Artículos de Engels en el Labour Standard de 1881

Los Sindicatos Obreros

Parte I

En nuestro último número examinamos la acción de los sindicatos obreros en la medida en que imponen a los patronos la ley económica del salario. Volvemos sobre este tema, pues es de la mayor importancia que la clase obrera en general lo comprenda a fondo.

Suponemos que a ningún obrero inglés de nuestros días hay que enseñarle que redunda en interés del capitalista individual, así como de la clase capitalista en su conjunto, reducir los salarios tanto como sea posible. El producto del trabajo, una vez deducidos todos los gastos, se divide, como David Ricardo ha demostrado irrefutablemente, en dos partes: una constituye el salario del obrero, la otra la ganancia del capitalista. Ahora bien, siendo este producto neto del trabajo, en cada caso individual, una cantidad dada, está claro que la parte llamada ganancia no puede aumentar sin que la parte llamada salario disminuya. Negar que redunda en interés del capitalista reducir los salarios equivaldría a decir que no es su interés aumentar sus ganancias.

Sabemos muy bien que existen otros medios de aumentar temporalmente las ganancias, pero no alteran la ley general y, por consiguiente, no necesitan preocuparnos aquí.

Ahora bien, ¿cómo pueden los capitalistas reducir los salarios cuando la tasa salarial se rige por una ley distinta y bien definida de la economía social? La ley económica del salario existe, y es irrefutable. Pero, como hemos visto, es elástica, y lo es de dos maneras. La tasa salarial puede ser rebajada, en un ramo determinado, ya sea directamente, acostumbrando gradualmente a los obreros de ese ramo a un nivel de vida más bajo, o indirectamente, aumentando el número de horas de trabajo por día (o la intensidad del trabajo durante las mismas horas de trabajo) sin aumentar la paga.

Y el interés de cada capitalista individual en aumentar sus ganancias reduciendo el salario de sus obreros recibe un nuevo estímulo de la competencia de los capitalistas del mismo ramo entre sí. Cada uno de ellos intenta vender por debajo de sus competidores y, a menos que haya de sacrificar su ganancia, tiene que intentar reducir los salarios. Así, la presión sobre la tasa salarial provocada por el interés de cada capitalista individual se multiplica por diez debido a la competencia entre ellos. Lo que antes era cuestión de mayor o menor ganancia se convierte ahora en cuestión de necesidad.

Contra esta presión constante e incesante, el trabajo no organizado carece de medios efectivos de resistencia. Por eso, en los ramos sin organización de los obreros, los salarios tienden constantemente a bajar y las horas de trabajo tienden constantemente a aumentar. Lenta pero seguramente prosigue este proceso. Épocas de prosperidad pueden interrumpirlo de vez en cuando, pero las épocas de mal comercio lo precipitan tanto más después. Los obreros se acostumbran gradualmente a un nivel de vida cada vez más bajo. Mientras la duración de la jornada laboral se aproxima cada vez más al máximo posible, los salarios se acercan cada vez más a su mínimo absoluto: la suma por debajo de la cual resulta absolutamente imposible que el obrero viva y reproduzca su raza.

Hubo una excepción temporal a esto hacia comienzos de este siglo. La rápida extensión del vapor y la maquinaria no bastaba para la demanda, aún más rápidamente creciente, de sus productos. Los salarios en estos ramos, exceptuando los de los niños vendidos desde la casa de trabajo [1] al fabricante, eran por regla general altos; los de aquellos trabajos manuales cualificados de los que no se podía prescindir eran muy altos; lo que solía recibir un tintorero, un mecánico, un cortador de terciopelo, un hilador de mula manual suena ahora a fabuloso. Al mismo tiempo, los ramos desplazados por la maquinaria se morían lentamente de hambre. Pero la maquinaria recién inventada fue desplazando paulatinamente a estos obreros bien pagados; se inventó maquinaria para fabricar maquinaria, y a tal ritmo que la oferta de artículos hechos a máquina no sólo igualó, sino que superó, la demanda. Cuando la paz general, en 1815 [2], restableció la regularidad del comercio, comenzaron las fluctuaciones decenales entre prosperidad, sobreproducción y pánico comercial. Las ventajas que los obreros habían conservado de los viejos tiempos prósperos, y tal vez incluso aumentado durante el período de frenética sobreproducción, les fueron arrebatadas ahora durante el período de mal comercio y pánico; y pronto la población fabril de Inglaterra se sometió a la ley general de que los salarios del trabajo no organizado tienden constantemente hacia el mínimo absoluto.

Pero entretanto, los sindicatos obreros, legalizados en 1824, también habían entrado en escena, y ya era hora. Los capitalistas están siempre organizados. En la mayoría de los casos no necesitan unión formal, ni reglas, ni directivos, etc. Su escaso número, comparado con el de los obreros, el hecho de que constituyan una clase separada, su constante trato social y comercial les sirven en lugar de eso; sólo más tarde, cuando un ramo de la manufactura se ha apoderado de un distrito, como el algodonero de Lancashire, se hace necesaria una organización formal de los capitalistas. Por otro lado, los obreros desde el comienzo mismo no pueden prescindir de una organización fuerte, bien definida por reglas y que delegue su autoridad en directivos y comités. La ley de 1824 hizo legales estas organizaciones. Desde aquel día, el trabajo se convirtió en una potencia en Inglaterra. La masa antes indefensa, dividida contra sí misma, ya no lo era. A la fuerza aportada por la unión y la acción común pronto se sumó la fuerza de una caja bien repleta —«dinero de resistencia», como lo llaman expresivamente nuestros hermanos franceses—. Todo el estado de cosas cambió entonces. Para el capitalista se convirtió en algo arriesgado entregarse a una reducción de salarios o a un aumento de las horas de trabajo.

De ahí los violentos estallidos de la clase capitalista de aquellos tiempos contra los sindicatos obreros. Esa clase había considerado siempre su práctica, largamente establecida, de esquilmar a la clase obrera como un derecho adquirido y un privilegio lícito. Había que poner fin a eso ahora. No es de extrañar que clamaran ruidosamente y se tuvieran por tan lesionados en sus derechos y en su propiedad como hacen hoy día los terratenientes irlandeses [3].

Sesenta años de experiencia de lucha los han hecho entrar en razón hasta cierto punto. Los sindicatos obreros se han convertido ahora en instituciones reconocidas, y su acción como uno de los reguladores de los salarios se reconoce tanto como la acción de las leyes fabriles y de talleres como reguladoras de las horas de trabajo. Más aún, los fabricantes de algodón de Lancashire han tomado últimamente incluso una hoja del libro de los obreros, y ahora saben organizar una huelga, cuando les conviene, tan bien o mejor que cualquier sindicato obrero.

Así pues, es mediante la acción de los sindicatos obreros como se impone la ley del salario frente a los patronos, y como los obreros de cualquier ramo bien organizado logran obtener, al menos aproximadamente, el valor íntegro de la fuerza de trabajo que alquilan a su patrono; y cómo, con la ayuda de las leyes estatales, se consigue que las horas de trabajo al menos no rebasen demasiado aquella duración máxima más allá de la cual la fuerza de trabajo se agota prematuramente. Esto, sin embargo, es lo máximo que los sindicatos obreros, tal como están organizados actualmente, pueden aspirar a obtener, y ello sólo mediante una lucha constante, mediante un inmenso derroche de fuerza y de dinero; y luego las fluctuaciones del comercio, una vez cada diez años por lo menos, echan por tierra momentáneamente lo conquistado, y la lucha ha de reanudarse de nuevo. Es un círculo vicioso del que no hay salida. La clase obrera sigue siendo lo que era, y lo que nuestros antepasados cartistas no temían llamarla, una clase de esclavos asalariados. ¿Ha de ser éste el resultado final de todo este trabajo, este sacrificio y este sufrimiento? ¿Ha de seguir siendo ésta para siempre la aspiración suprema del obrero británico? ¿O va a intentar por fin la clase obrera de este país romper este círculo vicioso y encontrar una salida de él en un movimiento por la ABOLICIÓN DEL SISTEMA SALARIAL EN SU TOTALIDAD?

La semana próxima examinaremos el papel desempeñado por los sindicatos obreros como organizadores de la clase obrera.

Parte II

N.º 5, 4 de junio de 1881

Hasta aquí hemos considerado las funciones de los sindicatos obreros en la medida en que contribuyen a regular la tasa salarial y a asegurar al obrero, en su lucha contra el capital, al menos algunos medios de resistencia. Pero este aspecto no agota nuestro tema.

La lucha del obrero contra el capital, decíamos. Esta lucha existe, digan lo que digan los apologetas del capital en sentido contrario. Existirá mientras una reducción de salarios siga siendo el medio más seguro y cómodo de aumentar las ganancias; más aún, mientras exista el sistema salarial mismo. La mera existencia de los sindicatos obreros es prueba suficiente del hecho; si no están hechos para luchar contra las usurpaciones del capital, ¿para qué están hechos? De nada sirve andarse con rodeos. Ninguna palabra melindrosa puede ocultar el feo hecho de que la sociedad actual está dividida principalmente en dos grandes clases antagónicas: en capitalistas, propietarios de todos los medios para el empleo del trabajo, por un lado; y obreros, propietarios de nada más que de su propia fuerza de trabajo, por el otro. El producto del trabajo de esta última clase ha de repartirse entre ambas clases, y es sobre este reparto sobre lo que versa constantemente la lucha. Cada clase intenta obtener una parte tan grande como sea posible; y es el aspecto más curioso de esta lucha que la clase obrera, mientras lucha por obtener una parte tan sólo de su propio producto, sea acusada con bastante frecuencia de robar realmente al capitalista.

Pero una lucha entre dos grandes clases de la sociedad se convierte necesariamente en una lucha política. Así ocurrió en la larga batalla entre la clase media o capitalista y la aristocracia terrateniente; así también en la lucha entre la clase obrera y esos mismos capitalistas. En toda lucha de clase contra clase, el fin inmediato por el que se combate es el poder político; la clase dominante defiende su supremacía política, es decir, su mayoría segura en la legislatura; la clase inferior lucha primero por una parte y luego por la totalidad de ese poder, para estar en condiciones de cambiar las leyes existentes en conformidad con sus propios intereses y necesidades. Así, la clase obrera de Gran Bretaña luchó durante años ardientemente e incluso violentamente por la Carta del Pueblo [4], que debía otorgarle ese poder político; fue derrotada, pero la lucha había causado tal impresión sobre la victoriosa clase media que ésta, desde entonces, se alegró sobremanera de comprar un armisticio prolongado al precio de concesiones siempre repetidas a la clase obrera.

Ahora bien, en una lucha política de clase contra clase, la organización es el arma más importante. Y en la misma medida en que la organización meramente política o cartista se vino abajo, en esa misma medida la organización sindical se fortaleció más y más, hasta alcanzar actualmente un grado de fuerza sin igual en ninguna organización obrera del extranjero. Unos cuantos grandes sindicatos obreros, que comprenden entre uno y dos millones de obreros, y respaldados por los sindicatos más pequeños o locales, representan una potencia que ha de tener en cuenta cualquier gobierno de la clase dominante, ya sea whig o tory.

De acuerdo con las tradiciones de su origen y desarrollo en este país, estas poderosas organizaciones se han limitado hasta ahora casi estrictamente a su función de participar en la regulación de los salarios y las horas de trabajo, y de exigir la derogación de las leyes abiertamente hostiles a los obreros. Como ya se ha dicho, lo han hecho con tanto efecto como tenían derecho a esperar. Pero han alcanzado más que eso: la clase dominante, que conoce su fuerza mejor que ellos mismos, les ha concedido voluntariamente concesiones que van más allá. El sufragio doméstico de Disraeli [5] otorgó el voto al menos a la mayor parte de la clase obrera organizada. ¿Lo habría propuesto si no hubiera supuesto que estos nuevos votantes mostrarían una voluntad propia — que dejarían de ser dirigidos por políticos liberales de la clase media? ¿Habría podido sacarlo adelante si los trabajadores, en la gestión de sus colosales sociedades de oficio, no hubieran demostrado estar capacitados para la labor administrativa y política?

Esa misma medida abrió una nueva perspectiva a la clase obrera. Les dio la mayoría en Londres y en todas las ciudades manufactureras, permitiéndoles así entrar en la lucha contra el capital con nuevas armas, enviando a hombres de su propia clase al Parlamento. Y aquí, lo lamentamos, los sindicatos olvidaron su deber como vanguardia de la clase obrera. La nueva arma ha estado en sus manos durante más de diez años, pero apenas la han desenvainado nunca. No deben olvidar que no pueden seguir ocupando la posición que ahora ocupan a menos que marchen realmente a la vanguardia de la clase obrera. No está en la naturaleza de las cosas que la clase obrera de Inglaterra posea el poder de enviar cuarenta o cincuenta obreros al Parlamento y, sin embargo, se conforme para siempre con ser representada por capitalistas o sus empleados, como abogados, periodistas, etc.

Más aún, abundan los síntomas de que la clase obrera de este país está despertando a la conciencia de que durante algún tiempo se ha estado moviendo en una rutina equivocada [6]; de que los movimientos actuales, exclusivamente por salarios más altos y jornadas más cortas, la mantienen en un círculo vicioso del que no hay salida; de que no es la bajeza de los salarios lo que constituye el mal fundamental, sino el propio sistema del salario. Una vez que este conocimiento se extienda de manera general entre la clase obrera, la posición de los sindicatos tendrá que cambiar considerablemente. Ya no disfrutarán del privilegio de ser las únicas organizaciones de la clase obrera. Junto a, o por encima de, los sindicatos de oficios particulares, tendrá que surgir una Unión general, una organización política de la clase obrera en su conjunto.

Así pues, hay dos puntos que los oficios organizados harían bien en considerar: en primer lugar, que se acerca rápidamente el momento en que la clase obrera de este país reclamará, con una voz que no se podrá malinterpretar, su plena participación en la representación parlamentaria. En segundo lugar, que también se acerca rápidamente el momento en que la clase obrera habrá comprendido que la lucha por salarios altos y jornadas cortas, y toda la acción de los sindicatos tal como se lleva a cabo actualmente, no es un fin en sí misma, sino un medio, un medio muy necesario y eficaz, pero sólo uno de los varios medios hacia un fin superior: la abolición total del sistema del salario.

Para la plena representación del trabajo en el Parlamento, así como para la preparación de la abolición del sistema del salario, serán necesarias organizaciones, no de oficios separados, sino de la clase obrera en su conjunto. Y cuanto antes se haga esto, mejor. No hay poder en el mundo que pueda resistir un solo día a la clase obrera británica organizada como un todo.