obrera. Es algo verdaderamente absurdo el que, teniendola clase obrera inglesa fuerza para llevar al parlamento a cuarenta o cincuenta obreros, se dé eternamente por contenta con hacerse representar en él por los capitalistas o sus peones de brega, abogados, periodistas, etc. Existen, además, toda una serie de indicios de que la clase obrera inglesa va despertando a la conciencia de haber marchado durante mucho tiempo por un camino falso; de que los movimientos actuales, encaminados exclusivamente a elevar los salarios y acortar la jornada, la condenan a un círculo fatal sin posible escape; de que el gran mal no está precisamente en los salarios bajos, sino en el propio sistema del salariado. Cuando esta conciencia se extienda con carácter general entre la clase obrera, hará cambiar necesariamente, de un modo esencial, la posición de las tradeuniones. Estas no seguirán ostentando por más tiempo el privilegio de ser las únicas organizaciones de la clase obrera. Junto a las asociaciones creadas en cada rama de industria, o por encima de ellas, tendrá que surgir una agrupación de conjunto, una organización política de la clase obrera en su totalidad.

Las tradeuniones harían bien, por tanto, en tener en cuenta dos cosas: primero, que se acerca rápidamente el día en que la clase obrera de este país reclamará con voz imperiosa y que no podrá desoírse su participación plena en la representación parlamentaria; segundo, que se acerca también, con no menor premura, el día en que la clase obrera se percatará de que la lucha por salarios altos y una jornada de trabajo corta y toda la actividad de las tradeuniones, bajo su forma actual, no constituyen un fin en sí, sino simplemente un medio, muy necesario y muy eficaz, evidentemente, pero sólo uno entre tantos, enderezado hacia un fin superior: la abolición del sistema del salariado, en general.

Para asegurar a los obreros su plena representación en el parlamento y para preparar la abolición del sistema del salariado, serán necesarias organizaciones de la clase obrera en su totalidad, y no solamente de ramas de industria por separado. Cuanto antes salgan a la palestra esas organizaciones, tanto mejor. No hay poder en el mundo capaz de enfrentarse a la clase obrera inglesa ni durante un solo día, si ésta se organiza como totalidad.

V El tratado comercial con Francia.

El jueves, 9 de junio, Mr. Monck (de Gloucester) presentó en la Cámara de los Comunes una propuesta según la cual “no se considerará satisfactorio ningún tratado comercial con Francia en el que no se tienda al desarrollo de las relaciones de comercio entre ambos países por medio de una nueva reducción de los aranceles aduaneros”. La propuesta fue seguida de un debate bastante amplio. Sir C. Dilke opuso, én nombre del gobierno, la suave resistencia aconsejada por la etiqueta diplomática. Mr. J. A. Balfour (de Tamworth) se manifestó partidario de obligar a las naciones extranjeras a fijar tarifas más bajas, recurriendo para ello a los aranceles vindicativos. Mr. Slagg (de Mánchester) se pronunció en el sentido de dejar que los franceses, sin necesidad de tratado alguno, apreciasen el valor que nuestro comercio tiene para ellos y el que el suyo representa para nosotros. Mr. Illingworth (de Bradford) manifestó que él había renunciado ya a la esperanza de llegar al librecambio por el camino de los tratados de comercio. Mr. Mac Iver (de Birkenhead) dijo que el actual sistema de librecambio era un puro fraude, ya que consiste en respetar la libertad de importación y en poner trabas a las exportaciones. La propuesta fue aprobada por 77 votos contra 49, derrota que no dañará en lo más mínimo ni a los sentimientos de Mr. Gladstone ni a su posición. Este debate es un buen ejemplo de una larga serie de interminables quejas acerca de la obstinación con que los estúpidos extranjeros e incluso los no menos estúpidos súbditos coloniales se niegan a reconocer la panacea universal del librecambio como remedio mágico para curar todos los males económicos. Jamás una profecía se ha derrumbado tan estrepitosamente como la de la escuela manchesteriana:32 el librecambio, una vez implantado en Inglaterra, derramaría, según se aseguraba, una plétora tal de beneficios sobre el país, que todas las demás naciones seguirían el ejemplo y abrirían de par en par sus puertas a las mercancías inglesas. Pero la tentadora voz de los apóstoles del librecambio ha resultado ser la voz del predicador en el desierto. El continente y Norteamérica elevaron, en conjunto, los aranceles protectores, y tras ellos marcharon, siguiendo sus huellas, las colonias británicas, tan pronto como recibieron su régimen de autonomía. Inmediatamente después de colocarse la India bajo la Corona, se implantó también allí un arancel del cinco por ciento sobre los artículos de algodón, para proteger a la industria nacional. Para la escuela manchesteriana era un misterio impenetrable por qué tenía que ser necesariamente así. Y, sin embargo, la cosa no puede ser más sencilla.

Hacia mediados del siglo pasado, Inglaterra era el centro principal de la industria manufacturera del algodón. Era, por tanto, natural que, al crecer la demanda de artículos de esta clase, se inventaran precisamente aquí las máquinas que, con ayuda de la fuerza del vapor, revolucionaron primero la elaboración de esta fibra y más tarde toda la industria textil. Gracias a la fuerza del vapor, los extensos y fácilmente asequibles yacimientos de carbón de la Gran Bretaña se convirtieron ahora en base del bienestar del país. Los ricos depósitos de mineral de hierro, cercanos a los yacimientos de hulla, facilitaron el desarrollo de la industria siderúrgica, a la que imprimió nuevo impulso la demanda de máquinas de vapor y de otra clase de maquinaria. De pronto, en medio de esta revolución de todo el sistema fabril, estallaron las guerras antijacobinas y napoleónicas,33 que durante cerca de veinticinco años expulsaron de los mares a los barcos de casi todas las naciones competidoras, lo que representaba prácticamente el monopolio de la industria inglesa sobre todos los mercados de ultramar y algunos de Europa. Al restablecerse la paz en 1825, Inglaterra, con sus fábricas movidas por el vapor, se hallaba presta para abastecer al mundo, cuando las máquinas de vapor apenas se conocían en otros países. Inglaterra les llevaba una enorme delantera, en cuanto a producción industrial.

La restauración de la paz no tardó, sin embargo, en mover a otras naciones a marchar por el mismo camino de Inglaterra. Francia, protegida por la muralla de la China de sus aranceles prohibitivos, fomentó la producción por medio de máquinas de vapor. Y otro tanto hizo Alemania, aunque las tarifas aduaneras alemanas eran, por aquel entonces, más liberales que cualesquiera otras, sin exceptuar las inglesas. Otros países hicieron lo mismo. La aristocracia terrateniente inglesa implantó por los mismos años, para elevar sus rentas, las leyes cerealistas, que trajeron como resultado la subida del precio del pan y, consiguientemente, la de los salarios. No obstante, la industria inglesa siguió desarrollándose a un ritmo asombroso. Hacia 1830, Inglaterra contaba ya con todo lo necesario para convertirse en el “taller del mundo”. Tal fue, realmente, la meta que se trazó la Liga creada en contra de las leyes cerealistas.5 Para nadie era un secreto, entonces, qué fines perseguía la derogación de las leyes sobre el trigo. Se trataba de que la rebaja del precio del pan y el consiguiente descenso de los salarios en dinero pertrechasen a los fabricantes ingleses para hacer frente a cualquier competencia con que pudiera amenazarles el extranjero malintencionado o ignorante. ¿Acaso no era la cosa más natural del mundo que Inglaterra, con la gran delantera que llevaba a todos los demás países en cuanto a maquinaria, con su gigantesca flota comercial, su carbón y su hierro, abasteciese de artículos industriales al mundo entero, importando de otros países, a cambio de ello, productos agrícolas, trigo, vino, lino, algodón, café, té, etc.? Así había dispuesto la Providencia que fuese, y el oponerse a ello era tanto como rebelarse abiertamente contra los designios divinos. En caso extremo, podría permitirse a Francia que abasteciese a Inglaterra y al resto del mundo de ciertos artículos de lujo, relacionados con la elegancia y la moda, que no podían producirse a máquina y que, como es natural, no eran dignos de ser tomados en cuenta para nada por un fabricante progresivo. Así, y solamente así, podría reinar la paz sobre la tierra y podrían los hombres vivir a satisfacción; las naciones se verían unidas de este modo por los dulces lazos del comercio y la ganancia mutua, se instauraría para siempre el reino de la paz y la abundancia, y a la clase obrera, a los “brazos”, se les diría: “Hijos míos, tened un poco de paciencia, pues pronto vendrán tiempos mejores.” Y, como es natural, los “brazos” seguirían aguardando, pacientemente.

Pero el extranjero malintencionado e ignorante no quiso aguardar. No albergaba en su cabeza la comprensión suficiente para captar la belleza de un sistema con el que se trataba de convertir la superioridad temporal de Inglaterra en el campo de la industria en medio para poner en sus manos el monopolio industrial sobre el mundo entero y para siempre, reduciendo a los demás países al papel de simples apéndices agrarios de Inglaterra; es decir, colocándolos en la envidiable situación de Irlanda. Sabían que ninguna nación puede marchar culturalmente al paso de las otras si se la despoja de su industria y se la obliga, con ello, a descender hasta el nivel de un tropel de patanes campesinos. De ahí que supeditasen la ganancia privada del comercio a las necesidades nacionales, protegiendo la naciente industria mediante aranceles altos, ya que no encontraban otro medio fuera de éste para salvaguardarse contra el peligro de descender hasta el nivel económico de que disfruta Irlanda. Lejos de nuestro ánimo afirmar que este modo de proceder fuese el indicado en todos los casos. Por el contrario, Francia habría podido obtener enormes ganancias de una amplia aproximación al librecambio. La industria alemana ha llegado a su fase de desarrollo actual gracias a la libertad de comercio, y los nuevos aranceles protectores de Bismarck sólo perjudicarán a los propios fabricantes alemanes. Hay, sin embargo, un país donde un breve período de protección aduanera no sólo está justificado, sino que responde incluso a una absoluta necesidad: nos referimos a Norteamérica.

Los Estados Unidos se hallan en una fase de desarrollo en que la implantación de la producción fabril constituye una necesidad nacional. Así lo demuestra, sobre todo, el hecho de que sea Norteamérica, y no Inglaterra, el país que marcha a la cabeza en cuanto a la invención de máquinas destinadas a ahorrar mano de obra. Los inventos norteamericanos desplazan día tras día a las patentes y a la maquinaria inglesas. Inglaterra importa máquinas norteamericanas para casi todas las ramas industriales. Los Estados Unidos cuentan, además, con la población más activa y enérgica del mundo, con yacimientos de carbón que dejan muy atrás a los de Inglaterra y con gran abundancia de hierro y otros metales. ¿Hay, siendo ello así, razones para pensar que un país como éste vaya a exponer su joven industria ascensional a una larga y dura lucha de competencia con la veterana industria inglesa, cuando, al cabo de un breve período proteccionista de unos veinte años, digamos, pueda colocarse inmediatamente al nivel de cualquier competidor? Sin embargo, la escuela manchesteriana nos dice que Norteamérica, con su sistema de aranceles protectores, no se roba más que a sí misma. Exactamente lo mismo que se roba a sí mismo el viajero que paga un suplemento por viajar en el tren expreso, en vez de hacer el viaje en un tren mixto, recorriendo cincuenta millas por hora, en vez de doce.

No cabe duda de que la actual generación llegará todavía a ver cómo los artículos norteamericanos de algodón compiten en la India y en China con los ingleses y van ganando terreno poco a poco en estos dos mercados fundamentales y cómo la maquinaria y los objetos metálicos de los Estados Unidos hacen la competencia a las mercancías inglesas en todos los países del mundo, incluyendo Inglaterra; la misma inexorable necesidad que ha hecho que las manufacturas flamencas emigrasen a Holanda y las holandesas se trasladaran a Inglaterra hará, no tardando, que el centro de la industria mundial se desplace de Inglaterra a los Estados Unidos. Y en el campo restringido de acción que aún le queda, Inglaterra encontrará peligrosos competidores en varios países del continente. No es posible seguir cerrando los ojos por más tiempo a la evidencia de que el monopolio industrial de Inglaterra tiende a desaparecer rápidamente. Y si la “ilustrada” clase media piensa que es interés suyo silenciar este hecho, la clase obrera debe mirarlo cara a cara atrevidamente, ya que se halla más interesada en esta realidad que las mismas clases “altas”. Estas pueden seguir siendo todavía por largo tiempo los banqueros y prestamistas de dinero del mundo, como antes de ellos lo fueron los venecianos y los holandeses en los días de su decadencia. Pero, ¿qué va a ser de los “brazos”, si de pronto el gigantesco mercado de exportación de Inglaterra