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Una carta privada a la princesa heredera británica Victoria  
sobre su encuentro con Karl Marx  

por  
Sir Mountstuart Elphinstone Grant Duff

Victoria Adelaide Mary Louisa, la hija mayor
del monarca británico y esposa del príncipe heredero de Prusia (y futuro
emperador alemán Federico III), manifestó al político británico Duff su
interés por ese doctor Marx del que tanto oía hablar.

Duff logró encontrarse con Marx en el Devonshire
Club el 31 de enero de 1879. Al día siguiente escribió de inmediato a la princesa.
Partes de esta carta las incluyó Duff en sus memorias (Notes from a Diary,
1873-1881), pero eliminó toda referencia a la destinataria.

La carta se publicó íntegra por primera vez
en The Times Literary Supplement, el 15 de julio de 1949: «A Meeting with Marx».
1996 by Zodiac. Marcado html en 1999 por Brian Baggins.

1 de febrero de 1879

Señora:

Cuando tuve por última vez el honor de ver a Vuestra Alteza Imperial,
manifestó Vuestra Alteza cierta curiosidad por Carl Marx y me preguntó si lo conocía.
Resolví, en consecuencia, aprovechar la primera ocasión para trabar conocimiento con él;
pero esa ocasión no se presentó hasta ayer, cuando lo encontré en un almuerzo
y pasé tres horas en su compañía.

Es un hombre bajo, más bien pequeño, de cabello y barba grises que contrastan
extrañamente con un bigote todavía oscuro. El rostro es algo redondo,
la frente bien formada y plena; la mirada, más bien dura, pero la expresión
general resulta más agradable que lo contrario; en modo alguno la de un caballero
que tenga la costumbre de comerse a los niños en la cuna, que es, me atrevería a decir,
la idea que se hace de él la policía.

Su conversación fue la de un hombre bien informado, más aún, erudito;
muy interesado por la gramática comparada, que lo había llevado al antiguo eslavo
y a otros estudios apartados, y salpicada de muchas ocurrencias curiosas
y de toques de humor seco; así, al hablar de la vida del príncipe Bismarck
escrita por Hesekiel, siempre se refería a ella, para marcar el contraste
con el libro del doctor Busch, como el Antiguo Testamento. [Se refiere a G. Hesekiel,
Das Buch vom Grafen Bismarck, Bielefeld y Leipzig, 1869.]

Fue todo muy positivo, ligeramente cínico, sin apariencia alguna
de entusiasmo; interesante y, a menudo, según pensé, mostrando ideas
muy correctas cuando hablaba del pasado o del presente; pero vago
e insatisfactorio cuando se volvía hacia el futuro.

Espera, no sin razón, un gran y no lejano derrumbe en Rusia;
piensa que empezará con reformas desde arriba, reformas que el viejo
y mal edificio no podrá soportar y que llevarán a que se venga abajo
por completo. En cuanto a lo que ocuparía su lugar, evidentemente
no tenía una idea clara, salvo que durante mucho tiempo Rusia sería incapaz
de ejercer influencia alguna en Europa.

Luego piensa que el movimiento se extenderá a Alemania, tomando allí
la forma de una revuelta contra el sistema militar existente.

A mi pregunta: «Pero ¿cómo espera usted que el ejército se subleve
contra sus jefes?», respondió: «Olvida usted que en Alemania el ejército
y la nación son hoy casi idénticos. Esos socialistas de los que oye usted hablar
son soldados instruidos como cualquier otro. No debe usted pensar
sólo en el ejército permanente. Ha de pensar en la Landwehr; e incluso
en el ejército permanente hay mucho descontento. Nunca hubo un ejército
en el que la severidad de la disciplina condujera a tantos suicidios.
El paso de pegarse un tiro uno mismo a pegárselo al oficial no es largo,
y un ejemplo de ese género, una vez dado, se sigue pronto.»

Pero, dije yo, suponiendo que los gobernantes de Europa llegaran
a un entendimiento entre sí para una reducción de los armamentos, lo cual
aliviaría grandemente la carga sobre el pueblo, ¿qué sería de la revolución
que usted espera que un día tal carga provoque?

«Ah —fue su respuesta—, no pueden hacer tal cosa. Toda clase de temores
y recelos harán que sea imposible. La carga será cada vez peor a medida
que la ciencia avance, pues los progresos en el arte de la destrucción
marcharán al mismo paso que su avance, y cada año habrá que dedicar más y más
a costosísimos ingenios bélicos. Es un círculo vicioso; no hay salida de él.»
Pero —dije yo— jamás ha habido un levantamiento popular serio si no había
realmente una gran miseria. «No tiene usted idea —replicó— de lo terrible
que ha sido la crisis por la que Alemania ha pasado en estos últimos cinco años.»

Bien —dije yo—, suponiendo que su revolución haya tenido lugar y que tengan
ustedes su forma republicana de gobierno, queda todavía un largo, larguísimo camino
hasta la realización de las ideas especiales de usted y de sus amigos.
«Sin duda —contestó—, pero todos los grandes movimientos son lentos.
Sería meramente un paso hacia cosas mejores, como lo fue su Revolución de 1688,
una mera etapa en el camino.»

Lo anterior dará a Vuestra Alteza Imperial una idea bastante fiel
del género de pensamientos sobre el futuro cercano de Europa que bullen
en su mente.

Son demasiado quiméricos para ser peligrosos, salvo en la medida
exacta en que la situación, con su gasto disparatado en armamentos, es
manifiesta e indudablemente peligrosa.

Si, sin embargo, en el próximo decenio los gobernantes de Europa
no han encontrado medios de atajar este mal sin que los alerte
ninguna intentona revolucionaria, yo, por mi parte, desesperaré del porvenir
de la humanidad, al menos en este continente.

En el curso de la conversación, Carl Marx mencionó varias veces
tanto a Vuestra Alteza Imperial como al príncipe heredero, y lo hizo
invariablemente con el debido respeto y corrección. Incluso en el caso
de individuos eminentes de los que no habló en modo alguno con respeto,
no apareció huella de amargura ni de ferocidad; sí, mucha crítica acre
y corrosiva, pero nada del tono de Marat.

De las cosas horribles que se han vinculado a la Internacional
habló como lo habría hecho cualquier persona respetable.

Un detalle que mencionó muestra los peligros a los que están expuestos
los exiliados que han adquirido fama de revolucionarios. El desdichado Nobiling,
había sabido él, cuando estuvo en Inglaterra tuvo la intención de venir a verlo.
Si lo hubiese hecho —dijo—, ciertamente lo habría recibido, pues me habría
enviado su tarjeta como empleado de la oficina de estadística de Dresde, y como yo
me ocupo de estadística, me habría interesado hablar con él. ¡En qué agradable
situación —añadió— me habría encontrado si hubiese venido a verme!

En conjunto, mi impresión de Marx, aun teniendo en cuenta que se halla
en el polo opuesto de las opiniones de uno mismo, no fue nada desfavorable,
y con gusto volvería a encontrarme con él. No será él quien, quiéralo o no,
ponga el mundo patas arriba.

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