Desde Italia
Escrito entre el 6 y el 14 de marzo de 1877.
["Vorwärts" nº 32, del 16 de marzo de 1877]

Por fin también en Italia el movimiento socialista se ha asentado sobre un terreno firme y promete un desarrollo rápido y victorioso. Pero para que los lectores comprendan cabalmente el viraje que se ha producido, tenemos que remontarnos a la historia del nacimiento del socialismo italiano.

Los comienzos del movimiento en Italia se remontan a influencias bakuninistas. Mientras entre las masas trabajadoras predominaba un odio de clase apasionado, pero de lo más confuso, contra sus explotadores, un tropel de jóvenes abogados, doctores, literatos, dependientes de comercio, etc., bajo el mando personal de Bakunin, se apoderaba de la dirección en todos los lugares donde despuntaba un elemento obrero revolucionario. Todos ellos eran miembros, en diversos grados de iniciación, de la secreta "Alianza" bakuninista, la cual se proponía someter a su dirección a todo el movimiento obrero europeo y, con ello, escamotear a la secta bakuninista el dominio en la próxima revolución social. Lo referente a esto se encuentra expuesto con detalle en el escrito: "Ein Complot gegen die Internationale" (Braunschweig, en casa de Bracke).

Mientras el movimiento entre los obreros mismos se hallaba aún en sus comienzos, esto funcionó a las mil maravillas. Las alocadas frases revolucionarias bakuninistas despertaban doquiera el aplauso deseado; incluso los elementos procedentes de los anteriores movimientos político-revolucionarios se vieron arrastrados por la corriente, y, junto con España, Italia se convirtió, según la propia expresión de Bakunin, en "el país más revolucionario de Europa". Revolucionario en el sentido de mucho ruido y pocas nueces. En oposición a la lucha esencialmente política mediante la cual el movimiento obrero inglés, después el francés y por último el alemán, se había hecho grande y poderoso, aquí se condenaba toda actividad política, porque implicaba el reconocimiento del "Estado", y "el Estado" era la encarnación de todo mal. Así pues: prohibición de formar un partido obrero; prohibición de conquistar cualquier medida protectora contra la explotación, por ejemplo la jornada normal de trabajo, la limitación del trabajo de las mujeres y de los niños; prohibición, sobre todo, de participar en todas las elecciones. En cambio, obligación de agitación, organización y conspiración para la futura revolución, la cual, tan pronto como lloviera del cielo, debía llevarse a cabo sin ningún gobierno provisional, mediante la completa destrucción de todas las instituciones estatales y de cuantas recordaran al Estado, por la mera iniciativa de las masas trabajadoras (dirigida en secreto por la Alianza) – "¡pero no me preguntéis cómo!".

Mientras el movimiento, como queda dicho, estuvo en su infancia, todo esto funcionó de maravilla. La gran mayoría de las ciudades italianas permanece aún bastante al margen del tráfico mundial, que solo conocen bajo la forma del turismo. Estas ciudades abastecen de productos artesanales a los campesinos de los alrededores y sirven de intermediarias para la venta de los productos agrícolas en círculos más amplios; además, en ellas reside la nobleza terrateniente y consume allí sus rentas; por último, los muchos forasteros llevan allí su dinero. En estas ciudades los elementos proletarios son poco numerosos y están aún menos desarrollados, y se hallan fuertemente entreverados de gentes sin ocupación regular o permanente, como las que favorecen el turismo y el clima benigno. Aquí la frase archirrevolucionaria, que en silencio murmuraba tal vez también de puñal y veneno, encontró al principio un terreno fértil. Pero Italia tiene también ciudades industriales, especialmente en el Norte, y tan pronto como el movimiento echó pie entre las masas realmente proletarias de estas ciudades, un alimento tan vaporoso ya no podía bastar, y menos aún podían estos obreros dejarse tutelar a la larga por aquellos jóvenes burgueses fracasados que se habían lanzado al socialismo porque, en palabras de Bakunin, se hallaban en una "carrera sin salida".

Así sucedió. El descontento de los obreros de la Alta Italia con la prohibición de toda actividad política, es decir, de toda actividad real que fuera más allá de la charlatanería hueca y de la farsa conspirativa, crecía de día en día. Las victorias electorales alemanas de 1874 y su efecto subsiguiente, que condujo a la unificación de los socialistas alemanes, no permanecieron desconocidas tampoco en Italia. Los elementos procedentes del viejo movimiento republicano, que solo a regañadientes se habían plegado a la gritería "anárquica", encontraron cada vez más ocasión de subrayar la necesidad de la lucha política y dieron expresión a la oposición que despertaba en el periódico "La Plebe". Este semanario, republicano en los primeros años de su existencia, no tardó en adherirse al movimiento socialista, manteniéndose todo lo alejado posible de todo sectarismo "anárquico". Cuando por fin en la Alta Italia las masas obreras desbordaron a sus importunos dirigentes y pusieron un movimiento real en el lugar de uno fantástico, hallaron en "La Plebe" un órgano dispuesto, que de vez en cuando dejaba escapar indicios heréticos sobre la necesidad de la lucha política.

Si Bakunin hubiera seguido con vida, habría combatido esta herejía a su manera acostumbrada. Habría imputado a la gente de "La Plebe" "autoritarismo", ansia de dominio, ambición, etc., habría aducido contra ella toda suerte de mezquinas quejas personales y las habría hecho repetir una y otra vez por todos los órganos de la "Alianza" en Suiza, Italia y España. Solo en segundo lugar habría demostrado luego que todos estos crímenes no eran otra cosa que consecuencias inevitables de aquel pecado original capital, la herejía del reconocimiento de la acción política; pues acción política, eso sería reconocimiento del Estado, y el Estado la personificación del autoritarismo, del dominio, y por consiguiente, todo aquel que quisiera la acción política de la clase obrera querría, consecuentemente, el dominio político para sí mismo, sería, pues, un enemigo de la clase obrera – ¡apedreadle! En este método, aprendido del difunto Maximilien Robespierre, poseía Bakunin una gran destreza, solo que lo aplicaba de un modo demasiado regular y demasiado uniforme. Y sin embargo, era este método el único que prometía al menos un éxito momentáneo.

Pero Bakunin había muerto, y con ello el secreto gobierno del mundo pasó a manos del señor James Guillaume, de Neuchâtel, en Suiza. El lugar del hombre de mundo curtido en muchas aguas lo ocupó un pedante estrecho de miras, que aplicaba el fanatismo del calvinista suizo a la doctrina de la anarquía. La verdadera fe debía imponerse a toda costa, y el limitado maestro de escuela de Neuchâtel ser reconocido sin condiciones como el papa de esta verdadera fe. El "Boletín de la Federación del Jura" —que, según confesión propia, cuenta apenas con 200 miembros, frente a los 5.000 de la Unión Obrera Suiza— fue elevado a gaceta oficial de la secta, y empezó a "regañar" sin más a los que vacilaban en la fe. Pero los obreros lombardos, que se habían constituido como "Federación de la Alta Italia", ya no estaban dispuestos a dejarse amonestar de ese modo. Y cuando, para colmo, el otoño pasado el Boletín del Jura se atrevió a querer ordenar a "La Plebe" que suprimiera a un corresponsal parisiense mal visto por el señor Guillaume, la amistad tocó a su fin. El Boletín continuó sus anatemas contra "La Plebe" y los alto-italianos. Pero estos ya sabían a qué atenerse; sabían que detrás de la prédica de la anarquía y del autogobierno se ocultaba la pretensión de unos cuantos intrigantes de dirigir dictatorialmente todo el movimiento obrero.

"Cuatro pequeñas, muy tranquilas líneas de observación le han hecho subir la mostaza a la nariz al Boletín del Jura, y hace como si estuviéramos furiosos contra él, cuando en realidad no ha hecho más que edificarnos. Verdaderamente, habría que ser muy infantil para morder el anzuelo de gentes que, enfermas de envidia, llaman a todas las puertas mendigando un poco de maldad contra nosotros y los nuestros por medio de la calumnia. La mano que desde hace largo tiempo circula sembrando cizaña y discordia es bastante conocida como para que sus intrigas jesuíticas (loyolescas) puedan aún engañar." ("La Plebe", 21 de enero de 1877.)

Y en el número del 26 de febrero se califica a estos mismos individuos de "algunas cabezas limitadas, anárquicas y —contradicción monstruosa— a la vez dictatoriales"; la mejor prueba de que en Milán se ha calado completamente a estos señores y no causarán allí ningún daño ulterior.

Las elecciones alemanas del 10 de enero y el consiguiente giro en el movimiento belga —la eliminación de la anterior política de abstención política y su sustitución por la agitación en favor del sufragio universal y de una ley fabril— hicieron el resto. El 17 y 18 de febrero, la Federación de la Alta Italia celebró su congreso en Milán. Las resoluciones se abstienen de toda hostilidad innecesaria e inapropiada contra los grupos bakuninistas de la Internacional italiana. Declaran también su disposición a enviar delegados al congreso convocado en Bruselas, que ha de intentar la eventual unificación de las distintas fracciones del movimiento obrero europeo. Pero al mismo tiempo enuncian con la mayor claridad tres puntos que son de la más decisiva importancia para el movimiento italiano:

1.  que para fomentar el movimiento deben emplearse todos los medios que se presenten —por tanto, también los políticos;
2.  que los obreros socialistas han de constituirse como un partido socialista, independiente de todo otro partido político o religioso; y
3.  que la Unión de la Alta Italia, bajo reserva de su propia autonomía y sobre la base de los estatutos originarios de la Internacional, se considera miembro de esta gran asociación, y ello con independencia de todas las demás agrupaciones italianas, a las cuales —como hasta ahora— también en lo sucesivo seguirá dando pruebas de su solidaridad.

Es decir: lucha política, organización como partido político y separación de los anarquistas. Con estas resoluciones, la Unión de la Alta Italia se ha desligado definitivamente de la secta bakuninista y se ha situado en el terreno común del gran movimiento obrero europeo. Y como abarca la parte más industrial de Italia —Lombardía, Piamonte, Véneto—, los éxitos no pueden faltarle. Frente a la aplicación de los mismos medios racionales de agitación, probados por la experiencia de todos los demás países, las intriguillas de los taumaturgos bakuninistas no tardarán en revelar su impotencia, y el proletariado italiano, también en el sur del país, se sacudirá pronto el yugo de gentes que derivan su vocación de dirigir el movimiento obrero de su condición de burgueses degenerados.