Escrita el 13 de febrero de 1877.

Del italiano.

["La Plebe", núm. 7, del 26 de febrero de 1877]

Mi querido Bignami:

Su corresponsal berlinés le habrá comunicado todos los pormenores de las elecciones en Alemania. Nuestro triunfo ha sido tan grande que ha sembrado el espanto en la burguesía alemana y extranjera; aquí en Londres, la repercusión se ha dejado sentir en toda la prensa. Lo más notable no es el número de los nuevos distritos electorales que hemos conquistado —y a este respecto vale la pena saber que el emperador Guillermo, el rey de Sajonia y el principito más pequeño de Alemania (el príncipe de Reuß) residen los tres en circunscripciones representadas por obreros socialistas, de modo que, en consecuencia, ellos mismos están representados por socialistas—. Lo importante es que, junto a las mayorías, hemos obtenido fuertes minorías tanto en las grandes ciudades como en el campo llano: en Berlín 31.500 votos; en Hamburgo, Barmen-Elberfeld, Núremberg y Dresde, 11.000 en cada una. No sólo en las comarcas rurales de Schleswig-Holstein, Sajonia y Brunswick, sino incluso en el baluarte del feudalismo, en Mecklemburgo, conquistamos una fuerte minoría entre los trabajadores agrícolas. El 10 de enero de 1874 obtuvimos 350.000 votos; el 10 de enero de 1877, por lo menos 600.000. Las elecciones nos dan la posibilidad de evaluar nuestras fuerzas; ahora los batallones pueden decirles a ustedes cuán grandes son los cuerpos de ejército del socialismo alemán que pasan revista en las jornadas electorales. El efecto moral, tanto sobre el partido socialista, que comprueba con alegría sus progresos, como sobre los obreros aún indiferentes y sobre nuestros enemigos, es formidable; y es bueno que una vez cada tres años se cometa el pecado mortal de ir a votar. Los señores abstencionistas pueden decir lo que quieran; un solo hecho como las elecciones del 10 de enero vale más que todas sus frases “revolucionarias”. Y cuando digo batallones

y cuerpos de ejército, no hablo en sentido figurado. Por lo menos la mitad —quizá incluso más— de estos hombres de veinticinco años (esa es la edad mínima) que han votado por nosotros, han pasado dos o tres años bajo las armas, entienden muy bien cómo manejar el fusil de aguja y el cañón rayado y pertenecen a la reserva del ejército. Unos cuantos años más de progresos semejantes, y la reserva y la Landwehr (tres cuartas partes del ejército de campaña) estarán hasta tal punto de nuestro lado, que el conjunto quedará desorganizado y se hará imposible toda guerra ofensiva.

Pero habrá quienes digan: ¿Por qué, con tales fuerzas, no hacéis inmediatamente la revolución? Por la siguiente razón: Puesto que aún no tenemos más que 600.000 votos de 5 1/2 millones, y esos votos están dispersos aquí y allá en tantos y tantos Estados, seríamos derrotados con toda seguridad y, con sublevaciones irreflexivas y desatinos, destruiríamos un movimiento que sólo necesita un poco de tiempo para conducirnos a un triunfo seguro. Es evidente que no se nos cederá la victoria sin más, que los prusianos no se quedarán de brazos cruzados viendo cómo todo su ejército se infecta de socialismo sin tomar contramedidas; pero cuanto más reacción y opresión haya, tanto más subirán las olas y acabarán por arrasar los diques. ¿Sabe usted lo que ha ocurrido en Berlín? En la tarde del 10 del mes pasado, una aglomeración, que la propia policía estimó en 22.000 personas, obstruyó todas las calles cercanas al Comité Socialista. Gracias a la perfecta organización y disciplina de nuestro partido, ese comité había recibido en primer lugar los resultados electorales definitivos. Cuando se anunció el resultado, la multitud prorrumpió en un entusiasta vítor —¿a quién?— ¿a los elegidos?— no— “¡a nuestro más activo agitador, al fiscal del rey Tessendorf!”. Siempre se ha distinguido por sus procesos contra los socialistas, y con sus violencias ha duplicado nuestro número.

Así respondieron los nuestros a las medidas de violencia: no sólo no se dejan impresionar por ellas, sino que hasta las provocan como el mejor medio de agitación.

Un saludo fraternal de su

F. Engels