Según el folleto «Sprawozdanie z międzynarodowego zebrania zwołanego w 50-letnią rocznicę powstania listopadowego», Ginebra 1881. Traducido del polaco.

¡Ciudadanos!

Tras la primera partición del país, polacos que habían abandonado su patria cruzaron el Atlántico para defender la joven gran república americana; Kościuszko combate codo a codo con Washington. Cuando, en 1794, la Revolución Francesa resiste con dificultades a las fuerzas de la coalición, el glorioso levantamiento polaco aparta de ella el peligro. Polonia pierde su independencia; a cambio, la Revolución se mantiene. Los polacos vencidos ingresan en el ejército de los «sans-culottes» y contribuyen a derribar la Europa feudal. Por último, en 1830, cuando el zar Nicolás y el rey prusiano Federico Guillermo III se disponían a realizar sus planes para restaurar la monarquía legitimista mediante una nueva invasión de Francia, la revolución polaca, cuyo recuerdo celebráis hoy, les cerró el camino. «Reina el orden en Varsovia.»

El grito de «¡Viva Polonia!», que resonó entonces por toda Europa occidental, no fue sólo una expresión de simpatía y admiración hacia los héroes patriotas abatidos por la fuerza bruta —con ese grito se saludaba al pueblo cuantas insurrecciones, por desdichadas que fueran para él mismo, detuvieron siempre el avance de la contrarrevolución—, al pueblo cuyos mejores hijos no cesaron de librar la lucha de resistencia, saliendo a campaña en todas partes bajo la bandera de las revoluciones populares. Por otra parte, la partición de Polonia consolidó la Santa Alianza, que sirve de disfraz a la hegemonía del zar sobre todos los gobiernos de Europa. Así, el grito de «¡Viva Polonia!» significó realmente:

¡Muerte a la Santa Alianza, muerte al despotismo militar de Rusia, Prusia y Austria, muerte a la dominación mongólica sobre la sociedad moderna!

A partir de 1830, cuando la burguesía tomó más o menos el poder en Francia e Inglaterra, comenzó a formarse el movimiento proletario. Ya en 1840 las clases poseedoras de Inglaterra se vieron obligadas a recurrir a la fuerza de las armas para resistir al partido cartista, aquella primera organización de combate de la clase obrera. Después, en el último rincón de la Polonia independiente, en Cracovia, estalló en 1846 la primera revolución política que proclamó reivindicaciones socialistas. Desde entonces, Polonia pierde todas las supuestas simpatías de la Europa poseedora.

En 1847 se reúne secretamente en Londres el primer congreso internacional del proletariado, que hace redactar el «Manifiesto Comunista», el cual termina con la nueva consigna revolucionaria: «¡Proletarios de todos los países, uníos!». Polonia tuvo sus representantes en este congreso, y en un mitin público en Bruselas el célebre Lelewel y sus correligionarios se adhirieron a la resolución del congreso.

En 1848 y 1849 hubo numerosos polacos en los ejércitos revolucionarios alemán, rumano, húngaro e italiano, distinguiéndose como soldados y como jefes militares. Aunque las corrientes socialistas de esta época fueron ahogadas en el baño de sangre de las jornadas de Junio, la revolución de 1848 hizo de Europa, por un instante —no hay que olvidarlo—, *una* comunidad, al abarcarla casi por entero con su llama y preparar de este modo el terreno para la Asociación Internacional de los Trabajadores. La insurrección polaca de 1863, al dar motivo para una protesta común de los obreros ingleses y franceses contra las maquinaciones internacionales de sus gobiernos, constituyó el punto de partida para la Internacional, que se fundó con la participación de desterrados polacos. Finalmente, la Comuna de París halló en los refugiados polacos a sus sinceros defensores y, tras su caída, bastaba ser polaco para ser fusilado por los consejos de guerra de Versalles.

Así, fuera de las fronteras de su país, los polacos han desempeñado un gran papel en la lucha por la emancipación del proletariado; en esta lucha constituyeron, predominantemente, su tropa de combate internacional.

Hoy, cuando esta lucha se despliega en el seno del propio pueblo polaco, que la propaganda y la prensa revolucionaria la apoyen, y que se una a los afanes de nuestros hermanos rusos; éste será un motivo más para repetir el viejo grito: «¡Viva Polonia!»

¡Salud y fraternidad!

Londres, 27 de noviembre de 1880

(Firmado)
Karl Marx, Friedrich Engels,
Paul Lafargue, F. Lessner
Ex miembros del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores