, al menos en la lengua popular, la k; el conocido hombrecillo de Bruselas se llama manneken-pis. Del flamenco, pues, han tomado los franceses su mannequin, y los ingleses manikin. El plural de ambas terminaciones es vroukens, mannetjes. Esta s la reencontraremos en el ripuario.

Es común al neerlandés con dialectos sajones e incluso escandinavos la elisión de la d entre vocales, sobre todo entre dos e: leder y leer, weder y weer, neder y neer, vader y vaer, moeder y moer - Mutter.

La declinación neerlandesa muestra una completa mezcla de formas fuertes y débiles, de modo que, faltando igualmente la metafonía de plural, las formaciones neerlandesas de plural sólo en los casos más raros coinciden siquiera con las ripuarias o sajonas, y también aquí tenemos un rasgo muy palpable de la lengua.

Es común al sálico y al ripuario con todos los dialectos ingaevónicos la desaparición del signo de nominativo en er, der, wer: neerlandés hij, de (artículo) y die (pronombre demostrativo), wie.

Entrar en la conjugación nos llevaría demasiado lejos. Lo dicho bastará para dejar que la lengua sálica actual se distinga en todas partes de las hablas limítrofes. Una investigación más precisa de las hablas populares neerlandesas sacará seguramente a la luz aún muchas cosas importantes.

II. Franco renano. Con esta expresión designo todas las restantes hablas francas. Si aquí no contrapongo al sálico, según el viejo uso, el ripuario, tengo para ello una muy buena razón.

Ya Arnold llamó la atención sobre el hecho de que los ripuarios en el sentido más propio ocuparon un distrito relativamente estrecho, cuyo límite meridional está más o menos señalado por las dos localidades de Reifferscheid, cerca de Adenau y cerca de Schleyden. Esto es correcto en la medida en que con ello se delimita también lingüísticamente el territorio puramente ripuario frente a los territorios ocupados por auténticos ripuarios después de, o simultáneamente con, otras tribus alemanas. Puesto que el nombre de fráncico bajo ha adquirido ya otro significado, que incluye también al sálico, para designar al grupo de hablas estrechamente emparentadas que se extiende desde la frontera lingüística sálica hasta esta línea sólo me queda la designación de ripuario — en sentido estricto.

1. Ripuario. La línea divisoria de este grupo de hablas frente al sálico no coincide en modo alguno con la frontera holandesa-alemana. Por el contrario, en la margen derecha del Rin pertenece aún al sálico la mayor parte del distrito de Rees, donde en la zona de Wesel confluyen sálico, ripuario y sajón. En la orilla izquierda son sálicos el país de Cléveris y Güeldres, aproximadamente hasta una línea que se traza desde el Rin, entre Xanten y Wesel, hacia el sur hasta el pueblo de Vluyn (al oeste de Mörs) y de allí hacia el suroeste hasta Venlo. Una delimitación más precisa sólo es posible sobre el terreno, ya que debido a la prolongada administración holandesa no sólo de Güeldres, sino también del condado de Mörs, muchos nombres ripuarios se han conservado en los mapas en forma sálico-neerlandesa.

A partir de la zona de Venlo aguas arriba, la mayor parte de la orilla derecha del Mosa parece ripuaria, de manera que la frontera política no corta aquí en ninguna parte territorio sálico, sino siempre ripuario, extendiéndose esto hasta cerca de Maastricht. Nombres en heim (no hem) y en el específicamente ripuario ich aparecen aquí en gran número en territorio holandés, más al sur ya los desplazados en broich (holandés broek), por ejemplo Dallenbroich cerca de Roermond; igualmente en rade (Bingelrade cerca de Sittard, junto a él Amstenrade, Hobbelrade y otros 6 o 7); el pedacito de territorio alemán a la derecha del Mosa que recayó en Bélgica es completamente ripuario (cf. Krützenberg, a 9 kilómetros del Mosa, con Kruisberg, al norte de Venlo). Sí, a la izquierda del Mosa, en el llamado Limburgo belga, encuentro Kessenich cerca de Maaseyk, Stockheim y Reckheim sobre el Mosa, Gellik cerca de Maastricht como prueba de que aquí no vive una población puramente sálica.

Frente a Sajonia, la frontera ripuaria va desde la zona de Wesel hacia el sureste, a distancia creciente del Rin, pasando entre Mülheim an der Ruhr y Werden por el lado franco, y Essen por el sajón, hacia la frontera de Berg y Mark, que sigue siendo aquí todavía la frontera entre la Provincia del Rin y Westfalia. Sólo la abandona al sur de Olpe, donde se dirige hacia el este, separando el Siegerland como franco del Sauerland sajón. Más al este empieza pronto el habla hesiana.

La frontera meridional arriba mencionada frente al habla que yo designo como fráncico medio coincide aproximadamente con las fronteras meridionales de los antiguos distritos de Avalgau, Bonngau y Eiflia, y desde allí va hacia el oeste hasta la zona valona, manteniéndose más bien algo hacia el sur. El territorio así circunscrito abarca el antiguo gran distrito de Ribuaria junto con partes de los distritos limítrofes al norte y al oeste.

Como ya se ha dicho, el ripuario coincide en muchos aspectos con el neerlandés, pero de tal modo que el neerlandés medio le es más próximo que el neerlandés moderno. Con éste, el neerlandés moderno, coinciden la pronunciación ripuaria de ei = e + i y ou por au, la transición de i en e, que en ripuario como en neerlandés medio va aún mucho más lejos que en neerlandés moderno: los neerlandeses medios gewes, es, blend, selver (Silber) son aún hoy buen ripuario. Igualmente se transforma, y de manera consecuente, u en o ante m o n con consonante siguiente: jong, lomp, domm, konst. Si esta consonante siguiente es una d o t, entonces en algunas hablas se transforma en g o k; por ejemplo honk - Hund, plural höng, donde la palatalización en g es efecto remanente de la vocal final e desprendida.

En cambio, las relaciones de metafonía del ripuario están netamente separadas de las neerlandesas; coinciden en conjunto con el alto alemán y en algunas excepciones (por ejemplo hanen por gallos) con el sajón.

wr en posición inicial se ha endurecido en fr, conservado en fringen - escurrir agua de un paño, etc., y frêd (holandés wreed) con el significado de endurecido.

Por er, der, wer aparece hê, dê, wê.

La declinación se sitúa en medio entre la altoalemana y la sajona. Las formaciones de plural en s son frecuentes, pero casi nunca coinciden con las neerlandesas; esta s se convierte en r en el alto alemán local, en correcto recuerdo del desarrollo lingüístico.

El diminutivo ken, chen se transforma tras n en schen, männschen; el plural tiene como en neerlandés s (männsches). Perseguiremos ambas formas hasta el interior de Lorena.

La r ante s, st, d, t, z se elide; la vocal precedente permanece breve en algunas hablas, en otras se alarga. Así, de hart se hace hatt (bergués), haad (coloniés). A la vez, por influencia altoalemana, st se convierte en scht: Durst - doascht bergués, dôscht coloniés.

Asimismo, por influencia altoalemana, sl, sw, st, sp iniciales se han convertido en schl, etc.

Al igual que al neerlandés, al ripuario le es desconocida la g pura. Una parte de las hablas situadas en la frontera sálica, como la bergamesa, tiene para la g inicial y medial igualmente gh aspirada, aunque más suave que la neerlandesa. Las restantes tienen j. En posición final, la g se pronuncia en todas partes como ch, pero no como la ch dura neerlandesa, sino como la ch suave del franconio renano, que suena como una j endurecida. El carácter esencialmente bajoalemán del ripuario lo atestiguan expresiones como boven por oben.

La mayoría de las consonantes sordas se mantiene en todas partes en la primera fase de la mutación consonántica. Sólo en el caso de la t y de la k en posición media y final, y a veces de la p, se ha producido en las hablas meridionales la mutación del alto alemán; tienen lôsze por lôten — lassen, holz en vez de holt, rîch en vez de rîk — reich, êch en vez de ek — ich, pief en vez de pîpe — Pfeife. Pero et, dat, wat y algunas otras permanecen.

Es ésta una penetración de la mutación altoalemana que ni siquiera se ha llevado a cabo de manera consecuente en tres casos, sobre los cuales se basa la delimitación habitual entre franconio medio y franconio bajo. Pero con ello se desgarra, de manera arbitraria y según un rasgo aquí totalmente casual, un grupo de hablas que pertenecen juntas por determinadas relaciones fónicas, tal como se ha mostrado, y que también se reconocen como tales en la conciencia popular.

Totalmente casual, digo yo. Los demás dialectos del centro de Alemania, el hessiano, el turingio, el alto sajón, etc., se hallan, cada cual por sí mismo, en un nivel de mutación altoalemana, en general, determinado. Puede que muestren algo menos de mutación en la frontera con la Baja Sajonia y algo más en la del alto alemán, pero eso a lo sumo origina diferencias locales. En cambio, el franconio no muestra mutación alguna en el mar del Norte, el Mosa y el Bajo Rin, mientras que en la frontera alemánica la mutación es casi por completo alemánica; entre ambos extremos hay al menos tres grados intermedios. Así pues, la mutación ha penetrado en el franconio renano, que ya se había desarrollado de manera independiente, y lo ha desgarrado en varios pedazos. La última huella de esta mutación

no tiene por qué desaparecer justamente en la frontera de un grupo especial de hablas preexistente; puede extinguirse en medio de ese mismo grupo, y de hecho así ocurre. En cambio, el influjo verdaderamente configurador de hablas de la mutación, como se mostrará, cesa sin duda en la frontera de dos grupos dialectales ya anteriormente distintos. ¿Y no nos han llegado también del alto alemán, y aún mucho más tarde, los grupos schl, schw, etc., y la scht final? Ahora bien, esto — al menos lo primero — penetra todavía profundamente en Westfalia.

Las hablas ripuarias formaban un grupo firme mucho antes de que una parte de ellas aprendiera a mutar la t, la k en posición media y final y la p. Hasta dónde pudo avanzar este cambio dentro del grupo, fue y sigue siendo algo puramente casual para el grupo. El dialecto de Neuss es idéntico al de Krefeld y München-Gladbach, salvo pequeñeces que un forastero ni siquiera percibe. A pesar de ello, uno debe ser franconio medio y el otro, franconio bajo. El habla de la región industrial bergamesa pasa, en grados imperceptibles, a la de la llanura renana suroccidental. Sin embargo, deben pertenecer a dos grupos fundamentalmente distintos. Para todo aquel que sea oriundo de la comarca misma, es evidente que aquí la erudición de gabinete mete las vivas hablas populares, que ella conoce poco o nada, en el lecho de Procusto de unos rasgos característicos construidos a priori.

¿Y adónde conduce esta diferenciación puramente externa? A que se echen juntas las hablas ripuarias meridionales en un llamado franconio medio, con otros dialectos de los que, como veremos, están mucho más alejadas que de los llamados franconios bajos. Y a que, por otro lado, se retenga una estrecha franja con la que no se sabe qué hacer, y uno se vea finalmente obligado a declarar un pedazo como sajón, otro como neerlandés, lo cual contradice de plano los hechos de estas hablas.

Tomemos, por ejemplo, el dialecto bergamasco, al que Braune, sin más, califica lisa y llanamente de sajón. Forma, como vimos, las tres personas del plural del presente de indicativo de manera igual, pero a la manera franconia, en la antiquísima forma nt. Presenta regularmente o en lugar de u ante m y n seguidas de consonante, lo cual, según el mismo Braune, es decididamente no sajón y específicamente franconio bajo. Coincide en todas las características ripuarias arriba mencionadas con los restantes dialectos ripuarios. Mientras que, de manera imperceptible, de pueblo en pueblo, de granja en granja, va pasando al habla de la llanura renana, en la frontera con Westfalia está separado con la nitidez de un corte del dialecto sajón. Tal vez en ninguna otra parte de toda Alemania se encuentre una frontera lingüística trazada de manera tan abrupta como aquí. ¡Y qué distancia en la

lengua! Todo el vocalismo está como trastornado; al nítido ei franconio bajo se opone, sin transición, el más amplio ai, así como al ou el au; de los muchos diptongos y resonancias vocálicas no coincide ni uno solo; aquí sch, como en el resto de Alemania, allí s + ch, como en Holanda; aquí wi hant, allí wi hebbed; aquí las formas duales usadas en plural get y enk, ihr y euch, allí sólo ji, i y jü, ü; aquí el gorrión se llama, en ripuario común, Môsche, allí, en westfaliano común, Lüning. Por no hablar de otras particularidades específicamente propias del habla bergamesa, que aquí, en la frontera, desaparecen igualmente de repente.

Al forastero, la peculiaridad de un dialecto se le revela más de cerca cuando la persona en cuestión no habla el dialecto, sino el alto alemán comprensible para aquél, cosa que entre nosotros los alemanes suele ocurrir bajo una fuerte influencia del dialecto. Pero entonces, el habitante del distrito industrial bergamasco, supuestamente sajón, resulta absolutamente indistinguible para el no nativo del habitante de la llanura del Rin, que debe ser franconio medio, salvo por la gh aspirada algo más dura, allí donde el otro pronuncia j. Pero el bergamasco de Heckinghausen (de Oberbarmen, a la izquierda del Wupper) y el de Langerfeld, de la Marca, que vive apenas un kilómetro más al este, se distinguen, aun en el alto alemán local de la vida cotidiana, más entre sí que el de Heckinghausen y el de Coblenza, sin hablar ya del de Aquisgrán o de Bonn.

Al propio renano-franconio, la penetración de la mutación de la t y de la k final le causa tan poca impresión de divisoria lingüística, que, incluso en una región que le es del todo familiar, tendrá que ponerse a pensar dónde se encuentra la frontera entre t y z, k y ch, y que, al cruzar esa línea, lo uno le resulta casi tan natural a la boca como lo otro. Ello se ve facilitado aún más por las muchas palabras altoalemanas que han penetrado en los dialectos, ya con las mutaciones sz, z, ch y f. Un ejemplo contundente lo ofrece el antiguo reglamento judicial bergamasco del siglo XIV (Lacomblet, Archiv, I, p. 79 ss.). Aquí se encuentran zo, uiss (aus), zween, bezahlen; junto a ello, en la misma frase, setten, dat

nutteste (nützeste); asimismo Dache, redelich al lado de reicket (reicht); upladen, upheven, hulper (Helfer) junto a verkouffen. En otro párrafo, p. 85, se encuentra incluso, alternando, zo y tho — zu. En resumen, las hablas de la montaña y de la llanura se entremezclan sin cesar, sin que ello perturbe en lo más mínimo al escribano. Como siempre, esta última ola, con la que la mutación altoalemana inunda el territorio franconio, es también la más débil y la más superficial. Ciertamente es de interés señalar la línea hasta donde alcanza. Pero esa línea no puede ser una frontera dialectal; no es capaz de desgarrar entre sí un grupo autónomo

de hablas antiguas y estrechamente emparentadas ni de ofrecer el pretexto en virtud del cual se pretenda asignar esos fragmentos violentamente separados, en contradicción con todos los hechos lingüísticos, a grupos más lejanos.

2.
Franconio medio
. De lo precedente se desprende de por sí que sitúo la frontera septentrional del franconio medio bastante más al sur de lo que habitualmente se hace.

Del hecho de que la franja de tierra franconio-media de la margen izquierda del Rin parece haber estado en posesión alamánica en tiempos de Clodoveo, Arnold toma pie para investigar los nombres de lugar de la zona en busca de huellas de poblamiento alamánico y llega al resultado de que hasta la línea Colonia-Aquisgrán puede constatarse una población pre-franconia, alamánica; y en ello, claro está, las huellas, más numerosas en el sur, se van haciendo cada vez más raras hacia el norte. Los nombres de lugar, dice, apuntan a un avance temporal de los alamanes más allá de la comarca de Coblenza y Aquisgrán, así como a una posesión más prolongada de la Wetterau y de los territorios meridionales del país de Nassau. Pues los nombres con las terminaciones auténticamente alamánicas -ach, -brunen, -felden, -hofen, -ingen, -schwand, -stetten, -wangen y -weiler, que en territorio puramente franconio no aparecen en parte alguna, se encuentran dispersos desde Alsacia por todo el Palatinado, Renania-Hesse y Renania prusiana, sólo que hacia el norte se van haciendo cada vez más raros y ceden el puesto cada vez más a los nombres preferentemente franconios en -bach, -berg, -dorf, -born, -feld, -hausen, -heim y -scheid (Deutsche Urzeit).

Examinemos ante todo los nombres supuestamente alamánicos del país franconio medio. Las terminaciones -brunen, -stetten, -felden, -wangen no se me han presentado aquí en ninguna parte en la carta de Reymann (que, dicho de una vez por todas, es la que aquí utilizo). La terminación -schwand aparece una vez: Metzelschwander Hof cerca de Winnweiler, y luego también Schwanden al norte de Landstuhl. Así pues, ambas veces en el Palatinado altofranconio, que aquí aún no nos atañe. En -ach tenemos a lo largo del Rin Kreuznach, Bacharach, Hirzenach cerca de St. Goar, Rübenach cerca de Coblenza (Ribiniacus del mapa de las Gaukarte de Spruner-Menke), Andernach (Antunnacum de los romanos), además Wassenach. Puesto que en toda la orilla izquierda del Rin, en la época romana, la terminación celta romanizada -acum aparece de manera general — Tolbiacum - Zülpich, Juliacum - Jülich, Tiberiacum - Ziewerich cerca de Bergheim, Mederiacum —, en la mayoría de estos casos, a lo sumo la elección de la forma -ach en lugar de -ich podría indicar influencia alamánica. Sólo el único Hirzenach (= Hirschenbach) es indiscutiblemente alemán, y éste se llamaba antes, según la carta de los gaus, Hirzenowce = Hirschenau, no Hirschenbach. Pero entonces,

¿cómo explicar Wallach, que se encuentra entre Büderich y Rheinberg, justo en la frontera sálica? Eso, desde luego, no es alamánico.

En la cuenca del Mosela también aparecen algunos -ach: Irmenach al este de Bernkastel, Waldrach, Crettnach cerca de Tréveris, Mettlach en el Sarre. En Luxemburgo: Echternach, Medernach, Kanach; en Lorena sólo en la margen derecha del Mosela: Montenach, Rodlach, Breitnach. Aun si quisiéramos conceder que todos estos nombres apuntan a poblamientos alamánicos, lo harían tan solo a uno muy disperso, que además no va más allá de la parte más meridional del territorio franconio medio.

Quedan -weiler, -hofen e -ingen, que exigen un examen más detenido.

La terminación *-weiler* no es, de entrada, sin más alamaná, sino que es el latín provincial *villarium*, *villare*, y se encuentra —a lo sumo de manera totalmente excepcional— fuera de las antiguas fronteras del Imperio romano. No fue la germanización de *villare* a *weiler* un privilegio de los alamanes, sino solo la preferencia con la que ellos aplicaron masivamente esta terminación también a nuevos asentamientos. Allí donde aparecen *villaria* romanos, también los francos se vieron obligados a germanizar la terminación como *wilare*, después *weiler*, o a abandonarla por completo. Probablemente hicieron ora lo uno, ora lo otro, así como con seguridad habrán dado también aquí y allá nombres en *-weiler* a nuevos asentamientos, solo que con mucha menor frecuencia que los alamanes. Arnold no encuentra al norte de Eschweiler, cerca de Aachen, y de Ahrweiler, localidades significativas en *-weiler*. Pero la importancia actual de las localidades no viene al caso; el hecho es que en la orilla izquierda del Rin los *-weiler* se extienden hacia el norte casi hasta la frontera salia (Garzweiler y Holzweiler no distan ni cinco millas de la localidad neerlandófona más próxima de Güeldres) — al norte de la línea Eschweiler y Ahrweiler hay al menos veinte. Como es comprensible, son más frecuentes en las cercanías de la antigua calzada romana de Maastricht por Jülich hacia Köln; dos de ellos, Walwiller y Nyswiller, se hallan incluso en territorio holandés; ¿son esos también asentamientos alamanes?

Más al sur apenas aparecen en el Eifel; la sección Malmedy (n.º 159 Reymann) no presenta ni un solo caso. También en Luxemburgo son raros, lo mismo que en el bajo Mosela y hasta la cresta del Hunsrück. Por el contrario, en el alto Mosela aparecen con frecuencia a ambos lados del río, siendo cada vez más densos hacia el este, y al este de Saarlouis se convierten cada vez más en la terminación dominante. Pero aquí comienza ya también la lengua fráncica superior, y aquí nadie discute que los alamanes habían ocupado el territorio antes que los francos.

Por lo tanto, para el territorio fráncico medio y ripuario, los *-weiler* demuestran tan poco un asentamiento de origen alamaná como los numerosos *-villers* en Francia.

Pasemos a *-hofen*. Esta terminación no es, menos aún, exclusivamente alamaná. Aparece en todo el territorio franco, incluida la actual Westfalia ocupada más tarde por los sajones. En la orilla derecha del Rin solo unos ejemplos: Wehofen cerca de Ruhrort, Mellinghofen y Eppinghofen cerca de Duisburg, Benninghofen cerca de Mettmann, otro Eppinghofen cerca de Dinslaken, en Westfalia Kellinghofen cerca de Dorsten, Westhofen cerca de Castrop, Wellinghofen, Wichlinghofen, Niederhofen, dos Benninghofen, Berghofen, Westhofen, Wandhofen, todas en el Hellweg, etc. Hasta la época pagana se remonta Ereshofen en el Agger, *Martis villa*, y ya la designación del dios de la guerra como *Eru* muestra que aquí resulta impensable la presencia de alamanes; ellos se llamaban a sí mismos *Tiuwâri*, por consiguiente no llamaban al dios *Eru*, sino *Tiu*, desplazado luego a *Ziu*.

En la orilla izquierda del Rin, la ascendencia alamaná de *-hofen* resulta aún peor. Allí aparece de nuevo un Eppinghofen al sureste de Xanten, o sea, quizás ya salio, y de ahí hacia el sur todo el territorio ripuario está plagado de *-hofen*, junto a *-hof* para granjas aisladas. Pero si pasamos a tierra salia, la cosa empeora todavía más. El Mosa está flanqueado, a ambas orillas, desde la frontera lingüística francesa, por *-hofen*. Para abreviar, vayamos directamente a la orilla occidental. Allí encontramos en Holanda y Bélgica al menos siete Ophoven, en Holanda Kinckhoven, etc.; para Bélgica tomemos primero la sección Lovaina (n.º 139 Reymann). Aquí se encuentran: Ruykhoven, Schalkhoven, Bommershoven, Wintershoven, Mettecoven, Helshoven, Engelmanshoven cerca de Tongeren; Zonhoven, Reekhoven, Konings-Hoven cerca de Hasselt; más al oeste Bogenhoven, Schuerhoven, Nieuwenhoven, Gippershoven, Baulershoven cerca de St. Truyen; los más occidentales, Gussenhoven y Droenhoven al este y noreste de Tirlemont (Thienen). La sección Turnhout (n.º 120) tiene al menos 33 *-hoven*, la mayoría en territorio belga. Más al suroeste, los *-hove* (la *-n* del dativo se suprime aquí regularmente) bordean toda la frontera lingüística francesa; desde Heerlinkhove y Nieuwenhove cerca de Ninove, que a su vez es un *-hove* romanizado —omito los eslabones intermedios, contados unos 10—, hasta Ghyverinckhove y Pollinchove cerca de Dixmuyden y Volkerinckhove cerca de St. Omer, en Flandes francés. Tres veces aparece Nieuwenhove, lo que demuestra que la terminación aún está viva en el habla popular. Junto a ello, numerosísimas granjas aisladas en *-hof*. Con esto podrá juzgarse el pretendido carácter exclusivamente alamaná de *-hofen*.

Por último, en cuanto a *-ingen*. La designación de un mismo origen mediante *-ing*, *-ung* es común a todos los pueblos germánicos. Como el asentamiento se hacía por estirpes, esta terminación desempeña también en todas partes un papel significativo en los nombres de lugar. Pronto se une en genitivo plural con una terminación local: *Wolvaradingahusun* cerca de Minden, *Snotingaham* (Nottingham) en Inglaterra. Pronto el plural aparece solo para la designación del lugar: *Flissinghe* (Vlissingen), *Phladirtinga* (Vlaardingen), *Crastlingi* en la Frisia holandesa, *Grupilinga*, *Britlinga*, *Otlinga* en la antigua Sajonia. Estos nombres están hoy reducidos en su mayoría al dativo y terminan en *-ingen*, rara vez en *-ing*. La mayoría de los pueblos conocen y emplean ambos tipos de uso; los alamanes, al parecer, predominantemente el segundo, al menos en la actualidad. Rümmingen, cerca de Lörrach, se llamaba antes (764) *Romaninchova*, de modo que los *-ingen* suevos a veces son también de origen más reciente (Mone, "Urzeit des badischen Landes", I, p. 213). Los *-kon* y *-kofen* suizos casi todos están contraídos a partir de *-inghofen*: *Zollinchovon* - Zollikofen, *Smarinchowa* - Schmerikon, etc. Cfr. F. Beust, "Historischer Atlas des Kantons Zürich", donde se encuentran a docenas en el mapa 3, que representa la época alamaná. Pero como estos aparecen también en francos, sajones y frisones, es muy arriesgado inferir de inmediato un asentamiento alamaná a partir de la presencia de topónimos en *-ingen*.

Los nombres que acabamos de citar demuestran que los nombres en *-ingas* (nominativo plural) e *-ingum*, *-ingon* (dativo plural) no eran nada infrecuente tanto entre frisones como entre sajones desde el Escalda hasta el Elba. También hoy los *-ingen* no son una rareza en toda Baja Sajonia. En Westfalia, a ambos lados del Ruhr, al sur de la línea Unna-Soest, se encuentran al menos doce *-ingen*, además de *-ingsen* e *-inghausen*. Y hasta donde se extiende el territorio franco, encontramos también nombres en *-ingen*.

En la orilla derecha del Rin encontramos primeramente en Holanda Wageningen sobre el Rin y Genderingen sobre el IJssel (excluyendo todos los nombres posiblemente frisones), en el Bergisches: Huckingen, Ratingen, Ehingen (justo detrás, en territorio sajón: Hattingen, Sodingen, Ummingen), Heisingen cerca de Werden (que Grimm deriva de la *Silva Caesia* de Tácito, y que sería por tanto antiquísimo). Solingen, Hasingen, Leichlingen (en el mapa de los gaus *Leigelingon*, por tanto casi mil años de antigüedad), Quettingen y en el Sieg Bödingen y Röcklingen, sin contar dos nombres en *-ing*. Hönningen cerca de Rheinbrohl y Ellingen en el Wied establecen la conexión con la comarca entre el Rin, el Lahn y el Dill, que, contados por lo bajo, proporciona doce *-ingen*. Seguir más al sur carece de objeto, pues aquí comienza el territorio que indiscutiblemente ha pasado por un período de poblamiento alamaná.

A la izquierda del Rin tenemos Millingen en Holanda aguas arriba de Nimega, Lüttingen aguas abajo de Xanten, nuevamente Millingen aguas abajo de Rheinberg, luego Kippingen, Rödingen, Höningen, Worringen, Fühlingen, todos más al norte que Köln, Wesselingen y Köttingen cerca de Brühl. A partir de aquí, los nombres en *-ingen* siguen dos direcciones. En el alto Eifel son raros; encontramos cerca de Malmedy en la frontera lingüística francesa: Büllingen, Hünningen, Mürringen, Iveldingen, Eibertingen como transición hacia los muy numerosos *-ingen* en Luxemburgo y en el alto Mosela prusiano y loreno. Otra línea de conexión va por el Rin y los valles laterales (en la zona del Ahr 7 u 8), por fin a lo largo del valle del Mosela, igualmente hacia la región aguas arriba de Trier, donde predominan los *-ingen*, pero separados primero por los *-weiler* y luego los *-heim* de la gran masa de los *-ingen* suevo-alemanes. Así pues, si según la exigencia de Arnold "ponderamos todas las circunstancias en su conexión", llegaremos a la conclusión de que los *-ingen* de la región alemana del alto Mosela son francos y no alamanes.

Cuán poca necesidad tenemos aquí de ayuda alamaná se hace aún más patente en cuanto seguimos los *-ingen* desde la frontera lingüística franco-ripuaria cerca de Aachen hacia territorio salio. En Maaseyk, al oeste del Mosa, se encuentra Geystingen, más al oeste, cerca de Brée, Gerdingen. Luego hallamos, si tomamos de nuevo la sección n.º 139, Lovaina: Mopertingen, Vlytingen, Rixingen, Aerdelingen, Grimmersingen, Gravelingen, Ordange (por Ordingen), Bevingen, Hatingen, Buvingen, Hundelingen, Bovelingen, Curange, Raepertingen, Boswinningen, Wimmertingen y otros en la zona de Tongeren, St. Truyen y Hasselt. Los más occidentales, no lejos de Lovaina, son Willebringen, Redingen, Grinningen. Aquí parece interrumpirse la conexión. Pero si pasamos al territorio hoy francófono, pero disputado entre ambas lenguas entre los siglos VI y IX, encontramos, a partir del Mosa, todo un cinturón de *-ange* afrancesados, forma que también en Lorena y Luxemburgo corresponde a *-ingen*, yendo de este a oeste: Ballenge, Roclenge, Ortrange, Lantremange, Roclange, Libertange, Noderange, Herdange, Oderinge, Odange, Gobertang, Wahenges; un poco más al oeste Louvrenge, cerca de Wavre, y Revelinge, cerca de Waterloo, restablecen la conexión con Huysinghen y Buisinghen, los primeros puestos de un grupo de más de 20 *-inghen*, que se extiende al suroeste de Bruselas desde Hal hasta Grammont a lo largo de la frontera lingüística. Y finalmente en Flandes francés: Gravelingen, Wulverdinghe (o sea, exactamente el antiguo sajón *Wolvaradinges-hûsun*), Leubringhen, Leulinghen, Bonninghen, Peuplingue, Hardinghen, Hermelinghen, cerca de St. Omer y hasta detrás de Boulogne Herbinghen, Hocquinghen, Velinghen, Lottinghen, Ardinghen, todos netamente diferenciados de los nombres en *-inghem* (*-ingheim*), aún más numerosos en la misma región.

Las tres terminaciones, pues, que Arnold considera específicamente alamanas, han resultado ser igualmente francas, y el intento de probar, a partir de estos nombres, un asentamiento alamaná anterior al franco en territorio fráncico medio debe considerarse fracasado. Con lo cual siempre puede admitirse la posibilidad de un elemento alamaná no muy fuerte en la parte suroriental de ese territorio.

De los alamanes nos conduce Arnold a los catos. Estos habrían ocupado, con exclusión de los ripuarios propiamente dichos, el territorio al sur del Gau Ribuaria, es decir, el mismo que llamamos fráncico medio y superior, después de y junto a los alamanes. También esto se fundamenta a partir de los topónimos hesos que se encuentran en esta región junto a los alamánicos:

"La coincidencia de los topónimos a este lado y al otro del Rin hasta la frontera alamaná es tan curiosa y llamativa que sería un verdadero milagro si fuera casualidad, al paso que resulta sumamente natural en cuanto suponemos que los inmigrantes impusieron los nombres de lugar de su tierra natal también a las nuevas sedes, como aún ocurre todos los días en América."

Contra esta tesis poco hay que decir. Tanto más contra la conclusión de que los ripuarios propiamente dichos no tuvieron nada que ver con la colonización de toda la región franca media y superior, de que aquí solo encontramos alamanes y catos. La mayoría de los catos que partieron de su tierra natal hacia occidente parecen haberse unido desde siempre (como ya los bátavos, cananefates y catuarios) a los iscevones; ¿adónde habrían de dirigirse? En los dos primeros siglos de nuestra era, los catos solo estaban ligados por la espalda, a través de los turingios, con los demás herminones; por un lado tenían a los queruscos ingevones, por el otro a iscevones y, delante, a los romanos. Las tribus herminonias que más tarde aparecen unidas como alamanes procedían del interior de Germania, estaban separadas de los catos desde hacía siglos por turingios y otros pueblos y se habían vuelto mucho más extrañas a ellos que los francos iscevones, con los que les unía una fraternidad de armas de varios siglos. Así pues, la participación de los catos en la ocupación de la comarca en cuestión no se pone en duda. Pero sí la exclusión de los ripuarios de ella. Esta solo queda demostrada si no aparecen aquí nombres específicamente ripuarios. Y ocurre justamente lo contrario.

Entre las terminaciones indicadas por Arnold como específicamente francas, -hausen es común a francos, sajones, hessianos y turingios; -heim se dice en salio -ham, -bach en salio y bajo ripuario -beek; de las demás, solo -scheid es realmente característica. Es específicamente ripuaria, lo mismo que -ich, -rath o -rade, y -siepen. Comunes a ambos dialectos francos son asimismo -loo (loh), -donk y -bruch o -broich (salio -broek).

-scheid solo se da en la montaña y por regla general en lugares situados en la divisoria de aguas. Los francos han dejado esta terminación en todo el Sauerland westfaliano hasta la frontera hessiana, donde ya solo aparece como nombre de montaña hasta el este de Korbach. En el Ruhr, al -scheid franco antiguo se contrapone la terminación -schede de factura sajona: Melschede, Selschede, Meschede, junto a ellas Langscheid, Ramscheid, Bremscheid. Frecuente en el Bergisches Land, se encuentra hasta el Westerwald, pero no más al sur, en la orilla derecha del Rin. En la orilla izquierda, en cambio, los -scheid comienzan, como es natural, solo en la Eifel (3); en Luxemburgo hay por lo menos 21, y son frecuentes en el Hochwald y Hunsrück. Pero, al igual que al sur del Lahn, también aquí, en el lado oriental y meridional del Hunsrück y Soonwald, se les pone al lado la forma -schied, que parece una adaptación hessiana. Ambas formas, una junto a la otra, se extienden hacia el sur, más allá del Nahe, hasta los Vosgos, donde encontramos: Bisterscheid al oeste del Donnersberg, Langenscheid cerca de Kaiserslautern, una meseta Breitscheid al sur de Hochspeyer, Haspelscheid cerca de Bitsch, el Scheidwald al norte de Lützelstein, y finalmente, como puesto más meridional, Walscheid en la vertiente norte del Donon, más al sur aún que el pueblo de Hessen cerca de Saarburg, el puesto más extremo de los catos señalado por Arnold.

Específicamente ripuaria es además -ich, procedente de la misma raíz que el gótico -ahva- agua, al igual que -ach; ambas traducen también el belga-romano -acum, como demuestra Tiberiacum, en el mapa del gau Civiraha, hoy Ziewerich. En la orilla derecha no es muy frecuente; Meiderich y Lirich cerca de Ruhrort son las más septentrionales, y desde allí se extienden a lo largo del Rin hasta Biebrich. La llanura de la orilla izquierda, desde Büderich frente a Wesel, está llena de ellas; a través de la Eifel llegan hasta el Hochwald y Hunsrück, pero desaparecen en el Soonwald y la región del Nahe, antes de que cesen -scheid y -roth. En la parte occidental de nuestro territorio, en cambio, continúan hasta la frontera lingüística francesa y más allá. Pasamos por alto la región de Tréveris, que tiene muchas; en el Luxemburgo holandés cuento doce, más allá, en territorio belga, Törnich y Merzig (Messancy – la grafía -ig no cambia nada, la etimología y la pronunciación son las mismas); en Lorena, Soetrich, Sentzich, Marspich, Daspich al oeste del Mosela; al este de este río, Kintzich, Penserich, Kemplich, Destrich, dos veces Kerprich, Hibrich, Helsprich.

La terminación -rade, -rad, en la orilla izquierda -rath, se extiende asimismo mucho más allá de los límites de su antigua patria ripuaria. Llena toda la Eifel y el valle medio e inferior del Mosela, así como sus valles laterales. En la misma región donde -scheid se mezcla con -schied, aparecen en ambas orillas del Rin -rod, -roth junto a -rad y -rath, también de origen hessiano, solo que en la orilla derecha, en el Westerwald, las formas en -rod se extienden más al norte. En el Hochwald, la vertiente norte tiene -rath como regla, la vertiente sur -roth.

La que menos ha penetrado es -siepen, desplazada como -seifen. La palabra significa un pequeño valle de arroyo con fuerte pendiente y se sigue usando generalmente con ese sentido. A la izquierda del Rin no va mucho más allá de la antigua frontera ripuaria; a la derecha se encuentra en el Westerwald junto al Nister y aún cerca de Langenschwalbach (Langenseifen).

Entrar en las demás terminaciones nos llevaría demasiado lejos. En todo caso, podemos declarar los innumerables -heim que acompañan al Rin desde Bingen río arriba hasta muy adentro del territorio alamán y que se encuentran por dondequiera que se asentaron francos, como no catos, sino ripuarios. Su patria no está en Hesse, donde son raros y parecen haberse introducido más tarde, sino en la región salia y en la llanura renana en torno a Colonia, donde aparecen junto a los demás nombres específicamente ripuarios en número casi igual.

El resultado de esta investigación es, pues, que los ripuarios, lejos de haber sido contenidos por la corriente de la inmigración hessiana en el Westerwald y la Eifel, por el contrario, inundaron ellos mismos toda la región franca media. Y ciertamente en dirección suroeste, hacia la cuenca superior del Mosela, con más fuerza que hacia el sureste, hacia el Taunus y la región del Nahe. Esto lo confirma también la lengua. Los dialectos sudoccidentales, hasta dentro de Luxemburgo y la Lorena occidental, están mucho más cerca del ripuario que los orientales, especialmente los de la orilla derecha del Rin. Aquellos pueden considerarse como una prolongación del ripuario más desplazada hacia el alto alemán.

Lo característico de los dialectos francos medios es, ante todo, la penetración de la mutación consonántica del alto alemán. No la mera mutación de algunas tenues en aspiradas, que se extiende a relativamente pocas palabras y no afecta al carácter del dialecto, sino la incipiente mutación de las medias, que provoca la mezcla típicamente medio- y altoalemana de b y p, g y k, d y t. Solo cuando se manifiesta la imposibilidad de distinguir nítidamente b y p, d y t, g y k en posición inicial, es decir, aquello que los franceses entienden en particular por accent allemand, solo entonces se hace perceptible para el bajo alemán la gran fractura que la segunda mutación consonántica ha abierto en la lengua alemana. Y esta fractura pasa entre Sieg y Lahn, entre Ahr y Mosela. Conforme a ello, el franco medio posee una g inicial que falta en los dialectos más septentrionales; en posición interior y final, sin embargo, pronuncia aún una ch suave por g. Además, el ei y ou de los dialectos del norte pasan a ai y au.

Algunas particularidades auténticamente francas: En todos los dialectos salios y ripuarios, Bach, no desplazada Beek, es femenino. Esto vale también para por lo menos la mayor parte, la occidental, del franco medio. Como los incontables arroyos homónimos en los Países Bajos y en el Bajo Rin, también el Glabach luxemburgués (Gladbach, neerlandés Gladbeek) es femenino. En cambio, los nombres de muchacha se tratan como neutros: no solo se dice das Mädchen, das Mariechen, das Lisbethchen, sino también das Marie, das Lisbeth, desde Barmen hasta más allá de Tréveris. Cerca de Forbach, en Lorena, el mapa originalmente levantado por franceses muestra un Karninschesberg (Kaninchenberg). Es decir, el mismo diminutivo -schen, plural -sches, que arriba encontramos como ripuario.

Con la divisoria de aguas entre Mosela y Nahe y, a la derecha del Rin, con la región de colinas al sur del Lahn, comienza un nuevo grupo de dialectos:

3. Franco superior.

Aquí nos encontramos en una comarca que fue indiscutiblemente zona de conquista alamana en un principio (prescindiendo de la ocupación anterior por vangiones, etc., de cuyo parentesco tribal y lengua nada sabemos), y donde también puede admitirse de buen grado una mezcla cata más intensa. Pero también aquí los nombres de lugar, como no tenemos por qué repetir, señalan la presencia de elementos ripuarios no insignificantes, especialmente en la llanura renana. Y aún más lo hace la lengua misma. Tomemos el dialecto más meridional determinable, que posee además una literatura, el palatino. Aquí encontramos de nuevo la imposibilidad, general a todos los francos, de pronunciar la g interior y final de otro modo que como ch suave. (4) Se dice allí: Vöchel, Flechel, geleche (gelegen), gsacht – gesagt, licht – liegt, etc. Asimismo, la w general franca en lugar de b en posición interior: Bûwe – Buben, glâwe – glauben (pero i glâb), bleiwe, selwer – selbst, halwe – halbe. La mutación está lejos de ser tan completa como parece; más aún, se produce, sobre todo en palabras extranjeras, un retrodesplazamiento, es decir, la consonante sorda de la posición inicial no se desplaza un grado hacia adelante, sino hacia atrás: t se convierte en d, p en b, como se verá; d y p en posición inicial permanecen en el nivel bajo alemán: dûn – tun, dag, danze, dür, dodt; sin embargo, ante r: trinke, trage; paff – Pfaff, peife, palz – Pfalz, parre – Pfarrer. Ahora bien, como d y p ocupan el lugar del alto alemán t y pf, en las palabras extranjeras la t inicial se retrotrae a d, y la p inicial a b: derke – Türke, dafel – Tafel, babeer – Papier, borzlan – Porzellan, bulwer – Pulver. Luego el palatino, coincidiendo en esto solo con el danés, no tolera tenues entre vocales: ebbes – etwas, labbe – Lappen, schlubbe – schlupfen, schobbe – Schoppen, Peder – Peter, dridde – dritte, rodhe – raten. Solo k constituye una excepción: brocke, backe. Pero en extranjeras g: musigande – Musikanten. Este es igualmente un resto del nivel fonético bajo alemán, que se ha extendido más mediante el retrodesplazamiento [nota de Engels al margen con lápiz: coincide con Otfried]; solo por haber permanecido dridde, hadde sin desplazar, pudo Peter convertirse en Peder y así las correspondientes t del alto alemán experimentar el mismo tratamiento imparcial. Del mismo modo, en halde – halten, alde – alte, etc., la d permanece en el nivel bajo alemán.

Así pues, a pesar de la impresión de conjunto, decididamente altoalemana para un hablante del bajo alemán, el dialecto palatino está muy lejos de haber adoptado la mutación consonántica altoalemana siquiera en la medida en que la conserva nuestra lengua escrita. Al contrario, el palatino protesta mediante su retrodesplazamiento contra el nivel altoalemán que, infiltrado desde fuera, hasta hoy se revela como elemento extraño en el dialecto.

Es este el lugar para abordar un fenómeno comúnmente malinterpretado: la confusión de d y t, b y p, e incluso g y k en aquellos alemanes en cuyo dialecto las medias han experimentado la mutación altoalemana. Esta confusión no se produce mientras cada cual habla su dialecto. Al contrario. Acabamos de ver que, por ejemplo, el palatino distingue aquí con mucha precisión, tanto que incluso retrotrae palabras extranjeras para ajustarlas a las exigencias de su dialecto. La t inicial extranjera solo se le convierte en d porque la t del alemán escrito corresponde a su d, y la p extranjera en b porque a su p el alemán escrito

pf corresponde. Tampoco en otros dialectos altoalemanes se confunden las consonantes mudas mientras se habla el dialecto. Cada uno de ellos tiene su propia ley de desplazamiento, rigurosamente aplicada. La cosa cambia tan pronto como se habla la lengua escrita o una lengua extranjera. El intento de aplicar a esta la respectiva ley de desplazamiento dialectal —intento que se hace involuntariamente— colisiona con el intento de hablar correctamente la nueva lengua. Entonces, las grafías b y p, d y t pierden toda significación fija, y así pudo suceder que, por ejemplo, Börne se quejara en sus Cartas de París de que los franceses no podían distinguir entre b y p, porque se empeñaban en creer que su nombre, que él pronunciaba Perne, empezaba con una p.

Pero volvamos al dialecto palatino. La demostración de que el desplazamiento altoalemán le ha sido impuesto, por así decirlo, desde fuera y de que ha seguido siendo hasta hoy un elemento extraño, sin alcanzar siquiera el grado fonético de la lengua escrita (grado que los alamanes y los bávaros, yendo mucho más allá, conservan en conjunto en tal o cual fase del antiguo alto alemán), esta sola prueba basta para establecer el carácter predominantemente franco del palatino. Pues incluso en Hesse, situada mucho más al norte, el desplazamiento está en conjunto más avanzado, con lo que el pretendido carácter predominantemente hessiano del palatino queda reducido a una medida modesta. Para oponer, justo en la frontera alamánica, entre alamanes rezagados, semejante resistencia al desplazamiento altoalemán, es preciso que, al lado de los hessianos —ellos mismos de suyo esencialmente altoalemanes—, hubiera habido en el lugar un número al menos igual de ripuarios. Y su presencia queda demostrada además —aparte de por los topónimos— por dos peculiaridades generalmente francas: la conservación de la w franca en lugar de b en posición interior y la pronunciación de la g como ch en posición interior y final. A esto se agrega una multitud de casos aislados de coincidencia. Con el saludo palatino Gundach —«buenos días»— se llega hasta Dunkerque y Ámsterdam. Así como en el Palatinado «ein gewisser Mann» se dice ein sichrer Mann, así en todos los Países Bajos een zekeren man. Handsching por Handschuh concuerda con el ripuario Händschen. Incluso g por j en Ghannisnacht (noche de San Juan) es ripuario y se extiende, como vemos, hasta la región de Münster. Y el baten común a todos los francos, también a los neerlandeses (mejorar, ser útil, de bat — mejor), está en uso en el Palatinado: 's badd alles nix — es hilft alles nichts —, donde incluso la t no ha sufrido el desplazamiento altoalemán hacia tz, sino que se ha suavizado palatinamente en d entre vocales.

Notas a pie de página de Friedrich Engels

(1) P. Roth, «Geschichte des Beneficialwesens», Erlangen, 1850. Uno de los mejores libros de la época anterior a Maurer, del cual tomo no poco en préstamo en este capítulo.

(2) «Kleine altsächsische und altniederfränkische Grammatik», de Moritz Heyne, Paderborn, 1873.

(3) (Nota.) En la llanura no encuentro más que Waterscheid, al este de Hasselt, en el Limburgo belga, donde ya más arriba observamos una fuerte mezcla ripuaria.

(4) Todas las citas proceden de «Fröhlich Palz, Gott erhalt's! Gedichte in Pfälzer Mundart», de K. G. Nadler, Fráncfort del Meno, 1851.