En un artículo anterior examinamos el lema tradicional de «un salario justo por una jornada de trabajo justa», y llegamos a la conclusión de que el salario más justo bajo las presentes condiciones sociales equivale necesariamente a la división más injusta del producto del obrero, pues la mayor parte de ese producto va a parar al bolsillo del capitalista, y el obrero tiene que contentarse con lo justo para mantenerse en condiciones de trabajar y perpetuar su raza.

Es ésta una ley de la economía política o, en otros términos, una ley de la actual organización económica de la sociedad, la cual es más poderosa que todas las leyes del Common Law y del Statute Law de Inglaterra juntas, incluido el Tribunal de la Cancillería [1]. Mientras la sociedad esté dividida en dos clases antagónicas —de una parte, los capitalistas, monopolizadores de todos los medios de producción: tierra, materias primas, maquinaria; de otra, los obreros, trabajadores privados de toda propiedad sobre los medios de producción, que no poseen más que su propia fuerza de trabajo—; mientras subsista esta organización social, la ley de los salarios seguirá siendo omnipotente y cada día remachará de nuevo las cadenas que convierten al obrero en esclavo de su propio producto, monopolizado por el capitalista.

Los sindicatos de este país llevan cerca de sesenta años luchando contra esta ley... ¿con qué resultado? ¿Han conseguido liberar a la clase obrera de la servidumbre en que la tiene el capital —producto de sus propias manos—? ¿Han permitido que un solo sector de la clase obrera se eleve por encima de la situación de esclavos asalariados, llegue a ser propietario de sus propios medios de producción, de las materias primas, herramientas y maquinaria necesarias en su oficio, y se convierta así en dueño del producto de su propio trabajo? Bien sabido es que no sólo no lo han hecho, sino que nunca lo han intentado.

Lejos de nosotros decir que los sindicatos son inútiles porque no hayan logrado esto. Por el contrario, los sindicatos en Inglaterra, como en todo país manufacturero, son una necesidad para la clase obrera en su lucha contra el capital. La tasa media de los salarios equivale a la suma de lo necesario para mantener a la raza obrera en un determinado país, de acuerdo con el nivel de vida habitual en ese país. Ese nivel de vida puede ser muy diverso para las distintas categorías de obreros. El gran mérito de los sindicatos, en su lucha por mantener la tasa de salarios y reducir la jornada de trabajo, consiste en que tienden a mantener y a elevar el nivel de vida. Hay muchos oficios en el East End de Londres cuyo trabajo no es más calificado y sí igualmente duro que el de los albañiles y los peones de albañil, y sin embargo apenas ganan la mitad de los salarios de éstos. ¿Por qué? Sencillamente porque una organización poderosa permite a unos mantener un nivel de vida relativamente alto como norma por la cual se miden sus salarios; mientras que los otros, desorganizados e impotentes, tienen que someterse no sólo a las inevitables, sino también a las arbitrarias exacciones de sus patronos: su nivel de vida se reduce gradualmente, aprenden a vivir con salarios cada vez más bajos, y sus salarios caen naturalmente a ese nivel que ellos mismos han aprendido a aceptar como suficiente.

La ley de los salarios, pues, no traza una línea dura e inamovible. No es inexorable dentro de ciertos límites. En cada momento (salvo en los períodos de gran depresión) existe para cada oficio un cierto margen dentro del cual la tasa de salarios puede ser modificada por los resultados de la lucha entre las dos partes contendientes. Los salarios se fijan en todos los casos mediante un regateo, y en un regateo quien resiste más tiempo y mejor tiene las mayores probabilidades de obtener más de lo que le corresponde. Si el obrero aislado intenta regatear con el capitalista, es fácilmente derrotado y tiene que rendirse a discreción; pero si todos los obreros de un mismo oficio forman una organización poderosa, reúnen entre ellos un fondo que les permita, si es necesario, desafiar a sus patronos, y así llegan a estar en condiciones de tratar con esos patronos como una potencia, entonces, y sólo entonces, tienen la posibilidad de obtener incluso esa pitanza que, según la constitución económica de la sociedad actual, puede llamarse un salario justo por una jornada de trabajo justa.

La ley de los salarios no es derogada por las luchas de los sindicatos. Por el contrario, es impuesta por ellos. Sin los medios de resistencia de los sindicatos, el obrero no recibe siquiera lo que le corresponde según las reglas del sistema del trabajo asalariado. Sólo con el miedo al sindicato ante sus ojos se puede obligar al capitalista a desprenderse del valor íntegro de mercado de la fuerza de trabajo de su obrero. ¿Quieren una prueba? Miren los salarios pagados a los miembros de los grandes sindicatos, y los salarios pagados a los innumerables pequeños oficios en ese charco de miseria estancada que es el East End de Londres.

Así, pues, los sindicatos no atacan el sistema del trabajo asalariado. Pero no es lo alto o lo bajo de los salarios lo que constituye la degradación económica de la clase obrera: esta degradación reside en el hecho de que, en vez de recibir por su trabajo el producto íntegro de este trabajo, la clase obrera tiene que contentarse con una porción de su propio producto, llamada salario. El capitalista se embolsa todo el producto (pagando con él al obrero) porque es el propietario de los medios de trabajo. Y, por lo tanto, no hay verdadera redención para la clase obrera hasta que ésta se convierta en propietaria de todos los medios de trabajo —tierra, materias primas, maquinaria, etc.— y, con ello, también en propietaria de LA TOTALIDAD DEL PRODUCTO DE SU PROPIO TRABAJO.