Pero también a este respecto constituía el gran Hohenzollern Federico II una loable excepción. Un hombre, se decía, solo puede cometer adulterio con ayuda de una mujer. Si tomo, pues, en lugar de la mujer, a un hombre, no cometo adulterio.

¡Calumnia, vil calumnia!, exclama el buen prusiano. ¡Eso lo ha mentido el infame y ateo Voltaire! — Escuchemos.

El señor doctor Anton Friedrich Büsching, «consejero del consistorio superior real prusiano, director del Gimnasio unificado de Berlín y Colonia y de las escuelas del mismo», hizo imprimir en 1790, en Hamburgo, un escrito: Zuverlässige Beyträge zu der Regierungs-Geschichte Königs Fr. II von Preußen, etc., libro que está dedicado «respetuosamente a mi gracioso señor y protector», el ministro de Federico II y Federico Guillermo II, conde de Hertzberg, y que, por tanto, no debía contener sino cosas que fuesen gratas al gobierno. En un apéndice histórico de este libro, el señor consejero del consistorio riñe una disputa con el conocido médico hannoveriano doctor Zimmermann («Sobre la soledad»), y dice allí, pág. 20: «Me expresé (en un escrito anterior) tan breve, cauto y precavidamente como me fue posible, al escribir: que el rey había perdido mucho placer sensual por evitar el trato con mujeres, pero que se lo había procurado de nuevo mediante el trato con varones.» No, dice Zimm., «la causa de su trato íntimo con ciertos varones» era otra — le faltaba un miembro. Y ahora, el consejero del consistorio se hace certificar por el médico que lavó el cadáver del rey, de manera solemne y bajo suma indignación, que en verdad no faltaba ningún miembro y que, por tanto, el trato con varones se ajusta por completo a la verdad.

Cuán temprano y cuán difundidamente era conocido en su época este no-adulterio del rey lo demuestra no solo el poema satírico contra él que Choiseul envió a Voltaire en 1759, y que concluye con las palabras:

Peux-tu condamner la tendresse,
Toi, qui n'en as connu l'ivresse
Que dans les bras de tes tambours?

Un ejemplo más temprano, del año 1745, lo suministran las Memorias de Trenck, t. I, pág. 36. «Un teniente de la guardia de a pie, que era a la vez un Ganímedes público, ... me atacó con pullas a causa de mi amor secreto. Lo llamé un etcétera — echamos mano a la espada y le asesté un corte en la cara. En la parada militar del domingo siguiente a este suceso, el rey me dijo al pasar: ¡Señor, truenos y rayos caigan sobre su corazón, ándese con cuidado!»

Como verdadero filósofo, Federico hizo escuela. El rey de Suecia, Gustavo III, era hijo de su hermana. De él se dice en un manuscrito de un conde sueco, utilizado por Schlosser: «La sodomía fue desconocida en Suecia hasta él.» (Schlosser, Siglo XVIII, 4.ª ed., III, pág. 134.)

El príncipe Enrique, hermano de Federico II, no parece haber sido menos aplicado. «He vivido —escribe Mirabeau, Historia secreta de la corte de Berlín, edición alemana de 1789, t. II, pág. 69— que un antiguo criado del príncipe Enrique, que después por su habilidad para servir a la pederastia de su señor se convirtió primero en una especie de favorito y luego en canónigo de Magdeburgo, donde el príncipe es preboste.»

El sucesor de Federico, Federico Guillermo II, se recató ya menos que su tío. Con el hombre tomaba al mismo tiempo a la mujer. Mirabeau, obra citada, t. II, pág. 133, dice: «Rietz (el ayuda de cámara del rey) el exaccionador, bufón y un tipo tan despreciable que el rey, siendo aún príncipe de Prusia, lo utilizaba como Ganímedes en la cama de su esposa, que era su amante», etc.

Interrumpamos aquí, sin examinar por ahora más de cerca si los posteriores Hohenzollern cometieron adulterio o no. ¡Pero con qué torpeza proceden nuestros Braun, Kapp y consortes nacionalliberales! Nunca se cansan de clamar contra la viciosa lujuria adúltera de los pequeños príncipes alemanes del siglo XVIII. En cambio, no se cansan de ensalzar hasta las nubes la virtud de la estirpe de los Hohenzollern. Pero olvidan lo principal, a saber: que al menos de uno de esta estirpe, del más grande, está positivamente establecido que mantuvo inquebrantablemente el mandamiento: No cometerás adulterio.

Notabene. Para que entienda usted correctamente la historia del poema francés, he aquí los detalles: en 1759, durante la guerra de los Siete Años, cuando Voltaire vivía cerca de Ginebra, en territorio suizo, recibió un paquete abierto durante el trayecto, con manuscritos de Federico II. Entre ellos, una oda a los franceses en la que se atacaba a Luis XV y a la Pompadour:

Quoi, votre faible monarque
Jouet de la Pompadour,
Flétri par plus d'une marque
Des opprobres de l'amour, etc.

Tras consultar con el residente francés en Ginebra, Voltaire, para ponerse a salvo de persecuciones, envió esta oda, firmada «Frédéric», al ministro francés de Asuntos Exteriores, el duque de Choiseul. Este le mandó a su vez aquella oda de respuesta en la que se decía:

Jusque-là, censeur moins sauvage
Souffre l'innocent badinage
De la nature et des amours.
Peux-tu condamner la tendresse, etc., etc., como arriba.

Citado en Voltaire, Mon séjour à Berlin (se consigue a bajo precio en la Bibliothèque Nationale, rue de Valois 2, París: Romans de Voltaire, vol. V, 1876: Histoire de Jenni, etc., etc. Mon séjour à Berlin cuesta 25 céntimos.)

Cuán poco le importaba a Federico II la acusación de pederastia aquí detalladamente formulada se desprende de lo siguiente. El librero berlinés que había recibido una cantidad de ejemplares de Séjour à Berlin preguntó a Federico qué debía hacer con ellos. Este contestó que, por lo que a él respectaba, podía vender el libro, que le parecía muy bien que el hombre ganase con ello un par de táleros (Schlosser, Siglo XVIII). Esto fue en 1783; la obra había aparecido cinco años después de la muerte de Voltaire.