Artículos de Engels en el Labour Standard, 1881

Un partido obrero

¡Cuántas veces no se nos ha advertido por amigos y simpatizantes: «Manteneos al margen de la política de partidos!». Y tenían toda la razón, por lo que respecta a la actual política de partidos inglesa. Un órgano obrero no debe ser ni whig ni tory, ni conservador ni liberal, ni siquiera radical, en el sentido partidista actual de la palabra. Conservadores, liberales, radicales, todos ellos no representan más que los intereses de las clases dominantes, y diversos matices de opinión predominantes entre terratenientes, capitalistas y pequeños comerciantes. Si acaso representan a la clase obrera, la tergiversan de la manera más decidida. La clase obrera tiene intereses propios, tanto políticos como sociales. Cómo ha defendido lo que considera sus intereses sociales, lo demuestra la historia de las Trade Unions y del movimiento por la jornada reducida. Pero sus intereses políticos los deja casi por completo en manos de tories, whigs y radicales, hombres de la clase alta, y durante cerca de un cuarto de siglo la clase obrera de Inglaterra se ha contentado con formar, por así decirlo, la cola del «Gran Partido Liberal».

Esta es una posición política indigna de la clase obrera mejor organizada de Europa. En otros países, los obreros han sido mucho más activos. Alemania tiene desde hace más de diez años un partido obrero (los socialdemócratas), que posee diez escaños en el Parlamento, y cuyo crecimiento ha atemorizado a Bismarck hasta el punto de esas infames medidas de represión de las que damos cuenta en otra columna. Pero a pesar de Bismarck, el partido obrero progresa sin cesar; apenas la semana pasada ganó dieciséis elecciones para el Ayuntamiento de Mannheim y una para el Parlamento sajón. En Bélgica, Holanda e Italia se ha imitado el ejemplo de los alemanes; en cada uno de estos países existe un partido obrero, [1] aunque el censo electoral es demasiado alto para darles por el momento la oportunidad de enviar miembros a la legislatura. En Francia, el partido obrero se halla justamente ahora en pleno proceso de organización; ha obtenido la mayoría en varios consejos municipales en las últimas elecciones, y sin duda ganará varios escaños en las elecciones generales para la Cámara el próximo octubre. Incluso en América, donde el paso de la clase obrera a la de granjero, comerciante o capitalista es todavía relativamente fácil, los obreros consideran necesario organizarse como partido independiente. [2] En todas partes el trabajador lucha por el poder político, por la representación directa de su clase en el legislativo…, en todas partes menos en Gran Bretaña.

Y sin embargo, nunca ha habido en Inglaterra un sentimiento más generalizado que ahora, de que los viejos partidos están condenados a muerte, de que los viejos santo y señas han perdido todo significado, de que las viejas consignas han estallado, de que las viejas panaceas ya no surtirán efecto. Hombres pensantes de todas las clases empiezan a ver que debe trazarse una nueva línea, y que esa línea solo puede ir en dirección a la democracia. Pero en Inglaterra, donde la clase obrera industrial y agrícola forma la inmensa mayoría del pueblo, democracia significa el dominio de la clase obrera, ni más ni menos. Que esa clase obrera, pues, se prepare para la tarea que le aguarda: la dirección de este gran imperio; que comprendan las responsabilidades que inevitablemente recaerán sobre ellos. Y el mejor modo de hacerlo es utilizar el poder que ya tienen en sus manos, la mayoría efectiva que poseen en todas las grandes ciudades del reino, para enviar al Parlamento hombres de su propia clase. Con el actual sufragio doméstico, [3] cuarenta o cincuenta obreros podrían ser fácilmente enviados a St. Stephen's, [4] donde una tal infusión de sangre enteramente nueva es, en verdad, muy necesaria. Con solo ese número de obreros en el Parlamento, sería imposible dejar que el proyecto de ley sobre la tierra de Irlanda [5] se convirtiera, como ocurre actualmente, cada vez más en un «Irish Land Bull», es decir, en un «Irish Landlords' Compensation Act»; sería imposible resistirse a la demanda de una redistribución de escaños, de hacer verdaderamente punible el soborno, de cargar los gastos electorales, como ocurre en todas partes menos en Inglaterra, al erario público, etc.

Por lo demás, en Inglaterra un verdadero partido democrático es imposible a menos que sea un partido obrero. Hombres ilustrados de otras clases (donde no son tan abundantes como se nos quiere hacer creer) podrían unirse a ese partido e incluso representarlo en el Parlamento después de haber dado pruebas de su sinceridad. Tal es el caso en todas partes. En Alemania, por ejemplo, los representantes obreros no son en todos los casos obreros efectivos. Pero ningún partido democrático en Inglaterra, como en cualquier otra parte, tendrá éxito efectivo a menos que posea un carácter obrero definido. Abandonad eso, y no tendréis más que sectas y falsificaciones.

Y esto es aún más cierto en Inglaterra que en el extranjero. De falsificaciones radicales ha habido desgraciadamente suficientes desde la disolución del primer partido obrero que el mundo jamás produjo: el partido cartista. Sí, pero los cartistas fueron disueltos y no alcanzaron nada. ¿De veras fue así? De los seis puntos de la Carta del Pueblo, [6] dos, el voto por papeleta y la abolición de toda exigencia de propiedad, son hoy ley del país. Un tercero, el sufragio universal, se ha implantado al menos aproximadamente bajo la forma del sufragio doméstico; un cuarto, los distritos electorales iguales, está claramente a la vista, como reforma prometida del actual Gobierno. De modo que el fracaso del movimiento cartista ha resultado en la realización de por lo menos la mitad del programa cartista. Y si el mero recuerdo de una pasada organización política de la clase obrera pudo efectuar estas reformas políticas, y además una serie de reformas sociales, ¿qué no hará la presencia real de un partido político obrero, respaldado por cuarenta o cincuenta representantes en el Parlamento? Vivimos en un mundo donde cada cual está obligado a velar por sí mismo. Y sin embargo, la clase obrera inglesa permite que las clases de los terratenientes, capitalistas y pequeños comerciantes, con su séquito de abogados, escritorzuelos de periódico, etc., velen por sus intereses. No es de extrañar que las reformas en interés del obrero lleguen tan lentamente y en tan miserable goteo. Los trabajadores de Inglaterra no tienen más que quererlo, y son los dueños para llevar a cabo toda reforma, social y política, que su situación requiera. Entonces, ¿por qué no hacer ese esfuerzo?