240 43 – Marx a Jenny Longuet – 7 de diciembre de 1881  

Marx a Jenny Longuet en Argenteuil  

Londres, 7 de diciembre de 1881  

Mi querida y buena Jennychen:

Sin duda te parecerá natural que en este momento no me sienta inclinado a «escribir» y que no te envíe hasta ahora estas pocas líneas.

Como no he salido aún de la habitación de enfermo, la prohibición médica de que participara en el entierro fue inexorable. También me sometí, pues la amada difunta, un día antes de su muerte, había dicho a su enfermera¹, con motivo de haberse descuidado algo de los formalismos: «¡We are no such external people!»².

Schorlemmer vino de Manchester por iniciativa propia.

Todavía tengo que someterme a la tintura de yodo sobre el pecho y la nuca, etc., y esto, al repetirse con regularidad, produce un escozor de la piel bastante molesto y penoso. Esta operación, que ahora se realiza únicamente para evitar una recaída durante la curación (de hecho, ya terminada salvo por un poco de tos), me presta por tanto un gran servicio. Contra los padecimientos del ánimo solo existe un antídoto eficaz, y es el dolor físico. ¡Pon el fin del mundo en un lado y a un hombre con un agudo dolor de muelas en el otro!

Ahora me siento extraordinariamente dichoso al recordar que, a pesar de muchos reparos, ¡me atreví a hacer el viaje a París! No solo por el tiempo mismo que la inolvidable pasó contigo y con los pequeñuelos³ —«apenas» enturbiado por la imagen of a certain domestic bully et Mirabeau de la cuisine⁴—, sino también por el revivir de ese tiempo durante su último período de enfermedad. Es del todo seguro que en aquel período vuestra presencia, la tuya y la de los niños, no habría podido distraerla tan intensamente como lo hizo el ocuparse idealmente de vosotros.

Su lugar de descanso está bastante cerca del de nuestro querido «Charles»⁵.

Un consuelo para mí es que sus fuerzas se quebraron a tiempo. Gracias a la extraordinariamente rara posición del tumor —de modo que era movible, desplazable—, los dolores verdaderamente característicos e insoportables no aparecieron hasta los últimos días (y aun entonces pudieron dominarse mediante inyecciones de morfina, que el doctor reservó expresamente para la catástrofe, ya que con un uso prolongado pierde también todo efecto). Tal como el Dr. Donkin me había predicho, la marcha de la enfermedad adoptó el carácter de un gradual languidecer como de debilidad senil. Tampoco en las últimas horas hubo agonía alguna, sino un dormirse paulatino; ¡sus ojos estaban más llenos, más hermosos, más brillantes que nunca!

A propósito. Engels —que me ha estado ayudando como siempre con la mayor fidelidad— te ha enviado a petición mía un número del «Irish World», en el cual un obispo irlandés declara la nulidad de la propiedad territorial (privada). Ésta fue una de las últimas noticias que comuniqué a tu mamá, y ella opinó que tal vez podrías publicarlo in a French paper⁶ para espanto de los clericales franceses. En todo caso, demuestra que estos señores saben silbar en todos los lenguajes.

(En la «Justice» del 2 de diciembre de 1881, un tal sujeto llamado B. Gendre⁷, bajo el título «Le catholicisme socialiste en Allemagne», ha intentado satisfacer su chauvinismo, siguiendo a Laveleye, al tomar au sérieux⁸ la fantástica estadística de nuestro amigo R. Meyer (en su libro «Emancipationskampf des 4. Standes»). El hecho es que los llamados socialistas católicos, desde la fundación del Reich alemán, solo han elegido una vez un diputado al Reichstag, y que éste, inmediatamente después de su elección, figuró únicamente como «miembro del Centro». Por otra parte, en lo que respecta a la fuerza numérica de las asociaciones obreras católicas, nuestro R. Meyer ha agraciado a Francia con una cifra aún mucho mayor que a Alemania.)

Acabo de recibir la «Justice» del 7 de diciembre y encuentro en ella, bajo la sección «Gazette du jour», una nota necrológica, donde, entre otras cosas, se dice:

«On devine que son» (il s’agit de votre mère) «mariage avec Karl Marx, fils d’un avocat de Trèves, ne se fit pas sans peine. Il y avait à vaincre bien des préjugés, le plus fort de tous était encore le préjugé de race. On sait que l’illustre socialiste est d’origine israélite.»⁹

Toute cette histoire is a simple invention; there was no préjugés à vaincre. I suppose, I am not mistaken in crediting Mr. Ch. Longuet’s inventive genius with this literary „enjolivement“. The same writer when speaking of the limitation of the working day and the factory acts, mentioned in another number of the „Justice“ — „Lassalle and Karl Marx“, the former having never printed or spoken a syllable on the matter in question. Longuet would greatly oblige me in never mentioning my name in his writings.¹⁰

The allusion to your Maman’s occasional anonymous correspondence (in fact in behalf of Irving)¹¹ I find indiscreet. At the time she wrote to the „Gazette de Francfort“ (she never wrote to the „Journal de Francfort“ — as the „Justice“ calls it —, a simply reactionary, and philistine paper) the latter (the „Gazette“) was still on more or less friendly terms with the socialist party.

As to the „von Westphalen“ they were not of Rhenish, but of Braunschweigischer Abkunft. The father of your mother’s father was the factotum of the berüchtigte Duke of Brunswick (during the „seven years’ war“). As such he was also overwhelmed with favours on the part of the British government and married a near relative of the Argylls. His papers relative to war and politics have been published by the Minister v. Westphalen. On the other hand, „par sa mère“, your mother descends from a small Prussian functionary and was actually born at Salzwedel in the Mark. All these things need not be known, but knowing nothing of them, one ought not pretend correcting d’autres „biographies“.¹²

Notas

¹ enfermera.  
² «¡No somos tan de exterioridades!»  
³ Jean, Henri, Edgar y Marcel Longuet.  
⁴ de cierto tirano doméstico y Mirabeau de la cocina.  
⁵ hijo de Charles y Jenny Longuet.  
⁶ un periódico francés.  
⁷ W. N. Nikitina.  
⁸ en serio.  
⁹ «Cabe imaginarse que su matrimonio» (se habla de vuestra madre) «con Karl Marx, hijo de un abogado de Tréveris» [Heinrich Marx], «no se realizó sin dificultades. Había que superar muchísimos prejuicios, el más fuerte de todos era acaso el prejuicio racial. Es sabido que el ilustre socialista es de origen israelita.»  
¹⁰ Toda esta historia es una invención pura y simple; no hubo prejuicios que superar. Creo no equivocarme si atribuyo al genio inventivo del Sr. Ch. Longuet este «adorno» literario. El mismo autor, al hablar de la limitación de la jornada de trabajo y de las leyes fabriles en otro número de la «Justice», mencionaba a «Lassalle y Karl Marx», cuando el primero jamás dijo ni publicó una sílaba sobre el asunto en cuestión. Longuet me prestaría un gran servicio si en sus escritos no mencionara nunca mi nombre.  
¹¹ La alusión a la ocasional correspondencia anónima de mamá (en realidad, en favor de Irving) me parece indiscreta. En la época en que escribió para la «Frankfurter Zeitung» (jamás escribió para el «Journal de Francfort» —como la «Justice» llama a ese periódico—, un periódico completamente reaccionario y filisteo), ésta (la «Zeitung») mantenía aún relaciones más o menos benévolas con el partido socialista.  
¹² En cuanto a los «von Westphalen», no eran de origen renano, sino de Brunswick. El padre de tu abuelo materno [Christian Heinrich Philipp von Westphalen] fue el factótum del famoso duque de Brunswick (durante la «Guerra de los Siete Años»). Como tal, fue también colmado de favores por parte del gobierno británico y se casó con una pariente cercana de los Argyll [Jeanie Wishart of Pittarow]. Sus escritos sobre guerra y política fueron publicados por el ministro von Westphalen. Por otra parte, «par sa mère», tu madre desciende de un modesto funcionario prusiano y nació, de hecho, en Salzwedel, en la Marca. Todas estas cosas no hace falta que se sepan, pero, si no se sabe nada de ellas, no se debería pretender corregir otras «biographies».