Friedrich Engels

["The Labour Standard" nº 1 del 7 de mayo de 1881, artículo de fondo]

Este ha sido, durante los últimos cincuenta años, el lema del movimiento obrero inglés. Prestó buenos servicios en la época del auge de las trade-unions tras la abolición de las ignominiosas leyes contra las coaliciones en 1824; aún mejores servicios prestó en la época del glorioso movimiento cartista, cuando los obreros ingleses marchaban a la cabeza de la clase obrera europea. Pero el tiempo no se detiene, y muchísimas cosas que hace cincuenta, e incluso hace treinta años, eran deseables y necesarias, hoy han quedado anticuadas y resultarían por completo fuera de lugar. ¿Acaso la venerable consigna pertenece también a esas cosas?

¿Un salario justo por una jornada de trabajo justa? Pero ¿qué es un salario justo y qué es una jornada de trabajo justa? ¿Cómo vienen determinados por las leyes bajo las cuales la sociedad moderna existe y se desarrolla? Para encontrar una respuesta a esto, no nos está permitido apelar ni a la ciencia de la moral o del derecho y la equidad, ni a sentimientos sentimentales de humanidad, justicia o, menos aún, de misericordia. Lo que es moralmente justo, incluso lo que es justo según la ley, puede estar muy lejos de ser socialmente justo. Sobre la justicia o la injusticia social decide una sola ciencia: la ciencia que se ocupa de los hechos materiales de la producción y el intercambio, la ciencia de la economía política.

Ahora bien, según la economía política, ¿qué se llama un salario justo y una jornada de trabajo justa? Sencillamente, la cuantía del salario y la duración e intensidad de una jornada de trabajo que resultan determinadas por la competencia entre el empresario y el obrero en el mercado libre. Y, determinados así, ¿qué son?

Un salario justo es, en condiciones normales, la suma necesaria para proporcionar al obrero los medios de subsistencia que, de acuerdo con el nivel de vida de su posición y de su país, precisa para mantenerse en condiciones de trabajar y para perpetuar su especie. El nivel efectivo del salario puede situarse, según las fluctuaciones de la coyuntura, a veces por encima, a veces por debajo de esa tasa; pero, en condiciones normales, esa tasa debería constituir la media de todas las oscilaciones del salario.

Una jornada de trabajo justa es aquella duración de la jornada y aquella intensidad del trabajo efectivo en las cuales el obrero desgasta la plena fuerza de trabajo de un día, sin menoscabar su capacidad para rendir, al día siguiente y en los días sucesivos, la misma cantidad de trabajo.

El proceso, por consiguiente, puede describirse así: el obrero entrega al capitalista la plena fuerza de trabajo de un día, es decir, tanta como puede dar sin imposibilitar la repetición ininterrumpida del proceso. A cambio, recibe justamente los medios de subsistencia necesarios — ni más — para hacer posible la repetición del mismo negocio cada día. El obrero da tanto, y el capitalista tan poco, como lo permite la naturaleza del acuerdo. He aquí una clase muy singular de justicia.

Pero penetremos algo más hondo en el asunto. Puesto que, según los economistas políticos, el salario y el tiempo de trabajo son determinados por la competencia, la justicia parecería exigir que ambas partes tuvieran, en las mismas condiciones, el mismo punto de partida justo. Pero no es éste el caso. Si el capitalista no puede ponerse de acuerdo con el obrero, puede permitirse esperar y vivir de su capital. El obrero no puede. Sólo tiene su salario para vivir y, por tanto, ha de aceptar trabajo cuando, donde y en las condiciones que pueda conseguirlo. El obrero no tiene un punto de partida justo. El hambre lo coloca en una desventaja extraordinaria. Y con todo, según la economía política de la clase capitalista, ésa es la cumbre de la justicia.

Pero esto es aún lo de menos. La aplicación de la fuerza mecánica y la maquinaria en nuevas industrias y la extensión y el perfeccionamiento de la maquinaria en aquellas ramas donde ya se ha impuesto desplazan de su puesto de trabajo a cada vez más “manos”; y esto sucede a un ritmo mucho más rápido que el que permite a las fábricas del país absorber y ocupar a las “manos” sobrantes. Estas “manos” sobrantes constituyen para el capital un auténtico ejército industrial de reserva. Cuando los negocios andan mal, pueden pasar hambre, mendigar, robar o ir a la casa de trabajo; cuando los negocios marchan bien, están a mano para la expansión de la producción; y mientras no hayan encontrado trabajo hasta el último hombre, la última mujer y el último niño — cosa que sólo ocurre en tiempos de desbordante superproducción —, la competencia de este ejército de reserva mantendrá bajos los salarios y, por su mera existencia, reforzará el poder del capital en su lucha contra los obreros. En la carrera con el capital, los obreros no sólo están en desventaja, sino que han de arrastrar una bala de cañón encadenada al pie. Pero esto es justicia según la economía política capitalista.

Examinemos ahora de qué fondo paga el capital estos salarios tan sumamente justos. Del capital, por supuesto. Pero el capital no produce valores. El trabajo, aparte de la tierra, es la única fuente de la riqueza; el propio capital no es más que producto acumulado del trabajo. De aquí se sigue que el salario se paga con trabajo y que el obrero es remunerado con su propio producto. Según lo que comúnmente se llama justicia, el salario del obrero debería consistir en el producto de su trabajo. Pero, según la economía política, eso no sería justo. Al contrario, el producto del trabajo del obrero va a parar al capitalista, y el obrero no recibe de él más que los simples medios de subsistencia. Y el final de esta “justa” carrera de la competencia, nada común, es, así, que el producto del trabajo de quienes trabajan se acumula inevitablemente en manos de quienes no trabajan, y en sus manos se convierte en el más poderoso medio para esclavizar precisamente a los hombres que lo han producido.

¡Un salario justo por una jornada de trabajo justa! Mucho habría también que decir sobre la jornada de trabajo justa, cuya justicia se halla exactamente a la misma altura que la de los salarios. Pero hemos de reservarlo para otra ocasión. De lo expuesto se desprende con toda claridad que la vieja consigna ha caducado y que hoy resulta apenas sostenible. La justicia de la economía política, en la medida en que formula realmente las leyes que gobiernan la sociedad existente, esa justicia está toda ella de un solo lado: del lado del capital. Enterrad, pues, para siempre el viejo lema y sustituidlo por otro:

El pueblo trabajador mismo debe ser el poseedor de los medios de trabajo — las materias primas, las fábricas y las máquinas.