El algodón y el hierro son las dos materias primas más importantes de nuestro tiempo. La nación que ocupa el primer puesto en la fabricación de artículos de algodón y de hierro encabeza, en general, la lista de las naciones manufactureras. Y puesto que éste es el caso de Inglaterra, y mientras lo sea, Inglaterra será y seguirá siendo la primera nación manufacturera del mundo.

Cabría, pues, esperar que los obreros del algodón y del hierro estuvieran notablemente bien situados en Inglaterra; que, puesto que Inglaterra domina el mercado, el comercio de estos artículos fuera siempre bueno, y que, al menos en estas dos ramas industriales, se hubiera realizado el milenio de abundancia prometido en la época de la agitación librecambista [1]. ¡Ay! Todos sabemos que esto dista mucho de ser así, y que aquí, como en otros oficios, si la condición de los obreros no ha empeorado y, en algunos casos, incluso ha mejorado, se debe exclusivamente a sus propios esfuerzos: a una sólida organización y a huelgas duramente combatidas. Sabemos que, tras unos pocos y breves años de prosperidad en torno a 1874 y después de esa fecha, se produjo un colapso total de los ramos del algodón y del hierro [2]; se cerraron fábricas, se apagaron altos hornos, y allí donde continuó la producción, el trabajo a jornada reducida fue la regla. Tales períodos de colapso ya se habían conocido antes; se repiten, por término medio, una vez cada diez años; duran lo suyo, hasta que un nuevo período de prosperidad los releva, y así sucesivamente.

Pero lo que distingue al presente período de depresión, especialmente en el algodón y el hierro, es que desde hace ya algunos años ha sobrepasado su duración habitual. Ha habido varios intentos de reanimación, varios arranques; pero en vano. Si se ha superado la época del colapso propiamente dicho, el comercio permanece en un estado lánguido, y los mercados siguen siendo incapaces de absorber toda la producción.

La causa de esto es que, con nuestro actual sistema de emplear maquinaria para producir no sólo mercancías manufacturadas, sino también máquinas mismas, la producción puede aumentarse con increíble rapidez. No habría dificultad, si los fabricantes se lo propusieran, para aumentar durante el solo período de prosperidad la planta de hilado y tejido, blanqueo y estampado de algodón, de modo que pudieran producir un cincuenta por ciento más de mercancías, y duplicar toda la producción de hierro en lingotes y artículos de hierro de todas clases. El aumento real no ha llegado a tanto. Pero aun así, ha sido desproporcionado en comparación con lo que fue en períodos anteriores de expansión, y la consecuencia es... una superproducción crónica, una depresión crónica del comercio. Los patronos pueden permitirse contemplar la situación, al menos durante un tiempo considerable, pero los obreros tienen que sufrir, pues para ellos significa miseria crónica y la perspectiva constante de la casa de trabajo [3].

¡Éste es, pues, el resultado del glorioso sistema de la competencia ilimitada, ésta la realización del milenio prometido por los Cobden, los Bright y compañía! Esto es por lo que tienen que pasar los obreros si, como han hecho durante los últimos veinticinco años, dejan la dirección de la política económica del imperio en manos de sus «líderes natos», de esos «capitanes de industria» que, según Thomas Carlyle, estaban llamados a comandar el ejército industrial del país. ¡Capitanes de industria, sin duda! Los generales de Luis Napoleón en 1870 eran genios comparados con ellos. Cada uno de estos pretendidos capitanes de industria lucha contra todos los demás, actúa enteramente por cuenta propia, aumenta su planta sin preocuparse de lo que hacen sus vecinos, y luego, al final, todos descubren, para su gran sorpresa, que el resultado ha sido un exceso de comercio. No pueden unirse para regular la producción; sólo pueden unirse con un fin: mantener bajos los salarios de sus obreros. Y así, al expandir temerariamente la capacidad productiva del país mucho más allá de la capacidad de absorción de los mercados, roban a sus obreros el relativo desahogo que les daría un período de prosperidad moderada, y al que tienen derecho tras el largo período de colapso, para elevar sus ingresos al nivel medio. ¿No se comprenderá aún que los fabricantes, como clase, se han vuelto incapaces de seguir dirigiendo los grandes intereses económicos del país, e incluso el propio proceso de producción? ¿Y no es un absurdo —aunque un hecho— que el mayor enemigo de los trabajadores ingleses sea la productividad siempre creciente de sus propias manos?

Pero hay otro hecho que debe tomarse en consideración. No son sólo los fabricantes ingleses quienes aumentan sus capacidades productivas. Lo mismo ocurre en otros países. Las estadísticas no nos permiten comparar por separado las industrias algodonera y siderúrgica de los diversos países principales. Pero, tomando el conjunto de las industrias textiles, mineras y metalúrgicas, podemos elaborar un cuadro comparativo con los materiales proporcionados por el jefe de la Oficina de Estadística prusiana, el Dr. Engel, en su libro «Des Zeitalter des Dampfs» (La era del vapor, Berlín, 1881). Según sus cálculos, en las industrias arriba mencionadas se emplean en los países que se indican a continuación máquinas de vapor con la siguiente potencia total en caballos de fuerza (un caballo de fuerza equivale a una fuerza capaz de elevar 75 kilogramos a un metro de altura en un segundo), a saber:

                               Industrias    Minas y
                               textiles      metalurgia
Inglaterra, 1871               515.800       1.077.000 c. de f.
Alemania, 1875                 128.125         456.436 c. de f.
Francia                   hacia 100.000         185.000 c. de f.
Estados Unidos            hacia  93.000         370.000 c. de f.

Vemos, pues, que la fuerza de vapor total empleada por las tres naciones que son los principales competidores de Inglaterra asciende a tres quintos de la fuerza de vapor inglesa en las manufacturas textiles, y casi la iguala en las minas y la metalurgia. Y como sus manufacturas progresan a un ritmo mucho más rápido que las de este país, apenas cabe duda de que la producción conjunta de aquéllas no tardará en superar a la de ésta.

Consideremos, además, este cuadro, que da la fuerza de vapor en caballos empleada en la producción, excluyendo las locomotoras y las máquinas de barco: —

Caballos de fuerza
Gran Bretaña      Cerca de 2.000.000
Estados Unidos    Cerca de 1.987.000
Alemania          Cerca de 1.321.000
Francia           Cerca de   492.000

Esto muestra aún más claramente qué poco queda del monopolio de Inglaterra en las manufacturas a vapor, y qué poco ha logrado el libre comercio para asegurar la superioridad industrial de Inglaterra. Y no se diga que este progreso de la industria extranjera es artificial, que se debe a la protección. Toda la inmensa expansión de las manufacturas alemanas se ha llevado a cabo bajo un régimen librecambista de lo más liberal, y si América, debido, más que a nada, a un absurdo sistema de impuestos internos [4], se ve obligada a recurrir a una protección más aparente que real, la derogación de estas leyes de impuestos internos bastaría para permitirle competir en el mercado abierto.

Ésta es, pues, la situación en que veinticinco años de reinado casi absoluto de las doctrinas de la Escuela de Manchester [5] han dejado al país. Creemos que estos resultados son tales que exigen una pronta abdicación de los señores de Manchester y Birmingham, a fin de dar a las clases trabajadoras su oportunidad durante los próximos veinticinco años. Ciertamente, no podrían manejarlo peor.