El Sr. Howell emprende su “Historia” pasando por alto los hechos de que, el 28 de septiembre de 1864, yo estuve presente en la reunión fundacional de la Internacional, fui elegido allí miembro del Consejo General provisional y, poco después, redacté el “Manifiesto Inaugural” y los “Estatutos Generales” de la Asociación, publicados por primera vez en Londres en 1864 y luego confirmados por el Congreso de Ginebra de 1866.

Todo esto lo sabía el Sr. Howell, pero, para sus propios fines, prefiere hacer que “un doctor alemán llamado Karl Marx” aparezca por primera vez en el “Congreso” de Londres “inaugurado el 25 de septiembre de 1865”. Allí y entonces, afirma, el susodicho “doctor” había “sembrado las semillas de la discordia y la decadencia mediante la introducción de la Idea Religiosa”.

En primer lugar, en septiembre de 1865 no tuvo lugar ningún “Congreso” de la Internacional. Unos pocos delegados de las principales ramas continentales de la Asociación se reunieron en Londres con el único propósito de conferenciar con el Consejo General sobre el Programa del “Primer Congreso”, que debía reunirse en Ginebra en septiembre de 1866. Los verdaderos trabajos de la Conferencia se desarrollaron en sesiones privadas, no en las reuniones semipúblicas de Adelphi Terrace, únicas mencionadas por el exacto historiador, el Sr. George Howell.

Como los demás representantes del Consejo General, yo tenía que lograr que la Conferencia aceptara nuestro propio programa, que a su publicación fue caracterizado así, en una carta al Siècle, por el historiador francés Henri Martin:

“La amplitud de miras y las elevadas concepciones morales, políticas y económicas que han decidido la elección de las cuestiones que componen el programa del Congreso Internacional de los Trabajadores, que ha de reunirse el próximo año, suscitarán una simpatía común en todos los amigos del progreso, la justicia y la libertad en Europa.”

Dicho sea de paso, un párrafo del programa que tuve el honor de redactar para el Consejo General dice así:

“La necesidad de aniquilar la influencia moscovita en Europa, mediante la aplicación del principio del derecho de las naciones a disponer de sí mismas, y la reconstrucción de Polonia sobre una base democrática y socialista.”

A este texto, Henri Martin le puso la siguiente glosa:

“Nos tomaremos la libertad de observar que la expresión ‘base democrática y socialista’ es muy sencilla en lo que respecta a Polonia, donde el marco social necesita reconstrucción tanto como el marco político, y donde esa base ha sido establecida por los decretos del gobierno anónimo de 1863 y aceptada por todas las clases de la nación. Esta es, pues, la respuesta del verdadero socialismo, del progreso social en armonía con la justicia y la libertad, a los avances del despotismo comunista de Moscovia. Este secreto del pueblo de París se está convirtiendo ahora en el secreto común de los pueblos de Europa.”

Desgraciadamente, el “pueblo de París” había guardado tan bien su “secreto” que, ignorándolo por completo, dos de los delegados parisinos a la Conferencia, Tolain, hoy senador de la República Francesa, y Fribourg, hoy simple renegado, se ensañaron precisamente contra la proposición que había de suscitar el comentario entusiasta del historiador francés.

El programa del Consejo General no contenía una sola sílaba sobre la “Religión”, pero a instancias de los delegados parisinos el plato prohibido entró en el menú destinado al futuro Congreso, con este aderezo:

“Las ideas religiosas (no “la Idea Religiosa”, como dice la versión espuria de Howell), su influencia en el movimiento social, político e intelectual.”

El tema de discusión así introducido por los delegados parisinos quedó a su cargo. De hecho, lo abandonaron en el Congreso de Ginebra de 1866 y nadie más lo recogió.

El “Congreso” de Londres de 1865, la “Introducción” allí, por parte de “un doctor alemán llamado Karl Marx”, de la “Idea Religiosa” y la enconada lucha surgida de ello en el seno de la Internacional: este triple mito lo corona el Sr. George Howell con una leyenda. Dice:

“En el borrador del Mensaje al pueblo americano sobre la abolición de la esclavitud, se suprimió la frase ‘Dios ha hecho de una sola sangre todas las naciones de los hombres’, etc.”

Ahora bien, el Consejo General emitió un mensaje, no al pueblo americano, sino a su Presidente, Abraham Lincoln, el cual lo agradeció cortésmente. El mensaje, escrito por mí, no sufrió alteración alguna. Como las palabras “Dios ha hecho de una sola sangre todas las naciones de los hombres” nunca figuraron en él, no pudieron ser “suprimidas”.

La actitud del Consejo General con respecto a la “Idea Religiosa” queda claramente demostrada por el siguiente incidente: — Una de las ramas suizas de la Alianza, fundada por Mijaíl Bakunin, que se autodenominaba Section des athées Socialistes, solicitó su admisión en la Internacional al Consejo General, pero recibió la respuesta: “Ya en el caso de la Asociación Cristiana de Jóvenes, el Consejo ha declarado que no reconoce secciones teológicas. (Véase la página 13 de Les prétendues scissions dans l'Internationale Circulaire du Conseil Général, impresa en Ginebra.)”

Incluso el Sr. George Howell, que en aquel tiempo no se había convertido aún mediante el estudio atento del Christian Reader, consumó su divorcio de la Internacional, no a la llamada de la “Idea Religiosa”, sino por motivos totalmente seculares. Cuando se fundó el Commonwealth como “órgano especial” del Consejo General, solicitó con ahínco la “orgullosa posición” de redactor. Al fracasar en su “ambicioso” intento, se enfurruñó, su celo fue disminuyendo y poco después no se volvió a saber de él. Durante el período más fecundo en acontecimientos de la Internacional, fue, por tanto, un extraño.

Consciente de su total incompetencia para trazar la historia de la Asociación, pero al mismo tiempo deseoso de aderezar su artículo con revelaciones extrañas, se aferra a la aparición, durante los disturbios fenianos, del general Cluseret en Londres, donde, según nos cuenta, en el Black Horse, Rathbone Place, Oxford-street, el general se reunió con “unos pocos hombres — afortunadamente ingleses”, para iniciarlos en su “plan” de “una insurrección general”. Tengo razones para dudar de la autenticidad de la anécdota, pero, aun suponiendo que sea cierta, ¿qué probaría sino que Cluseret no era tan necio como para inmiscuir a su persona y su “plan” en el Consejo General, sino que prudentemente reservó ambas cosas para “unos pocos ingleses” del círculo del Sr. Howell, a menos que este último sea uno de esos forzudos de cartón piedra que, con su “afortunada” intervención, se las arreglaron para salvar al Imperio Británico y a Europa de una convulsión universal?

El Sr. George Howell tiene otro oscuro secreto que revelar.

A principios de junio de 1871, el Consejo General publicó un Manifiesto sobre la guerra civil en Francia, acogido por la prensa londinense con un coro de execraciones. Un semanario arremetió contra “el infame autor”, que ocultaba cobardemente su nombre tras la pantalla del Consejo General.

Entonces declaré en The Daily News que yo era el autor. Este secreto rancio lo revela el Sr. George Howell, en julio de 1878, con toda la prosopopeya del hombre detrás de la cortina.

“El autor de ese Manifiesto fue el Dr. Karl Marx. ... Los Sres. George Odger y Lucraft, ambos miembros del Consejo cuando éste fue adoptado, lo repudiaron en el momento de su publicación.”

Olvida añadir que los otros diecinueve miembros británicos presentes aclamaron el “Manifiesto”.

Desde entonces, las afirmaciones de este Manifiesto han sido plenamente confirmadas por las investigaciones de la Asamblea Rural francesa, las pruebas recogidas ante los consejos de guerra de Versalles, el proceso de Jules Favre y las memorias de personas nada hostiles a los vencedores.

Está en el orden natural de las cosas que un historiador inglés de la sólida erudición del Sr. George Howell ignore altivamente las publicaciones francesas, sean oficiales o no. Pero confieso sentir disgusto cuando, en ocasiones como los atentados de Hödel y Nobiling, veo a los grandes periódicos londinenses rumiar las viles calumnias que sus propios corresponsales, testigos presenciales, habían sido los primeros en refutar.

El Sr. Howell alcanza la cumbre del esnobismo en su relato sobre las finanzas del Consejo General.

El Consejo, en su Informe publicado al Congreso de Basilea (1869), ridiculiza el inmenso tesoro con que la lengua suelta de la policía europea y la desbocada imaginación de los capitalistas lo habían dotado. Dice: “Si estas personas, aun siendo buenos cristianos, hubiesen vivido en los tiempos del cristianismo naciente, habrían ido corriendo a un banco romano a indagar el balance de San Pablo.”

El Sr. Ernest Renan, quien, es cierto, se queda algo corto respecto al patrón de ortodoxia del Sr. George Howell, llega a imaginar que la situación de las comunidades cristianas primitivas que minaban el Imperio Romano podría ilustrarse mejor con la de las Secciones de la Internacional.

El Sr. George Howell, como escritor, es lo que el cristalógrafo llamaría un “Pseudomorfo”: su forma externa de escritura no es más que imitativa del modo de pensar y del estilo “naturales” al adinerado inglés de virtud saciada y moral solvente.

Aunque toma su despliegue de “cifras” sobre los recursos del Consejo General de las cuentas presentadas anualmente por ese mismo Consejo ante un “Congreso Internacional” público, el Sr. George Howell no debe menoscabar su dignidad “imitativa” rebajándose a rozar la pregunta obvia: ¿cómo es que, en lugar de consolarse con los magros presupuestos del Consejo General, todos los gobiernos de la Europa continental se aterrorizaron ante “la poderosa y formidable organización de la Asociación Internacional de los Trabajadores, y el rápido desarrollo que había alcanzado en pocos años”? (Véase la Circular del Ministro de Asuntos Exteriores español a los representantes de España en el extranjero.)

En lugar de exorcizar al Espectro Rojo mediante el sencillo procedimiento de agitar ante su rostro los lastimosos balances del Consejo General, ¿por qué, en nombre del sentido común, el Papa y sus obispos conjuraron a la Internacional, la Asamblea Rural francesa la proscribió, Bismarck — en la reunión de Salzburgo de los emperadores de Austria y Alemania — la amenazó con una Cruzada de la Santa Alianza, y el Zar Blanco la encomendó a su terrible “Tercera Sección”, presidida entonces por el emotivo Schouvaloff?

El Sr. George Howell se digna admitir: “La pobreza no es un crimen, pero es terriblemente inconveniente.” Admito que habla con conocimiento de causa. Tanto más orgulloso debería haberse sentido de su antigua pertenencia a una Asociación de Trabajadores que conquistó fama mundial y un lugar en la historia de la humanidad, no por la largueza de su bolsa, sino por la fuerza de la inteligencia y la energía desinteresada.

Sin embargo, desde el elevado punto de vista de un “filisteo” insular, el Sr. George Howell revela a las “personas cultas” del “Nineteenth Century” que la Internacional fue un “fracaso” y se ha desvanecido. En realidad, los partidos obreros socialdemócratas, organizados sobre bases más o menos nacionales, en Alemania, Suiza, Dinamarca, Portugal, Italia, Bélgica, Holanda y los Estados Unidos de América, forman otros tantos grupos internacionales; no ya secciones aisladas diseminadas por diferentes países y mantenidas unidas por un Consejo General excéntrico, sino las masas trabajadoras mismas en continua, activa y directa comunicación, cimentada por el intercambio de ideas, los servicios mutuos y la aspiración común.

Tras la caída de la Comuna de París, toda organización de la clase obrera en Francia quedó, naturalmente, deshecha por un tiempo, pero ahora se halla en un estado incipiente de reconstitución. Por otra parte, pese a todos los obstáculos políticos y sociales, los eslavos, principalmente en Polonia, Bohemia y Rusia, participan en la actualidad en este movimiento internacional en una medida que ni los más optimistas en 1872 habrían podido prever. Así, en lugar de extinguirse, la Internacional no hizo sino pasar de su primer período de incubación a otro superior, en el que sus tendencias, ya originarias, se han convertido en parte en realidades. En el curso de su desarrollo progresivo, aún tendrá que experimentar muchos cambios antes de que pueda escribirse el último capítulo de su historia.