Manifiesto del Parti Ouvrier Français

[Nota:] Describir la marcha
teórica —

[Nota:] La influencia de la
competencia internacional —

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La revolución comercial e industrial, que desde hace varios siglos trastorna los cimientos económicos de la sociedad y transforma las relaciones sociales, exigió en el siglo pasado el desplazamiento de la vieja aristocracia nobiliaria; hoy exige, con igual imperio, el desplazamiento de la nueva aristocracia plutocrática.

El partido obrero, el único partido político que representa los intereses económicos del Proletariado y que será uno de los promotores de esta revolución social, para agrupar las fuerzas dispersas del Proletariado y atraer a su causa a los miembros de las capas inferiores de la Burguesía, que deben beneficiarse de esta revolución, cree llegado el momento de formular su manifiesto.

— Desarrollo de la propiedad industrial. —

a) Marcha de la revolución industrial

— La marcha que sigue la revolución industrial es conocida y puede estudiarse a nuestro alrededor en todas sus fases. — Al principio el productor es dueño de su instrumento de trabajo y del producto de su trabajo. Apenas interviene el capitalista en la producción, reúne a los productores y a los instrumentos de trabajo en un taller común, o si los deja temporalmente

[Nota:] Establecer que hay
diferentes etapas y
que todas las industrias no han
alcanzado el mismo
grado, y que por
consiguiente hace falta
una solución diferente según las

diferentes [...]

La obra burguesa
era despojar al obrero de toda
propiedad — La obra
de la revolución es
reintegrarlo en
su propiedad

diseminados en los arrabales o el campo, como en la industria del tejido, proporciona la materia prima y se convierte en dueño del producto. En ambos casos, el trabajador, de productor libre, se convierte en productor asalariado.

En el taller común o cooperativo comienza la división del trabajo entre los productores aglomerados; luego la maquinaria aferra y modifica el instrumento de trabajo; la herramienta abandona la mano del artesano y se convierte en parte integrante de una máquina; y la máquina, movida al principio por el hombre, el asno o el caballo, el viento o el agua, termina por ser movida por el vapor.

El instrumento de trabajo, vuelto complicado, gigantesco y de un valor enorme, no es ya ni puede ser poseído individualmente por el productor, como era el caso cuando era simple, pequeño y de escaso valor. Pasa temporalmente ||[2]| a la propiedad del capitalista individual o asociado.

Esta marcha es fatal. — En los siglos pasados, los maestros de las corporaciones se alzaron para obstaculizar esta transformación, y la revolución burguesa los quebró; los obreros, previendo instintivamente las miserias sin número que iban a abatirse sobre ellos y sus familias, se sublevaron y rompieron las máquinas; pero el hambre, reforzada por las bayonetas del Estado, los doblegó. En nuestros días, la burguesía industrial, que no es más que el instrumento inconsciente de esta transformación, se escuda tras el sistema proteccionista y la inferioridad de los salarios franceses para no poner su utillaje a la altura de los progresos realizados.* El progreso

* Son necesarios algunos ejemplos. Jean Dollfus, uno de los más grandes fabricantes de la industria algodonera, en su folleto — Plus de prohibitions sur les filés de coton, 1853, decía que los telares de anillos, inventados en 1825, ya se aplicaban en todas las hilaturas de Inglaterra, y que en 1853 la Sociedad Industrial de Mulhouse otorgaba la primera medalla al primer surtido considerable que se había hecho en los departamentos del Este. «La mano

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Paul Lafargue

de la industria no debe hacerse más que mientras esté en armonía con el interés del capitalista.

Los industriales, en
lugar de hacer pagar a
sus obreros la inferioridad de su utillaje
con más trabajo y
menos salario, se verán obligados a emplear una
parte de las ganancias
que les roban
para perfeccionar
el utillaje, en lugar de
dilapidarlo en goces
individuales.

Casi siempre
el interés privado del
capitalista se opone a los progresos del
utillaje mecánico: sea por necedad o
avaricia.

/[3]/ Pero esas dos causas tienden a desaparecer. Bajo el impulso de la propaganda de los socialistas, que recurrirán a las huelgas y a la acción legislativa, los salarios subirán y las horas de trabajo disminuirán. El régimen proteccionista, que los patronos más cínicamente explotadores pretenden sostener sólo en

interés de sus miserables obreros, se verá fuertemente

de obra, añade, siendo en Francia más barata que en Inglaterra, no tenemos la misma ventaja que los ingleses para emplear esos nuevos telares.» — Louis Reybaud, en sus Études sur le régime des manufactures — Le Coton, constataba en 1868 que de 1 700 000 husos de hilar, apenas 200 000 eran del modelo perfeccionado, y que la máquina Heilman para el peinado de la lana, inventada en Francia antes de 1848, era de uso corriente en el Lancashire, mientras que en 1853 en Francia apenas se la ensayaba; y señalaba: «En general, sobre las condiciones de la mano de obra se regula esta revolución en los métodos de trabajo. Mientras la mano del hombre proporciona sus servicios a bajo precio, se la prodiga; se busca economizarla cuando sus servicios se vuelven más costosos.» … «Cálculos muy exactos, continuaba, muestran que los salarios franceses en Normandía y Flandes están un 12 y un 15%, en Alsacia un 20%, y en los Vosgos un 30%, por debajo de los salarios ingleses.» — Esta inferioridad de los salarios, que condenaba a los obreros a la miseria y retrasaba los progresos del utillaje, creaba las fortunas escandalosas de los fabricantes. J. Dollfus estima que de 1850 a 1853 los beneficios medios de la hilatura no fueron inferiores a 60 céntimos por kilo, «que rindieron un 40% de beneficio neto, es decir, más que la hechura total … con tales beneficios, después de sólo 3 o 4 años un establecimiento puede ser amortizado…»

470

Proyecto de Manifiesto del Parti Ouvrier Français con notas de Karl Marx

Pero el burgués,
incluso antes del establecimiento de la
gran industria, ha
expropiado al artesano
de toda posesión
sobre su producto.

conmovido, y cederá en un porvenir más o menos próximo a los esfuerzos combinados del alto comercio, que extrae nueva vida del gran comercio internacional, y de los grandes terratenientes, que condenados al librecambismo por sus productos, no pueden consolarse de ver a sus cofrades de explotación imponer derechos de entrada sobre las máquinas que emplean y sobre las ropas que visten sus obreros.

Los industriales entonces, en lugar de hacer pagar a sus obreros la inferioridad del utillaje con más trabajo y menos salarios, emplearán una parte de las enormes ganancias que les roban, no en goces individuales, sino en el perfeccionamiento del utillaje.

Por otra parte, a pesar de estas causas especiales, la marcha progresiva del utillaje industrial se ha cumplido en Francia, gracias a la acción del Mercado internacional. Una de las fases más revolucionarias de la producción capitalista es aquella en que el mercado nacional, volviéndose demasiado estrecho para la producción creciente, los productos se ven forzados a exportarse a los mercados extranjeros. Entrando en lucha con los productos extranjeros, es preciso que los fabricantes franceses, de grado o por fuerza, perfeccionen su utillaje para disminuir sus costos de producción. |

I [4] I Nada puede detener la revolución industrial.

b) Miserias sociales que ocasiona la revolución industrial

Desde el momento en que el productor llegó a no poseer ya el producto de su trabajo ni su instrumento de trabajo, y a no tener por toda mercancía más que su fuerza de trabajo, la tempestad de las miserias sociales se desencadenó sobre él y su familia.

En ciertas industrias, como el tejido a mano, la fabricación de encajes, etc., el instrumento de trabajo es poseído por el productor y la producción conserva aún la forma doméstica: a menudo todavía son complementarias del trabajo agrícola. El productor busca, mediante su combinación, equilibrar el presupuesto de sus medios de existencia. Estas industrias han sido preconizadas por los economistas filántropos como un medio de conservar la familia obrera, destruida por el trabajo del taller, mientras que no son para el ca-

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[Nota:] 5 nota piquage d’once
(Citar al Dr. Haxo
encajera de los
Vosgos.)

Hay que leer a los
economistas de la
primera mitad del
siglo, Sismondi,
Villermé, Blanqui
(el académico), para
tener una idea de las
miserias que presidieron la génesis de la
gran industria mecánica, y es

(«Citar a Audiganne — y
a Beaulieu). (I--3) (Véase
página 5)

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Paul Lafargue

pitalista, que no tiene más que suministrar la materia prima, más que un medio de someter a su yugo a toda la familia obrera hasta en el hogar doméstico y de reducir los salarios, que son completados por el trabajo agrícola. Los artesanos, que viven aislados, no pueden establecer entre sí ningún acuerdo para regular la mano de obra, la cual, a pesar de su superioridad, es de las menos retribuidas.*-'

Y este trabajo es de los más inciertos y variables, pues el comerciante que se engalana con el título de fabricante, aunque por todo taller no posee más que un mostrador, aumenta, disminuye o suspende la distribución de la materia prima según las estaciones y el estado del mercado. La historia de la industria del encaje es el martirologio de las mujeres y las hijas de la clase obrera, torturadas para la satisfacción de los gustos más frívolos y ridículos de las clases reinantes. Una población obrera de 125 000 encajeras, según J. Simon, y de 220 000 según Reybaud, ha vivido durante años con un salario que variaba de 40 céntimos a 1,25 francos por 12 y 16 horas de trabajo diario."

A pesar de las ventajas que presenta el trabajo doméstico a los capitalistas, que no tienen necesidad ||[5]| de inmovilizar un capital para la erección del taller común y la compra de los instrumentos de trabajo, está condenado a ser desplazado por el taller cooperativo, la forma esencial de la producción capitalista. Es en el taller común únicamente donde puede cumplirse la revolución industrial.

El taller común bajo la dirección capitalista es el encasillamiento de la gran masa de la clase obrera, es la destrucción de la familia obrera, es la explotación directa e implacable de la nación obrera, embrutecida por el trabajo más envilecedor y más prolongado. El taller capitalista

” — Toda la moral burguesa se ha erizado contra el piquage d’once, en la industria de la seda y de la lana. (Véase circular del 4 de septiembre de 1862 de la Cámara de Comercio de Elbeuf).
Esa incautación de materias primas no era para el obrero más que un medio de compensar la insuficiencia de sus salarios. Pero ¿cómo calificar los robos vergonzosos que practicaban los fabricantes y sus dependientes? —

[Nota:] Eso que los burgueses
han llamado el reino
de la Igualdad — la
realización de los

derechos del hombre.

[Nota:] ** Pero no hay que
creer que estas miserias están destinadas a
desaparecer; he aquí lo
que dice al respecto uno
de los economistas más
oficiales. «Molinari»

[Nota:] (1) En nota. Antes del 48
los obreros de las
fábricas de goma,
de las almazaras, de
las jabonerías de
Marsella y Aix se
reclutaban en las
montañas de Forez
y del Piamonte. Esos
desdichados, pagados a 60

es el infierno del Proletariado. Es en los economistas y escritores burgueses donde vamos a buscar la descripción de las miserias que han sido la suerte de los productores bajo el reino burgués.**

— Villermé — Blanqui — Molinari página 101. Presse
21 de mayo de 1880. -

Estas miserias no son ni locales ni nacionales; las encontraremos igualmente en la encuesta oficial inglesa; no son pasajeras, y si se atenúan por un momento, vuelven al estado agudo, ya sea por efecto de las crisis industriales o de los progresos de la mecánica.

Esta miseria de la clase obrera es fatal; nada, ni reformas políticas ni económicas, podrá atenuarla de manera permanente mientras dure la apropiación capitalista de los instrumentos de trabajo y de los productos del trabajo.

La producción capitalista no se establece sino engendrando la miseria de los productores; y la miseria de los productores se convierte en la condición esencial del desarrollo de la riqueza capitalista. Las ganancias que constituyen la riqueza capitalista no son sino trabajo no pagado, y las ganancias son tanto mayores cuanto más bajos son los salarios y más prolongada la jornada de trabajo [6], y es la superpoblación industrial, que Engels ha llamado el ejército de reserva del trabajo, la que emplea el capitalista para reducir las demandas obreras al bajo nivel de sus exigencias. — Para reclutar su ejército industrial, la burguesía capitalista ha liberado al artesano de los lazos de la servidumbre y de la corporación, los ha atraído en masa a sus centros industriales, los ha importado de las regiones vecinas y de los países extranjeros bajo las más falaces promesas de altos salarios. En Mulhouse, ese país de elección de la filantropía industrial, se fundó el Albergue de los indigentes para acoger, alimentar, alojar y proporcionar trabajo a los recién llegados;

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Paul Lafargue

y con 30 francos al mes, comían y dormían en el taller, relevándose noche y día. El oficio era tan penoso y tan mal retribuido que los obreros del país lo rehusaban.

Pero los obreros europeos ya no bastan. La burguesía capitalista se vuelve hacia Asia, hacia ese fondo inagotable de hombres a explotar.

«— El administrador republicano» que vengan esos buenos chinos —

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y dondequiera que esta población industrial era nómada y turbulenta, se ha, como en los distritos mineros de Saône-et-Loire, facilitado los medios de establecerse permanentemente, construyéndole ciudades obreras, fundándole ollas populares, asilos, sociedades de socorros mutuos y otras instituciones de una beneficencia utilitaria.

La condición miserable de los obreros europeos ya no basta a los capitalistas franceses. Los economistas burgueses han discutido seriamente en la Sociedad de Economía Política, el 5 de mayo, la posibilidad de introducir en Europa, como en Australia y América, los obreros chinos y el sistema de los coolies, que no es sino una esclavitud reforzada. «El chino —dijo el Sr. Simonin, ingeniero civil de minas— ha demostrado experimentalmente que el trabajador manual puede vivir y ahorrar contentándose con un salario módico.» El Sr. P. L. Beaulieu, director de L’Économiste français, dijo: «Las exigencias, a menudo exageradas, de los obreros europeos acabarán por traer a Europa a los hombres de China, de la India y del Japón, cuya sobriedad es bien conocida.»

La máquina crea por sí misma una superpoblación.

Proyecto de Manifiesto del Partido Obrero Francés con notas de Karl Marx

** " En nota. Ese Simonin, que ha puesto sobre el tapete esta discusión, redactor de La France, es uno de los más grandes miserables que existen. — He aquí lo que decía en 1866. — Di cuenta de esta sesión en L’Égalité del [9 de junio de 1880].

Algunos amigos me han reprochado la forma brutal con que había respondido.

* Todas las panaceas filantrópicas, del Lugarteniente D. Bonaparte, J. Simon, Gambetta, gratuito, cooperación de producción, de consumo, crédito, participación en los beneficios, han sido ensayadas una y otra vez con la ayuda del gobierno y han abortado miserablemente. Nada, nada podrá, a no ser [...]

He aquí cómo se presenta el problema industrial —

Pero una superpoblación es creada por el perfeccionamiento del utillaje. Todo invento mecánico arroja al arroyo una parte de la población obrera; aun reventando de hambre, tiene que permanecer en el lugar; porque al cabo de cierto tiempo, la baratura producida por esta nueva aplicación mecánica amplía la salida, ensancha el taller y procura trabajo a los obreros que habían sido desplazados, hasta el momento en que un nuevo invento o una crisis de superproducción vuelva a lanzarlos a la calle. La acción de la producción capitalista sobre la población obrera es la de una bomba aspirante e impelente. |

[7] Sería el colmo del absurdo pedir a los capitalistas que pongan paliativos a este estado de cosas. El capitalista no vive, no respira, no se mueve sino para obtener ganancias, y aun cuando tuviera que sangrar en blanco a la Humanidad entera para ganar una moneda de cinco céntimos, lo haría. Por lo demás, él mismo, aunque se beneficie de las miserias populares, está dominado por las fuerzas económicas que ha puesto en movimiento, y es tan juguete de ellas como los proletarios, tal como lo

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demuestran las crisis industriales —* Sólo el proletariado, apoderándose de los poderes políticos,

expropiando a todos los capitalistas industriales, sustituyendo la dirección inhumana, imbécil, fraudulenta y anárquica de la producción social por parte de los capitalistas, mediante una administración central que confiará a los obreros asociados la explotación de los talleres comunes, descapitalizados, regulará la producción, dará un impulso nuevo a las fuerzas económicas y pondrá término a las miserias de la clase obrera. Las miserias de la clase obrera no son inherentes a la producción mecánica misma, sino a su dirección capitalista. — Además, la administración central, sustituyendo a los comerciantes que explotan a los artesanos manuales que trabajan en su familia con su propio instrumento, respetando a la vez las costumbres adquiridas, facilitará el paso de las industrias manuales a la gran industria. Las fases de esta transformación son científicamente conocidas y pueden ser abreviadas y suavizadas por una dirección inteligente. — No hay que renegar; esta transformación es fatal, y toca a los artesanos elegir entre realizarla bajo el yugo capitalista y en provecho de los capitalistas, o con la ayuda de una administración central controlada por el proletariado. *' I

[8] Manifiesto. —
— 3ª sección —
III. Evolución de la propiedad financiera

En toda sociedad capitalista altamente desarrollada, las empresas industriales y agrícolas adquieren tales proporciones que su establecimiento presupone la acumulación individual de un capital considerable. Y el capital no se acumula sino mediante el despojo constante de la masa de la nación. En numerosos casos,

Proyecto de Manifiesto del Partido Obrero Francés con notas de Karl Marx

(ferrocarriles, minas, explotación agrícola a la americana, etc.), los capitales acumulados individualmente son insuficientes, y es preciso aglomerar mediante la asociación por acciones los capitales individuales. — Por otra parte, la importancia del capital circulante que toda explotación capitalista requiere para la compra de materias primas y de fuerzas de trabajo, la rapidez de la abundancia de la producción, la lentitud del desagüe de los productos, la extensión y el alejamiento de los mercados, la dificultad del reembolso de los fondos, obligan a todo capitalista industrial, para mantener y desarrollar su empresa, a recurrir constantemente al crédito, es decir, a adelantos hechos por el capital social. Así pues, la fortuna social, esto es, el excedente sin cesar creciente de la producción sobre el consumo, debe ser recogida y centralizada y mantenida siempre disponible para ser distribuida según las necesidades de la producción y del intercambio. Esta doble función de bomba aspirante e impelente de los ahorros sociales es desempeñada por las finanzas modernas. Las finanzas se han convertido, por así decirlo, en el corazón del sistema económico del capitalismo.

Porque estas dos funciones vitales de la sociedad —centralización y distribución del ahorro nacional—, en lugar de convertirse en funciones sociales que actúan sólo para el bienestar común, han sido confiadas a personalidades sin control y sin responsabilidad, los intereses económicos y políticos de la sociedad entera han sido entregados a unos cuantos centenares de individuos de la peor especie, «capaces de todo y capaces de nada», según la expresión de Berryer. Después de haberse apoderado por «vías criminales... [9] de los despojos de las provincias, de la subsistencia del pueblo y del patrimonio del Estado», los detentan; consagran una parte a profusiones inauditas que «insultan la miseria de la mayoría de los demás ciudadanos»° y emplean la otra sin discriminación en crear y sostener explotaciones industriales nacionales o extranjeras, a veces de las más insensatas.

El imperio ayudó poderosamente a las Finanzas en su acción centralizadora. Su sistema de empréstitos públicos por pequeñas fracciones, que el ministro Bineau llamaba la «democratización de la renta», ofreciendo a los pequeños bolsos, siempre desconfiados, la garantía del Estado para la

” Edicto que instituyó la Cámara de Justicia de 1716.

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Paul Lafargue

colocación de sus fondos, preparó el terreno para la razzia financiera que ejecutaron las instituciones de crédito. Éstas no tuvieron más que atraer a los pequeños burgueses y a los campesinos propietarios, tan necios como voraces, con el cebo de gruesos dividendos, primas y loterías.

El imperio hizo más: subvencionó a las instituciones de crédito por decenas de millones, les permitió disponer de los fondos públicos como un banquero que hiciera operaciones de circulación; puso al servicio del Crédit foncier a los recaudadores generales y particulares para recoger los ahorros campesinos. [10] El Crédit Mobilier, esa obra maestra de las finanzas bonapartistas, por sí solo, en 15 años, de 1852 a 1867, aspiró y devolvió a la circulación nacional e internacional un capital de cerca de cuatro mil millones, y en ese inmenso movimiento de negocios no figuran los empréstitos de Estado y de ciudad en los que tomó parte. En 10 años, sus 15 directores sustrajeron a la fortuna que pasaba por sus manos 8.248.445 francos en concepto de gastos de dirección, es decir, 54.989 francos por director y por año, sin contar los intereses, los dividendos de las acciones que se habían adjudicado como prima de invención y las ganancias que realizaban con el chalaneo de las acciones en la Bolsa.

Las instituciones de crédito, al dar a los financieros el control sobre la fortuna nacional mobiliaria, les permitieron acaparar la administración de una parte de la fortuna inmobiliaria (ferrocarriles, fábricas metalúrgicas, navegación a vapor transoceánica, etc.) y cobrar tributos bajo el título de interés, descuento, etc., sobre la otra parte, que para mantenerse y desarrollarse debe recurrir al crédito.

Proyecto de Manifiesto del Partido Obrero Francés  
con notas de Karl Marx

Exportación de capitales

desarrollarse debe recurrir al crédito. Con el dinero del público, los financieros explotan la industria y la agricultura. Así, el Banco de Francia, con un capital de acciones de 182 1/2 millones, percibe anualmente diezmos sobre una circulación de cerca de diez mil millones. (En 1873, la cifra de sus operaciones ascendió a 16 mil millones). Gracias a este doble sistema crediticio —crédito concedido por el público a las instituciones de crédito y crédito concedido por éstas a la industria y la agricultura—, los financieros exprimen a las demás categorías de las clases dominantes y las transforman en simples organismos de extracción, encargados de explotar por cuenta de ellos a la clase obrera.

Las finanzas modernas tienen su origen en el sistema del crédito público, es decir, de las deudas públicas, cuyos primeros cimientos sentaron Venecia y Génova en la Edad Media, pero que no se introdujo en Francia hasta 1522 por el canciller Duprat. La deuda pública encierra en sí un germen de progresión automática. ||[11]| … «Los empréstitos que ponen a los gobiernos en condiciones de hacer frente a los gastos extraordinarios sin que los contribuyentes lo resientan de inmediato, acarrean tras de sí un recargo de impuestos; por otra parte, esa sobrecarga impositiva causada por la acumulación de deudas contraídas sucesivamente obliga al gobierno, en caso de nuevos gastos extraordinarios, a recurrir a nuevos impuestos.» Pero, por otro lado, la deuda pública «dota al dinero improductivo de valor reproductivo … sin que tenga que padecer por ello los riesgos, las perturbaciones inseparables de su empleo industrial e incluso de la usura privada. Los acreedores públicos, a decir verdad, no dan nada, porque su principal, metamorfoseado en efectos públicos de fácil transferencia, sigue funcionando entre sus manos como otros tantos numerario.» (337-8) De este modo, la deuda pública, susceptible de un crecimiento autónomo, transforma al Estado, cualquiera que sea su forma, monárquica o republicana, en una máquina que duplica las ganancias de los capitales acumulados. Además, los Estados modernos, para mantenerse y para cumplir su misión de sostenedores de las clases dominantes, deben retirar de la producción un número cada vez mayor de productores (policía, magistratura, ejército) y, a medida que la lucha de clases se agudiza, ofrecer a las agitaciones interiores la válvula de escape de las expediciones extranjeras. Estos son gastos improductivos que se desarrollan con la producción capitalista. De suerte que la explotación de la nación por el Estado y la del Estado por los financieros crece en razón directa de la explotación de la industria y la agricultura por las finanzas.

Esta explotación del Estado por los financieros reviste diversas formas. — Al día siguiente de febrero, los republicanos del Gobierno provisional, faltos de dinero, suspendieron el reembolso de los depósitos de las Cajas de Ahorros, pero propusieron anticipar el pago del semestre de rentas debido el 22 de marzo y dispensaron a Rothschild de ingresar los 80 millones que debía al Estado por el empréstito de 250 millones que se le había adjudicado al final del reinado de Luis Felipe. Cinco meses después, un mes después de las matanzas populares de junio, el 27 de julio, el general Cavaignac, ese Mac-Mahon de la segunda república burguesa, admitía en secreto al mismo Rothschild a una emisión de 13 millones de renta.

= Durante el reinado de Luis Felipe, la burguesía industrial y comercial no cesó de protestar contra el privilegio exorbitante que tiene el Banco de Francia de acuñar moneda y de emplear el crédito que le otorgan los comerciantes e industriales para exprimir al comercio y a la industria.

∗ Se sabe que el Banco tiene derecho a emitir en billetes el valor de los efectos que posee en cartera: así pues, son los industriales y los comerciantes los que proporcionan la garantía de los billetes que reciben y que al Banco no le cuesta más que la molestia de imprimir. Y por el placer de garantizar los billetes de banco, los burgueses pagan el 2, el 3 y hasta el 10% de descuento. Si los burgueses industriales explotan sin remordimientos a los productores, ellos son a su vez explotados y tratados como unos majaderos por los financieros.

En 1840 y 1847, la supresión de los privilegios del Banco fue enérgicamente reclamada en la Cámara de los Diputados. Pero el Gobierno provisional de la Revolución del 48, hecha por la pequeña burguesía contra los banqueros, decretó temporalmente el curso forzoso; es decir, que el Estado dio gratuitamente un valor legal a los trapos del Banco. La tercera república burguesa estableció el curso forzoso de modo permanente, pero siempre con la misma gratuidad. En 1857, sin tambor ni trompeta, en una sola sesión, el 28 de mayo, último día del período de sesiones, una ley votada en un santiamén prorrogó hasta 1897 los privilegios del Banco, que expiraban en 1867. La ley que limitaba las tasas de descuento al 6% fue abolida. El Banco, bajo el Imperio, conquistó su libertad íntegra de explotación; ya no le quedaba sino desembarazarse de las pocas cargas que tiene frente al Estado. El 4 de febrero de 1878, un ministro republicano, el señor Say, hoy presidente del Senado, pero entonces como hoy servidor de los bancócratas, presentaba un proyecto de ley que dispensaba al Banco de un derecho de timbre establecido por las leyes del 30 de junio de 1840, 23 de agosto de 1871 y 19 de febrero de 1874, y que aligeraba sus cargas anuales en cerca de dos millones. Además, el señor Say pedía que el Banco pudiera emitir billetes sin tener por contrapartida especie metálica o efectos de comercio, tal como lo exigían las leyes anteriores. Esta autorización y el curso forzoso permanente son el restablecimiento del séptimo de los asignados en provecho de los magnates del Banco.

(Daré, a propósito del Banco, un análisis de sus balances anuales desde 1869, en el que mostraré que los mayores beneficios que ha obtenido jamás son los del año 1872-1873, y que provienen de los empréstitos que el Tesoro le hizo para pagar la indemnización de guerra.)

(Por lo que yo sé, el Banco de Francia siempre podía emitir tantos billetes como quisiera, pero estaba obligado a canjear esos billetes por oro o plata a su presentación. Este límite legal de la emisión desaparece naturalmente con el curso forzoso. Sin embargo, el Banco de Francia conoce tan bien los límites económicos de la emisión, y ha obrado siempre con tanta prudencia, que sus billetes nunca han sufrido la menor depreciación. Su sistema no tiene, pues, nada en común con el de los asignados.)

(Habría que precisar los términos del proyecto de ley del señor Say. No creo que el Banco de Francia pueda emitir billetes más que por la vía del descuento de papel comercial, de anticipos sobre efectos determinados por la ley, de empréstitos a los gobiernos, y, por último, mediante la compra de metales preciosos con sus billetes. Por lo demás, desde que el curso forzoso se ha perpetuado, su encaje metálico —sin costarle un solo penique— se ha acrecentado espontáneamente hasta tal punto que supera siempre el nivel prescrito por la ley al Banco de Inglaterra.)

= Bajo los gobiernos orleanistas, bonapartistas y republicanos, la oligarquía financiera se ha hecho entregar los ferrocarriles: los construyó con el dinero del Tesoro; los explota con la garantía del Estado. En 1868, según G. Duchêne (El Imperio industrial), la subvención del Estado para el establecimiento de los ferrocarriles se elevaba a

1.536.576.544 francos.  
El capital garantido por el Estado se elevaba a 3.859.000.000  
Total: 5.395.576.544 francos.

Bajo estos tres gobiernos, la construcción y la explotación de los ferrocarriles han dado lugar a los enjuagues más desvergonzados. Líneas establecidas con los dineros del tesoro público, pero arruinadas por el despilfarro y los robos impúdicos de los financieros, han sido rescatadas por el Estado y luego

retrocedidas a los mismos financieros que las habían llevado a la bancarrota, para que las exploten de nuevo, pero con una garantía más elevada del Estado. En honor de la tercera república, hay que decir que los contratos de rescate y de explotación celebrados por los gambettistas del oportunismo son aún más onerosos para el tesoro público que los contratos celebrados por los Rouher del bonapartismo. = El imperio bonapartista envió a México las tropas francesas para recobrar el crédito Jecker, ejecutado por la Comuna. La república oportunista ha formado una Santa Alianza con el gobierno bismarckiano y el gobierno tory para deponer al jedive de Egipto, que, a fin de expropiar a los fellahs agobiados por la usura europea, se había arrojado a las fauces de Rothschild y de otros cocodrilos de las finanzas internacionales.

Pero aparte de esta acción directa sobre el Estado, comprada con cohechos, dados y aceptados cínicamente por los representantes políticos de la burguesía (ministros, altos funcionarios, diputados, periodistas, etc., bonapartistas o republicanos), que entran en la política con la levita raída y la bolsa vacía, y se transforman allí como por encanto en millonarios, los altos señores de las finanzas ejercen otra sobre la marcha política del país que, por indirecta, no es menos desastrosa. — El curso de la Bolsa, que ellos manipulan, se ha convertido en un termómetro político; la prensa crea y dirige la opinión pública; la brutal centralización de los ahorros sociales, que realizan por las vías más criminales, trastorna las condiciones de existencia de las otras categorías de la burguesía y elabora las revoluciones burguesas. La Revolución de febrero, hecha al grito de la reforma, fue la sublevación de la pequeña burguesía contra los diputados censitarios dominados por los grandes banqueros. El Imperio fue saludado por las finanzas como su entrada en la tierra de

(La historia nos enseña que siempre la patria ha sido entregada a los enemigos por la clase dominante amenazada de degradación por la democracia ascendente.)

(Citar algunos ejemplos de la Antigüedad, de la Edad Media y de los tiempos modernos, pues hay que insistir en este punto, es un buen terreno.)

(adición útil para la opinión)

”Los ahorros obreros se convirtieron también en presa de los financieros. «Las cajas de ahorro, dice L. Reybaud en *Le Fer et la Houille* (estudios sobre el régimen de las manufacturas, 1874), no contienen ya sino una porción muy reducida de las economías populares; el resto va a parar a especulaciones. … En Lyon, en Saint-Étienne, en el valle de Gier, las víctimas eran sobre todo los obreros más inteligentes, los que ganaban fuertes salarios … Los obreros figuran por un contingente más considerable de lo que se cree … muchos me mostraban tristemente los títulos muertos o depreciados en los que se había hundido su pequeña fortuna; naturalmente, su elección se había dirigido hacia negocios turbios. … He ahí, sin embargo, a qué han conducido esos excesos del crédito que tantos panegiristas y cómplices han tenido. Al dispersar en las aventuras los ahorros del pueblo, se han disminuido las garantías sociales que presentaba su estabilidad y, ¿quién sabe?, tal vez se ha dado el gusto de una revancha a los desdichados que han sido víctimas de estas indignas especulaciones.» Los financieros han desvelado, mejor que todos los socialistas, el fin oculto de los economistas que predican el ahorro.

Un especulador iniciado en los secretos de la trastienda, como lo estaban los directores, operando mes a mes, comprando en los más bajo y vendiendo en lo más alto durante el año 1853, habría podido ganar con 100 acciones del Crédit mobilier 162.250 francos.

Canáan. Para escapar a las cóleras y a los trastornos interiores engendrados por las especulaciones financieras, el imperio se lanzó a la aventura franco-prusiana. En la declaración de guerra, los bolsistas que dirigía el señor de Girardin, cuyo protegido, el señor Ollivier, estaba en el ministerio, no vieron más que un pretexto para dar golpes de bolsa. La paz vergonzosamente chapuceada, si bien libró al señor Pouyer-Quertier, entonces ministro, y a los demás algodoneros de Francia, de la competencia de Mulhouse, y a los accionistas de las minas de Anzin, de las cuales el señor Thiers era uno de los ||[14]| más fuertes, de la competencia de las minas de Alsacia, permitió en cambio a los usureros de Europa, llamados por el señor Thiers, precipitarse sobre Francia y transformar sus desgracias en una fuente inagotable de ganancias financieras. Jamás hombre de Estado mereció mejor de las clases reinantes el título de Padre de la Patria que el señor Thiers, el Washington de la tercera república burguesa; pues jamás hombre de Estado sangró más abundantemente al proletariado, ni presidió un destripamiento más hermoso del patrimonio de la nación; jamás hombre de Estado demostró mejor que por Patria las clases reinantes no entienden sino sus intereses de clase.

El colosal poder que posee en la sociedad capitalista la finanza moderna es absolutamente independiente de la forma que revista el poder político; es tan grande en el Imperio despótico de Alemania como en la República democrática de la Unión americana. En Francia los regímenes orleanista, bonapartista, republicano se han sucedido, sin que por ello el poder de la finanza se viera quebrantado; al contrario, crece sin cesar. Esta dominación nefasta no es de aquellas que una revolución política puede derribar, pues se basa en la explotación de la clase obrera y en la deuda pública. Los financieros, que representan el elemento más insignificante de la clase burguesa, por su número, por su inteligencia, por su valor, no desaparecerán sino cuando el proletariado, dueño del poder político, realizando la república social, expropie a los capitalistas industriales, confisque el Banco y las demás instituciones de crédito y liquide la deuda pública. ¡Bien!

Pero si los financieros preparan las revoluciones políticas y encuentran en ellas ganancias inmediatas, son ellos quienes en la lucha son los más cobardes, y en la represión los más feroces. En junio de 1848 la gente de negocios que banqueteaba en los bulevares embriagaba y excitaba a la matanza a los guardias móviles; en 1871, amontonados en Versalles con sus rameras legítimas e ilegítimas, insultaban y torturaban a los federados desarmados. En mayo de 1871 como en junio de 1848, pidieron la «sangría» del proletariado parisino para restablecer —«el crédito»—.

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Paul Lafargue