Friedrich Engels

El socialismo del señor Bismarck

Escrito a fines de febrero de 1880.  
Del francés.

I. El arancel aduanero  
II. Los ferrocarriles del Estado

[*L’Égalité* núm. 7 del 3 de marzo de 1880]

I. El arancel aduanero

En el debate sobre la infame ley que ponía a los socialistas alemanes fuera de la ley, el señor Bismarck declaró que las medidas represivas por sí solas no bastan para aplastar el socialismo; era preciso, además, adoptar medidas para eliminar las innegables lacras sociales, asegurar una ocupación regular y prevenir las crisis industriales, y no sé cuántas cosas más. Prometió proponer esas medidas «positivas» para el bienestar social. Pues, decía, cuando se han dirigido los negocios del país durante diecisiete años, como yo, se tiene derecho a considerarse experto en economía política; es como si alguien afirmase que por haber comido patatas durante diecisiete años basta para conocer a fondo la agronomía.

En todo caso, esta vez el señor Bismarck ha mantenido su palabra. Ha obsequiado a Alemania con dos grandes «medidas sociales» y aún no ha terminado.

La primera fue un arancel aduanero destinado a asegurar a la industria alemana la explotación exclusiva del mercado interior.

Antes de 1848, Alemania no poseía una verdadera gran industria. Predominaba el trabajo manual; el vapor y la maquinaria no constituían más que excepciones. Después de que la burguesía alemana, gracias a su cobardía, sufriera una vergonzosa derrota en el terreno político en los años 1848 y 1849, se consoló lanzándose con ardor a la gran industria. La imagen del país se transformó rápidamente. Quien viera por última vez en 1849 la Prusia renana, Westfalia, el reino de Sajonia, la Alta Silesia, Berlín y las ciudades marítimas, no los reconoció en 1864. En todas partes habían penetrado las máquinas y la fuerza del vapor. Grandes fábricas habían reemplazado en su mayor parte a los pequeños talleres. Los barcos de vapor sustituyeron gradualmente a los veleros, primero en la navegación de cabotaje y luego en el comercio transoceánico. Las líneas ferroviarias se multiplicaban; en los astilleros, en las minas de carbón y de hierro reinaba una actividad de la que los pesados alemanes se habían considerado hasta entonces totalmente incapaces. Comparado con el desarrollo de la gran industria en Inglaterra y también en Francia, todo esto era aún bien poca cosa; pero era, de todos modos, un comienzo. Y además, todo esto se había realizado sin apoyo alguno de los gobiernos, sin subvenciones ni primas a la exportación, y bajo un arancel que, comparado con los de otros países del continente, podía calificarse como fuertemente librecambista.

Dicho sea de paso, las consecuencias sociales de semejante movimiento industrial no se hicieron esperar, aquí como en todas partes. Hasta entonces, los obreros industriales alemanes habían vegetado en condiciones que databan aún de la Edad Media. En general, les quedaba apenas la posibilidad de convertirse, poco a poco, en pequeños burgueses, en maestros artesanos, en propietarios de varios telares manuales, etc. Todo esto desaparecía ahora. Los obreros, convertidos en asalariados de los grandes capitalistas, comenzaban a formar una clase permanente, un verdadero proletariado. Pero quien dice proletariado, dice socialismo. Además, quedaban aún huellas de aquellas libertades que los obreros habían conquistado en las barricadas en 1848. Gracias a estas dos circunstancias, el socialismo pudo desarrollarse ahora en Alemania a plena luz del día y prender en las masas, mientras que antes de 1848 había tenido que limitarse a una propaganda ilegal y a una organización secreta de pocos miembros. Así, la reanudación de la agitación socialista por Lassalle data de 1863.

Vinieron luego la guerra de 1870, la paz de 1871 y los millardos. Mientras que Francia no se arruinó en modo alguno por el pago de los millardos, su ingreso llevó a Alemania al borde de la perdición. Dilapidados a manos llenas por un gobierno de advenedizos en un imperio advenedizo, los millardos fueron a parar a manos de la alta finanza, que se apresuró a invertirlos fructíferamente en la Bolsa. En Berlín celebraron su resurrección los más bellos días del Crédit mobilier. A porfía se fundaban sociedades anónimas y comanditarias, bancos, institutos de crédito mobiliario y territorial, sociedades para la construcción de ferrocarriles, fábricas de todo género, astilleros, sociedades de especulación inmobiliaria y otras empresas cuyo ropaje industrial solo era el pretexto para la más descarada especulación bursátil. La supuesta necesidad pública del comercio, del tráfico, del consumo, etc., solo servía para encubrir el desenfrenado afán de las hienas de la Bolsa de hacer trabajar los millardos mientras los tenían en las manos. Por lo demás, todo esto se había vivido ya en París en los días gloriosos de los Péreire y Fould; eran los mismos especuladores bursátiles que resucitaban en Berlín bajo los nombres de Bleichröder y Hansemann.

Lo que había sucedido en París en 1867, lo que había ocurrido reiteradamente en Londres y Nueva York, no faltó tampoco en Berlín en 1873: la especulación desenfrenada terminó con un crac general. Centenares de sociedades quebraron; las acciones de las sociedades que se mantuvieron se volvieron invendibles; fue un derrumbe completo en toda la línea. Pero para poder especular, se habían tenido que crear medios de producción y de transporte, fábricas, ferrocarriles, etc., cuyas acciones se convirtieron en objeto de la especulación. Cuando estalló la catástrofe, se puso de manifiesto, sin embargo, que la necesidad pública, que se había tomado como pretexto, había sido rebasada con mucho, que en el curso de cuatro años se habían erigido más ferrocarriles, fábricas, minas, etc. de los que habría podido crear un desarrollo normal de la industria en un cuarto de siglo.

Fuera de los ferrocarriles, de los que hablaremos más tarde, la especulación se había lanzado sobre todo a la industria del hierro. Grandes fábricas brotaron como hongos, y se fundaron incluso algunas obras que dejaban en la sombra a Creusot. Por desgracia, el día de la crisis se puso de manifiesto que no había consumidores para aquella producción gigantesca. Grandes sociedades industriales se hallaban al borde de la quiebra. Como buenos patriotas alemanes, sus directores pidieron auxilio al gobierno; solicitaron aranceles protectores a la importación que los protegieran, en la explotación del mercado interior, de la competencia del hierro inglés. Pero si se reclamaban aranceles protectores para el hierro, no podían negarse a las demás industrias ni a la agricultura. Se organizó así, en toda Alemania, una ruidosa agitación en favor del arancel protector, agitación que permitió al señor Bismarck implantar un arancel aduanero destinado a cumplir este fin. Este arancel, elevado a ley en el verano de 1879, está ahora en vigor.

Pero la industria alemana había vivido siempre al aire libre de la libre competencia. Como había surgido en último lugar, tras la industria de Inglaterra y Francia, se veía obligada a limitarse a llenar los pequeños huecos que sus predecesoras habían dejado abiertos, y a suministrar artículos que resultaban demasiado mezquinos para los ingleses y demasiado chapuceros para los franceses; era una fabricación de bajo nivel, de productos que cambiaban constantemente, mercancías baratas y malas. No se crea que son palabras nuestras; son, textualmente, las expresiones que, al enjuiciar las mercancías alemanas expuestas en Filadelfia (1876), empleó oficialmente el comisario oficial del gobierno alemán, el señor Reuleaux, un hombre de ciencia de renombre europeo.

Semejante industria solo puede mantenerse en los mercados neutrales mientras en su país impere el librecambio. Si se exige que los tejidos, los artículos de metal, las máquinas alemanas resistan la competencia en el extranjero, entonces todo lo que sirve de materia prima para la fabricación de estas mercancías –hilados de algodón, lino o seda, hierro en bruto y alambre– ha de poder obtenerse a los mismos bajos precios a que lo compran los competidores extranjeros. Así pues, una de dos: o se quiere seguir exportando tejidos y productos de la industria metalúrgica, y entonces se necesita el librecambio y se corre el riesgo de que esas industrias elaboren materias primas procedentes del extranjero; o se quiere proteger mediante aranceles la hilatura y la producción alemana de metales en bruto, y entonces pronto se acabará la posibilidad de exportar productos cuya base de materia prima son los hilados y los metales en bruto.

Con su famoso arancel, que protege las hilanderías y la industria metalúrgica, el señor Bismarck aniquila la última posibilidad de encontrar un mercado en el extranjero, como hasta ahora existía aún para los tejidos, los artículos de metal, las agujas y las máquinas alemanas. Pero Alemania, cuya agricultura produjo un excedente de exportación en la primera mitad del siglo, ya no puede prescindir de un suplemento de productos agrícolas del extranjero. Si el señor Bismarck impide a su industria producir para la exportación, ¿con qué se pagarán estas y muchas otras importaciones, que son imprescindibles a pesar de todos los aranceles del mundo?

Para resolver este problema no se necesitaba nada menos que el genio del señor Bismarck, unido al de sus amigos y consejeros bursátiles. Esto se hace de la siguiente manera:

Tomemos el hierro. El período de especulación y de producción febril ha regalado a Alemania dos fábricas (la Unión de Dortmund y la Laura-Hütte) que, cada una por sí sola, pueden producir tanto como requiere por término medio el consumo total del país. Luego están las gigantescas fábricas Krupp en Essen, una fábrica similar en Bochum e innumerables más pequeñas. De modo que el consumo interior de hierro está cubierto por lo menos tres o cuatro veces. Se creería que semejante situación exige imperiosamente el librecambio más ilimitado, único capaz de asegurar un mercado para este enorme excedente de producción. Se creería, pero no es la opinión de los interesados. Como hay, a lo sumo, una docena de empresas que realmente pesan y dominan a las demás, se forma lo que los americanos llaman un *Ring*: una asociación para mantener los precios en el interior y regular la exportación.

En cuanto se anuncia una licitación para raíles u otros productos de sus fábricas, el comité determina, por turno, a qué miembro ha de corresponderle el pedido y a qué precio debe aceptarlo. Los demás participantes presentan ofertas a un precio más alto, también acordado de antemano. Al cesar toda competencia, existe un monopolio absoluto. Lo mismo rige para la exportación. Para asegurar la ejecución de este plan, cada miembro del *Ring* deposita en manos del comité una letra de cambio en blanco por 125.000 francos, que se pone en circulación y se presenta en cuanto el firmante quebranta su contrato. El precio de monopolio, así exprimido a los consumidores alemanes, permite a las fábricas colocar su excedente de producción en el extranjero a precios a los que hasta los ingleses se niegan a vender; y el filisteo alemán (que, dicho sea de paso, lo merece) ha de pagar el pato. Así se vuelve posible la exportación alemana, gracias a los mismos aranceles protectores que, según la opinión del gran público, aparentemente la arruinan.

¿Quieren ejemplos? El año pasado, una sociedad ferroviaria italiana, cuyo nombre podríamos mencionar, necesitó 30.000 o 40.000 toneladas (de 1.000 kilogramos) de raíles. Tras largas negociaciones, una fábrica inglesa se hace cargo de 10.000; el resto es encargado a la Unión de Dortmund a un precio que fue rechazado en Inglaterra. Un competidor inglés, al que se preguntó por qué no podía

derrotar a la empresa alemana, respondió: ¿Quién en el mundo entero puede soportar la competencia con un quebrado?

En Escocia se va a construir un puente ferroviario sobre un brazo de mar cerca de Edimburgo. Para ello se necesitan 10.000 toneladas de acero Bessemer. ¿Quién acepta el precio más bajo, quién derrota a todos sus competidores, y precisamente en el suelo natal de la gran industria del hierro, en Inglaterra? Un alemán, un favorito de Bismarck en más de un sentido, el señor Krupp de Essen, el "rey de los cañones".

Así están las cosas con el hierro. Se comprende de suyo que este hermoso sistema no puede sino aplazar algunos años la inevitable bancarrota de estas grandes empresas conjuradas entre sí. Hasta que las otras industrias hagan lo mismo; y entonces no arruinarán a la competencia extranjera, sino a su propio país. Se siente uno como si viviera en un país de locos; y, sin embargo, todos los hechos arriba mencionados están tomados de diarios alemanes burgueses librecambistas. Organizar la destrucción de la industria alemana bajo el pretexto de protegerla —¿están, pues, en un error los socialistas alemanes cuando repiten desde hace años que el señor Bismarck trabaja para el socialismo como si le pagaran por ello?

["L'Egalité" Nr. 10 del 24 de marzo de 1880]

II. Los ferrocarriles del Estado

Desde 1869 hasta 1873, durante la marea creciente de la especulación berlinesa, dos empresas, ora hostiles, ora aliadas, se repartían el dominio sobre la bolsa: la Disconto-Gesellschaft y la casa bancaria Bleichröder. Eran, por así decirlo, los Péreire y los Mirès de Berlín. Como la especulación se extendía principalmente a los ferrocarriles, estos dos bancos tuvieron la idea de convertirse en dueños indirectos de la mayoría de las grandes líneas férreas ya existentes o aún por construir. Comprando y reteniendo un cierto número de acciones de cada línea, se podría dominar a sus consejos de administración; las acciones mismas servirían de garantía para empréstitos con los que se podrían comprar nuevas acciones, y así sucesivamente. Como se ve: una mera repetición de la ingeniosa pequeña operación que al principio reportó el mayor éxito a los dos Péreire y luego terminó con la conocida crisis del Crédit mobilier. Los Péreire berlineses se vieron coronados inicialmente por el mismo éxito.

En el año 1873 llegó la crisis. Nuestros dos bancos se vieron gravemente en aprietos con su montaña de acciones ferroviarias, de las que ya no se podía sacar los millones que se habían tragado. El proyecto de someter a las sociedades ferroviarias había fracasado. Así pues, se cambió de posición y se intentó vender las acciones al Estado. El proyecto de concentrar todos los ferrocarriles en manos del gobierno del Reich no tiene como punto de partida el bienestar social del país, sino el bienestar individual de dos bancos insolventes.

La ejecución del proyecto no fue demasiado difícil. Se había "interesado" en las nuevas sociedades a un número considerable de diputados del Reichstag, de modo que se dominaba al partido nacionalliberal y al libre conservador, es decir, a la mayoría. Altos funcionarios del Reich y ministros prusianos habían metido sus manos en el fraude bursátil mediante el cual se habían fundado estas sociedades. En última instancia, Bleichröder era el banquero y el factótum financiero del señor Bismarck. Por tanto, no faltaban medios.

Pero antes de eso, para que la venta de los ferrocarriles al Reich valiera la pena, había que volver a hacer subir los precios de las acciones. Por eso se creó en 1873 la "Oficina Imperial de Ferrocarriles"; su director, un conocido especulador de bolsa, aumentó de golpe las tarifas de todos los ferrocarriles alemanes en un 20 por ciento; con ello se pretendía que los ingresos netos y, en consecuencia, el valor de las acciones subieran alrededor de un 35 por ciento. Esta fue la única medida que llevó a cabo este señor; la única por la que había asumido el cargo; poco después lo abandonó también.

Mientras tanto, se había logrado hacer apetecible el proyecto a Bismarck. Pero los pequeños reinos ofrecían resistencia; el Consejo Federal lo rechazó de plano. Nuevo cambio de posición: se decidió que, por de pronto, Prusia comprara todos los ferrocarriles prusianos para, llegado el caso, cederlos al Reich.

Por lo demás, había para el gobierno del Reich un motivo oculto que le hacía deseable la compra de los ferrocarriles. Y esto se relaciona con los millardos franceses.

De estos millardos, se habían retenido sumas considerables para la formación de tres "fondos del Reich": el primero para la construcción del edificio del Reichstag, el segundo para fortalezas, y el tercero, finalmente, para los inválidos de las tres últimas guerras. La suma total ascendía a 926 millones de francos.

De estos tres fondos, el más importante y, al mismo tiempo, el más extraño era el de los inválidos. Estaba destinado a consumirse a sí mismo, es decir, para cuando el último inválido hubiera muerto, el fondo, tanto el capital como las rentas del mismo, habría desaparecido. Un fondo que se consume a sí mismo, podría pensarse de nuevo, solo podrían inventarlo unos locos. Pero no fueron locos, sino los especuladores bursátiles de la Disconto-Gesellschaft los que lo inventaron, y por una buena razón. Por ello fue necesario casi un año para mover al gobierno a aceptar esta idea.

Sin embargo, a nuestros especuladores bursátiles les pareció que este fondo no se consumiría lo bastante rápido. Creían, además, que era necesario dotar a los otros dos fondos de la misma hermosa propiedad, la de consumirse a sí mismos. El medio era sencillo. Antes incluso de que la ley determinara el tipo de valores en los que debían invertirse estos fondos, se encargó a una empresa comercial del gobierno prusiano que comprara títulos adecuados. Esta empresa se dirigió a la Disconto-Gesellschaft, la cual le vendió para los tres fondos del Reich, por un valor de 300 millones de francos, acciones ferroviarias que entonces no eran colocables y que podríamos enumerar detalladamente.

Entre estas acciones se encontraban las de la línea férrea Magdeburgo-Halberstadt y de las líneas fusionadas con ella, por valor de 120 millones, un ferrocarril que estaba prácticamente en bancarrota, que había proporcionado grandes ganancias a los especuladores de la bolsa, pero que apenas ofrecía perspectivas de reportar a los accionistas ni el más mínimo dividendo. Esto se hace comprensible si se sabe que el consejo de administración había emitido acciones por valor de 16 millones para cubrir los costes de construcción de tres ramales, y que este dinero había desaparecido por completo antes incluso de que se hubiera comenzado la construcción de dichos ramales. Y el fondo de inválidos se enorgullece de poseer un número considerable de acciones de estos ferrocarriles inexistentes.

La adquisición de estas líneas por parte del Estado prusiano legalizaría de golpe la compra de sus acciones por parte del Reich; les daría un cierto valor real. De ahí procede el interés que el gobierno del Reich tenía en este negocio. De ahí que la línea de que aquí se trata fuera una de las primeras cuya compra fue propuesta por el gobierno prusiano y confirmada por las Cámaras.

Los precios concedidos por el Estado a los accionistas eran considerablemente más altos que el valor real incluso de buenas líneas férreas. Esto se manifiesta en el constante aumento de las cotizaciones de las acciones desde que se tomó la decisión de comprarlas, y

particularmente desde que se conocieron las condiciones de compra. Dos grandes líneas, cuyas acciones estaban a 103 y 108 respectivamente en diciembre de 1878, han sido entretanto compradas por el Estado; hoy se cotizan a 148 y 158. Por eso los accionistas tuvieron la mayor dificultad para ocultar su alegría durante la negociación.

No es necesario subrayar que esta alza de las cotizaciones benefició sobre todo a los grandes especuladores bursátiles de Berlín, que estaban al tanto de las intenciones del gobierno. La bolsa, que en la primavera de 1879 estaba todavía bastante deprimida, despertó a una nueva vida. Antes de que los especuladores se desprendieran definitivamente de sus caras acciones, las utilizaron para organizar un nuevo delirio especulativo.

Ya se ve: el Imperio alemán está tan completamente bajo la influencia de la bolsa como lo estuvo en su día el Imperio francés. Los bolsistas preparan los proyectos que el gobierno debe ejecutar en beneficio de sus bolsillos. En esto tienen en Alemania una ventaja que le faltaba al Imperio bonapartista: cuando el gobierno del Reich tropieza con la resistencia de los pequeños príncipes, se transforma en el gobierno prusiano, el cual ciertamente no encontrará resistencia alguna en sus Cámaras, que son verdaderas sucursales de la bolsa.

¡Vaya! ¿Acaso el Consejo General de la Internacional no dijo inmediatamente después de la guerra de 1870: Usted, señor Bismarck, solo ha derrocado el régimen bonapartista en Francia
para volverlo a instaurar entre los suyos
?