Friedrich Engels

Bismarck y el Partido Obrero Alemán

["The Labour Standard" n.º 12 del 23 de julio de 1881, artículo de fondo]

La prensa burguesa inglesa ha guardado en los últimos tiempos un gran silencio sobre las brutalidades cometidas por Bismarck y sus criaturas contra los miembros del Partido Obrero Socialdemócrata en Alemania. La única excepción la constituyó, hasta cierto punto, el “Daily News”. Antes, la indignación en los diarios y semanarios ingleses era verdaderamente enorme cuando en el extranjero gobiernos despóticos se permitían semejantes atropellos a costa de sus súbditos. Pero aquí la represión afecta a obreros que se enorgullecen de este nombre; por eso los representantes de la prensa de la “buena sociedad”, de los “diez mil de arriba”, ocultan los hechos, y, a juzgar por la obstinación de su silencio, casi da la impresión de que los aprueban. En efecto, ¿qué tienen que ver los obreros con la política? ¡Que se la dejen a los estamentos “mejores”! Y además hay otra razón para el silencio de la prensa inglesa: es bastante difícil atacar la ley de excepción de Bismarck y el modo en que la aplica, y al mismo tiempo defender las medidas de fuerza del señor Forster en Irlanda. Este es un punto particularmente delicado que no debe tocarse. Difícilmente cabe esperar de la prensa burguesa que ella misma señale cuánto ha sufrido el prestigio moral de Inglaterra en Europa y América por el proceder del actual gobierno en Irlanda.

De cada elección general ha salido el partido obrero alemán con un número de votos rápidamente creciente; en las penúltimas elecciones recayeron sobre sus candidatos más de 500.000, en las últimas más de 600.000 votos. Berlín eligió a dos, Elberfeld-Barmen a uno, Breslau y Dresde a un socialdemócrata cada una; se conquistaron diez escaños, y ello frente a la coalición del gobierno con el conjunto de los partidos liberal, conservador y católico, frente al clamor por los dos atentados contra el emperador |Guillermo I|, de los que todos los demás partidos achacaban unánimemente la responsabilidad al partido obrero. Entonces Bismarck logró sacar adelante un proyecto de ley por el que se ponía a la socialdemocracia fuera de la ley. Los periódicos de los obreros, más de cincuenta, fueron suprimidos, sus asociaciones prohibidas, sus clubes clausurados, sus fondos confiscados, sus reuniones disueltas por la policía, y como coronación de todo se decretó que sobre ciudades enteras y distritos podía declararse el “estado de sitio”, exactamente igual que en Irlanda. Pero lo que ni siquiera las leyes de excepción inglesas se habían atrevido nunca a hacer en Irlanda, lo hizo Bismarck en Alemania. En todos los distritos sobre los que se declaraba el “estado de sitio”, la policía recibió el derecho de expulsar a toda persona que le pareciese “suficientemente sospechosa” de propaganda socialista. Sobre Berlín se declaró naturalmente de inmediato el estado de sitio, y fueron expulsados centenares (con sus familias, miles). Pues la policía prusiana expulsa siempre a los padres de familia; a los jóvenes solteros, por lo general, los deja en paz; para ellos la expulsión no sería un gran castigo, pero para los padres de familia significa en la mayoría de los casos una larga temporada de miseria, cuando no la ruina total. Luego Hamburgo eligió a un obrero para el Reichstag, y al punto se declaró allí el estado de sitio. La primera remesa de expulsados de Hamburgo comprendía cerca de un centenar, a lo que se sumaban más de trescientos familiares. El partido obrero reunió en el plazo de dos días los gastos de viaje y otras necesidades inmediatas. Ahora también se ha declarado el estado de sitio sobre Leipzig, con el único fundamento de que, de otro modo, el gobierno no podría desbaratar la organización del partido. El primer mismo día fueron expulsados 33 hombres, en su mayoría casados y con familia. A la cabeza de la lista figuran tres diputados del Reichstag alemán; tal vez el señor Dillon les envíe una felicitación en consideración al hecho de que, al fin y al cabo, no se encuentran en situación tan mala como la suya propia.

Pero esto no es todo. Una vez que el partido obrero ha sido formalmente puesto fuera de la ley y privado de todos los derechos políticos de los que supuestamente disfrutan los demás alemanes, la policía puede proceder a su antojo con los miembros individuales de ese partido. So pretexto de registrar domicilios en busca de escritos prohibidos, somete a sus esposas e hijas al trato más indecente y brutal. A ellos mismos la policía los detiene a placer, los mantiene semanas enteras en prisión preventiva y solo los pone en libertad después de haber estado meses en la cárcel. La policía inventa nuevos delitos desconocidos para el código penal y extiende las disposiciones de ese mismo código más allá de lo posible. Y con harta frecuencia encuentra jueces y funcionarios de justicia lo bastante corrompidos o fanáticos como para ayudarla y secundarla; ¡de ello depende, en efecto, la carrera! Lo que de ello resulta lo muestran las asombrosas cifras siguientes. En el año que va de octubre de 1879 a octubre de 1880, solo en Prusia fueron encarceladas no menos de 1.108 personas por alta traición, traición al país, lesa majestad, etc., y no menos de 10.094 por difamación política, injurias a Bismarck, vilipendio del gobierno, etc. ¡Once mil doscientos dos presos políticos, eso supera incluso las hazañas irlandesas del señor Forster!

¿Y qué ha conseguido Bismarck con todas estas medidas de fuerza? Exactamente lo mismo que el señor Forster en Irlanda. El partido socialdemócrata florece igual y posee una organización tan sólida como la Liga Agraria irlandesa. Hace unos días se celebraron elecciones al concejo municipal de Mannheim. El partido obrero presentó dieciséis candidatos y los sacó a todos adelante con una mayoría de casi tres a uno. Luego se presentó Bebel —diputado del Reichstag por Dresde— en la circunscripción de Leipzig para la Dieta sajona. Bebel mismo es obrero (tornero) y uno de los mejores oradores, si no el mejor, de Alemania. Para impedir su elección, el gobierno expulsó a todo su comité electoral. ¿Con qué resultado? Que Bebel, a pesar del menoscabo del derecho de voto, fue elegido por gran mayoría. Así que las medidas coercitivas de Bismarck no sirven de nada; al contrario, exasperan al pueblo. Quienes se ven privados de toda posibilidad legal de hacer valer sus derechos recurrirán, un buen día, a medios ilegales, y nadie puede hacerles un reproche por ello. ¿Cuántas veces han proclamado los señores Gladstone y Forster esta doctrina? ¿Y cómo actúan ahora en Irlanda?