Friedrich Engels

La teoría del salario de la Liga Anticerealista

["The Labour Standard" núm. 10, del 9 de julio de 1881, artículo de fondo]

En otro lugar publicamos una carta del Sr. J. Noble, quien no está de acuerdo con algunas de nuestras observaciones en un artículo de fondo del "Labour Standard" del 18 de junio. Aunque naturalmente no podemos llenar las columnas de nuestros artículos de fondo con polémicas sobre hechos históricos o teorías económicas, queremos esta vez responder a un hombre que, pese a su posición oficial en el partido, evidentemente habla con sinceridad.

Contra nuestra afirmación de que con la derogación de las leyes de cereales se perseguía provocar una «reducción del precio del pan y, con ello, de los salarios monetarios», objeta el Sr. Noble que ésta fue una «doctrina errónea proteccionista» que la Liga combatió incansablemente, y para probarlo cita algunos pasajes de discursos de Richard Cobden y un memorando del consejo de la Liga.

El autor del artículo de que aquí se trata vivía entonces en Manchester, como fabricante entre fabricantes. Sabe, naturalmente, muy bien cuál era la doctrina oficial de la Liga. Reducida a su expresión más breve y generalmente reconocida (pues hay muchas variantes), rezaba así: La derogación de los aranceles sobre los cereales aumentará el volumen de nuestro comercio con el extranjero, incrementará directamente nuestras importaciones, a cambio de lo cual los clientes extranjeros comprarán nuestras manufacturas y aumentarán así la demanda de nuestros artículos industriales; de este modo crecerá la demanda de trabajo de nuestros obreros industriales y, en consecuencia, los salarios tendrán que subir. Gracias a la repetición de esta teoría, día tras día y año tras año, los representantes oficiales de la Liga, economistas superficiales como eran, pudieron llegar a la sorprendente afirmación de que los salarios suben y bajan en proporción inversa no a la ganancia, sino al precio de los medios de subsistencia, que el pan caro significa salarios bajos y el pan barato salarios altos. De este modo, las crisis económicas que se repiten cada diez años, las cuales hubo tanto antes como después de la derogación de los aranceles sobre los cereales, fueron presentadas por los portavoces de la Liga como meros efectos de las leyes de cereales, que desaparecerían sin duda tan pronto como esas abominables leyes fueran derogadas; las leyes de cereales serían el único gran obstáculo que se interponía entre el fabricante británico y los pobres extranjeros que, carentes de tejidos británicos, desnudos y tiritando de frío, anhelaban los productos de ese fabricante. Y así, en efecto, en el pasaje citado por el Sr. Noble, pudo Cobden hacer valer que la depresión de los negocios y la baja de los salarios de 1839 a 1842 había sido consecuencia del altísimo precio de los cereales de esos años, cuando en realidad no se trataba sino de una de las fases regulares de depresión mercantil, que se repiten hasta el día de hoy cada diez años con la mayor regularidad; fase que, ciertamente, fue prolongada y agravada por las malas cosechas y la insensata intromisión de la legislación en favor de los codiciosos terratenientes.

Ésa era la teoría oficial de Cobden, quien, pese a toda su habilidad como agitador, era un mal hombre de negocios y un economista superficial; sin duda, creía en ella tan sinceramente como el Sr. Noble cree hoy en ella. Sin embargo, la mayoría de la Liga estaba compuesta por prácticos hombres de negocios, más hábiles para los negocios y, por lo general, también más exitosos que Cobden. Y en el caso de ellos, la cosa era muy distinta. Naturalmente, ante extraños y en reuniones públicas, especialmente frente a sus «manos» (obreros), se valoraba en general la teoría oficial como «la causa». Pero cuando los hombres de negocios andan tras los negocios, no suelen llevar el corazón en la lengua ante sus clientes, y si el Sr. Noble opina lo contrario, haría mejor en mantenerse alejado de la Bolsa de Manchester. Si uno se informaba más de cerca sobre qué se entendía por el que el librecambio de cereales condujera a un aumento de los salarios, se hacía patente que con ello se aludía a un aumento del poder adquisitivo de los salarios, dándose por perfectamente posible que la suma monetaria de los salarios no aumentase en absoluto; pero, en el fondo, ¿no era eso también un aumento de salario? Si se seguía indagando, por lo general resultaba que la suma monetaria de los salarios podía incluso bajar, mientras que las comodidades que el obrero recibía por esa suma monetaria reducida serían aún mayores que aquellas de que disfrutaba en el presente. Y si se planteaba con mayor insistencia la pregunta de por qué vía habría de producirse la esperada gigantesca expansión del comercio, se oía rápidamente que se contaba principalmente con la última posibilidad mencionada: una reducción de la suma monetaria de los salarios, unida a una baja del precio del pan, etc., que compensase con creces esa reducción. Había además muchos que ni siquiera se esforzaban por ocultar su opinión de que el pan barato era sencillamente necesario para reducir la suma monetaria de los salarios y eliminar así a la competencia extranjera. Y que ésa era realmente la meta y aspiración de la mayoría de los fabricantes y comerciantes que componían predominantemente la Liga, no era demasiado difícil de averiguar para alguien acostumbrado a tratar con comerciantes y, por tanto, también acostumbrado a no aceptar cada palabra suya como evangelio. Esto lo dijimos, y lo decimos de nuevo. Sobre la doctrina oficial de la Liga no hemos perdido palabra. Era, económicamente, una «doctrina errónea» y, en la práctica, un mero manto encubridor de intereses egoístas, aunque algunos de sus dirigentes la repitieron tan a menudo que acabaron por creer en ella ellos mismos.

Muy divertida es la referencia del Sr. Noble a palabras de Cobden sobre la clase obrera, que ante la perspectiva de un precio de los cereales de 25 chelines por quarter «se frota las manos con satisfacción». La clase obrera de entonces no desdeñaba en absoluto el pan barato; pero su «satisfacción» con las maquinaciones de Cobden y Cía. fue tan grande, que durante varios años le hizo imposible a la Liga celebrar una sola reunión realmente pública en todo el Norte. El autor de este artículo tuvo la «satisfacción» de hallarse presente en 1843 en el ayuntamiento de Salford, cuando la Liga hizo su último intento de organizar una reunión semejante, y de vivir cómo por poco se veía reventada por la mera presentación de una enmienda adicional a favor de la Carta del Pueblo. A partir de entonces, la regla para todas las reuniones de la Liga fue: «Entrada sólo con tarjeta de invitación», la cual no podía obtener cualquier persona. Desde ese instante cesó la «obstrucción cartista». Las masas trabajadoras habían logrado su objetivo: demostrar que la Liga, en modo alguno, representaba los intereses de las masas, como pretendía.

Para terminar, unas palabras sobre la teoría del salario de la Liga. El precio medio de una mercancía es igual a sus costos de producción; la acción de la oferta y la demanda consiste en reducirlo a esa norma alrededor de la cual fluctúa. Si esto se cumple para todas las mercancías, también se cumple para la mercancía trabajo (o, más exactamente, fuerza de trabajo). Entonces, el nivel del salario está determinado por el precio de aquellas mercancías que entran en el consumo tradicional y necesario del obrero. En otras palabras, en igualdad de circunstancias, los salarios suben y bajan con el precio de las mercancías necesarias para la vida. Ésta es una ley de la economía política contra la que todos los Perronet Thompson, Cobden y Bright quedarán eternamente impotentes. Todas las demás circunstancias, sin embargo, no permanecen en modo alguno inalteradas, y por eso el efecto de esta ley es modificado en la práctica por la acción simultánea de otras leyes económicas; aparece oscurecida, y a veces en tan alto grado que se requiere cierto esfuerzo para rastrearla. Esta circunstancia sirvió a los economistas vulgarizadores y a los economistas vulgares, desde los tiempos de la Liga Anticerealista, de pretexto para afirmar: primero, que el trabajo, y luego todas las demás mercancías, no poseen un valor realmente determinable, sino tan sólo un precio fluctuante, regulado más o menos, con independencia de los costos de producción, por la oferta y la demanda; y segundo, que para elevar los precios y, con ello, los salarios, no hace falta nada más que acrecentar la demanda. De esta manera se eludía la desagradable relación entre el nivel de los salarios y los precios de los víveres, y se podía proclamar a los cuatro vientos la burda y ridícula doctrina de que el pan caro significa salarios bajos y el pan barato salarios altos.

Quizá pregunte el Sr. Noble si, con el pan barato de hoy, los salarios no son por lo general igual de altos o incluso más altos que cuando, antes de 1847, el pan era encarecido por los aranceles. Para responder a esta pregunta sería necesaria una investigación detenida. Sin embargo, una cosa es segura: allí donde una rama industrial prosperó y los obreros tenían al mismo tiempo una fuerte organización para la defensa de sus intereses, sus salarios por lo general no han bajado y a veces quizás han subido incluso. Pero eso demuestra sólo que antes estaban mal pagados. Donde una rama industrial entró en decadencia o donde los obreros no estaban organizados en fuertes tradeuniones, los salarios han bajado sin excepción, a menudo hasta un nivel de hambre. ¡Id al East End londinense y convenceos con vuestros propios ojos!