Wilhelm Liebknecht, Wilhelm Bracke y otros
en Leipzig
(circular)!507
(borrador)

[Londres, 17/18 de septiembre de 1879]

Querido Bebel:

La respuesta a su carta del 20 de agosto se ha demorado, por una parte, debido a la prolongada ausencia de Marx, luego por algunos incidentes: primero la llegada del «Jahrbuch» de Richter 182), luego la del propio Hirsch.

Debo inferir que Liebknecht no le ha mostrado mi última carta a él, aunque se lo encargué expresamente. De lo contrario, ciertamente no me habría expuesto los mismos argumentos que Liebknecht hizo valer y a los que ya respondí en aquella carta.

Examinemos ahora los puntos concretos de que se trata.

I. Las negociaciones con C. Hirsch
Liebknecht pregunta a Hirsch si quiere hacerse cargo de la redacción del nuevo órgano del partido que ha de fundarse en Zúrich. Hirsch desea información sobre la financiación del periódico: qué fondos hay disponibles y quién los aporta. Lo primero, para saber si el periódico no tendrá que desaparecer al cabo de unos meses. Lo segundo, para cerciorarse de quién tiene la llave de la bolsa y, con ello, el dominio definitivo sobre la orientación del periódico. La respuesta de Liebknecht a Hirsch: «todo está en orden, recibirás de Zúrich más noticias» (Liebknecht a Hirsch, 28 de julio) no llega. En cambio, de Zúrich llega una carta de Bernstein a Hirsch (24 de julio), en la que B[ernstein] comunica que «se nos ha encargado la puesta en escena y la supervisión (del periódico)». Ha tenido lugar una conversación «entre Vier[eck] y nosotros», en la que se consideró

«que su posición se vería algo dificultada por las divergencias que usted, como hombre de la 'Laterne', ha tenido con algunos camaradas, aunque no considero este reparo muy grave*. Ni una palabra sobre la financiación.

Hirsch responde de inmediato, el 26 de julio, preguntando por la situación material del periódico. ¿Qué camaradas se han comprometido a cubrir el déficit? ¿Hasta qué importe y por cuánto tiempo? La cuestión del salario del redactor no desempeña aquí papel alguno; Hirsch quiere saber simplemente si «los medios están asegurados para garantizar el periódico al menos durante un año».

Bernstein responde el 31 de julio: Un eventual déficit será cubierto mediante contribuciones voluntarias, de las cuales algunas (!) ya han sido suscritas. A las observaciones de Hirsch sobre la orientación que piensa dar al periódico —de lo cual se hablará más abajo— siguen observaciones y prescripciones de desaprobación: «En esto ha de insistir tanto más la comisión de vigilancia cuanto que ella misma está a su vez bajo control, es decir, es responsable. Sobre estos puntos tendría usted, pues, que ponerse de acuerdo con la comisión de vigilancia». Se desea respuesta inmediata, a ser posible telegráfica.

Así, en lugar de toda respuesta a sus legítimas preguntas, Hirsch recibe la noticia de que ha de redactar bajo una comisión de vigilancia residente en Zúrich, cuyas opiniones difieren muy sustancialmente de las suyas y cuyos miembros ni siquiera se le nombran.

Hirsch, con pleno derecho indignado por este trato, prefiere entenderse con los de Leipzig. Su carta del 2 de agosto a Liebk[necht] debe serle conocida a usted, ya que H[irsch] pidió expresamente que se le comunicara a usted y a Viereck. Hirsch está incluso dispuesto a someterse a una comisión de vigilancia de Zúrich en la medida en que ésta pueda hacer observaciones por escrito a la redacción y apelar a la decisión de la comisión de control de Leipzig.

Mientras tanto, Liebk[necht] escribe el 28 de julio a Hirsch: «Naturalmente, la empresa está financiada, pues detrás está todo el partido + (incluido) Höchberg. Pero yo no me ocupo de los detalles.»

También la siguiente carta de L[iebknecht] no contiene nada sobre la financiación, en cambio la garantía de que la comisión de Zúrich no es una comisión de redacción, sino que está encargada únicamente de la administración y de lo financiero. Todavía el 14 de agosto escribe L[iebknecht] lo mismo a mí y pide que persuadamos a H[irsch] para que acepte. Usted mismo, aún el 20 de agosto, está tan poco informado de los verdaderos hechos que me escribe: «Él (Höchberg) no tiene en la redacción del periódico más voz que cualquier otro conocido correligionario.»

Finalmente, Hirsch recibe una carta de Viereck, del 11 de agosto, en la que se reconoce que «los 3 domiciliados en Zúrich, como comisión de redacción, debían emprender la fundación del periódico y, con el consentimiento de los 3 de Leipzig, elegir un redactor … que yo recuerde, en las resoluciones comunicadas se expresaba también que el mencionado comité fundador (de Zúrich) debía asumir tanto la responsabilidad política como la financiera ante el partido… De este estado de cosas me parece ahora deducirse que … sin la cooperación de los 3 domiciliados en Zúrich y encargados por el partido de la fundación, no puede pensarse en hacerse cargo de la redacción.»

Aquí, por fin, Hirsch tenía al menos algo concreto, aunque solo fuera sobre la posición del redactor respecto a los de Zúrich. Son una comisión de redacción; tienen también la responsabilidad política; sin su cooperación no se puede asumir ninguna redacción. En resumen, se remite a Hirsch simplemente a que se entienda con las 3 personas en Zúrich, cuyos nombres aún no se le han indicado.

Pero, para que la confusión sea completa, Liebk[necht] escribe una posdata al pie de la carta de Viereck: «Acaba de estar aquí S[inger] de B[erlín] y ha informado: La comisión de vigilancia en Zúrich no es, como cree V[iereck], una comisión de redacción, sino esencialmente una comisión administrativa, que es responsable financieramente ante el partido, es decir, ante nosotros, por el periódico; naturalmente, los miembros tienen también el derecho y el deber de discutir contigo sobre la redacción (un derecho y un deber que, por lo demás, tiene cualquier correligionario); no están facultados para ponerte bajo tutela.»

Los tres de Zúrich y un miembro de la comisión de Leipzig —el único que había estado presente en las negociaciones— insisten en que H[irsch] debe estar bajo la dirección oficial de los de Zúrich; un segundo miembro de Leipzig lo niega terminantemente. ¡Y en estas condiciones se pide a Hirsch que se decida, antes de que los señores se pongan de acuerdo entre sí! Que Hirsch tenía derecho a conocer las resoluciones adoptadas, que contenían las condiciones a las que se pretendía someterle, se pensó tanto menos cuanto que a los de Leipzig ni siquiera pareció ocurrírseles tomar conocimiento auténtico de aquellas resoluciones. ¿Cómo, si no, hubiera sido posible la contradicción anterior?

Si los de Leipzig no logran ponerse de acuerdo sobre las facultades transferidas a los de Zúrich, los de Zúrich lo tienen perfectamente claro.

Schramm a Hirsch, 14 de agosto: «Si usted no hubiera escrito en su momento que en el mismo caso» (¡el de Kayser!!?) «volvería a proceder exactamente igual y, con ello, haría prever un mismo modo de escribir, entonces no diríamos una palabra al respecto. Pero ante esta declaración suya, nos es preciso reservarnos el derecho de emitir un voto decisivo sobre la admisión de artículos en el nuevo periódico.»

La carta a Bernstein en la que se supone que Hirsch dijo esto es del 26 de julio, mucho después de la conferencia de Zúrich en la que se habían fijado los plenos poderes de los 3 de Zúrich. Pero en Zúrich se goza ya tanto del sentimiento de su plenitud de poder burocrático, que se reclama ya, con esta carta posterior de Hirsch, la nueva facultad de decidir sobre la admisión de los artículos. La comisión de redacción es ya … una comisión de censura.

Solo cuando Höchberg llegó a París, supo Hirsch por él los nombres de los miembros de ambas comisiones.

Si, pues, las negociaciones con Hirsch se malograron, ¿a qué se debió?
1. a la obstinada negativa, tanto de los de Leipzig como de los de Zúrich, a comunicarle nada concreto sobre las bases financieras y, con ello, sobre la posibilidad de mantener vivo el periódico, aunque solo fuera por un año. La suma suscrita no la supo hasta aquí por mí (según la comunicación de usted a mí). Así, apenas era posible sacar de las comunicaciones anteriores (el partido + H[öchberg]) otra conclusión que la de que el periódico, o bien ya ahora estaba financiado predominantemente por Höchberg, o bien pronto dependería por completo de sus subsidios. Y esta última posibilidad ni mucho menos está descartada todavía. La suma de —si leo bien— 800 marcos es exactamente la misma (40 libras esterlinas) que la asociación de aquí para la «Freiheit» ha tenido que añadir en el primer semestre.

2. la repetida garantía de Liebk[necht], demostrada después como totalmente inexacta, de que los de Zúrich no tenían que controlar oficialmente la redacción, y la consiguiente comedia de errores;

3. la certeza finalmente adquirida de que los de Zúrich no solo tenían que controlar, sino incluso censurar la redacción, y de que a él, Hirsch, solo le correspondía el papel de hombre de paja.

Que, ante esto, rechazara, es algo en lo que no podemos sino darle la razón. La comisión de Leipzig, según oímos de H[öch]b[er]g?, ha sido reforzada aún con 2 miembros no residentes en la localidad, por lo que solo puede intervenir con rapidez cuando los 3 de Leipzig estén de acuerdo. Con ello, el verdadero centro de gravedad se desplaza definitivamente a Zúrich, y con los de allí Hirsch, como cualquier otro redactor realmente revolucionario y de mentalidad proletaria, no habría podido trabajar a la larga.
2 añadido a lápiz: de Hbg.
Sobre esto más adelante.

II. La orientación pretendida del periódico
Ya el 24 de julio, Bernstein comunica a Hirsch que las divergencias que, como hombre de la 'Laterne', ha tenido con algunos camaradas, dificultarían su posición.

Hirsch responde que, a su juicio, la orientación del periódico deberá ser en general la misma de la «Laterne», es decir, tal que evite procesos en Suiza y no asuste innecesariamente en Alemania. Pregunta quiénes son esos camaradas y prosigue: «Solo conozco a uno, y le prometo que, en el mismo caso de conducta contraria a la disciplina, lo trataré exactamente igual otra vez.»

A esto responde Bernstein, en el sentimiento de su nueva dignidad oficial de censor: «En cuanto a la orientación del periódico, la opinión de la comisión de vigilancia es, desde luego, que la 'Laterne' no debe servir de modelo; a nuestro juicio, el periódico debe estar menos volcado en el radicalismo político y atenerse más a los principios socialistas. Casos como el ataque contra Kayser, que fue desaprobado por todos los camaradas sin excepción (!), deben evitarse a toda costa.»

Y así sucesivamente. Liebknecht califica el ataque contra Kayser de «una metedura de pata», y Schramm lo tiene por tan peligroso que, a raíz de ello, impone la censura sobre Hirsch.

Hirsch escribe de nuevo a Höchberg: un caso como el de Kayser «no puede ocurrir cuando existe un órgano oficial del partido, cuyas claras exposiciones y benévolas indicaciones un diputado no puede echar tan descaradamente en saco roto».

También Viereck escribe que al nuevo periódico se le ha «prescrito una actitud desapasionada y la mayor ignorancia posible de todas las divergencias ocurridas», no debe ser una «'Laterne' aumentada», y a Bernstein «se le podría reprochar a lo sumo que es de tendencia demasiado moderada, si es que eso es un reproche en un tiempo en que no podemos navegar con toda la bandera».

¿Qué es ahora este caso Kayser!120, este crimen imperdonable que se supone que ha cometido Hirsch? Kayser habla y vota en el Reichstag, el único entre los diputados socialdemócratas, a favor de los aranceles proteccionistas. Hirsch lo acusa de haber violado la disciplina del partido, al votar K[ayser] 1. a favor de impuestos indirectos, cuya supresión exige expresamente el programa del partido;

2. que votó dinero para Bismarck, violando con ello la primera regla fundamental de toda nuestra táctica de partido: ni un céntimo a este gobierno.

En ambos puntos tiene Hirsch indiscutiblemente razón. Y después de que Kayser, por un lado, pisoteara el programa del partido, al que los diputados habían sido, por decirlo así, juramentados por resolución del congreso, y, por otro lado, la más insoslayable y primaria regla fundamental de la táctica del partido, votando dinero para Bismarck ¡en agradecimiento por la ley antisocialista!, Hirsch tenía también, en nuestra opinión, toda la razón para arremeter contra él con la dureza con que lo hizo.

Nosotros nunca hemos podido comprender por qué en Alemania se pudo uno enfurecer tanto contra este ataque a Kayser. Ahora me cuenta Höchberg que la «fracción» ha concedido a Kayser el permiso para actuar así, y que en virtud de ese permiso se considera a Kayser cubierto.

Si esto es así, es un poco fuerte. En primer lugar, Hirsch no podía saber nada de esta decisión secreta, como tampoco el resto del mundo. En segundo lugar, el ridículo para el partido, que antes se podía descargar únicamente sobre Kayser, se vuelve aún mayor con esta historia, y lo mismo el mérito de Hirsch de haber puesto al desnudo, abiertamente y ante todo el mundo, esos discursos de pésimo gusto y la votación aún de peor gusto de Kayser, salvando así el honor del partido. ¿O acaso la socialdemocracia alemana está contagiada de hecho por la enfermedad parlamentaria y cree que, con la elección popular, el espíritu santo se derrama sobre los elegidos, que las sesiones de la fracción se convierten en concilios infalibles y las resoluciones de la fracción en dogmas intangibles?

Ciertamente, se ha cometido un disparate, pero no por Hirsch, sino por los diputados que cubrieron a Kayser con su decisión. Y si aquellos que están llamados a velar ante todo por el mantenimiento de la disciplina del partido quebrantan ellos mismos esta disciplina de un modo tan estrepitoso con semejante decisión, tanto peor. Pero peor aún es si se llega al extremo de creer que no fueron Kayser con su discurso y su votación, y los demás diputados con su decisión, quienes violaron la disciplina del partido, sino Hirsch, que atacó a Kayser a pesar de esa decisión, que además le era desconocida.

Por lo demás, es seguro que el partido ha adoptado en la cuestión de los aranceles proteccionistas la misma actitud confusa e indecisa que hasta ahora en casi todas las cuestiones económicas que se han vuelto prácticas, por ejemplo en la de los ferrocarriles imperiales. Esto proviene de que los órganos del partido, particularmente el «Vorwärts», en lugar de discutir a fondo estas cuestiones, se han dedicado con predilección a la construcción del futuro orden social. Cuando la cuestión de los aranceles proteccionistas se volvió práctica de repente tras la ley contra los socialistas, las opiniones divergieron en los más diversos matices, y no hubo ni uno solo en su puesto que poseyera la condición previa para formarse un juicio claro y acertado: el conocimiento de las condiciones de la industria alemana y de su posición en el mercado mundial. Entre los electores no podían tampoco dejar de surgir aquí y allá corrientes proteccionistas, las cuales se quería también tener en cuenta. El único camino para salir de esta confusión, a saber, plantear la cuestión desde un punto de vista puramente político (como se hizo en la «Laterne»), no se emprendió decididamente. Así, no podía dejar de suceder que el partido apareciera por primera vez en este debate vacilante, inseguro y confuso, y que finalmente cayera en el más profundo ridículo por medio y a través de Kayser.

El ataque a Kayser se toma ahora como motivo para sermonear a Hirsch en todos los tonos, diciéndole que el nuevo periódico no debe imitar en modo alguno los excesos de la «Laterne», que debe ser menos absorbido por el radicalismo político, sino mantenerse basado en principios socialistas y desapasionado. Y esto, tanto por parte de Viereck como de Bernstein, a quien aquél le parece el hombre adecuado precisamente porque es demasiado moderado, ya que ahora no se puede navegar con la bandera desplegada.

Pero ¿para qué se va uno al extranjero sino para navegar con la bandera desplegada? En el extranjero nada se opone a ello. En Suiza no existen las leyes alemanas de prensa, asociación y código penal. Allí se pueden decir, pues, no sólo las cosas que en casa ya no se podían decir antes de la ley contra los socialistas a causa de las leyes alemanas ordinarias, sino que se está obligado a hacerlo. Pues aquí no se está sólo ante Alemania, sino ante Europa, y se tiene el deber, en la medida en que lo permitan las leyes suizas, de exponer sin ambages ante Europa los caminos y los objetivos del partido alemán. Quien quisiera atenerse en Suiza a las leyes alemanas, sólo demostraría que es digno de esas leyes alemanas y que, en realidad, no tiene nada que decir que no estuviera permitido decir en Alemania antes de la ley de excepción. Tampoco debe tenerse ninguna consideración con la posibilidad de cortar temporalmente a la redacción el regreso a Alemania. Quien no esté dispuesto a arriesgar eso, no merece ocupar un puesto de honor tan expuesto.

Más aún. Con la ley de excepción, el partido alemán ha sido proscrito y puesto fuera de la ley, precisamente porque era el único partido serio de oposición en Alemania. Si en un órgano publicado en el extranjero da las gracias a Bismarck renunciando a este papel de único partido serio de oposición, presentándose muy manso, aceptando el puntapié con actitud impasible, sólo demostrará que merecía el puntapié. De todos los periódicos alemanes de la emigración aparecidos en el extranjero desde 1830, la «Laterne» es seguramente uno de los más moderados. Pero si ya la «Laterne» era demasiado insolente, entonces el nuevo órgano no podrá sino comprometer al partido ante los correligionarios de los países no alemanes.

III. El manifiesto de los tres de Zúrich

Entretanto, ha llegado a nuestras manos el «Anuario» de Höchberg, que contiene un artículo titulado «Retrospectivas sobre el movimiento socialista en Alemania», el cual, como el propio Höchberg me ha dicho, está escrito precisamente por los tres miembros de la comisión de Zúrich. Tenemos aquí su crítica auténtica del movimiento hasta ahora y, por tanto, su programa auténtico para la actitud del nuevo órgano, en la medida en que ésta dependa de ellos.

Ya desde las primeras líneas dice:

«El movimiento que Lassalle consideraba eminentemente político, al que llamaba no sólo a los obreros, sino a todos los demócratas honrados, a cuya cabeza debían marchar los representantes independientes de la ciencia y todos los hombres imbuidos de verdadero amor a la humanidad, se redujo, bajo la presidencia de J. B. v. Schweitzer, a una lucha unilateral de intereses de los obreros industriales.»

No examino si esto se ajusta históricamente a la verdad, ni hasta qué punto. El reproche especial que aquí se hace a Schweitzer consiste en que Schweitzer superficializó el lasalleanismo, considerado aquí como un movimiento democrático-filantrópico burgués, reduciéndolo a una lucha unilateral de intereses de los obreros industriales*, superficializó, en la medida en que profundizó su carácter como lucha de clases de los obreros industriales contra la burguesía. Además, se le reprocha su «rechazo de la democracia burguesa». ¿Qué es lo que tiene que hacer la democracia burguesa en el partido socialdemócrata? Si está compuesta de «hombres honrados», no puede querer entrar en modo alguno, y si, no obstante, quiere entrar, será sólo para sembrar cizaña.

El partido de Lassalle «prefirió dárselas de partido obrero del modo más exclusivo». Los señores que escriben esto son ellos mismos miembros de un partido que se las da de partido obrero del modo más exclusivo, y ocupan actualmente cargos y honores en él. Existe aquí una incompatibilidad absoluta. Si piensan lo que escriben, deben salir del partido, o al menos renunciar a sus cargos y honores. Si no lo hacen, confiesan con ello que tienen la intención de utilizar su posición oficial para combatir el carácter proletario del partido. Por tanto, el partido se traiciona a sí mismo si los deja en sus cargos y honores.

Así pues, según la opinión de estos señores, el partido socialdemócrata no debe ser un partido exclusivamente obrero, sino un partido de todos los sectores, de «todos los hombres imbuidos de verdadero amor a la humanidad». Debe demostrarlo ante todo despojándose de las bajas pasiones proletarias y poniéndose, para la «formación del buen gusto» y el «aprendizaje de las buenas maneras» (pág. 85), bajo la dirección de burgueses cultos y filantrópicos. Entonces también los «modales desharrapados» de algunos dirigentes dejarán paso a unos respetables «modales burgueses». (¡Como si el exterior desharrapado de los aquí aludidos no fuera lo de menos que se les puede reprochar!) Entonces también «acudirán numerosos partidarios de los círculos de las clases cultas y poseedoras. Pero es preciso ganar primero a éstos, si es que la agitación llevada a cabo... ha de alcanzar éxitos tangibles». El socialismo alemán ha puesto «demasiado énfasis en la conquista de las masas, descuidando al mismo tiempo hacer propaganda enérgica (!) en las llamadas capas superiores de la sociedad». Pues «todavía le faltan al partido hombres capacitados para representarlo en el Reichstag». Pero es «deseable y necesario confiar los mandatos a hombres que hayan tenido suficiente oportunidad y tiempo para familiarizarse a fondo con las materias pertinentes. El simple obrero y el pequeño maestro artesano... sólo en raros casos excepcionales disponen del ocio necesario para ello». ¡Elegid, pues, a burgueses!

En resumen: la clase obrera es incapaz de emanciparse por sí misma. Para ello, debe ponerse bajo la dirección de burgueses «cultos y poseedores», los únicos que tienen «oportunidad y tiempo» para familiarizarse con lo que conviene a los obreros. Y, en segundo lugar, no hay que combatir en modo alguno a la burguesía, sino ganársela mediante una propaganda enérgica.

Pero si se quiere ganar a las capas superiores de la sociedad, o al menos a sus elementos bienintencionados, no hay que espantarlos en modo alguno. Y aquí creen los tres de Zúrich haber hecho un descubrimiento tranquilizador:

* Los últimos cinco renglones sustituyen al siguiente pasaje, tachado en el manuscrito: Schweitzer era un gran canalla, pero una cabeza de mucho talento. (Su mérito consistió precisamente en romper el estrecho lasalleanismo originario con su limitada panacea de la ayuda estatal.) Todo lo que haya podido hacer por motivos corruptos, y por mucho que se aferrara a la panacea lasalleana de la ayuda estatal para mantener su dominio, tiene el mérito de haber roto el estrecho lasalleanismo originario, de haber ampliado el horizonte económico del partido y, con ello, de haber preparado su posterior absorción en el partido general alemán. La lucha de clases entre el proletariado y la burguesía, este quicio de todo socialismo revolucionario, ya había sido predicada por Lassalle. Si Schweitzer acentuó aún más este punto, fue, en sí mismo, un progreso en todo caso, por mucho que él pudiera haberse forjado con ello un pretexto para infamar a las personas peligrosas para su dictadura. Es del todo correcto que convirtió el lasalleanismo en una lucha unilateral de intereses de los obreros industriales. Pero sólo unilateral porque, por razones de corrupción política, no quería saber nada de la lucha de intereses de los obreros agrícolas contra la gran propiedad territorial. No es eso lo que aquí se le reprocha; la «superficialización» consiste en que él

„El partido muestra precisamente ahora, bajo la presión de la ley contra los socialistas,
que no está dispuesto a seguir el camino de la revolución violenta y sangrienta,
sino que está resuelto… a emprender el camino de la legalidad, es decir, de la
reforma.“ ¡Conque si los quinientos a seiscientos mil electores socialdemócratas,
que representan de 3/4 a 1/4 de todo el electorado, dispersos además por todo el
vasto país, son tan sensatos que no dan cabezazos contra la pared ni intentan
una “revolución sangrienta” de uno contra diez, eso demuestra que ¡se prohíben
para todo el futuro aprovechar un violento acontecimiento externo, un súbito estallido
revolucionario provocado por él, e incluso una victoria del pueblo obtenida en una colisión
surgida de todo ello! ¡Si Berlín volviera a ser tan inculto como para hacer un 18 de marzo,
los socialdemócratas, en lugar de tomar parte en la lucha como “lumpen ávidos de barricadas”
(pág. 88), deberían más bien “emprender el camino de la legalidad”, calmar los ánimos,
quitar las barricadas y, en caso necesario, marchar con el glorioso ejército contra las masas
unilaterales, groseras, ignorantes. O, si los señores afirman que no lo han querido decir así,
¿qué es lo que han querido decir, pues?

Aún viene mejor.

“Cuanto más tranquila, objetiva, reflexiva se presente” (el partido) “primero en su crítica
de las condiciones existentes y en sus propuestas para modificarlas, tanto menos podrá
repetirse la jugada ahora” (al promulgarse la ley contra los socialistas) “lograda, con la que
la reacción consciente metió miedo a la burguesía mediante el temor al fantasma rojo.”
(pág. 88.)

Para quitar a la burguesía el último rastro de miedo, hay que demostrarle
clara y terminantemente que el fantasma rojo es realmente sólo un fantasma,
que no existe. Pero ¿cuál es el secreto del fantasma rojo, sino el miedo de la burguesía
a la inevitable lucha a muerte entre ella y el proletariado, el miedo a la ineludible
decisión de la lucha de clases moderna? ¡Suprimase la lucha de clases, y la burguesía
y “todos los hombres independientes” “no tendrán reparo en ir de la mano con los
proletarios”! Y quienes saldrían entonces burlados serían precisamente los proletarios.

¡Que el partido demuestre, pues, mediante un comportamiento demütig y plañidero,
que ha abandonado de una vez por todas las “inconveniencias y excesos” que dieron
motivo a la ley contra los socialistas! Si promete voluntariamente que sólo quiere moverse
dentro de los límites de la ley contra los socialistas, Bismarck y la burguesía tendrán
seguramente la bondad de derogar esa ley ya superflua.

“Entiéndasenos bien”, no queremos “ni un abandono de nuestro partido ni de nuestro
programa, pero creemos que tendremos suficiente trabajo por años, si concentramos toda
nuestra fuerza, toda nuestra energía en la consecución de ciertos objetivos inmediatos
que deben ser alcanzados en todas circunstancias antes de poder pensar en la realización
de las aspiraciones de más largo alcance.” Entonces burgueses, pequeños burgueses y
obreros se adherirán en masa a nosotros, a quienes “ahora ahuyentan las reivindicaciones
exageradas…”

El programa no debe ser abandonado, sino solo aplazado —por un tiempo indefinido.
Se lo acepta, pero en realidad no para uno mismo ni para su tiempo de vida, sino
póstumamente, como herencia para hijos y nietos. Entretanto se aplica “toda la fuerza
y energía” a toda clase de minucias y remiendos en el orden social capitalista, para que
parezca que algo sucede y al mismo tiempo no se espante a la burguesía. Por eso alabo
yo al comunista Miquel, que demuestra su convicción inquebrantable en el derrumbe
inevitable de la sociedad capitalista dentro de algunos cientos de años, estafando a más
y mejor, aportando su buena parte al crac de 1873 y haciendo con ello realmente algo
por el hundimiento del orden existente.

Otra falta contra el buen tono fueron los “ataques exagerados contra los fundadores”,
que “sólo eran hijos de la época”; “las injurias contra Strousberg y gentes de esa calaña…
habría sido mejor dejarlas”. Desgraciadamente, todos los hombres “sólo son hijos de
la época”, y si esto es razón suficiente para excusar, ya no se puede atacar a nadie,
toda polémica, toda lucha de nuestra parte cesa; aceptamos tranquilamente todos los
puntapiés de nuestros adversarios, porque nosotros, los sabios, sabemos que ellos “sólo son
hijos de la época” y no pueden actuar de otra manera. En lugar de devolverles los
puntapiés con intereses, deberíamos más bien compadecer a los pobres.

Asimismo, el partidismo por la Comuna tuvo la desventaja “de que rechazó a gentes
que de otro modo se nos habrían inclinado y, en general, acrecentó el odio de la burguesía
contra nosotros”. Y además el partido “no es del todo inocente de la promulgación de la
ley de octubre, pues ha acrecentado innecesariamente el odio de la burguesía”.

He ahí el programa de los tres censores de Zúrich. No deja nada que desear en claridad.
Y menos que en nadie, en nosotros, que conocemos muy bien todas esas frases desde
1848. Son los representantes de la pequeña burguesía que se anuncian, llenos de miedo
de que el proletariado, empujado por su situación revolucionaria, pueda “ir demasiado lejos”.
En lugar de una oposición política resuelta: conciliación general; en lugar de la lucha
contra el gobierno y la burguesía: el intento de ganarlos y persuadirlos; en lugar de una
resistencia desafiante contra los maltratos desde arriba: sumisión humilde y la confesión
de que se ha merecido el castigo. Todos los conflictos históricamente necesarios se
reinterpretan como malentendidos, y toda discusión se termina con la afirmación:
en lo principal estamos todos de acuerdo. Las gentes que en 1848 actuaron como
demócratas burgueses pueden hoy llamarse socialdemócratas con la misma facilidad.
Así como para aquéllos la república democrática, para éstos el derrocamiento del orden
capitalista yace en una lejanía inalcanzable, por lo que carece absolutamente de significación
para la práctica política del presente; se puede mediar, transigir, filantropizar a placer.
Lo mismo ocurre con la lucha de clases entre proletariado y burguesía. Sobre el papel
se la reconoce, porque ya no se la puede negar, pero en la práctica se la disimula,
se la diluye, se la atenúa. El partido socialdemócrata no debe ser un partido obrero,
no debe cargar con el odio de la burguesía ni de nadie en general; debe, ante todo,
hacer propaganda enérgica entre la burguesía; en lugar de poner el acento en objetivos
de largo alcance que ahuyentan a los burgueses y que, sin embargo, son inalcanzables
para nuestra generación, debe emplear más bien toda su fuerza y energía en esas reformas
de remiendo pequeñoburguesas que den nuevos puntales al viejo orden social y conviertan
tal vez la catástrofe final en un proceso de disolución gradual, paulatino y en lo posible
pacífico. Son las mismas gentes que, bajo la apariencia de una actividad incansable,
no sólo no hacen nada ellas mismas, sino que también tratan de impedir que ocurra
algo más que… charlar; las mismas gentes cuyo miedo a toda acción frenó en 1848 y
1849 la movimiento a cada paso y acabó por derribarla; las mismas gentes que nunca
ven la reacción y luego se asombran de encontrarse por fin en un callejón sin salida,
donde no es posible resistir ni huir; las mismas gentes que pretenden encerrar la historia
en su estrecho horizonte filisteo y a las que la historia les pasa por encima cada vez.

En cuanto a su contenido socialista, ya ha sido suficientemente criticado en el
“Manifiesto”, capítulo: “El socialismo alemán o verdadero”. Allí donde la lucha de
clases se hace a un lado por considerarla un fenómeno “grosero” e indeseable, no queda
como base del socialismo otra cosa que “el verdadero amor a la humanidad” y frases
huecas sobre la “justicia”.

Es un fenómeno fundado en la marcha misma del desarrollo e inevitable, que también
hombres de la clase hasta ahora dominante se unan al proletariado combatiente y le
aporten elementos de cultura. Esto ya lo hemos expresado claramente en el “Manifiesto”.
Pero hay que hacer dos observaciones al respecto:

En primer lugar, para ser útiles al movimiento proletario, esos hombres deben
aportar también verdaderos elementos de cultura. Pero éste no es el caso de la gran
mayoría de los conversos burgueses alemanes. Ni “Die Zukunft” ni “Die Neue Gesellschaft”
han aportado nada que hiciera avanzar un paso al movimiento. Hay una falta absoluta
de material de cultura real, efectivo o teórico. En su lugar, tentativas de poner en
consonancia las ideas socialistas, asimiladas superficialmente, con los más diversos
puntos de vista teóricos que los señores han traído de la universidad o de cualquier
otra parte y de los cuales uno es más confuso que el otro, gracias al proceso de
descomposición en que se hallan hoy los restos de la filosofía alemana. En lugar
de estudiar primero ellos mismos a fondo la nueva ciencia, cada uno se la arreglaba
más bien según el punto de vista que traía, se fabricaba de buenas a primeras una
ciencia privada propia y se presentaba al punto con la pretensión de enseñarla. Por eso
hay entre estos señores aproximadamente tantos puntos de vista como cabezas; en lugar
de aportar claridad a algo, no han hecho sino sembrar una grave confusión, afortunadamente
casi sólo entre ellos mismos. Elementos de cultura cuyo primer principio es enseñar lo
que no han aprendido, el partido puede muy bien prescindir de ellos.

En segundo lugar. Cuando tales hombres de otras clases se unen al movimiento
proletario, la primera exigencia es que no traigan consigo residuos de prejuicios burgueses,
pequeñoburgueses, etc., sino que se apropien sin ambages del modo de ver proletario.
Pero dichos señores, como se ha demostrado, están hasta el cuello de concepciones
burguesas y pequeñoburguesas. En un país tan pequeñoburgués como Alemania, estas
concepciones tienen ciertamente su justificación. Pero solamente fuera del partido obrero
socialdemócrata. Si los señores se constituyen como partido pequeñoburgués socialdemócrata,
están en su pleno derecho; se podría entonces negociar con ellos, hacer según las
circunstancias alianzas, etc. Pero en un partido obrero son un elemento falsificador.
Si hay razones para tolerarlos ahí por el momento, existe la obligación de meramente
tolerarlos, de no permitirles influencia en la dirección del partido y de permanecer
conscientes de que la ruptura con ellos es sólo cuestión de tiempo. Ese tiempo, por lo
demás, parece haber llegado. Cómo el partido puede seguir tolerando en su seno a los
autores de este artículo, nos resulta incomprensible. Pero si, además, la dirección del
partido cae más o menos en manos de esa gente, el partido será sencillamente castrado,
y se acabó la garra proletaria.

En lo que a nosotros concierne, después de todo nuestro pasado no nos queda abierto
más que un camino. Desde hace casi 40 años hemos puesto de relieve la lucha de clases
como la fuerza motriz inmediata de la historia, y en particular la lucha de clases entre
burguesía y proletariado como la gran palanca de la revolución social moderna; nos es
por tanto imposible marchar juntos con gentes que quieren borrar esta lucha de clases
del movimiento. Al fundar la Internacional lanzamos expresamente el grito de guerra

Reza así: La emancipación de la clase obrera debe ser obra de la clase obrera misma. No podemos, por tanto, marchar junto a gentes que declaran abiertamente que los obreros son demasiado incultos para emanciparse a sí mismos y que primero han de ser emancipados desde arriba por grandes y pequeños burgueses filantrópicos. Si el nuevo órgano del partido adoptase una actitud que corresponda a las convicciones de esos señores, que sea burguesa y no proletaria, no nos quedaría entonces otro remedio, por muy a mal que nos supiera, que declararnos públicamente en contra y romper la solidaridad con la que hasta ahora hemos representado al partido alemán ante el extranjero. Pero esperemos que no se llegue a eso.

Esta carta está destinada a ser comunicada a los 5 miembros de la comisión en Alemania, así como a Bracke...

Por nuestra parte, tampoco hay impedimento alguno para comunicarla a los zuriqueses.

A August Bebel, a Wilhelm Liebknecht, al señor Wilhelm Fritzsche, a Bruno Geiser y a Wilhelm Hasenclever